INDICE




Pudimos observar que desgraciadamente allí, con los incendios, sucede lo que en todas partes; sobre llegar siempre bastante tarde los auxilios, cuando llegan, todo se vuelve juicios contradictorios y órdenes en contradiccion las unas con las otras; cada uno manda cosa distinta, y en tanto la confusion crece, el bullicio aumenta, los que verdaderamente se hallan animados del deseo de ser útiles en algo no saben qué hacer ni qué partido tomar, y miéntras los merodeadores, que nunca faltan, disimulan sus intentos, lo destrozan todo, procuran dar al hecho mayores proporciones, simulan mayor mal que el que en realidad existe, y aprovechándose de la confusion que reina, hurtan y roban cuanto pueden. Muchas veces allí, como en cualquier lugar, hacen más daño que el fuego mismo las descabelladas medidas que se toman y el interes que no pocos manifiestan, pues querer poner á salvo los objetos en uno de estos lances desgraciados es hacerse mayor daño, dado que, ó por completo se destroza, ó desaparece totalmente.

M. Sosa.

Momentos despues de haberse dado la voz de alarma, el Gran Central Hotel era una enorme pira: por todas las puertas y por todas las ventanas se veían salir las llamas rojo-amarillas en un principio, y que á una mayor elevacion se tornan de color rojo­sangre, perdiéndose luego en una inmensa nube de negro humo. 

Algun tiempo despues un ruído sordo y profundo domina repentinamente el rugido del incendio, los chasquidos de los muros, los crujidos de la madera y los gritos de la multitud que allí se agolpa; son los techos que se hunden. Es allí tan rápida la marcha del incendio, que una señora que habitaba en el cuarto segundo y que comenzaba á vestirse en el momento en que se daba la voz de alarma, no tuvo tiempo de acabar, y tuvo que salir medio desnuda, obligada por las llamas que la cercaban por todas partes. En aquella casa, cuya extension era de más de veinte metros, sólo á fuerza de grandes luchas y trabajos pudo conseguirse salvar á un inválido que habitaba en el primer piso, por la parte opuesta á la tienda donde se declaró el incendio. De esta manera sucede que en ciertas ocasiones se han dado incendios que han destruido manzanas enteras y calles en toda su extension, sin que los esfuerzos hechos hayan podido lograr atajar el mal.

Los restos incandescentes caen como bombas en el barrio más bello de la ciudad; las casas se encienden y arden, el fuego ruge por todas partes, amenazando seguir en su vertiginosa carrera y destrozarlo todo, cosa que más de una vez ha sucedido á los panameños. En el Gran Hotel, M. Loew lo ha puesto todo en conmocion para ver de salvar la propiedad; como á nadie le interesa más que á él, no pára ni descansa, corre de un lado para otro, sin descansar un momento, vigilándolo todo, procurando que la maniobra esté bien servida y cuidando que cada uno atienda á las precauciones que deben ser tomadas, para que el mal sea menor en lo posible. Su máquina de vapor hace funcionar con gran celeridad á las bombas que se alimentan de un depósito que, bien calculado, dura cuatro horas, y que puede ser repuesto en breve espacio, sin que falte, por mucha que sea necesaria. El agua, cayendo constantemente sobre los techos, forma una costra preservadora sobre la parte baja del interior del alero que sobresale de la casa; en varios puntos algunos agujeros permiten ahogar las llamas que comienzan á prenderse, y regar las paredes y balcones. A pesar de tantos esfuerzos como se realizan, no deja de encenderse por algunos puntos; pero siendo trechos aislados, pueden apagarse con suma facilidad.

No es sólo la existencia de aquel bello establecimiento la que se encuentra amenazada, sinó toda la larga fila de casas de aquel lado de la ciudad que separa del lugar del incendio: éste ha devorado ya tres cuarteles de Panamá; si el Gran Hotel cede, la ciudad entera está perdida. Cada vez que una bocanada de llamas ó de humo, impelida por la brisa, va á dar sobre el edificio que á los demas protege á causa de su elevacion, un terror inmenso se apodera de la multitud aglomerada allí, testigo de la grandiosa furia del fuego. El presidente del Estado y todos los miembros del Gobierno están allí presentes, dictando disposiciones, dirigiendo los trabajos y cuidando de que el órden no se altere lo más mínimo, así como tambien que sea lo menos posible aquello que desaparezca por causa de las circunstancias. Un batallon de soldados que guarnece á la poblacion está armado de hachas, y los aparejos de los buques anclados en el puerto han sido bajados á tierra para utilizarlos en lo que puedan servir; como lo que más urge es aislar los edificios para que las llamas no puedan hacer presa, cortan con prodigiosa rapidez aleros y balcones, derribando las casas que parecen más amenazadas; algunos atrevidos llegan á fijar en las gruesas vigas maestras que sirven de sosten, unos agudos garfios sujetos á gruesas cadenas de hierro, á las que se agarran centenares de hombres, tirando hasta que logran arrancarla, cosa que varias veces ha sucedido, con lo cual, como se comprende, se quita mucho combustible á las llamas.

