|
INDICE
|
|
XXXI
En marcha hacia el Tuyra.-Chepigana;
los antiguos amigos.-Subida á la espiga.-Yaviza en total
decadencia.-Los coloradillos.
Habiéndonos apresurado todo cuanto nos fué posible, sin permitirnos
ningun descanso, sinó atendiendo sólo á lo que tanto urgía, nos
hallamos con que el 29 de Diciembre todo estaba preparado y
estudiado en la prevision de los muchos obstáculos que suponíamos
se habían de encontrar: en aquel mismo día nos embarcamos á bordo
de la goleta Chucunaque, cuya cabida será, cuando más, de catorce
toneladas, sin que sus condiciones permitan construir camarotes
debajo de cubierta, por lo que todos nos vimos obligados á
acostarnos al raso. En esta segunda expedicion, la caravana se
componía de unos veinte indivíduos, con todos los cuales contábamos
para los trabajos que teníamos que realizar: no nos sucedía como en
la primera, que el mayor número de los que nos obstruían los
lugares eran músicos y personas que, aprovechando la ocasion de
manifestarnos sus simpatías, daban un agradable paseo, privándonos
de las comodidades que tan necesarias nos eran.
En el mismo dia, habiéndonos favorecido bastante el buen tiempo,
arribamos á las costas vecinas de la isla de Chepillo, á donde, de
regreso de la exploracion del Marroni, M. Wyse había enviado á
Eugenio, uno de nuestros mejores agregados, con la parte de
material, útiles y provisiones que debíamos llevar al Darien.
Durante algun tiempo nos detuvimos en aquella isla, que De Auville
cita entre todas por su belleza, pudiendo convencernos de que no
había ninguna exageracion en los elogios que de ella hace: aquellos
prados fertilísimos, aquellos árboles elevados, cuyas ramas se
entrelazan formando frescas bóvedas de verdura, aquellos arroyos y
los saltos de agua que desde lejos se divisan, le dan un aspecto
encantador, en el que se recrea la vista y el alma se alegra. Una
permanencia allí sería deliciosa, á pesar de la soledad que en ella
reina, y de buen grado hubiéramos acampado en aquel lugar si
nuestro itinerario marcado de antemano, no nos obligara á partir en
la misma tarde. Poco despues de haber emprendido el camino, pudimos
observar cómo el cielo se tornaba sombrío, y más sombrío aún el
mar; pero para alentarnos é infundirnos ánimo, allá á lo lejos
divisábamos las islas de San Miguel, nadando en una atmósfera clara
y luminosa. Grandes bandadas de pelícanos nos acompañan en toda la
travesía, volando á una altura de cuarenta ó cincuenta metros,
llamándonos la atencion la rapidez con que se dejan caer sobre las
ondas llevando medio extendidas las alas, sumergiéndose en las
aguas con el pico echado atras, y reapareciendo inmediatamente.
Otras bandadas no menos numerosas de cuervos se extienden á lo
lejos hacia el Norte, formando en algunos instantes á manera de una
delicada y negra cortina que se destaca admirablemente sobre el
horizonte gris plomizo que amenaza lluvia. Aunque pudiera parecer
otra cosa, es lo cierto que no se aburre uno tanto á bordo como
pudiera creerse: nuestro cocinero Félix ha hecho una buena
provision de víveres frescos, entre los que nada falta, y se esmera
en cuidarnos de la mejor manera que le es posible, y ademas, justo
es decirlo, pasamos largos ratos distraídos en inocentes juegos,
que dan lugar á incidentes en que nuestro ánimo se esparce. A la
media noche próximamente llegamos al Cerro Colorado.
|
|
|
Golfo de San Miguel.
|
Al dia siguiente, último del año, sufrimos distintas
alternativas, como fueron una calma chicha espantosa, durante la
que ni el menor soplo de aire nos vino á sacar de la quietud en que
nos veíamos sumidos; siguióla una brisa bastante fuerte, y de este
modo cruzamos por delante de la isla de los Pájaros y el Farallon
Ingles, llegando, por último, á la entrada del golfo de San
Miguel.
A la una de la mañana, los que aún no se habían recogido y
permanecían despiertos, sin duda con preconcebido fin, tuvieron la
pesada broma de ir á turbar el reposo de los que tranquilamente
dormían para felicitarlos por el año nuevo; y como no había luna,
dejáronse las visitas oficiales para el alba. A las nueve
aparejamos para entrar en el canalizo, siéndonos necesario bordear
á cada momento, pues la corriente era excesivamente rápida y
violenta. Delante de La Palma nos detuvimos, con objeto de que
pudiera desembarcar el Sr. Federico de los Ríos, que venía con
nosotros desde Panamá, y en aquel punto, aunque desde léjos, pude
saludar á mi buen amigo Gregorio de Santa María. Decididamente,
nuestro canal no estará en modo alguno falto de puertos
espléndidos; cada uno de los que nos acompañaban se divertía en
escoger entre los encantadores islotes de aquella parte del río. Al
medio día, despues de una travesía feliz, en la que ningun
incidente desagradable habíamos tenido que lamentar, y durante la
que nos habíamos distraído grandemente gozando del encantador golpe
de vista que sin cesar se extendía ante nosotros, la goleta fondeó
en Chepigana, é inmediatamente saltamos en tierra á fin de saludar
y felicitar á nuestros amigos de otro tiempo.
