A las tres y algunos minutos de la tarde, sin ningun síntoma
anterior que pudiera advertirnos su proximidad, momentos ántes de
ganar la línea de separacion, nos vimos envueltos por una espesa
niebla que humedeció nuestras ropas: la oscuridad fué tan densa,
que apénas si á cincuenta metros de distancia distinguíamos alguna
cosa, y á ménos de cien ya era imposible distinguir nada. Esta fué
la primera contrariedad que en aquella ascension experimentamos;
pues sobre imposibilitarnos de seguir todo lo de prisa que hasta
allí habíamos ido, y exigirnos mucho mayor cuidado, á causa del mal
estado en que las hierbas el suelo se pusieron, nos impedían
abarcar con un golpe de vista el dilatado y hermoso panorama con
que habíamos contado, y que, dada la elevacion, podía afirmarse se
extendería por un lado á toda la vasta extension del mar, hasta las
tierras de Cartagena tal vez, y del otro á toda la serie de
estribaciones que extienden sus ramas sobre la vertiente
occidental, y allá en el fondo las bajas llanuras que fertilizan el
Chucunaque y el Tuira.
Llegamos á un sitio en el que la cosa nos pareció extremadamente
grave: ¿cómo saber á punto fijo el camino que nos llevaría
directamente á Acanti? ¿Cómo averiguar si las aguas de los
riachuelos que se abren á nuestros piés van al Toló ó al Acanti?
Considerando este punto muy detenidamente, supusimos que muy bien
podía suceder que formaran parte del cauce de algun río y fueran á
desembocar más hacia el Norte ó hacia el Sur. En suma, nos
encontramos en aquel momento sobre la línea recta que une á Acanti
con nuestro punto de partida, no quedando, por tanto, más que
seguir adelante, pues algo más abajo, al traves de la maleza,
descubrimos algunos puntos elevados, que podrán servirnos de
observatorio para inspeccionar detenidamente el país y saber á qué
atenernos.
Extraviarnos en aquellos momentos hubiera sido un suceso de todo
punto lamentable: era necesario proceder con suma cautela, pues con
la mayor facilidad podía ocurrir que nos aventuráramos por
pendientes que en vez de acercarnos, nos alejaran indefinidamente
del punto á que debíamos llegar. El más ligero error podía ser
causa de un sinnúmero de peligros, en los que tal vez pereceríamos;
nos hallábamos léjos de todos los puntos en que podíamos
reforzarnos; nuestra alimentacion podía decirse que iba medida; así
es que, áun sin querer, acudía á nuestra memoria el recuerdo de
tantos y tantos como han perecido en las exploraciones que de
distintas comarcas se han intentado, y no podíamos ménos de
considerar con horror las luchas, sufrimientos y dolores de los
que, perdidos en las selvas, pasando y repasando, sin advertirlo,
cien veces el mismo camino, se veían condenados á una segura
muerte.
Despues de tomarnos un cuarto de hora de reposo, nos pusimos
nuevamente en marcha, descendiendo por la curva opuesta á la que
habíamos subido. La niebla que momentos ántes oscurecía nuestra
vista, impidiéndonos ver, ha levantado, y podemos distinguir cuanto
ante nosotros se extiende. Sobre los contrafuertes la selva crece
en belleza, manifestándose más esplendente y rica; pero en el
arroyuelo que seguimos, que cada vez se ahonda más, apénas si
pueden vegetar algunas endebles ramas que crecen entre los restos
de cuarzos y las tierras rojas: á cada paso damos un resbalon, pues
con la humedad las tierras se han puesto blandas y suaves,
desencajándose los guijarros, sobre los cuales, pisando en falso,
venimos á tierra con gran facilidad. No hay por allí grandes
elevaciones que subir, ni bajar, ni precipicios cuyo paso nos cree
obstáculos; pero los conductores, cargados con exceso, apénas si
pueden guardar el equilibrio, y tan cansados se manifiestan, que
comprendo cuál inaudita crueldad sería hacerlos seguir, y lo poco
que con tal empeño conseguiría, dado que poco despues les sería
imposible dar un paso más. Consideré tambien hasta qué punto esto
había de ser contraproducente, pues si en un día hacía que con
exceso se fatigaran, al siguiente alcanzarían ménos sus esfuerzos y
sería mayor la pérdida que lo poco que habíamos ganado; así es que
poco ántes del crepúsculo dí la voz de alto, acampando
inmediatamente y disponiéndolo todo de la mejor manera para pasar
la noche con menor incomodidad.
