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INDICE
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Remontamos el Tuyra por derecho, sin encontrar obstáculo que nos
causara trabajo ni fatiga, llegando hacia las tres de la tarde al
punto de confluencia con el Aputi, lugar señalado para el comienzo
de la Trocha, estableciéndose en seguida el campamento cerca de una
choza levantada sobre una meseta que domina el río. Dos trípodes,
formados con estacas amarradas con cuerdas hechas de lianas,
sostienen una larga percha, á que suspendimos nuestras hamacas. Los
hombres que nos acompañaban extendieron sus esteras y cobertores en
el suelo.
Cerca de nuestro vivac se levantan dos
|quippos gigantes,
cuya altura no bajará de cincuenta metros por lo ménos, teniendo
más de tres de diámetro. En este punto, tan bien determinado y que
no podía tener pérdida, plantamos nuestro primer palo, señalando en
seguida su lado y su posicion con respecto al establecido más cerca
del Tuyra, relacionando de este modo nuestros trabajos con los de
M. Celler y las brigadas de ingenieros.
Desde el 20 de Febrero comenzamos los rudos trabajos necesarios
para abrir la dificultuosa trocha que nos hacía falta. Una vez
realizada la alineacion, José, marchando delante y formando con el
machete un rápido molinete á derecha é izquierda, derribaba con sin
igual facilidad lianas, arbustos y ramas de árboles, siempre
descargando el machetazo en el más alto punto á que podía llegar.
Allí pudimos admirar la fuerza y agilidad de aquella especie de
gigante, que sin manifestar la menor fatiga, ni áun despues de
llevar algun rato de tan violento ejercicio, no necesitaba más que
el primer golpe para conseguir separar las más gruesas lianas ó
desgajar las ramas que inclinándose demasiado nos cerraban el paso.
De vez en cuando, no olvidando las prevenciones que le teníamos
hechas, volvía la cabeza atras para asegurarse de que seguía la
línea recta de antemano trazada. Cuatro ó cinco pasos más atras
seguían Antonio e Hipólito, haciendo practicable aquel camino que
el primero abría y separando los troncos que por demasiado,
gruesos, ó por caer juntos y amontonarse con otros, lo
interceptaban; otro posterior á éstos, y armado de un hacha,
atacaba á los árboles de cortas proporciones, derribándolos y
ensando la vía; otro cortaba los
|chuzos más peligrosos (que
así llaman los naturales á los extremos puntiagudos que quedan
despues que ha pasado cortando el machetero). Como éste no da sinó
golpes casi verticales, los chuzos, cortados á modo de pico de
silbato, son excesivamente puntiagudos: las heridas que se hacen,
si uno tiene la desgracia de caer contra ellos, son excesivamente
graves, con frecuencia mortales, y no son pocos los que ya han
muerto en el acto, atravesados de parte á parte.
Esta conveniente distribucion del trabajo nos permitió desde
luégo apreciar sus resultados, viendo cómo insensiblemente se abría
ante nosotros una vía, si no cómoda, suficiente al ménos para lo
que nosotros necesitábamos, por en medio de aquel laberinto de
lianas, troncos y ramas que, mezclándose y confundiéndose todo,
hacía imposible el paso sin graves dificultades y considerables
trabajos. Otros hombres cualesquiera hubieran necesitado, para la
mitad de lo que en el primer día hicimos, doble tiempo; pero
aquellos atletas vigorosos estaban acostumbrados á tan rudas
faenas, y viéndolos trabajar abrigamos la esperanza de que no
habíamos de tropezar con ninguna dificultad que fuera
insuperable.
Ademas, M. Lacharme va acompañado de dos cautcheros, uno cuyo
oficio es sostener la mira, y otro que carga con los instrumentos.
Cuando aquel túnel, abierto de la manera que hemos indicado en el
inextricable laberinto que forma el revuelto sub-bosque de la selva
virgen, llega á cualquiera de los fondos de las muchas cañadas, á
la cima de una colina ó á una elevacion de terreno, cosa que no es
necesario andar mucho para que así suceda, interrumpiendo la línea
de observacion, se planta una mira, y mi colega mide el terreno
ayudado de su larga cinta.
En tanto, yo, seguido de dos hombres que llevan el nivel de
Egault y la mira, sigo al primer grupo, determinando en los puntos
convenientes la altura y efectuando el nivelamiento con la mayor
precision posible. Por lo demas, sigo el mismo paso que los que se
ocupan en abrir la trocha; pero al tercer día, el terreno que hasta
entónces, si bien no completamente llano, no había presentado
grandes dificultades, comenzó á accidentarse, viéndonos obligados á
seguir la vía por una no interrumpida serie de crestas y pequeñas
colinas de pendientes muy rápidas; de tal suerte, que entre dos
palos me era necesario hacer hasta diez paradas, tomando otras
tantas nivelaciones; todo lo cual, como es fácil comprender, nos
consumía un tiempo precioso, haciendo sumamente pesada la
operacion.
