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VASCO NUÑEZ DE BALBOA
I
Balboa, como, Nicuesa, como Ojeda, como Cortés, Ponce de León y
otros descubridores pertenecía á III clase de caballeros
aventureros que no sólo buscaban oro, sino también gloria y
honores. N o eran soldados oscuros como los Pizarros, Almagros y
Belalcázares, que habían salido de las últimas capas sociales, pero
cuyo valor, audacia y un dón de mando particular les levantaron al
primer puesto entre los conquistadores del Nuevo Mundo.
Habiendo nacido Vasco Núñez en Jerez de los Caballeros, había
pasado sus primeros años en la casa de don Pedro Portocarrero,
señor de Moguer, en calidad de paje, aprendiendo prácticamente
cuanto necesitaba saber un hidalgo de aquella época.
No se sabe a punto fijo el año de su nacimiento; pero se cree
que estaría aún muy joven cuando se enganchó con Rodrigo de
Bastidas en su expedición por las costas de Tierra-Firme, en 1501,
descubriendo en su compañía las tierras que demoran entre el cabo
de La Vela y el golfo de Urabá.
Sin duda con las ganancias de aquella expedición compró una
posesión en la Española, en donde le encontramos años después
establecido y ocupado en negocios agrícolas, en la vecindad de la
ciudad de Salvatierra. Pero el carácter de Balboa no era propio
para semejantes negocios; los hizo tan malos, que perdió cuanto
había ganado en sus excursiones marítimas, y lleno de cuitas y
deudas resolvió abandonar la agricultura y tentar fortuna en otra
parte.
Tuvo en 1511 noticia dela armada que preparaba el bachiller
Enciso para ir a socorrer á Ojeda en el golfo de Urabá, y se
propuso fugarse de la Española sin ser visto de sus acreedores que
le acosaban, Temiendo que Enciso no quisiese recibirlo
ocultamente,
metiose en una pipa vacía, que hizo trasladar a una de las
embarcaciones del Bachiller con el resto de los víveres, y no se
dió á conocer sino cuando la armada estaba en alta mar. Disgustado
y sorprendido Enciso, quiso dejarle abandonado en una isla
desierta, pero cautivóle el aire marcial y gallardo del joven, que
además había visitado yá aquellas costas y podía serle muy útil en
su expedición, y no solamente le perdonó, sino que le dio, un
empleo.
Al llegar á Cartagena la armada de Enciso, se encontró con
Francisco Pizarro y sus compañeros. Estos refirieron que, habiendo
trascurrido los cincuenta días que Ojeda les había dado de plazo
para regresar con recursos á San-Sebastián de Urabá había resuelto
abandonar la colonia; pero viendo que todos no cabían en los dos
miserables barcos que les habían dejado, aguardaron á que las
enfermedades y las flechas de los indígenas redujeran el número de
aquellos infelices. Así sucedió; á los pocos días habían muerto
tántos, que los restantes cupieron fácilmente en las carabelas. Una
vez embarcados, el mar se encargó de disminuir á la mitad á los
colonos, porque á la salida del golfo de Urabá Una de las carabelas
se fue a pique y se hundió con toda la tripulación, sin que se
pudiese salvar ninguno.
¡Qué suerte tan negra la de todos los descubridores de nuestras
costas! .Si los indígenas que ellos asaltaron, robaron y
destruyeron en gran parte, hubieran tenido en su poder el vengarse
de los invasores, jamás idearan tormentos más crueles que los que
sufrieron de manos de la Providencia, Durante todo el primer siglo
de la conquista de nuestras costas, aquellas playas inhospitalarias
blanqueaban literalmente con los huesos de los Españoles muertos
allí de diferentes maneras!. (1*)
Enciso persuadió á Pizarro y á los suyos á que, ya con armas y
recursos, se devolviesen á San-Sebastián á aguardar á Ojeda, cuya
suerte se ignoraba.
De paso por frente á la desembocadura del rio Zenú, Enciso
detuvo sus embarcaciones con el objeto de explorar el país, en
donde tenía noticia de que los sepulcros encerraban grandes
riquezas y que en los torrentes se pescaba el oro en redes. (2*) Saliéronle á
recibir los dueños de la tierra con aparato guerrero, y como;
Enciso, cumpliendo con las órdenes del Rey les hizo leer el
requerimiento del cual hemos hablado en la vida de Ojeda, ellos
escucharon atentamente; pero, según lo dice el mismo Enciso en su
|Suma de Geografía, respondiéronle : " que en lo que
decía que no había sino un Dios, y que éste gobernaba el cielo y la
tierra, y que era Señor de todo, que les parecía que así debía de
ser; pero que en lo que decía que el Papa era señor de todo el
universo en lugar de Dios, y que él había fecho merced de aquella
tierra al Rey de Castilla, dijeron que el Papa debía de estar
borracho cuando lo fizo, pues daba lo que no era suyo, y que el Rey
que pedía y tomaba tal merced, debía de ser algún loco, pues pedía
lo que era de otros, y muy atrevido, puesto que amenazaba á quienes
no conocía." Además, ofrecieron matar á los que se
atreviesen á atacarles. Enciso que, aunque letrado, no era cobarde,
no tuvo inconveniente en declarar la guerra á aquellos indígenas,
que se defendieron con tanto denuedo, que mataron á dos Españoles;
por lo que los demás resolvieron embarcarse y no perder el tiempo y
la vida en una empresa que parecía tan difícil por entonces.
