XXXVI
Nuestra llegada al
Tupisa.-Separacion por falta de víveres.-En marcha para la
cordillera.-Ascension de la montaña.-Por fin vemos el
Atlántico.-Descenso.-El buque que vemos, ¿es
|Le
Dupetit-Thonars?
Despues de una semana tan bien aprovechada, y en la que tanto
habíamos trabajado, el reposo del domingo nos sentó admirablemente.
Este día, dedicado al descanso, nos ocupamos en realizar los
cálculos para los que habíamos tomado datos y notas en el curso de
las operaciones; contestamos tambien las cartas recibidas, de lo
que no nos había sido posible ocuparnos, á causa de la falta de
tiempo, y pusimos al día nuestro diario, bastante atrasado por
cierto, y en el que no era poco lo que teníamos que anotar. Al
propio tiempo, y deseando estar prevenido para cualquier evento, me
entretuve en repasar nuestra provision de víveres para ver el
estado en que se hallaba; pero el día 3 pude observar con pena que
apénas si nos quedaba arroz para media docena de comidas, lo cual
nos causaba grandísima contrariedad, pues en aquellos momentos nos
era indispensable estar más completos de todo, á fin de que las
operaciones no sufrieran interrupcion ninguna. A fin de reparar en
lo posible el daño que pudiera resultar, envié al depósito á los
más fuertes y vigorosos de nuestros trabajadores, encareciéndoles
la mayor premura y ofreciéndoles una buena gratificacion si en el
término de cinco días se reunían nuevamente á nosotros, trayendo lo
que tanta falta nos hacía, y sin lo que era imposible seguir
adelante. ¡Lástima grande es que el poco tiempo que nos queda no me
permita llegar con toda la gente al Atlántico, pues la armonía que
reina es completa y ya apenas si los unos podemos prescindir de los
otros! Por la noche en el vivac, ántes de acostarse (pues sabido es
que la gente de color necesita poco sueño), nuestros hombres ríen
alegremente y se divierten en contar historias á cual más
exageradas las unas y á cuál mas peligrosas las otras. Todos
rivalizan á cuál puede distinguirse más en aquellas veladas, y uno
sólo es el que entre todos constituye una excepcion, que es Pedro
Soler, el cual desde su aventura del tigre ha caído en un marasmo
del que nada puede sacarle. Los esfuerzos que se hacen por
distraerle son vanos, y nada puede conseguirse; á fuerza de grandes
instancias pudo mal coordinar una antigua leyenda que ya todos
conocían.
El día 4 el hábil José pudo cogernos tres monos, lo cual fue un
socorro considerable, pues la abundancia de carnes nos permitió dar
sólo media racion de arroz, que á toda costa convenía conservar,
por ser el artículo más necesario. Los trabajos de la trocha
marchan en tanto perfectamente bien, llevándose por pendientes
sumamente suaves, donde por fortuna los inconvenientes no son
difíciles de vencer. A las dos de la tarde llegamos por fin al
Tupisa. El cauce es bastante ancho y su fondo está lleno del uno al
otro lado de guijarros, y el caudal de su corriente no parece
inferior al que habíamos consignado en el punto de confluencia del
Tiati. La orientacion que sigue nos es favorable durante dos ó tres
días, y algo más hubiéramos adelantado si la lluvia no hubiese
comenzado nuevamente, con lo que nuestros hombres se apoltronan
demasiado, habiendo necesidad de animarlos, alentarlos y hasta
apostrofarlos duramente.
El Tupisa cambia poco despues de aspecto: el cauce, que cuatro
kilómetros más arriba era considerablemente ancho, se va
estrechando poco á poco. En cada orilla unos contrafuertes elevados
que terminan en cumbres sumamente escarpadas y que parecen cortadas
á pico, obligan al río á tomar bruscas curvas, encerrándolo en
gargantas por donde se precipita en rápidos violentos y en
espumosas cataratas. Varios brazos del río, secos ahora, pero que
arrastran abundantes aguas en la estacion de las lluvias, están
materialmente llenos de árboles desgajados, que los indígenas
llaman trancos, y que á veces forman puentes naturales. Más
adelante el desfiladero se estrecha considerablemente, llegando á
ser por algunos puntos simplemente una ranura de algunos metros de
ancha. En aquella parte de la cordillera el clima es bueno y la
vegetacion poderosa. El incomparable espavé abunda allí y el
sub-bosque está poblado de palmeras y helechos arborescentes, las
rocas se tapizan con plantas colgantes, ó más bien trepadoras,
cuyos millares de pedúnculos se agarran á las piedras y caen en
verdes mantos hasta el río, donde la corriente los agita sin
cesar.
