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ALONSO DE OJEDA.
I
Entre todos los descubridores de nuestras costas, Alonso de
Ojeda es el tipo que mejor reúne las cualidades y defectos de los
antiguos caballeros españoles, tales como los pintan las leyendas
de la Edad Media.
España fué durante muchos siglos e] campo en donde todos los
caballeros de la cristiandad iban á estudiar el arte de la guerra;
de la guerra, no como la entendemos hoy, sino como se usaba en
aquellos tiempos en que el heroísmo y la felonía, la abnegación más
completa y la crueldad más terrible, la generosidad más
extraordinaria y los sentimientos más innobles moraban en unos
mismos pechos. Alonso de Ojeda era natural de Cuenca, capital de la
provincia, partido y obispado del mismo nombre en la Castilla
oriental, ciudad insignificante en la historia, pero poblada de una
raza fuerte, robusta, parca é industriosa. Hijo de familia hidalga,
pero de pocos re- cursos, tuvo la ventaja de educarse en casa de
los duques de Medina Sidonia, en donde pasó su juventud en calidad
de paje. En aquellas nobles familias españolas, los que vivían bajo
su techo eran mirados como parte de ellas, y se les daba una
cuidadosa educación marcial, propia para formar valientes hombres
de guerra. Acompañaban á su señor á la Corte y á la guerra, y bajo
su protección ganaban una buena posición en la sociedad. Alonso de
Ojeda era pariente cercano de un alto miembro del Tribunal de la
Inquisición, de su mismo nombre, quien le presentó al famoso obispo
de Burgos, que fué despues Patriarca de las Indias, don Juan
Rodríguez de Fonseca; pero cuyo nombre está manchado en los anales
de la historia con las injusticias de que usó para con Colón y
Cortés. El joven Ojeda se ganó en breve la buena voluntad del
Obispo, quien ofreció dispensarle su protección en primera
oportunidad. Alonso tenia veintiocho años en 1494, era pequeño de
estatura, ágil hasta causar sorpresa, y en todos los ejercicios de
las armas, maestro consumado; tenía el genio pronto y la vista
perspicaz ; era valiente hasta la temeridad, vengativo hasta la
crueldad, tierno de corazón con los débiles, y cortés con las damas
; pendenciero y duelista, pero hondamente creyente y por extremo
observante de sus deberes religiosos.
El Obispo supo distinguir en aquel joven una alma bien templada
y un corazón generoso, pero también notó que su carácter tenía un
fondo de ambición que podía servirle en los planes que por entonces
maduraba para perder á Colon. Envió, pues, al joven con un alto
empleo en el segundo viaje que hizo el gran Descubridor al Nuevo
Mundo, con el objeto de que tratara de vigilar la conducta de
Colón. Apenas negó Ojeda al Nuevo Mundo, cuando empezó á hacerse
notable entre todos. Enseñado á combatir en las guerrillas contra
los moriscos de Granada, no había quien le igualara en aquel género
de combate, y en breve su audacia le puso á la cabeza de todas la8
expediciones 'contra los desgraciados indí- genas del interior de
la isla. Hubo vez que lograra derrotar á diez mil indígenas Con
cincuenta hombres á sus órdenes ; no había nada que le arredrara
ni empresa que no acometiera. Deseaba Colón tener en su poder al
cacique más poderoso de la isla : Ojeda ofreció traérsele
prisionero, robándosele del corazón del campamento indígena, y lo
hizo con tal denuedo, que se juzgaría aquella aventura como
imposible, sino la refirieran serios cronistas de cuya veracidad no
se Puede dudar.
Nuestro protagonista regresó á España en 1496, y el 22 de Mayo
de 1499 volvió á hacerse á la vela con dirección al Nuevo Mundo;
pero en esta vez venía por su cuenta y como jefe de la expedición,
trayendo, para guiarse por ellos, los diarios y mapas que había
levantado Colón en su tercer viaje, cuando descubrió el continente
americano. El obispo Fonseca había cometido la felonía de entregar
á su protegido los datos suficientes para que continuara el
descubrimiento de Colón, contra la voluntad del Almirante. Sín duda
la fama de las riquezas encontradas en Paria le habia téntado, y
facilitó los medios suficientes á Ojeda para que le diese parte en
las ganancias de la empresa: La codicia; el amor desordenado al oro
descubierto en el Nuevo Mundo, era la pasión dominante de los
descubridores de aquellos tiempos en todas las jerarquías sociales
y en todas las edades de los hombres. Era una manía, una locura
incurable; todo lo arrostraban para lograrlo; nada les detenía ni
tenía nadie freno moral en su marcha, vertiginosa en persecución de
oro, y oro y más oro, á cualquier precio ; era una enfermedad, un
contagio general al cual pocos escapaban !
