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XV

 

El Real Viejo.-Pinogana, nuestro cuartel general-Vuelta á Chepigana.


Más abajo de la isla de los Aligatores, la anchura del río decrece de una manera considerable, hasta no llegar á tener más que unos trescientos metros por término medio: el Tuyra, cuya corriente anterior era casi recta, sin presentar dificultad alguna, principia á presentar sinuosidades que cada vez se acentúan más; los ribazos se elevan y sólo se hallan sumergidos por algunos puntos, dentro del agua, ó los cubre ésta en las altas mareas ó en las fuertes avenidas; los manglos se encuentran sostenidos por otras especies vegetales, comienzan á aparecer las dianas, siendo por algunos puntos tan exuberante su vegetacion, que la selva entera, troncos, ramas y hojas, se encuentra cubierta como por un manto, que oculta por completo las formas de los árboles, arrebatándoles, digámoslo así, toda su individualidad. No hay allí ni órden, ni concierto; hacia cualquier parte que se mire no se ven más que montones de verde follaje, tan intricado y espeso, que nadie puede decir á qué rama pertenecen unas hojas, ni de dónde parten los troncos que la sustentan, formando una red tal, que apenas deja paso á los rayos del sol. No pocas veces aquella verde alfombra, tapizada acá y allá por brillantes flores, parece como que se derrama y llega hasta el mismo borde de las aguas.

Un poco ántes del punto en que se une el río Chucunaque con el Tuyra, los puntos fangosos, ó sean aquellos en que se extienden las aguas en la orilla, sin tener despues libre curso, se encuentran poblados de unas razas plantas de hojas cordiformes cuyo largo se extiende á varios piés. Más tarde se rodea una pequeña isla, el Real Viejo, excelente posicion en la que los españoles, miéntras fueron poseedores de aquel territorio, sostuvieron un fortin. En el punto de confluencia, el río se ensancha de nuevo; la extension baja y pantanosa se prolonga sobre las orillas del Chucunaque, la artéria mayor del Tuyra y la que deberá imponer su nombre. Desde que se entra en el valle superior del Tuyra, el paisaje cambia por completo; el río no pasa de ser un bello arroyo de suave y mansa corriente, cuyos bordes se levantan adornados de una vegetacion alegre y variada, y allá en el fondo se ven destacar las altas montañas del Piriri. Parece que el alma se ensancha ante aquel golpe de vista, mucho más cuando ya no es uno continuamente aterrorizado con el relato de siniestros acontecimientos, efecto de peligros que se han dejado atras y de los que dejamos hecha mencion.

La noche aquella la pasamos en un pueblo llamado el Real de Santa María, en la casa de una honrada y sencilla familia, que permitió, sin oponer el menor reparo, que suspendiéramos nuestras hamacas en sus estacas, y allí, bajo el amparo de los mosquiteros, porque de otra manera hubiera sido imposible, nos entregamos al descanso, que tan necesario nos era, procurando reponernos de los largos insomnios que en las piraguas llevábamos sufridos. A las dos de la madrugada nos levantamos, disponiéndonos de nuevo á continuar nuestra interrumpida marcha, á fin de poder tambien aprovechar el flujo que comenzaba en aquella hora: al amanecer nos encontramos delante de Molineca, el pueblo más miserable y pobre que se encuentra en el Darien, y al mediodía llegábamos á Pinogana, poblacion que no cuenta arriba de doscientas almas, y donde se encontraba desde la víspera M. Wyse con el resto del personal, procediéndose inmediatamente á la formacion de brigadas. Ya en aquel pueblo, que, formando contraste con el anterior, es el más limpio y mejor situado de cuantos en aquella region pueden encontrarse, se había instalado la bonita empalizada que fué desde entónces nuestro cuartel general, y donde se organizó cuanto era necesario para nuestras atenciones. El 18 de Diciembre, al ser de día, los preparativos estaban acabados, los instrumentos en regla y como hasta una docena de piraguas cargadas.

Vista de Molineca.

Aquel mismo día H. Wyse me dió sus instrucciones, á fin de que desde luégo comenzara el estudio de la hidrografía, que me confiaba, sobre toda la extension del Tuyra marítimo y sobre el régimen de las mareas en Chepigana, dándome por adjuntos á M. Balfour, un escocés al servicio del Gobierno del istmo y á Lenoan, contramaestre de maniobras.

En la mañana siguiente nuestro ingeniero en jefe, M. Celler, comenzó los trabajos con sus brigadas, que formaban en total cincuenta y tres hombres, treinta y ocho indígenas y quince de los individuos que componían la mision. La primera, dirigida por M. Millat, estaba encargada de determinar el nivelamiento, para lo que tenían que servirse del nivel de burbuja de aire y el sondeamiento del río; la segunda estaba encargada del plano del Tuyra. M. Gerster y M. Musso un día, M. Barbiez y M. Sosa otro, tomaban las alturas y á la mañana siguiente calculaban sus observaciones, é iban de este modo levantando poco á poco el mapa de aquella region. A M. Bixio le estaba confiada la organizacion de los campamentos y todo lo referente al servicio general.

