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Las instrucciones que M. Wyse me dejara al partir para Santa Fe de Bogotá me prescribían hacer los necesarios estudios para poder determinar la posibilidad de un trazado, partiendo de la vertiente del Atlántico el valle del Chagre y el de uno cualquiera de sus tributarios, y la del Pacífico, la depresion ocupada por el río Grande, que desemboca cerca de Panamá, ó cualquiera de aquellos que recorren los ríos Bernardino, Cope, Aguacate, Congo, que todos ellos son afluentes del río Caimito. En estas investigaciones dejábame completa y absoluta libertad para que comenzara éstas por el punto que más conveniente me pareciera, cosa difícil de apreciar en un momento, y en la que cualquiera decision había de reportar consecuencias, por lo que todo mi cuidado fué procurar que fueran buenas. 

La exploracion de más importancia era, sin que quepa dudarlo, la de la línea Chagres-Rio Grande, porque siguiendo este camino se aprovechaban los valles más bajos y anchos, así como tambien la proximidad de la vía férrea, elemento de mucha importancia por la cuestion de trasportes y acarreos, que había de ser causa de que los trabajos pudieran realizarse con bastante más celeridad y mucho ménos coste. Gracias á la amabilidad y finura de M. Mozley, subintendente de la vía férrea de Colon á Panamá, pudimos consultar los planos de esta línea, que fueron para nosotros una importantísima fuente de conocimientos. El día 4 de Marzo decidimos al fin que M. Lacharme permanecería en Panamá para acabar de estudiar con toda profundidad y acierto aquellos planos de que tanto partido podíamos sacar; M. Sosa y yo operaríamos en la region del Caimito, importante tambien bajo distintos puntos de vista. Luégo que nuestro amigo hubiera terminado la mision que, fiados en sus conocimientos y buen juicio; le encomendábamos, emprenderíamos juntos la exploracion y estudio de la línea Chagres-Rio Grande, y si la estacion de las lluvias no se anticipaba y nos dejaba tiempo bastante, iríamos á concluir la exploracion del cauce del Caimito y los valles que le corresponde en la vertiente opuesta.

Esta división del trabajo nos pareció á todos la más conveniente para conseguir lo que deseábamos, reducido á obtener lo más posible en el menor espacio de tiempo, cosa que perfectamente podía realizarse, dado que los detalles y referencias que M. Lacharme pudiera escoger en los planos que M. Mozley nos había proporcionado, simplificaría mucho nuestras operaciones en la region que más importaba conocer. Por desgracia, el día que habíamos de comenzar nuestra expedicion en el órden propuesto me ocurrió un incidente que me obligó á guardar cama; al dirigirme á Matancillo, situado del otro lado de la sabana de Panamá, lugar hasta donde casi todos los días los panameños van de paseo, y donde sólo pueden tomarse agradables baños en los alrededores de la ciudad, tuve la mala fortuna de caer del caballo y lastimarme fuertemente: esto fue causa de que M. Sosa saliera solo de Panamá el 5 de Marzo, llegando al medio día á la embocadura del Caimito, al sitio que llaman Puerto de la Chorrera. Aquella noche misma llegó hasta Chorrera para proporcionarse un guía y algunos conductores que le eran de todo punto necesarios. A la mañana siguiente emprendió los trabajos, y con una paciencia y un desinteres que nunca será bien alabado, realizó las operaciones, llevándolas todas adelante , y al mismo tiempo, manejando el traqueómetro y el nivel de burbuja de aire, haciendo los croquis y dirigiendo la trocha.

Su punto de partida fue el lugar hasta donde llegan las altas mareas en el río Bernardino. Como es sumamente difícil, por no decir imposible, seguir el cauce del río que en casi toda su extension es profundo y estrecho, M. Sosa siguió remontando por todas aquellas numerosas sabanas que cubren el país. La hierba en aquella estacion está ya completamente seca, pues nada hay que pueda conservar frescura bajo la accion de aquellos desvastadores rayos de sol que todo lo destruyen. Para hacerla crecer con más vigor y fuerza en la estacion siguiente, pudiendo de este modo procurarse mejores y más abundantes pastos, así como tambien con el fin de que la floresta se haga de todo punto intransitable, los propietarios ponen fuego á aquella hojarasca, y pocas horas bastan para que en una extension de bastantes kilómetros quede reducida á ceniza. El incendio pasa con tal rapidez al traves de los cortos tallos, que no hay tiempo material para que pueda atacar los islotes formados por hermosos y frondosos bosques que perfectamente se conservan y permiten abrigarse al ganado en las horas del fuerte calor. En aquel terreno, seco y completamente desnudo, las operaciones marchan con suma lentitud, siendo mucho más difíciles de llevar á cabo que en los terrenos quebrados y montañosos por que ántes hemos andado, á causa del sofocante calor que se experimenta, y porque al menor soplo de aire que se siente levántanse unas nubes de ceniza acre y picante, que producen muchas enfermedades de garganta, bastante dolorosas. En ninguno de aquellos puntos que recorrimos dejan de tocarse graves inconvenientes, que no pueden ser echados en olvido cuando trate de determinarse y apreciarse el tiempo que allí invertimos.