Con Ojeda, y en calidad de piloto, venía Juan de la Cosa,
cosmógrafo de alguna fama yá, que había navegado por aquestos mares
con Colón. En su compañía aparece también el nombre de Americo
Vespucio, personaje que se hizo celebre después, no porque hubiese
tenido mayores méritos personales," sino Porque, sin
saberlo y tal vez sin desearlo, legó su nombre al continente
descubierto por Colón.
Las tres carabelas (1*) que componían la flotilla de Ojeda estaban
tripuladas por marineros experimentados que habían acompañado á
Colón en sus viajes anteriores. Atravesaron el Océano con vientos
favorables en veinticuatro días; y vieron tierra cerca de la
desembocadura del Orinoco. Fueron costeando sin desembarcar, por
toda la orilla del continente, pero tomaron tierra en tres partes
de la isla de la Trinidad, siguiendo el mismo rumbo que había
tomado Colón. Tocaron en las costas del golfo de Paria, tratando
amigablemente con los naturales en todos aquellos parajes.
Visitaron la isla de Margarita, y en seguida continuaron su
derrota, visitando puertos y ensenadas y rescatando perlas y mantas
en cambio de baratijas europeas que daban á los aborígenes hasta
llegar á la isla de Curazao, que llamaron de los Gigantes, por
haber visto en ella algunos indígenas de alta estatura. Algunas
leguas más adelante surgieron á un golfo espacioso, pero de aspecto
triste y desapacible, en cuyo seno notaron con sorpresa un Caserío
construido sobre una estacada en medio del agua. Admirados con un
espectáculo nunca visto por los descubridores del Nuevo Mundo,
Ojeda ó alguno de sus compañeros ita1ianos lo comparó á Venecia, y
llamaron el sitio Venezuela, nombre que conservó todo aquel
litoral, que se convirtió después en una importante colonia
española y siglos más tarde en floreciente República.
No habían andado mucho cuando descubrieron el magnifico lago
llamado hoy día de Maracaibo, pero que Ojeda denominó de San
Bartolomé, por haber llegado á él el 24 de Agosto. Sin penetrar
dentro de la barra que divide el lago del mar, Ojeda llegó á la
península que llamamos de la Goagira y en donde empieza el litoral
de la nación colombiana. Los indígenas llamaban todo aquello
Coquibacoa, 'desde el lago hasta la península. Ojeda no continuó
muy adelante su rumbo, sino que, después de descubrir un cabo alto,
" rodeado de tierra estéril y con un islote en su parte
Oeste," que le pareció á lo lejos blanquear como la vela
de un navío, -al cual puso el nombre de Cabo de la Vela,- resolvió
abandonar por entonces su viaje de descubrimiento y buscar un
puerto en donde poder carenar sus naves deterioradas por la
broma.
Dejando ,pues la Tierra Firme, dirigió la proa de sus naves
sobre la isla Española y entró en el puerto de Jáquimo el 5, de
Septiembre de 1499. Recibiéronle allí los amigos del Almirante muy
mal, fundándose en que no había, tenido derecho de visitar las
tierras descubiertas por Colón. De resultas de aquello tuvieron
lugar reyertas, y desavenencias tales, que unos y otros se vinieron
á las manos, combatieron como enemigos, y en la refriega murieron
algunos y quedaron otros gravemente heridos. Viendo Ojeda que no
podía sobreponerse á la fuerza y al derecho que asistía á Colón, á
pesar de haber sido autorizado por el Patriarca de las Indias
abandonó definitivamente la expedición y se dirigió á España,
llevando algunas perlas y poca cantidad de oro, pero gran número de
indígenas cautivos que vendió en algunas de las Antillas y en la
Península al regresar en Junio de 1500.
