|
INDICE
|
|
XXVII
Marcha del Darien.-Un grande, grueso
y feo compañero de viaje.-Los hermanos Verbrugge.-Vuelta á Europa.-
Muerte de Guido Musso.
El día 13 emprendimos la marcha para Panamá, á donde había ido, y
me esperaban ya, el mayor número de los individuos que formaban la
comision. Embarquéme en Chepigana en una pequeña goleta, y no bien
nos hubimos entrado en alta mar, cuando un enorme cachalote, cuyo
largo no sería ménos de diez metros, lo cual equivale á decir que
era mayor que la mezquina embarcacion que nos conducía, se puso á
nuestro lado para hacernos compañía: parecía gozar á nuestro lado,
y de vez en cuando se adosaba tanto á nuestras bordas, que nuestra
barca se inclinaba entonces visiblemente: algunas veces se elevaba
sobre el agua, y entónces podíamos
|disfrutar del espectáculo
de su repugnante boca, cuya abertura era igual al ancho de su
cabeza, ó sea más de una braza.
El 21 de Abril nos embarcamos en el paquebot
|Martinica;
en el que encontramos á los hermanos MM. Luis y Jorge Verbrugge,
los intrépidos viajeros y cazadores que han recorrido la América en
todos sentidos.
A ellos se deben dos curiosos libros, notables, tanto por su
estilo como por la gracia y vivacidad que en ellos se advierte:
titúlase el uno
|Las Selvas vírgenes, y el otro
|Paseos y
cazas en la América del Norte. ¡Dichosos aquellos hombres, que
todo lo ven con una mirada y todo lo dibujan con un rasgo!
Nuestro viaje de regreso fué desde su comienzo entristecido, por
la enfermedad de Guido Musso primero, y despues por su muerte.
En Saint-Thomas, donde su padre había muerto volviendo de una
mision política que se le mandara desempeñar, saltó en tierra para
hacer una visita piadosa á la tumba del autor de sus días,
sintiéndose enfermo ya cuando volvía á bordo. Al pronto se creyó
sería sólo una simple indisposicion, pero bien pronto se declaró la
disentería, y las fuerzas de nuestro amigo decrecieron
visiblemente; los remedios más enérgicos no pudieron conseguir
nada, la hemorragia continuaba, y al cabo de una semana las fuerzas
se habían agotado. Lo más triste en aquellos momentos era que el
pobre Musso no abrigaba la menor sospecha acerca del grave estado
en que se encontraba.
Cuando reunidos al rededor suyo pudimos convencernos de que todo
había terminado; cuando pensábamos tristemente en la desesperacion
de su madre al tener conocimiento de la fatal noticia de la muerte
de aquel hijo tan querido, él calculaba el número de horas que nos
separaban del primer puerto de Europa en que, habíamos de fondear,
nos hablaba de su próxima convalecencia y de sus proyectos para el
porvenir. Casi sin agonía, murió cuando nos faltaban sólo tres ó
cuatro jornadas para llegar á Santander, sumiéndonos en el mayor
desconsuelo la pérdida de aquel querido amigo y compañero con quien
juntos habíamos compartido todos los trabajos y penalidades, y que
espiraba en los momentos en que más acreedor era á la
recompensa.
La noche era oscura, la tempestad crujía, y un furioso viento
levantaba el mar, cuando el sombrío Océano se abrió para recibir el
cuerpo de nuestro camarada.
Como Virgilio lo decía de un compañero de Eneas: Non inferiora
secutus, él no había seguido el estéril camino.
|