Al cabo de una semana, M. de Lacharme me había adelantado un
espacio igual casi á una jornada de trocha, pues segun cálculo,
pudimos apreciar que (estimando las mayores ó menores dificultades
que á los trabajos presentaban las plantas con que tropezábamos) se
hacían cada día de ochocientos á dos mil metros, término medio
comprobado en los que de trabajo llevábamos. Las que por presentar
mayores inconvenientes nos hacían retardar más, eran los bambúes,
las lianas y las pitas, ó sean los bananos silvestres. Ménos mal
las dos primeras, en las que bastaba sólo emplear mayor tiempo,
pero no así la tercera, cuyas hojas largas y fibrosas y cuyas
espinas agudas y venenosas formaban una casi inexpugnable
barricada, resistiendo tanto á los golpes de machete, que era
menester en el mayor número de los casos inclinarse y arrancarlas á
flor de tierra.
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M. Lacharme en la trocha.
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La distribucion que del día habíamos hecho era la siguiente; por
la mañana á las ocho, nuestros hombres comenzaban el trabajo,
ocupándose, los que no tenían tarea señalada en la trocha, en
acarrear víveres; por la tarde, á las cinco, se ocupaban en
preparar el lugar donde habían de pasar la noche, escogiéndose para
esto el borde de una cañada, donde, gracias á la sombra protectora
de algunos árboles, el sol no hubiera corrompido del todo el agua;
por desgracia, un lecho espeso de hojas muertas y ramas caídas que
comenzaban á descomponerse, formaba muy frecuentemente una bebida
tan repugnante al gusto y al olfato, que preferíamos mejor volver
al vivac en que habíamos pasado la noche anterior. Una vez escogido
el lugar que para el caso parecía mejor, era de ver la presteza y
agilidad con que lo limpiaban y preparaban. A grandes machetazos,
uno de nuestros hombres levanta la primera capa del suelo, en tanto
que con la otra mano, armada de un palo á guisa de rastrillo, echa
fuera la tierra, las hojas y las hierbas, ó pega fuego para que se
consuman, consiguiendo así el objeto con más prontitud y mayor
facilidad, al propio que esto servía tambien para que en toda la
superficie que nos ha de servir de campamento no quede algun bicho
perjudicial de los muchos que allí abundan, que, aprovechándose de
nuestro sueño, nos causara un grave ya que no irremediable mal.
Terminado esto, se registra escrupulosamente todo el terreno para
llegar al convencimiento de que no hay ningun nido de las grandes
hormigas negras que por allí se crían, si lo hay, se enciende la
hoguera en el punto mismo del agujero de salida. Una vez terminada
esta operacion, se cuelgan nuestras hamacas, y los hombres que nos
acompañan se forman un lecho con hojas de banano silvestre, sobre
las que tienden una estera, y la habitacion queda terminada en las
mejores condiciones, dada la escasez de medios de que se pueden
disponer. La comida se dispone tambien con la misma rapidez; en
treinta minutos se cuece y se prepara el arroz y el tasajo para la
cena, y el almuerzo del día siguiente; así es que una hora despues
de haber dejado de trabajar en la trocha podemos retirarnos á
nuestros nidos, que así podemos llamarlos, y dormirnos á los sones
de la sinfonía nocturna que se percibe en la extensa selva. A la
paz profunda del día, que apenas es turbada por el ligero trino de
algun pájaro que se agita en las ramas, ó por el reído de algun
reptil que entre las hojas se arrastra, sucede la brillante
expansion de la vida, á la que vuelven todos los séres que en el
bosque viven, reanimados por la fresca brisa que con el crepúsculo
viene. Por todos lados suena incesantemente un ruido semejante al
de un arco metálico producido por el canto de los mil insectos que
se agitan, formando chirridos y sones discordantes que hieren los
oídos con dureza, y comparados con los cuales las cigarras de
nuestros campos son unas cantoras admirables; los roncos gemidos,
que esto y no otra cosa parecen los cantos de las pavas, se unen á
las modulaciones extrañas de los corcovados y al charlateo
incesante de los loros y cotorras. Cuando la noche cierra, los
gritos de las urracas, los rugidos de las fieras salvajes, hacen
callar aquellas manifestaciones de simpática alegría, y poco tiempo
despues son acallados por los alaridos de los monos chillones, que
sin darse punto de reposo saltan de acá para allá, sin permanecer
quietos en lado alguno. De cuando en cuando, un crujido espantoso,
