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Gallos de pelea en La Palma

En América no sería el primero ni segundo templo que de esta manera se acabara, si es que el de que nos hemos ocupado llega á terminarse; hace bastantes años, en una poblacion de la República mejicana, un incendio destruyó uno de los templos que allí había: un fraile mercenario comenzó una tan activa predicacion, buscó de tal modo la cuerda sensible de aquellos habitantes, y hasta tal punto avivó el sentimiento religioso, que ántes de un año se alzaba un nuevo templo en el mismo lugar donde se hallaba el destruido por las llamas. Los que disponían de capital habían suministrado cantidades, con las que se pudo atender á los gastos que no había más remedio que hacer, por ser de cosas que en el país no podían hallarse; pero lo demás se hizo de tal manera, que al concluirse la obra todos podían decir con justa razon, y sin faltar á la verdad, que habían tomado parte en ella: las piedras las habían suministrado los que en los montes vecinos explotaban canteras, á donde habían ido á recogerla los dueños de carros, que con trasportarlas no eran poco lo que hacían; los dueños de recuas no dejaban de contribuir diariamente con una carga de arena, que tomaban donde la hallaban, ó de cal ó ladrillos, que sin retribucion daban los que caleras ó tejares tenían; las maderas suministrabanla los bosques, pero de labrarlas se encargaban los creyentes artesanos que hacían donacion de un día de su trabajo, y de esta manera insensiblemente, sin gastos que fueran de apreciar por parte de los muchos que lo realizaron, alzóse el templo. Cierto es que aquí no decayó nunca el espíritu que los animaba, y que la obra, una vez principiada, no paró hasta su terminacion; pero ¡quién sabe si en una ocasion, prolongándose los días de entusiasmo que repentinamente experimentan, la iglesia tantas veces sobre aquel cerro comenzada, llegará á concluirse!

Terminada nuestra excursion, descendimos á la cañada donde la poblacion se encuentra, por un vericueto más accidentado y de más difícil paso, si cabe, que para la subida nos había servido. Cualquier otro punto que se hubiera escogido, hubiese sido peor; pues las piedras sueltas que ruedan con la caída de las aguas, las plantas que por de quiera crecen, y las raíces que por todas partes saltan, no permitirán nunca que haya un paso expedito y franco por donde la ascension deje de presentar peligros y dificultades. La vegetacion en aquel punto es verdaderamente sorprendente, siendo la red que las hojas forman tan tupida y tan espesa, que apenas un rayo de sol puede atravesarla, ni áun en los momentos en que el astro del día se halla en el más elevado punto de su carrera. Los pitales allí parecen más bien verdes que negros, y de trecho en trecho forman tan espesas vallas, que muchos hombres reunidos, trabajando horas enteras, no conseguirían abrir camino. Acá y allá, de debajo de las gruesas peñas y por entre las matas, se ven brotar frescas corrientes de agua que se deslizan por cauces naturales que se abrieran en su curso y en los que han abierto los naturales algunas cavidades de regular anchura y poca profundidad, á las que llaman pozos. Sólo los que habitan países como aquel, donde los ardores del sol son temibles, son los que pueden apreciar los indecibles placeres que se experimentan tomando un baño en aquellas rústicas tinas, y cómo la existencia de ellas hace agradable la estancia en La Palma, que de otra manera sería insoportable, por alcanzarle desgraciadamente los inconvenientes que de otras de las comarcas visitadas hemos mencionado.

Gracias al celo manifestado por Leonan, y á lo bien que ha atendido mis indicaciones, los aparatos que nos han de acusar la elevacion y descenso de la marea se hallan perfectamente colocados; y tan pronto como comprendí que los trabajos estaban en marcha y que no debía presentarse ningun gran inconveniente que los hiciera suspender ó los destruyera, estimando que mi presencia en aquel punto no era de inmediata necesidad, y que podía seguir haciendo las observaciones que por el jefe de la mision me fueron encomendadas, de las que tanto interes tenía en conseguir un resultado satisfactorio, me dispuse á practicar un reconocimiento hidrográfico en la Boca-Chica y en la Boca-Grande, expedicion en la que finamente me acompañaron los Sres. Gregorio y Federico, y dos personas de las más notables de la poblacion, que desde luego comprendí me habían de servir de grande utilidad, por haber frecuentado mucho los lugares que me proponía estudiar.

