INDICE




Patente de Privilegio
Prólogo
Introducción
Cristóbal Colón
Alonso de Ojeda
Juan de la Cosa
Américo Vespucio
Diego de Nicuesa
Vasco Núñez de Balboa
Ambrosio de Alfínger
Jorge de Espira
Nicolás de Federmann
Rodrigo de Bastidas
Pedro de Heredia
Gonzalo Jiménez de Quesada
Sebastián de Belalcázar
Gonzalo Suárez Rondón
Martín Galiano
Pedro de Ursúa
Jorge Robledo
Francisco Cesar
Lázaro Fonte
Gaspar de Rodas
Antonio Díaz Cardoso
Pedro Cieza de León
San Luis Beltrán
Los Jesuitas Misioneros
El Apóstol de Cartagena. Pedro Claver
Los Baquianos
Aguayo, Gerónimo de
Aguilar, Alonso de
Aguirre, Domingo Vascongado
Aguirre, Martín de
Albarracín, Esteban de
Alcalá, Juan de
Almarcha, Sebastián de
Alcocer, Hernando de
Alemán, Juan Nicolás
Alonso, Juan
Aldana, Lorenzo de
Alderete, N.
Álvarez de Acuña, Francisco
Ampudia, Juan de
Añasco, Pedro de
Angulo, Cristóbal
Aranda, Francisco de
Aranda, Pedro de
Arellano, Alonso Ramírez de
Arévalo, Juan de
Arias, Francisco
Avendaño, Francisco
Avellaneda Temiño, Juan de
Ayala, Andrés de
Bermúdez, Antonio
Bernal, Crisóbal Ortíz
Bolegán, Pedro Fernández
Bravo de River, Pedro
Bravo, N.
Briceño, Pedro
Burgueño, Juan
Cabezón, García
Cabrera, Juan de
Calvete, García
Cáceres, N.
Camacho Zambrano, Bartolomé
Caro, Benito
Caro, Luís
Carrión, Pedro Rodríguez de
Casas, Fray Domingo de las
Castil-Blanco, N
Castellanos, Juan de
Castro, Antonio
Castro, Juan de
Celide Alvear, Jorge
Céspedes, Juan de
Céspedes, Francisco
Chinchilla, ó Chinesilla, Juan
Cifuentes, Gómez de
Colmenares, Pedro de
Collantes, Juan Muños de
Corral, Gómez del
Corredor, Pedro Ruiz
Cruz, Gómes de la
Cuéllar, Juan
Daza, Luís
Díaz, Francisco y Simón
Días Hidalgo, Juan
Domínguez Beltrán, Alonso
Escalante, Hernando de
Esquivel, Antón de
Espinosa, Diego de
Espinosa, Gaspar de
Fernández, Antonio
Fernández, Francisco
Fernández Gironda, Gonzalo
Fernández, Juan
Fernández, Marcos
Fernández Valenzuela, Pedro
Figueredo, Francisco de
Figueredo, Melchor Ramírez de
Flamenco, Antón
Franco, Diego
Frías, Juan de
Fuerte, Juan
Gallegos, Hernando
Gallegos, Luís
Gante ó Guante, Antón de
García, Gonzalo
García, Juan Machado
Girón, Francisco Hernández
Gascón, J. Alonso
Gascón, Juan
González, Bartolomé
Gómez Alonso, Hiel de la Tierra y Sequillo
Gómez, Francisco de Feria
Gómez, Hernán Castillejo
Gómez de Orozco, Pedro
Gómez Portillo, Juan
Gómez Fernández, N.
Gordo, Juan
Graso, Juan Bautista
Guemes, Juan de
Gutiérrez Aponte, Pedro
Gutiérrez Valenzuela, Juan
Haro, García Calvete de
Hernández Ballesteros, Francisco- Hernández, Pedro- Hernándes Ledezma, Alonso
Hernández de la Isla, Martín
Hernández de León, Bartolomé- Hernández de Madrigal, Diego
Herreño, Bartolomé
Herreño, Gerónimo Hernández
Higueras, N.
Hinojosa, Juan Ramírez
Holguín de Figueroa, Miguel
Huete, Diego de
Hyto, García del
Igarte, Martín
Insá, Gerónimo de
Junco, Juan del
Ladrón de Guevara, Domingo
Laínza, Geónimo de
Lanchero, Luís
Lebrija, Antonio de
Lescanez, ó Legaspés, Juan de
Limpias, Pedro de