II
A pesar de las quejas que Colón vertió contra Ojeda, nada pudo
obtener, porque el joven descubridor tenía un poderoso protector
que le libró de todo mal y le proporcionó, además, el nombramiento
en propiedad de Adelantado de Coquibacoa, con la condición de que
fundase en el lugar que mejor le acomodara una población española.
Ojeda, no obstante su ambición de gloria y fama ( no parece nunca
haber sido codicioso de riquezas, y jamás las tuvo ), hubo de
aguardar dos años antes de poner por obra su viaje á posesionarse
de la gobernación para la cual le habían nombrado. En aquella
expedición llevaba dos malos socios: Juan de Vergara y García de
Campos ú Ocampo, con quienes debía dividir las ganancias de la
empresa.
Zarparon las cuatro embarcaciones que comandaba Ojeda, del
puerto de Cádiz, á mediados del año de 1502, é hicieron escalas en
las islas Canarias, en el Golfo de Paria, en la Margarita y en
Cumaná, cautivando indígenas y utensilios para fundar su colonia
más lejos. Todos sus compañeros se apropiaron cuanto pudieron,
tanto esclavos como mantas y el oro que hallaron ; solo Ojeda, con
noble desprendimiento, no reclamó para sí sino una hamaca.
Costeando por la península de la Goagira, al fin Ojeda resolvió
detenerse !:definitivamente en una ensenada que le pareció cómoda,
y cuyos habitantes parecían mansos y bien dispuestos hácia los
Españoles. Desembarcaron, pues, allí, y tomaron posesión de la
tierra en nombre do los Reyes de España, dándole el de Santa-Cruz.
Aquella iniciada colonia se hallaba en un sitio que hoy llaman
Bahía-Honda, y en donde hasta el siglo pasado poseían los Españoles
un fortín con una pequeña guarnición, para impedir el contrabando y
poner trabas á las depredaciones de los indios goagiros, que
compraban armas á los piratas para agredir á las poblaciones
españolas.
Aquella colonia no subsistió ni tres meses, por varios motivos.
Habiendo escaseado las provisiones, los Españoles no tuvieron ]a
prudencia de conseguir alimentos con los naturales por buenos
medios, sino que allanaron los alrededores con las armas en ]a
mano, salteando las poblaciones, por cuyo motivo los indígenas les
declararon una guerra cruel, haciendo insegura la residencia allí ;
a] mismo tiempo el carácter altivo del Adelantado no podía soportar
los ruines modales de sus compañeros, y por esta causa tenían
diarios disgustos y desavenencias; y por último, la codicia de
Vergara y Ocampo puso término á todo, pues deseosos de hacerse al
botín que habían reunido, apresaron con felonía á Ojeda, le
aherrojaron en una de las embarcaciones, y levando el ancla con
todos los presuntos colonos, se dirigieron hacia ]a Española. Allí
le acusaron de haberse querido apoderar de los quintos reales, y
como cohecharon á los jueces, Ojeda fue condenado á pagar una gran
suma a la corona. Él apelo á los Reyes de España, y al cabo de un
año de litigio fué absuelto; pero quedó tan pobre, que no pudo por
muchos años volver á emprender expedición alguna.
