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INDICE
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XL
El río Caimito.-Reconocimiento
practicado en el Bernardino, el Copo y el Aguacate.-La hacienda
modelo "La Constancia"-Rebaños de bueyes del Istmo.-Los
garrapateros.-Los vaqueros y sus lazos.
Estando restablecido por completo, hasta el punto de hallarme
perfectamente bien, el lúnes de la semana siguiente abandoné á
Panamá para unirme en el más breve plazo posible á M. Sosa en el
valle del Caimito. En alta mar el viento me fué desfavorable; la
ballenera tenía sumamente mal dispuesto el bauprés, la brisa era un
tanto fresca, y todo reunido dió lugar á que, á pesar de nuestra
impaciencia, el viaje se retardara, no siendo posible llegar á
Puerto de la Chorrera ántes de las diez de la noche.
A la mañana siguiente remontamos en canoa el Caimito: este
pequeño río forma en aquella parte una série de meandros, cuyos
cuellos son tan estrechos, que en la estacion de las lluvias apénas
crece un poco la corriente del río, cuando quedan cubiertos por
completo. A juzgar por lo que puede observarse, no había de pasar
mucho tiempo sin que le abrieran un nuevo cauce, á no impedirlo la
laberíntica red de tallos aéreos y subterráneos de los paletuvios
que detienen á los árboles arrastrados por la corriente, con lo
cual forman al Caimito unas vallas que hacen imposible que pueda
desviarse de su cauce natural. El valle, bajo y pantanoso, es aún
en su parte inferior del dominio de la selva virgen; pero en la
parte árida del río que llaman Martin Sanchez, el terreno arcilloso
no permite en manera alguna que agarren las raíces de los árboles,
no produciendo en él más que la
|guagafa, planta que llama la
atencion por sus enormes hojas. De tiempo en tiempo las últimas
colinas que le rodean se cierran bastante, pero dejando siempre
entre ellas suficiente espacio para que pueda abrirse un ancho
canal.
A la parte abajo del punto de confluencia del Caimito y
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de las aguas reunidas del Bernardino y del Aguacate, se
encuentra una playa de arenas viscosas, sobre las que vimos
tendidos al sol y dormidos unos sesenta aligatores. Desde léjos
cualquiera podría pensar eran un monton de cortezas espinosas que
las aguas habían arrastrado, dejándolas en seco al retirarse. Ya
hemos dicho en otras ocasiones que estos animales nunca atacan á
ninguna embarcacion, por tenerlo así confirmado la experiencia; mas
á pesar de todo, ni áun el más valiente se atreve á aproximarse, y
el más atrevido y más confiado no puede evitar que su corazon lata
apresuradamente cuando su canoa pasa cerca de tal reunion de
monstruos. Nadie piensa siquiera en dispararles una bala, tanto por
comprender lo sumamente difícil que es causarles daño con un
proyectil, dadas las condiciones de la coraza que les sirve de
piel, cuanto porque alcanzarlos podría ser en extremo perjudicial,
dado que, puestos en confusion, un movimiento de su cola bastaría
para hacer pedazos una embarcacion. Cuando por casualidad se
divisa, aunque sea de léjos,
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una reunion de monstruos de
esta naturaleza, lo primero que se procura es aproximarse lo más
posible á la orilla opuesta: para asustar al enemigo, gritan,
vocean, lo llenan de insultos y de injurias como si pudiera
entenderlos, y al propio tiempo golpean fuertemente contra la
piragua. Tal estrépito da lugar á que los caimanes se sacudan un
poco, saliendo del letargo en que parecen sumidos, y los unos
mueven pesadamente la cabeza, mirándonos perezosamente, en tanto
que otros marchan á cortos pasos hacia la orilla, sumergiéndose en
el agua sin ocultar por completo sus repugnantes mandíbulas ni las
rugosidades en forma de dientes de sierra que ostentan en su lomo,
que dejan divisar sobre la superficie del agua.
Un cuarto de hora despues, habiendo tenido que vencer no pocos
obstáculos en aquella navegacion, á causa de la débil corriente que
por causa de la estacion arrastraba el río, y que dejaba al
descubierto un considerable número de árboles caidos y rocas
salientes, nuestra embarcacion enfiló por el Bernardino, río
estrecho y de cauce tortuoso, deteniéndome en la aldea que el mismo
nombre lleva. Esta, como casi todas las que existen en aquella
comarca, es pobre y miserable. Sus casas, más que tales, son
chozas, donde confundidos y revueltos viven todos los individuos de
una familia, dedicados en su mayor parte al cultivo de algunas
porciones de terreno, con loque sólo pueden atender á la
satisfaccion de sus necesidades, y otros á la busca del cautchouc y
la tagua, que ya escasea, efecto de los males que en otras
ocasiones hemos lamentado. Sólo la necesidad ó la costumbre, aunque
más puede ser efecto de no haber visto nada más allá del lugar en
que nacieron, es lo que puede dar lugar á que aquellos séres
habiten allí, manifestándose conformes y contentos, cuando tan
faltos de comodidades se hallan. Allí pudimos convencernos una vez
más de lo poco que la Naturaleza exige al hombre y de lo mucho que
el hombre necesita luégo que la vida en sociedad le ha impuesto las
atenciones y deberes con que le grava. Comparados los
habitantes de aquellas aldeas con los que viven en los grandes
centros de poblacion, no cabe dudar un momento siquiera que su
existencia
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es más feliz y tranquila que la de éstos.
Reducidas sus atenciones á cortísimo número, viven con desahogo del
fruto de su trabajo, sin ideas que les preocupen ni atormenten, que
es ciertamente lo que da tranquilidad de ánimo bastante para
poderse creer dichoso.
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Caída del río Cope.
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En aquella aldea preguntamos por el paradero de nuestro amigo,
que en sus operaciones debía haber pasado por ella, y nos dijeron
que M. Sosa se encontraba el día anterior en el potrero de D.
Silverio Gonzalez. Un muchacho que pude arbitrarme por guía me
condujo por el camino más corto y fácil al punto indicado, donde
tuve el gusto de encontrarlo entregado á su tarea. Mal de mi grado,
érame forzoso en aquella ocasion ser portador de malas nuevas, y
tuve, por mi desgracia, que confirmarle la noticia de que su casa
se había quemado, destruyéndole todo cuanto poseía. Digo confirmar,
pues ya había llegado á conocimiento de M. Sosa algo referente al
incendio terrible que en Panamá ocurriera; cosa á la que él no
había querido dar crédito alguno, mucho más cuando el desastre era
tan considerable que apénas si viéndolo se alcanzaba su
posibilidad.
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