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El valle se ensancha cada vez más, y por las señales que advertimos se comprende que en otro tiempo ha debido estar habitado y perfectamente cultivado; las orillas del río están cubiertas de árboles frutales bastante degenerados como es natural, dada la absoluta falta de cuidado, y de una de las especies del banano, que aunque los naturales buscan mucho por ser de su agrado, son no poco bastos y no de sabor muy agradable. Bandadas numerosas de todas clases de pájaros turpiales, palomas grises con las alas rojas en su parte interna, pavos reales de plumas castañas y la cabeza roja con las patas oscuras, moteadas de brillantes manchas amarillas, abundan en aquella region, que es sin disputa una de las más agradables que hemos recorrido y donde encuentran una abundante alimentacion. Al aproximarnos, con el ruido que nuestras piraguas hacen, de los árboles que están en las orillas se elevan mil pájaros que, haciendo gran ruido al mover las alas cruzan el río y van á perderse en la selva vecina, y en las playas arenosas, ó sobre los bancos de cieno, se ven claras y palpables las huellas de tapires y jabalíes. La extension que ahora recorremos es sin duda la parte más rica en vida animal de todo el Estado de Panamá, pues para que nada falte, en el Tupisa se crían caimanes, peces de todas clases y tortugas, de las que nosotros cogemos los huevos. Desgraciadamente, tanta ventura dura poco, y bien pronto salimos de aquella comarca, donde son inútiles las provisiones que llevamos para el camino, y que cómodamente podemos suplantar por otras frescas, de las cuales nos hacemos sobre el terreno. Los chorros y los rápidos comienzan á dejarse ver, y aunque no muy difíciles, todavía lo son lo bastante para aumentar considerablemente nuestro trabajo y causarnos fatiga.

Desembocadura del Tiati.

Al medio día llegamos al Tiati. En el punto en que desemboca en el Tupisa, el valle es llano hasta un punto tal, que apénas hay lugar á que la corriente se mueva, siendo más de notar esto en el tiempo en que nos hallamos, cuando apénas si las lluvias han terminado: las aguas del río cuya ascension comenzamos á hacer están negras y huelen mal, hallándose cubiertas de una costra espesa y verdosa, donde flotan hojas podridas, pólen de flores, ramas que arrastrara el viento, con todo lo cual se hace sumamente difícil seguir la corriente. Los árboles que en las orillas crecen extienden las ramas en sentido horizontal, que se entrelazan á algunos pies sobre la superficie del río. Este, que en la entrada es bastante profundo, poco despues deja de serlo, presentando al descubierto puntos de su cauce en los que se amontonan troncos de árboles allí caídos. Serían las dos de la tarde cuando nos vimos detenidos por una verdadera empalizada que nos cerraba el paso. Era una multitud de palos por entre los que se escapaba el agua, filtrando por medio del lodo que en ellos se sostenía. Inmediatamente M. Wyse envió á dos de nuestros hombres para que fueran á reconocer el terreno, y cuando momentos despues volvieron, nos manifestaron que aquel obstáculo era considerablemente ancho y que á él seguían otros muchos; que para pasarlos sería necesario por lo menos un día de trabajo en cada uno de ellos. No siendo ya hora de tomar medida ninguna para ver de orillar aquella dificultad, el jefe dió órden para que las piraguas fueran arrastradas á tierra, buscándose un lugar conveniente para establecer el campamento aquella noche.

Se construyó inmediatamente un rancho, bajo el que colocamos los víveres, los vestidos, útiles y materiales que habían de servirnos en algunos días, y todas las semanas el patron Fidedigno llevaría allí, desde Yaviza, los víveres y la correspondencia, y segun nuestras necesidades, destacaríamos algunos hombres para guardar aquel depósito. Por la noche se estudió el mapa y M. Wyse fijó la direccion de la trocha segun la que nos reuniríamos en el piquete número 1.091 |bis, donde quedaron suspendidos nuestros trabajos del año anterior.

