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XIV

 

El Tuyra y sus paletuvios.-Laguna de Matunsacrati.-Los caimanes darienitas.-Sus cuevas.-Cómo los matan y cómo los ahogan.


En su parte inferior, el río, cuya profundidad excede de siete metros, tiene pormuchos puntos un kilómetro de ancho. Sus riberas son muy bajas, fangosas, y muchas veces inundadas en largas extensiones, ó cortadas á cada instante por arroyos confluentes, que se ensanchan por el reflujo que la marea produce. Sólo el paletuvio puede arraigar en aquellos pantanos, donde toda la demas vegetacion es imposible, por lo cual, cuanto alcanza la vista es triste y monotono en demasía.

Sobre la orilla derecha, cuando se ha pasado ya el ancho estanque que se forma á la parte arriba de Chepigana, se encuentra una laguna inmensa, que se extiende paralelamente al río, en una longitud de muchas decenas de kilómetros, y cuya vista sólo inspira un indecible terror. Segun cuentan, ni uno solo de los imprudentes que se han atrevido á aventurarse en ella ha podido salvarse; sólo conservan memoria de un raro caso, que por lo extraordinario lo refieren, acaecido á unos soldados españoles, que defendiendo un fuerte, en el pasado siglo, se vieron desalojados por los indios que los atacaban; obligados á dispersarse, algunos, que eran perseguidos muy de cerca, se vieron en la necesidad de atravesarla, haciéndolo con tan buena fortuna, que llegaron salvos á la orilla opuesta, habiéndose servido únicamente, para tan peligroso viaje, de una sencilla balsa. El temor que tal laguna inspiraba ántes se aumentó desde entónces, pues los fugitivos contaron haber visto enormes aligatores y terribles serpientes acuáticas, que en toda la travesía no dejaron de perseguirlos, por lo que hasta los más decididos se miran mucho antes de atreverse á pescar en los arroyos que desaguan en el lago. Los que blasonan de despreocupados, que en todas partes abundan, cuando oyen hablar de tales monstruos y horribles animales, alzan desdeñosamente las espaldas, pues segun ellos todo aquel sitio lo único que tiene es que está encantado; desde el momento en que se aproximan á las orillas del Matunsacrati se está perdido, segun dicen, si se separan los unos de los otros, pues un espíritu maligno que destruye los ecos hace cambiar y recambiar tanto los sones de la voz, que hace imposible el que los cazadores puedan acudir al llamamiento de los patrones, y volver, por tanto, á encontrar sus piraguas. 

De muy buena gana nos hubiéramos aventurado por aclarar el misterio. En la hipótesis de un canal que pasara por el Darien, aquella extension de agua, de la misma manera que la dieron los Lagos Amargos en el corte practicado en Suez, hubiera podido abrirnos paso, evitando de este modo el que más tarde la compañía tuviera que hacer trabajos para la mejoracion del Tuyra; pero por desgracia el tiempo nos ha faltado siempre, y en aquella ocasion, que por tan necesario nos era, faltónos para explorar lo que aquello fuera, aunque nuestra opinion es de que tal vez sea sólo un pantano formado por el desagüe de algunos ríos.

Darienitas vestidas con la Pollera.

Apénas rayaba el alba cuando fondeamos en la isla de los Aligatores, rodeada de llanos, en los que bien pronto un número considerable de aquellos animales vinieron á tenderse al sol. Estos saurios, segun se ha podido observar, sólo permanecen en el agua el tiempo necesario para proporcionarse el alimento que necesitan, pues aman apasionadamente el calor, y su gozo supremo lo encuentran en poder estirarse tan largos como son y revolcarse en una playa seca y consistente: aquella grava pavorosa se halla en muchos kilómetros hacia la parte de arriba, y lo mismo en el sentido contrario, razon porque es el lugar donde parece se dan cita los señores caimanes, que acuden desde puntos bastante retirados. En aquel sitio los grandes y fuertes devoran sin compasion á los pequeños ó débiles, y ninguno de aquella repugnante familia cuyas dimensiones sean menores de cuatro metros, se atreverá á comparecer en aquella asamblea de grandes devoradores, pues parecen saber que su muerte es segura; y gracias á tales usos, ninguno se atreverá á molestar en lo más mínimo á los grandes patriarcas, que por su parte, y fiados en su considerable poder, se toman cuanto terreno quieren para dormir con toda comodidad sus siestas.

En aquel lugar de eleccion, el río, limitado por la isla que avanza bastante, forma una curva sumamente pronunciada, el agua es profunda, los ribazos de la orilla derecha, que se hallan cubiertos por el agua, están tal vez cortados á pico y probablemente llenos de cuevas superpuestas como los nichos de los cementerios españoles.

