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INDICE
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En lo alto de la colina se construye en seguida un pequeño
rancho, á fin de podernos abrigar un tanto de la intemperie y poder
depositar parte de los víveres y del material que conducimos, pues
sólo queremos llevar con nosotros las provisiones estrictamente
necesarias para tres semanas, y esto disminuyendo siempre alguna
cosa porque contamos con la caza que pueden hacer Pedro, José y
Soler, que tan hábilmente manejan el fusil. El camino sigue en
tanto por encima de una cresta que en determinados sitios apenas si
tiene cuatro metros de ancho. A derecha y á izquierda se ven
vaciaderos que descienden hasta treinta ó cuarenta metros: despues
se prolonga la trocha por un picacho de suelo sumamente lleno de
sinuosidades: los fuertes vientos que con frecuencia reinan en
aquellas alturas han tronchado los árboles, haciéndoles rodar hasta
la base, formándose allí un verdadero laberinto de troncos, raíces,
ramas á medio podrir y constituyendo lo que los naturales llaman
|un mal paso; pero que aquél es de los más temidos y vale por
muchos de los que más adelante encontrarnos. Para atravesarlo se
hace necesario irnos suspendiendo de rama en rama con sumo cuidado,
á fin de no dar un mal paso que pondría ciertamente en gran peligro
á nuestra vida: por fortuna, aquella terrible estacada no se
extiende más que en una anchura de ciento cuarenta metros, pues de
otro modo hubiera sido necesario de todo punto cambiar la direccion
de la trocha. Aquel camino casi aéreo lo siguen sólo los
operadores, esto es, los que van practicando las operaciones
necesarias para dejar expedito el paso, pues los conductores, que
no podrían pasar por allí cargados, se abren por encima una senda
que les permite pasar con mucha más facilidad. Por lo que puede
verse no es augurar mal, sinó atenerse á la mera realidad, decir
que las condiciones del terreno serán desfavorables durante muchos
días. Hasta tanto que lleguemos al Tupisa nos veremos obligados á
andar y efectuar nuestras operaciones en las vertientes de montañas
demasiado pendientes, en las que no dejan de abundar precipicios
cortados á pico, escalonadas por cauces y corrientes de aguas
naturales, muy próximas las unas de las otras. A cada momento la
trocha se eleva para inclinarse en seguida siguiendo las
elevaciones y depresiones de aquel tan agreste terreno.
La preparacion de las comidas es siempre, por más que pueda
parecer extraño, un momento difícil: sin duda por ahorrarse el
trabajo de cocerla y prepararla, nuestros hombres afirman que les
hace mal al vientre, inventando otra porcion de cuentos y cosas
inverosímiles, de las que ningun caso hago, oponiendo de esta
manera una resistencia pasiva, con la que siempre triunfo; pues
dispuesta la comida, todos se acercan y comen, sin recordar para
nada los obstáculos é inconvenientes que ántes oponían. Por la
noche acampamos en una pequeña plataforma; al pié de la cual pasa
un río, de abundantes aguas, cuyo murmurio nos halaga hasta
quedarnos dormidos. En aquel lugar tuve ocasion de hacer
conocimiento con una especie de insectos que en un principio me
causaron gran alarma, sobre todo creyendo serían dañinos para el
hombre; pero bien pronto me pude tranquilizar, pues los que de
antiguo los conocían me afirmaron que no picaban á los hombres. Se
trataba de unas
|pulgas gigantes, cuyo tamaño era igual al de
las correderas; tambien ví allí lashormigas
|monteadores, de
las que una banda vino á caer sobre nuestro vivac; mas bastó que se
las rociara con agua para que abandonaran el camino de nuestro
campamento. Cuando estos merodeadores viajan en crecido número,
todos los demas animalillos se apresuran á escapar, y por todas
partes, entre las hojas muertas que por completo tapizan el suelo,
se oye el ruído que producen al huir de aquel sin fin de erizadas
mandíbulas. En un momento pudimos conseguir limpiar el terreno de
todas las plagas posibles: garrapatas, niguas, mosquitos, podría
decirse que todo aquello era un tapiz oscuro y viviente que se
movía y se agitaba sin despegarse ni una línea del suelo; al que
sigue hasta en sus menores ondulaciones. Los
|cazadores son
tambien por extremo desagradables, y sus negras legiones cubren á
veces hasta cien piés de terreno; para ellos no hay ni obstáculos
ni enemigos: por donde han pasado se conoce desde luégo, pues no
queda despues absolutamente nada; de todo animal que sea menor que
una rata bastan sólo cinco minutos para que bajo la terrible accion
de estos animales quede sólo un esqueleto perfectamente limpio: una
cria de polluelos no tiene tiempo para huir, y los perros y los
puercos, cuando se ven acometidos, no tienen otro medio de
salvacion que huir desesperadamente hasta que logran sacudirlos por
completo. Cuando se aproximan á una casa, no queda más remedio que
cederles la plaza inmediatamente, pues nada basta á evitar que
penetren: por las rendijas de las puertas y de las ventanas, por
las grietas de los muros, por los intersticios de los techos
invaden á millares las casas, penetrando por todas partes. Los
naturales están tan convencidos de la inutilidad de cerrarles el
paso, que ya ni lo intentan siquiera, cuidando sólo de ocultar ó
sacar de la casa invadida todos los víveres y comestibles, pues de
lo contrario ántes de dos horas no quedaría ni una chispa de nada.
