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INDICE
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Hacia el Sur se ve brillar la gran Ciénaga ó laguna de Perancho,
y sólo algunos grupos de árboles contribuyen á que no sea absoluta
la monotonía de aquel lugar. Por más que atentamente se mire, en
aquel vasto océano de hierbas no se advierte ni la más ligera, ni
la más insignificante ondulacion. La vista se pierde allí, sin que
nada la distraiga; todo parece igual, nada se mueve, y poco á poco
se siente que la melancolía invade el alma.
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Pisisi.
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En las hendiduras de la Loma Vieja el río, que se había
ensanchado de nuevo, vuelve á obstruirse, y bien pronto aquella
inmensa selva flotante, que constituye casi en totalidad su
superficie, se cierra más espesa cada vez, presentando acá y allá,
entre sus hojas de color verde oscuro, algunas brillantes flores.
Durante más de media hora tuvimos que permanecer parados en el
|tapon; en este sitio las hierbas llegan á tener hasta cuatro
piés de altura; su peso enorme está sostenido por una multitud de
finas raíces como cabellos, entre cuyas fibras se amontonan el
cieno y los detritus de toda especie, siempre constituyendo
obstáculos á la continuacion de nuestro molesto viaje.
Inmediatamente vemos extenderse ante nosotros una faja de color
amarillento, limitada á uno y otro lado por palmeras de mayor ó
menor altura, pero que la siguen con un órden y simetría que
cualquiera podría decir que habían sido plantadas por la mano del
hombre. Esto, que suele causar gran extrañeza, puede observarse con
facilidad en aquellos bosques gigantes, al internarse en los cuales
se puede observar por muchas partes que los árboles formados en
líneas directas constituyen, digámoslo así, regulares paseos, que
nadie se cuidó de alinear, sinó que es única y exclusivamente obra
de la Naturaleza. Aquellas filas de palmeras de que dejamos hecha
mencion limitan la corriente del Atrato, que es la que tenemos
delante. Río de proporciones considerables, más abajo del punto en
que recibe la corriente del Caquirri, su anchura se extiende á más
de seiscientos metros de una orilla á otra. Sobre esta considerable
sabana, el viento del Norte levanta olas, cuyas crestas se rompen y
blanquean acá y allá las aguas fangosas que se estancan en la
orilla.
Pero hé aquí que nuestra piragua se llena; los hombres que nos
conducen se niegan á avanzar más, y nuestro malestar llega á su
límite en medio de aquel vasto desierto de agua donde nos es
imposible realizar movimiento alguno, y del que al mismo tiempo nos
es necesario salir cuanto ántes.
Cuando mayor era nuestra desesperacion al vernos reducidos á la
impotencia, pues nuestras fuerzas habían decrecido de un modo que
ya no podíamos contar con ellas; cuando la esperanza nos comenzaba
á abandonar, cosa que hasta entónces no nos había sucedido, á pesar
de los mil riesgos y peripecias por que habíamos atravesado en
aquella expedicion, en la que nunca las satisfacciones podían
compensar las penalidades, tuvimos la fortuna de distinguir, un
poco más abajo del lugar en que en tan malas condiciones nos
encontrábamos, una embarcacion tripulada por unos pescadores que se
hallaban en acecho para pescar
|sábalos, que son grandes
pescados de más de un metro de largo, y muy sabrosos. Todos los que
en aquellos contornos viven, los apetecen por sus buenas
condiciones, y por esta razon no son pocos los que se dedican á su
pesca, seguros de obtener resultados lucrativos. La dificultad que
presenta el hacerse de ellos, depende, más que nada, de los escasos
medios de que aquellos indígenas disponen, pues por abundantes y
por considerables que sean, toda la práctica adquirida en muchos
años no puede ser bastante á que la pesca sea nunca de
consideracion; mucho más cuando, contínuamente hostigados aquellos
peces, buscan siempre los puntos más profundos, zabulléndose
inmediatamente al menor bulto que perciben, si van á flor de
agua.
