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INDICE
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A la mañana siguiente todo marcha á las mil maravillas, hasta el
punto que, sin riesgo de que pueda hacerme falta, envío á Domingo
para que vaya á reunirse con M. Sosa: yo conservo á mi lado á
Juanito, que es fuerte y vigoroso, y que en todas ocasiones ha
manifestado vivos deseos de acompañarme. Este hombre, jóven y
franco, es sin duda uno de los mejores con quienes hemos podido
contar; su trato afable y cariñoso le capta las simpatías de todos,
y ademas su inteligencia da lugar á que pocas veces sea necesario
repetirle dos veces la misma cosa. Siguiendo nuestro camino,
advertimos que el río se estrecha y que su corriente se hace cada
vez más escasa: la marcha por encima de las rocas se hace aún más
difícil, y en toda aquella extension se suceden los desfiladeros
casi sin interrupción; más tarde el Tupisa describe una gran curva,
y nos hallamos en presencia de un tributario importante, que sigue
la direccion deseada. Nuestra gente se instala en un monton de
grava, donde un enorme tronco de espavé, cercado por las aguas, nos
abriga durante la noche, poniéndonos á cubierto del aire glacial
que se deja sentir, y durante el día nos preserva de los ardientes
rayos del sol. Aquella noche cenamos con el último puñado de arroz
que nos quedaba, y quedamos pendientes de que nos alcanzaran los
hombres que habían de traer nueva provision, pues de lo contrario
lo íbamos á pasar muy mal.
A la mañana siguiente algunos restos de galleta nos ayudan á
engañar nuestra hambre, convenciéndonos al propio tiempo de lo
imposible que nos era cambiar de campamento: los dos Pedros que nos
traen víveres podrían extraviarse en el Tupisa superior, perdiendo
nuestra pista, lo cual colocaría á ellos y á nosotros en una
situacion lamentable. No sólo nos decidimos á no movernos del sitio
en que hallábamos, sinó que, por mayor precaucion, nos envió á
Eugenio para que saliera á su encuentro.
Nos encontramos en plena montaña y las operaciones se hacen cada
vez más penosas, si no imposibles de practicar; á cada paso
tropezamos con pozos, en los que el agua se arremolina
violentamente, y por los que el tránsito inspira gran cuidado; las
piedras resbaladizas se suceden las unas á las otras casi sin
interrupcion, así como tambien los bloques angulosos, los rápidos,
las angosturas ó los desfiladeros; en una palabra, todo parece
haberse dado cita en contra nuestra. La quebrada se divide en dos
brazos casi iguales, si bien el contrafuerte que separa estas dos
ramas, que en sí parecen de igual importancia, no es tan escarpado
como los que anteriormente hemos visto. Esta es la primera vez que
al fin me decido á ganar la cima de la cordillera. Por lo demas,
una cascada que salta de encima de un muro cortado á pico nos
impide continuar los trabajos emprendidos aquel día,
imposibilitándonos tambien subir al vallado superior.
Convencidos al fin de que inútiles habían de ser los esfuerzos
que realizáramos, volvimos al vivac, donde la abundancia vuelve á
ser un hecho, felizmente. Cuando llegamos, los hombres que habían
quedado allí se ocupaban en desembarcar el arroz para prepararle
inmediatamente. Esta comida, que en cualquiera otra situacion no
hubiera despertado en nosotros ni el más ligero apetito ni el más
pequeño contento, nos entusiasmaba ahora, que era lo único que
podíamos contar, y cuya falta, que tanto habíamos lamentado ántes,
era causa de un no insignificante atraso en nuestras operaciones,
así como tambien de la separacion del resto de nuestros compañeros.