López, Diego y Juan
López, Gil
López de Monteagudo, Pedro
Lorenzo, Juan
Lozano, Francisco
Lozano, Domingo
Luján, Antón de
Macías, Gonzalo
Madrid, Pedro y Madrid, Pedro Daza
Maldonado, Arias de
Maldonado, Baltasar
Maldonado, Dorado del H. Francisco
Manchado, Alonso
Manjarres, Luís
Mateos, Juan Marcos y Alonso
Martín Alonso
Martín Hiniesta, Diego
Martínez, Diego
Martínez, Francisco
Medrano, Francisco
Melo, Gerónimo de
Méndez, Bernabé
Méndez, Gaspar
Melgarejo, Juan Rodríguez Gil
Mestanza, Francisco de
Miranda, Cristóbal de
Molina, Pedro de
Montero, Hernando
Montañes, Juan
Montoya, Francisco de
Montalvo, Juan de
Monsalve, Francisco
Monroy, Cristóbal Arias de
Morales, Alonso de -Moratín, Baltasar de
Moreno, Alonso
Moyano, Miguel Seco
Muñoz, Miguel
Navarro, Hernando y Pablo
Novillero, N.
Nieto, Cristóbal Gómez
Núñes Cabrera Pedro
Núñes Pedroza, Francisco
Olaya, Antonio Soriano de
Olaya Herrera, Alonso de
Oliva, Diego de- Olmedo, Jorge de
Olmos, Juan de
Oñate, Martín
Orejuela, Juan Ruiz de
Ortega, Juan de
Ortiz, Cristobal de- Ortiz, Diego de
Ortiz, Ortún
Orozco, Lope de
Orozco, Juan de
Otañez, Miguel de
Palencia, Nicolás de
Palma, Antón de la
Paredes Calderón, Diego de
Penagos, Juan de
Pérez, Antonio Fernán
Periáñes Portoés, ó Pedro Yáñez
Pineda, Juan de
Porras, Pedro de y Sebastián
Poveda, Alonso Ramírez de
Prado, Hernando del
Prado, Juan del- Puelles, Juan de- Pujol, Martín
Puerta, Juan de la
Qesada, Hernán Pérez de
Quincoces, Juan de la Llama
Quintero, Juan
Requejeda, Fray Vicente
Ramírez, Juan de Hinojosa
Rey, Mateo Sánchez
Rivera, Juan de
Roa, Cristóbal de- Rodríguez de León, Pedro- Rodríguez Antón Casalla- Rodríguez Francisco- Rodríguez del Olmo, Juan
Rodríguez, Juan Benavides de
Rodríguez Parra, Juan
Rojas, Hernando de
Romero, Diego
Ruiz, Antonio
Ruiz Herrezuelo, Pedro
Ruiz, Cristóbal- Ruiz, Pedro Córdoba
Ruiz, Pedro García
Salamanca, Juan y Pedro Rodríguez
Sanabria, Luís de
Sánchez, Bartolomé Suárez
Sánchez, Juan
Sánchez Castilblanco, Diego
Sánchez Paniagua, Diego- Sánchez Cogolludo, Mateo
Sánchez Velasco, Pedro- Sánchez, Martín Ropero
Sánchez, Miguel
Salinas, Hernando de
Salazar, Pedro de
Salguero, Francisco
San-Martín, Juan de
Santafé, Gaspar de
Sam-Miguel, Cristóbal de
Sedano, N.- Segura, Diego de- Silva, Francisco de
Suárez Montaño, Diego
Tafur, Juan
Tafur, Martín Yáñez
Tordehumos, Francisco de
Toro, Cristóbal de
Torres, Diego- Torres, Juan de- Torre, Lázaro de la
Torres Contreras, Juan
Troya, Nicolás de- Trujillo, Juan
Umbría, Salvador de- Valenzuela, Pedro Sánchez
Valdés, Melchor de
Valderas, Diego Rodríguez de
Vásquez, Pedro
Valdivia, Andrés de
Vásques de Loaysa, Pedro- Vega, Gonzalo de
Venegas Carrillo Manosalvas, Hernán
Verdejo, El Bachiller Juan
Viana, El Bachiller
Villalobos, N.
Villanueva, Juan de- Villaspasas, Lorenzo
Villaviciosa, Francisco- Yáñez, Rodrigo
Zamora Forero, Cristóbal- Zea, Pedro de
Zarco, Benito
Zegarra, N.- Zelada, Cristóbal
Zorro, Gonzalo García
Perros de la Conquista
Lista de Obras Consultadas

