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INDICE
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XXXVII
Dificultades de la
marcha.-Ejercicios funámbulos.-Caída peligrosa-Le Dupetit-Thonars
ha partido-El cacique Ouisapilele.-Los indios mansos de la tribu de
Acanti.-Bahía y pantanos de Acanti.
A las seis nos pusimos nuevamente en marcha, observando que á cada
paso la
|quebrada se hace más y más difícil, haciendo
imposible, por tanto, que fuéramos con la celeridad que deseábamos;
á cada arroyo que se pasa sigue una cascada que se precipita alunas
veces desde bastante eleva cada límite de confluencia está formado
por un espolon abrupto, en los que si el salto no es completamente
vertical, todo está reducido á irse agarrando á las puntas
salientes, y ayudarse de una liana para bajar como se pueda. En
esta operacion, que es de las que más facilitan los pasos, se está
expuesto á una caída terrible, pues por regla general los
agarraderos que se arbitran están sumamente resbaladizos, y ademas,
aunque la liana no se rompa, puede ceder fácilmente, arrastrada por
el peso. Cuando es imposible efectuar el salto, no hay más remedio
que recorrer todo aquel espolon, que por sinuoso que sea está
completamente lleno de árboles rodeados de lianas, á las que hay
que irse agarrando, con riesgo que alguna pertenezca á la mala
especie, cuyosólo tacto basta para levantar llagas y pústulas
mortales en muchos casos, y en todos de difícil curacion. En otras
ocasiones no es posible hacer ni una ni otra cosa, sinó remontar el
torrente y ganar la cresta, por donde el camino es mucho más fácil;
pero por la region que ahora recorremos se presenta tan quebrada,
que á cada instante se separa ó se bifurca. Los razonamientos, el
hábito, el instinto y la práctica adquirida en estos dos años de
exploracion me ayudan bastante y me sirven no poco para comprender
cuál es el conveniente camino y seguir por él en algunos trayectos,
al cabo de los cuales solemos hallar alguna escarpada, ante la que
no hay otro remedio que descolgarse de nuevo al cauce que se
abandonó. Una última tentativa nos conduce á la horquilla de una
gran quebrada. En aquel momento era medio día, por lo que con no
poco trabajo se encendió el fuego, á pesar de todo, haciéndose la
primera comida del día.
En todas las operaciones necesarias empleamos una hora; así es
que á la una volvimos á emprender la marcha. En el espacio de
tiempo que tardamos en recorrer un centenar de metros, poco más ó
ménos, pudimos seguir regularmente, tanto por la orilla izquierda
como por la derecha del río, pero inmediatamente comenzaron de
nuevo los desfiladeros y las cascadas, de que tan malos recuerdos
teníamos adquiridos en la hora anterior. Algunas veces, á los
peligros que esto ya de por sí constituye, hay que añadir que se
atraviesan enormes troncos de árboles que derribara el tiempo,
carcomidos por las aguas y atravesados en los puntos más estrechos
ó en los puntos en que se detienen los saltos y en los que forman
una rampa descendente de un lado á otro, y que permiten atravesar
sin peligro, siempre que se tenga una cabeza bastante segura para
poder realizar actos arriesgados de funambulismo. Un pié que se
resbale, será lo suficiente para que, cayendo abajo, no vuelva uno
á levantarse: así es que á pesar de las facilidades que presentan,
no dejamos de mirarlos con sobrado respeto. Algunos de aquellos
casuales puentes tienen hasta treinta metros de largo, y para
trepar hasta el medio podrido tronco no hay otro remedio que
suspenderse del sinnúmero de raíces que de sus extremos penden, y
atravesarlos luégo paso á paso, solamente apoyados en el palo
puntiagudo que con este fin tuvimos que proporcionarnos. Por temor
al vértigo y por lo mucho que el vacío llama, no hay quien se
atreva á mirar al abismo que bajo los piés tenemos abierto, y en el
que las aguas negruzcas cubren apénas los picos salientes de las
rocas que más y más se afilan con la continua caída del agua.
Llegados al final, se descuelga uno como puede para descender hasta
el arroyo y seguir por él.
Más adelante las empalizadas horizontales cesan, y la corriente,
aumentada con el caudal de agua que aportan otras quebradas
confluentes, nos impide seguir por el cauce, por lo que de nuevo es
necesario remontarse hasta la cima y caminar hasta el punto en que
el espolon saliente forma un precipicio que nos obliga á separarnos
del camino emprendido; pero apénas ha bajado uno se ve obligado á
subir de nuevo, teniendo que repetirse esta tan pesada operacion un
número considerable de veces, á causa de los muchos arroyos que á
cada momento interceptan el paso, sucediéndose con desesperadora
frecuencia.