Uno de aquellos hombres, á los que al fin, despues de mucho
sufrir, nos pudimos aproximar, manifestónos ser el patron de una
|barquetoña grande, que por fortuna se encaminaba á Pisisi,
del otro lado del golfo de Uraba. No podremos expresar nunca la
inmensa alegría que experimentamos: entónces nuestra alma se
dilató y sentimos que renacían nuestras fuerzas: nunca pudimos
esperar tamaña fortuna, que aún la consideramos mayor cuando por un
corto estipendio se convino en que nos llevaría al punto de su
destino. Al fin íbamos á reponernos de las fatigas que sin cesar
veníamos sufriendo, y esto en los momentos en que, por todo lo que
á nuestra vista se presentaba, no teníamos motivos para suponer
otra cosa sinó que irían en aumento; íbamos á perder de vista la
frágil piragua, en la que nunca nos pudimos considerar seguros,
cuyo poco fondo nos obligaba á ir sentados a la turca, con las
piernas cruzadas, lo cual nos causaba dolores é incomodidades á las
que no nos podíamos acostumbrar, en la que jamas podíamos
recostarnos, sinó que noche y día habíamos de ir completamente
derechos, y en la que siempre habíamos de procurar que los pesos
estuvieran perfectamente equilibrados, pues la menor desigualdad
podía ser causa de que, cuando menos lo pensáramos, nos viéramos en
el fondo del río cubiertos por aquella cáscara de nuez, pues no
podemos dar otro nombre á la embarcacion en que nos habíamos
aventurado, en la que tanto tiempo habíamos perdido á causa de la
lentitud con que teníamos que caminar, sin poder hacer uso de los
remos, y en que algunas veces la brisa era más fuerte que la
corriente, como nos sucedió en el medio día que perdimos en la
horquilla de la selva.
El río, cuyo ancho es uniforme en todos sus puntos, no deja de
ser profundo en ninguna parte. Sin embargo, nuestra
|barquetoña, en la que tan cómodamente vamos, roza muchas
veces con las hierbas y raíces; bien es verdad que éstas crecen en
tal profusion, que lo mismo sucedería aunque tuviera mucho ménos
fondo. Cuando caminábamos por el Caquirri, las orillas, por
distantes que estuvieran, se distinguían alguna vez que otra; pero
aquí nunca llegamos á alcanzarla con la vista. ¿Sucedería esto á
causa de la inmensidad del río? Lo único que podemos decir es que
los árboles que las limitan presentan un aspecto raquítico y
mezquino, y que por algunos sitios asemejan empalizadas pintadas de
color de escarlata: tal es la abundancia de frutos de este color de
que se hallan cargados.
En la estacion en que nos hallamos, las aguas son escasas y
tienen por aquí poca profundidad; mas á pesar de esto, no hay ni la
más pequeña extension de terreno que sobresalga de la superficie
del pantano inundado: para encontrar terreno seco y firme sería
necesario caminar muchas leguas al Oeste para encontrar las
primeras estribaciones de las cordilleras; por el Norte y por el
Oeste se extiende una region ambigua, ni mar ni tierra, que se
prolonga hasta el golfo de Uraba. Los únicos habitantes de aquella
selva palúdica, donde la vida sería imposible para los hombres, son
los monos. Sin duda estos animales, por su constitucion especial ó
por lo habituados que se hallan, no experimentan los malos efectos
que son naturales casi irremisiblemente por los miasmas que se
desprenden y que vician la atmósfera. No cabe dudar que,
cualesquiera que fueran las obras que tuvieran que emprenderse
allí, los trabajadores á quienes tocara aquella demarcacion, que se
extiende á algunos centenares de kilómetros, tendrían que sufrir
más que sufrieron los que realizaron trabajos en el peor de los
trozos del ferro-carril interoceánico que pone en comunicacion
Colon con Panamá; pues allí, sobre peores condiciones higiénicas,
dado que todas las tareas tendrían que realizarse inmergidos en las
cenagosas aguas, se tropezaría con los terribles peligros que
constituyen los mil insectos que abundan por todas partes, y los
caimanes, que en ninguna faltan, y al propio tiempo lo difícil que
sería el abastecimiento de víveres y la conduccion de
materiales.
No obstante, como decimos, los monos se encuentran perfectamente
bien, y cada una de las numerosas bandas que constituyen tiene su
acantonamiento especial y sus caminos hechos; todas las noches
vienen á dormir sobre los mismos árboles y tolas mañanas descienden
por otro, que es tambien el mismo, siempre para dirigirse á sus
abrevaderos. La vista de aquellos ejercicios de volatinería nos
hace comprender que el camino que les sirve para ir no puede
servirles para venir: se dejan caer desde una gran altura sobre
ramas delgadas y flexibles, sobre lechos formados por lianas secas
que se amontonan al caer por su propio peso, y que les sirve para
amortiguar el golpe que reciben al caer, pues de otro modo les
sería sumamente peligroso. Marchan en fila los unos inmediatamente
despues de los otros, ayudándose de la cola prensil, que les sirve
para balancearse y hacer menor la rapidez del descenso, ó para
adquirir violencia y hacer que el salto sea mucho mayor y alcanzar
la rama que creen necesaria. Saltan cuidadosamente, pisando casi
los talones del que hace de jefe de la banda, y formando una
caprichosa cadena cuyos movimientos, giros y circunvalaciones hacen
necesariamente reir.
El Atrato no tiene en manera alguna la longiud del Sena, y no
obstante arrastra en su corriente una cantidad de agua diez veces
mayor, como tuvimos ocasion de observar.
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