|
INDICE
|
|
III
Colon ó Aspinwall: barrio de
blancos, barrio de negros-La estatua de Cristóbal Colon.-Clima de
esta ciudad.
Pocas cosas se verán más bellas que la ciudad y la rada vista en su
conjunto: á la izquierda se hallan la isla baja de Manzanillo y las
blancas y limpias casas de Colon, sombreadas por los altos
cocoteros, y en su alrededor las llanuras están materialmente
cubiertas por frondosas florestas que rodean la bahía de Limon;. á
la derecha y á la izquierda se levantan á cierta distancia las
altas colinas del Mindi y de Porto-Bello, y enfrente, en el azulado
horizonte, cumbres poco elevadas forman el límite que separa las
tierras cuya inclinacion es hacia el Pacífico de aquellas que la
tienen hacia el Atlántico. Todo este bellísimo panorama que
acabamos de describir se reduce, se aminora, cuando el buque aborda
á las calas que sirven de desembarcadero.
Los paquebots se amarran á muelles contiguos á los almacenes que
forman la estacion del camino de hierro de Colon á Panamá, y
gracias á esta cómoda proximidad, frecuentemente los viajeros
abandonan el vapor para instalarse confortablemente en los Wagones,
y la locomotora los arrastra, sin qué su pié haya tocado siquiera
el suelo de la ciudad; pero nosotros, por diversas circunstancias,
no pudimos hacer lo mismo, viéndonos obligados á permanecer dos
días, que aprovechamos en recorrer y visitar detenidamente aquella
ciudad tan calumniada.
Colon está construida sobre la punta N.O. de la pequeña isla de
Manzanillo, formada por un banco de guijarros sobre el que se han
venido aglomerando arrastres y aluviones. Esta ciudad, si es que
así se nos permite llamarla, consta de 4.000 habitantes, repartidos
en dos barrios completamente distintos. El uno se eleva sobre un
arrecife madrepórico, suelo seco y firme que domina al mar en más
de un metro, y que está ocupado por los blancos, agentes y
empleados del camino de hierro, negociantes, etc. Estos extranjeros
habitan grandes casas de un piso con largas galerías, y cuyos
materiales, como ladrillos, cal, hierro, madera y todo sin
excepcion, se hace traer de los Estados-Unidos ó de Europa,
trabajado ya y dispuesto para ser colocada cada pieza en su sitio y
obtener con suma rapidez una vivienda.
Este barrio, sobre ser muy sano, tiene la no menor recomendable
condicion de ser muy limpio; el terraplen tiene una extension de
200 metros, al cabo de los que comienzan ya los pantanos. El resto
de la poblacion, sumido en los barrancos, está formado por dos ó
tres hileras de casas, que se extienden paralelamente á la estacion
del ferro-carril y construídas sobre estacas y terraplenes, sea
sobre el terreno y hasta sobre la vía. Ésta, considerablemente
ancha por ciertos puntos, ha sido establecida sobre el lado Oeste
de la isla de Manzanillo, y ademas de las filas de casas de que
dejamos hecha mencion, están tambien los diferentes edificios
construídos para las atenciones del servicio, la estacion, los
almacenes, y los muelles de carga y descarga.
La calle llamada Front-Street es aún mucho más agradable y de
mejor vista, pues las otras dos están flanqueadas sólo por algunas
cabañas de un solo piso, construidas con maderos. Los pisos bajos,
ocultos por unos tejadillos anchos, están ocupados por pequeños
almacenes de quincalla, cantina ó casas de juego: el conjunto,
construido con tablas de las cajas en que se importan el jabon, el
coñac ó el vermout, sujetas con algunos clavos ó amarradas con
lianas, da lugar á que un aire, sin ser muy fuerte, eche á tierra
más de la mitad. Naturalmente, y como con suma facilidad se
comprende, estos casuchos sirven de albergues á negros, y
naturalmente tambien reina en ellos un desaseo y una suciedad
repugnante; las inmundicias de todas clases que se amontonan cerca
de las puertas excitan la voracidad de los perros sarnosos, de los
cerdos gruñidores y de algunos raros gallinazos. Suerte sería que
estos grandes aseadores de las calles cumplieran mejor con sus
funciones; mas, por desgracia, estos buitres no son muy afectos á
Colon, y apénas si se les encuentra en pequeños grupos, cada uno de
ellos formado por tres ó cuatro. No obstante, la gente morena no se
fija en estos grandes y gravísimos inconvenientes qué dejamos
enumerados; se recrea en esta atmósfera, tan perniciosa para los
individuos de la raza europea; se ríe de los miasmas palúdicos, del
terrible y peligroso ardor de los rayos solares, y del caliente
vapor que despide el suelo.
|
|
|
|Front-Street, en Colon.
|
Entre estos dos barrios han abierto dos grandes estanques para
mejorar las condiciones, de salubridad de la poblacion y recoger
los desagües de los pantanos, en medio de los que está asentado
Colon, estanques que se comunican directamente con el mar, gracias
á lo que pueden renovarse frecuentemente sus aguas, que de lo
contrario se descompondrían y llegarían á ser tan pestilenciales
como la de los pantanos que los rodean. Los canales, por medio de
los que están unidos al Atlántico, facilitan el paso á gran número
de aligatores, una de las especies de la familia de los cocodrilos,
los cuales limpian los fondos de todos los detritus que los
habitantes arrojan, razon por la cual nadie los molesta en el
desempeño de tan útiles funciones; pero por desgracia la
permanencia de estos monstruos allí donde tanto sirven, es corta y
poco frecuente.