Como justa compensacion, sucede que un rato despues de haber
entrado los
|cazadores en una casa queda en absoluto limpia
de todos los insectos y alimañas que en ella pudiera haber.
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Caza del jaguar.
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De todas partes llegan hasta nosotros los continuos y
prolongados gritos de los monos chillones, que parecen no tener
facultades más que para ello, y de vez en cuando oimos la más dulce
llamada de los caritas blancas. A estos pequeños monos les gusta la
miel con exceso, y más aún las larvas de la abejas; pero todavía no
han hallado medio alguno para ponerse al abrigo de las picaduras
con que las muy laboriosas defienden sus panales. No obstante esto,
se contentan con erizar sus pelos y comer de esta manera,
aguantando las continuas picaduras, á costa de las que satisfacen
su más vehemente deseo: algunas veces, obrando con una agilidad
pasmosa, destrozan de un solo golpe hasta una docena. Cuando
vuelven de alguna expedicion de esta naturaleza van con la cara
hinchada, como si fueran ostras; pero no por esto escarmientan, y
tan pronto como la impresion ha pasado y encuentran alguna
oportunidad, vuelven á las andadas, como de ordinario. Esta especie
de monos, á la que por su aspecto dan el nombre de caritas blancas,
como se habrá comprendido, son tambien muy afectos á las iguanas,
ó, por mejor decir, á sus colas. Procurando no hacer el menor ruido
y ocultándose con las ramas más gruesas, el carita se aproxima poco
á poco al lugar en el que el saurio se encuentra: apénas éste se
convence de la proximidad de su terrible enemigo, trepa á lo alto
de un árbol, en cuyo punto, perseguido muy de cerca, no le queda
más remedio que dejarse caer al agua ó soltarse sobre las lianas;
pero ántes de poder dar tan peligroso salto, el mono lo ha
alcanzado, y fijándose sólidamente á una rama con su cola prensil,
agarra con sus cuatro manos el objeto de su exagerada gula. La
iguana y su agresor, llevándose el uno al otro, no tardan en
descender al suelo; el saurio se defiende, empleando cuantos medios
puede para verse libre de las garras aceradas que le oprimen, y en
aquella lucha, tenaz y sostenida es lo más frecuente que su cola se
rompa, con lo que el mono se da por satisfecho, y alegre y gozoso
trepa inmediatamente al árbol, donde se regala con aquel trozo tan
de su gusto, que aún se agita entre sus manos. Para saquear las
plantaciones de maíz y de cañas de azúcar, estos animales, en los
que el instinto de rapiña y de saqueo es el más desarrollado, se
reunen en bandas, que frecuentemente llegan á ser de considerable
número de individuos. No contentos con hartarse sobre el terreno y
llenar las bolsas que penden bajo sus mandíbulas, aún hacen
provision y cargan á sus espaldas seis ú ocho mazorcas, marchando
de pié con suma facilidad y gran rapidez. En tanto que ellos se
ocupan del saqueo que tan de temer es por el destrozo inmenso que
causan, con objeto de no ser sorprendidos, colocan centinelas de
avanzada, que al menor movimiento extraño que perciben avisan á sus
compañeros para que se pongan en salvo. ¡Desgraciados de ellos si
los monos son sorprendidos, pues entonces, como centinelas que
faltan á su consigna, son destrozados por todos sus compañeros!
