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XXVI

 

En la enfermería á causa de las garrapatas, arañas, avispas y hormigas.-Exploracion del río Chico.


A la mañana siguiente, atravesamos el Cubileque, un río pequeño muy agradable, cuya corriente silenciosa se desliza por entre dos bajas orillas, cubiertas en casi toda su extension por bananos silvestres. En aquellos ribazos frescos y deliciosos, donde de tan agradable vista se disfruta, instalamos nuestros campamentos, y en verdad que nunca hubiéramos estado tan bien, nunca nos hubiéramos hallado tan cómodamente, á no estar aún en pleno dominio de las garrapatas. El cuidado que estos insectos repugnantes nos inspiran, nos quita el sueño y el apetito, no dejándonos gusto para nada, y teniéndonos en constante alarma. Por más cuidado que pusimos en mover el suelo, de modo que por todas partes quedara al descubierto la fina arena; por más que el fuego se encendió en distintos puntos, á fin de que se abrasaran ó huyeran, tuvimos que pasar toda la mañana del domingo matando de aquellos repugnantes bichos. Tocóme la desgracia de ser ménos afortunado que mis demas compañeros; en mí se habían encarnizado de una manera cruel y veía con terror que dentro de poco me sería imposible caminar; todo el cuerpo lo tenía cubierto de pústulas, y donde más abundaban era en los piés, causándome ya dolores vivísimos, que se iban haciendo cada vez más insoportables. Grande fué el trabajo que al día siguiente me costó poder llegar al campamento: de media en media hora me veía obligado á detenerme y esperar á que los dolores decrecieran y mis piernas adquirieran alguna elasticidad; era aquel un martirio terrible, del que ni áun siquiera había podido formarme idea, y que creía me haría morir á cada paso. Las etapas de aquella dolorosa marcha que iba haciendo eran de arroyo en arroyo, y mucho hubiera gozado en aquellos deliciosos sitios si hubiera podido disfrutar tranquilo de aquellas recónditas gargantas donde la frescura se sostiene, gracias á la impenetrable bóveda de verdura que sobre ella se extiende; no me hubiera cansado de admirar aquellos estanques que entre roca y roca se formaban, y en los que al traves de sus aguas puras y cristalinas se veían bullir pescados de elegantes formas, rayados de negro y amarillo subido. Por todas partes, entre las ramas, á las orillas de aquéllos riachuelos, los pájaros saltan, llenando el aire con sus melodiosos trinos, y al rededor de las lianas ardientes, tachonadas de flores de distintos colores, zumban á millares los colibríes y los pájaros moscas, luciendo los brillantes matices de su rico plumaje. Cuando me perciben, huyen precipitadamente asustados; pero bien pronto, atraídos sin duda por la curiosidad, vuelven á contemplar este animal nuevo para ellos, y que tan raro les debe parecer: permaneciendo inmóvil, se inclinan sobre mí, para huir al menor movimiento que haga, posándose sobre el pedúnculo que más cerca tengan. Despues de emplear triple tiempo del que en estado normal hubiera necesitado, y sufrir lo que no es decible, pude al fin ganar, casi arrastrándome, las orillas del río Pesca, á seis kilómetros próximamente del Cubileque.

Mi malestar fué creciendo sin interrupcion hasta un punto tal, que el 7 de Marzo me ví obligado á separarme de M. Lacharme, que continuó los trabajos emprendidos en la trocha, acompañado de ocho hombres, en tanto que yo permanecía miserablemente inutilizado sobre la playa, exasperado al verme martirizado en la hamaca por una enfermedad que, á pesar de lo mucho que me molestaba, no podía ménos de parecer ridícula. Al mismo tiempo que el mal físico, que no me permitía reposo alguno, me sentía atormentado moralmente, considerando el recargo de trabajo que m¡ necia enfermedad tenía que imponer necesariamente á M. Lacharme, y sobre todo la decepcion que tenía que sufrir M. Wyse cuando supiera el forzoso abandono de nuestros proyectos de llegar al Atlántico ántes de la estacion de las lluvias.

