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XXV

 

Continuamos en la gran selva.-Las serpientes.-Los encantadores y | las encantadoras.-Los |oracioncitas.-Las | garrapatas.-."Abominación de la desolacion."-Las cuatro tribus principales.-Las noches horribles.


A juzgar por lo que hemos observado más tarde en el Mamoni y en el Taiti, hemos tenido la fortuna de encontrar por aquí muy pocas serpientes, pues el número que de éstas hemos llegado á ver no ha sido bastante, ni con mucho, para que nuestra atencion se excite. Segun afirman los naturales, estos inmundos reptiles permanecen durante la estacion de la sequía encerrados en los agujeros que les sirven de nido. Por venenosas que sean y por muchos accidentes desgraciados que por efectos de sus picaduras se cuenten, la verdad es que no merecen tenerlas demasiado miedo: cuando están en ayunas huyen precipitadamente al menor ruído que perciben, y despues de una buena comida se hacen tan torpes y caen en un estado de estupor tan grande, que puede desmontarse el terreno en su al rededor, y hasta matarlas sin que hagan ni el más ligero movimiento. El único caso en que se hacen verdaderamente temibles es cuando se las pisa por medio del cuerpo tan fuertemente, que no pueden escabullirse, pues volviéndose entónces sobre sí mismas con extraordinaria rapidez, clavan en la carne sus puntiagudos dientes en forma de lezna, que muchas veces tienen más de una pulgada de longitud, destilando al propio tiempo un veneno cuyos efectos suelen ser tan rápidos, que matan instantáneamente, aunque por lo comun no sobreviene la muerte sinó despues de dos ó tres días de crueles dolores y sufrimientos atroces. La picadura de uno de estos horribles reptiles es siempre advertida por el violento dolor que causan sus dientes al introducirse en la carne; poco despues sobreviene una fiebre, que en el momento llega á su período álgido, los miembros todos se entumecen, aparecen en el cuerpo unas manchas negruzcas, y por último se declara la gangrena, que ganando terreno incesantemente y sin que nada sea bastante á detenerla, hace espirar á los desgraciados en medio de los más crueles padecimientos.

Cada pueblo tiene sus encantadores y encantadoras, que pretenden curar las mordeduras de las serpientes, gracias á la virtud que han heredado ó adquirido por medios maravillosos. M. de Lacharme tenía tambien su panacea, de que prometía seguros resultados, y cuyo principal ingrediente era el sulfato de quinina. Los cautcheros preconizan las excelencias de un sin número de antídotos, de los que cuentan portentos y maravillas; pero es lo cierto que apénas si recurren á otro remedio, cuando tienen conocimiento de una picadura, que á la |oracioncita á San José. No vaya á creerse que porque estas oraciones se reciten siempre con el mismo fin y vayan diri­gidas al mismo santo, tienen todas la misma virtud: la mejor y más recomendada, que son muy pocos los que tienen la dicha de poseer, procede del antiguo monasterio de Guatemala, que ha proporcionado tambien otras súplicas y oraciones de esta clase, á las que para dar crédito se necesita toda la buena fe, toda la ignorancia de aquellas infelices gentes, que creen que unas cuantas palabras recitadas con más ó ménos fe, dichas con éste ó el otro órden, pueden curar un envenenamiento de la sangre causado por la picadura de un reptil. Y no es sólo esto, sinó que tienen, como hemos dicho, oraciones que curan las fiebres, por de mal carácter que sean y por mucho tiempo que haga que el enfermo las venga padeciendo, otras para evitar los naufragios, y otras para el mejor resultado de la más difícil de las funciones que la mujer cumple. Para emplear estas oraciones como medio de curacion, no es necesario recitarlas ni saberlas de memoria, sinó que es bastante llevar encima el papel en que están escritas. Inútil es de todo punto que con cualquiera de aquellos individuos os pongáis á discutir acerca de la imposibilidad de una curacion conseguida por este medio; nada importa que hagáis presente las razones por qué el veneno tiene que ser combatido por medio de reactivos enérgicos y poderosos que obren sobre la circulacion en general: ellos os presentarán casos y casos en los que la |oracioncita ha sido bastante, y no consideran nunca que la muerte ó los mayores padecimientos se han evitado, ó porque la picadura no procedía de uno de aquellos tan temidos reptiles, ó porque si lo fué no lo hizo en condiciones para que el veneno pudiera extenderse por la sangre.