A la entrada del golfo de Urabá y al doblar la punta de
Carivana, naufragó uno de los barcos, que iba repleto de
provisiones; armas y bagajes, y aunque no se perdió ninguna vida
humana perecieron los cabállos, yeguas y cerdos que llevaban paro
la colonia. Llegando al pueblo fundado por Ojeda y abandonado por
Pizarro, encontráronlo completamente destruído por los indígenas,
lo cual afligió sobremanera á los recién llegados; pero Balboa
ofreció entonces conducirles á un paraje que él había visitado con
Rodrigo de Bastidas diez años antes, sitio fértil, de deleitable
clima y habitado por indígenas que, si no eran mansos, al menos no
usaban flechas envenenadas, cosa que era el terror de los
Españoles.
A pesar de que Enciso sabía muy bien que todas las tierras que
demoraban al otro lado del golfo pertenecían á la Gobernación de
Nicuesa, en semejante aprieto, en que les amenazaba el hambre, y
tal vez una muerte segura, no tuvo empacho en pasar al otro lado en
busca de la salvación.
Resolvieron, pues, embarcarse en las dos desvencijadas naves, y
continuando por toda la orilla del golfo, detenerse en el sitio
conocido por Balboa. A su izquierda, las costas anegadizas cerca
del golfo se levantaban poco á poco en el interior de la tierra,
formando colinas cubiertas de montaña espesa en unas partes, y en
otras, donde el terreno era menos blando, veíanse aldeas indígenas,
cuyos habitantes salían á mirar las embarcaciones europeas con
aspecto y señales de guerra. Así pasaron por frente á un puerto
bien abrigado llamado hoy Pisisí, en donde existe una aldea
miserable, tal vez más pobre hoy día que en tiempo de la conquista.
Atravesando el semicírculo que forma el seno del golfo, á poco
andar empezaron á encontrar los diferentes caños o bocas del río
Atrato o Darién. Aquel punto es un pantano peligroso, cubierto de
altísimas yerbas acuáticas que crecen mucho, y poblado de una
exuberante multitud de animales de toda especie, desde el caimán
hasta las enormes arañas peludas; todo aquel reino animal era
enemigo del hombre. Ha- biendo pasado por frente de las quince
bocas del río Atrato, al fin llegaron á un sitio que les pareció
cultivado y poco anegadizo, el cual dijo Balboa era el que él
conocía. A alguna distancia en la tierra adentro, cerca del río,
vieron una aldea indígena bien poblada. Enciso atacó á los
naturales, que se defendieron bien, pero les venció é hizo huir á
los vecinos bosques; en seguida tomó posesión de la tierra
solemnemente, bautizando la futura población con el nombre de la
Virgen que se venera en Sevilla, Santa- María de la Antigua, como
lo había ofrecido antes de librar batalla á los indígenas. Aquella
población fué la primera fundada en Colombia, que subsistió algún
tiempo y que tuvo visos de ciudad civilizada; pero que yá no
existe, por haber tenido que abandonarla los Españoles, pocos, años
después de haberla poblado, siendo el sitio por extremo
insalubre.
El buen éxito que tuvo la indicación de Balboa ,y lo bien que se
encontraron los Españoles en un lugar en que hallaron abundantes
comidas, dieron suma importancia á su descubridor entre sus
compatriotas. Además, Balboa era valiente, audaz, alegre, decidor
franco con sus compañeros de armas, bondadoso con sus inferiores,
cortes con sus superiores, humano con los naturales, como pocos
conquistadores de la época, generoso, nada codicioso de oro, sino
ambicioso de mando y de glorias, aunque esto último lo ocultaba;
pero
preparaba el terreno para lo porvenir, ejerciendo una grande
influencia entre los soldados de, Enciso ,y volviéndose muy popular
con la generosidad que manifestaba en los repartos del botín.
Enciso era, al contrarió, muy poco querido entre los suyos. Nada
flexible en sus opiniones, era aficionado á disputar, como todo
hombre de leyes; rígido hasta el exceso, tenia todas las manías dé
un escribano viejo y toda la codicia del que había abandonado la
vida tranquila por buscar aventuras que lo proporcionasen el oro
suficiente para volver á la existencia pacifica. No hay duda que
Balboa explotó aquellos defectos con suma destreza y habilidad
diplomática (que la tenia en alto grado) para hacer odioso á su
rival, pues, él aspiraba a apoderarse del gobierno de la
colonia.
Una vez preparados los ánimos coma lo deseaba, Balboa atacó al
Alcalde Mayor en su mismo terreno, en el de las leyes, diciendo que
no tenia jurisdicción ninguna en la colonia, porque la nueva ciudad
no se encontraba: en el territorio señalado á Ojeda, que era del
otro, lado del golfo, y que aquélla estaba en la Castilla de Oro,
la cual pertenecía á Nicuesa. Convocó una junta de todos los
principales colonos; y expuestas sus ideas, pidió que se depusiese
á Enciso como á un usurpador. Descontentos como estaban todos casi
unánimemente se acordó que le sería notificada su separación del
gobierno al Alcalde Mayor, lo cual hicieron tumultuosamente
profiriendo palabras descorteses y proclamando que en adelante no
le considerarían como á su Gobernador. Aquél fué el primer motín
popular que aconteció en el Istmo de Panamá, costumbre que
desgraciadamente, al cabo de siglos, ha sido muchas veces
continuada.