La trocha que nos proponemos abrir cruza tres veces el Tiati, al cabo de las cuales sigue por la orilla izquierda, internándose en una region cruzada de montículos cuyas pendientes, violentas en un buen número de casos, hacen difícil la conduccion del material. El acarreo de lo que nos es absolutamente necesario llevar cuesta tres viajes, empleando toda la gente, excepto los tres trocheros. Las operaciones, á pesar de los considerables esfuerzos que hacemos y del interes que en ellas tomamos todos, caminan con una lentitud desesperante, y nos hacen temer que, si los obstáculos siguen tan frecuentes como hasta allí, no vamos á poder terminarlas, pues el tiempo corre. Ademas, toda aquella region está literalmente infestada de serpientes, de las que sólo en una mañana hemos matado tres.

En compañía de M. de Lacharme, salí á reconocer el Tiati, para ver si podría seguirse el río; pero poco despues comienza á formar una serie de pozos agudos, anchos y profundos, que alternan con empalizadas en las que nos vemos obligados á detenernos forzosamente. A cada momento tenemos que desandar el camino y salirnos del río por temor de embarrancarnos y morir ahogados en el cieno, siéndonos imposible, á pesar de lo mucho que hicimos, volver al campamento hasta bien entrada la noche.

Campamento bajo un banano.

En aquella excursion, José nos fué de muy grande utilidad. Su fuerza es hercúlea, y ademas posee ese instinto admirable de los indios y de los mestizos, gracias al cual, por mucho que hayan andado y muchas vueltas y revueltas que den, saben siempre casi con exactitud á qué distancia se encuentran y cual es el camino que más conviene seguir.

A la mañana siguiente tuvimos que subir colinas bastante elevadas, en cuyas alturas la vegetacion no tiene nada de notable, fuerte ni brillante; en cambio en las faldas es de una riqueza incomparable. Por esta parte el trabajo se hace sumamente difícil y pesado, pues los que más allí crecen son bambúes y lianas, que se entrelazan y mezclan formando vallas terribles, por las que es imposible atravesar, y que hay que destruir por completo. Nuestra jornada terminó en un bajo fondo pantanoso, cerca de una quebrada seca, en la que para beber encontramos un agua sucia y descompuesta por una gran cantidad de hojas podridas. Una higuera-banano bastante curiosa da sombra á nuestro vivac: éste rodea con dos hélices arrollados en sentido inverso, el tronco de un gran higueron que le sirve de sosten, y en todo su circuito sus ramas, ó por mejor decir sus raíces adventicias, caen formando fuertes columnas, á las que suspendimos nuestras hamacas. En el lecho procuramos distraernos un tanto de las picaduras de los terribles coloradillos, enumerando el nombre de nuestros cuarenta inmortales. Todo nuestro saber reunido, toda nuestra memoria puesta en actividad, y á fuerza de contar y recontar con los dedos, pudimos reunir treinta, y de éstos aún hubiéramos podido dudar de la autenticidad de varios.

La noche no fué mucho mejor que el día; así es que tan pronto como brillaron las primeras luces del alba, saltamos de nuestros colgadizos. Aquél era el día en que M. Wyse, acompañado de M. Luis Verbrugghe, habían de partir para Panamá y de allí á Colon (Aspinwall), donde esperarían la llegada del almirante Maudet, comandante de la division naval de las Antillas.

El almirante Maudet, á nuestro paso por la Martinica, nos prometió que, aprovechando la vuelta que iba á dar por el mar de los Caribes, despacharía un aviso de su division para estudiar la hidrografía de la rada de Acanti, en el Atlántico.

M. Wyse y Verbrugghe partieron, en efecto. Despues de haber estrechado su mano una vez más, á bordo de la lancha que en adelante se llamará de la Despedida, quedé encargado como jefe de la expedicion.

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