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Dominado por una gran tristeza, seguí mi camino y pude observar que á la parte arriba de Pinogana la comarca pierde aquel carácter monotono que la hace pesada y desagradable, las orillas se levantan, no dando lugar á la formacion de pantanos, en los que siempre la vegetacion es raquítica y miserable. En la selva no crecen tan espesos los árboles ni las ramas; así es que los rayos del sol, filtrando al traves de las elevadas cúpulas de verdura, les dan claridad que en otras partes falta casi en absoluto, y ademas, el paso por ellas es más fácil, no presenta, como en la parte inferior del Tuyra, los mil inconvenientes á que da lugar el considerable desarrollo de las lianas. El impulso de la marea asciende hasta el mismo recodo del Rumpio.

Más arriba del Rumpio, el aspecto del río cambia de una manera tan absoluta y completa, que no puede ménos de llamar la atencion cómo tan repentino cambio se verifica. Las aguas se tornan límpidas y trasparentes, y el cauce se estrecha bastante. Las especies vegetales que son propias de las tierras bajas y húmedas, dejan el lugar á una vegetacion completamente distinta, y allí se ven elevarse los enormes quippos, desplegando su ancho y verde parasol al final de un tronco blanco perfectamente cilíndrico, que muchas veces alcanza una altura de más de cien piés; los rojos higuerones, casi tan simples y senncillos en su forma, alternan con árboles de poderoso variado ramaje; péro más que ninguno, sobre aquellas pedregosas orillas que encauzan el Tuyra por aquel lado, se distingue el incomparable espavé, que es sin disputa el más grande y el más bello de todo los vegetales que crecen en aquella region. Sus hojas de un verde claro, se enredan con el más claro verde de los parásitos, suspendidos á sus más gruesas ramas. Su tronco corto, ancho y curvado, en el que de trecho en trecho se abren algunas cavidades, casi puede decirse que desaparece bajo los mil tallos de las orquídeas, saliendo de un monton de apiñadas raíces que cubren la roca, y desbordándose por ellas, llegan hasta implantarse en el río.

Pájaros-moscas y colibríes.

No recuerdo haber hecho ninguna travesía en la que nos hayan sido tan difícil de vencer los obstáculos naturales como en la que hicimos por aquella parte del río, y que aún parecían mayores á causa del corto número de hombres de que disponíamos para dominarlas. La corriente profunda y calmada en los parajes que los naturales llaman |calles, ó sean los espacios en los que el río corre en línea recta, está cortada por profundas curvas, en las que las aguas se agitan, sucediendo lo mismo en los parajes en que hay islas rodeadas por la corriente. No es esto lo peor, sinó que al pié mismo de aquellas curvas, difíciles ya de por sí, se abren profundos agujeros, en los que se forman violentos remolinos, flotando en ellos una porcion de troncos de árboles. Estos agujeros, de los que en otra ocasion nos hemos ocupado, y que allí llaman charcos, son muy de temer, por cuanto regularmente en ellos anidan los caimanes. El trabajo para los hombres que nos acompañaban se hacía cada vez más duro y más pesado, por ser cortas las distancias que se podían recorrer cómodamente, y muchos los parajes en que las dificultades eran considerables: la ascension de río en las |calles se hacía con ayuda de los remos, por cuanto la marea había dejado de favorecernos, y cuando la corriente se hacía más rápida y más violenta, se empleaban los garfios, con todo lo cual, como puede comprenderse, nuestra marcha era lenta hasta causar desesperacion. En los puntos en que por desgracia se hacía violenta, era necesario echarse al agua y arrastrar la piragua á fuerza de brazos, siguiendo lo más cerca posible de la orilla. Esto, á más de la mucha fatiga que causa, es sumamente delicado, pues si por una inadvertencia ó un descuido, por ligero que sea, se presenta la piragua un poco de traves á la corriente, ó si se pasa por cualquiera de los sitios en que haya más de un pié de profundidad, el río arrastra, irremediablemente la piragua, sin saber qué suerte correrá, ni dónde parará el pobre marinero que llegue á perder pié.