II
Depuesto Enciso, los colonos de la Antigua no sabían á quién
poner en su lugar; algunos estaban en favor de un Samudio, otros en
el de Balboa, y mientras no resolvían cuál de los dos había de
obtener el mando supremo, eligieron Alcaldes en compañía á los dos
émulos.
De esta manera duraron viviendo un año, edificando entre tanto
casas, una fortaleza y una iglesia, y haciendo de cuando en cuando
entradas al interior de la tierra, á la busca de alimentos y oro,
que se repartían entre sí equitativamente, apartando el quinto para
el Rey con suma religiosidad.
Empezaba el año de 1511, cuando una mañana los colonos oyeron
cañonazos del otro lado del golfo; contestaron por el mismo medio,
y poco después vieron arribar dos carabelas bien abastecidas de
víveres, al mando de un Rodrigo de Colmenares que andaba en
solicitud de Nicuesa; otros dicen que por abastecer á Ojeda.
"Nunca, dice Gomara, españoles se abrazaron con tántas
lágrimas de placer como éstos; unos por hallar, otros por ser
hallados. Recreáronse con la carne, pan y vino que las naves
llevaban, y vistiéronse aquellos trabajados Españoles, que traían
andrajos, y renovaron las armas."
Durante los primeros años de la conquista, los Españoles no
podían enseñarse á las comidas de los naturales, y si no tenían
efectos europeos se creían muertos de hambre, aunque abundasen los
del país; tanto más cuanto las producciones de la tierra escaseban;
y sin duda entonces, como ahora, las frutas les procuraban fiebres
malignas é intermitentes que á tantos han causado la muerte.
Aconsejados los colonos por Colmenares, -quien parece haber sido
hombre amante de la paz y del buen gobierno,-consiguió que llamasen
á Nicuesa á que gobernase la Antigua, y él se encargó con gusto del
mensaje ante el legítimo Jefe de la colonia, Pero este arreglo no
convenía de ninguna manera á Enciso, que deseaba recuperar el
mando, ni á Balboa, que ambicionaba gobernar solo; así fué que se
hallaron en armonía para hacerle la guerra á Nicuesa, ayudados por
los enemigos personales del infeliz Descubridor. No cesaban de
intrigar unos y otros para que rechazasen al mismo á quien habían
mandado llamar; pero no sabían cómo eludirle, cuando se le ocurrió
á Balboa que lo mejor que se podía hacer en aquellas circunstancias
era impedirle que desembarcara. Así sucedió: salió todo el pueblo á
prohibir á Nicuesa que tomara tierra en la Antigua, pero obraron
con tanta crueldad, que Balboa que, como hemos dicho, era humano y
de bondadoso corazón, comprendió que el manejo con el legítimo
Gobernador de Castilla de Oro era demasiado duro, y trató de
interceder por él, pesándole en el alma haber levantado la
tempestad. Pero una vez azuzada; la furia popular, no hay quien la
enfrene, y sucedió como sucede siempre, que le amenazaron á él
mismo con su cólera si continuaba abogando a favor de Nicuesa.
Fuéle preciso estarse quieto mientras que el desdichado se hacía á
la vela y desaparecía para siempre en el horizonte.
A pesar de este acontecimiento, Balboa no perdió su prestigio
entre los suyos, y á poco logró que le reconocieran como jefe de la
colonia, mientras que el Bachiller Enciso se embarcaba (sin duda en
el bergantín de Colmenares) en vía para España, con el objeto de
irse á quejar en la Corte de la conducta de Balboa.
Pero Vasco Núñez no estaba aún contento; temía al partido que
había apoyado á Samudio; y deseaba sacar á éste á todo trance de la
colonia, así como á otro competidor que había tenido,-un tal
Valdivia,- por lo cual mandó al primero á España á que le
defendiera el pleito que intentaba Enciso, y á Valdivia á la
Española á que contratase soldados y provisiones para la
Gobernación. (3*) Además, Samudio llevaba todo los poderes de
Balboa para que contratase en la Corte su nombramiento de
Gobernador del Darién, y una fuerte suma para Miguel de Pasamonte,
Tesorero en la Española, con el objeto de que ejerciera su
influencia con el Rey para que le diera lo que pedía. Todos estos
manejos diplomáticos y la facilidad con que gobernaba á las gentes,
probaban que Balboa era hombre notable é importante y que había
nacido con el dón del mando.
Entre tanto que se aclaraba su posición usurpada en aquella
Gobernación, Balboa, que sabía cuán perniciosa era la ociosidad, se
preparó al mismo tiempo á ganar méritos con nuevas conquistas. La
primera expedición que emprendió fué al territorio del cacique
Careta, que tenía fama de poseer grandes sementeras y súbditos
consagrados a la labor de los campos. Ganóse la, buena voluntad de
aquel cacique, el cual ofreció suministrar los víveres suficientes
para la colonia, si Balboa le ayudaba á derrotar á otro Cacique, su
enemigo; en prueba de su sinceridad le entregó una hija suya para
que francamente la tomase por esposa, la que Balboa aceptó. Ambos
cumplieron religiosamente lo pactado, y siempre vivieron en buena
armonía.
