XVII
Casas ricas y casas pobres en el
Darien.-Un gran almacen darienita.-Fervor intermitente por la
construccion de una capilla.-Paseos hidrográficos.
Al mismo tiempo que continuaba la conversacion con mis anfitriones,
de vez en cuando, aprovechando las ocasiones que se me presentaban,
miraba á uno y otro lado con la reserva que la discrecion impone, á
fin de estudiar y comprender lo que en el Darien constituye la casa
de un hombre acomodado, de un rico. La casa del Sr. de los Ríos
está compuesta de una habitacion cuyo largo será próximamente de
unos veinte metros, por diez que podrá tener de ancho. A la parte
del río, y casi en el punto medio de esta estancia, hay un
pabellon, en el que se encuentra situada la cocina. La armazon
consiste en gruesos pilares de madera apoyados unos en otros,
formando horcas, sujetas con vigas ó traviesas: el suelo se
encuentra levantado algunos decímetros del punto á que suelen
llegar las más altas maderas, y su superficie, lo mismo que todo el
interior, se encuentra revestido de unas enormes planchas que se
obtienen de la corteza de cierto palmero. A éste tuvimos nosotros
muchas ocasiones de maldecirlo cuando realizábamos nuestros
trabajos en las trochas, donde fué tal vez uno de los peores
adversarios con que tuvimos que luchar. Sus dimensiones son cortas,
pues apenas si tiene diez metros, cuando más; sus palmas son
delgadas y largas, y el tronco y las hojas se cubren de una
multitud de espinas largas y en extremo punzantes, cuyos pinchazos
son sumamente dolorosos. Como acontece con los demas
monocotiledones, la periferia del tronco es mucho más resistente
que el centro; cuanto más dura y fibrosa es la corteza, más
esponjoso y poco resistente es el corazon. Para utilizar este
palmero hay que comenzar por la peligrosa operación de arrancarle
todas las espinas de que está cubierto y todas las palmas que
forman su copa; en seguida se traza una incision longitudinal en el
tronco, procurando desunir los bordes de ella hasta que dé el árbol
todo una superficie plana, procedimiento por medio del cual se
obtienen esas grandes planchas, que luégo, por medio de bejucos y
lianas, se amarran al esqueleto de las tan mal llamadas casas. El
techo lo forman con una especie de montera puntiaguda, sobre la que
ajustan hojas de bataneros, pero tan apretadas las unas contra las
otras, que las lluvias torrenciales de los trópicos, que pueden ser
comparadas con el diluvio, no logran nunca calarlos.
La mayor parte de aquellos aldeanos no se toman tanto trabajo en
la construccion de sus moradas, y dejan á los ricos el cuidado de
revestirlas con las planchas del palmero citado y la construccion
de bellas armaduras, contentándose con un ligero tejido de cañas,
tan poco apretado, que luego que se enciende dentro una luz, se ve
desde fuera todo lo que dentro de la casa sucede; así es que para
poder decir que está uno en su casa y preservarse del frío y de los
mosquitos, cubren las paredes aquellas con viejas gacetas que se
importan desde Panamá en el envase de ciertos géneros, y que es la
única aplicacion que en el Darien tienen los periódicos.
La casa, por regla general, se divide en dos ó tres
compartimientos, de los que el mejor dispuesto y amueblado se
destina para dormitorio. Todas las riquezas de la familia se
encuentran depositadas en dos ó tres maletas, que frecuentemente
están montadas sobre unas ruedecillas, para poder trasladarlas con
facilidad de un punto á otro. Cuando se declara un incendio, que
por las condiciones de las viviendas son muy frecuentes, nadie se
ocupa de cortarlo ni de que no se propague; dejan con la mayor
tranquilidad que la choza se queme, y se limitan á sacar fuera
estas maletas, poniéndolas en seguridad.
La tienda del Sr. Federico está reducida á cinco ó seis bazares,
sobre los que se hallan colocadas algunas mercancías añejas,
estropeadas, empolvadas y echadas á perder, en una palabra; algunas
prendas de algodon, casi tan trasparentes como la gasa y rozadas
por los pliegues, vestidos apenas hilvanados, fósforos, escopetas y
fusiles tomados de orin, hasta cl punto de estar el mayor número de
ellos inservibles, botellas de aguardiente y de rom, medicamentos
americanos formados con yo no sé qué drogas, comestibles, y
cigarros. El puesto de honor lo ocupa el tonel del
|anisado,
la bebida favorita de los indígenas, el solo artículo que en aquel
país, vendido al por menor, puede hacer prosperar una tienda. Poco
ó mucho, todo el dinero va á parar allí. Al regresar los cautcheros
de una expedicion que les haya sido un tanto favorable, la casa no
se puede ver desocupada: apenas ha sido pesado el cautchouc y los
trabajadores han recogido el precio, descontados los adelantos que
durante los trabajos se les hicieran, los vasos se forman en línea
sobre el mostrador. La alegría más franca y más completa reina
entre ellos, y no sólo los amigos, sinó los transeuntes, son
invitados; y las queridas no desdeñan unirse á ellos, dispuestas á
hacer lo mismo que hagan, si bien es lo cierto que, excepcion hecha
de los golpes, sólo algunos vasos de aguardiente es lo que
consiguen á la vuelta de aquellos en cuya
|
compañía
viven.
