INDICE




Despues de tantas dilaciones como contra nuestra voluntad habíamos sufrido, y de los muchos inconvenientes que habíamos tenido que vencer, logramos disponerlo todo, y emprendimos la marcha el día 22 de Enero. Todo el material, todos los útiles y los víveres tenía que ser conducido por hombres; así es que nos vimos obligados á llevar sólo lo que nos era, más necesario, lo bastante para no morir de hambre, y lo justo para no dormir sobre el fango en las noches que teníamos que pasar aún en tierras que tan pocas comodidades presentan, y tantos peligros ofrecían. La reducida caravana la formaban sólo seis personas, de las que dos únicamente, M. Wyse y yo, éramos blancos: los otros cuatro eran, el Mono, el hijo del cacique que nos acompañaba en calidad de guía; Evaristo, que ordinariamente desempeñaba el papel de patron, y que era á la vez el hombre de confianza de nuestro jefe, y además dos cautcheros de Pinogana mestizos de negra é indio: los cruzamientos paralelos entre estas dos razas son muy raros, ó mejor dicho, no se da ninguno, por efecto del profundo desprecio que las indias tienen por los guacas, que es como allí llaman á los negros. Para las seis personas que nos reuníamos, habíamos reducido todo nuestro equipaje, incluyendo los alimentos y los instrumentos de absoluta necesidad á un peso de ciento veinte libras. Evaristo puede afirmarse que cargó con más de la mitad: en cuanto á Mono, no quiso comprome­ter su dignidad de hijo del más principal de los jefes de su tribu; sin duda se hubiera considerado deshonrado si cargaba como cualquier otro, y se limitó, por tanto, á llevar un fusil y un instrumento.

El sendero abierto por los salvajes, y al que enfáticamente dan el nombre pomposo de «camino real» que conduce desde Paya al embalsadero de Cucarica ó Caquirri, es decir, hasta el punto en el que este río se hace navegable para una piragua, cruza la línea de separacion de las cordilleras por, una garganta más elevada que la de Tihulé; pero el camino en toda su extension presenta ménos dificultades, por que en el Tihulé se va á desembocar sobre una cascada del río Nabulquia, que no tendrá ménos de treinta metros de altura: en tal punto no es posible descender sinó agarrándose á las lianas y descolgándose poco á poco por las raíces de los árboles que allí crecen, las que no dejan de ser muy falsos escalones, despues de lo cual hay que llegar hasta el lecho mismo del río, donde nunca á un hombre de regular estatura deja de llegarle el agua hasta el pecho. Hasta el sitio mismo en que se da la completa separacion de las dos vertientes, no hay más remedio que seguir por un terreno donde incesantemente se encuentran alturas materialmente cortadas á pico. Desde lo alto de una loma, cuya cima ha mandado desmontar M. Wyse, con objeto de poder reconocer mejor la comarca, gozamos de un admirable golpe de vista, abarcando las grandes cordilleras, cuyas majestuosas cúspides se levantan por encima de la estrecha garganta de Tihulé. A partir de la línea de separacion, avanzamos descendiendo por una cuesta suave hasta el río Tulegua, y gracias al viento del Norte, que pasa por el Atlántico, la temperatura es sumamente agradable.

En esta parte el terreno es mucho más húmedo que en la otra, la vegetacion se presenta más esplendente, y mil especies vegetales cubren casi totalmente el suelo: allí crecen tambien los quippos gigantescos que no habíamos vuelto á ver desde que abandonamos las márgenes del Tuyra, y no dejó de llamarnos la atencion la extension que adquieren en su base, cosa que nunca habíamos observado en aquéllos que se levantan completamente rectos y cilíndricos. Hacia el mediodía llegamos al fin al rio Tulegua, por el que nos fué necesario chapaletear unas dos horas, pues aquel pequeño río corre sobre grandes planicies que se ha formado en las rocas, y las que son sumamente resbaladizas: en la época de las grandes avenidas, la corriente ha amontonado acá y allá tal cantidad de guijarros, que en modo alguno guardan proporcion con la importancia del río. Por último, serían las cinco de la tarde cuando, al volver una curva, pudimos divisar el Caquirri hirviendo en olas de agitada espuma, al descender un rápido, é hicimos alto en un rancho abandonado.