Ojeda estaba radicado en la isla Española cuando volvemos á
tropezar con su nombre en las crónicas de la época, en 1508, junto
con el de Juan de la Cosa: ambos pedían al Rey de España que les
concediera licencia para fundar una colonia en cualquier punto de
la costa, adelante del cabo de la Vela. Juan de la Cosa pasó á
España á gestionar el asunto; pero allí se encontró con un
competidor, joven cortesano y rico, Diego de Nicuesa, que pedía ]a
autorización para poblar ]as mismas tierras. El Consejo de Indias,
queriendo obrar con justicia concedió á ambos rivales lo que
pedían, señalando á Nicuesa desde el Darién hasta el Cabo de
Gracias á Dios, y á Ojeda desde el cabo de la Vela hasta el Golfo
de Urabá. En compensacion, Juan de ]a Cosa se comprometía, en
nombre de Ojeda, á construir cuatro fuertes en aquellos
territorios, y á fundar una población para catequizar á los
indígenas, apartando de todas las ganancias que hicieran el quinto
para el Rey. Con el objeto de manifestar el buen deseo que abrigaba
el Gobierno español de que se sometiera á los indígenas del Nuevo
Mundo por las buenas, mando que no empezasen ninguna conquista ni
emprendiesen batalla alguna sin que, por medio de intérpretes, se
hiciese á los indígenas el siguiente requerimiento:
" Yo, Alonso de Ojeda, criado de los muy altos y muy
poderosos Reyes de Castilla y de León, domadores de gentes
bárbaras, su mensajero y capitán, vos notifico y hago saber como
mejor puedo, que Dios Nuestro Señor, Uno y Eterno, crió el cielo y
la tierra y un hombre y una mujer, de quienes vosotros y nosotros,
y todos los hombres del mundo fueron y son descendientes procreados
y todos los que después de nosotros vinieren: Mas por la
muchedumbre de generación que de estos ha procedido, desde cinco
mil y más años que há que el mundo fué creado, fué necesario que
los unos hombres fuesen por una parte y los otros por otra, y se
dividiesen por muchos reinos y provincias, porque en una sola no se
podían sustentar y conservar. De todas estas gentes, Dios Nuestro
Señor dió cargo á uno que fué llamado San Pedro, para que de todos
los hombres del mundo fuese Señor y superior, á quien todos
obedecieren, y fuese cabeza del linaje humano, doquier que los
hombres estuviesen y viviesen, y en cualquier ley, secta o
creencia: y dióle a todo el mundo por su servicio y jurisdicción ;
y como quiera que le mandó que pusiese su silla en Roma, como en
lugar más aparejado para regir el mundo, también le prometió que
podía estar y poner su silla en cualquiera otra parte del mundo y
juzgar y gobernar todas las gentes, cristianos, moros, judíos,
gentiles y de cualquiera otra secta O creencia que fuesen. A éste
llamaron Papa, que quiere decir Admirable mayor, padre y guardador,
porque es padre y gobernador de todos los hombres. A éste Santo
Padre obedecieron y tomaron por Señor, Rey y Superior del universo
los que en aquel tiempo vivían, y asimismo han tenido á todos los
otros que después de él fueron al pontificado elegidos, y ansí se
ha continuado hasta ahora y se continuará hasta que el mundo acabe.
" Uno de los pontífices pasados que he dicho, como señor
del mundo, hizo donación de estas islas y Tierra firme del mar
Océano á los católicos reyes de Castilla, que eran entonces Don
Fernando y Doña Isabel, de gloriosa memoria, y á sus sucesores,
nuestros señores, y todo lo que en ellos hay, según se contiene en
ciertas escrituras que sobre ello pasaron, según dicho es, que
podéis ver si quisiéredes. Así que su Majestad es Rey y Señor de
estas islas y tierra firme, por virtud de la dicha donación, y como
á tal Rey y Señor, algunas islas y casi todas á quien esto ha sido
notificado han recibido á su Majestad y le han obedecido, servido y
sirven, como súbditos lo deben hacer, y con buena voluntad y sin
ningúna resistencia, y luego, sin ninguna dilación, como fueron
informados de lo susodicho, obedecieron á los varones religiosos
que les enviaba para que les predicasen y enseñasen nuestra santa
fe; y todos ellos de su libre y agradable voluntad, sin apremio ni
condición alguna, se tornaron cristianos y lo son ; y su Majestad
les recibió alegre y benignamente, y ansí los mandó tratar como á
los otros sus súbditos y vasallos : y vosotros sois tenidos y
obligados á hacer lo mismo. Por ende, como mejor puedo, vos ruego y
requiero que entendáis bien en esto que os he dicho y toméis para
entendello y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo, y
reconozcáis á la Iglesia por Señora y superiora del universo mundo
y al Sumo Pontífice llamado Papa, en su nombre ; y á Su Majestad en
su lugar como superior y Señor Rey de las islas y 'tierra Firme por
virtud de la dicha donación: y consintáis que estos Padres
religiosos os declaren y prediquen lo susodicho: y si ansí lo
hiciéredes, haréis bien y aquello que sostenidos y obligados, y su