En otra expedición que hizo nuestro descubridor á las tierras
del cacique Comagre, en el interior del Istmo, encontró que aquel
indígena era el más civilizado de cuantos había visto hasta
entonces: dentro de su cercado tenía casas de madera bastante
cómodas, y sus súbditos fabricaban bellas telas de algodón; más lo
que pareció todavía mejor que todo á los Españoles fué que se
adornaban con joyuelas de oro fino, y regalaron á los invasores una
gran cantidad de ellas. Estando en aquella aldea indígena el hijo
del cacique, mozo inteligente y animoso, dijo á Balboa que en las
orillas de otro mar, que demoraba al Sur de sus Estados, había
muchísimo oro y perlas, y que sus habitantes andaban vestidos como
los Españoles y navegaban en barcos con velas: aquella fué la,
primera noticia que tuvo Balboa del Océano Pacífico, y desde ese
momento se abrieron nuevos horizontes á su elevada ambición.
Inmediatamente se volvió Balboa á la Antigua á comunicar á España
aquella sorprendente noticia, y pedir hombres y recursos para ir á
la busca de ese mar desconocido, en cuyas riberas, al parecer,
vivían poblaciones ricas y civilizadas.
Mientras que le llegaban los recursos necesarios para emprender
el gran descubrimiento del mar del Sur, acometio Balboa la
exploración de las márgenes del río Atrato, con el objeto de ir en
persecución de los tesoros de Dobaiba, que tenían gran fama entre
los indígenas, pero que jamás hallaron los Españoles. Balboa
recorrió la tierra por varias bocas del Atrato hasta un punto
llamado Murindó, venciendo á cuantas tribus indígenas le trataron
de impedir el paso. Aterrados los naturales con la audacia de los
invasores, resolvieron reunirse las principales tribus para
hacerles parecer á todos, antes de que se internaran más en sus
selvas, y urdieron una conspiración con el objeto de dar un golpe
sobre el campamento español y sacrificarles á todos sin dejar
uno.
Pero la suerte estaba echada: había sonado la hora postrera del
dominio de la raza indígena en el Nuevo Mundo, y resultó que del
seno de los mismos aborígenes debía levantarse quien salvara á los
Españoles. Sucedió que una mujer indígena que había cautivado
Balboa tuvo noticia del proyecto sanguinario que maduraban sus
compatriotas, y no pudiendo resistir al deseo de salvar á su amo,
le reveló con todos sus pormenores el secreto que le había sido
confiado. Balboa marchó al punto hasta el centro del campamento
enemigo, sorprendiendo á los indios descuidados, apresó á los Jefes
é hízoles ahorcar para escarmiento de los demás. Aquellos
naturales, que hubieran podido sacrificar al puñado de aventureros
en un momento, se espantaron tánto con el arrojo de Balboa, que,
llenos de supersticioso pavor, se inclinaron ante una suerte
inevitable y huyeron á ocultarse en el fondo de sus bosques.
Algunos historiadores han improbado duramente este hecho de
Balboa, quizá el único sanguinario que se encuentra en su vida;
pero es preciso comprender la situación del Jefe español, rodeado
de enemigos á punto de levantarse contra la colonia, que hubieran
destruido, y reflexionar que era indispensable matar o ser muerto
por ellos: el instinto de la conservación es más poderoso que todo
en un caso semejante.
III
De regreso á la Antigua, Balboa tuvo noticia de que el Gobierno
español, instigado por las quejas elevadas contra él por el
Bachiller Enciso, tenia intención de enviar otro Gobernador en su
lugar; además, la inacción entre los soldados causaba mil males,
por lo que resolvió, sin aguardar los recursos pedidos, emprender
marcha sin demora en busca del mar del Sur y de las riquezas que
allí se encontraban. Era tal el denuedo ó valor audaz que le
distinguía, y veíase acompañado de tantos que tenían su mismo
carácter osado y temple de hierro, que no titubeó en su propósito,
De otra parte, acaso pensaría que lo más que podría sucederle era
morir en demanda de una gloria segura, y entre ser removido de su
empleo ó rendir la vida en la lucha, era mejor buscar la fortuna en
el peligro, la que tal vez le seguiría sonriendo como hasta
entonces en todo lo que había acometido.
Dejando el país pacificado y en la ciudad los enfermos y menos
aptos para la guerra, Balboa escogió ciento noventa hombres entre
los más robustos y prácticos en la tierra, los cuales iban
acompañados de una docena de perros adiestrados en la cacería de
indios, que causaban más espanto á los naturales que las armas de
los Españoles.(4*)
Después de haber atravesado por enmedio de sierras fragosísimas
y caminado durante veinticinco días por diversos climas, librando
combates á los indígenas que les salían al encuentro, nuestros
descubridores llegaron el 25 de Septiembre de 1513 á una alta cima,
de donde Balboa por primera vez pudo contemplar el Océano Pacífico.
Un poco antes de llegar arriba, dice el cronista Gomara,
mandó parar su escuadrón y corrió á lo alto. Miró hacia el
Mediodía, vió la mar, y en viéndola arrodillóse en tierra y alabó
al Señor que le hacía tal merced." Después de alabar todos
juntos á Dios, los Españoles erigieron en aquel punto un monumento
de piedras amontonadas, y sobre 'éste levantaron una cruz hecha de
madera bruta, la primera señal del cristiano que vió aquel mar, ó
al menos la primera que sabemos históricamente fué levantada en
esas soledades del Nuevo Mundo.
