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INDICE
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XXXIV
Continuacion de la trocha por fuera
del cauce del Tiati.-Los chitras.-Malos pasos.-Pulgas
gigantes.-Montadores y cazadores.-Caritas é iguanas.-Los cucuyos,
pedrería viviente.
Los trabajos que en los tres días precedentes ha practicado M. de
Lacharme en la trocha que le ocupaba, han sido bastantes para
hacerla salir de las alturas que limitan el cauce del Tiati: desde
el extremo hasta donde se ha llegado y en la misma direccion que
tiene que seguirse, dada la orientacion trazada, se apercibe un
valle de no muy extensas proporciones, circunscrito por una porcion
de colinas: más en lontananza una depresion, y por último, como
cerrando: el cuadro, la oscura línea que determinan las altas
cordilleras. Antes de penetrar en el cauce del rio Tupisa, será,
pues, necesario atravesar en su porcion superior un valle de otro
sistema, tal vez el de un confluente del río Chico. A partir del
punto en que me encargo de las operaciones de la trocha, ésta sigue
por algunos momentos la corriente del Tiati para pasar sobre, su
orilla izquierda, siguiendo así hasta las fuentes del río y despues
continuar por la línea que determina la cumbre. Durante todo esto
podemos observar que el declive es más acentuado, y que las aguas
del río se precipitan, por tanto, con mayor violencia.
Los cuatro hombres que por nosotros fueron enviados al puerto
del Tiati llegaron al fin, trayéndonos una buena provision de
víveres frescos, y una cosa más estimable aún: el correo de
Francia. Cuando se está ausente de la familia y de la patria, por
absorto y entretenido que le tenga á uno el estudio ó el trabajo,
por grande que sea la aficion que se tenga á aquello en que se está
ocupado, la distancia parece mayor y los días más largos, sin que
pase momento sin darse en el alma temores y sobresaltos por los
seres que se hallan léjos; así es que la noticia sólo de la llegada
del correo, la vista sólo de las cartas, causa una particular y
extraña ansiedad, explicada suficientemente por los deseos y por
los temores que por igual se dividen el campo de nuestro pensar y
de nuestro sentir. Leídas las cartas, que felizmente para todos
daban buenas noticias, satisfecha nuestra curiosidad, atendimos á
celebrar el suceso con un extraordinario en la comida, que podíamos
permitirnos gracias á la llegada de los víveres frescos. Nuestros
deseos fueron defraudados, pues ademas de la poca variedad que en
los platos podemos permitirnos, la ausencia de mi Eugenio en la
cocina se echa de ménos cada vez más. Por la noche dejamos de
servirnos de las hamacas, pues hartas pruebas teníamos ya de que
tales lechos sirven sólo para las estaciones estivales ó para las
regiones donde el calor sea abrasador, pues por lo demas,
suspendidas y columpiándose en el espacio, á más de la incomodidad
que resulta de tener que permanecer siempre en una postura, es muy
poco el abrigo que puede echarse, y en las noches anteriores
habíamos experimentado bastante frío; así es que nos echamos en el
suelo bajo los toldos en los que puede uno cómodamente volverse del
lado que quiera escribir con facilidad, y más que nada verse libre
de los terribles chitras, mosquitos de un tamaño imperceptible, que
sin hacer el menor ruido, sin dar la menor señal, con su incómoda
trompa se arrojan sobre el individuo, se ceban en él, y no le
permiten el menor reposo. Es tal la irritacion que causa este
imperceptible insecto, que muchas mañanas nuestros rostros estaban
deformes y rubicundos, durándonos la mayor parte del día la
terrible incomodidad que sus picaduras nos causaban, siendo grande
nuestro desconsuelo al considerar cuán poco rato de descanso nos
quedaba, dado que al recogernos para reponer nuestras fuerzas en el
sueño, habían de comenzar nuevamente. Hasta entónces, en los
lugares en que habíamos acampado, nunca tuvimos la molesta compañía
de tales animales; pero en el punto á que habíamos llegado, allí
donde tantas fueron las penalidades que sufrimos á causa de la
falta de salud, se unió esto tambien, por lo que, como hemos dicho,
nos refugiamos bajo los toldos, impelidos á la vez por el frío que
en noches anteriores habíamos experimentado.
Al limpiar el suelo para arreglar las camas, nuestros hombres
mataron una serpiente cuya cabeza era extremadamente pequeña; el
cuello y la cola son tan delgados como hebras de hilo, y el cuerpo,
ménos grueso que un junco, lo tenía moteado con manchas blancas y
pardas: cuando fué sorprendida dormía tan profundamente, que nada
pudo despertarla, ni aun el último golpe que le dieron para
causarle la muerte. M. Sosa sigue mejorando notablemente, pero
Mercedito y Pancho, abatidos por las fatigas que nuestros trabajos
causan, y á las que sin duda no están acostumbrados, hablan ya de
marcharse.
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Operaciones del Tiati.
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M. Lacharme y sus cuatro montañeses, aquellos hombres duros como
el hierro y resistentes como el acero, que nada les cansa ni nada
puede fatigarlos, que con poco descanso están satisfechos y con
poca alimentacion contentos, suben á costa de grandes esfuerzos á
un picacho bien separado, y en él practicaron una abertura por la
que cómodamente podremos inspeccionar toda aquella region. Desde lo
alto de aquel observatorio la vista no es nada agradable ni
presenta nada que pueda animarnos: un desfiladero bastante largo y
mucho más elevado que el punto en que nos encontramos, nos separa
del Tupisa, y tanto al E. como al S. se divisan montañas abruptas y
pedregosas, donde toda operacion habrá de ser sumamente difícil y
costosa. La foresta lo cubre todo con su uniforme manto, sin que ni
la más ligera porcion de terreno alcance á destruir la monotonía de
aquel paisaje, que llega á cansar. La majestad de la escena crece
aún más con la imponente soledad que nos rodea; el silencio es
absoluto, no se percibe el menor ruído, y todo contribuye á que en
el mismo se den tristes ideas y penosos recuerdos: aquel vasto
desierto de verdura parece el asilo del misterio y casi del
terror.
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