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DIEGO DE NICUESA.
I
Diego de Nicuesa era en 1508 un rico hidalgo, natural de la
ciudad de Baeza, en Andalucía, y trinchador en casa de don Henrique
Henríquez, tío del Católico Rey don Fernando. Pequeño de estatura,
activo, ágil, maestro insigne en el manejo de las armas, elegante,
caballeroso y en la flor de la edad, en mala hora para él se le
ocurrió entrar en la lid para conquistar glorias y riquezas en el
Nuevo Mundo. Pidió, al mismo tiempo que Alonso de Ojeda, la
gobernación de una parte de la Tierra-Firme, -descubierta tres años
antes por Colón, y que llamaban Castilla de Oro.
Merced á sus relaciones en la Corte, fácilmente consiguió lo que
pedía, y sin vacilar gastó cuanta fortuna poseía en fletar una
armada, sin reparar en gastos y con el boato y la generosidad
propios de un hidalgo español. Cuando se encontraron las
expediciones de Nicuesa y Ojeda surtas en el puerto principal de la
isla Española, el lujo y ostentación de la una dejaba en la sombra
á la otra, y de allí resultaron entre los dos rivales grandes
desavenencias y disgustos que no concluyeron sino con la partida de
Ojeda en prosecución de su empresa.
Entre tanto Nicuesa se ocupaba en la Española de vender á buen
precio una partida de infelices indígenas que había capturado en la
isla caribe de Santa-Cruz, de paso para Santo Domingo. Quizás aquel
crimen imperdonable, cometido al empezar su carrera en el Nuevo
Mundo, sería el que Dios castigó tan severamente en el poco tiempo
que le restaba de vida.
Sin duda Nicuesa, que se había creado en la Corte y no tenía
idea de lo que se sufría en el Nuevo Mundo, se había figurado cosa
fácil y hacedera una campana contra los indios salvajes y en climas
tan tormentosos y deletéreos; pero al llegar á las Antillas
empezaría á comprender las dificultades que se le presentaban, y se
detuvo largo tiempo en la española.
El novel descubridor era un galán, vestía con lujo, tenía una
servidumbre ostentosa y derramaba á manos llenas el oro en todas
direcciones, sin preocuparse del siguiente día. Así fue que á poco
empezó a faltarle dinero para concluir los aprestos de la
expedición, y comenzó á pedir prestado á uno y á otro, ofreciendo
pagarlo todo con crecidos intereses al regreso de Castilla de Oro.
Pero sus acreedores le cobraron desconfianza y temieron que
fracasara una empresa cuyo jefe se manifestaba tan imprudente y
festejador, á quien se le escapaba el dinero de entre las manos
como por encanto, y que parecía ocuparse tan sólo en galantear á
las damas, tocar guitarra, cantar y montar en una yegua morisca que
bailaba con primor. Resolvieron, pues, varios de los que le habían
prestado dinero, no dejarle partir sin que antes les hubiese
pagado.
Al fin toda la armada de Nicuesa estuvo aparejada para hacerse á
la vela, y cuando el Gobernador de Castilla de Oro quiso ponerse en
marcha, tuvo noticia de que sus acreedores le aguardaban á la
salida de la ciudad para apoderarse de él y obligarle á que les
pagara lo que les debía. ¿ Qué hacer en semejante aprieto?
Nicuesa mandó entonces que la armada se hiciese á la vela sin
él, concediendo el mando provisional á un Lope de Olando, hombre de
mal carácter y pérfido, que se había hecho notable en la Española
pOr sus malos procedimientos para con Colón. Pensaba escaparse en
seguida ocultamente, embarcarse en una carabela que debía
aguardarle pronta á darse á la vela á poca distancia de la
población, y alcanzar á su armada. Pero, sus perseguidores tuvieron
noticia de aquella intención, y temiendo que se les escapara,
apelaron al Alcalde, allanaron la casa y le apresaron llevándole
delante de la justicia con su vestido de viaje. Pedíanle 500
ducados de oro, que había de entregarles al punto si quería que le
pusiesen en libertad. Nicuesa no tenía á quién volver los ojos :
cuantas personas conocía y tenían recursos, yá le habían
proporcionado lo que podían, y sus promesas y ofrecimientos para lo
futuro no hacían ninguna impresión en sus acreedores. Inclinando
la cabeza ante su adversa suerte, iba á conformarse Con ella y
renunciar para siempre á su carrera de descubridor,- pues bien
sabía que no faltaría quien se aprovechara de su flota para ir á
descubrir en su lugar, -cuando vió caerle en las manos los 500
ducados que necesitaba : se los enviaba un Notario público, quien,
compadecido de un caballero tan gallardo como Nicuesa, había ido á
su casa, en donde tenía depositadas sus ganancias, y sacando el
dinero, salvó con el al galán con una generosidad inverosímil entre
los aventureros de la época, contagiados de la fiebre de oro.
