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INDICE
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Un poco más arriba del lugar en que nos hallamos acampados, el
Tiati forma una rampa, escalera irregular, algunos de cuyos
peldaños llegan á tener hasta tres metros de altura; las piedras,
que llenan casi por completo su cauce, están apenas cubiertas, y de
presumir es que no se hallen muy lejos las rocas primitivas de que
han formado parte.
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Cascada del Tiati.
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Nicolas, á quien al fin me veo obligado á despedir, se lleva
consigo á uno de los mejores trabajadores que nos quedaban, á su
concertado Solario; José y Félix aún permanecen en el campo,
devorados por una terrible fiebre, y Pedro García, inválido aún,
que no puede ocuparse de ningun trabajo, les sirve de
enfermero.
El desfiladero se estrecha cada vez más, haciéndose sumamente
difícil seguir la corriente del río por aquella hendidura entre
orillas que materialmente parece han sido abiertas á pico,
cubiertas de afelpado musgo y de plantas de larguísimos tallos,
entro las que florecen los eléboros, los ranúnculos y los euforbios
de brillantísimos colores. Cierto paso que un poco más arriba
hallamos, nos da extraordinariamente que hacer; un bloque de más de
treinta metros de altura se ha detenido delante de la V muy aguda
que forman los flancos del cañon, siendo necesario escalar el muro
para llegar al otro lado. Fácil es comprender que es demasiado duro
continuar de esta manera las operaciones taqueométricas. El cauce
llega á ser tan estrecho, que á eso de las cinco de la tarde,
cuándo el sol del trópico radiante aún dora los árboles que en el
valle crecen y las lianas en flor, en el fondo en que nos
encontramos apenas si llega la luz, y tropiezo con grandes
dificultades para seguir escribiendo mi diario. Sobre nosotros,
allá en la inmensidad, vemos sólo una estrechísima faja del
brillante azul del cielo; el viento del Norte, encallejonado en el
paraje por que nos aventuramos, nos hiela hasta la médula de los
huesos, cosa que á todos sorprenderá, dada la latitud en que nos
hallamos. Cierto que no todas son rosas en aquel extremo del valle;
pero podemos admirar las cascadas que vierten de piedra en piedra
las aguas del río en los hoyos abiertos por ellas en el seno de las
arenosas rocas, que podrían compararse á enormes copas, talladas
por el cincel de un titan.
Como parecía escrito que las contrariedades no habían de dejar
de perseguirnos, á las muchas que ya teníamos que lamentar, y que
hemos enumerado, hubo que añadir la de que Lisandro, uno de los
trabajadores más fuertes, y que suplía, puede decirse, á dos de sus
compañeros, cayó enfermo tambien, yendo á reunirse con ellos,
quedándonos sólo cuatro hombres útiles para todo, que al día
siguiente continuando la desgracia, se redujeron á tres, pues
Domingo hubo de retirarse tambien al improvisado hospital por
haberse herido un pié. Como compensacion sin duda de tanta
desventura, cuando consideraba yo la imposibilidad en que me veía
de seguir adelante con tan pocas fuerzas, y más que nada me
lastimaba pensar lo poco que había logrado adelantar en el tiempo
que de la mision había estado encargado, al medio día del 19 llegó
felizmente el señor Pouydessean, trayendo consigo una reducida
escolta, que era en sí el refuerzo que se nos había prometido.
Segun nos refirió, durante la excursion que había hecho, tuvo un
nuevo acceso de fiebre, y me causó gran disgusto ver cómo se
burlaba del miserable estado en que nos encontrábamos, y cómo hacía
recaer en el jefe interino los más punzantes dardos de su fina
ironía. Los cuatro hombres que le acompañaban eran: Pedro Soler,
Juanito, un buen sujeto en toda la extension de la palabra,
Mercedito y Pancho. Este último, áun arrostrando el temor de que se
pueda ofender, justo es confesar que no servía para nada.
