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La Martinica fué descubierta en 1493 por los españoles el día de la fiesta de San Martin, por lo que le dieron este nombre; los caribes que la habitaban llamábanla Madiana. A mediados del año 1635 fué ocupada en nombre de la Francia por Cárlos Lyenad, señor de la Oliva, y Juan Duplessis, señor de Ossonville; pero ambos navegantes experimentaron tal terror viendo la gran, cantidad de serpientes é insectos escamosos que encontraron, y del aspecto terrible de los caribes que los disputaban el terreno, que renunciaron: al designio que los llevara allí de establecer una colonia. Pedro Belain, señor de Esnambuc, llevó á ella, un mes más tarde, una colonia de 100 hombres, que se estableció definitivamente á seis kilómetros de San Pedro, ciudad que fué construída en 1658. La ciudadela que lleva el nombre de Fuerte de Francia, no fué comenzada hasta el mes de Julio de 1672. Despues de la toma de posesion que Esnambuc hiciera, sufrió una serie de permutaciones y ventas, pasando sucesivamente de manos de la Compañía general de las islas de América á las de Duparquet, gobernador general en 1651, de manos de los herederos de éste al gobierno metropolitano en 1664, que hizo de ella cesion á la Compañía de las Indias Occidentales, recientemente creada, siendo, por último, reunida al Estado en 1675, año desde el que todos los franceses, sin distincion, pudieron irse á establecer en ella. Los primeros colonos formaban dos clases; una, los antiguos poseedores del suelo, venidos de Francia por su cuenta, y que se designaban con el nombre de habitantes; la segunda, compuesta de europeos que habían ido á las islas en la esperanza de hacer fortuna y que habían contratado trabajar por tres años, al cabo de los cuales pasarían á ser propietarios de los terrenos que ocupaban, á los cuales se les llamaba contratados. Los negros, introducidos desde los primeros tiempos por la trata, reemplazaron con su trabajo en la esclavitud la cuasi servidumbre. En 1712, la poblacion se elevaba á 72.000 individuos. La Martinica carecía casi por completo de importancia, cuando el tratado de Utrecht, celebrado en 11 de Abril de 1713, quitando á la Francia el Canadá, Terra Nova, la Acadia y la bahía de Hudson, dió por resultado el que en, ella se fijára más la atencion de la metrópoli y que fuera mayor la afluencia de colonos. La buena situacion de la Martinica, la seguridad de que se gozaba en ella, dieron lugar á que se convirtiera en el mercado general de las Antillas francesas, y á que en la metrópoli se la conociera con el nombre de la Perla de las Antillas. Hoy, habiendo cambiado mucho las cosas, la escasa importancia que aún tiene la debe á un corto número de plantaciones de cañas de azúcar y cafetales. El clima es muy sano, la isla podría con sus medios de produccion alimentar á una poblacion diez veces mayor en número, y no obstante esto, cada día decrece el número de sus habitantes: la sangre allí cruzada por el matrimonio celebrado entre individuos de distintas razas, ha dado lugar á una fuerte y vigorosa, de la que llaman la atencion las mujeres, por su extraordinaria belleza.

Aquella tierra, por las muchas condiciones que posee, sería deliciosa para morar en ella, si no abundara tanto el trigonocéfalo, una de las más venenosas serpientes que pueden ser halladas en toda la superficie del Globo: ella se desliza por todas partes, en los sembrados, en las plantaciones de caña de azúcar, en los alrededores de las casas; con harta frecuencia se atreve á penetrar en ellas, persiguiendo los ratones ó las ratas, y muchas veces se la ha encontrado hasta en las camas. La picadura de este reptil es casi siempre de fatales resultados; la ciencia, por mucho que ha trabajado, no ha logrado encontrar una sustancia que neutralice ó haga, ménos peligroso el veneno: y en cuanto á las repugnantes negras con pretensiones de encantadoras ó hechiceras, el resultado evidente de sus encantaciones y conjuros, así como tambien de sus horribles cocimientos de hierbas, es únicamente añadir sufrimientos á un infeliz condenado á morir, pues aún no se cita un solo caso de curacion que pueda merecer crédito alguno.

