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INDICE
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A partir de aquel punto, seguimos las operaciones en compañía,
encargándome yo del nivel de Egault y de la direccion de las
trochas, y continuando él con el traqueómetro y todo lo
concerniente para poder levantar el croquis. Pasada una estrecha y
reducida garganta, el río acelera su corriente hasta el punto de
hacerla bastante impetuosa. Por la noche pedimos hospitalidad á un
pobre pastor, llamado Melo, el cual nos la dió, procurando
atendernos de la mejor manera que le fué posible.
A medida que avanzamos, el valle se estrecha más y más,
elevándose al propio tiempo, de tal modo que llega á convertirse en
un simple cañon: bien pronto aparecen las cascadas saltando por
encima de verdaderas rocas doleritas, pudiendo comprobar que al pié
de la primera la altura es ya de 1,64 metros. En aquel punto deben
terminar nuestras operaciones por lo que se refiere al alto de
Bernardino, y sólo seguimos adelante, hasta llegar á lo alto de una
loma, para llevar á cabo ciertas comprobaciones que nos son de todo
punto necesarias. Desde aquella altura gozamos de un encantador
golpe de vista, siendo admirable el panorama que se despliega ante
nuestros ojos: dominamos el extenso valle que fertiliza el río
Caimito, dividido en tres brazos, cuyas aguas se deslizan
apaciblemente por sus estrechos cauces; á lo léjos, sobre las
agitadas ondas del brillante mar, se divisan, formando un gracioso
grupo, las islas Tabogas, que semejan gigantescos cisnes posados en
la superficie trasparente de un espejo; á nuestra derecha, en la
línea azul oscura que se distingue al fondo, se divisan las últimas
cimas de las cordilleras, el cerro de la Trinidad, y aquel paisaje,
en cuya contemplacion nos absorbemos, tiene aún más encantos con la
indecisa luz del crepúsculo de la tarde que se inicia en medio de
la soledad que nos rodea y en el absoluto silencio que reina, que
apénas nada interrumpe, si no es el ruido que en la hojarasca hace
algun insecto que pasa, ó las hojas que chocan al menor impulso del
aire que sopla. Terminadas nuestras operaciones, y habiendo
recogido las notas y datos que nos eran necesarios para nuestros
cálculos, al caer la noche volvimos á la casa de D. Silverio
Gonzalez, donde habíamos de hallar el descanso de las fatigas
experimentadas durante el día.
Al siguiente, desde muy temprano, comenzamos el estudio de la
variante por el río Cope, que es el principal afluente del río
Bernardino: á sus fuentes corresponden, en la otra vertiente de la
línea divisoria, las del río Paja, tributario de Paño-Quebrado, que
se une al Chagres algunos kilómetros más arriba del puente de
Barbacoa. En este trabajo tampoco empleamos más que dos días, pues
allí tambien la curva se estrecha bien pronto; siguen
inmediatamente los rápidos violentos, viniendo en seguida las
cascadas de bastante altura, comprimidas por murallas que parecen
cortadas á pico. Despues de la primer cascada que se encuentra, hay
un ancho estanque, en el que las aguas detenidas parecen negras á
la vista, no porque lo sean, sinó por la oscura sombra que sobre
ellas proyectan las paredes que lo forman, demasiado juntas las
unas á las otras: más lejos, formando un admirable contraste, la
garganta se ensancha un poco, y la luz del sol hace brillar la
segunda cascada, inmensa ola de espuma blanca como la nieve que se
levanta á una considerable altura. Cuando terminamos tambien en
aquella parte nuestros trabajos, volvimos á la casa donde habíamos
estado alojados, y donde tan bien nos trataran, á fin de
despedirnos y marchar inmediatamente por la sabana á la hacienda
«La Constancia», situada en los bordes del Aguacate. Este río, del
que debíamos hacer el estudio del valle que riega y determinar el
trazado de su corriente, tiene su nacimiento cerca de la fuente del
río Mendingo, reuniéndose con aquél por encima del confluente del
Chagres.
Dejamos á la izquierda el famoso camino real que desde Panamá
conduce á David, en la provincia de Chiriqui, y bien pronto
llegamos á la selva leñosa que por ambos lados bordea el
Bernardino. Despues de pasar el río se extendió ante nosotros un
nuevo prado, cuya superficie, bastante desigual, presentaba á
nuestra vista muchos graciosos bosquecillos: en la cima de una
colina, á dos kilómetros próximamente del punto en que nos
encontrábamos, distinguimos una gran casa de un solo piso y
cubierta con tejas, en la que desde luego reconocimos la magnífica
hacienda «La Constancia. »
Aquella hermosa finca es propiedad del señor D. Francisco
Hurtado, miembro de una de las familias criollas más antiguas y más
distinguidas del país, quien con una exquisita finura la puso desde
luego á disposicion de la comision exploradora.
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Grupo de Vaqueros.
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Tan pronto corno el mayordomo hubo leído la carta que le
presentamos, y que nos daba á conocer recomendándonos al
propietario, nos presentó todas las llaves y nos ayudó á escoger
las habitaciones más confortables y mejor dispuestas: la antigua
fórmula,
|la casa está d la disposicion de V., que con
frecuencia se cita como ejemplo de la exageracion castellana, es
aquí una perfecta verdad; nada, absolutamente nada pudimos echar de
ménos, y el recuerdo de aquella franca, leal y cariñosa
hospitalidad no se separará jamas de nuestra mente. En la mesa del
propietario ausente comimos sus víveres, nos acostamos en su cama,
gozamos de su hamaca, y esto siempre igual, del mismo modo, desde
el primero al último día que duró nuestra permanencia en el valle
del Aguacate. Cada noche, cuando cansado por las fatigas del rudo
trabajo que sobre nosotros teníamos, volvíamos á la hacienda,
podíamos contar con la seguridad de hallar dispuestas la mesa y la
cama. Cuando el mal se ha pasado y puede compararse con el bien de
que se disfruta, es
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cuando verdaderamente se aprecian sus
ventajas: en muchas de aquellas noches recordábamos tantas otras
como al volver al campamento establecido no teníamos más que poca y
mala comida para alimentarnos, y el duro suelo ó la incómoda hamaca
para pasar la noche. En «La Constancia» no teníamos nada qué temer:
la alimentacion abundante y bien condimentada, el abrigo contra la
intemperie, y más que nada la segura garantía que la limpieza que
por todas partes se advertía nos daba contra las nubes de tantos
distintos insectos como en el campo nos habían mortificado,
privándonos del descanso y de la salud, como tuve que lamentar
cuando la invasion que en nosotros hicieron las terribles
garrapatas.
El domingo siguiente, el Sr. Hurtado llevó su amabilidad hasta
el extremo de venir de Panamá con M. Lacharme para hacernos una
visita en su propio domicilio. Por más que hicimos no pudimos
conseguir que nos considerara como sus obligados y agradecidos,
pues á la fuerza él quería ser el que debía manifestarse agradecido
y hasta orgulloso de que individuos de una comision tan distinguida
hubieran aceptado su casa.
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