La cueva es un agujero estrecho y profundo, en el que el animal entra arrastrándose: allí se oculta completamente, y en la quietud espera la presa que ha de devorar para su alimentacion. Estas cuevas se encuentran más frecuentemente en los charcos, en excavaciones bastante profundas á veces, que se agitan en remolinos: en los demas sitios no se hallan caimanes, por lo que se puede nadar y permanecer en el agua sin el menor cuidado. Despues de todo, por espesa y fuerte que sea la coraza con que están protegidos, sobre la cual botan las balas sin atravesarla, á pesar de su enorme quijada, armada de formidables dientes, que imponen espanto, y de la poderosa fuerza de su cola, con uno de cuyos golpes podrían con suma facilidad hacer pedazos cualquier canoa, por fuerte que fuera, aquel repugnante bicho es tan cobarde, que no ataca jamas al hombre. Los pescadores de manati en la Loma de Cristal y en las lagunas de Cacarica me han contado lo siguiente: Habiéndose apercibido de que algunos grandes caimanes se aprovechaban de su sueño para venir á quitarles tiras de carne de las que ya tenían preparadas para que se fueran curando, se pusieron en acecho, y efectivamente pudieron convencerse de la verdad; poco despues los aligatores, creyéndose seguros como en las anteriores noches, llegaron á hacer su presa, y saliendo de sus escondites repentinamente los que los aguardaban, cayeron sobre ellos, haciéndolos huir á palos, que eran las únicas armas de que disponían. Este relato, hecho por personas que nos merecen entero crédito, desmiente en absoluto todas las fábulas y cuentos que acerca de la ferocidad de dichos bichos se refieren, y de las tenaces y duras resistencias que oponen. 

Cuentan tambien que los caimanes, sin hacer el más ligero movimiento en defensa propia, sin que intenten huir siquiera, se dejan comer la cola por los tigres, y que no bien escuchan el ronco grito del más poderoso individuo de la raza felina, abandonan lo que más agradable pueda serles, cuidándose sólo de correr atropelladamente para zambullirse en el agua, que es únicamente donde se encuentra seguro. Los dos Verbrugghe, mis grandes amigos, para quienes las Américas, por grandes que sean, no tienen secretos, pues las han recorrido en todas direcciones, sin dejar una selva ni un bosque por explorar, y que han recogido los más ciertos y verídicos datos de boca de los naturales mismos, me han dicho repetidas veces que este hecho es cierto, pues en to­das partes sucede lo mismo.

Caza de los caimanes

Aseguran que los aligatores mueren muy tarde, habiendo algunos que llegan á una longevidad considerable, sin dejar nunca de crecer; así es que llegan á ser algunos de dimensiones extraordinarias. Cuando tienen cierto número de años comienzan á cubrirse de escamas verdosas y múltiples excrescencias, gracias á las que adquieren gran semejanza con un grueso tronco encenagado. Estos son los más peligrosos y perjudiciales, por cuanto la dureza de sus conchas y su excesivo peso son causas más que suficientes para que decrezcan en agilidad y se vean imposibilitados de coger el pescado al paso, como en ellos es costumbre, y hostigados por la necesidad es cuando acometen terriblemente á los ganados y al hombre. Un tal Juan de Pinogana, hermano de uno de los macheteros que con nosotros venía, y que es el que nos ha referido el caso, viajaba tranquilamente en una piragua cuando observó, con gran sorpresa y espanto, que uno de aquellos monstruos lo seguía muy de cerca, con su enorme boca abierta, dispuesto ya á atacarlo. Instintivamente, y casi sin darse cuenta de lo que hacía, armó su escopeta y procurando una cierta puntería, hizo fuego: apenas partida la bala, él se encontró en el agua, pues la piragua había sido hecha pedazos por un terrible golpe de la cola del animal; por fortuna el disparo había sido perfectamente hecho, y el monstruo, herido ó asustado, escapó, dejándole ganar la orilla á nado. Sobre el Bayano, y bastante cerca de Jesus y María, que así se llama una plantacion de cañas de azúcar, propiedad del doctor Cratochvill, un caiman de nueve metros de largo y lo ménos dos de circunferencia había cometido tales destrozos, que obligaba á estar siempre en guardia á los habitantes del pueblo, y á pesar de toda la vigilancia y de las precauciones que se tenían tornadas, había devorado á dos infelices. Cuando un hombre se aventuraba en una piragua, aquel enorme aligator la rondaba, siguiéndola en sus evoluciones; despues sacaba su inmundo cuerpo, y levantando una pata y apoyándola en cualquiera de las bordas, la hacía naufragar; si una canoa estaba fondeada, se le veía lo más cerca posible, con el rugoso lomo por cima del agua y su tragadero enorme abierto, esperando tranquilamente carne fresca. Despues de los muchos sustos que había hecho sufrir en un buen espacio de tiempo, durante el cual nadie tenía seguridad completa, dos metros más allá del escalon de su casa, y en el que muchas piraguas y canoas habían sido destruidas por el terrible anfibio, una bala bien dirigida puso término á la ansiedad en que vivían, matando al tan temido caiman.