Bajada por el Caquirri.

A la mañana siguiente comenzamos á descender el Caquirri en una piragua: el río, por el punto en que saltamos, tendrá un ancho de treinta metros, y nunca hasta entónces había visto orillas más pintorescas, pues en ella puede comprobarse con absoluta seguridad todas cuantas maravillas se cuentan de la vegetacion del trópico. El fondo del río está constituído casi en toda su extension por rocas lamidas, que presentan una superficie blanca y lisa. Sus aguas se deslizan por rápidos que alternan con canales profundos, donde la superficie tranquila parece no tiene movimiento alguno, y las orillas están cubiertas por helicanias, bromelias, y todas clases de plantas, que extienden en toda la superficie del suelo sus hojas multicolores, formando caprichosas combinaciones, donde la vista se recrea, y donde puede admirarse cuantos portentos realiza la mano creadora de la Naturaleza. Los árboles, á los que no se enroscan las lianas con la profusion que en otras partes hemos visto, se manifiestan en todo su esplendor, sacudiendo á impulsos de la brisa su frondosa copa, por entre la que filtran rayos de luz que les prestan encantos: si no hubiéramos tenido á la vista los negros desnudos que nos acompañaban, y á nuestro guía el indio, que de pié sobre la popa acechaba el paso de algun pescado para clavarle su arpon, podíamos habernos hecho la ilusion de que bogábamos por una pura y tranquila corriente de la zona templada; y al pensar de esta manera; mil recuerdos y mil ideas se agolpaban en nuestra mente, echando de ménos cuadros que en otro tiempo pasaron ante nuestra vista. El panorama que alcanzaba nuestra vista, nos pasmaba, por ser de aquellos en que los detalles no se advierten, cubiertos como están por el gigante conjunto que se desarrolla; aquello es inmenso, y siempre podría parecer exagerado cualquier cuadro hecho con apuntes que allí se tomaran. La famosa vegetacion de los trópicos, á más de su considerable desarrollo, que da lugar á que por todas partes se vean inmensas sabanas de verdura, presenta ademas la particularidad de las mil especies exóticas que por todas partes en ellos abundan, pero que fuera de allí se agostan.

La selva que en los alrededores de Paya está desierta y silenciosa, como si quisiera guardar una perfecta relacion con aquel pueblo apático que en su seno vive, á medida que se recorre, alejándose de las miserables cabañas en que habitan, parece que se ensancha y adquiere esos ruidos que le son propios, y que parece como que acompañan en su tránsito por ella; acá y allá sobre la verde alfombra que en absoluto tapiza el suelo, se ven una multitud de monos descarados que corren, juegan y saltan, sin que nuestra presencia les imponga en lo más mínimo, y los loros y las cotorras dejan brillar entre los árboles su caprichoso plumaje, llamándonos hacia ellos la atencion con sus continuos chillidos. El río se ensancha poco á poco; anchos estanques sin corriente separan los remolinos, que cada vez se hacen más raros y ménos peligrosos.

Nuevamente volvemos á encontrarnos con los aligatores y caimanes que tan conocidos nos son: al aproximarnos, el ruido que naturalmente producirnos despierta á aquellos monstruos, que lanzándose precipitadamente al río, hacen oscilar nuestra piragua de una manera alarmante. Nuestros temores fueron grandes, pues dos ó tres veces algunos de aquellos repugnantes anfibios, en sus saltos acelerados, llegaron á tropezar en los costados de nuestra piragua, que seguramente no podría resistir muchos embates: no olvidábamos la fuerza monstruosa que aquellos animales tienen en la cola, y pensábamos cuán fácil era ver deshecha nuestra piragua y á nosotros en el fondo del río, víctimas de aquellas aceradas mandíbulas que mirábamos con espanto. Por fortuna, nada ocurrió y pudimos seguir adelante, sin que ningun contratiempo viniera á aumentar los que ya lamentábamos. Por la noche acampamos sobre un punto que en la orilla formaba una playa arenosa; nuestra cena se compuso de cuanto Mono, nuestro guía, había cazado y pescado durante el viaje que habíamos hecho, y por primera vez, convenciéndonos de que la necesidad es una gran maestra que carece de ley, nos dispusimos comer la carne de macaco. Si hemos de decir verdad, no tiene mal gusto del todo; pero el animal, groseramente descuartizarlo y preparado, su piel quemada, la forma de sus miembros y el color verdoso de su piel, le dan el aspecto del cadáver un tanto deforme de un cofrade en dignidad humana que comienza á descomponerse.