El primer paseo que juntos emprendimos tuvo por objeto la visita detenida de una caleta de no mucha | extension, que va á desaguar en la Boca-Chicha, y que, segun todos aquellos señores me aseguraron, forma una provision de agua en todo tiempo, que puede ser bastante para que en ella tengan fondo y puedan permanecer algunos buques, y ser más que suficiente para todas las necesidades que pueda estar llamada á satisfacer el puerto de entrada de nuestro futuro y tan deseado canal.

Esto desde luego ví que no podía ser cierto, sin que mi ánimo sea en manera alguna hacer la imperiosa afirmacion de que la gente de color falte á la verdad á sabiendas, ó que sea costumbre arraigada en ellas, sinó que por las notas elementales que los constituyen, reunen la grandilocuencia propia del español al inmoderado afan de hablar que en el negro se advierte; de aquí sólo el que mis acompañantes trasformaran tan repentinamente la pantanosa playa de una caleta sin agua en un soberbio puerto, alimentado sin cesar por un arroyo de corriente perenne.

En los alrededores de aquella playa hay un bello jardin, que yace en completo abandono: á juzgar por lo que se ve, dentro de muy poco tiempo la selva lo habrá invadido todo, pues ya las malezas propias de ella comienzan á ingerirse. Las lianas se arrastran, trepan en apretadas espirales por los troncos de los árboles y forman espesos matorrales, que casi no pueden ser atravesados; por todas partes se las ve ascender y descender, formando un tejido en el que envuelven á los naranjos y á los limoneros, cubiertos de abundantes flores y frutos, y á los bananos, cargados con sus doradas pomas. Pocas cosas habrá que hagan presentar tan caprichoso golpe de vista como las lianas: naciendo al pié de aquellos gigantes árboles, trepan por sus troncos, estrechándolos como serpientes, hasta llegar á lo más alto de las copas, desde donde nuevamente caen al suelo para otra vez elevarse, ayudadas de otro tronco: no pocas veces caen de un árbol al inmediato, formándose entónces como el cordaje de un navío, y muchas otras se arrastran hasta un punto distante algunos kilómetros del lugar de su nacimiento. De cualquier manera, las lianas son las que en alto grado excitan la atencion del que por primera vez visita aquellas inmensas selvas, pues sólo en ellas se ve con qué admirable profusion brotan y se multiplican. Tambien se ve por allí un considerable número de esos árboles rarísimos que producen las calabazas, y que aquí llaman los naturales totumas: el tronco y las ramas que de él parten, se tuercen y retuercen de la más extraña manera, revistiéndose, al poco tiempo de su comple­ta formacion, de una corteza muy parecida á la del alcornoque; sobre las ramas de órden secundario que podemos decir, ó sean aquellas en que se dividen y subdividen las más gruesas, apenas si brotan hojas; pero en lo más alto de la copa, y en la bifurcacion de las grandes ramas que se entrelazan al tronco, crecen en gran abundancia multitud de frutos, parecidos en el tamaño á las calabazas, los que cogen en el momento en que se advierte han llegado á su completo estado de madurez. Dejándolos secar luégo, con partirlos en dos, limpiando perfectamente el interior de cada una de aquellas partes, se obtienen vasos magníficos, de mucha duracion y perfecta forma.

Atravesando la desembocadura de Boca-Chica, en el puerto de Darien, pudimos admirar el bello tapiz de verdura que se extiende sobre una y otra orilla del canal, que por aquel punto tiene sólo el ancho de una calle. Por el lado de la isla de San Cárlos se levantan acá y allá unos bastiones de color rojo vivo, promontorio sobre el que durante el tiempo de la dominacion que aquí ejercieran los primeros descubridores, se alzaba un fuerte, construido con anchos y gruesos ladrillos, destinados, á defender una de las entradas del Darien; la mano del tiempo, que todo lo destruye, sin respetar nada, ha demolido lo que podía atestiguar una pasada grandeza para los unos, y un estado de supeditacion para los otros, y dispersos por aquellas vertientes se ven restos de fábrica, sin que en el emplazamiento pueda verse otra cosa. Las hierbas que han crecido por todas partes no permiten ya apreciar debidamente ni el órden ni la disposicion de aquella fortaleza, y sólo por ligeras referencias que se nos han hecho comprendemos que su importancia debía ser escasa, tal vez por la excesiva confianza que siempre los españoles manifestaron, causa principal de la pérdida de aquellas comarcas.

