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INDICE
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Desde que habíamos llegado al campo de nuestra exploracion no
recordaba que ninguna jornada me hubiera parecido tan larga; en
fin, despues de más de dos horas de ansiar vehementemente el
descanso, llegamos á la ranchería, donde nuestros amigos nos habían
dejado bastantes víveres, dos botellas de vino y algunos huevos.
Como era grande mi impaciencia por saber si encontraría en aquel
pequeño puerto las dos piraguas que había encargado, corrí hacia el
río, y efectivamente allí estaban, en una reducida ensenada que
formaba un grupo de rocas salientes. Más satisfechos aún que yo se
manifestaron los hombres que me acompañaban, pues el mayor descanso
era para ellos; de allí en adelante no tendrían que disputar por
cuál de ellos llevaría mayor carga y cuál había de ser el que
llevara ménos, y ademas no habían de manifestarse cansados ni
murmurar de las largas jornadas que se veían obligados á hacer. Al
poner el pié en las piraguas, los que horas ántes juraban,
blasfemaban y maldecían, daban gracias á María Santísima con el
mayor fervor, mostrándose los más recogidos cristianos, y se
manifestaban altamente orgullosos de la rapidez con que ha
atravesado el istmo por una region absolutamente desierta entre las
montañas de que tantos prodigios cuentan y en las que, segun
refieren, hay tantos prodigios.
Inmediatamente despues de haber tomado algun descanso partimos,
siéndonos sumamente difícil la bajada, pues en aquel tiempo el
Tiati se halla casi seco, siéndonos, por tanto, preciso arrastrar
las piraguas, cosa que tambien nos costó gran trabajo, porque no
teníamos canaletes; los pozos se recubren de una espesa costra
verde, por cima de la que traza la quilla de la canoa un surco en
el que ven las aguas negruzcas, que despiden un fétido olor. Los
caimanes, bastante raros hace un mes, pululan ahora por doquier, y
de vez en cuando vemos tambien algunas tortugas que se arrastran
penosamente bajo la cálida atmósfera que allí se respira. La mayor
parte de estos quelonios pasan en el agua su existencia; otros
viven casi siempre en tierra: la especie de mayor tamaño que allí
se cría son los llamados morocoi, que alcanzan proporciones
gigantescas, casi iguales á las tortugas elefantídeas del
Madagascar. Estos animales son buscados con gran empeño, á causa de
la finura de su carne, que constituye un verdadero manjar; pero sin
duda porque están convencidos de que el caldo no será tan bueno
ántes del sacrificio, les hacen sufrir las más horribles torturas.
Primeramente la vuelven sobre su fuerte concha, cargándole encima
del pecho grandes astillas de madera que le impidan volver á su
natural posicion: por grande que fuera la lástima que el animal así
atormentado me causara, no podía ménos de reirme al ver los
esfuerzos y contorsiones que hacía con su cabeza de serpiente y sus
patas de rinoceronte. El morocoi entre los naturales es la perfecta
representacion de la pereza; así es que algunos de nuestros
conductores gritaban á sus compañeros: «Morocoi, vamos á trabajar,»
y ellos contestaban: «Imposible: ¿no ves que no tengo ni cabeza ni
piés?» Más tarde repetían: «Morocoi, vamos á comer,» y entónces
decían: «Al momento; hé aquí mi cabeza y mis piés. »
A pesar de su pereza y de su pesadez, no deja de ser travieso y
maligno, como acredita el siguiente cuento. Un día el morocoi
apostó con el mono una tanda de bananas y una botella de anisado á
que subiría más pronto que él á las más altas ramas de un árbol. En
pocos saltos el moño se encontró en el punto á que debían llegar
segun la apuesta, y el morocoi, que penosamente se agarraba,
procurando vencer las dificultades que se le presentaban, trepó
ayudándose de las lianas, hasta el punto en que su compañero se
encontraba, y sin hacer caso de las sangrientas burlas que le
dirigía, y sin protestar de cosa alguna, se consideró vencido,
confesando que tenía que pagar la apuesta; mas pasado un rato,
díjole si apostaba doble á que bajaba más pronto que él. El mono
aceptó sin titubear, y dada la oportuna señal para comenzar, el
morocoi se lanzó al vacío. Su compañero, aunque con grande agilidad
y presteza, comenzó á descender de rama en rama; pero cuando llegó
al suelo se encontró con que la tortuga caminaba ya por su pié. El
morocoi no fué malvado ni se mostró exigente; se contentó con hacer
una pequeña deduccion y demostrar que quitando lo que ántes el mono
le había ganado, se contentaba con que éste le abonara una tanda de
bananas y una botella de anisado, cosa á la que el cuadrumano
asintió, teniendo que darse por satisfecho.