Las huellas que en aquella playa pudimos ver claramente marcadas, no podían dejar la menor duda de que era muy frecuentada por los caimanes, y esto dió lugar á que me dominara una singular aprension, que fácilmente se explica en un explorador novel como yo; mas este cuidado que se apoderara de mi ánimo fue desapareciendo poco á poco, extinguiéndose por completo al ver la tranquilidad con que los hombres que nos acompañaban tendieron sus mantas y se dispusieron á pasar la noche.

Bien pronto pude convencerme de que había otra cosa más de temer que los caimanes, por absurda y extraña que ésta confesión pueda parecer. El caiman, como hemos dicho, sólo cuando cuenta muchos años y las excrescencias de su rugosa piel le dificultan sus movimientos, es cuando ataca al hombre; pero los mosquitos muestran una singular predileccion por clavar en nuestros cuerpos sus ponzoñosos aguijones, y estos odiosos insectos abundan mucho en el sitio en que habíamos establecido el campamento; sus continuas, y molestas picaduras no nos dejaron cerrar los ojos, y á la mañana siguiente era horrible el aspecto que presentábamos; nuestra cara y nuestras manos estaban totalmente acribilladas é inflamadas, experimentábamos un indecible malestar, que con nada se calmaba, y sentíamos una excitacion febril que no nos dejaba gusto para nada. El hombre más fuerte y vigoroso, el ser mejor constituido, no podrá ciertamente sufrir muchas noches como la que allí pasamos, sin morir de los dolores y la fiebre que los aguijones de aquellos mosquitos causan. Nosotros, que nunca podremos olvidar lo que allí sufrimos, y que tan presente lo teníamos entónces usando del derecho que como descubridores teníamos, impusimos á aquel lugar de tortura el nombre de Playa de las Plagas, de los Azotes ó de los Dolores, porque cualquiera de estos nombres le estaba bien empleado.

A medida que más y más se desciende por aquella corriente , el río cambia de aspecto, las aguas pierden la limpieza y la trasparencia que admirábamos tanto, y toman un color amarillento sucio; su cauce al propio tiempo se estrecha, y los árboles que en una y otra orilla crecen, dan sombra que lo hacen más oscuro. Los árboles, carcomidos por el continuo choque de la corriente, comienzan á formar obstrucciones que nos cierran el paso y que no pueden evitarse sinó abatiendo muchas de aquellas ramas á hachazos, lo cual sobrellevamos gran espacio de tiempo, aunque nos causa grandes molestias y trabajos, tras todo lo cual nos encontramos en las empalizadas, que no son otra cosa que un amontonamiento de ramas que atajan la corriente del río en una extension de muchos metros de ancho, y que se elevan de ocho á diez metros sobre la superficie del agua. Entónces se hace necesario descargar la piragua, montarla á brazos sobre el malecon y arrastrarla hasta ponerla del otro lado: aquí el corte es á pico, y entónces hay que echarla de nuevo al agua para cogerla luégo otra vez, vaciarla é inmediatamente colocarla otra vez en lo alto. Esta operacion no es sólo de gran trabajo, sinó tambien sumamente peligrosa; aquellos árboles y aquellas ramas, por encima de los que hay que andar, están todos medio podridos, constituyen un suelo falso en demasía, que puede hundirse con suma facilidad bajo los piés, y sumergir al explorador en cualquier agujero ó charco formado en el fondo del río, y menos mal si no va á caer en medio de una asamblea de caimanes.

anterior | índice | siguiente