 

 

CRISTOBAL COLON.

 

I

 

¿Seria Colón acaso el primer descubridor do la América? ¿ó antes que él otros navegantes arribaron á nuestras costas? Problema es éste que se ha discutido en todos los tonos y tiempos, desde el siglo xv, pero que, sin duda, jamás tendrá una resolución satisfactoria.

Herodoto, 610 años antes de nuestra éra, aseguraba que no había inconveniente en atravesar el Océano; Alberto el Grande, y después su discípulo Roerio Bacon, creían que la tierra era redonda, y que debía de haber países desconocidos del otro lado del Atlántico, puesto que se decía que los navegantes fenicios habían atravesado el Océano. Algunos autores aseguran que las islas Canarias fueron pobladas por los fenicios, y que, no satisfechos con esto, habían continuado navegando hasta arribar á las costas de la Florida.

En cuanto á la América del Norte, no cabe duda de que los islandeses descubrieron la Groenlandia en el siglo IX, y que allí formaron una rica colonia, cuyos habitantes pasaban frecuentemente al continente europeo, en tanto que del americano sacaban maderas y pieles, visitando lo que hoy  día se llama Nueva Escocia, costeando el Canadá y bajando algunas veces hasta el sitio en que se encuentra á Boston. Los naturales de aquellas tierras, dicen las tradiciones de Islandia, eran, sin embargo, tan salvajes y violentos, que los europeos no se atrevieron á colonizar las costas norte-americanas.

Asegúrase que se hallan muy bien descritas las tierras con sus golfos, promontorios y particularidades, en las |sagas ó crónicas de Islandia. Andando el tiempo, creció á tal punto la corona groenlandesa, que llego á contar doscientas poblaciones: había gran número de iglesias y una catedral, en donde gobernaron la grey católica diez y siete obispos consecutivos, cuyos nombres se encuentran en documentos auténticos. Pero la frecuente comunicación con Noruega, causó su ruina ulterior, porque cuando, á mediados del siglo XIV, la terrible peste negra asoló á Europa, llegó á Groenlandia, y fueron tales los estragos que hizo en la población, que á poco de haberla importado no quedaba una sola persona viva en toda la colonia!

Sorpréndese el lector al pensar que hubiera durado cinco siglos la colonia groenlandesa, cuyos habitantes conocían el continente americano, y que los sabios europeos no pararan mientes en semejante descubrimiento. Pero cuando se piensa en el estado de lucha y de desorden en que se hallaba Europa en aquellos siglos de reconstitución de las monarquías, se acaba la sorpresa. El Norte del antig1lo mundo casi no tenía comunicación con el Sur, donde se hallaban los pocos hombres que guardaban encendida la antorcha de la ciencia, y allí la civilizaci6n cristiana batallaba á brazo partido con los turcos, los árabes y los musulmanes. Cuando al fin venció el cristianismo y se tuvo tiempo de respirar y de reconocerse, al fin del siglo XIV, la colonia groenlandesa había desaparecido y olvidádose sus tradiciones. Así, pués, aquel descubrimiento casual, hecho por personas ignorantes y que no continuaron aprovechándose de ello, en nada disminuye la gloria de Cristóbal Colón, quien, apoyado en la ciencia, atravesó el Océano deliberadamente; porque tenía fe en sus teorías científicas.

Algunos escritores católicos se han ocupado recientemente en estudiar las señales evidentes de un cristianismo olvidado, que se encuentran en las tradiciones americanas. En casi todas las crónicas de los aborígenes, desde Méjico y Yucatán hasta las tribus del Sur de América, se encuentra la tradición de la llegada de un |hombre blanco á su tierra, el cual en unas partes decían que llevaba un manto adornado con cruces, en otras que llevaba una cruz en la mano, y que enseñaba una doctrina que tiene muchos puntos de contacto con el cristianismo. Graves autores, tanto antiguos como modernos, tratan de probar que ese hombre era Santo Tomás, el Apóstol; pero si aquello no es posible probarlo, ¿ por qué no había de ser algún misionero católico de los establecidos en Groenlandia, que emprendiera viaje, solo ó acompañado, con el objeto de catequizar las tribus salvajes del continente descubierto por sus compatriotas?

Aquél también es un arcano que permanecerá cerrado, y en vano procuramos indagar un misterio que Dios no ha querido permitir que sondeemos. Todo en ]0 pasado es maravilloso, inescrutable : nuestro entendimiento es tan limitado, á pesar de nuestro necio orgullo, que necesitamos ver y palpar los hechos para comprenderlos ; y hay quien pretenda comprender la esencia divina del Creador y explicar la formación del mundo, por medio de ciencias inventadas por nuestra pobre inteligencia !

Puede decirse realmente que la ciencia, como la comprendemos hoy, no data sino del siglo xv; y aun los vislumbres que antes de aquella época se tenían, no habían bajado á las masas, y solo vivían en la mente de algunos seres privilegiados. No había sido necesario hasta entonces ensanchar el campo de los descubrimientos territoriales para la marcha de la civilización, y por eso no se había encontrado quien guiara hacia nuevos horizontes. Pero cuando fué preciso dar un desahogo a la Europa y alimento á los espíritus aventureros de España, se encontró el hombre que señalara el camino desconocido hasta entonces. Los descubrimientos no se hacen populares sino cuando son necesarios; todo tiene su tiempo oportuno en la creación, y nada sucede antes ni después de lo que tiene determinado la Divina Providencia.

