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INDICE
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No bastando á contener todas las casas la cañada, y siendo
demasiado abrupta la costa, ha sido necesario construir un buen
número de habitaciones sobre estacas, casi tocando la ribera, y
sobre la grava de los guiparrales, y naturalmente en el tiempo de
las altas mareas el mayor número de estas casas no puede
comunicarse con tierra sinó por medio de piraguas. Algunos
|señores, deseando obviar este inconveniente, han establecido
un puente ó rambla, gracias al que, cuando hay necesidad, se pasa
desde el elevado piso de su casa al lugar donde ya no alcanzan las
aguas.
El distinguido Sr. Gregorio Santa María, al que tuve la fortuna
de encontrar en Pinogana, donde como un cumplido caballero se había
puesto á mi disposicion, prestándome cuantos auxilios creyó
necesarios y pudo, nos esperaba en el
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punto de desembarque;
bien pronto, y gracias á él, los mozos quedaron instalados en un
pequeño establo situado sobre la colina, y Leonan y yo en el lugar
que había servido de cocina en tiempo de su difunta esposa, pues él
en aquella época estaba á pupilo en casa del señor Federico de los
Ríos.
Algunos momentos despues, durante los cuales descansamos un poco
de nuestras pasadas fatigas, nos sentamos á la mesa del Sr.
Federico de los Ríos, quien desde luégo nos acogió con la sin igual
cortesía y exquisita finura, propia de los españoles, que distingue
á los americanos del Sur, cualquiera que sea el color que tengan y
la raza á que pertenezcan, El Sr. de los Ríos, aunque demasiado
moreno, pues casi tira á negro, tiene una bella figura de europeo
inteligente y apasionado. De más de cuarenta años, el Sr. Gregorio
Santa María es de orígen exclusivamente africano, pero desciende
seguramente de alguna tribu de Peuls. Su rostro ovalado tiene
rasgos acentuados y muy regulares. Será difícil encontrar una
fisonomía que respire más honradez y más dulzura que las que se
advierten en aquel rostro negro coronado de cabellos de una
blancura inmaculada, como las patillas que le rodean.
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La querida en su cocina.
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El almuerzo fué abundante y de lo más escogido que pudo hallarse
en el Darien, interesándome sobre todo la gran variedad de
alimentos que existen para reemplazar el pan; arroz cocido, luégo
asado, bananas verdes cocidas bajo la ceniza, legumbre dura,
indigesta y sin sabor ninguno, y esto es, por consiguiente, lo que
constituye la base de la alimentacion de aquel país, y por último,
las patatas dulces, las iguanas y las yucas, tubérculo este último
de un sabor delicioso, siendo grandemente de sentir que todas las
tentativas que se han realizado para aclimatarla en nuestro suelo
hayan sido infructuosas, y una especie de oto, que por fortuna
carece de fibras en absoluto. Por toda bebida lo que allí emplean
es el agua; pero sin duda por obsequiarnos aquel día alcanzaron de
las tablas de los vasares algunas medias botellas de un líquido que
un día debió ser vino, pero al que el tiempo, el clima y las
fermentaciones habían convertido en un licor nauseabundo, imposible
de tomar, á ménos que no hubiera gusto en arrojar todo lo que se ha
comido. Para postres algunas frutas del país, escasas y malas, pues
allí, como entre nosotros, poco es lo que puede conseguirse sin el
trabajo y sin la cultura, y por último, una taza de chocolate sin
azúcar.
La artista que había preparado la comida no era otra que la
querida del Sr. Federico de los Ríos; esbelta y bella joven de diez
y ocho años próximamente, en la plenitud de la vida y con toda la
frescura de la edad. Es una zamba (sangre mezclada de indio y
negro). La calma y la dulzura de sus ojos, la expresion aniñada y
candorosa de su fisonomía, su hermosa y abundante cabellera negra,
partida en dos gruesas trenzas negras, avanza hasta caer sobre sus
mejillas; su cara prolongada, que debe á sus rojos antepasados, la
boca grande, los labios gruesos y la nariz aplastada que debe á sus
abuelos de Africa. Lo que más llama la atencion es la sin igual
finura de sus manos y las formas perfectas de sus mórbidas espaldas
y de sus torneados brazos. Su tez ha conservado el oscuro color del
indio, pero ha perdido el tinte de hollin de los negros, color que
se hace sumamente agradable á la vista. Lo mismo que sucede á las
demas zambas, pues es regla que no tiene excepcion, ahora empieza á
engordar y llegará sin duda á ponerse disforme, como todas sus
congéneres, pero hasta ahora le sienta á las mil maravillas el
desarrollo que ha adquirido; á los veinte años sin duda aquellas
airosas curvas que hoy seducen se romperán, formando mazas que
desagradan siempre; á los veinticinco las mujeres de aquella raza
llegan á un punto tal de obesidad, que apenas si pueden
distinguirse los rasgos de su fisonomía. Las espaldas, demasiado
carnosas, están prolongadas por unos brazos que se parecen mucho á
grandes jamones curtidos, y nada quiero decir del enorme volúmen de
su pecho ni de su vientre.