Luégo que las operaciones, bien organizadas, comenzaron á marchar de acuerdo, haciendo todo prometer los más felices resultados, M. Wyse, que, como hemos dicho, no descuidaba nada y estaba atento para prevenir cualquier contratiempo que pudiera ocurrir, remontó el Tuyra para que al llegar nosotros á aquel punto fuéramos bien recibidos por los indios que allí habitan, y que no sabíamos, dado su carácter díscolo y salvaje, cómo tomarían la visita intempestiva de tanta gente, que había de realizar trabajos de los que no tenían más remedio que extrañarse; al mismo tiempo su objeto principal era observar toda la cordillera para asegurarse de cuál era el cuello más bajo y que ménos dificultades había de presentar para la apertura del paso que todos deseábamos. En cuanto á mí, los estudios que se me habían confiado me retenían en Chepigana, y allí continué, dedicando á ellos cuanto cuidado me fué posible, á fin de no defraudar las esperanzas que en mí hubieran podido fundarse, y héme aquí volviendo á descender por la corriente del Tuyra en una piragua tan cargada, que el agua casi tocaba á los bordes, preocupado con los sondajes y midiendo án­gulos, perfiles y traviesas.

Nuestro cuartel general en Pinogana.

El primer día que salimos lo efectuamos á las dos de la tarde, y no volvimos al Real de Santa María hasta que las sombras de la noche lo invadieron todo, haciendo imposible la continuacion de los trabajos.

Durante los días siguientes, seguí en la misma ocupacion, experimentando el mismo terrible aburrimiento, y teniendo por único pasatiempo la diversion brutal de hacer fuego sobre los caimanes que duermen en la fangosa orilla con la boca desmesuradamente abierta; nuestros disparos nunca consiguieron más que despertar al animal, que inmediatamente se ponía en precipitada fuga, cerrando sus enormes quijadas, sin que nunca pudiéramos alcanzar á ninguno. He llegado á creer posible que al repugnante anfibio se le pudiera coger de la manera siguiente: un hombre valiente y animoso, procurando hacer el menor ruido posible, se acercaría al animal, yendo provisto de un corto palo, aguzado por ambos extremos, que colocaría entre las mandíbulas abiertas entónces del caiman: dando un grito en seguida, despierta, y al querer cerrarlas se clava la traviesa, la cual va sujeta con una cuerda, de la que se tira fuertemente, sin que el animal pueda escaparse de ningun modo y sin que le sea posible intentar ninguna defensa, por lo cual puede uno acercarlo á la canoa sin temor ninguno á los formidables golpes de su cola. Cuando comuniqué mi pensamiento á ciertos indígenas de los que me acompañaban, todos afirmaron que este medio se empleaba en el país; pero no conozco á ninguno que lo haya visto poner en práctica.

Al cuarto día la piragua llegó á las costas de Chepigana, donde inmediatamente, á fin de no perder un momento, organizamos el servicio para la mejor observacion de las mareas. Un frances, Luis Gral, antiguo marinero del comercio, y que, sin que sepamos por qué motivo, se encontraba en aquel país, fué el que nos preparó todo el material necesario, incluso una choza que, aunque bastante estropeada y un tanto podridas las pajas que formaban su techumbre, estaba admirablemente situada sobre una punta formada por superposicion de rocas en el mismo sitio en que teníamos colocados nuestros aparatos para la medicion de las alzas y bajas que pudieran ocurrir. Estos se encontraban bastante expuestos, y hubiéramos podido temer cualquier avería que nos causaran las embarcaciones que surcaban el río por aquel punto; pero teníamos muy presente, contándolo como una garantía, el terror supersticioso que experimentan los negros al ver todo instrumento destinado á observaciones científicas, y en los que su ignorancia les hace ver sólo amuletos ó grigriz, como ellos llaman, para causar maleficios.

Real de Santa María

Gral tenía un hijo pequeño de cuatro meses, bastante bello, muy fuerte y bien formado, y que jamas lloraba. Sin duda llevado de los gratos recuerdos del hogar, que por nada ni por nadie se pierden en el mundo, yo le tomé tres ó cuatro veces para hacerlo saltar cariñosamente sobre mis rodillas; pero como aquí es costumbre tener á los pequeñuelos completamente desnudos, á los pocos minutos me veía obligado á soltarlo, pues mis manos se mojaban con el abundante sudor que su cuerpo segregaba: no ha dejado de llamar siempre mi atencion cómo pueden maniobrar y no ocurren más desgraciados accidentes; cómo no caen al suelo con frecuencia aquellos chicos que con tanta facilidad se escurren, y más aún cuando generalmente los llevan sobre el anca del caballo, rodeados por el brazo materno, posicion en la que parecen ir muy cómodamente, y la que no abandonan hasta que pueden tenerse por sí solos.

Empleé algunos días en imponer á M. Balfour de las observaciones de la marea y de meteorología. Espero que podré reunirme con M. Wyse en Paya hacia mediados de Enero. Estamos en Pascua de Navidad, fiesta que dura aquí una semana, y en la que todos los habitantes vienen al pueblo; los cautcheros, aunque estuvieran en lo más duro y apartado de la cordillera, se apresurarían á venir: todo el día se pasa en jugar y beber, y toda la noche en beber y bailar. La diversion favorita de la gente joven consiste en tocar sin interrupcion la trompa marina, dicho lo cual, dejo á la consideracion de todos si es posible descansar durante aquellas fiestas, á lo que hay que añadir que los devotos del pueblo manifiestan sus sentimientos religiosos repicando las campanas .

La iglesia de Chepigana no es más que una gran choza, parecida á las demas cabañas del lugar; pero para los días especiales de gran fiesta levantan un estrado, sobre el que suspenden dos campanas, y el hombre piadoso, armada cada una de sus manos con una piedra, hiere con toda la fuerza de su brazo el metal sonoro: otros no menos celosos le acompañan con un tambor y salvas hechas con disparos de fusil.

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