Como la cosa era de todo punto urgente, despaché con gran premura á Merced, que venía haciendo de mi enfermero, para que fuera á buscar un sitio donde no hubiera garrapatas. Poco despues encontró un magnífico bosque, en el que crecía en abundancia una hierba verde tupida, elástica, en la que á millares pululaban las chinches; más allá, casi en la misma orilla del río, encontró un sitio al parecer conveniente, favorecido por las sombras de los bananos silvestres.

Tan pronto como me lo hubo comunicado, realizamos los breves preparativos que nos eran necesarios, y al caer la noche estábamos instalados en aquel lugar, donde esperaba dejaran de mortificarme los insectos que en tan lamentable estado me habían puesto. Mis temores eran grandes, pues en cada cosa pequeña que veía moverse miraba uno de aquellos sangrientos enemigos, y todas las incomodidades que advertía las atribuía á ellos desde luégo. Todo el mobiliario de mi gabinete de trabajo estaba reducido á una mesa y un banco, puestos bajo un rancho, mi larga hamaca, apénas extendida, me permitía estirarme como en un lecho, y Merced, que era el único que había permanecido á mi lado, tenía su petate y los trastos de cocina. El Tesca se desliza por un ancho cauce lleno de guijarros y de gruesas piedras negras; por aquel punto, su corriente bastante fuerte choca con el borde del ribazo en que nuestro campamento se eleva, quebrándose las aguas en las rocas, y dando lugar á un ruido que me distrae, destruyendo así el silencio monotono, que de otra manera me aburriría.

Como mi padecimiento, aunque con bastante incomodidad, me permite trabajar algunos ratos, yo, con objeto de aprovechar el tiempo y que la dilacion que sufriéramos fuera la menor posible, me entretenía en poner en órden las notas tomadas sobre el campo, y en realizar los cálculos de las operaciones anteriores, así como tambien las de que cada dos días me enviaba M. Lacharme. Segun por entónces me comunicó, las facilidades que en un principio nos habían dado tanto ánimo, haciéndonos suponer que llegaríamos al fin con felicidad y sin grandes obstáculos que vencer, habían desaparecido, internándose en una region tan trabajada y con tantos precipicios cortados á pico, que sus fieles |monterianos, que hasta entónces lo habían hecho todo sin la menor murmuracion, manifestándose dispuestos siempre á todo, comenzaban á quejarse.

En medio de las operaciones á que me hallo entregado, recibo numerosas visitas, unas demasiado agradables, otras sumamente repugnantes: enormes arañas cubiertas de una pelusa gris sucio, moteadas con manchas de color amarillo subido, ó bien negras y de asqueroso aspecto, armadas de mandíbulas venenosas: su picadura es hasta tal punto mortal, que las llaman en el país |mata-tigres; grandes mariposas de alas negras tornasoladas de azul como el cielo, coleópteros rincóforos, en los que es muy frecuente observar una trompa más larga que el cuerpo y que llevan grandes antenas en su extremidad; calandrias de variadas especies; himenópteros de todas clases, colores y tamaños, tales son los huéspedes que á todas horas y en todos momentos vienen á visitarme, turbando mi reposo y distrayéndome de las ocupaciones para que otros me han inutilizado. Algunos de éstos tienen muy mal carácter, mas por fortuna los ataques no son muy numerosos, de lo cual debo manifestarme agradecido. Tan rabiosas y encarnizadas como todos los de que llevo hecha mencion, y tambien tan susceptibles, son unas gordas hormigas, largas como de una pulgada, y que tienen un dardo en el mismo lugar que las abejas. Una picadura de un animal de esta clase en una pierna ó en un brazo, es bastante para que se inflame el miembro herido y se experimente un dolor agudo, que dura muchas veces dos y tres horas.

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