Pero no bastaba ver, el mar: era preciso tomar posesión de él,
lo cual hizo Balboa cuatro días después, bajando por la opuesta
serranía hacia el golfo de San Miguel. En un lugar llamado Yaviza,
se entró en las aguas con la espada desenvainada y tomó posesión
del mar, en nombre del Rey de España y de su hija doña Juana. Era
el 29 de Septiembre, y por eso llamó el golfo por el Santo del
día.
Después de haber sometido á varios caciques de aquellas comarcas
y hecho acopio de oro y perlas que abundaban en las islas de todo
el litoral, Balboa regresó triunfante y lleno de alegría á la
Antigua, en donde le recibieron con señales de gran respeto y
consideración, y celebraron regocijos públicos en su honor. A sí
fué como aquel caballero aventurero, sin más protección que su
talento, ni más títulos que su denuedo, supo ganarse la buena
voluntad de sus compañeros de armas, que le obedecían sin
dificultad, bien que entre ellos se hallaban algunos futuros
conquistadores (como Pizarro), los cuales no se denegaban á
considerale superior á ellos y se sujetaban dócilmente á su
voluntad.
IV
Hasta aquella época la estrella de Balboa había ido subiendo sin
cesar, hasta colocarse entre las constelaciones más brillantes del
cielo de la fama; pero á poco empezó á menguar, hasta que se
oscureció entera. mente, arrojando su último rayo sobre el patíbulo
del héroe.
Apenas le fué posible despachar una embarcación con un mensajero
para España, lo hizo Balboa, enviando al Rey al mismo tiempo oro y
perlas preciosas de las ganadas en el mar del Sur, y pidiendo con
instancia le enviasen el despacho de Adelantado y Gobernador .de
las tierras que había descubierto. Desgraciadamente el mensajero
llegó tarde á la Corte, y el Rey no solamente había nombrado yá
Gobernador del Darién. (Como llamaron aquella colonia), sino que
éste había partido algunos días antes de que llegase el comisionado
de Balboa. Eran tan lentas las comunicaciones entonces á través del
Atlántico, que en Abril de 1514, cuando salió de Cádiz don Pedro
Arias Dávila, el nuevo Gobernador, aun no tenía noticia en España
del descubrimiento del mar del Sur, acaecido el 25 de Septiembre
del año anterior.
El Obispo de Burgos, don Juan Rodríguez Fonseca, fué siempre
enemigo gratúito de Balboa, como lo había sido antes de Cristóbal
Colón y lo fué luégo Hernán Cortés; y al mismo tiempo protegía á
hombres como Bovadilla, el perseguidor de Colón, y Pedrarias (Pedro
Arias), el cruel verdugo de Balbóa.
Empero, nuestro descubridor nada sabía de lo ocurrido, y con la
paciencia característica del verdadero genio, aguardaba
tranquilamente el resultado de su mensaje á la Corte, cuando una
mañana del mes de junio le fueron á notificar que se hallaba en las
aguas del golfo la escuadra del Gobernador nombrado por el Rey para
que tomase á su cargo la colonia. Aunque Balboa se sintió herido
hasta el fondo del alma con tamaña injusticia, no dejó conocer su
indignación, y recibió al nuevo Gobernador sin mostrar disgusto, le
hospedó en su casa con toda su comitiva, y al momento le entregó el
mando, impidiendo que sus compañeros de armas manifestasen el
natural descontento que sentían.
Entre tanto, Pedrarias, haciendo uso de las facultades
concedidas por el Rey, y yá repleto de envidia y odio hacia Balboa,
cuyos merecimientos no podía desconocer y le hacían sombra, mandó
pregonar la residencia del Descubridor; y como los Jueces le
encontraron inocente de todo cargo grave y criminoso, Pedrarias se
enfureció sobremanera, mas tuvo que ponerle en libertad; aunque
contra todo su deseo. Pero sucedió que todo fué tomar á su cargo la
gobernación de la Antigna el protegido del Patriarca de las Indias,
cuando los indígenas de los alrededores dejaron de llevar á la
ciudad el producto de sus sementeras. Los naturales habían
auxiliado con gusto al Jefe anterior, porque se manifestaba humano
y considerado con ellos, mientras que los secuaces de Pedrarias les
trataban mal, salteaban y robaban sus sementeras y aun tomaban
algunos cautivos para esclavizarles.
N o había trascurrido un mes desde la llegada de Pedrarias,
cuando la colonia, antes pacífica y floreciente, se hallaba
hambreada y falta de recursos, y además, se había dividido en dos
bandos: unos que tomaban la defensa de la conducta del nuevo
Gobernador, y otros, partidarios de Balboa, que se quejaban
amargamente de la situación en que se hallaban por culpa de la
codicia de los recién llegados. No habla concluído el año de 1.514,
y yá de los mil quinientos hombres que habían desembarcado con
Pedrarias apenas quedaban setecientos, enfermos y quejosos. Entre
los nuevos colonos había jóvenes hidalgos, vestidos de seda y
adornados con plumas y joyas, que habían dejado sus comodidades en
España para ir á buscar fortuna en el Nuevo Mundo, y que se dejaban
morir literalmente de hambre por las calles de la Antigua, ó se
ocultaban en algún rincón para fallecer de fiebre, sin que hubiese
tiempo de auxiliarles.