Más temidas que los aligatores y caimanes, que los tigres y serpientes ; más terribles que los mosquitos (y es cuanto podemos decir), son las garrapatas, que constituyen el más grande de los azotes de los exploradores. La irritacion causada por las picaduras de aquellas arácnides, y el heroico remedio empleado para alejarlas ó matarlas si es posible, se hace bien pronto intolerable, pues á los pocos días el cuerpo se cubre completamente de llagas. Hasta entonces sólo habíamos visto muy pocas, todo lo más una docena, esparcidas por acá y por allá, á las que sus obras hacían traicion en seguida; perseguidas inmediatamente, tan pronto como teníamos la fortuna de apoderarnos de ellas, eran condenadas á muerte y ejecutadas incontinenti. Aplastadas como las chinches, tienen las ocho patas que poseen armadas de pinchos tan fuertes, que muchas veces, al arrancarse una, se viene detras un pedazo de la piel. Las trompas chupadoras quedan en la carne, donde se forma una pequeña ulceracion, que tarda en cicatrizarse más de una semana. En la selva del Aputi abundaban tanto, que á poco que nos detuviéramos en sus brozas, que parecen ser por las que más predileccion tienen, nuestro pantalon blanco tomaba un tinte oscuro, á causa de las cerradas bandas que venían á posarse sobre él. No puede decirse que haya punto alguno en el cuerpo humano en el que dejen de picar; pero, cómodas por naturaleza, prefieren las partes más tiernas, así es que siempre causan más daños en los dedos de los piés y en los pliegues que naturalmente se forman en las piernas.

Garrapatas.

Hemos tenido el placer de conocer á cuatro de sus principales tribus. Los |panchas ó |barberos sangradores, grandes como la uña del dedo pequeño, son las peores, y las que más considerable daño causan; pero su tamaño da lugar á que sean más pronto víctimas de la persecucion que se les hace, aunque la atencion que en ello se ponga sea menor. Los |paleros de color pardo son los más comunes; los |curcus son casi microscópicos; cuando su dardo envenenado ha hecho que de la carne surjan rojas vegetaciones, en el punto más culminante de ellas se advierte, fijándose mucho, un casi imperceptible punto negro, que no es otra cosa que el dicho arácnide. Los |coloradillos, igualmente diminutos, son de color rojo: cuando permanecen inmóviles, apenas si se les puede distinguir, como no sea en un sitio en el que la piel sea completamente blanca; pero por desgracia para ellos, y por fortuna para los que tienen necesidad de internarse en sus dominios, son unos animalillos muy inquietos, y en el momento que aquel punto encarnado se mueve, se le advierte en seguida: basta pasar el dedo por encima para poner término á sus peregrinaciones. Sus congéneres citados anteriormente exigen más largo suplicio, pues hay necesidad de apretarlos fuertemente entre los dorsos de las uñas de los dedos gruesos, y áun muchas veces hay que repetir la operacion dos ó tres veces.

Es en medio de todo una fortuna el que no en todas aquellas comarcas abunden los arácnidos de que nos acabarnos de ocupar, pues unida esta plaga á las muchas que hubimos de sufrir durante nuestra expedicion, no ya el trabajo, pero hasta la vida, se haría imposible. El cuidado que hay que desplegar es extremo, pues de lo contrario, en el más insignificante descuido que se tenga, puede uno muy fácilmente ser víctima de un buen número de accidentes causados por los insectos que en todas partes pululan, y que pondrían en grave riesgo la vida.