Nicuesa, hondamente agradecido y por extremo sorprendido, se
apresuró á abrazar á su salvador, y sin aguardar á que se
presentaran otros acreedores, se embarcó á toda prisa para ir á
alcanzar á su flota.
Dicen todos los cronistas (parece que citando todos al padre Las
Casas) que en el momento en que se embarcaba Nicuesa,-ya entrada la
noche,-levantando los ojos al cielo, vió sobre su cabeza una espada
de fuego en medio de las estrellas, y al momento se acordó de que
un astrólogo le había predicho que si se embarcaba bajo ese signo,
en breve perecería. Las Casas añade que por aquel tiempo vieron en
la Española un cometa que tenía la forma de una espada, y que un
fraile había aconsejado á varios miembros de la tripulación de
Nicuesa que no se embarcaran, porque los cielos les anunciaban
desgracias. Pero es preciso añadir que, á pesar del estado en que
se hallaban las ciencias en aquel signo, Nicuesa no hizo Caso
alguno de la predicción, diciendo á sus compañeros, después de
referirles lo que había dicho el astrólogo, " que más
confianza tenía en la misericordia de Dios que en el poder de las
estrellas."
II.
Nicuesa, como Ojeda, se dirigió en primer lugar á Calamar
(Cartagena), y allí llegó á tiempo que Ojeda, derrotado por los
naturales, se lamentaba de la muerte del noble vizcaíno Juan de la
Cosa y de no poder vengar su muerte por falta de suficiente
fuerza.
Salieron los compañeros de Ojeda á recibir á don Diego y á
suplicarle que no se aprovechase de la triste situación de su rival
para vengarse de sus anteriores desavenencias. Nicuesa, que era un
noble y generoso hidalgo, se encendió indignado al pensar que le
creyeran tan poco caballero, y exclamó:
--Id á vuestro Capitán y traédmele aquí vivo ó muerto, y juro
que no sólo olvidaré lo pasado, sino que le ayudaré en lo que se le
ofrezca, como si fuese mi hermano.(1 )
Ojeda no pudo resistir á tanta nobleza de alma, y corrió á
abrazar á Nicuesa, quien le dijo entonces : -Ved aquí á vuestro
hermano ; yo y los míos estamos á vuestras órdenes; podéis
mandarnos en lo que gustéis, y con placer iremos á vengar la muerte
del Piloto y de los demás. (2 ) Inmediatamente el futuro gobernador de
Castilla de Oro escogió, entre loS setecientos hombres que llevaba,
los más valientes y esforzados, y con Ojeda atacó, incendió, y
deshizo á los indígenas de Turbaco; tocándole del botín encontrado
entre los naturales cerca de cuarenta mil pesos de oro.
Despidiéronse para siempre los dos antiguos rivales, haciéndose
mutuamente mil protestas de amistad, que jamás tuvieron ocasión de
cumplir, y continuando Nicuesa su viaje, se dirigió, una vez pasado
el golfo de Urabá, á las costas del Darién, buscando un puerto
seguro donde poblar. Como las embarcaciones grandes que llevaba no
podían acercarse lo suficiente á la orilla, mandó que el cuerpo de
la escuadra aguardase sus órdenes en alta mar, y que dos
bergantines á las de Lope de Olano,permanecieran á la vista,
mientras que él costeaba en una carabela pequeña.