Algunos de estos pasos. son tan sumamente estrechos, que sólo un
árbol basta para obstruirlos por completo: á derecha y á izquierda
los ribazos parecen cortados á pico, sin que, por tanto, pueda uno
permitirse dar un rodeo para evitarse el obstáculo, sinó que para
conseguir el paso hay que montar en el tronco por algunas gruesas
raíces, seguir gateando por ellas y continuar de esta manera hasta
poder hacer pié. Inútil nos parece detenernos á ponderar lo que en
tan difíciles escalamientos se sufre; los movimientos todos tienen
que ser violentos, los esfuerzos inauditos, y más de una vez
sentimos que una astilla desgajada de algun tronco de aquellos
penetra en nuestra carne, haciéndonos sufrir dolores vivísimos;
pero nada nos pára ni nos detiene, y haciéndonos superiores á todas
las fatigas, seguimos adelante con la mayor celeridad, confiados en
que de esto depende el que oportunamente lleguemos al término de
nuestro viaje. Poco despues de haber atravesado la serie de troncos
que dejamos apuntado, hubimos de perder más de media hora en pasar
un enorme higueron: sus raíces, bastante más altas que un hombre de
pié, se extienden á manera de gruesos sostenes, descendiendo por
los dos lados de la roca en que se apoya, para ir á buscar el suelo
de que se alimentan á más de diez metros de distancia. Bastante
cerca de éste se ven otros árboles de la misma especie, sustentados
por raíces aéreas que forman corno la bóveda de una construccion
gótica. Para volver á bajar, cada una escoge el camino que mejor le
parece, con arreglo á su mayor ó menor fuerza de piernas, su
resistencia al vértigo y demas condiciones que son necesarias tener
presente: ademas, es lo más conveniente marchar separados, á fin de
evitar el ser arrollados por la caída de su vecino, y más que por
nada con el fin de evitar el ser herido por las piedras que á cada
momento se desgajan. La mayor parte de los hombres que me acompañan
están heridos y llenos de contusiones, á causa de los muchos
accidentes que ocurren en aquella abrupta senda. Por lo que á mí
toca, á pesar del mucho cuidado con que marcho y de las
precauciones que tome, soy el más maltratado: en una ocasion un mal
paso me hizo dar tan fuerte resbalon, que me arrojó sobré una roca
pelada, cayendo despues en un abismo de más de treinta metros de
profundidad. Tal vez nunca como entónces me he visto tan cerca de
la muerte. Sin saber cómo, sacando fuerzas de flaqueza, me rehice
repentinamente, y agarrándome de una rama de arbusto que cerca de
allí crecía, pude ganar la altura nuevamente, aunque sintiéndome
magullado y lleno de contusiones, producidas por el fuerte golpe
que acababa de sufrir.
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Ascension de la cordillera.
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Seguimos nuestro camino sin que ni un momento siquiera
pudiéramos abandonar el sin igual camino que durante aquella
expedicion estábamos obligados á tener, y hacia las cuatro de la
tarde observamos que la pendiente del río había disminuido mucho:
ya en un buen rato no tuvimos que salvar cascadas propiamente
dichas, y hasta pudimos caminar por el lecho mismo del torrente;
poco despues fuimos á dar en una hondonada, cuya profundidad parece
considerable y que no dejó de inquietarme, pues en ella teníamos
otro obstáculo violento. Los dos Pedros, que me acompañaban no se
pararon en las consideraciones que á mí me detenían, sinó que
haciendo alto un momento arreglaron perfectamente su carga,
revistiéndose con los gruesos sacos de lona, forrados por fuera con
cautchouc natural; y obrando como buenos nadadores, siguieron sin
pararse en nada, braceando unas veces y otras marchando por su pié
con el agua hasta la garganta; los otros y yo escalamos una elevada
cima, siguiendo por ella en una extension de más de mil metros: á
juzgar por lo que puede observarse, todo parece indicar que la
corriente va á terminar y que vamos al fin á penetrar en el valle
inferior: el barómetro, que frecuentemente consultamos, nos indica
que á lo más no hallamos á una altura de cien metros. Luégo que
hubimos salido de aquella garganta, salimos por el río hasta
encontrar un lugar conveniente para establecer el campamento,
viéndonos obligados á situarlo en una ancha planicie, materialmente
infestada de escorpiones. El día había sido terrible, sin que nos
hubiéramos podido permitir el menor descanso. A más del cansancio y
de la fatiga que podemos llamar naturales, teniendo en cuenta el
largo trayecto que habíamos recorrido, teníamos que lamentar lo
mucho que sufríamos á causa de los golpes y arañazos que
recibiéramos en la lucha sostenida con la naturaleza de aquellos
parajes. Aquella tarde, al prepararnos para descansar durante la
noche, no tuvimos que vencer ni los obstáculos ni los
inconvenientes que el día anterior: el sol, que durante todo el día
luciera resplandeciente, había secado los árboles y las ramas, y el
fuego pudo ser encendido con gran facilidad: preparamos en breves
instantes la comida y pudimos recogernos pronto, cuidando de tomar
todas las precauciones posibles, á fin de evitar las picaduras de
los reptiles, que, como hemos dicho abundaban allí.
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