En el Darien el matrimonio regular, ó sea la union legítima de
un hombre con una mujer para miéntras vivan, es casi desconocido,
sin que de esto pueda sacarse la consecuencia de que, las
costumbres estén más pervertidas que en otra cualquier region; al
ménos tal cosa puede decirse de los que llevan allí una vida
sedentaria, que generalmente son solos los hijos del país, y por lo
general se distinguen por el buen arreglo de sus casas, por la
recíproca fidelidad que se guardan los que se reunen respecto hacia
las compañeras de otros, y el amor á los hijos, virtudes que
abundan entre ellos á pesar del poco freno que la religion impone á
gentes que en la principal de las instituciones para la vida, en la
que sirve de origen y fundamento á la familia, no le hace tomar
participacion ninguna, sino que atienden sólo á la inclinacion de
la voluntad; que si bien es cierto que en muchos casos une á los
séres con falsos lazos, no es lo ménos que lo mismo sucede en los
países donde á la religion se le hace desempeñar un gran papel en
la contratacion de los vínculos.
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Habitacion de un rico
darienita.
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Esto que decimos con respecto á los naturales, no podemos
hacerlo extensivo á la poblacion flotante, compuesta en su mayor
número de individuos que han sido llevados allí por el afan de
lucro, arrastrados por los elevados jornales que se pagan á los
dedicados á la busca del cautchouc, y que proceden de las peores
clases sociales de Panamá y Cartagena, poblaciones de las que
muchas veces escapan huyendo de la persecucion de la justicia por
crímenes que han cometido, y que van á refugiarse en aquellas
regiones: considerados bajo el punto de vista de los vicios, es
sumamente imposible, si no difícil, encontrar algo peor, pues pocos
serán los que los aventajen en borracheras, en pereza y en
costumbres disolutas; á cualquier parte donde fueran serían un
elemento de corrupcion y un ejemplo de vida licenciosa y depravada;
nada les importa el tiempo que malgastan ni el dinero que
dilapidan, y tal es su manera de vivir, que aunque diariamente
ganaran un centenar de pesos, volverían siempre á sus casas en un
estado pobre y miserable. En medio de esto, que, como fácil es
comprender, es muy de lamentar, hay que hacerles la justicia de
confesar que no son ni brutales ni ladrones. Entre estas gentes
sólo un pasajero deseo ó un capricho es lo que preside á las
uniones de hombres con mujeres; así es que apenas si tienen
duracion, excepto en un limitado número de casos, y es bastante
frecuente ver que una mujer con todos sus hijos pasa de la noche á
la mañana desde la choza de un cartagenero á la de un panameño, sin
que les llame en lo más mínimo la atencion, ni sea entre ellos
motivo de resentimiento ó de disgustos. Las costumbres son éstas, y
por raro que pueda ser, no las han reformado en el considerable
número de años que llevan viviendo en aquellas regiones. Por regla
general, estas reprobadas uniones, que con gran prevencion miran
las gentes del país, se dan al volver de alguna expedicion en la
que hayan obtenido pingües ventajas, y en ellas preside un interes
mezquino, pues siempre son preferidas las que mayor cantidad de
cautchouc tienen.
Esta falta de matrimonios consagrados por la ley ó por la
religion, no debe en manera alguna atribuírse á falta ó perversion
del sentido moral, ó á instintiva repulsion por las cadenas del
matrimonio. Cierto es que el negro no manifiesta aficion ninguna
por los contratos, y que no hay nada en el mundo que deteste tanto
como las moratorias, plazos y formalidades que entre nosotros son
los forzosos preliminares de la constitucion de la familia; pero á
más de esto, hay otras varias causas que pueden explicarnos esta
rara manera de constituir lo que allí tambien debe llamarse
matrimonio. Esta institucion, bajo el punto de vista civil, no es
necesaria, por cuanto la propiedad apénas existe. Los únicos
inmuebles que podrían ser inventariados son las miserables chozas
en que habitan: los muebles son de lo más sencillo, primitivo y
rudimentario que puede imaginarse; no existen adornos ningunos,
sinó lo puramente necesario de todo punto, y esto malo y tosco,
como que no existe cultura ninguna que pueda llevarlos á la
reforma. El suelo pertenece siempre al primero que llega: el que
encuentra un terreno que por cualquier circunstancia le puede
convenir, lo desbroza, lo labra, lo planta y se aprovecha, sin que
nadie, sea el que sea, reclame un derecho, ni áun nominal, sobre
aquel terreno. No existe nada que pueda equivaler á dotes,
pensiones ni testamentos. Lo que un hombre deja al morir, va
naturalmente, sin que haya legislado nada sobre el particular, á la
mujer que con él vivía y á sus hijos, y no es posible que nadie
entable discusion ni pleito sobre objetos que tan escaso valor
tienen.
En cuanto al matrimonio religioso, se comprende su desuso
sabiendo que hace más de cien años que aquellos pueblos no tienen
verdaderos sacerdotes. El único culto que los indígenas practican
está limitado á convertir los días de fiesta en orgías
escandalosas, en las que consuman todo lo ganado en muchas semanas
anteriores, balbucear algunos rezos cuyo sentido no comprenden y
que más que nada la costumbre les hace repetir, hacer la señal de
la cruz en los parajes peligrosos ó donde el supersticioso temor
les hace ver algun espíritu malo, y poseer algunas efigies de San
Juan Bautista, de San Antonio ó de la Virgen, encargadas de
preservarles de los males y enfermedades, así como tambien de
ayudarles en la busca de los objetos perdidos. Tal es su ignorancia
en materias religiosas, que, por lo que decimos, no todas las
imágenes tienen el mismo valor y mérito, ni son representaciones
comunes de un santo, sinó que la que uno posee es mucho mejor que
la del otro, porque le ha prestado más servicios, porque con su
auxilio halló lo que buscaba ó fué más afortunado en tal
empresa.
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