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INDICE
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XXX
Exploracion del valle del
Terable.-Vuelta á Panamá.-Ochenta kilómetros á caballo por la
sabana, los pantanos y las colinas.
A esta exploracion, que sumariamente acabamos de reseñar, hecha á
la parte más alta del Mamoni, siguió la del río Terable, de la que
no diré nada, ó al menos muy poca cosa. Mitad en piragua y mitad
chapaleteando por el lecho del río, pude convencerme despues de una
observacion detenida y atenta, que los estrangulamientos, los casi
continuos zig-zag de las gargantas en su cauce extraordinariamente
agitado, hacen casi imposible el que se pueda abrir con facilidad
un canal navegable, en el que puedan aventurarse buques de alto
porte, como necesariamente tiene que hacerse.
El día 18 de Diciembre volví de nuevo á la Capitana.
El 20, á las cuatro de la mañana, todo nuestro reducido
acompañamiento cabalgaba en direccion á Panamá: la luna con sus
pálidos rayos alumbraba la graciosa sabana de Crespo; la
temperatura era deliciosa; una brisa imperceptible oreaba el
ambiente, y nuestras cabalgaduras trotaban á un paso tan cómodo,
que parecía nos hallábamos en una butaca: no obstante lo agradable
del paisaje y de los encantos de que podían gozarse, yo, que
siempre he contado muy poco con mi talento, pensaba
melancólicamente en los ochenta kilómetros que era necesario
recorrer en el día, pues M. Wyse estaba obligado á volver á Panamá
lo más pronto posible.
Mi debut, por tanto, no es demasiado fastidioso. La sabana en
casi toda su extension está sembrada de una hierba alta hasta
llegar á la orilla, y completamente seca en aquella estacion, hasta
el punto que se quiebra al ser pisada por nuestros caballos. El
piso forma muchas ondulaciones y está formado por una especie de
arcilla roja y compacta, lo mismo que en los
|loess de la
China; esta arcilla se levanta formando murallas, y rodeándose en
bastiones de un modo tal, que cualquiera podría creer eran
fortalezas desmanteladas. A pesar del fuerte ardor del sol que nos
abrasa y que cada vez va haciéndose más insoportable, caminamos
alegremente por el vasto llano, pues fácil es calcular las mil
ocurrencias que se dan en un viaje de esta naturaleza, y los mil
incidentes que vienen á amenizarlo. Todo va perfectamente, en tanto
que caminamos por aquel terreno, que, aunque arcilloso, es lo
bastante consistente para no hacer la marcha pesada en demasía;
pero en las proximidades de los ríos, ó cuando el camino sigue las
orillas de los pantanos que están próximos al mar, es necesario
atravesar las hoyas en que nuestros caballos se hunden en el cieno
hasta los pechos: allí se renuevan los peligros y los trabajos,
siéndonos necesario realizar esfuerzos sobrehumanos para seguir
adelante, sin que dejemos de temer que cada uno de estos malos
pasos sea el último que atravesamos, viéndonos detenidos sin poder
seguir ni atras ni adelante. Estos temores nuestros son cada vez
más fundados, pues en una orilla y en otra del camino vemos
blanquear huesos de animales distintos, esqueletos de bueyes que,
embarrados en el cieno, murieron ahogados allí, siendo despues
destrozados por los acerados picos de los gallinazos y demas aves
de rapiña. Los caballos y los rebaños tienen siempre la costumbre
de marchar sobre las huellas que ven impresas, y todos los caminos,
por anchos que sean, están cortados por profundos baches, en los
que nuestras monturas se sepultan hasta las cinchas. Cansados los
pobres animales por aquel continuo chapalateo en el fango, que
tanto los mortifica, muchas veces, no pudiendo ya resistir la
fatiga, se acuestan y revuelcan, arrastrando consigo al caballero,
sin que en el mayor número de los casos pueda evitarse la
caida.
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La expedicion á caballo.