El primer día, aunque lamentando de continuo el duro trabajo que nos veíamos obligados á hacer, y temiendo lo que aún nos esperaba, todo marchó admirablemente y tan bien como, dadas aquellas condiciones, podía desearse; los tres bogueros que venían conmigo estaban bastante acostumbrados á aquella maniobra; así es que seguíamos adelante, salvándose, gracias á su práctica, todas las dificultades que se presentaban; pero á la mañana siguiente la cosa empeoró de una manera notable, centuplicándose con una sola causa los muchos inconvenientes que retardaban nuestra marcha. Hipólito, el más fuerte y vigoroso de aquellos hombres que parecían de hierro, sin duda por los largos ratos que había permanecido en el agua, en tanto que el sol le abrasaba la cabeza, fué atacado por la fiebre, que es allí tan comun, y si bien por los síntomas que presentaba no parecía ser cosa cuya gravedad pudiera alarmarnos, es lo cierto que teníamos un hombre ménos, cuando con todos era casi imposible seguir adelante. ¡Qué horrible trabajo el de tener que llevar nuestra pesada piragua, en vez de ser ella la que nos llevara á nosotros! Pero no había remedio; aquellos terribles trechos había que pasarlos, y yo ayudaba todo cuanto podía, á pesar de lo cual era sumamente poco lo que avanzamos, y no en una ni en dos, sinó en muchas ocasiones, no bastó ni el primero ni el segundo intento, sinó que fueron necesarios muchos para hacer pasar la barca de algunos de aquellos temidos remolinos.

Pacos países habrá tan bellos como el Darien, y podemos decir que casi en ninguno la variedad que de continuo se da en el terreno y en la vegetacion, alegra tanto la vista. De trecho en trecho, las orillas del río que se levantan ó que se sumergen hasta ser cubiertas por las aguas, presentan raros caprichos naturales; cada roca parece un bello jardin; con la particularidad de que hay algunas que parecen enormes montones de follaje, pues las plantas que en la parte superior crecen, se derraman por todos los flancos, cubriéndolas como con un manto de verdura. En medio de aquellos, duros trabajos que nos veíamos obligados á realizar, menester era que tomáramos algun reposo, y aquellos ratos de descanso los empleábamos en gastar atolondradamente la pólvora de que podíamos disponer, haciendo disparos sobre los caimanes y las iguanas que abundan por allí, y que más de una vez nos habían hecho temer un accidente desgraciado.

De tiempo en tiempo, algunas parejas de |aras azules, con el vientre y la parte de debajo de las alas pintados de amarillo vivo, cruzan en rápido vuelo por encima de la corriente, llegando á posarse sobre árboles tan altos, que sería perder en absoluto nuestros disparos creyendo posible alcanzarlos. Por la mañana y por la tarde, inmensas bandadas de cotorras verdes y amarillas se elevan en el aire, gritando de una manera desaforada.

Encuentro de una barca.

Estos bellos pájaros, aunque de la tierra se levantan en número considerable, y revueltos una vez en el aire, se ve de una manera clara y distinta que vuelan de dos en dos, tan cerca uno del otro de los que una pareja forman, que casi se tocan; alguna vez se ve tambien que un solitario, tal vez viudo, quiere acercarse á uno de los amorosos grupos, y siempre, siempre, indefectiblemente, es muy mal recibido, obligándole á que se retire á fuerza de picotazos, sin que importe nada su obstinada persistencia, porque macho y hembra cargan sobre él, y si fuera necesario, hasta las demas parejas acuden á defender á los que son turbados en su tranquilidad. Lo mismo que las |aras, remontan tanto su vuelo y | van á posarse en ramas tan elevadas, que nunca pudimos conseguir matar uno: el ruido que los plomos de un disparo hacen al chocar en las hojas que están debajo de ellos, haciéndolas caer al suelo, no es bastante para que abandonen el puesto que han escogido, ni para que se agiten en lo más mínimo, se limitan á volver indolentemente la cabeza y mirar al cazador con aire que cualquiera diría de burla, seguros, como deben estarlo, de que no corren el menor peligro. Por mucho que estos pájaros abunden en aquellas regiones, no es fácil en modo alguno poderse apoderar de cotorras de poco tiempo, pues los padres tienen un especial cuidado en fabricar los nidos en las ramas más altas de los grandes árboles, en los sitios en que la corteza es tan suave y tan lisa, que ni las serpientes ni los demas reptiles trepadores pueden llegar á destruirlos. Para conseguir apoderarse de algunos, no hay más remedio que trepar el árbol, lo que naturalmente es causa de que muchos pequeñuelos queden aplastados; pero como los nidos son muchos en número, siempre quedan algunos que recoger. Las cotorras y los loros, cuando están recien salidos de los huevos, creemos sean los animales más feos que puedan darse: tienen el pico ya encorvado, los ojos redondos y saltones, y la cabeza es de tanta magnitud como el resto del cuerpo; hay, sin embargo, la ventaja de que cogiéndolos así y sabiéndolos criar, en tanto que se pueden alimentar por sí solos, se educan con gran facilidad, consiguiendo que hablen todo lo que uno se proponga enseñarles.

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