seguido de un ruido sordo que se asemeja á un prolongado trueno,
viene á imponer silencio á todos; cualquiera, al escucharlo, siente
el más grande terror pensando en los temblores de tierra y en las
profundas grietas que pueden abrirse en su superficie; pero nada
más léjos de esto: tan extraño ruido se percibe en el bosque con
bastante frecuencia, pues es causado por cualquiera de aquellos
gigantes árboles que se desgajan, y cuyas ramas, chocando con las
de los que al rededor tienen, crujen al ser arrastradas en la
caida. Si investigáis la causa que ha motivado la ruina de aquel
coloso cargado de años, no hallaréis otra que el peso enorme con
que los parásitos lo han cargado; los parásitos, que despues de
haberlo apretado, estrangulado, dándole garrote como pena de
muerte, las lianas, adheridas ya á nuevas víctimas, se sirven de él
como punto de apoyo para acabar de agotarlo. Por esta razon, uno de
los cuidados que hay que tener en primer término al hacer la
eleccion de un lugar donde establecer un campamento, es ver que no
haya de estos viejos árboles, que á cada momento pueden desplomarse
y aplastarnos en su caida. Si no se descubren algunos claros, es
necesario procurar un plantío donde los árboles tengan pocos años,
y cuando durante muchos días se ha de permanecer acampados en el
mismo sitio, hay la costumbre de desmontar todo el circuito del
campamento, y áun así, no puede uno darse por seguro si salta
alguna fuerte racha de viento ó descarga alguna impetuosa nube que
se resuelve en agua, formando lo que se llama allí un chubasco;
entónces grandes y negras nubes oscurecen la luz del día, vertiendo
sobre la tierra verdaderas cataratas. Las ráfagas arquean,
violentamente las ramas de los árboles, quebrando las unas contra
las otras, y por todas partes se escuchan crujidos alarmantes que
aterran, pues no parece otra cosa sinó que aquella inmensa bóveda
de verdura, cuya armazon la forman gruesos troncos, va á desgajarse
por completo. La tormenta arranca y hace volar gruesas ramas, que
despues caen con estrépito contra el suelo, el cual bien pronto se
cubre de trozos de árboles y hojas, y al lívido reflejo de los
relámpagos, que se suceden casi sin interrupcion, vemos á todos los
hombres que nos acompañan hincados de rodillas, recitando el mea
culpa y el in manus, é implorando con religioso fervor á San
Antonio y á la Santísima Virgen.
En cuanto á caza, la selva nos ofrece muy pocos recursos: sólo
de vez en cuando José se separa un poco de nosotros para ir á
sorprender en su nido alguna pareja de pavos que han revelado su
presencia por su especial cloqueo, parecido á los suspiros ó al
sonido que causan algunos roedores cuando respiran; por lo damas,
en aquellos extensos bosques no encontramos ni jabalíes, ni
ciervos, ni gazapos, así como tampoco pecaris, á pesar de lo mucho
que en el Darien abundan estos animales. Estos paquidermos viven en
rebaños inmensos, y es tan grande la solidaridad que entre ellos
tienen establecida, que cuando un tigre ó un hombre ha herido á
cualquiera de ellos, está irremisiblemente perdido si no gana en
seguida un árbol en el que subirse, y en el cual habrá de sufrir un
sitio de varias horas. Cuando cualquiera de estas voraces bandas ha
pasado por un punto de la selva, puede uno establecer allí su
campamento con toda seguridad, sin temor á las serpientes, porque
los cuadrúpedos, los reptiles, los insectos y todo lo que halla, es
bueno para aquellos hambrientos, que nada respetan ni en nada se
paran.
En el segundo día de nuestro viaje, tuve la fortuna de ver una
familia de pequeños pumas negros (felis nigra?) que atravesaban la
trocha á distancia de unos diez metros del punto en que nosotros
nos encontramos. Estos animales tienen poco más ó ménos las
dimensiones de una pantera, y por lo que pude observar, paréceme
que sus formas participan á la vez de las de la raza canina y de
las de la raza felina; tienen el pelo negro, brillante, la cola
larga y poblada, y los movimientos airosos y elegantes. La madre y
los pequeñuelos pasaron sin detenerse y se perdieron inmediatamente
en el bosque; el macho se sentó tranquilamente y me consideró con
bastante detencion durante algunos segundos. Grité á uno de
nuestros hombres para que me pasara un fusil, pero mis voces le
hicieron huir. Segun afirman, los pumas negros son muy raros, y en
todo el tiempo que nuestra expedicion ha durado, el único que los
ha visto he sido yo.
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