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Exploracion del valle del Terable.-Vuelta á Panamá.-Ochenta kilómetros á caballo por la sabana, los pantanos y las colinas.


A esta exploracion, que sumariamente acabamos de reseñar, hecha á la parte más alta del Mamoni, siguió la del río Terable, de la que no diré nada, ó al menos muy poca cosa. Mitad en piragua y mitad chapaleteando por el lecho del río, pude convencerme despues de una observacion detenida y atenta, que los estrangulamientos, los casi continuos zig-zag de las gargantas en su cauce extraordinariamente agitado, hacen casi imposible el que se pueda abrir con facilidad un canal navegable, en el que puedan aventurarse buques de alto porte, como necesariamente tiene que hacerse.

El día 18 de Diciembre volví de nuevo á la Capitana.

El 20, á las cuatro de la mañana, todo nuestro reducido acompañamiento cabalgaba en direccion á Panamá: la luna con sus pálidos rayos alumbraba la graciosa sabana de Crespo; la temperatura era deliciosa; una brisa imperceptible oreaba el ambiente, y nuestras cabalgaduras trotaban á un paso tan cómodo, que parecía nos hallábamos en una butaca: no obstante lo agradable del paisaje y de los encantos de que podían gozarse, yo, que siempre he contado muy poco con mi talento, pensaba melancólicamente en los ochenta kilómetros que era necesario recorrer en el día, pues M. Wyse estaba obligado á volver á Panamá lo más pronto posible.

Mi debut, por tanto, no es demasiado fastidioso. La sabana en casi toda su extension está sembrada de una hierba alta hasta llegar á la orilla, y completamente seca en aquella estacion, hasta el punto que se quiebra al ser pisada por nuestros caballos. El piso forma muchas ondulaciones y está formado por una especie de arcilla roja y compacta, lo mismo que en los |loess de la China; esta arcilla se levanta formando murallas, y rodeándose en bastiones de un modo tal, que cualquiera podría creer eran fortalezas desmanteladas. A pesar del fuerte ardor del sol que nos abrasa y que cada vez va haciéndose más insoportable, caminamos alegremente por el vasto llano, pues fácil es calcular las mil ocurrencias que se dan en un viaje de esta naturaleza, y los mil incidentes que vienen á amenizarlo. Todo va perfectamente, en tanto que caminamos por aquel terreno, que, aunque arcilloso, es lo bastante consistente para no hacer la marcha pesada en demasía; pero en las proximidades de los ríos, ó cuando el camino sigue las orillas de los pantanos que están próximos al mar, es necesario atravesar las hoyas en que nuestros caballos se hunden en el cieno hasta los pechos: allí se renuevan los peligros y los trabajos, siéndonos necesario realizar esfuerzos sobrehumanos para seguir adelante, sin que dejemos de temer que cada uno de estos malos pasos sea el último que atravesamos, viéndonos detenidos sin poder seguir ni atras ni adelante. Estos temores nuestros son cada vez más fundados, pues en una orilla y en otra del camino vemos blanquear huesos de animales distintos, esqueletos de bueyes que, embarrados en el cieno, murieron ahogados allí, siendo despues destrozados por los acerados picos de los gallinazos y demas aves de rapiña. Los caballos y los rebaños tienen siempre la costumbre de marchar sobre las huellas que ven impresas, y todos los caminos, por anchos que sean, están cortados por profundos baches, en los que nuestras monturas se sepultan hasta las cinchas. Cansados los pobres animales por aquel continuo chapalateo en el fango, que tanto los mortifica, muchas veces, no pudiendo ya resistir la fatiga, se acuestan y revuelcan, arrastrando consigo al caballero, sin que en el mayor número de los casos pueda evitarse la caida.

La expedicion á caballo.