Habiendo llegado al cabo de Tiburón, y no pudiendo, sin duda,
tomar tierra por las brisas que corrían al1í, continuó su viaje por
toda la orilla de la costa, llegó á la ensenada de Anachucuna, en
donde entonces, Como ahora, las enmarañadas selvas todo lo
circundaban, y pasó por frente al puerto y punta de Carreto ; pero
por allí acometióles una furiosa tempestad, en la cual perdió de
vista los bergantines que comandaba Olano, é impelido por el
huracán tuvo que alejarse de las orillas para no naufragar en los
cayos y bajos peligrosos en que abundaban aquellas costas, y el
viento le llevo muy lejos por las de Veraguas, perdiendo así el
hilo de sus descubrimientos. Apenas le fué posible pensar en las
demás naves, notó que se encontraba más allá de la laguna de
Chiriquí, y que no había ninguna á la vista. Temiendo que hubiera
naufragado su escuadra entera, y habiéndose convencido de que habla
pasado la costa de Veraguas, determinó bajar otra vez hacia el Sur
hasta encontrarse con alguna de sus embarcaciones que le diera
noticia de las demás.
Habiendo entrado con su carabela en un río que le pareció
caudaloso, resultó que no lo era en realidad, y estando anclado
bajaron las aguas, que iban crecidas por las lluvias, dejando en
seco la carabela, que volvió sobre un costado y traqueando
amenazaba abrirse. Al ver aquel peligro inminente, un marino se
tiró al agua para atar con una cuerda el navío contra la costa,
pero sumergido por la corriente pereció en ella; sin detenerse á
pensarlo, otro imitó su ejemplo y logró arribar á la orilla y atar
el buque contra un árbol para dar tiempo á que Nicuesa y sus
compañeros pudieran pasar á tierra, guiados por la soga, salvando
además , una lancha. Pocos momentos después de haber tocado en
tierra la tripulación se sumergía la carabela con cuanto
contenía.
Todo aquél litoral es árido y desierto; no llevando ningún
navío, sino lo encapillado, y eso mojado y despedazado, y
careciendo, además, de armas y expuestos á la furia de los
salvajes, qUe según noticias, eran antropófagos en aquella costa,
la situación de Nicuesa ,y de sus compañeros era, por cierto,
angustiosa.
Nicuesa tenia esperanzas de que la tripulación de su armada
hiciese diligencia para averiguar sU suerte; perO notando que
pasaban las horas y no se veía señal alguna de embarcaciones,
propuso á los suyos que continuasen a pié por aquella playa,
sirviéndose de la lancha para atravesar las bocas de los ríos, que
los hay por allí muy caudalosos. Atormentaba al Gobernador el
recuerdo de lo que le habían dicho acerca del carácter pérfido de
Lope de Olano, quien no sería extraño que de propósito le
abandonase para apoderarse de la armada y poblar la tierra, por su
cuenta. Pero no dió parte de sus aprensiones á los suyos, sino
que, al contrario, les consolaba y animaba, manifestándose más
valiente y denodado que todos ellos.
Solamente las personas que hayan visitado aquellos sitios tan
salvajes hoy como entonces, podrán comprender cuales serían los
sufrimientos de los europeos que vagaban por ellos, muertos de
hambre y casi desnudos. El calor en los lugares pantanosos de esta
costa es intolerable, cuando no llueve y cuando llueve es á
torrentes, inundándolo todo las lluvias y produciendo tal cantidad
de animales inmundos y levantando miasmas tan insalubres, que no
hay quien pueda resistir el clima sin enfermar. Así, al cabo de más
de tres siglos y medio no ha cambiado en nada el aspecto del país,
y permanece tan inhabitado como en los tiempos de su
descubrimiento.