Majestad, y yo en su nombre, vos recibirán con todo amor y caridad
y vos dejarán vuestras mujeres é hijos libres, sin servidumbre,
para que de ellas y de vosotros hagáis libremente todo lo que
quisiéredes y por bien tuviéredes como lo han hecho casi todos los
vecinos de las otras islas. y allende de esto, su Majestad vos dará
muchos privilegios y exenciones y vos hará muchas mercedes; si no
lo hiciéredes, o en ello dilación maliciosamente pusiéredes,
certificoos que, con el ayuda de Dios, yo entraré poderosamente
contra vosotros, y vos haré guerra por todas las partes y maneras
que yo pudiere, y vos sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y
de Su Majestad, y tomaré vuestras mujeres é hijos y los haré
esclavos, y como tales los venderé y dispondré de ellos como Su
Majestad mandare ; y vos tomaré vuestros bienes y vos haré todos
los males y daños que pudiere, como á vasallos que no obedecen ni
quieren recibir á su señor y le resisten y contradicen. Y protesto
que las muertes y daños que de ellos se recrecieren, sean vuestra
culpa y no de su Majestad, ni nuéstra, ni de estos caballeros que
conmigo vinieron, y de cómo os lo digo y requiero pido al presente
escribano que me lo dé por testimonio signado"(1 )
Este requerimento era entregado desde aquel tiempo á todos los
descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo, pero sin duda pocos
lo pondrían en práctica, no tomándose la pena de cumplir con la
fórmula enteramente inoficiosa é incomprensible para los pobres
salvajes. Pero aquel documento, que nos parece hoy el colmo de lo
ridículo, fué compuesto, por orden del Gobierno, por un célebre
escritor español, el doctor Juan López de Palacios Rubios,(2 ) y fué aprobado
por los hombres más doctos de España; tan cierto es que cada época
tiene su diferente modo de entender las Cosas !
Pero, sin duda, yá para entonces el obispo Fonseca había dejado
de proteger á Ojeda, cuya ,mala fortuna no debía de ser del gusto
del Patriarca de las Indias. pues con dificultad pudo Juan de la
Cosa reunir el caudal suficiente para aprontar la expedición.
Además, el hijo de Colón, el Almirante don Diego, trataba de poner
todas las trabas posibles á la empresa, alegando los derechos que
tenían los herederos de su padre sobre todo el litoral descubierto
en parte por él. En tanto que Diego de Nicuesa podía disponer de
una fortuna propia considerable, su rival tenía que apelar á la
bolsa de sus amigos para echar á flote las cuatro embarcaciones que
había conseguido, y eso muy pobremente aperadas...Aquella
circunstancia hería tanto el amor propio de nuestro héroe, quien
veía en Nicuesa un afortunado rival en todas las circunstancias de
la vida, que, buscando motivos de disputa en ]os límites de sus
futuras colonias, le desafió á singular y mortal combate, lo cual
no se llevó á efecto, merced al buen sentido y espíritu práctico de
Juan de ]a Cosa, quien puso fin á la disputa aceptando como límite
de las gobernaciones el río Darién, que desemboca en el Golfo de
Urabá, y obligando á Ojeda a que se embarcase prontamente y se
alejase de Santo Domingo. Antes de dejar la Española, Ojeda había
nombrado Alcalde mayor de la futura población á un letrado, Martín
Fernández de Enciso, bachiller muy feliz de su profesión de
abogado, con la cual había hecho una pequeña fortuna en el Nuevo
Mundo. Había entregado, para preparar la expedición de Ojeda, una
parte de sus ganancias, y mientras que éste se hacía á la vela, el
lO de Noviembre de 1509, Enciso permanecía en la Española, con el
objeto de fletar otra embarcación bien pertrechada de víveres y
provisiones de toda especie, con la cual debía ir después á
alcanzar á Ojeda, una vez fundada la colonia.
III
La flotilla de Alonso de Ojeda, en aquel su tercer viaje de
descubrimiento, consistía en dos carabelas y dos bergantines,
tripulados con trescientos hombres escogidos. Entre éstos aparece
por primera vez el nombre de Francisco Pizarro, el futuro
conquistador del Perú, y había sentado plaza tambien como soldado
en aquella expedición el futuro conquistador de Méjico, Hernán
Cortes, pero felizmente para él enfermó el día de la partida y no
pudo embarcarse. A pesar de los consejos de Juan de la Cosa, que yá
había visitado aquellas costas y conocía el temple belicoso de sus
habitantes, Ojeda se empeñó irá sentar pie en el hermoso puerto de
Calamar ( hoy día Cartagena) para fundar allí una fortaleza. Y por
cierto que nuestro descubridor no tenía mal ojo, siendo aquella
bahía una de las más hermosas de la América del Sur.(2*)
Habiendo desembarcado con una parte de sus fuerzas, saliéronle á
recibir los naturales con señales evidentes de guerra. La cosa
volvió á amonestar á Ojeda para que desistiese de su proyecto, de
establecerse en un país enemigo, en donde los aborígenes, hasta
entonces, habían rehusado tratar amigablemente con los Españoles.