A pesar de esto, no podemos en modo alguno acusarlos de pereza: los caballos de que disponemos trepan con bastante ligereza los escarpados riscos que hallamos en nuestro camino, casi sin que los podamos detener, llevándonos con frecuencia en medio de sub-bosques espumosos, y haciéndonos chocar contra los troncos de los árboles: no nos podernos permitir ni el menor descuido, pues tan pronto como lo advierten se lanzan por donde les parece, ó por los sitios por donde acostumbran á ser llevados, buenos ó malos, haciéndonos sufrir considerablemente. En una de estas huidas, M. Verbrugge se vió enlazado por una liana, sufriendo no poco y costándonos bastante el poder sacarlo de la laberíntica red en que se hallaba preso: algunas caidas nos causan tambien una pérdida de tiempo considerable, y de esta manera van pasando horas y horas, que se hacen largas como siglos en aquella interminable cabalgata, durante la cual apenas si podemos descansar veinte minutos para tomar algun alimento sobre el arzon de la silla. Por agradable que pueda ser, y por galanas que fueran las cuentas que en un principio pudiéramos trazarnos, bien pronto nos convencimos que los bosques y las sabanas de aquella tierra; que tanto se ponderan á distancia, sólo así son buenos, y no de la incómoda manera que nos veíamos obligados á recorrerlos; y no poco entraba en nuestras miras, para aumentar el disgusto que nos poseía, considerar la absoluta soledad de que nos veíamos rodeados. Durante todo el trayecto que nos vimos obligados á recorrer, apenas si encontramos más que algunos rebaños de bueyes sumamente apacibles y mansos, como generalmente ocurre con estos animales en el trópico: de largos en largos trechos veíanse tambien algunas haciendas, y con más frecuencia |tambos, ó sean miserables chozas sin comodidades ningunas, construidas con palos y broza, que apénas si defienden del aplomante sol que sobre aquellas llanuras cae á los desgraciados que las habitan. Nuestros corceles continúan su marcha realizando verdaderos prodigios, desembarazándose de mejor modo posible en los pantanos, ó saltando por los montículos áridos y escarpados como una escalera: en uno de aquellos pasos, el animal que monto cae de un lado, viéndome obligado, para no ser aplastado, á arrojarme por el otro; mas hícelo con tanta desgracia, que al caer choqué con un pital erizado de agudos dardos, muchos de los cuales me asaetearon: el recuerdo sólo me hace experimentar frío.

A pesar de lo mucho que llevábamos andado, parecía que Panamá se alejaba más y más, y la noche comenzaba á cerrar. Aún tuvimos que seguir caminando cinco horas, al cabo de las cuales nuestros guías y algunos naturales á quienes interrogamos, nos dijeron que estábamos todavía á tres leguas.

Por fin, serían las diez de la noche cuando reconocimos el lugar, que van á pasear y lucir sus trenes los ricos habitantes de la ciudad, y pudimos apreciar que nuestros caballos pisaban en un buen camino; ellos, al observarlo, tambien se reanimaron y comenzaron á caminar mucho más deprisa que solían hacerlo desde mucho rato atras: á la media noche llegamos al fin al gran hotel; una buena racion de carne y una botella de vino de Francia bastaron para hacernos perder el mal humor de que nos sentíamos dominados.

Panamá está de enhorabuena; la gran semana de la Pascua de Navidad hace que la alegría sea grande, y por todas partes la animacion y el bullicio son que mayores que de ordinario. Al saberse en la ciudad habíamos llegado, como en la anterior expedicion dejamos muchos amigos, de todas partes llovían sobre nosotros invitaciones y tarjetas para bailes, fiestas y comidas; pero nuestro tiempo nos venía sumamente escaso para el número considerable de operaciones que teníamos que llevar á cabo; nos veíamos en la forzosa necesidad de levantar algunos planos, era necesario hacer muchos y distintos cálculos; y M. Wyse, más infatigable que nunca, comenzó desde luego á organizar los elementos de la larga expedicion que íbamos á intentar en una region completamente desierta.

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