Nicuesa, el hijodalgo de corte, criado en medio de las
comodidades y el lujo, que jamás había tenido contrariedades ni se
había privado del menor capricho, era, sin embargo, eL más valiente
de todos y el más robusto: jamás se le oyó una queja, ni díó la
menor señal de desaliento; marchaba casi descalzo por medio
<de los arenales de fuego ó de los pantanos, chanceándose
con los suyos, riendo y al parecer alegre y contento. Así se paso
un día y otro día, ,congratulábanse todos ~,que hasta entonces no
se habían encontrado con indios salvajes, cuando, caminando una
mañana trabajosamente por el pie de una serranía que se levantaba
á lo lejos, Nicuesa y sus compañeros se detuvieron espantados al
ver caer muerto a sus pies, atravesado por una flecha indígena,
envenenada sin duda, á un jovencito que acompañaba á don Diego como
paje desde España, y á quien, sin duda, había sacado de su patria
para que buscase fortuna en el Nuevo Mundo. Mientras que Nicuesa,
dolorosamente sorprendido, se inclinaba sobre el mísero pajecito,
sus compañeros notaron que desde unas vecinas rocas les estaba
vigilando una partida de indígenas, los cuales no volvieron á
hacerles ningún mal una vez que hubieron muerto al paje, cuyo
vestido de colores vivos, aunque despedazado, y los plumajes del
sombrero, les habían llamado la atención. Nicuesa no quiso alejarse
de aquel sitio funesto mientras no hubo enterrado entre las
ardientes arenas de la playa á su paje, cuya existencia era la
última señal de ostentación y de boato que le quedaba de su antiguo
esplendor.
Empero trascurrían los días y á cada momento menguaba la
esperanza de socorro, y crecían el hambre, la desnudez y el
peligro. Manteníanse todos; con algas marinas y mariscos que
encontraban en las playas, y aun cuando pasaban por cerca de
enmarañados bosques, no se atrevían a internarse en ellos para
buscar raíces y frutas, ni tenían armas con qué poder cazar las
aves que, sin duda, los poblaban.
Como pasaban en la lancha las embocaduras de los ríos que les
cerraban el paso, sucedió que una tarde, en lugar de arribar á la
playa opuesta de la tierra firme, se trasladaron á una isla
desierta que estaba á la mitad del camino. Pensaron continuar en la
lancha al día siguiente, y se quedaron aquella noche en la isla,
aunque no tenían agua potable; pero estaban todos tan fatigados,
que resolvieron dormir allí hasta la madrugada. ¡ Cuál no sería el
espanto de los infelices náufragos cuando al clarear el día
siguiente encontraron que la lancha había desaparecido con cuatro
de los marineros que la manejaban!
Los desgraciados compañeros de Nicuesa se entregaban entonces á
la más grande desesperación, y su Capitán trató de consolarles
diciéndoles que sería bien fácil construir una balsa para pasar á
la tierra firme ; pues no faltaba en la isla madera que habla
llevado allí la marea, y
|bejucos con qué atarla. Todos
pusieron manos á la obra; la situación era tan angustiosa que
ninguno se negó á trabajar en lo que les podía salvar. Pero los
náufragos no tenían experiencia de estas cosas, y cada balsa que
echaban al agua, ó estaba mal construida, ó no la sabían manejar y
se les escapaba de las manos dando vueltas y vueltas, y la
corriente la llevaba con dirección á la alta mar.
Al cabo de pocos días aquellos infelices parecían espectros:
tanta era el hambre y sobre todo la sed que les devoraba! En
comparación de lo que padecían entonces, su existencia en tierra
firme había sido deliciosa, pues al menos habían tenido agua que
beber y sombra á la mitad del día, mientras que en aquella isla
desierta y pantanosa, sin abrigo ninguno, carecían casi hasta de la
esperanza de que les llegase alivio.
Todas las mañanas Nicuesa hallaba el cadáver de alguno de esos
desgraciados que había fallecido durante la noche; después era tal
la debilidad de los sobrevivientes, que no podían caminar, sino que
se arrastraban en todas direcciones buscando charcas de agua
corrompida, que habían dejado las lluvias pasadas, con qué apagar
su sed, y las lamentaciones de los que sobrevivían confundían y
llenaban de tristeza el corazón de su Capitán.
¿Qué había sucedido á los marinos que tripulaban la lancha ? ¿
Acaso habían abandonado deliberadamente á sus compañeros en la isla
sin volverse á acordar de ellos ? ¿ O tal vez la corriente los
había arrastrado á su pérdida, mientras que dormían los otros?
