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Un mal paso.
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Las fuerzas de que disponíamos, á pesar de todo, eran bastante
reducidas, máxime cuando no todos aquellos hombres estaban
completamente buenos, y á causa de lo mucho que había que hacer no
se les podía permitir ni el menor descanso. Por fortuna, un día que
en la cordillera llovía abundantemente y que la oscuridad era
bastante densa en el valle, vino á reunirse á nosotros un refuerzo
que no dejó de animarnos, pues comprendimos desde luégo la gran
utilidad que nos reportaba. Lisandro, Eugenio y Domingo llegaron,
trayendo en su compañía á los nuevos contratados José María, Pedro
Espinosa y Pedro Perez: el primero de éstos es un hombre
inteligente, sano, robusto, y de carácter dulce, que nos acompañó
hasta el fin de la expedicion; los otros dos son hombres vigorosos
y muy bien plantados.
Más que por nada, su llegada nos alegró infinito, porque traían
el correo, por el que recibimos varias cartas, entre ellas una muy
importante de M. Wyse, en la que me anunciaba con gran satisfaccion
que el almirante Maudet ha dado órden para que el crucero Le
Dupetit-Thonars salga á determinar la posicion exacta del Acanti, y
que al propio tiempo levante el plano hidrográfico de la bahía:
este buque, que se cree llegará á Colon de un día á otro, estará en
Acanti el 10 de Febrero, y en él se embarcarán M. Wyse y M.
Werbrugge. El jefe, ausente, me recomienda en su carta que haga
todo cuanto me sea posible para llegar á Acanti en el día fijado,
cosa que, atendidas las circunstancias, comprendo desde luego que
no voy á poder realizar, ó que para hacerlo será necesario
prescindir de la continuacion de la trocha y de las operaciones
traqueométricas, empalmando con Acanti, sin haber hecho más que
reconocer el lugar en donde el canal había de empezar su curso
subterráneo. Me quedan sólo diez días, que son muy pocos, para
acabar el estudio topográfico de la línea; podremos aún prolongarla
una semana más, y despues, acompañado de hombres escogidos, abrir
una pica hasta el mar.
Uno de los encargos principales que llevaron Eugenio y sus
compañeros al separarse de nosotros fué el de traernos víveres, que
ya comenzaban á escasear al tiempo de su partida; pero por no sé
qué motivos, ó por indolencia, dado que todo puede pensarse de
aquellas gentes, no han traído más que provisiones ligeras, como
son conservas, vinos y todas cosas casi inútiles, pues no estamos
en aquellos momentos para el regalo ni para las gollerías; por
desgracia se han olvidado de traer arroz, que es lo que allí
constituye la base de la alimentacion, y lo que más falta nos hace,
por consiguiente. Este olvido en el cumplimiento de mis órdenes nos
fué muy perjudicial, pues nos hizo perder dos días, contando con
los que tal vez hubiéramos podido llegar al Acanti ántes de la
partida de Le Dupetit-Thonars. Mi disgusto fué grande, pues todo
parecía conjurarse en contra mía, las mayores dificultades en el
terreno que explorábamos, las enfermedades y hasta las
desobediencias ú olvidos de los hombres que nos acompañaban, que en
otra ocasion tal vez no hubieran representado nada, y que en la
presente importaba mucho, por tener contados los momentos. Un
minuto que perdiéramos nos irrogaba grandes perjuícios, mucho más
cuando todos nuestros deseos estaban encaminados á ganarlos para
poder suplirlos luégo en algun mal paso ó dificultad con que se
tropezara. Como despues de todo en el tiempo que allí llevábamos
nos íbamos acostumbrando á las contrariedades, sufrimos resignados
esta nueva que nos deparaba la suerte y esperamos á que las cosas
se repusieran á su estado para poder continuar.