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A pesar de esto, no podemos en modo alguno acusarlos de pereza:
los caballos de que disponemos trepan con bastante ligereza los
escarpados riscos que hallamos en nuestro camino, casi sin que los
podamos detener, llevándonos con frecuencia en medio de sub-bosques
espumosos, y haciéndonos chocar contra los troncos de los árboles:
no nos podernos permitir ni el menor descuido, pues tan pronto como
lo advierten se lanzan por donde les parece, ó por los sitios por
donde acostumbran á ser llevados, buenos ó malos, haciéndonos
sufrir considerablemente. En una de estas huidas, M. Verbrugge se
vió enlazado por una liana, sufriendo no poco y costándonos
bastante el poder sacarlo de la laberíntica red en que se hallaba
preso: algunas caidas nos causan tambien una pérdida de tiempo
considerable, y de esta manera van pasando horas y horas, que se
hacen largas como siglos en aquella interminable cabalgata, durante
la cual apenas si podemos descansar veinte minutos para tomar algun
alimento sobre el arzon de la silla. Por agradable que pueda ser, y
por galanas que fueran las cuentas que en un principio pudiéramos
trazarnos, bien pronto nos convencimos que los bosques y las
sabanas de aquella tierra; que tanto se ponderan á distancia, sólo
así son buenos, y no de la incómoda manera que nos veíamos
obligados á recorrerlos; y no poco entraba en nuestras miras, para
aumentar el disgusto que nos poseía, considerar la absoluta soledad
de que nos veíamos rodeados. Durante todo el trayecto que nos vimos
obligados á recorrer, apenas si encontramos más que algunos rebaños
de bueyes sumamente apacibles y mansos, como generalmente ocurre
con estos animales en el trópico: de largos en largos trechos
veíanse tambien algunas haciendas, y con más frecuencia
|tambos, ó sean miserables chozas sin comodidades ningunas,
construidas con palos y broza, que apénas si defienden del
aplomante sol que sobre aquellas llanuras cae á los desgraciados
que las habitan. Nuestros corceles continúan su marcha realizando
verdaderos prodigios, desembarazándose de mejor modo posible en los
pantanos, ó saltando por los montículos áridos y escarpados como
una escalera: en uno de aquellos pasos, el animal que monto cae de
un lado, viéndome obligado, para no ser aplastado, á arrojarme por
el otro; mas hícelo con tanta desgracia, que al caer choqué con un
pital erizado de agudos dardos, muchos de los cuales me asaetearon:
el recuerdo sólo me hace experimentar frío.
A pesar de lo mucho que llevábamos andado, parecía que Panamá se
alejaba más y más, y la noche comenzaba á cerrar. Aún tuvimos que
seguir caminando cinco horas, al cabo de las cuales nuestros guías
y algunos naturales á quienes interrogamos, nos dijeron que
estábamos todavía á tres leguas.
Por fin, serían las diez de la noche cuando reconocimos el
lugar, que van á pasear y lucir sus trenes los ricos habitantes de
la ciudad, y pudimos apreciar que nuestros caballos pisaban en un
buen camino; ellos, al observarlo, tambien se reanimaron y
comenzaron á caminar mucho más deprisa que solían hacerlo desde
mucho rato atras: á la media noche llegamos al fin al gran hotel;
una buena racion de carne y una botella de vino de Francia bastaron
para hacernos perder el mal humor de que nos sentíamos
dominados.
Panamá está de enhorabuena; la gran semana de la Pascua de
Navidad hace que la alegría sea grande, y por todas partes la
animacion y el bullicio son que mayores que de ordinario. Al
saberse en la ciudad habíamos llegado, como en la anterior
expedicion dejamos muchos amigos, de todas partes llovían sobre
nosotros invitaciones y tarjetas para bailes, fiestas y comidas;
pero nuestro tiempo nos venía sumamente escaso para el número
considerable de operaciones que teníamos que llevar á cabo; nos
veíamos en la forzosa necesidad de levantar algunos planos, era
necesario hacer muchos y distintos cálculos; y M. Wyse, más
infatigable que nunca, comenzó desde luego á organizar los
elementos de la larga expedicion que íbamos á intentar en una
region completamente desierta.
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