Pero Ojeda era tan terco cuanto valiente, y se empeñó en que los
religiosos que llevaba leyesen en alta voz el requerimiento del
Rey, que ya hemos visto, mandando á los intérpretes que lo
tradujesen en lengua caribe, que era la de aquellos salvajes.
Como era natural, los indios recibieron la fórmula con
indiferencia, y cuando Ojeda mandó que les mostrasen espejillos y
otras baratijas europeas para acariciarles con dádivas, los altivos
salvajes miraron aquello como un insulto y arremetieron contra los
Españoles, con sus flechas y macanas, con gran denuedo y
valentía.
"Todavía es tiempo de devolvernos; Ojeda ; no tentemos
á la Providencia! " exclamó Juan de la Cosa por la última
vez. Pero viendo que el otro no le escuchaba, se preparó para
acompañarle á la pelea. En aquel primer combate derrotaron
completamente á los naturales; -pero habiendo querido perseguirles
hasta Yurbaco (hoy día Turbaco),(3 ) Ojeda fue destrozado Por los aborígenes, y
en el combate murieron desgraciadamente Juan de ]a Cosa y todos los
españoles que ]es acompañaban, salvando tan sólo la vida el capitán
y un soldado. Ojeda logró librarse de las manos de los salvajes,
merced á la asombrosa agilidad y denuedo que poseía, y huyendo por
medio del monte llegó á la orilla del mar, en donde le recogieron
los que habían quedado en los buques, ya moribundo, y á punto de
espirar de hambre, pero sin ninguna herida en el cuerpo.(4 ) Estando en esta
triste situación, arribó á Cartagena la escuadra de Nicuesa á tomar
agua, y éste, con toda la nobleza de un caballero olvidó sus
resentimientos con Ojeda, y ofreció ayudar á vengar la muerte de
Juan de la Cosa y de los suyos. Unieron, pues, sus fuerzas los dos
antiguos rivales, y atacando á los dueños de la tierra, no dejaron
vivo un solo indígena de los que les cayeron en las manos: hombres,
mujeres y niños, todos fueron sacrificados é incendiadas las
poblaciones y sementeras!
Una ,vez concluida esta fechoría y recogido y dividido el oro
que hallaron sobre los cuerpos y en las habitaciones de los
naturales. Nicuesa continuo su derrota en busca de la tierra que le
tocaba, y Ojeda, levando las anclas de sus naves, se dirigió al
Golfo de Urabá, sitio que tánto le había recomendado Juan de la
Cosa, por haberlo él descubierto, en unión de Rodrigo de Bastidas,
en 1501. Costeando por toda: la orilla del litoral, Ojeda pasó por
frente de la punta de Carivana, que es la entrada del Golfo de
Urabá, y penetrando en él encontró que todas ]as orillas eran
bajas; pero más adelante, habiendo notado un sitió al parecer
ameno, en medio de dos ríos, y teniendo á su espalda algunas
colinas cubiertas de monte, resolvió anclar allí y echar los
cimientos de una de las fortalezas que se había comprometido á
levantar.