Seguimos correteando por el caprichoso laberinto que forman las rocas, dédalo inmenso determinado por inmensas masas, en cada una de las que se advierte una vegetacion completamente distinta; aquí se ven árboles cuyo tronco de gran diámetro, recto y liso, puede ser de grande aprovechamiento; más allá bambúes, en otros lados erygums gigantes: los arrecifes son allí casi continuos, levantándose por todas partes y creando grandes dificultades, que dan lugar á que sea en extremo comprometida, cuando es posible, la entrada del canal de San Isidro, limitado por un lado por la isla de San Cárlos, y por el otro por la Boca-Grande. Una vez atravesado, puede uno considerarse en completa seguridad; á derecha y á izquierda se extienden anchas playas de fondo líquido, donde apenas si los bananos pueden echar raíces; inmediatamente detras, las dos islas se elevan en rampas bastante pendientes, y se coronan la una con gigantes quippos y la otra con higuerones. Estos árboles, que aunque constituyen una sola familia, son de muy diferentes especies, se hacen notables por la altura considerable á que sus troncos llegan, por sus ramas totalmente cargadas de hoja, que les hace tomar un aspecto pintoresco, y más que nada por los nervios que sostienen su tronco á manera de puntales: estos contrafuertes, que con frecuencia se suelen ver ingertos al tronco hasta una altura de cinco metros, se separan del pié hasta diez, dejando de este modo unas chozas que á bien poca costa pueden cubrirse y dar abrigo á muchos hombres en caso necesario. Cuando pasan muchos años y el higueron se hace viejo, y la cepa carcomida presenta en su superficie grandes y profundos agujeros, todas las fieras de aquellas selvas, donde en tan considerable número se crían, manifiestan una singular predileccion por hacer allí sus nidos; allí se agazapan y hacen sus crías, que permanecen ocultas hasta tanto que, aptas para satisfacer sus necesidades, pueden salir á buscar á su vez cómodos sitios donde continuar su reproduccion. En aquellas cuevas, que más que nada la naturaleza misma facilita, es donde el tigre asienta sus reales, y de aquí las grandes precauciones que son necesarias, si no quiere uno ser víctima de la cruel sorpresa que frecuentemente se halla bajo aquellas leñosas tiendas de campaña.

Inmediatamente que se sale del ramal de San Francisco se halla uno en la desembocadura que recibe el nombre de Boca-Grande.

En este sitio el río Tuyra tiene una anchura tan considerable como delante de La Palma, y el paisaje que ante la vista se extiende es, si se quiere, más bello; la naturaleza allí tiene más vida; las tintas monotonas de los pantanos no se advierten; el verde de las matas es más brillante y la vegetacion más clara y uniforme; no hay, como en otros parajes, la confusion que ofusca: todo es claro, sin perder el seductor carácter propio del mayor número de las comarcas que se atraviesan en todos aquellos contornos. Esto que decimos, fácilmente puede comprenderse, y esta impresion del espectador puede experimentarla cualquier viajero curioso que se aventure á seguir aquellos difíciles senderos; mas nosotros habíamos ido allí con otro fin, atento al cual tuve que concederme que, excepcion hecha de algunas pequeñas balsas ó canoas que de vez en cuando, con bastante poco frecuencia, marcan en la límpida corriente su fugaz estela, aquel magnífico canal no se mueve más que por los embates que en su marcha hacen con la cola los tiburones y algunos otros animales.

Nuestra esperanza, y más que la esperanza nuestros deseos, nos hacían ver allí mismo ante la realidad cosa bien distinta; nosotros veíamos surcar aquellas aguas fragatas del más alto bordo, navíos de tres palos, desplegando todo su velámen á los caprichosos soplos de la brisa, vapores mercantes arrollando las ondas con toda la poderosa fuerza de sus pulmones de acero, bricks de fina arboladura costeando todas aquellas orillas, embarcaciones de todos los países cargadas con las riquezas de todas las naciones; porque á pesar de lo fallidas que hasta entónces habían sido nuestras esperanzas en la serie de observaciones que llevábamos practicadas, creíamos aún que podría encontrarse el pico de 60 metros de altura que M. Lacharme tenía anunciado.

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