M. Wyse supo allí que el Chucunaque estaba entónces con una
fuerte avenida, por lo cual no le sería posible á la goleta
remontarlo con celeridad hasta Yaviza. Comprendiendo que tal vez
esto le hubiera hecho perder mucho tiempo, y deseando avanzar todo
cuanto le fuera posible, no quiso esperar en modo alguno que la
corriente del río decreciera, y alquiló sobre la marcha una barca
pequeña, lo cual le permitía precedernos en los trabajos uno ó dos
días. Con este objeto, llevóse en su compañía á MM. Verbrugghe y
Sosa, así como tambien los trabajadores más vigorosos, de los que
M. de Lacharme había contratado, quedándome yo á bordo de la goleta
con este último y M. Pouydessean. A las nueve de la noche levamos
ancla, y remontamos, ayudados por el flujo, hasta la isla de los
Aligatores, donde fondeamos; á la mañana siguiente remontamos la
corriente del Tuyra, admirando sus orillas cubiertas de mangles y
paletuvios, hasta el punto de confluencia con el Chucunaque, donde
pasamos una noche terrible, pues la brisa había caído, no
moviéndose ni el menor soplo de aire, y los mosquitos, que se
habían levantado y bullían por todas partes nos asaeteaban de una
manera cruel.
Tales fueron nuestros sufrimientos, que sin aguardar á que el
tiempo nos favoreciera, ganamos á fuerza de reinos el punto de
confluencia del Lagartero. Como repetidas veces hemos dicho, en una
expedicion de la naturaleza de la que estábamos llevando á cabo los
obstáculos se presentan á cada paso, y los inconvenientes parece
que crecen por momentos: cuando llegamos al indicado punto, los
reinos se hicieron inútiles, pues era imposible maniobrar con
ellos; así es que tuvimos que emprender la remonta desde allí á la
espiga, término desconocido de nuestra marinería, y que es difícil
comprendan los que no hayan visitado aquellas regiones. Remontar
una corriente á la espiga es un trabajo duro y pesado, que consiste
en enviar la menor piragua hasta una conveniente distancia, en la
que se amarra una fuerte cuerda al tronco de un árbol ó á un manojo
de hierbas que presente condiciones de seguridad por hallarse
fuertemente arraigadas; con la otra punta se vuelve á bordo, y
tirando de ella, á fuerza de trabajos se consigue remontar la
corriente, repitiendo la operacion cuantas veces sea necesario.
|
|
|
Vista de Yaviza.
|
Para colmo de desdichas, cuando estuvimos plenamente convencidos
de que no quedaba más recurso que emplear este medio, advertimos
que desgraciadamente el patron se había olvidado de proveerse de
las fuertes y largas cuerdas que para dicha operacion son menester,
por lo que tuvimos que amarrar los cabos cortos de todos calibres
que hallamos. Esta cuerda miserable que logramos proporcionarnos,
causónos mil accidentes, sobre todo al cruzar el río para cambiar
de orilla: varias veces se nos partió, dando lugar á que
perdiéramos cuanto llevábamos adelantado, y haciéndonos temer un
inevitable naufragio en aquellos violentos retrocesos durante los
cuales sólo podíamos ocuparnos de buscar un punto de apoyo para
detenernos. En fin, para indicar lo que sufrimos, creemos sea
bastante decir que en quince horas de aquel terrible trabajo no
habíamos avanzado más de una milla.
Yaviza, donde encuentro á M. Wyse, Verbrugghe y Sosa, ha decaído
mucho desde el año anterior. Más de media poblacion ha emigrado á
Pinogana ó á Tacuti, centro de las regiones en que aún puede
encontrarse
|tagua: en la region del Chucunaque ya no hay
cautchouc, y jamas hubo nueces de marfil. A juzgar por lo que puede
verse, faltas de elementos, de riquezas, y sin medios ningunos de
subsistencia, así como tampoco sin ninguna industria á que puedan
los habitantes aplicar su actividad, ántes de poco aquel pueblo que
contaba con más de mil habitantes, quedará reducido á unas
miserables chozas de paja, la selva habrá conquistado de nuevo sus
dominios y la sabana lo hará desaparecer todo.
Luego que hubimos descansado, M. Sosa y yo nos dedicamos á
preparar los instrumentos á fin de tenerlos corrientes en la serie
de operaciones que íbamos á emprender. Tocónos la desgracia de
llegar á la poblacion citada en la época en que sus vecinos se
ocupaban de la limpia y reposicion de los techos de las casas;
entre las secas hierbas que los forman se anidan generalmente
millones de
|coloradillos, individuos de la terrible familia
de las garrapatas que tanto nos mortificaron en la anterior
expedicion, y que, arrojados de los domicilios que arbitraran en
las techumbres, buscaron uno nuevo en nuestros cuerpos, haciéndonos
sufrir como hasta entónces nunca habíamos sufrido.
|