Pero en aquellos afanes y angustias, Pedrarias sólo pensaba en
que su rival debería burlarse de él, por su inexperiencia y mal
manejo de la cosa pública, y crecían su odio y mala voluntad. Como
quiera que Balboa le criticase ó no, lo cierto es que los cronistas
de su tiempo le alaban por su prudencia, y aseguran que, al
contrario, procuraba calmar los ánimos é impedir desórdenes. No
pudiendo el Gobernador encontrar nada que poder castigar en Balboa,
trataba de vengarse despreciando sus servicios y dejándole sin
empleo en la colonia. Enviando á otros a hacer descubrimientos
importantes por el Istmo, ideó un medio de sacar de enmedio á su
rival, y fu mandarle con poca gente y mal pertrechada por las
orillas del río Atrato, en donde sabía que los naturales eran
feroces y numerosísimos.
Balboa, bién resuelto á evitar que le imputasen todo pensamiento
de rebelión contra el poder del Gobernador, obedeció sus órdenes,
aun cuando tenia el convencimiento de que el otro sólo ansiaba su
pérdida. Su conducta en aquellas circunstancias es altamente
notable, y prueba que poseía no sólo un carácter noble y levantado,
sino también sentido diplomático. Desgraciadamente, como veremos
después, olvidó el conocimiento que había adquirido de las malas
cualidades de su enemigo, y descuidó su defensa, creyendo en la
sinceridad de un pérfido.
De aquella expedición resultaron, como la había pensado
Pedrarias, innumerables desventuras y grandes desastres. A poco de
haber salido de la ciudad, los indígenas se aprovecharon de la
situación angustiosa de Balboa, no sólo para derrotarle y matarle
casi toda la gente que llevaba consigo, sino que también le
hirieron grave, aunque no mortalmente. Pedrarias recibió la noticia
con señales de alegría tan marcadas cuanto impropias de un hombre
serio. Creía que si Balboa no moría, como él lo había deseado, al
menos su honra como Capitán y su gloria quedarían oscurecidas con
tan ignominioso rechazo.
Pero no siempre las previsiones del odio se cumplen. No sólo no
murió Balboa de la herida, sino que su fama no sufrió
absolutamente; todos comprendieron que la derrota había sido
preparada por su enemigo, y al contrario, aquella incalificable
injusticia del Gobernador hizo crecer el cariño y la admiración de
los colonos por el descubridor del mar del Sur. De otra parte, la
humanidad tiene propensión á amar más bien lo brillante y lo amable
que lo antipático y desagradable. Balboa estaba entonces en todo el
vigor de la edad varonil: no había cumplido treinta y ocho años;
era gallardo, rubio, lleno de brío, generoso con los suyos, y
"amigo de sus amigos," como el condestable
Manrique; mientras que Pedrarias era un hombre de edad avanzada, de
genio atrabiliario, pequeño, raquítico, egoísta y mal humorado con
todos. ¿Sería raro que la mayoría estuviese más bien a favor del
joven que del viejo? Además, abogaba por Balboa fray Juan de
Quevedo, el primer Obispo de Tierra-Firme que había llegado á
aquellas partes con Pedrarias: "religioso de mucha
prudencia y piedad, dice Acosta, que trajo algunos eclesiásticos
que, junto con el pastor, vinieron á ser testigos aunque no
partícipes, de las violencias y rapiñas con que destruyeron
aquellas tierras Pedrarias y sus oficiales. Mas si Balboa
gozaba de la popularidad del mayor número, Pedrarias, en
compensación, tenia la fuerza, el prestigio que le daba el empleo,
y se sabia que el Rey lo favorecía, lo cual bastaba para hacer
callar al más intrépido colono.
Balboa, una vez repuesto de su herida, vagaba un día, sin ningún
empleo, por la ciudad de la Antigua, cuando arribó un buque,
directamente de España, llevando despachos para la Gobernación del
Darién, y una carta del Rey dirigida á Balboa, en la que le
felicitaba por su descubrimiento del mar del Sur y le nombraba
Adelantado y Gobernador de las tierras descubiertas por él en las
en las márgenes del mar del, Sur, con otras mercedes. Pero el
Patriarca de las Indias, que, como hemos dicho, tenía mala voluntad
á Balboa, logró que á aquellos favores les pusieran una traba: la
necesidad de pedir permiso á Pédrarias para emprender expediciones
á través de la nueva Gobernación.
Naturalmente Pedrarias se negó á permitir que su rival se
hiciese cargo del empleo, y puso toda especie de impedimentos en su
camino para que llevase á efecto ninguna expedición. Entonces el
Obispo, que lamentaba las desavenencias que había en la Antigua,
hizo un último esfuerzo para amistar á Pedrarias con Balboa, y lo
consiguió, por medio de un matrimonio proyectado entre el
descubridor del Pacífico y una hija que tenía Pedrarias en España,
Como el envidioso Gobernador se resistiese á conceder la mano de su
hija al hombre á quien tánto odiaba, el buen Obispo le ponderó la
fama que yá tenía Balboa en España, lo cual tarde o temprano le
procuraría nuevas glorias, que él, Pedrarias, no podría evitar; y
entre tanto, le añadía, él estaba yá de bastante edad, y pronto
necesitaría alguna persona de su confianza que le ayudase en sus
propias empresas; ¿y quién mejor para el caso que un yerno como
aquel ?