Fidedigno me ha enviado tambien algunos huevos, con lo que bien
puede decirse que, despues de tantas privaciones, vamos á tener un
verdadero festin. Primeramente, justo es decirlo, un bien preparado
asado de mono nos hace adquirir fuerzas, reponiéndonos con él de
las fatigas experimentadas. No hay más que hallarse léjos de los
lugares donde las comodidades no pueden obtenerse ni comprarse,
para conformarse con lo que la suerte depara ó puede por casualidad
conseguirse: ántes de aquel viaje, nunca pudimos pensar que la
carne de los cuadrumanos llegara á ser nuestro alimento, y la
primera vez que la comimos experimentarnos una repugnancia extrema,
que no creíamos llegar á vencer; hoy casi puede decirse que cuando
no la hay lamentamos su falta.
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Trancos.
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Despues de la cena organicé, grosso modo, los cálculos de
nuestras últimas operaciones en un pedazo de papel cuadriculado;
estamos sólo á catorce kilómetros de Gandi; mañana tal vez
distinguiremos el Atlántico.
Hénos aquí ya en el camino que nos ha de poner en el punto
culminante de la tierra que nos oculta el tan deseado mar. Bien
tarde ya advertí que había cometido un error, pues dejándome llevar
de mis prácticos en la selva virgen, seguí la quebrada, en vez de
tomar por la línea culminante del contrafuerte. Este error nos hizo
perder más de hora y media, y nos condujo al fondo de un cauce,
seco entónces, en el que las piedras amontonadas hacían difícil el
paso, y más aún las bajas ramas de los árboles que entre ellas
crecían; y mayor fué aún nuestro despecho cuando más tarde una
serie de cascadas que saltaban en aquella estrecha garganta nos
obligó á desandar lo andado, pareciéndonos perder por completo
nuestro tiempo. Poniendo entónces en práctica mi primera idea, se
escaló, ayudándose con los piés y con las manos la pared que
parecía más abordable, y desde entónces, al llegar á la altura y
poder seguir por ella el camino, nos pareció mucho más cómodo. En
efecto; aquí la cordillera se parece muy singularmente á lo que
podríamos llamar cadena de montañas teórica, es decir, una línea
divisoria horizontal y rectilínea de las dos vertientes, de la cual
se separan perpendicularmente los contrafuertes que se subdividen
hasta el infinito, como los pedúnculos de una hoja compuesta, y que
se bajan á medida que se alejan del nervio central. Como todas se
reunen dos á dos para formar el cadenon soldado á la cadena
maestra, puede estarse seguro de que, partiendo de la extremidad de
cualquiera, de estas ramificaciones y siguiendo siempre la
ascension á la cresta, no puede ménos de llegarse al punto más
elevado y principal.
Poco despues de los primeros pasos dados en este sentido, nos
encontramos sobre la línea que divide las dos corrientes, y bien
pronto llegamos á pasar por el límite que separa los cauces de los
dos ríos, y desde aquí por la espina dorsal, de donde parten
corrientes de mayor importancia, y así sucesivamente hasta la cima.
Para descender hay que hacer la bajada de muy distinta manera, pues
las crestas se bifurcan de diferente modo y á cada instante. ¿Cómo
saber la articulacion que se extenderá hasta la llanura? Como
estudiarlo nos consumiría ciertamente mucho tiempo y las
circunstancias son cada vez más apremiantes, vale más, y por esto
nos decidimos, tomar la primera cortadura que se encuentre y
continuar recto por la garganta, quebrada y río para desembocar con
sus aguas en el valle.
Volviendo á ocuparnos de nuestra ascension, diremos que áun
cuando habíamos previsto un considerable número de dificultades,
como no podía ménos de suceder tratándose de aquellas elevadas
cimas y no perdiendo de vista nunca lo que llevábamos sufrido,
avanzamos, logrando convencernos de cuánto la imaginacion abulta
los peligros que se preven. Nuestra marcha fué en mucho facilitada
por la forma misma de las montañas, cuyas crestas, sumamente
estrechas, no tienen, en el mayor número de los puntos, más que dos
ó tres metros de espesor, cosa que en el comienzo de sus faldas no
podía suponerse, y de lo que no teníamos referencia alguna.