Estas eran las preguntas que Nicuesa se hacía sin cesar, y en su
amargura maldecía a Olano, que no había hecho ningún esfuerzo para
buscar á su Capitán por toda aquella costa, y Juraba dentro de si
mismo vengarse de semejante inhumanidad, si Dios le daba vida
suficiente para llenar su objeto. Hay caractéres que se suavizan
con la desgracia, y otros que se agrian y se endurecen. A Nicuesa
le sucedió que sufrió tánto en aquellas semanas de angustia, que,
como lo veremos desPués, cambió su carácter y perdió en gran parte
la generosidad é hidalguía de éste.
Al fin un día, cuando había perdido toda esperanza y aguardaban
una muerte segura, vieron los náufragos aparecer á lo lejos la vela
de una embarcación que se fué acercando a la isla y á poco saltaron
á tierra los cuatro marineros que habían desaparecido con la
lancha. Explicaron éstos entonces cómo se habían propuesto ir á
buscar á Olano por toda la costa, sin pedir licencia á su Capitán,
sabiendo que él no consentiría en que se alejara la lancha
dejándoles desamparados; dijeron que a poco andar habían encontrado
los restos de la armada en la embocadura del rió Belén; que las
naves, carcomidas por la broma y despedazadas por los temporales,
habían tenido que ser abandonadas por la tripulación, y no podían
utilizarse; que Olano les dijo que se había persuadido de que la
carabela había perecido en el temporal, y por eso no había tratado
de buscar al Gobernador, y que estaba construyendo una embarcación
con los restos de las otras, cuando llegaron los marineros de
Nicuesa, y habían tenido que aguardar á que se acabase de labrarla
para ir á la busca de su Gobernador, y por eso habían tardado en
llegar.
Abrazáronse los soldados llorando y enternecidos al verse
salvados y relativamente en seguridad, y tanto más alivio sintieron
cuando los marineros les ofrecieron agua, y vino y alimentos, pero
en mayor cantidad cocos en diferentes sazones, única fruta que
abundaba por allí. Entre tanto Nicuesa permanecía callado y sombrío
; no podía olvidar los sufrimientos que había experimentado, y
sobre todo la espantosa muerte de tantos infelices que le hablan
acompañado en la expedición, atenidos á su protección y a sus
ofrecimientos; y en el fondo de su alma crecía la convicción de que
el descuido de Olano había sido intencional, y que al darle por
perdido sin tratar de buscarle, lo único en que pensaba era en
aprovecharse de loS recursos de Nicuesa y declararse Gobernador en
su lugar.
III
Así preocupado, Nicuesa navegaba hacia la población que había
tratado de fundar Olano en las orillas del río Belén, y no había
querido hablar una palabra acerca de sus intenciones respecto de
éste. (1*)
Recibieronle los soldados y tripulación con aclamaciones y gritando
de alegría, y entregáronle el mando de todo, dándole cuenta de
cuanto había sucedido; pero Olano, á quien sin duda remordía la
conciencia, no quiso acercársele personalmente, sino que mandó á
algunos de sus amigos que explicaran su conducta y le asegurasen
que si no le había buscado era porque tenía persuasión de que se
había perdido la noche de la borrasca.
La contestación de Nicuesa fué mandarle echar en prisiones,
diciendo que le había de castigar como traidor y Causante de tantas
desgracias como habían sufrido todos. Trataron algunos de
interceder por Olano, pero Nicuesa les cortó la palabra exclamando
con indignación:
-Bien os sienta, Señores, suplicar el perdón del traidor,
cuando, para decir verdad, la conducta de todos vosotros
necesitaría también un Severo castigo!...
Porque, decidme, ¿ cómo ha sido que durante cuatro mortales
meses que hace que nos separamos, no hicisteis ningún esfuerzo para
averiguar nuestro paradero ?
-Señor, contestaban, nosotros no mandábamos. .
-No mandabais! Pero si Olano no cumplía con sus deberes, ¿ por
qué no le obligabais vosotros?
E indignado con los empeños de los oficiales, que refrescaban el
recuerdo de los pasados sufrimientos, sin querer atender á ruegos y
lágrimas mandó que Sin demora llevasen á Olano á tierra y le
ahorcasen al instante. Aquella sentencia causó la mayor
consternación entre toda la tripulación, y arrojándose muchos
delante de Nicuesa con ademán humilde y respetuoso, le decían :
-Perdón, señor, perdón ! ¿No veis que si Dios ha hecho morir á
cuatrocientos de los setecientos que salimos de la Española, no es
posible que de los que aún vivimos, extenuados todos y moribundos
otros, vos con vuestra mano queráis acortar el número?....