Una vez que se proclamó la unión y pacto de amistad concertado
entre los dos rivales, todas las personas juiciosas de la colonia
lo celebraron con regocijos públicos, muy contentos de que
terminasen las asonadas y revueltas que continuamente turbaban la
paz de la población. La Antigua fué almácigo en donde se hicieron á
las armas muchos conquistadores de América, como Pizarro y Almagro,
conquistadores del Perú y Chile, Belalcázar, uno de los
descubridores y jefes militares más importantes del Nuevo Reino de
Granada los futuros conquistadores de Centro-América, y muchos
subalternos que sería largo señalar. Veíase allí también á hombres
de talento y escritotes de historias como Gonzalo Hernández de
Oviedo y Valdés, antiguo paje del príncipe Juan; nombrado
Superintendente de las fundiciones Castilla de Oro.
V
Á pesar dé la amistad con que el concertado enlace de Balboa con
la hija de Pedrarias debía unirles, el cruel Gobernador del Darién
hacía cuanto estaba á su alcance para retardar la partida de su
futuro yerno en su viaje de descubrimiento y conquista por las
orillas del mar del Sur. Pero al fin tuvo que permitirle sacar
ochenta hombres de la Antigua para proseguir en su expedición, con
la condición de que antes de emprender viaje á través del Istmo
fundara, en norobre de Pedrarias, una aldea en un sitio de la Costa
llamado Acla, en donde yá estaba fundado un fuerte, y cuyo clima,
se decía, era más sano que el de la Antigua; Balboa, sin murmurar
ni negarse á ello, partió, como se lo mandaba su futuro suegro, á
cumplir con su deseo. ¿En donde estaban situados aquel fuerte y
aquella población y aquella que hablan los cronistas del tiempo? Ni
aun siquiera se conoce á punto fijo dónde se halla el sitio que
guarda las cenizas de Balboa. Según la relación de mando de don
Antonio Caballero y Góngora, (5*) la ciudad de Acla estaba fundada cerca del
río Sacareli (¿querría decir sasardi?); pero probablemente fue más
bién en las cercanías de los ríos llamados hoy día Aclatomate y
Aclasénica; entre el cabo Tiburón y golfo de San Blás, costas hoy
día tan salvajes y abandonadas como antes de la conquista.
Como Balboa necesitase recursos para conseguir los enseres con
qué fabricar las embarcaciones que debía labrar en el mar del Sur,
varios habitantes del Darién le proporcionaron los fondos
suficientes; y viendo que la madera propia para los barcos era mala
y escasa del lado del Pacífico, resolvió hacer cortar y transportar
á través del Istmo cuanta podía necesitar, en hombros de indios
desdichados y de algunos negros recién importados de África. Por
dos veces tuvo que hacer aquella penosísima operación, habiéndose
ahogado en ana inundación la primera partida que logró transportar.
Pero aquella gente no se desanimaba nunca, y con una paciencia y
fortaleza que hoy día nos parecen maravillosas, no se daban por
vencidos sino cuando la muerte les interrumpía la carrera.
Corría el año de 1517 cuando Balboa, dueño yá de dos carabelas
que había logrado labrar y tripular, se hizo á la vela por primera
vez en el mar del Sur, en solicitud de aquellas poderosas naciones
de que tánto le habían hablado los indígenas. Pero no estaba
dispuesto por la Providencia que este descubridor, uno de los más
estimables de cuantos vinieron al Nuevo Mundo, encontrase el Perú;
así fué que apenas llegó á la Punta de Piñas (que dista 46 millas
al Sur de la Punta Garachiné), el confín del golfo de San Miguel
descubierto cerca de cuatro años antes, y de allí tuvo que
devolverse, con intención de concluir las otras embarcaciones y en
seguida emprender seriamente su viaje de descubrimiento.
Pero mientras tanto el pérfido y envidioso Pedrarias en ausencia
del Obispo (que había regresado á España á dar cuenta al Rey de la
situación de su grey), se había vuelto á dejar llevar por el odio
que las glorias de Balboa le inspiraban. Este odio creció más y más
cuando tuvo noticia del buen estado en que se hallaba la expedición
de su futuro yerno, y resolvió poner fin á una existencia que tánta
sombra le hacía. Pedrarias había abandonado casi por entero la
Antigua y establecídose en Acla; de allí escribió á Balboa una
carta, que éste recibió á poco de haberse devuelto de Punta de
Piñas, diciéndole que deseaba darle algunas comunicaciones que no
se atrevía á escribir por ser muy reservadas. Así, pues,
suplicábale, con fingidas expresiones de cariño, que antes de
emprender viaje pasase á verse con él y á recibir su abrazo de
despedida.