Cuando uno de estos bichos llega á hacerse temible por estar en la edad en que acomete al hombre y á los ganados, como dejamos dicho, el medio que emplean para librarse de ellos es preparar un fuerte anzuelo con un pato, que es el menor bocado de un caiman, el cual se amarra á un fuerte cable: tan pronto corno el animal ha mordido el cebo, tiran de la cuerda para sacarlo á tierra, saliendo tan fatigado, que despues lo rematan á hachazos, como si fuera una oveja ó cualquier otro animal inofensivo.

Otro de los medios de que suelen valerse es el siguiente: á una de las extremidades de un fuerte cabo de hierro amarran un pedazo de madera, y en la otra un agudo gancho, el que envuelven cuidadosamente con las tripas y los despojos de un animal, y todo así preparado, lo arrojan al agua. El caiman, tan pronto como traga el engaño, se ve obligado á arrastrar todo lo que lo constituía, el pedazo de madera se engancha entre las hierbas ó entre las matas y al tirar lo hace sobre el puntiagudo gancho que lleva en las entrañas, concluyendo por destrozárselas y matarlo.

Lo más difícil que hay es poderlos matar de un solo golpe, pues es necesario para ello que la bala le dé en el ojo, ó en un sitio muy próximo á él, ó que interese algun órgano importante, al traves de la piel del vientre, que es mucho más blanda que la del resto del cuerpo, en que los proyectiles botarían sin causarles el menor daño. Generalmente se contentan con tirarle con postas: el aligator tiene mala carne, como dicen los naturales, y las heridas más insignificantes se le curan con gran dificultad, hasta tal punto, que basta que un solo plomo le haya entrado por cualquiera de las junturas del cuello ó por debajo del vientre, para que algunos días despues aparezca muerto en cualquiera de sus escondrijos.

Generalmente los caimanes duermen con la boca abierta, teniendo la mandíbula superior casi vertical; el menor ruido basta para despertarlos, y entónces, sea cualquiera la causa que lo haya producido, se arrastran penosamente hacia el agua, describiendo zig-zag: cuando huyen ó persiguen alguna pesca en tierra, corren con gran celeridad, y sin la menor dificultad se vuelven hacia la derecha ó hacia la izquierda, no siendo cierto, por tanto, lo que algunos refieren, que, por efecto de su natural organizacion, no pueden volverse de un lado á otro, sin describir una curva de un radio igual al largo de su cuerpo; cuando avanzan de este modo son terribles, y dudo mucho de que ningun hombre pueda escapárseles. En el agua nadan tambien muy deprisa, siendo muy de notar que jamás hacen uso de las patas para efectuar estos movimientos, sinó que sólo con la cola pueden sostenerse y avanzar.

En las ciénagas pantanosas, cuyas aguas son muy poco profundas, hay muchos que se divierten en ahogar los caimanes. Para esto escogen uno que no puedan inspirar mucho cuidado, y cuyas dimensiones no excedan de tres ó cuatro metros, y á fuerza de molestarlo por cuantos medios encuentran disponibles, consiguen que abandone el campo, obligándolo á que se oculte bajo las hierbas acuáticas de que todos aquellos contornos están llenos, ó bajo el movible tapiz que sobre las aguas forman las hojas de nenúfar: una vez en cualquiera de estos lugares, procuran por medio de golpes ó tiros que los asustan, que salgan de ellos para buscar otro refugio; en su carrera lo siguen, hostigándolo siempre y arrojándole los objetos que sujetos á largas cuerdas llevan prevenidos, cuidando siempre de que no pueda sacar la cabeza de debajo del agua, á fin de que no puedan respirar el aire libre, que les es tan necesario para la vida, y con lo que ántes de mucho el animal sucumbe. Esta diversion extraña y rara, á la que son muy pocos los que se dedican, no está exenta de peligros, pues con frecuencia en los montones de hierba, bajo las hojas ó entre el cieno con que enturbian las aguas, se esconde uno de estos monstruos, que, en vez de abandonar el lugar de defensa que arbitrara, al sacudir la cola puede muy fácilmente romper la embarcacion. Entónces los papeles se truecan, y el cazador, que poco ántes creía segura su presa y se veía dueño del animal, es cazado á su vez casi irremisiblemente, pues aturdido por el primer golpe, que nunca esperara y cayendo al agua sin estar prevenido y sin contar con medio ninguno de defensa, casi nunca se libra de ser triturado entre las feroces mandíbulas del inmundo anfibio.

M. de Lacharme, que encontraba un singular placer en las diversiones de este género, ha estado á punto de ser víctima en repetidas ocasiones. Tenía un campo muy á propósito para esta distraccion en la ciénaga de Betena, considerable laguna atravesada por el río Sinú, en la que abundan prodigiosamente los caimanes; él mismo me ha referido que en la estacion seca, cuando las aguas están sumamente bajas y las bandadas de pescados de clase han emigrado hacia la parte baja del río, por encontrar allí mejores condiciones de vida, por miserable pez que se pierda ó detenga en cualquiera de los lugares próximos á los agujeros moran, sesenta ú ochenta de aquellos monstruos terribles salen en su persecucion, dándose espantosas batallas, en las que los hocicos se enredan enormes colas azotan el agua, haciéndola formar espuma.

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