Hemos sufrido tánto juntos, que es justo que nos miréis más como
á hermanos que como á subalternos, y tengáis lástima y
compasión.... Además, la misericordia es el placer del bueno, y la
venganza es inspiración de Satanás!
-El rigor no es la mejor política en este caso, le decían otros;
los soldados están enfermos, fatigados y afligidos, y el
proporcionarles un espectáculo sangriento no es la manera de
consolarles y tenerles contentos.
Al fin prevalecieron los empeños, y Nicuesa revocó la sentencia
de muerte; pero no le devolvió la libertad á Olano, sino que ordenó
le mantuvieran cautivo hasta que hubiera ocasión de mandarle á
España á que le juzgasen allí.
Como veremos después, aquel perdón, que no fué espontáneo, sino
casi arrancado á la fuerza, no hizo ningún bien á Nicuesa, al mismo
tiempo que el rigor de que había hecho uso le proporcionó enemigos
que causaron su pérdida. En este mundo, digan lo que quieran los
políticos, nada que no se haga á derechas tiene resulta- dos
provechosos, y los términos medios de ordinario descontentan á
todos.
Los alimentos que podía proporcionar el país estaban agotados, y
los pocos que habían podido salvarse de los llevados por los
Españoles se habían perdido unos y deteriorado otros, hasta el
punto de que se carecía completamente de sustento. Nicuesa tenía,
pues, que enviar al interior algunas veces cortas expediciones en
busca de comidas, pero con frecuencia los naturales defendían sus
haberes con tanto denuedo, que aquéllas volvían al campamento con
las manos vacías y faltando algunos de los suyos, que morían
atacados por los indígenas; otras ocasiones sucedía que los míseros
Españoles espiraban de fatiga bajo el peso de las cargas que
llevaban al caserío, y preferían morir de hambre y no de
cansancio.
Llegó al fin á tal extremo la necesidad de aquellos
desgraciados, que habiendo una partida de Españoles encontrándose
el cadáver de un indígena, yá medio corrompido, volvieron comérselo
pero resultó que ninguno de los hambreados colonos que participaron
del nauseabundo festín sobrevivió á él: todos murieron víctimas de
la infección que les causó aquel alimento ! Así trascurrieron
varios meses. Pero era imposible continuar en un sitio tan funesto,
por lo que Nicuesa resolvió levantar el campamento de allí, y pasar
á otro lugar que le fuera más propicio.
Resistíanse algunos á abandonar las orillas del río Belén,
porque habían sembrado una sementera de maíz y aguardaban á que
estuviese en sazón para cogerla ; pero el Gobernador estaba
resuelto á salir de aquel lugar funesto, en donde no solamente la
tierra carecía de alimentos con qué sustentarse, sino que tampoco
se había hallado riqueza ninguna. Dejó, pues, una corta guarnición
en la fortaleza para que cuidase de la sementera, y él puso la proa
á Portobelo, -sitio que le ponderaron como muy bueno,- en busca,
dice Gomara, " de pan y oro."
La bahía de Portobelo merece su nombre por su comodidad y
belleza; pero apenas se vió Nicuesa dentro de ella, cuando
acometieron la lancha que mandaba á tierra una nube de indios
flecheros que mataron á varios Españoles, y los demás se volvieron
á la carabela, aterrados con semejante recepción. Profundamente
afligido, y yá un tanto desalentado con tantas y tan repetidas
desgracias, Nicuesa continuó costeando todo aquel litoral en
demanda de un lugar más propicio, y como notara una tierra al
parecer fértil y toda cubierta de una capa espesa de monte y
cocales, teniendo á su espalda altas sierras y , un puerto al
frente, exclamó :
-Paremos aquí,
|en nombre de Dios!
-Este es el puerto llamado de
|Bastimentos, por
Cristóbal Colón, le contestaron.
-Así será, repuso Nicuesa, pero en adelante se llamará
|Nombre-de-Dios.