Estos terribles reptiles que, como decimos, constituyen uno de los grandes inconvenientes de aquel rico país, tienen á veces hasta siete piés de largo, no atacan jamas al hombre, y huyen al menor ruido que perciben; pero cuando la desventura quiere que el pié de un desgraciado se pose sobre un trigonocéfalo repleto por un abundante pasto, se levanta con una sorprendente rapidez y se venga con una picadura mortal. Durante el día permanecen durmiendo en sus nidos, que por lo regular forman en los huecos de las rocas; por la noche salen al merodeo, y como manifiestan predilección por los terrenos movidos, los caminos y los senderos, casi podemos decir que están cubiertos de ellos. Por más que se haga, ni empleando las promesas, ni recurriendo á las amenazas, se podrá conseguir que un indígena salga en el espacio que media entro la puesta y la salida del sol; durante la noche puede decirse que las serpientes imperan en absoluto en toda la isla.

El sitio más importante de la capital es la plaza, el paseo de la Sabana. Allí, bajo la sombra de grandes árboles de follaje, oscuro y apretado, disfrútase de la brisa vivificadora del mar, y de un admirable golpe de vista, que alcanza á todo el Fuerte de Francia. Algunos de aquellos árboles tienen proporciones sorprendentes. Su tronco llega á veces á cuatro ó cinco metros de circunferencia, cuando tienen aún pocos años y son fuertes é iguales, no podrán verse en las selvas vírgenes, donde todo se confunde en un mar de follaje.

Estatua de cristóbal Colon.

El centro de dicha plaza está marcado por un quincona, una de esas palmeras de Cayena, tan iguales, tan regulares y tan parecidas las unas á las otras, que cualquiera diría habían sido compradas por docenas en casa de algun gran fabricante de objetos de zinc. Estas columnas grises, derechas y completamente cilíndricas, están coronadas por un penacho de hojas finas y sueltas, parecidas á plumas de avestruz.

El Fuerte de Francia está rodeado de colinas abruptas y áridas, en cuyos flancos crece dificultosamente una vegetacion raquítica y miserable, teniendo más tallos que frondosidad y más espinas que flores: todo es allí pequeño y falto de la brillantez que tanto en otros puntos se admira; pero abajo, en el valle que fertiliza el pequeño río Madama, los verjeles se suceden uno tras otro sin interrupcion. Tras las primeras llanuras se ven levantarse sin interrupcion, hasta el Piton Didier, montañas de desnudas cimas, en las que todos los huecos, todos los puertos están cargados de árboles espesos que podría decirse, dado el aspecto que aquello presenta, que es musgo entre frutos.

Dos días más tarde llegábamos á La Guaira, el puerto de Caracas, capital de Venezuela. Desde el mar el aspecto es muy poco seductor; es una ciudad blanca, formada en anfiteatro al pié de montañas escarpadas, que forman parte de la sierra de Caracas, cuyas más altas cimas se aproximan á tres mil metros, y en la que las rojizas rocas apénas si están manchadas de trecho en trecho por otra cosa que por nopales, cautchoucs y áloes.

A la mañana siguiente fondeamos en Puerto Cabello, del que puede decirse es un verdadero y magnífico puerto; la ciudad está asentada sobre una lengua de tierra pantanosa, y en la que, la permanencia en manera alguna puede ser salubre, por los miasmas que continuamente vician la atmósfera. Una simple visita hecha al mercado da desde luégo una clara y exacta idea de la miseria del mayor número de los habitantes; las pobres negras que vienen del campo instalan sus provisiones por montones pequeños, formados por tres ó cuatro bananas, veinte alfónsigos ó cacahuet, un puñado de arroz, una patata dulce: los negros desharrapados ruedan de acá para allá por toda la plaza, con sin igual atrevimiento, siempre hambrientos como los monos y dispuestos á comer á cualquier hora del día, comercian, ofrecen la vigésima parte de dos cuartos, y durante horas gesticulan, gritan, juran y con harta frecuencia llegan á las amenazas, pero rara vez á los golpes. En otros rincones se ven grupos de negros, vendiendo por pequeños fragmentos inmundos pedazos de tripas secadas al sol, y entre otros pescados el perro de mar, y hasta tiburones.

Tocamos despues en la entrada del puerto de Barranquilla-Sabanilla, que es el punto de desembarco de todo el comercio del valle regado por el más grande río de la Colombia, el Magdalena, y por último el dia 21 el Lafayette anclaba en Colon, y el mismo día pisamos tierra de la América Central.

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