Casi al mismo borde de estos estanques, y sobre el terraplén del
ferro-carril, se levanta aunque sin pedestal todavía, un magnífico
grupo de bronce representando á Cristóbal Colon y á América,
suntuoso regalo de la ex emperatriz Eugenia á un antiguo presidente
de los Estados-Unidos de Colombia, el general Mosquera, que, segun
se dice, era pariente lejano de la ilustre familia de Montijo.
Colon, de pié, erguido y fiero, protege, abrazándola con su mano
derecha, á una mujer pequeña, completamente desnuda, temerosa y
encorvada, pero muy bella, tan bella, que hace pensar, más que en
una india desharrapada, basta y de líneas deshechas, en una de esas
encantadoras parisienses, vestidas de capricho. No puede
reprochársele á su ilustre patron un adorno escaso; parece que se
le ve fatigado por el peso de los ropajes que le caen hasta las
rodillas. Esto grupo es, por lo demas, la única obra de arte que
puede verse en todo el territorio que ocupa el istmo de Panamá.
La ciudad de Colon tiene ademas la gloria de poseer una columna
levantada en honor de los señores Aspinwall, Chauncey y Stephens,
de la que lo mejor que puede hacerse es guardar silencio. Es una
iglesia gótica de estilo ingles, acomodado á la americana. Por
miserable que sea, este edificio, construido con pórfido rojo
oscuro, llama grandemente la atencion al lado de las casas de
madera que se extienden á su al rededor; pertenece á la compañía
del ferro-carril, que es por su parte la que sostiene las
atenciones del culto y la dotacion del pastor, y será suficiente
para contener hasta 300 personas.
La agricultura es desconocida de todo punto allí con gran
trabajo se ha conseguido hacer arraigar algunos cocoteros cerca del
edificio que ocupan la estacion, la iglesia y el faro; dentro de la
ciudad, y casi en el resto del islote, no se encuentran árboles,
por lo que en pleno pantano el esqueleto de un inmenso paletuvio
sirve de percha á algunos gallinazos que se dignan ocuparse de la
limpieza. La compañía del ferro-carril se ha visto obligada á
construír una ancha y bella calle para que sus dependientes y
empleados puedan hacer su paseo higiénico durante el día; dicha
calle se extiende por el circuito de la isla, costeando fangosos
pantanos en los que los manglares, que allí apénas exceden de la
talla de un arbusto, ocultan en sus raíces hordas de bullientes
caimanes.
En el tiempo de la fiebre del oro y de la gran emigracion á la
California, ántes de la crisis comercial por que la América del Sur
viene atravesando desde hace años, y de la conclusion de la gran
línea férrea del Pacífico hasta San Francisco, Colon y su camino de
hierro tenían muy distinta importancia que hoy día. El movímiento
de viajeros era enorme; y aunque entónces, como ahora, aquel lugar,
para la mayoría de ellos, no era más que punto de parada por uno ó
dos días, la ciudad de Aspinwall fue lugar de reunion de mineros,
aventureros, caballeros de industria, sin contar los chinos, los
negros de las Antillas y los individuos de todas especies; en una
palabra, el pozo donde iba á parar la hez de los dos continentes;
llegó á ser el albañal de la raza blanca, de la cobriza y de la
negra. Todas las barracas eran á la vez posadas y garitos, y jamas
pasaba un día sin batallas, sin robos y sin asesinatos, lo que daba
lugar á que la vida pasara en continuas y repugnantes orgías,
cuyos excesos daban gran pasto á las fiebres palúdicas, y hacía que
la mortalidad fuera grande entre aquellos desgraciados.
Hoy no sucede lo mismo; ningun viajero se detiene seducido por
bellezas que no existen; la crápula blanca (permítasenos llamarla
así) ha desaparecido; los chinos han partido para otros lugares; la
mayor parte de los negros han vuelto á sus Antillas, no quedando,
por tanto, en Colon más que los empleados del ferro-carril, los
consignatarios de los paquebots, algunos comerciantes al por menor
y gente de color, poblacion tranquila y de costumbres tan puras
como la de cualquier otra poblacion de América. Muchos han llevado
allá sus familias, y la presencia de las mujeres ha sido
bienhechora, pues han conseguido que la dignidad se rehaga y con
ello renazcan las dulzuras de la vida social y el respeto de sí
mismo.
Otra consecuencia inmediata y fácil de prever de este particular
progreso es que la fiebre no reina en absoluto, como en otro tiempo
sucedía, sinó que sólo ataca á los individuos intemperantes; vicio
frecuente en todos los países tropicales y al que con más ó menos
razon se le ha dado por disculpa el ardor del clima. ¡Desgraciado
del débil que no puede aguantar la sed! Cae en la embriaguez, y no
ha de pasar mucho tiempo sin que se le vea envejecido, canoso, con
los ojos hundidos y apagado el brillo de su mirada, el rostro
apergaminado, verdoso, y arrastrando un espíritu débil en un cuerpo
al que minan las enfermedades.
Despues de dos días pasados en Colon, durante los que estuvimos
alojados en el hotel WashingtonHouse, pudimos partir para Panamá,
pues las cuarenta y ocho horas trascurridas las había empleado M.
Wyse en organizar su plan de campaña, y no ofreciendo la poblacion
en que habíamos estado recursos bastantes que nos permitieran
emprender los proyectados estudios por la parte del Atlántico, se
decidió á abordar el Darien por el Pacífico, lo cual presentaba
grandes ventajas, por cuanto Panamá está en relacion constante con
las aldeas situadas en los bordes del Tuyra; por tanto, allí
podríamos abastecernos de nuevo con gran facilidad, y tomar por
base de operaciones la ciudad misma, donde desde luégo abundan los
recursos.
Hé aquí por qué ocupamos nuestros lugares en los vagones del
ferro-carril inter-oceánico que conduce de Colon á Panamá.
|