El mobiliario de la sala no es de temer que se destroce ó sufra
deterioro en cualquiera de aquellas batallas, pues está limitado á
una mesa y unos cuantos taburetes, cuyos asientos están cubiertos
con piel de vaca; un farolillo arde de continuo delante de la
muestra, en la que está pintada una imágen de la Virgen ó de otro
santo cualquiera. En los rincones, tirados y revueltos, todo
confundido, se hallan los fusiles mohosos, los machetes, la gran
jarra para el agua, el mortero y el mazo para triturar las raíces,
y una porcion de restos, pedazos de hierro y cautchouc, cubiertos
de botellas y harapos. La señora de la casa no sale nunca al
mostrador; permanece siempre en la cocina, pieza por lo comun muy
sucia, y en la que algunas marmitas de hierro fundido y una media
docena de cazuelas de barro forman todo lo que en ella puede llamar
la atencion.
Mis anfitriones propusieron un paseo, y trepando por la colina,
pudimos contemplar el soberbio panorama que forman las elevadas
montañas, la curva prolongada del Tuyra y sus pintorescas márgenes.
Sobre aquella elevada cima, á la que sólo puede llevar el deseo de
abarcar con un golpe de vista tantas naturales bellezas como se
descubren, ó la curiosidad de un viajero pocas veces satisfecha, el
obispo manifestó deseos de que se construyera una capilla, sin
pararse á considerar los mil inconvenientes con qué había de
tropezarse y el poco culto que los habitantes de aquellas comarcas
tributarían á una religion, cualquiera que ésta fuera, máxime
cuando llegar al templo que allí se edificara era más que nada una
penosa peregrinacion, á la que rara vez se hallan dispuestos
hombres que en los días de trabajo se cansan en las rudas fatigas
de aquellas labores penosas, y que anhelan el descanso para
divertirse á su manera. Pero no era sólo esto: el dinero no
abundaba, y las obras de un templo, por pequeño y poco suntuoso que
éste sea, cuestan caras, y ésta fué la razon principal para que
durante mucho tiempo la idea permaneciera en proyecto. La
constancia lo domina y vence todo; esto es una gran verdad, de que
jamás dudó el clero, y haciendo práctica su creencia, sin cejar en
sus predicaciones, obtuvo que de tiempo en tiempo los desocupados,
los que no tenían una semana y otra donde ganar un jornal se
decidieran á ganar el paraíso poco á poco, y que, subiendo á
aquella cumbre comenzaran los trabajos; pero éstos duran sólo en
tanto comienzan á sudar, y bien sabido es que cuando la voluntad no
es decidida y la retribucion no se aguarda, en todas partes se suda
pronto, y allí más que en ninguna. Es muy de tener presente el
carácter impresionable por demas de aquellos naturales, y gracias á
esto, de vez en cuando se nota en ellos una agitacion
verdaderamente febril, un fervor religioso que raya en delirio, y á
porfía acuden á la obra, y los unos allanan el suelo desmontando
rocas y rellenando los profundos huecos que lo accidentado del
terreno deja, otros corren al bosque, desgajan árboles y los labran
para que un día sirvan de columnas al proyectado templo, otros
aportan los materiales necesarios, obteniéndolos con su dinero ó
gracias á su trabajo; pero apenas pasado el ardor que en un
principio los acometiera, los más perezosos, que nunca faltan en
buen número, ceden en su empeño y poco á poco los demas les imitan.
Quedan aún siempre algunos trabajadores por devocion ó por higiene,
pero éstos son muy pocos; solos no pueden hacer las operaciones
necesarias y cesan tambien, esperando á que sus compañeros vuelvan.
Varias veces han tenido ya cuanto puede creerse necesario para la
terminacion de la obra; aquellos primeros días de entusiasmo fueron
bastante para que se reunieran vigas y pilares, y dejaran el
terreno preparado; pero al volver tenían necesariamente que
comenzar de nuevo, pues el tiempo había destruido cuanto pusieran,
llevados de la fé que de repente les iluminara.