Como sus compañeros temían mucho las flechas envenenadas que
usaban los indígenas de aquellos parajes, resolvió Ojeda bautizar
la iniciada población con el nombre de San-Sebastián, erigiendo una
fortaleza compuesta de fuertes palizadas. Pero si el sitio escogido
había parecido agradable y ameno á Primera vista, en breve
encontraron que los alrededores estaban plagados de indígenas
feroces que no admitían ninguna alianza con ]os Españoles. De noche
se desvelaban oyendo la voz del tigre y de las panteras que daban
vuelta á las habitaciones buscando su presa; perseguíanles el
murciélago, los enjambres de zancudos, de alacranes de monte y
arañas venenosas ; y de día no podían acercarse á los ríos, de
miedo de los caimanes y de la infinidad de serpientes venenosas que
poblaban la tierra. Por último, el hambre vino á empeorar la
situación, y en un combate con los naturales Ojeda fué herido, de
un flechazo envenenado,-la primera vez que lo fué en su vida,- lo
cual desmoralizó á los suyos, que tenían una confianza completa y
habían llegado á creer en ]a invulnerabilidad de su Capitán. Pero
si Ojeda fué herido, no por eso se dejó morir como sus compañeros,
sino que, resolviendo salvarse la vida á cualquier precio, se hizo
aplicar un hierro candente en la herida envenenada, remedio heroico
que nadie quiso aplicarse después, pero que le salvo la vida a él,
e impidió que sus subalternos se entregaran al desaliento. Mas
Ojeda jamás volvió á recuperar por Completo la salud de que había
gozado hasta entonces, y cada día escaseaban las provisiones y
moría alguno de aquellos desgraciados á manos de los indígenas ó
de las enfermedades.
Se pasaban, sin embargo, las semanas y los meses y á pesar de
que el Gobernador había mandado una de sus embarcaciones á la
Española á pedir los auxilios prometidos por Enciso, éste no
parecía; y la colonia hubiera muerto de hambre, si no llegara á
aquellos parajes un bandido llamado Talavera, quien les vendió á
precio de oro algunas provisiones robadas por él en la Española
junto con el bergantín en que se había embarcado.
Viendo Ojeda que Enciso tardaba y que los colonos empezaban á
desesperar, ofreció ir personalmente á la isla Española para
activar la remesa de los auxilios, dejando el mando de la
Gobernación á Francisco Pizarro, con orden de abandonar la colonia
si el Capitán no volvía antes de dos meses.
Embarcóse, pues, Ojeda en el bergantín de Talavera, con
dirección a la Española; pero apenas el bandido tuvo al Gobernador
del Darién en su poder, viendo que pretendía mandar en la
embarcación como capitán, le hizo prender y encadenar, rehusando
volverle la libertad, hasta que, acometido el buque por un recio
temporal frente á la isla de Cuba, tuvo á bien soltarle para que
procurase librarles del naufragio.
No solamente era Ojeda Jefe de primer orden, valientísimo
soldado y militar de gran pericia, sino también hábil marino; mas,
cuando acudieron á pedirle consejo en aquella circunstancia, ya
,era tarde, y no pudo impedir que la embarcación se hiciese
pedazos en los arrecifes de la costa cubana, logrando sólo que se
pudiesen salvar sus compañeros con vida.
Pero si nuestro protagonista había tenido que sufrir grandes
penalidades en su vida, los trabajos que padeció entonces fueron
los peores imaginables. Perdidos los náufragos en las orillas
cenagosas de aquella isla, sin atreverse á penetrar en el interior,
temerosos de ser acometidos por los indígenas, desarmados en medio
de mil peligros, muertos de hambre, fatigados y sin fuerzas, muchos
murieron en los pantanos por enmedio de los cuales tenían que
transitar de día, pasando las noches abrazados de las raíces de los
mangles para no perecer ahogados. ...De esta manera habían caminado
durante cuarenta días, cuando Ojeda, habiendo perdido más de la
mitad de sus compañeros, acudió á pedir auxilio á la Virgen María
por medio de una imagen que llevaba siempre consigo. Todas las
noches colgaba aquella imagen sobre su cabeza en las ramas de los
árboles, y desde que salió la primera vez de España en la
expedición de Colón, diez y seis años antes, jamás se había
separado de la preciosa reliquia. Pero viéndose en aquel estado de
angustia, hizo solemne voto de que si la Virgen intercedía por él y
sus compañeros, se separaría para siempre de la querida imágen, la
erigiría una capilla en el primer pueblo indígena que les acogiera
bien, y la dejaría allí para el bien de ]os indios.
Pocas horas después de haber hecho aquel piadoso voto, lograron
los náufragos salir del pantano y ser acogidos con hospitalidad por
un cacique de un caserío cercano.... ..Ojeda cumplió religiosamente
con su voto: después de haber enseñado una oración al cacique
amigo, mandó levantar una capillita en donde colocó la imagen, y
despidiéndose de los sencillos naturales paso á Jamaica y de allí á
Santo Domingo.
