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XIX

 

Salida de La Palma.-¡Pobre Bixio!-El Tuyra ántes de llegar á Pinogana.-Sitios hermosos, bellas forestas y considerable número de cotorras.-Las oropéndolas ó turpiales.-Altura del río.-Rápidos sobre rápidos.-Las lianas.


Por más que el tiempo apremiaba, y urgía considèrablemente aportar el mayor número de datos posibles para poder deducir, en vista de ellos, lo que podía hacerse en pro del comercio y de la industria de las naciones abriendo el soñado canal de comunicacion entre el Océano y el Pacífico, yo hubiera deseado que mi permanencia en La Palma fuera más larga. En aquel encantador pueblecito no había experimentado ninguna de las grandes incomodidades que son inevitables al europeo que frecuenta aquellas regiones; había sido recibido con una cordialidad y finura que siempre recordaré con gratitud; me habían atendido y obsequiado en cuanto les había sido posible; y, en una palabra, desde que nos embarcamos, no había tenido días tan felices y tranquilos como los que allí pasara. Pero sobre mis deseos, por vehementes que fueran, estaba el deber de que no podía prescindir en modo alguno; mis observaciones sobre la elevacion y descenso de las mareas habían terminado, y ya tenía tambien completas mis notas sobre todo lo que se refería á la hidrografía, por lo que me fué necesario abandonar La Palma, sintiendo profundamente hacerlo y abandonar á mis nuevos y cariñosos amigos, sobre todo al honrado Gregorio Santa María, por el que sentía una profunda afeccion.

En Chepigana encontré una carta de M. Wyse, en la que me encargaba siguiera el Tuyra hacia arriba, á fin de que en el más breve plazo posible me reuniera á él en Paya.

Siguiendo, pues, estas indicaciones, de las que habían de obtenerse indudablemente mayor número de ventajas, dejé á M. de Balfour continuar solo las observaciones que en aquel punto teníamos emprendidas, y á la mañana siguiente, con la flota, partí para el punto indicado. Las mareas eran aún bastante altas, por lo que, no dejando de favorecernos en todo nuestro camino, á la noche siguiente, serían las tres de la madrugada, llegamos á Pinogana. El fiel Leonan, que tan buenos y útiles servicios nos había préstado, se sentía bastante enfermo, por lo que se vió obligado á quedarse en nuestro cuarte general. Despues de practicados algunos reparos, y renovadas las provisiones, no queriendo faltar á las indicaciones que se nos habían hecho, nos despedimos de todos, y abandonamos la poblacion ántes del mediodía.

Nos encontrábamos muy separados ya del punto de partida, cuando desde léjos, en una barca que lentamente descendía por el río, creí ver á uno de nuestros más queridos compañeros; efectivamente, no me había equivocado: cuando la distancia fué más corta, reconocí á Musso en el que venía sentado en la piragua; é inmediatamente, sintiéndome gozoso con aquel tan inesperado encuentro, dí órden de bogar hacia él, como así lo hicieron.

Olivier Bixio.

Era el mismo. ¡El, tan fuerte y vigoroso, tan alegre cuando por última vez tuve el gusto de estrechar su mano! No cabía dudarlo; yerto y frío, aquel querido amigo yacía sin vida ante mí, excitando en mi corazon un dolor extremo. En las orillas del Crepé, sin prevenciones de ninguna clase, aquel distinguido jóven se había pasado todo un día cazando, cruzando y recruzando una porcion de veces la corriente del río con el agua llegándole hasta las espaldas, en tanto que la agitacion propia de aquel ejercicio, al que era muy aficionado, le hacía sudar copiosamente.

Esto, unido á la falta de precaucion de no quitarse las ropas empapadas, cuando dió por terminada la partida, fué causa de que le sobreviniera una pneumonía aguda, que en muy poco tiempo lo arrebató á sus desconsolados amigos. Por última vez, y sintiendo que el llanto empañaba mi vista, contemplé aquel rostro en el que ni la muerte ni los sufrimientos habían podido hacer mella, y que conservaba todavía su varonil belleza: despues, lamentando la desgracia que tan triste había hecho nuestro encuentro, se separaron las piraguas, siguiendo cada cual el punto de su destino. Musso se dirigía á dar sepultura al cuerpo de nuestro inovidable amigo en el cementerio de Pinogana, situado en un lugar aislado de la selva, en la orilla del Tuyra, soledad á la que nada turba.

Como tan triste recuerdo no se separaba ni un momento siquiera de nuestra mente, pensábamos en los sombríos sueños que debieron molestar á Musso en la noche de aquel fúnebre viaje, apto sólo para despertar las tristes ideas y los fúnebres recuerdos que atosigan al alma y conturban el ánimo. El tambien se encontraba solo en medio de un país desconocido, muy léjos de la patria, y más de una vez pensamos que él tambien temería morir de igual suerte, ausente del lado de su cariñosa madre, por quien tenía una verdadera idolatría.

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