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XVI

 

 El Tuyra en alta marea.-Las tortugas.-Paisajes agradables, naturaleza espléndida.-El estanque de la Palma.-La casa y el caserío de D. Federico de los Ríos.-La familia, la propiedad y la religion en la tierra de Darien.


Como he dicho, mi objeto principal al abandonar el cuartel general, segun indicaciones del digno jefe que nos dirigía, había sido estudiar las mareas, su desarrollo y crecimiento en el puerto de Chepigana; pero repetidas observaciones me convencieron bien pronto de que este estudio local no podía darme datos exactos, como los necesitábamos, de la marcha del Tuyra, y por esta razon aproveché algunos días que me quedaban para ir á la Palma, donde el río, al confluir con el Sabana y reunirse las corrientes, ensancha su cauce, formando un inmenso estanque ó laguna, lugar que naturalmente habíamos designado todos como puerto interior del canal que se proyectaba, y que tanto deseábamos ver terminado.

El día 2, segun mis deseos, fue botada de nuevo nuestra canoa al agua: el trayecto que teníamos que recorrer era próximamente de unos diez y ocho kilómetros; hacía un tiempo hermoso; ni una nube oscurecía el espléndido azul del cielo, y ningun viento contrario podía retardar nuestra marcha; estábamos en la época de las altas mareas. Por el Tuyra navegan algunas flotillas de troncos de árboles; algunos gigantescos |bongos ó quippos, que llegan á tener hasta treinta metros de largo y dos metros de diámetro, se encuentran acá y allá como cosas allí nacidas. Nos­otros descendíamos muy lentamente, hasta el punto que, dada la inmovilidad de las aguas, apénas abríamos surco ninguno, ni parecía que operábamos el menor movimiento; varios |marsuinos pequeños y no pocas tortugas, engañados por nuestra aparente inmovilidad, se aproximaban á cada instante: nosotros, por nuestra parte, teníamos bien preparados nues­tros fusiles, pero aquellos animales sólo tienen las fauces abiertas, y no sacan la cabeza fuera del agua más que el tiempo necesario para salir de su error; así es que ninguno de nuestros disparos pudo alcanzarles, gracias á la rapidez con que se sumergían. En aquella época del año, las tortugas abundan extraordinariamente en el Tuyra, pues es el tiempo en que remontan su corriente para ir á depositar sus huevos en los bancos de arena de la parte alta del río. Sus nidos están dispuestos de muy hábil manera, pues la excavacion que practican la cubren despues tan bien y es tal el disimulo, que nadie diría existe allí un nido. En cada uno de ellos depositan catorce ó quince huevos de cáscara apergaminada, que constituyen un manjar muy suculento y muy buscado; la coccion que se les hace sufrir no basta nunca á coagular lo amarillo de este huevo.

Siguiendo nuestra marcha, doblamos el cabo de Seteganti, sobre el cual los españoles tenían establecido un fortin, del que aún quedan algunos restos: despues las dos riberas comienzan á separarse rápidamente la una de la otra y se penetra en el ancho fondeadero que forman el Tuyra y el Sabana en su punto de confluencia.

En tanto que la navegacion que se efectúa es por río, apenas si se experimenta el menor cuidado, y tranquilamente se abandona uno á sus aguas, aunque el cauce sea tan ancho como el del Tuyra, pues por débil y mal dispuesta que sea la embarcacion en que uno vaya, por malas que sean las condiciones de la piragua en que uno se aventure, se sabe perfectamente que aunque los vientos comiencen á silbar con fuerza y las olas á hervir, inquietándose las aguas y agitando la corriente, siempre queda sobrado tiempo para, sin precipitarse demasiado, tomar cualquiera de las calas naturales que con frecuencia se hallan en las orillas, sobre las que de antemano se sabe que los choques no son de inminente peligro: pero toda la seguridad que pueda tenerse y toda la confianza que se lleve hay que perderla al encontrarse en un estanque de las extraordinarias dimensiones del de La Palma. Instintivamente se hacen cosas en las que ántes ni siquiera se pensaba; se cuida hasta con solicitud de los menores detalles de la maniobra, se vigilan los menores movimientos, se reconoce repetidas veces el casco, y no se separa la vista del horizonte ni un momento, á fin de estar prevenidos muy á tiempo de cualquier peligro que pueda amenazar, por insignificante que sea: atentos á las menores variaciones que sufra el aspecto del mar, se pregunta uno repetidas veces si los límites en que se mueve son simplemente azotados por una corriente de aire que por casualidad cae sobre la líquida extension, o si son agitados por ráfagas que es necesario evitar á toda costa; y estos pensamientos y estos temores que sin querer van embargando el ánimo, fueron causa de que en aquella ocasion las conversaciones y las historietas fueran sustituidas poco á poco por un imponente silencio.

