INDICE




Estas visitas, como es fácil comprender, no tenían nada de agradables; pero en cambio los colibríes me habían tomado tambien afeccion y venían á posarse siempre sobre las mismas hojas, vigilando todas mis acciones y todos mis gestos; los magníficos tucanes tienen hechos sus nidos en el árbol próximo, y durante todo el día en las altas ramas de los blancuzcos troncos, sus picos rojos no dejan de dar golpes que los asemejan á incansables carpinteros ademas, frecuentan mi gabinete de trabajo muchos lagartos de diversas formas y colores, y entre ellos uno, por lo raro y singular, ha llamado mi atencion en alto grado; por la noche, cuando emprende su cacería, despliega debajo de su garganta un apéndice en forma de espátula de un color anaranjado vivo y brillante, que cualquiera podría creer era el pétalo de una hermosa flor. Tambien se ha hecho muy familiar, y me visita con bastante frecuencia, una pequeña iguana.

Mi gabinete de trabajo.

El bueno de Merced, que es tan honrado y cariñoso como mal cocinero, me cuida esmeradamente y hace incalculables esfuerzos para tenerme contento; á pesar de esto, en una ocasion me hizo una mala pasada, que recuerdo siempre, y , por la que sin poderlo remediar le guardo algun rencor. No habiendo recibido noticias de M. Lacharme desde hacía dos días, cosa queme tenía en sumo cuidado, temiendo que hubiera ocurrido algun desagradable incidente, bastante fácil dado el terreno en que se hallaba trabajando, lo envié con premura al punto en que pensaba debía encontrarse, para saber á punto fijo lo que sucedía: quedóse parado un rato, y en seguida juró y protestó de que no partiría de mi lado, dejándome solo en el estado en que me, hallaba. Interesóme vivamente el cariño que me manifestaba, y le hice comprender que los trabajos de la trocha no podían haber adelantado más de diez kilómetros; el día comenzaba á apuntar, pues aún no disfrutábamos más que de la incierta luz del crepúsculo, así es que podía ir y volver fácilmente para la hora de comer. Partió en vista de esto, y yo quedé confiado, dadas las pruebas de interes que me había manifestado, en que no se haría esperar mucho tiempo; pero mis esperanzas quedaron fallidas; Merced no volvió hasta el día siguiente por la noche, viéndome obligado, por tanta, á preparar mis alimentos y hacer cuanto me era necesario. Jamas en mi vida me habla visto en tales apuros, y no recuerdo haber sido tanto tiempo cocinero. A la caída del sol, cuando la noche comenzaba á extender las tinieblas por todo el ámbito, perdida la esperanza de que volviera, obligado por la gran necesidad que experimentaba, encendía el fuego y manejaba la cacerola y demas chismes. Muchas veces me decía que mayor seguridad debe tenerse en la soledad de aquella inmensa selva, que en las grandes poblaciones donde á cada paso hay un peligro; estaba convencido de qué no podía sufrir ataque ninguno, pues nadie andaba ni tenía para qué andar por aquellos contornos; pero es lo cierto que no me abandonaba cierta inquietud por causas que no sabré explicarme. El menor ruido me desvelaba, ahuyentando de mis párpados el sueño, que por más que hacía me era imposible conciliar despues, tomaba las mayores precauciones, registraba mis armas, cargaba mi fusil y dormía con el rewolver amartillado á la cabecera. A la mañana siguiente ya sabía preparar el café y asar las sardinas como el primero, convenciéndome cada vez más de que la necesidad es una gran maestra.

El día 12 de Marzo, M. Wyse, que había ido al sitio más intrincado del Pirri para reconocer las minas de oro de Cana, envió un correo con objeto de que le suministrásemos noticias de nuestro estado y de nuestros trabajos. Comprendiendo que de la manera que íbamos sería muy poco lo que pudiéramos conseguir, aproveché la ocasion para ponerle al corriente de cuanto sucedía, proponiéndole abandonar la trocha que teníamos comenzada, y de la que tan malos recuerdos había de guardar toda mi vida, y continuar los estudios á nivel del valle del río Chico.