Balboa, que había olvidado sus reyertas con Pedrarias, y cuyo
noble corazón no podía abrigar sentimientos bajos, no titubeó un
momento, y dejando recomendadas las embarcaciones que yá tenía
listas para hacerse á la vela, se dirigió alegremente á Acla á
ponerse a las ordenes del malvado Gobernador. Momentos antes de
llegar á Acla se encontró con una escolta, comandada por su amigo y
compañero Francisco Pizarro, quien le puso preso por orden del
Gobernador; y no bien hubo llegado á la población, cuando le
remacharon cadenas, acusándole como traidor, por haber tenido
denuncia, dijo Pedrarias, de que Balboa intentaba independizarse
del Rey de España, erigiéndose en soberano de las tierras que
descubriese. Semejante acusación tan absurda en toda época y más
aún en aquel tiempo, causaría risa, si no fuese tan doloroso el
desenlace que tuvo.
Sorprendido Balboa, negó con indignación aquel fárrago de
sandeces, y pidió que le enviasen á España ó á Santo Domingo,
siquiera para que le juzgasen. Pero no convenía al miserable
envidioso que le quería, perder, el que le juzgasen en otra parte,
y apresuró los trámites de la causa, temeroso de que hubiese un
motín en la población si aguardaba á que la gente volviera en sí de
su sorpresa. Como el Alcalde Mayor, Gaspar de Espinosa, no se
atreviese á condenarle, siendo los cargos vagos y traídos por los
cabellos, Pedrarias le ordenó por escrito que le condenase á
muerte, junto con tres infelices más, para fingir que la
condenación de Balboa no era inspiración del odio, sino de la
justicia, y que la conspiración del descubridor del mar del Sur
tenía raíces en la colonia, que era preciso cortar con tiempo.
A pesar del dolor y el espanto que causó en Acla aquella
inexplicable condenación, los colonos temían tanto á Pedrarias,
cuyo carácter sanguinario les aterraba, que no se atrevieron a
impedir aquel acto bárbaro, y vieron a Balboa subir al cadalso, Sin
protestar. Cuando el pregonero, según la costumbre del tiempo,
gritó, al sacarle á morir:
Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro Señor,
y Pedrarias, su lugarteniente, en su nombre, á este hombre, por
traidor y usurpador de las tierras sujetas á su real
corona;"
Balboa, indignado, no pudo contenerse y exclamó: Es
mentira! es falsedad ! lo atestiguo delante de Dios, ante quien voy
a comparecer, y de los hombres que me escuchan! Deseo que todos los
súbditos del Rey sean tan fieles como lo he sido yo!
Inmediatamente después de aquellas palabras se cumplió la
sentencia; le cortaron la cabeza en la plaza de Acla, y su cadáver
quedó tirado allí hasta el día siguiente, sin que nadie osase
levantarlo, de miedo de disgustar al miserable Gobernador, que se
había gozado con el suplicio, oculto detrás de un cercado vecino.
Vasco Núñez de Balboa perdió la vida; pero Pedrarias quedó manchado
para siempre con aquella sangre inocente, y mientras dure la
historia del Nuevo Mundo subsistirá la memoria de aquel hecho, que
no purgó el criminal, en este mundo al menos, porque le protegía el
Patriarca de las Indias, quien impidió fuese castigado.
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(1*)
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Véase Herrera,--Década XI-Lib: I.
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(2*)
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Algunos años después, el fundador y conquistador de Cartagena,
don Pedro de Heredia, sacó grandes caudales de aquellas sepulturas
de que habían hablado á Enciso los intérpretes.
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(3*)
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Curioso es lo que aconteció al mismo Valdivia en un viaje
subsiguiente. Refieren los cronistas que habiéndose dado á la vela
en 1511, en tiempo borrascoso, fué acometido en las cercanías de
Jamaica por un terrible huracán; su embarcación se hizo pedazos,
pero él se pudo salvar en una lancha con sus veinte compañeros.
Durante trece día permanecieron navegando sin rumbo ni alimentos
ningunos por aquellos mares hasta que pudieron arribar los que
quedaban vivos, que eran unos catorce, a las costas de Yucatán.
Allí fueron apresados por los naturales, que les llevaron á su
cacique, quien les tuvo encerrados, pero les daba alimentos en
abundancia, como que á poco los indios notaron que engordaban á
ojos vistas. Apenas Valdivia y cuatro más estuvieron en buenas
carnes, cuando les sacaron á sacrificarles á los ídolos, y
sirvieron después para el opíparo banquete del cacique.
Horrorizados los demás Españoles, rehusaron comer, á fin de
permanecer flacos, y al cabo pudieron escaparse, sufriendo mil
penalidades. Siete años después, en 1519, yendo Hernán Cortés para
Méjico, uno de estos desgraciados, llamado Gerónimo de Aguilar,
logró escaparse de la tribu en que permanecía como esclavo y
reunirse á los Españoles, lamentando que un compañero Gonzalo
Guerrero, el único que había que dado vivo, rehusara volverá tierra
de cristianos, pues prefirió vivir entre los indios, más bien que
presentarse á sus compatriotas, desfigurado con pintura indeleble
el rostro, horadadas las narices y picadas las orejas, y también
porque tenía mujer e hijos entre los salvajes.
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(4*)
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Entre los perros que fueron en aquella expedición, el más
conocido era el de Balboa, llamado "Leoncico,"
hijo de otro, "Becerro," que hizo muchas proezas
cruelísimas con los Indios de las Antillas. Los dueños de los
perros recibian una parte del botín, en recompensa de los servicios
que prestaban aquellos animales en los combates con los
indígenas
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(5*)
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Citada en la Historia Eclesiástica de don José
Manuel Groot.
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