Desembarcaron sin dificultad en aquel lugar, y el Gobernador
tomo posesión de él en nombre del Rey, Poniéndole el nombre que
había dicho.
Pero la desgracia, que no le abandono un momento desde que
emprendió su viaje, le acompañaba aquí como en todas partes; los
naturales eran tan inhospitalarios como en Belén, y para lograr
internarse en la tierra en solicitud de bastimentos, tenían que
librar un combate diario, en el cual morían con frecuencia algunos
españoles. Cogida la sementera de Belén, que resultó ser de muy
poca ayuda para tanta gente, Nicuesa mandó llevar la guarnición que
había quedado en la fortaleza á Nombre-de-Dios. Reforzada así su
gente, trató de cautivar algunos indígenas que le sirviesen tanto
de esclavos, como para mandar á otros á la Española y traer en su
lugar los víveres y las armas que tanto necesitaban. Pero se
pasaban las semanas y los meses, y la situación no mejoraba
absolutamente, y disminuían cada día los hambreados y míseros
colonos!
Una vez que logro Nicuesa reunir toda su gente, resolvió enviar
los menos débiles en la carabela á la Española á traer recursos á
cualquier precio. Al tiempo de Separarse de ellos, encontró que por
junto, de los setecientos hombres que habían salido de Santo
Domingo, no quedaban sino ciento, muchos de los cuales estaban
moribundos! Pero aquél sacrificio resultó inútil, Porqué don Diego
Colón embargó la embarcación de Nicuesa, y no permitió que
volviera á llevar los avíos al Gobernador de Castilla de oro. Todo,
pues, conspiraba contra los colonos ; y habían llegado yá al
último grado de miseria y desconsuelo, cuando vieron llegar al
puerto un navío repleto de provisiones, que llevaba para ellos
Rodrigo de Colmenares, antiguo amigo de Nicuesa. ¿ Cuál no seria la
sorpresa de aquel cuando le salió á recibir un espectro, un
fantasma amarillo andrajoso y triste, en lugar del gallardo y
animoso caballero que tánto había lucido en la Corte !
IV
De la expedición primitiva no quedaban yá sino sesenta nombres.
Pero tales eran el vigor y energía de aquellos españoles, que
después de haberse mantenido más de un año con sapos, culebras y
caimanes, á las pocas horas de haber podido comer alimentos sanos y
abundantes, dicen los cronistas que se les veía revivir y cobrar
ánimo y fuerza.
Refirió Colmenares Cómo acababa de visitar una floreciente
colonia en el golfo de Urabá, compuesta de los restos de la
expedición de Ojeda, los cuales, habiendo abandonado al funesto
sitio San-Sebastián, se habían transportado al otro lado del golfo,
en tierras de 1a Gobernación de Nicuesa; pero añadió que muchos de
aquellos colonos, descontentos cOn su actual Gobernador, -que era
un letrado Enciso,-le habían encargado que buscase á Nicuesa, el
legítimo dueño de aquella gobernación y le invitase á que fuera á
hacerse cargo del mando de la colonia.
Después de tantos infortunios y desdichas, semejante noticia
trastornó el buen juicio de Nicuesa ;olvidó que aun no era dueño de
los que le mandaban llamar, y haciéndose explicar loS motivos de
las quejas contra Enciso, dijo que él arreglaría las desavenencias,
quitan- do á todos los colonos sus repartimientos y encomiendas y
haciendo nuevos repartos, según lo que él creyera justo. Estas
imprudentes palabras llegaron á oídos de algunos de los colonos
del Darién que habían acompañado á Colmenares, quienes se llenaron
de aprensión pensando que Nicuesa, en vez de llevar la ansiada paz
á la nueva población, produciría mayores desórdenes y disgustos sí
pretendía estrellarse contra los que tenían yá bienes propios.
Aquel recelo llegó á su colmo ,cuando, hablando con' Lope de Olano,
que iba siempre arrestado, éste les dijo :
-¡Pretendéis que Nicuesa os gobierne! Mirad bién lo que vais á
hacer, y recordad que yo le serví y le salvé la vida, mandándole un
barco á recogerle cuando se moría de hambre, y él me pagó el
servicio con prisiones y cadenas ... Igual será la suerte de los
del Darién, si a Nicuesa piden auxilio !