Una vez que llegó á la Española, tuvo noticia de que Enciso
había partido días antes con auxilios para la colonia de
San-Sebastián, y entonces, sintiéndose fatigado de la vida en
cuerpo y en alma, desengañado y triste, se retiró á un convento
franciscano, en donde murió poco después, mandando que le
sepultasen bajo el quicio de la puerta de la iglesia, para que su
tumba fuese hollada á todas horas por cuantos penetrara en el
Santuario de Dios, con el objeto de castigar sus pecados capitales:
el orgul1o y la soberbia.
La existencia de Ojeda es un tejido de acciones asombrosas de
valor heroico, de crueldad, de venganzas y de paciencia, y si
adolecía su carácter de los defectos de Su tiempo, también
brillaron en él las cualidades del caballero con la audacia del
aventurero, y del soldado español de la época.
|
(1 )
|
|Acosta -" Compendio histórico del
Descubrimiento de la Nueva Granada."
|
|
(2 )
|
Palacios Rubios era un hombre muy notable de su tiempo, y tuvo
parte en la recopilación de las " Leyes de Toro;"
escribía por lo general en latín, menos una obra llamada "
Del esfuerzo bélico, heroico," dedicada á su hijo.
|Ticknor.-History of Spanish literature.-Tomo 1.o,
página 496.
|
|
(3 )
|
"Turbaco, pueblo de indios á 2 miriámetros de
Cartagena, casi sobre la cumbre de unas montanas. Es notable este
pueblo desde el principio de la conquista por la lucha que sostuvo
contra los españoles, y después por el papel importante, que ha
desempeñado en la historia militar del país. Turbaco ha Sido
preferido siempre por sus baños y temperatura por las personas
ricas de Cartagena, las que han hecho allí habitaciones cómodas :
fabrica canastos muy estimados y cosecha frutos. Fué encomienda de
don Jerónimo de Portugal, quien la erigió en' parroquia en 1546,
pasando despues á la corona. "
[
|Felipe Pérez-" Geografía física y política
del Estado de Bolívar."]
|
|
(4 )
|
" Llegaron á donde había, junto al agua de la mar,
unos manglares, que son árboles que siempre nacen, crecen y
permanecen dentro del agua de la mar, con grandes raíces sólidas, y
enmarañadas unas con otras; y allí metido y escondido hallaron á
Alonso de Ojeda, con su espada en la mano y la rodela en las
espaldas, y en ella sobre trescientas señales de flechazos. Estaba
de caído de hambre, que no podía echar de sí la habla, y si no
fuera tan robusto, aunque chico de cuerpo, fuera muerto."
Las Casas, Libro 11. Capítulo 58.
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La carabela era una embarcación muy usada en aquel tiempo, con
una cubierta, un espolón en la proa, tres mástiles casi iguales y
tres vergas muy largas, cada cual con una vela latina.
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"Regúlase su total extensión de Norte á Sur, en más de
un miriámetro, y forma en sus costas varias ensenadas. Toda ella es
de mucho fondo y de buen tenedero. En vista de la configuración que
le da la isla de Tierrabomba, la dividen sus marineros en tres
secciones: la meridional ó primer bahía, que corresponde á las
entradas de Bocachica y Pasacaballos, con 14 á 16 brazas de fondo;
la del centro, á continuación ó segunda bahía, correspondiente á la
Bocagrande, con fondo algo mayor; y mas al norte la Caldera, que es
tan abrigada Como la mejor dársena.
Las aguas de toda la bahía son tan tranquilas, que cuando
soplan con fuerza las brisas y hay vientos del Sur turbonadas,
jamás se alteran más de lo que puede suceder en un río; pero para
tomarla no sólo se necesita de práctico, sino que se cuida de tener
balizada la boca. Las mareas no guardan regularidad en la bahía ni
aun en las costas exteriores, pues Se ha observado que suben por un
día entero, y bajan luego en cuatro ó cinco horas, sin pasar su
elevación de 2 1/2 pies. Abunda en sabroso pescado de muchas clases
; son muy grandes las tortugas y disformes y feroces los tiburones
que la infestan."
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|Felipe Pérez "Geografía física y política
del Estado de Bolívar."]
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