Por mal intencionado que pueda parecer, es aún más paciente el
morocoi: cuentan que no se sabe cuándo ni dónde una tortuga de esta
especie empleó más de diez años en subir una empinada cuesta, y
cuando ya se hallaba muy próxima á la cima tuvo la desgracia de que
se desencajara una enorme piedra, á la que con sus patas delanteras
se agarraba, y que, rodando desde aquel punto, la arrastrara hasta
la base. El morocoi, en vez de desesperarse y desistir de su
empeño, comenzó de nuevo la ascension diciendo: «Eso te ha pasado
por querer ir muy de prisa; así es que esta vez pon cuidado y ves
más despacio. »
Cuando llegamos al Tupisa, las canoas comenzaron á marchar con
mayor rapidez. Las ardores del sol, que de nuevo comienzan á
experimentarse, se me hacen insoportables, y no puedo acostumbrarme
á ellos despues de un mes pasado á la sombra y disfrutando del
agradable, fresco que en la trocha se experimenta; así es que muy
pronto mi cara, mis piés y mis manos estaban quemados. La noche
siguiente la pasamos en un islote, por miedo á las garrapatas; pero
durante la marcha habíamos recogido tan gran cantidad de ellas, que
ninguno de entre nosotros pudo descansar un momento, á pesar de la
gran fatiga que nos dominaba.
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Bahía de Acanti (segunda
vista).
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Al día siguiente partimos al despuntar el alba, y el descenso
fué mucho ménos rápido que nos lo habíamos figurado. Las aguas son
muy poco profundas, y gran número de árboles atravesados, por
encima de los cuales algunas semanas ántes hubiera podido pasar
libremente nuestra piragua, nos interceptan ahora por completo el
camino: para orillar esta dificultad nos fué necesario descargar la
embarcacion y pasarla vacía sobre el tronco, ó mejor aún,
sumergirla y pasarla así por debajo de los palos.
Allí tuve ocasion de matar una hormigaoso (mirmicophaga
lamandua), animal extraño, con su larga quijada afilada, de cabeza
estrecha, curiosas orejillas y grosera pelusa, con uñas fuertes y
puntiaguda cola.
Por fin llegamos al punto de confluencia del Tupisa y del
Chucunaque; una porcion de mujeres apénas vestidas, que se ocupaban
en pescar, se sumergieron en el agua al vernos llegar, como si
hubiera sido una bandada de ranas, llamándonos la atencion lo poco
que tuvieron presente el riesgo que corrían, dada la abundancia de
caimanes que allí había. Los presumidos señores que ocupaban la
segunda piragua, que en su mayor parte eran vecinos de la poblacion
á que llegábamos, pasaron más de media hora en hacer su tocado,
pues no quieren mostrarse á sus conciudanos sinó con sus mejores
atavíos, sus zapatos, calzones y camisas nuevas. Como no era cesa
de perder el tiempo en aguardarlos, me adelanté, entrando desde
luégo en Yaviza.
M. Sosa se encuentra aún allí, y M. Lacharme está en Pinogana,
habiendo regresado ya de sus operaciones en el río Tuno. M.
Pouydessean ha, estado á la muerte, y aun lo encuentro bastante
mal: M. Sosa comenzó desde luégo los preparativos de viaje, pues
segun me dijo, había alquilado la piragua Cartagena; que debía
llegar aquella misma noche.
A pesar de la falta; de palabra del patron de la piragua que nos
había de conducir, M. Lacharme logró reunirse con nosotros, y
abandonamos á Yaviza el 20 por la noche, sin duda por última
vez.
En La Palma nuestro buen amigo Gregorio Santamaría, del que tan
buenos recuerdos guardábamos, salió á estrecharnos la mano,
haciéndonos experimentar su vista una agradable satisfaccion:
notamos que en el tiempo que hacía no le veíamos había envejecido
bastante, y sus cabellos estaban áun más blancos.
Nuestra canoa, que desde luégo no tiene condiciones para que con
comodidad y sin riesgo se pueda efectuar en ella un viaje por río,
es de todo punto incapaz para viajar por mar. Sería por demas largo
y enojoso que enumeráramos ahora todo lo que sufrimos á causa de la
negligencia, fatuidad é ignorancia del patron: apenas sabía manejar
los remos ni mandar á los hombres que á sus órdenes llevaba, por lo
que, á pesar de su resistencia, tuve que ordenar que nuestros
hombres hicieran la maniobra.
Todo es bueno, si bien acaba: por fin llegamos á Panmá el día
25, sólo algunas horas ántes de la partida de M. Wyse y
Verbrugghe.
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