Alarmáronse mucho los colonos con aquellas palabras de Olano, y
fingiendo tener mucha urgencia de volverse á la nueva población,
-sin querer aguardar á que Nicuesa concluyera sus aprestos de
viaje, -se metieron en una pequeña embarcación y se adelantaron
apresuradamente á dar parte á los pobladores de Nuestra Señora de
la Antigua de los informes que habían recibido sobre el carácter
del Gobernador a quien llamaban.
La noticia produjo grande agitación en la colonia, sobre todo
entre los que habían logrado ricas encomiendas de indios y tenían
buenas porciones en el botín; éstos en el acto empezaron a trabajar
en el ánimo de todos para que rechazaran á Nicuesa cuando se
presentara en el caserío. Como el castigo de una falta proviene
siempre de la falta misma, Nicuesa se perdió por haber querido
apresar á algunos desgraciados indígenas que pensaba
mandar vender en las Antillas; tardóse en la captura de los
naturales, y dejó tiempo suficiente para que sus enemigos obrasen
sobre el ánimo de los habitantes ; de manera que la población en
masa se propuso impedir á todo trance que desembarcase el
Gobernador, y pusieron centinelas para que avisasen su llegada á
las aguas del Golfo.
Sucedió, pues, que cuando Nicuesa se acercaba muy contento á la
población de la Antigua y se preparaba á desembarcar, detúvole una
tropa armada, y tomando la palabra el Procurador, le intimó, de
orden del Ayuntamiento, que se le prohibía el desembarco y se le
ordenaba alejarse en el acto de aquellas playas dejando en ellas á
los que quisiesen quedarse. Sorprendido Nicuesa con aquella
repentina mudanza de los mismos que le habían llamado, insistió en
saltar á tierra para que le explicasen los motivos, y habiendo
desembarcado á la fuerza, algunos energúmenos quisieron matarle y
le obligaron á refugiarse en un vecino bosque. Viendo la furia del
populacho, Nicuesa mandó decir á los habitantes del Darién que si
no querían reconocerle por su Gobernador, estaban en su derecho ;
pero que le permitiesen entrar en la población y pasar allí algunos
días como simple particular, porque hacerle volver á
Nombre-de-Dios, era condenarle á una muerte segura. Pero sús
súplicas fueron vanas; le obligaron á embarcarse con diez y siete
hombres que se ofrecieron á acompañarle, en un barco comido de
broma y con alimentos para sólo dos días, advirtiéndole que si
procuraba acercarse á la colonia encontraría la muerte.
Profundamente herido en su dignidad, el mísero Nicuesa se alejó de
aquellas playas funestas...Era el día primero del mes de Marzo de
1511, y desde aquella aciaga fecha jamás se volvió á tener noticia
del hidalgo de Baeza...
Años después, dícese que unos marineros que naufragaron en la
isla de Cuba encontraron un letrero grabado en un árbol, que decía
así :
Aquí feneció el desdichado Nicuesa.(2*)
El cronista Gomara refiere que lo que decía el letrero era :
"Aquí anduvo perdido el desdichado niego de
Nicuesa." Sea como fuere, un hondo y oscurísimo misterio
oculta el fin del alegre cortesano, trinchador de don Henrique
Henríquez, cuya aparición en la historia de aquel tiempo apenas
ocurre durante dos años, en los cuales no se refieren sino
sufrimientos, penalidades, hambres, naufragios, humillaciones y
tristeza. Nicuesa brilló como un meteoro sobre el horizonte, con
luz fatídica, para hundirse después en las tinieblas de lo
desconocido.
Este descubridor fué una de tántas víctimas que hizo el istmo de
Panamá, el que, más que ningún otro país del mundo ha sido
contrario y enemigo de los españoles que trataron de fundar
colonias en su litoral.
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(1 )
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W, Irving- "Compañeros de Colón" citando á
Las Casas.
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(2 )
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Id. id id.
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(1*)
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Aún existe un caserío denominado Belén, situado en la
desembocadura del río Palmar, con una temperatura de 27°
centígrados, pero en tal estado de pobreza y decadencia, que cada
día tiene menos habitantes.
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(2*)
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Troing, citando á Las Casas y Herrera.
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