M. Luis Verbrugge.

El 7 de Marzo por la mañana, encontrándome ya bastante más aliviado, pude dejar la cama y ocuparme, aunque bastante poco todavía, de algunas operaciones y cálculos de los que tenía datos recogidos en mi última exploracion. M. Lacharme se hallaba tambien bastante entretenido con el estudio de los planos de la vía férrea, y juntos nos dispusimos á pasar el día en nuestra habitacion del Gran Hotel. Cuando más distraídos nos hallábamos en nuestros asuntos, vinieron á llamar nuestra atencion las detonaciones de un revolver, que se sintieron bastante cerca. En Panamá son pocos los que por esto se alarman; así es que por sí solas hubieran pasado desapercibidas, si momentos despues no se hubieran escuchado las voces de «¡fuego! ¡fuego!» que, dadas á distancia de unos cien metros, nos hicieron levantar, abandonando nuestro trabajo. Extraña y rara cosa es, pero muy cierta, que el terror ó el miedo prestan no sé qué acento á la voz humana que parece crecer, y allí pudimos comprobar esto una vez más, pues á pesar de la distancia y del ruido propio de la hora en una poblacion como aquélla, los gritos llegaron hasta nosotros claros y distintos, como si los hubieran proferido en la puerta de nuestra habitacion.

Inmediatamente corrimos á la ventana para ver de averiguar dónde era el siniestro: de todas partes se dirigían hacia el Gran Central Hotel, sucursal del que nosotros ocupábamos, y donde se amontona la gente, delante de la parte ocupada por el notable doctor Gratochville. Algunos segundos despues vimos elevarse de la farmacia un torbellino rojizo, que hizo chisporrotear los vidrios y las maderas del balcon. Por más que fijábamos nuestra atencion, no podíamos distinguir ni llama ni humo, pero veíamos el interior como un horno ardiente; todos los intervalos ó espacios, todos los objetos que se distinguen al traves de las columnas de aire enrarecido, se retuercen, se agitan, desaparecen ó cambian de forma. Por más que se haga, á juzgar por lo que puede verse, no se conseguirá extinguir aquella terrible hoguera; todo lo más que podrá obtenerse es aislarla, evitando que el incendio se propague, y á esto tienden cuantos esfuerzos se hacen.

En cuanto á nosotros, el primer deber en que nos creemos es preservar los estudios y los trabajos, los instrumentos de la compañía del canal, los documentos, los mapas, fruto de dos años de trabajos. Triste hubiera sido que tras tanto tiempo de trabajar y sufrir, tras tanto como nos había costado luchar con aquella naturaleza y aquel suelo, tras tantos obstáculos vencidos y tantas fatigas sufridas, nos hubiéramos encontrado en un momento como el primer día que desembarcamos en Colon, teniendo que volver á comenzar. En este temor, dándonos cuanta prisa podíamos, procuramos meter todos nuestros útiles y trabajos en las maletas, así como tambien los efectos de MM. Wyse, Verbrugghe; y los que nos pertenecían. Inmediatamente que lo tuvimos todo dispuesto y embalado, M. Lacharme salió en busca de algunos mozos que los trasladaran á lugar seguro, pues era muy de temer, dadas las proporciones del incendio, que se propagase á las casas contiguas, pudiendo entónces muy bien alcanzar á la que ocupábamos. Al rededor mío y en un momento mis vecinos de hotel abren precipitadamente las puertas de sus cuartos, colocando sus equipajes en el corredor, y huyendo con lo de más precio y con todo aquello que en más estima tenían. La confusion y los gritos aumentan en la calle; el arrabal ó barrio entero se agolpa en la ciudad; aquel es un verdadero día de fiesta para los que allá viven, y que con seguridad no saldrán del bullicio promovido con las manos vacías. En todas partes dan de beber coñac y anisado á los que voluntariamente se ocupan de apartar los muebles y efectos de las casas próximas á la del siniestro. ¡Cuántas copas que beber y cuántas monedas que tocar! ¡Qué de objetos sin dueño, qué de cosas aprovechables que recoger en medio de la tormenta!

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