Acá y allá el Tupisa está sembrado de bloques gigantescos; las
ondas que inútilmente lamen su base ahondan el lecho del río, con
lo que crean nuevas dificultades á nuestro paso. La lluvia no deja
de caer, lo cual nos causa considerables perjuicios; el piso está
fatal, y con frecuencia entramos en algunos barrizales, en los que
nos hundimos hasta las rodillas; hay pasos verdaderamente
intransitables, que nos cuesta gran trabajo atravesar, y es lo peor
que se hace de todo punto imposible encender fuego para condimentar
los alimentos y secar nuestros vestidos, que están del todo
empapados. Los trabajadores que nos acompañan se manifiestan
abatidos hasta más no poder, y nada logra animarlos: éstos, como
tantos otros, son solamente trabajadores de buen tiempo.
El arroz, que puede decirse es nuestro pan cotidiano, va á
faltarnos de un momento á otro, por lo que es imposible que sigamos
juntos; se hace indispensable separarnos, y á este fin yo
continuaré las operaciones en compañía de cinco hombres, en tanto
que M. Sosa, con los demas y el equipo que nos haga absoluta falta,
volverá hacia Yaviza; en el camino encontrarán los conductores de
víveres que con tanta ansia esperamos, y los dichos conductores
recogerán dos hombres, Pedro Espinosa y Pedro Perez, encardos de
reunirse con nosotros. Desde Yaviza enviará dos embarcaciones, á
fin de que vayan á esperarnos á Puerto Tiati, despues de lo cual se
dirigirá á Panamá, á fin de ponerse á las órdenes de M. Wyse. M.
Lacharme, que parte con ellos para Yaviza, lleva el encargo de
marchar al valle del Tuira, al pié del cerro del Tuno, á fin de
estudiar la situación de las grandes salidas de los cuellos, que
propone como el sitio más conveniente para abrir un canal
interoceánico, reuniendo las corrientes del Tuyra y del Atrato.
El día 6, á las dos de la tarde, nos despedirnos despues que M.
Sosa hubo determinado con la mayor exactitud la pendiente que había
de seguirse para llegar al Acanti: se ha construido una barbacoa
sobre la que se ha colocado tasajo y conservas que me podrán servir
hasta su vuelta. Conmigo vienen José, Pedro García y Eugenio, y
provisionalmente Domingo y Juanito. Pedro Espinosa y Pedro Perez se
reunirán á nosotros probablemente dentro de tres días, trayendo el
apetecido arroz, causa de tantas inquietudes y principal razon, su
falta, de que nos hayamos tenido que separar, á pesar de los buenos
deseos que nos animaban de llegar reunidos hasta el fin, sucediera
lo que sucediera.
En exploraciones de esta naturaleza, en las que se tiene la
seguridad de recorrer extensas comarcas de leguas y leguas sin
encontrar ni una ciudad, ni un pueblo, ni una aldea siquiera, en la
que, aunque malos, pueden reponerse los víveres, uno de los
principales inconvenientes con que se tropieza son los medios para
atender á la alimentacion, máxime cuando por las principales
atenciones, ni el personal puede ser muy numeroso, ni recargar á
éste con el enorme peso que llegarían á constituir las vituallas
necesarias, si quisieran conducirse todas las que pueden hacer
falta. La caza es uno de los elementos que en la selva pueden
aliviar una situacion; pero ésta no siempre se presenta, y tampoco
los hombres de que disponíamos podían distraerse en hacerla, dado
lo muy necesarios que nos eran para los trabajos de la trocha y
demas operaciones que realizábamos; así es que despues de mucho
pensarlo, lo más conveniente que resultaba era lo que hicimos:
separarnos. Los víveres y los bagajes que nosotros conducimos eran
sólo los más indispensables, á fin de que los hombres no fueran muy
recargados, y sus camas se compondrán de unas esteras, que, sobre
hacer poco bulto, apénas pesan; nuestros conductores no tendrán que
ir y venir, pues ya, dado el camino que emprendemos y nuestro
objeto, no queda más que marchar sencillamente por el río, y esto
con mayor comodidad, pues el buen tiempo ha reaparecido.