Es inútil, de todo punto imposible, pensar en extinguir directamente el incendio, ó preservar tal ó cuál construccion fuera del Gran Hotel, que se defiende tenazmente: en un abrir y cerrar de ojos el fuego destroza por completo aquellas casas, apiñadas las unas contra las otras, y en las que, más que la piedra, entra la madera resecada por los ardientes rayos de sol que todo la abrasa y lo consume.

Uno de los cuarteles de la ciudad, en los que el fuego había ya hecho presa, hubiera podido ser salvado; pero como en muchas poblaciones sucede, el ayuntamiento no dispone ni de una bomba siquiera. Descuido imperdonable, dado lo frecuente que son allí los incendios y las proporciones que en un momento toman, por las circunstancias especiales de la ciudad: la empresa del ferro-carril hizo venir la suya, que llegó desde Colon sólo en cinco cuartos de hora. A más de lo mucho que por la especial manera de construir se prestan aquellas casas á ser devoradas por el fuego, tienen los panameños en su contra que, excepcion hecha de la pólvora, no hay disposicion alguna que prohiba almacenar y retener allí los demas combustibles; así es que á cada momento se oyen crujir, produciendo grande estrépito, los barriles de alcohol y las latas de petróleo; se escuchan tambien las detonaciones de las cajas de fuegos artificiales, de cápsulas y cartuchos, materias inflamables que alimentan más y mas la hoguera aquella, que crece por momentos hasta el punto de verse hecho cada almacen un candente horno. No habrá ciertamente nadie que, habiéndolos escuchado una vez, olvide los desgarradores gritos en que prorumpen las mujeres medio locas á la vista de tanta desgracia y que forman un cuadro terrible; los hombres guardan con su presencia los fardos en que se hallan los objetos que pudieron salvar de las llamas, ó miran tristemente, con los labios apretados, cómo el fuego destroza lo que tantos sudores les costara ganar. Todo es allí desolacion, llanto y ruina; hombres y mujeres prorumpen en agudos gritos; cada vez que las llamas invaden un nuevo edificio, procuran consolarse los unos á los otros, pero todo en vano.

Luégo que hubimos puesto en seguridad los equipajes, y que logramos estar convencidos de que nada teníamos que temer, procuramos ayudar con toda nuestra fuerza á los infelices que más lo necesitaban, viendo alguna vez logrados nuestros deseos de ser útiles.

A pesar de todo, el incendio seguía haciendo el vacío en todo su al rededor, cada vez con mayor rapidez, y sin que nada lograra detenerlo. Sólo al cabo de tres mortales horas de angustias infinitas, señaladas por desastres casi incalculables, en las que el Gran Hotel había resistido, el fuego cesó en sus destrozos y se extinguió bajo los escombros, que aún siguieron ardiendo uno ó dos días.

Muchas de las casas donde habíamos sido recibidos con sin igual caballerosidad y cortesía desaparecieron, inclusa la que servía de habitacion al señor obispo, y la de nuestro compañero Sosa, que, bien ajeno de lo que ocurría, estaría engolfado en la continuacion de las operaciones cuyo encargo recibiera con tanto gusto. En esta última, que fué de las primeras á donde el fuego había llegado, no se pudieron salvar los muebles sinó tirándolos por las ventanas del cuarto segundo: era, pues, necesario, ó hacerlos pedazos, ó verlos consumir por el fuego, y el hermano de nuestro amigo prefirió esta segunda alternativa, dado que las dos conducían al mismo fin; pero en el natural atolondramiento que el siniestro produjo, olvidóse de la habitacion del explorador y de todo lo que dentro de ella había. La Sociedad del canal interoceánico ha perdido allí algunos documentos, pero por fortuna de los ménos importantes, algunos cuadernos con datos para operaciones traqueométricas, otros con croquis y planos del Mamoni y del Tiati, y ademas una numerosa coleccion de ejemplares mineralógicos procedentes de la region del Darien.

A la mañana siguiente, cuando las cosas fueron puestas en órden y se limpió el hotel de M. Loew, pudimos de nuevo llevar á él nuestros equipajes y seguir nuestros trabajos, bruscamente interrumpidos el dia ántes. En la confusion, sólo habíamos perdido nosotros algunas cajas pequeñas y otros efectos sin valor; en suma, pérdidas insignificantes, dado lo que habíamos presenciado y lo que hubiéramos tenido que lamentar si por desgracia el fuego hubiera comenzado por el lado opuesto al que comenzó.

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