Aún no hemos pasado la curva superior, pero ya los contrafuertes
comienzan á levantarse, y el valle se va estrechando cada vez más:
una corriente de agua perenne se ha cavado un cauce profundo entre
dos orillas que parecen abiertas á pico; las cascadas en que el río
salta de piedra en piedra, formando montes de espuma, van á
aparecer bien pronto.
La humedad que ha quedado nos hiela hasta la médula de los
huesos, y tiritamos bajo la brisa del Norte que fuertemente sopla
de lleno en la garganta; todos los abrigos de que podemos disponer
resultan pocos; aquel aire frío parece un agudo dardo que á traves
de todo penetra y por todas partes pasa. Para colmo de nuestra
desgracia, todos los esfuerzos que hacemos son en vano, y con nada
logramos encender fuego que nos reanime; todos los troncos que
hallamos, todas las ramas de que echamos mano, están tan sumamente
húmedas, que no logramos hacerlas prender. Los hombres que me
acompañan, muchos de los cuales están acostumbrados á cuantos
reveses puedan ocurrir en los bosques y en las montañas, hacen
esfuerzos inauditos, sin conseguir nada, á pesar de que ejercitan
cuantos medios les enseñó la práctica, y á los que yo añado todo
cuanto la teoría me puede sugerir; mas en vano, ni la frotacion, ni
la percusion, ni el caldeamiento, ni la mejor ó peor colocacion que
damos á los troncos, ni nada, en fin, logra que el fuego se
encienda; las cortezas chisporrotean y humean, pero nada más que
esto, con lo cual lo único que logramos es agotar nuestra provision
de cerillas y de grasa. Esta contrariedad se hace desesperante en
los momentos aquellos en que más necesaria nos era una alimentacion
reparadora, que al fin la necesidad nos obligó á sustituir por una
cena compuesta de sardinas y anisado. Despues de tan insustancial
comida, cansado hasta más no poder, instalé mi hamaca,
suspendiéndola entre dos árboles; pero con tan mala suerte, que
cada balanceo me hace chocar con las rocas angulosas. Los demas se
acurrucaron sobre las húmedas piedras, y durante toda la noche no
dejaron de martirizarnos los chitras.
A la mañana siguiente nadie manifestó deseos de detenerse ni un
momento más en aquel lugar donde tanto habíamos sufrido. El aire no
había dejado de soplar en toda la noche, y estábamos verdaderamente
ateridos, sintiéndonos débiles á causa del poco alimento que la
noche anterior tomamos; así es que en breves instantes lo tuvimos
todo listo, hallándonos dispuestos para partir, aplazando el
desayuno para el momento feliz en que salgamos de la bruma y
podamos encender fuego. Nuestra esperanza no tardó mucho en verse
convertida en dichosísima realidad; algunos momentos despues el
sol, al levantarse, disipó la bruma, despejando el celaje, y pude
contemplar allá en lontananza la dilatada extension del mar,
coloreada de amarillo rojizo por la reverberacion de las nubes.
Siguiendo atentos aquella investigacion que tanto nos interesaba,
pudimos distinguir, meciéndose sobre las olas, una embarcacion
anclada, con casi todo el velámen suelto.
Como lo vemos á tan gran distancia, nos sobran motivos para
suponer sea algun gran navío, sin duda Le Dupetit-Thonars, que debe
ya hallarse fondeado en Acanti. Aquella vista nos colmó de alegría,
causándonos dicha extrema, pues al fin veíamos el término de
nuestra larga y penosa peregrinacion; y tanto fué así, que, á pesar
de las muchas dificultades, emprendimos el camino alegres y
gozosos, sin pararnos en nada; nuestro objetivo era llegar cuanto
ántes, y para esto era forzoso realizar prodigios.
Bien pronto me asaltó una idea, que abatió mucho mi ánimo,
dejándome sumido en una gran perplejidad: si aquel buque que á lo
léjos se distinguía era efectivamente Le Dupetit-Thonars, como
habíamos llegado á suponer, era evidente que su llegada la había
efectuado el dia ántes; yo no podía en modo alguno llegar á Acanti
hasta mañana despues de medio día, suponiendo que siguiéramos del
modo que nos habíamos puesto desde que divisamos el barco; y como
éste sólo había de permanecer fondeado en Acanti tres días,
resultaba que no era posible que llegáramos á tiempo.