Entrada de Pinogana.

Nuestros marineros manifestaban cada vez más vivos deseos de llegar al puerto, para lo cual se daban cuanta prisa podían, pues ellos sabían por experiencia, como nacidos en aquel terreno, que los peligros eran mayores que lo que parecían; sabían que el río es ancho, que las aguas son cenagosas y profundas, y que abundan en la corriente pérfidos remolinos que irremisiblemente arrastran al fondo á los mejores nadadores. Cada resto de cualquier cosa que ven flotar sobre la superficie constituye para ellos uno de esos tan temidos caimanes, capaces de destruir con la cola las mayores embarcaciones, ú otro de los tan atroces monstruos que suponen crecen detras de cada rama; afirman tambien que en un caso desgraciado nunca podría considerarse como afortunado el que consiguiera llegar á las orillas, pues de tal naturaleza son, que en ellas no hay más remedio que morir ahogado en el cieno que en su mayor parte las constituyen, ó perecer de hambre, pues no crecen allí otras plantas que ruines manglos. Podría parecer, sin embargo, que la vista del delicado panorama que nos rodea debía destruir todo temor, por vago que fuera, para dar lugar sólo al encanto y á la admiracion, pues en pocas partes se podría gozar de un golpe de vista tan encantador, y en pocas orillas como en aquellas habrá tanta armonía, tanta belleza y tanta gracia. Detras de la ancha zona de pantanos, que en aquel sitio son tan bajos que apenas puede distinguirse si pertenecen al río ó á la tierra, y donde crecen los paletuvios de millares de raíces y poderosas ramas, se levantan elegantes colinas y pequeñas montañas, agradabilísimas á la vista por la fresca y esplendente vegetacion que en ella florece. Las especies vegetales que crecen allí varían hasta el infinito, segun la altura y el suelo, de modo que los tintes más claros ó más oscuros hacen cambiar los matices de aquel soberbio manto con que la naturaleza espléndida se engalana. Aquí las bajas ramas asemejan espacios cubiertos de mate terciopelo; más allá pequeños arbustos forman inmensos y caprichosos bordados que se distinguen en la selva vírgen; en otro lado sacuden al viento sus inmensos abanicos verdes los cocosbellos; los palmeros con sus largos penachos oscuros alternan acá y allá con los |quippos, esos árboles gigantescos que se reconocen áun en medio de la más espesa aglomeracion de verde follaje, y sobre los picos de las altas colinas se hallan los platanillos, muy parecidos á los bananos. No es posible, aunque busquemos y rebusquemos palabras á propósito, encontrar las que puedan servir, no á expresar lo cierto, sino á dar una ligera idea siquiera de la incomparable dulzura de aquellas infinitas transiciones, cambios y desleimientos de matices. Ningun contraste pasa desapercibido, pues en aquella armonía todos los tonos se mezclan sin confundirse. Detras de las colinas y por todas partes se ven asomar las cimas elevadas de la cordillera, semejantes á los clientes de una sierra y los picos más agudos del considerable Piriri; pero tan léjos, tan distantes, que nadie podrá afirmar la realidad de su existencia pues á pesar de la fuerza y de la trasparencia del aire, cualquiera diría que son sombras caprichosas de nubes que flotan en el espacio; sólo se distingue como un vapor de azul más brillante que el del cielo.

Las casas de La Palma ocupan una cañada en lo más espeso del cerro de la Puntita, que obliga al río Tuyra á describir una curva considerable á la parte de arriba del golfo de San Miguel, su fondeadero.

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