El día 2 tuvimos que pasarlo en practicar los trabajos de la
trocha, en una region sumamente difícil; tuvimos tambien que
atravesar una gran quebrada, obstruida por enormes bloques de
pórfido rojo, donde en modo alguno pudimos establecer el campamento
sinó hasta una hora muy avanzada: al llegar al vivac tuve un
momento de terrible sobresalto; á la débil y verdosa luz del
crepúsculo vespertino, filtrando por entre las tupidas hojas de los
árboles, distinguí á un ahorcado, que se balanceaba pendiente de la
cuerda amarrada á la rama de un árbol; tuve un momento de ansiedad
extrema y cruel angustia, en el que quedé suspenso, sin poder dar
un paso ni atras ni adelante, y en el que mil ideas, á cual más
tétrica, acudieran á mi mente, entre las que no dejó de darse la de
que bien grande y terrible sería mi desgracia si tambien en el
tiempo en que había estado encargado del mando de la expedicion
ocurriera lo que hasta entónces nunca se diera, un crimen ó un
suicidio. Repuesto un tanto, me apresuré á acercarme y fué grande
mi desencanto al convencerme de que el ahorcado era un mono de
grandes dimensiones, que nuestros hombres habían logrado atrapar, y
que en aquellos momentos se preparaban á ahumar, para lo cual lo
tenían suspendido sobre una barbacoa, ó sea una especie de pira
formada con cañas de bambú, sobre las que encienden el fuego. A la
mañana siguiente M. Sosa se entretuvo en sacar una fotografía de
aquella extraña figura, que tanto me había sorprendido.
Todos los cuidados y todas las atenciones que nos tomamos con
los hombres que nos acompañan, son inútiles; apénas si hacen caso
de nuestras palabras ni fijan su atencion en las amonestaciones que
por su bien les hacemos. Dado el duro y penoso trabajo en que
durante el día se encuentran ocupados, su alimentacion debía ser
fuerte y nutritiva, y nada podríamos decir si faltaran elementos
para proporcionárselos; pero llegan tan cansados, que apénas toman
nada, por no molestarse en aviarlo, y se echan á dormir. Manuel y
Pedro García tienen agotadas sus fuerzas, y este último me preocupa
sobremanera, porque, sin que se crea una exageracion, sus llagas
están espantosas.
Otro de los incidentes que durante la expedicion pudieron ser de
fatales resultados fué el ocurrido á Pedro Soler. Se recordará la
estratagema de que Nicolas se servía, para llamar á los conejos, y
de quien éste la había aprendido, que consistía únicamente en
producir un chillido semejante al que en demanda de auxilio lanzan
estos animales. Estando un día ocupado en hacerlo, á fin de
proporcionarnos alguna caza, vió venir de repente á un jaguar, sin
que advirtiera su presencia hasta tenerlo muy cerca, y sin haber
escuchado ántes ruído alguno que pudiera alarmarlo. Conservando
siempre su serenidad de ánimo, echó mano de su fusil y apuntó á la
fiera; mas fué grande su fortuna de que faltara el tiro, con lo que
el animal volvió grupas, alejándose sin hacerle caso. La emocion
que esta aventura causó á Pedro fué tan grande, que inmediatamente
se unió al grueso de nuestras fuerzas, y arrojando su arma, se
ocupó en ayudarles á trasportar los bagajes: por la tarde y por la
noche comió muy poco, casi nada, permaneciendo separado, sombrío y
silencioso, sin hablar más de sus hazañas ni de sus grandes hechos.
Por algun tiempo temí verle caer enfermo.