Ordinariamente sucede en el mayor número de las montañas que sus
cimas están coronadas por planas de mayor ó menor extension, en
cuya superficie la aglomeracion de vegetales, las piedras y los
arroyos que las surcan constituyen obstáculos que, si no son causa
de grandes fatigas y trabajos, lo son al ménos de una considerable
pérdida de tiempo, y esto era lo que por entónces más nos urgía
aprovechar. M. Wyse no tenía conocimiento de la sucesiva serie de
peligros en que nos habíamos visto; ignoraba las causas que nos
habían hecho retardar, y sus cálculos fundados, con excepcion de
esto, le hacían comprender que el día fijado estaríamos en Acanti,
cosa que dudaba yo sucediera, y que era motivo bastante para
tenerme disgustado. Todas las consideraciones que inmediatamente y
como consecuencia me hacía, daban lugar á que ni un momento solo
dejara de animar á la gente y atendiese á todos partes con sin
igual cuidado, procurando no equivocar el camino, al mismo tiempo
que seguirlo por puntos en los que los obstáculos fueran en menor
número.
La inclinacion de las vertientes y la poca anchura de las
crestas fué, como decimos, causa primera de que las dificultades no
fueran tantas como en un principio llegamos á figurarnos; y á pesar
de que en aquellas alturas la vegetacion no desmentía en modo
alguno el que nos hallábamos en las latitudes del trópico, tanto
por su espesura como por su elevacion que ante nosotros formaba
vallas, al traves de las que nada se veía, el camino aparecía
siempre claro y nada había que pudiera hacernos temer que fuera
posible extraviarnos. Ademas, y como medida de precaucion, en todos
aquellos puntos en que la cima se ensanchaba, enviaba á José de
descubierta, para siempre saber á qué atenernos, y nunca tuvimos
que rectificar nuestros pasos ni en mucho ni en poco. Los árboles
altísimos que tanto por allí llaman la atencion, de gruesos troncos
y apretados ramajes, cuyas maderas son de grande aprovechamiento,
crecen con abundancia en aquella superficie que separa los dos
planos inclinados que forman los lados de la Cordillera; pero el
suelo no está infestado del sinnúmero de plantas parásitas que
tanto en otros lugares crecen, ni de las lianas que á cada paso
cierran el camino, por la intrincada red que sus troncos forman, de
modo que en el mayor número de los casos un solo hombre basta y
sobra para abrir la pica, con lo cual podemos tambien proceder con
mucha rapidez, dado que el relevo en el trabajo permite el descanso
de los demas, que entran luégo con más fuerza á la tarea. No
podíamos, pues, quejarnos de la fortuna, y por momentos llegué á
pensar que tal vez nos fuera posible ganar lo perdido, adelantar lo
que en nuestras operaciones anteriores habíamos atravesado, y
suplir el tiempo que nos hiciera perder la espera de los alimentos,
llegando, por tanto, á tiempo al sitio donde se nos esperaba.
A pesar de la rapidez con que procedíamos, cuando la vegetacion
se aclaraba un tanto, y por cualquiera de las brechas formadas por
los troncos de los árboles, nos era permitido extender la vista,
inspeccionábamos las comarcas cercanas, sin que pudiera advertirse
en ellas nada extraño ni nada que pudiera llamar la atencion. Por
ningun punto, queda al descubierto la superficie del suelo, ni se
ven piedras ni rocas; por todas partes se extiende un manto de
verdura que lo cubre todo, presentando por única particularidad
extensas ondulaciones. Nada puede darse ni más igual ni más
monotono que aquel paisaje, que á las claras manifiesta que lo que
en el mar alegra la vista, constituyendo su mayor encanto es el
eterno movimiento de sus azules ondas. En la inmensa superficie que
distinguimos no hay nada que se mueva; todo permanece en un
absoluto quietismo que entristece; y aún más aumenta la por nada
turbada monotonía, lo igual de la estructura de aquellas
montañas.
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