Por malignos y listos que sean los caritas, no saben librarse de
una trampa de las más sencillas que pueden emplearse: estos
descarados ladrones no dejan jamas de visitar los ranchos y coger
todo lo que encuentran á mano, destrozando cuanto puede oponerse al
logro de sus deseos. En un principio sólo se atreven á tocar lo que
se halla colocado sobre los totumas pero siguiendo en sus
correrías, se atreven más tarde á meter las manos en las calabazas.
Cuando se advierte que los monos se han familiarizado con esta
costumbre y que menudean las visitas con objeto de hacer presas
frecuentes, se hace en uno de estos utensilios un agujero, por el
que quepa la mano vacía del carita, procurando que su diámetro no
sea bastante para más, y en el fondo de la calabaza se coloca una
mazorca de maíz ú otro cualquier fruto de bastante consistencia
para que no pueda ser comprimido por la mano del mono, que no deja
de acudir, y columpiándose en la rama, introduce la pata por la
abertura, y coge el objeto puesto de cebo; pero el puño cerrado no
puede pasar por al agujero, y al ladron no se le ocurre la idea de
soltar la presa, con lo que inmediatamente quedaría libre. Como la
calabaza está sujeta al muro, queda preso de aquella manera hasta
tanto que el dueño tiene necesidad de asarlo.
Millares de cucuyos, atraídos por la hoguera que en nuestro
campamento brilla, revolotean al rededor de nosotros,
entreteniéndonos grandemente el seguir la luminosa curva que trazan
en el aire, y de los que muchos, sin el menor recelo, vienen á
posarse bastante cerca de los lugares que ocupamos. Cogiendo
algunos de ellos, me entretuve en leer á la luz espléndida que
despiden, pues basta colocar al insecto á algunas pulgadas sobre
las líneas de que se trata para poder leerlas, aunque sean muy
apretadas y confusas. Los cucuyos pertenecen á la familia de los
cletárides; más graciosos y esbeltos que los taupines, que son los
coleópteros más elegantes que poseemos en Europa, algunos llegan á
tener hasta cinco centímetros de largo. Sobre la parte superior del
tórax tienen dos manchas redondas de color amarillento, que más
notables se hacen comparadas con el color del cuerpo castaño
oscuro. Durante la noche estas dos manchas toman, á voluntad del
insecto, un brillo fosforescente, blanco verdoso, muy dulce. Al
mismo tiempo toda la parte inferior del abdómen se ilumina con
destellos rojos, tan vivos, que puede percibirse al insecto á
algunos metros de distancia. Viéndolos discurrir por medio del
campo podría pensarse en una legion de personas que, ayudadas de
linternas con vidrios de distintos colores, buscaban perdidos
objetos entre las ramas, ó fantasmas que discurren acá y allá,
girando al rededor de un punto largo espacio de tiempo. Cuando se
les vuelve, colocándolos sobre su espalda, levantan su corselete,
se estiran bruscamente, y haciendo escuchar un ligero crujido,
saltan á más de un metro de altura, abren sus cliptas, desplegan
sus alas y en muy poco tiempo se colocan á bastante distancia.
Algunas noches me entretuve en meter á varios de ellos bajo mi
toldo, y los infortunados vuelan á derecha é izquierda por todas
partes, buscando una salida: mi habitacion de gasa está
completamente iluminada desanimados al ver lo poco que consiguen á
pesar de sus desesperados esfuerzos, dejan que poco á poco se vaya
extinguiendo su fanal, hasta que despues lo apagan por completo y
se arrastran acá y allá en las tinieblas: de repente, y casi al
mismo tiempo, las antorchas vuelven á encenderse y comienzan de
nuevo las carreras aéreas, pudiendo creerse que eran las brillantes
trayectorias de una estrella móvil. Pasado un rato, las ganas de
dormir me dominan, y levantando una punta del toldo, los dejo en
libertad.
Las jóvenes de la América Central se hacen collares de esta
viviente pedrería, y hasta en las habitaciones perfectamente
iluminadas, el brillo de sus luces no palidece. Para conservarlos
durante mucho tiempo los encierran en canutos de caña de azúcar
partidos por medio, donde los cucuyos se alimentan con los muros de
su prision, prolongando así su vida y sus brillantes
resplandores.
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