Despues de doce horas de un trabajo incesante, causado por las duras fatigas que durante todo el día se vienen experimentando, se tiende uno en la hamaca ansioso de hallar algun reposo: de antemano se ha prometido uno hacerse fuerte, y desde luégo se arma contra el sufrimiento; pero al poco rato comienzan las carnes á escocer, é involuntariamente se da salida al mal humor levantando en el aire los puños crispados y prorumpiendo en algunas imprecaciones que no son tanto hijas de lo que se sufre, sinó de lo que se espera sufrir. Llega un momento en que, sin poderlo remediar, se lleva uno la mano á cualquier parte del cuerpo más excitada que las demas: á partir de esto todo se ha perdido; el escozor aumenta y sigue creciendo cada vez más, hasta que sin poderlo resistir se rasca uno, y se rasca hasta hacerse sangre. El único medio para obtener un poco de calma y poderlo pasar regular, es frotarse el cuerpo con alcohol fuerte, en el que se haya hecho macerar tabaco: los hombres que nos acompañan tienen un medio más sencillo: como quiera que durante todo el día no dejan de beber, se escupen en la mano y se frotan el cuerpo á renglon seguido, con lo que obtienen una considerable ventaja del vicio que los domina.

Por la noche, en el campo, cualquier observador desinteresado no podría ménos de reirse viendo los ejercicios que practicamos para dar caza á las garrapatas. Allí blancos y negros, lo más ligeros de ropa que puede darse, se prestan los unos á los otros mutuos servicios fraternalmente. Para matar aquellos malditos insectos, nuestros acompañantes no andan con preparativos ni cuidados de ninguna clase, sinó que inmediatamente que logran desprenderlos los crujen entre los dientes.

El suplicio terrible de las garrapatas no se hizo intolerable sinó una semana despues de habernos internado en el cauce del río Chico, afluente del Chucunaque. Nadie puede formarse una idea, ni áun siquiera aproximada, de las hordas que nos asaltaron cierta vez en que todavía poco prácticos de los peligros que podíamos correr, acampamos en el cauce de un arroyuelo, seco por los fuertes calores del estío, y donde sólo quedaban cortas cantidades de agua en los agujeros de algunas rocas. Alimentadas allí por aquella corta humedad, bullendo entre el polvo y las hojas secas, que tanto abundan, no nos cuidamos de tomar precauciones, y nos sentamos tranquilamente á comer: aún no habían pasado muchos minutos, cuando sentimos que nuestras carnes ardían, el escozor era tan violento, que nos hacíamos pedazos, hasta que advertidos por uno de nuestros acompañantes, investigamos las causas y nos hallamos materialmente cubiertos de aquellos terribles arácnidos, que para que nos abandonaran nos fué necesario emplear el remedio que ántes hemos indicado, con el que ciertamente nos vimos libres, pero sentimos que aumentaban nuestros dolores.

El día 28 me encontraba á unas diez horas más atras de M. Lacharme, que había llegado á una cresta tan elevada, que desde ella se podía abarcar con un golpe de vista todo el país.

Limpió toda aquella colina, esto es, mandó qui­tar las lianas y ramas que hacían imposible el paso, de modo que cuando me uní á él, pude tomar los datos que me eran de todo punto necesarios: á lo lejos, delante de nosotros, se extendía la azulada línea que forman las cordilleras; un poco más cerca se notaba, llegando hasta las montañas, una depresion profunda que sigue una orientacion casi idéntica á la que nosotros seguimos: á unos diez kilómetros del punto en que nos hallamos, dos contrafuertes que obstruyen la extension que venimos siguiendo, dejan entre ellos una cañada bastante baja, por lo que inmediatamente modificamos nuestro plan, á fin de poder aprovechar lo más pronto posible aquel paso, cuyo descubrimiento nos inspiró ánimo.

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