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INDICE
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A la mañana siguiente emprendimos el camino para volver de aquel
viaje, en el que tan poco provecho habíamos logrado. Despues de una
hora de marcha, llegamos al pueblo de Guati, donde lo primero que
observamos, y llamó grandemente nuestra atencion, fué el que
Ouisapilele estaba ocupado en preparar sus fusiles, cosa que me dió
en qué pensar. Recordé perfectamente las prevenciones que en su
carta me hacía el jefe de la expedicion, encargándome con empeño
que no me fiara para nada de aquellos indios, y surcó por mi mente
la idea de si intentarían prepararnos una emboscada en cualquiera
de los malos pasos por que teníamos que atravesar. Ademas, los dos
guías que nos habían prometido no parecían, y recordando todo lo
ocurrido, cada vez aumentaban más los motivos de desconfianza. Todo
lo que nos decía Manolito lo hallábamos irónico é impertinente
hasta un punto capaz de desesperarnos; con motivo de una compra
insignificante que tratábamos de realizar, tuvimos que poner mano á
las armas, y entónces recordé tambien que en la conferencia que el
día anterior había celebrado con el cacique, éste, en su tono
punzante y con sonrisa nada tranquilizadora, nos prometió que
saldría al camino con algunos amigos para hacernos varios
obsequios. Pasado un rato, comprendí que, sucediera lo que
sucediera, el peligro no sería grande, ni mucho tampoco lo que
podíamos temer: cerca de la aldea no era fácil ni posible que nos
atacaran, por temor á los cautcheros y al buque de guerra, que
ellos estaban en la creencia de que había de volver de un momento á
otro; y si nos acechaban en la montaña, podían llevarse un
grandísimo chasco, pues ya sabían ellos que no habíamos de volver
por el mismo camino. Dejé pasar algun tiempo para ver si al fin
llegaban los guías, y no pareciendo, mi incomodidad subió de punto;
reprochéles en términos agrios y duros su falta de palabra, cosa
que á los indios afecta mucho, con lo que obtuve que al fin
parecieran los tan deseados hombres, que se hicieron pagar
adelantado, y no poco por cierto. En pos de ellos penetramos en un
sendero llano y fácil hasta las alturas de las gargantas que se
abren entre las montañas, y desde allí les ordené que volvieran á
su pueblo: poco despues encontramos nuestra pica de la cordillera,
y siguiendo por ella, llegamos á muy buena hora á la ranchería de
los Escorpiones, en la que nos instalamos de la mejor manera
posible, reparando un tanto con una abundante comida y un largo
sueño, las fatigas que durante toda la mañana nos habíamos visto
obligado á sufrir. Aunque no estábamos completamente tranquilos, y
temíamos que los indios nos prepararan alguna emboscada, no nos
inquietamos demasiado, pues conocíamos bastante el natural
supersticioso de aquellas gentes, que no se atreven á dar un paso
durante la noche.
A la mañana siguiente, tan pronto como el alba nos hubo enviado
sus primeras luces, emprendimos nuevamente la marcha, siguiendo una
pica distinta, tanto por parecernos el camino más breve y mejor,
cuanto porque de aquel modo podíamos evitar la presencia de los
indios, en el caso que nos acecharan en alguno de aquellos puntos
para sorprendernos.
Siendo completamente igual la constitucion de terreno en las dos
vertientes de la cordillera, seguimos empleando el método que tan
buenos resultados nos había dado para llegar al punto culminante
sin grandes fatigas, y que al mismo tiempo nos permitiera poder
evitar el tan peligroso escalamiento del río Guati. Como quiera que
la pendiente es mucho más dura y empinada del lado del Atlántico
que del Pacífico, la ascension fué para nosotros mucho más difícil,
exigiéndonos esfuerzos considerables y trabajos sin cuento, así
como tambien un gran espacio de tiempo, pues habiendo partido á las
siete de la mañana llegamos á la cima á las dos y cincuenta minutos
de la tarde, deduciendo, como es natural, el descanso que hemos
hecho, bastante corto por cierto, dado que todos tenemos grandes
deseos de terminar. La selva por esta parte es mucho más agradable
y rica que la que pudimos ver en la parte Sur.
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Camino de Acanti.
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En la cima de la montaña, como nos había sucedido la vez
anterior, fuímos sorprendidos por una densa niebla, que poco á poco
se fué condensando, dando lugar á que las gruesas gotas de agua que
de las hojas caían nos mojaran como si en realidad estuviera
lloviendo. La línea de separacion se extiende hacia el N.O., sin
que ninguna variacion se manifieste en este sentido que exceda de
veinte grados. En unos puntos es sumamente estrecha, de tal modo
que se determina clara y palpablemente, en tanto que por otros se
ensancha bastante y el terreno se hace sumamente pesado, á causa de
los muchos abrojos y matas que en él crecen. Lo único que nos
favoreció bastante fué la carencia absoluta del sub-bosque, que nos
permitía marchar sin necesidad de abrir la pica; pero algunos
troncos derribados por la violenta fuerza de los vientos que con
tanto ímpetu soplan en aquellas alturas, interceptan de vez en
cuando el camino, creándonos obstáculos que nos hacen perder
bastante tiempo. A las tres de la tarde encontramos el punto por
donde algunos días ántes habíamos llegado á lo más culminante de la
cordillera, siendo las cinco y media cuando tocamos al banderin
número 2.526. Ensayamos, aunque sin ningun resultado, pues no nos
fué posible conseguirlo, seguir todo el cuchillo hasta el fin, por
ver si podíamos evitar una quebrada que me dejó muy malos
recuerdos, encontrándonos á causa de esto en lo alto de un muro de
más de veinte metros de altura, que procuramos poder bajar, á fin
de no tener que volver atras.
Los hombres que me acompañan están verdaderamente entusiasmados,
pues por grande que sea la costumbre que tienen de recorrer los
bosques y por mucha que sea su práctica, gracias á la cual pueden
salvar obstáculos que para otros que no fueran indios ó mestizos
serían insuperables, no pueden volver de su asombro al ver con la
seguridad y precision con que han llegado hasta Acanti, sin tener
que recorrer diez veces el mismo camino, á causa de equivocaciones
sufridas, y mucho más aún de la facilidad con que ha podido ser
abierta la pica en una cordillera que los mismos salvajes temen.
Todos estos prodigios me los atribuyen, como conseguidos á mis
cálculos, á mis observaciones y á mis estudios, por lo que el
humillante desprecio con que siempre ven al señorito que no sabe
manejar el machete y arrancar un puñado de lianas, se trueca en una
admiracion profunda y una confianza absoluta en la ciencia de los
blancos.
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