En cuanto á grandes fieras que pudieran constituir un peligro
para los naturales y para los que recorran aquellas regiones, en el
Darien no he oído hablar más que del jaguar moteado (felis ousa), y
del jaguar ó leon negro (felis nigra); pero estos carnívoros
parecen muy poco peligrosos, por lo que generalmente inspiran poco
cuidado. Sobre todo huyen del hombre, sin que se atrevan á hacerle
frente ni á atacarle, y se cuidan mucho de alejarse
considerablemente de los campamentos. Muy al contrario de lo que en
Europa sucede con nuestros lobos, estos animales no forman ninguna
leyenda por allí, ni nadie cuenta nada de ellos, cosa que parece
indicar lo poco que les preocupan. Nadie sabe por aquí preparar los
despojos, razon por la cual no se ocupan de cazarlos sinó muy de
tarde en tarde y por pura diversion. Las cacerías se organizan del
siguiente modo: una vez descubierta la guarida del animal, que
regularmente la constituye el tronco hueco y carcomido por el
tiempo y el agua de algun viejo higueron, se dirigen á él en pleno
día, cuando se está completamente seguro de hallar al jaguar en su
casa. Los hombres van todos provistos de un buen número de palos
rectos y bien aguzados por uno de sus extremos, los cuales clavan
fuertemente en tierra, bastante cerca, á fin de que el animal no
pueda saltar por delante, precaucion que más bien toman para que no
se escape dejándoles burlados. De esta manera forman al rededor de
la puerta por donde el animal entra y sale una jaula de gruesos
barrotes, que ligan y amarran entre sí por medio de flexibles y
delgadas lianas, lo bastante sólidas para que no puedan saltar en
ninguno de los saltos y botes que el animal pueda dar. Lo más
extraordinario y que más llama la atencion en esto es que el
jaguar, en tanto que dura esta operacion, no hace ningun movimiento
para acometer, ni tampoco para ponerse á salvo, sinó que se limita
á recogerse sobre sí mismo, retorcerse, agitarse enfurecido,
recorriendo su cueva y lanzando espantosos aullidos, que se hacen
oír á considerable distancia. Cuando se han terminado todos estos
preparativos, durante los que nadie ha corrido el menor peligro ni
ha habido el más ligero motivo de temor, no queda por hacer más que
matar á la fiera á lanzadas y á tiros. Esta manera de matar al
jaguar parece de todo punto increíble y no pude menos de hacer
algunas observaciones cuando me la referían, fundándome yo en los
instintos feroces y sanguinarios que tales animales tienen
acreditados en todas partes; pero M. Lacharme, hombre formal y
verídico, que jamas cuenta cosas extraordinarias é inverosímiles, y
al que hay que dar entero crédito, me dice que él mismo ha
practicado la cacería en los términos que quedan expuestos, y José,
Antonio y Manuel han participado con frecuencia de estas
diversiones. Un día José, en tanto que cercaban á un jaguar
encerrado en una higuera carcomida, advirtió que en la parte
superior, justamente encima del sitio en que el animal se hallaba,
había un agujero por el que pensó sería sumamente fácil introducir
una lanza y matarlo. Inmediatamente que concibió la idea la puso en
práctica, para lo que le fué necesario saltar al árbol, cosa
prontamente realizada, dadas las hercúleas fuerzas de aquel hombre:
esperaba él que matar al animal era cosa hecha, mas no había
contado con que del árbol quedaba sólo la corteza, y ésta tan
delgada y agrietada, que no pudo soportar el peso de nuestro
hombre; así es que, saltando en pedazos, fué á caer, con gran
sorpresa de su parte, á caballo sobre el tigre, en el momento en
que éste, habiendo sentido la herida de la lanza que José le había
asestado, partía corriendo: el pobre se levantó en extremo
asustado, todo lleno de contusiones y heridas, en tanto que el
jaguar iba á morir á pocos pasos de distancia, con el palo de la
lanza en el cuerpo. En la península de Malaca surte casi, tan buen
efecto una cacería parecida, hecha al tigre real, mucho más de
temer que el jaguar de estas regiones. Un círculo de batidores se
coloca á su al rededor con las picas por delante del animal, que
aulla desesperadamente, sin pensar en hacer ningun esfuerzo para
romper aquella barrera, y de esta manera encerrado lo matan, cosa
que parece muy extraordinaria, sabido cuáles son los instintos de
este animal y lo que se refiere de sus terribles saltos.
Los jabalíes, los ciervos y los otros animales que pueblan las
selvas del Darien proporcionan al jaguar una alimentacion
abundante; pero con frecuencia se ve obligado á batirse en retirada
cuando ha cometido la imprudencia de apoderarse de un pecarí,
tomándolo de en medio del rebaño, pues entónces todos defienden al
desventurado compañero y acosan al jaguar de un modo tal, que
muchas veces se ve obligado á soltar la presa. Al tapir tampoco le
es muy fácil vencerlo siempre; el tigre le salta sobre la grupa,
adonde se recoge lo mejor que puede, clavando sus cinco fuertes y
aceradas garras en el lomo del paquidermo, en tanto que con los
dientes se sujeta al cuello. El tapir, al verse acometido de esta
manera, huye precipitadamente en direccion al agua, atravesando con
la rapidez del rayo los bosques y los torrentes, metiéndose entre
los árboles y partiendo por entre los montones de liana, en los que
procura que su terrible jinete se hiera ó se enrede; si no consigue
esto y aún le queda vida y aliento para llegar al río, entónces
está salvado, pues al penetrar en él, el jaguar suelta su
presa.
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