El vivac que inmediatamente tuvimos que establecer, lo situamos
sobre una gran roca de pendiente bastante inclinada, á la que, por
el estado en que nos recibía, bautizamos con el nombre de Roca del
Hospital, y puede afirmarse que jamas un nombre de lugar estuvo
mejor escogido que aquél: Lisandro, José y el cocinero continúan
aún con la fiebre, las quemaduras que el ácido fénico hiciera á
Pedro García no mejoran, á pesar del gran cuidado con que se tratan
y los eficaces remedios que se emplean, temiendo que degeneren en
algo peor. Manuel tiene una úlcera enorme, que con nada podemos
hacer cicatrizar; el estado de Félix me inquieta de tal manera, que
mandé fuera conducido al puerto de Tiati, desde donde nuestro
guardaalmacen lo llevará á Yaviza. M. Sosa y yo estamos tambien
fuertemente indispuestos, y el uno por el otro tememos vernos
postrados como nuestros infelices trabajadores; á mí me restableció
un tanto una dósis considerable de ipecacuana que me administré por
consejo propio; pero mi camarada continúa retenido en su hamaca por
grandes dolores, que ni un momento le dejan reposar, y con vómitos
que con nada cesan. Parece que una epidemia reina en el lugar donde
trabajamos; no hay ninguno que se halle bien por completo; todos
experimentan algunas incomodidades, y los semblantes acusan un
malestar que cuando no es físico es moral, por la influencia que en
cada uno determina el estado de los demas. Nunca hasta entónces, á
pesar de haber sufrido tanto, si no más, en otras ocasiones, nos
vimos afligidos por las enfermedades, pues de las afecciones que
habíamos experimentado, el mayor número eran causadas por los
insectos que en el país abundan, y con respecto á los cuales ya
sabíamos á qué atenernos.
Efecto de lo que venimos diciendo, M. de Lacharme trabaja casi
solo la trocha en que se ocupa; está bastante próxima del Tiati,
que ruge en el profundo cauce que se ha labrado. La selva, que en
la parte inferior es tan alegre, tan risueña, y en la que tanto se
advierte la vida, es aquí triste, silenciosa y solitaria; parece un
vasto desierto por el que nadie se atreve á pasar y en el que
faltan condiciones para la vida; no se ve rastro de persona alguna
ni huella de animal; sólo de vez en cuando se oye el monotono canto
de alguna cigarra y el ruido que producen al rozar algunos pequeños
cangrejos. El subbosque es ménos espeso y los árboles gigantes que
en otros puntos de aquella misma region admiran tanto, se hacen
allí tan raros, que se recorren millas y millas sin hallar ninguno;
en cambio las palmeras y los helechos arborescentes se manifiestan
en una abundancia tal, que hacen creer que el terreno es más que
para nada á propósito para ellos. La temperatura por la mañana es
bastante fresca, y por las noches sentimos frío; el aire del Norte
que durante aquella estacion imperó sobre el Atlántico, cuela por
la garganta que desemboca en el lugar donde tenemos establecido
nuestro campamento, y el susurro que forma al chocar con las hojas
que débilmente agita, se mezcla al murmullo de las aguas del río
que corren en el fondo, siendo lo único que destruye la pesada
monotonía que allí nos cansa y nos aburre.
El estado en que veo á M. Poydessean me inquieta cada vez más, y
con objeto de que su restablecimiento sea más rápido y pueda estar
mejor atendido aprovecho un momento en que dispone de más fuerzas,
á fin de hacerle partir en compañía de Lisandro, cuya fiebre ha
tomado el carácter de una intermitente bien definida. Eugenio y
Domingo, que van con objeto de acompañarlos, llevan al mismo tiempo
el encargo de traerse á la vuelta una buena provision de víveres,
de los que ya nos vamos sintiendo faltos, y ver si pueden contratar
algunos trabajadores sanos, robustos y activos, que puedan
sustituir á los que se hallan en el hospital.
Algun tiempo despues podemos manifestarnos un tanto más
satisfechos: lo más duro va pasando. M. Sosa se encuentra bastante
más aliviado; los otros enfermos, que en verdad son menos débiles,
reponen sus fuerzas con mayor rapidez, y por último, el hospital
puede cerrarse y continuar los trabajos de aquella exploracion
suspendida por tantas contrariedadas. José continúa aún muy
delgado, las quemaduras de Pedro García se han cerrado, mas no
puede decirse que están curadas, pues de vez en cuando se le
presentan algunos abscesos que llegan á supuracion. Manuel nos
prueba á cada paso que es, como siempre, un hombre extraordinario;
á pesar de la llaga que tiene, y con respecto á la cual no se ha
podido conseguir mejoría ninguna, es el primero que se halla
dispuesto para el trabajo, el que toma las más pesada porcion de la
carga que hay que distribuir, y siempre el que va delante en los
más difíciles pasos; alegre y contento, nos anima á todos con sus
bromas y sus chistes, y cuando le preguntamos por el estado de su
salud, dice que se encuentra bien.
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