Gracias á la prodigiosa actividad que le era tan propia, y habiendo aprobado las modificaciones que le proponía, emprendió la marcha y el día 15 llegó al punto en que me encontraba acampado. Muchas de las pústulas y llagas que se me habían formado á causa de las picaduras de las garrapatas, se habían cicatrizado; otras estaban en vías de curacion, y mi estado general había mejorado bastante, por lo que me encontraba en disposicion de continuar mis trabajos; así es que, acompañando á M. Wyse, seguí la corriente del río Chico durante tres días, hasta el punto de confluencia del Porcona, donde encontramos á M. Lacharme y sus agregados rendidos por la fatiga, y no habiendo tomado alimento desde hacía veinticuatro horas. Prestámosles los auxilios que tan necesarios les eran, en tanto que nos daban cuenta de los mil incidentes que les ocurrieran desde el momento en que yo me había visto obligado á abandonarlos, pudiendo convencernos, por el sumario relato que nos hiciera, de la actividad y constancia de aquel hombre, así como tambien de la resistencia de los hombres que desde el río Sinu lo habían venido acompañando.

No habían terminado nuestros trabajos, así como tampoco mis sufrimientos y penalidades. Desde el día 15 hasta el 18 de Marzo, todas las operaciones que nos fue necesario practicar tuvimos que efectuarlas dentro del río, llegándonos el agua muchas veces hasta más arriba de la cintura. Mucho temía una recaída que nuevamente me hiciera abandonar los trabajos que tenía emprendidos, y efectivamente no se hizo esperar mucho tiempo: las llagas de las piernas, que aún no estaban cicatrizadas completamente, se volvieron á enconar de nuevo, y me fué necesario separarme de mis amigos y volver á Pinogana.

M. Wyse y M. Lacharme hicieron una nueva trocha, siguiendo casi paralelamente la línea de la cordillera que les dió la altura relativa del Thalweg y de los diversos afluentes del río Chico y del río Tupisa. A este último llegaron el 28 de Marzo, despues de haber cruzado la extensa depresion ocupada por el Taiti á una altura sólo de treinta y un metros y á diez y ocho millas de la ensenada de Gandi, en el Atlántico. Esta corta elevacion parecía prometer un resultado favorable, y desde luégo creyóse estaban vencidas las mayores dificultades que podían ofrecerse; pero la estacion de las lluvias se adelantaba, y áun en aquel año, juzgando por todos los fenómenos que se presentaban, parecían anticiparse, con lo que era de todo punto inútil querer continuar los trabajos, y todavía a más imposible querer abrir una nueva trocha, en la que á cada momento nos habíamos de ver interrumpidos por fuertes avenidas, y más que nada no era prudente siquiera seguir allí, donde tantos accidentes son susceptibles en la estacion que comenzaba. Era necesario resignarse y prescindir por entónces de la exploracion de aquel valle y de la apertura de una trocha que fuera á dar al Océano por encima de la cordillera.

Obrando como hombres prácticos y prudentes, era menester aplazar los trabajos para el otoño próximo, mucho más cuando todo nuestro personal se hallaba en un miserable estado, rendido por tantas fatigas como se habían sufrido, y donde tantos dolores habían causado las ramas de los bosques y los guijarros de los ríos. El mismo M. Lacharme, tan acostumbrado á la vida de las selvas y que siempre nos pareció; como efectivamente era, tan activo y tan enérgico, pedía ya gracia, pues en los últimos días las tareas que había ejecutado le abrumaron como hasta entónces no lo hicieran ninguna de las muchas que en su vida había ejecutado. En todos nosotros se había operado un cambio considerable, y ya ninguno era el de ántes; todos atestiguaban con sólo su presencia lo crudo del trabajo que nos ocupara y las privaciones é incomodidades de que habíamos sido víctimas.

No obstante esto, M. Wyse estaba tan encariñado con aquella exploracion, y era tanto lo que sus resultados le preocupaban, que áun ántes de partir emprendió y llevó á cabo la exploracion del río Turquesa, el tercero de los grandes afluentes que el Chucunaque tiene en la orilla izquierda: despues de estudiarlo detenidamente, encontró el valle mucho ménos favorable que los del Tupisa y del Tiati. Al mismo tiempo, M. Losa, ingeniero del Estado de Panamá, mi amigo y fiel colaborador en muchos de los trabajos que allí realizamos, M. Musso y yo utilizábamos todas las fuerzas de que podíamos disponer para determinar la medicion de los planos y el nivelamiento del Tupisa, hasta el punto en que la trocha se había encontrado con este río, llevando la operacion de tal manera, que las dos líneas vinieran á unirse y á fijar de un modo cierto la altura y la posicion de todos los puntos observados.

El día 11 de Abril se había terminado este trabajo felizmente. Ya se había evacuado á Pinogana, abandonando todas las provisiones inútiles y dejando algunos recuerdos á los amigos de por allá abajo, que tantos y tan buenos servicios nos habían prestado. Todos los muchachos de la aldea tuvieron un cri-cri, y se entusiasmaron mucho, tañéndolo como los pilluelos de París.

anterior | índice | siguiente