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INDICE
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Por la mañana, al emprender la marcha, cuidamos de no
internarnos en otro desfiladero que estrecha el cauce del torrente
que viene siendo nuestro guía, y con este fin trepamos á una
altura, seguida la cual fuimos á dar á otro afluente. Allí, de
repente, el valle se ensancha, el río se dilata en una extensa
sabana poco profunda, deslizándose sobre un fondo de guijarros ó de
finas arenas entre las anchas orillas que, secas en la estacion
presente, nos permiten marchar á buen paso. Debemos estar sin duda
muy cerca del mar, pues excepcion hecha de una pequeña loma situada
al E., aquella region es completamente llana, el río, que cada vez
presenta más y más sinuosidades, está materialmente sembrado de
islas; la vegetacion difiere mucho de la que anteriormente venimos
observando, y los flancos de las elevadas orillas por que caminamos
nos muestran que el suelo está formado por terrenos de acarreo y
aluviones de origen neptuniano bastante reciente.
Al medio día encontramos á cuatro indios que pescaban
sirviéndose de jabalinas, y Eugenio, que entendía su lenguaje,
sirvióme de intérprete, pudiendo saber de esta manera que en la
rada había fondeado un gran navío de vapor, ó de fuego como ellos
decían, á bordo del cual había muchos soldados, que esperaban á
unos blancos que habían de llegar de la parte Sur. Ya no podemos
abrigar la menor duda; el buque que ayer vimos al levantar el sol
es el crucero frances que nos aguarda. De nuevo cobramos ánimos,
experimentando una alegre impaciencia por volver á ver á M. Wyse y
á M. Verbrugghe, á los Oficiales de marina, mis camaradas, y más
que nada mi vehemente deseo era volver á Panamá sin tener que
atravesar de nuevo la cordillera, pues ya me sentía extenuado. De
tener que emprender nuevamente tan peligrosa marcha, ignoraba si
podría conseguir el fin indicado; carecíamos de ropas y de
alimentos, mi traje todo estaba hecho jirones, no tenía zapatos, y
causas eran éstas más que suficientes para que nos apresuráramos
todo lo posible á fin de llegar ántes de que, convencido que por
cualquier circunstancia no llegábamos el buque, se hiciera de nuevo
al mar, mucho más cuando comprendía perfectamente que á causa de la
estacion el comandante no podía detenerse más que el tiempo
indispensable en una rada abierta á violentas ráfagas, de las que
con ningun medio contaba para defenderse, y que de un momento á
otro podrían ponerlo en grave aprieto.
Uno de aquellos indios que pescaban en la corriente del río se
ofrece desde luégo á servirme de guía, segun entiendo, no tanto por
favorecerme y librarme de los perros de la aldea, como por anunciar
á los suyos nuestra llegada, pues el arribo de un gran navío á
aquellas aguas y la noticia de que algunos europeos habían de venir
por la montaña los ha puesto en gran cuidado. Aprovechando el
ofrecimiento, que comprendo puede serme de alguna utilidad,
emprendí el camino de nuevo con tanta celeridad como el cansancio
me lo permitía.
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Paso de un higueron.
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¡Oh desgracia! Unos cautcheros de Cartagena me dan la terrible
noticia de que el crucero acaba de partir; segun me dicen, aún
estaba á la vista cuando ellos abandonaron la embocadura del
Acanti; noticia que en mi ansiedad no quiero creer, y que es un
nuevo motivo para que me apresure más y más; tanta es mi prisa, que
los hombres que conmigo vienen, cansados y fatigados con la pesada
carga que traen, no pueden seguirme, y bien pronto me encuentro
separado de ellos por una considerable distancia, hasta el punto de
que llegué á la aldea media hora ántes que ellos. Todo mi
aceleramiento no pudo conseguir nada, pues ni áun razon pude tomar
de lo ocurrido, dado que yo no entendía ni una palabra del idioma
hablado por aquellos indios, y ellos no entendían nada ni en
español ni en ingles, y excusado era emplear el frances ó el
aleman, pues había de suceder lo mismo; sólo cuando hubo pasado un
buen rato logré hacerles entender, con gran trabajo, que deseaba
hablar al cacique, y efectivamente, me condujeron á su
presencia.
Este me recibió sentado delante de la miserable choza que le
servía de albergue, y rodeado de sus notables; uno de sus hijos,
que se hallaba acurrucado á sus piés, tenía en la mano el baston,
símbolo de su autoridad. La recepcion que me hizo no manifestaba
ciertamente una abierta y patente hostilidad, pero tampoco revelaba
gran placer ni satisfaccion alguna que pudiera halagarme; tal era
el estado en que me sentía y tan grande la ansiedad que
experimentaba, que ni por un momento me fijé en esto que podemos
desde luégo llamar cuestion de forma, y á la que ninguna
importancia daba: sus frías maneras, y su estudiada reserva me
impusieron bien poco; así es que mandando á uno de aquellos hombres
que se levantara para ocupar un sitio que no me ofrecían, pedí á
otro de los más jóvenes que fuera á buscarme fuego. Contra lo que
yo esperaba, mi desenfado no desagradó, y bien pronto me hallé
sentado frente al cacique, que parecía prestar gran atencion á mis
preguntas; ó por mejor decir á la mímica que las acompañaba, pues
desde luégo por esto era por lo que me había de entender, y no por
el lenguaje: á pesar de todo, confieso que pasé un insoportable
rato, dado que el mayor número de las cosas que le decía no eran
entendidas, y á mí me sucedía otro tanto: advertí, sí, que en un
largo discurso que el cacique pronunció había repetido mucho las
palabras santos y carta, pero sin poder comprender á qué se
refería, y qué quería con ellas indicarme.
La llegada de Eugenio vino á sacarme del gran apuro en que me
hallaba, y gracias al que sentía que mi ansiedad crecía por
momentos: merced al hábil intérprete, pude saber que la larga
peroracion del indio y aquel continuo repetir las indicadas
palabras iban encaminados á decirme que M. Wyse ántes de partir
había dejado para mí unas cartas y varias provisiones en poder de
un patron de rebuscadores de tagua, llamado Santos, que tenía su
campamento en la embocadura del Acanti. Tambien supe que el buque
de guerra había partido en la mañana de aquel día; que durante un
largo espacio de tiempo siguió en direccion al S., pero que á
cierta distancia habia virado de bordo, dirigiéndose hacia el
Norte.
Durante este tiempo habían ido á buscar una carta que M. Wyse
había entregado para mí al cacique: en ella me anunciaba que Le
Dupetit Thonars había partido definitivamente, sin poder
aguardarme, y me recomendaba que me guardara mucho de los indios,
sin fiarme para nada de ellos. Entónces principié á fijarme en la
fría manera como había sido recibido, y más que nada aquella
circunstancia me explicó perfectamente la causa que había podido
obligar al buque al cambio de rumbo que me indicaban, y qué no
podía ser otra que el ocultar á los indios que la partida era
definitiva, reteniéndolos así en un saludable temor, cosa muy de
agradecer, dado el cuidado que las prevenciones de M. Wyse había
despertado en nosotros.
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