 

II

 

Cristóbal Colón nació, según todas las probabilidades, de 1435 á 1436, en Génova, ciudad libre de Italia,(1*) pero á la sazón despedazada por facciones que disputaban el poder con tal encarnizamiento, que no dejaban un día de tranquilidad á los ciudadanos. Hijo de padres pobres, la primera Juventud de nuestro futuro descubridor se pasó en la más completa oscuridad. A pesar de las continuas guerras que despedazaban á Italia, aquel país era el más civilizado del mundo, y en él se hacía gran caso de las ciencias; así fué que Colón, no obstante la pobreza de su familia, obtuvo una educación científica, y cuando se embarcó como marino la primera vez, á la edad de diez y seis años, yá tenía buenos conocimientos astronómicos y cosmográficos, ganaba la vida haciendo mapas geográficos, y había estudiado el arte náutica. Nadie ha podido saber á punto fijo cuáles fueron los primeros países que visitó Colón, pero se infiere que recorrería, en la marina mercante de su patria, todos ]os puntos más importantes de la tierra conocida hasta entonces. Los genoveses, desde la antigüedad, se habían apoderado del comercio del mundo, y han sido siempre hasta el día los más hábiles marinos; pero en aquel siglo otra nación les hacía competencia en este ramo: Portugal. En aquel país era en donde el arte de construir mapas era más productivo, y en donde estaban más al corriente que en ninguna otra parte del mundo, de los descubrimientos geográficos que se hacían. Es, pues, natural que Colon visitase con más frecuencia á Portugal, Porque sus mapas eran acogidos con aprecio, y él encontraba allí una atmósfera adecuada á su espíritu indagador.

¿Desde cuándo surgió en su espíritu el deseo de atravesar el Océano para ir á buscar la India? Nadie lo sabe ; pero, sin duda, fué desde su juventud.. Casado en Portugal con la hija de un antiguo navegante, tenía á su disposición todos los itinerarios de los viajes que éste había hecho; á más de esto, su casa era el punto de reunió1're- de todos los marinos portugueses y extranjeros que iban á buscar allí los mapas que construía Colón para la venta. Así fue romo poco a poco creció en su mente y se desarrolló la idea de ir en busca de las Indias Orientales, dando la vuelta al mundo. Pero, con aquella paciencia que distingue al verdadero genio, no habló de la idea que le inspiraba mientras no tuvo completa seguridad de que estaba fundada en la verdad. Una vez convencido Colón de que su proyecto era exacto, con laudable patriotismo se dirigió, en primer lugar, á Génova á pedir auxilio y recursos para llevarlo á cabo. Mas aquella república, ocupada tan sólo en sus guerras intestinas, le recibió con frialdad y le negó su apoyo ; otro tanto hizo Venecia, á quien él se dirigió después. Rechazado en Italia, Colón volvió los ojos á su segunda patria, á Portugal. El rey don Juán II le escuchó atentamente, le díó esperanzas y le entretuvo en la Corte, en tanto que enviaba algunos navíos por la ruta indicada en busca de la India, con el objeto de arrebatarle su gloria al Descubridor. Colón tuvo noticia de tamaña villanía al regreso de la expedición, que se había devuelto espantada con las borrascas que la acometieron en alta mar.

Indignado el Genovés con semejante perfidia, abandonó á Portugal y pasó á España... Pocas personas ignoran la manera con que al fin logró Colón que los Reyes Católicos acogieran y protegieran su empresa, y todas las vicisitudes, casi novelescas, por las cuales pasó el Descubridor en España, desde 1484, en que llegó á ]a Corte, hasta 1492, en que pudo embarcarse en el puerto de Palos, el 3 de Agosto, con dirección al Nuevo Mundo soñado por él. La época era la mejor escogida para ofrecer nuevas aventuras á los españoles. Acostumbrados durante más de seis siglos á gastar el sobrante de su actividad y denuedo en batallar contra los árabes invasores, se veían, con la toma de Granada, libres de luchas intestinas, y era indispensable para ellos buscar otro objeto en qué ocupar sus fuerzas. De allí vino la popularidad de que gozó el proyecto dc Colón desde un principio: los caballeros sentían la necesidad de echarse por esos mundos en busca de aventuras peligrosas, sin las cuales no podían vivir; el tipo de don Quijote siempre ha sido el retrato del carácter español de la Edad Media y del Renacimiento.

 

III

 

¿Quién no ha leido con hondo interés la narración de aquel primer viaje de Colón en busca de lo desconocido?...La sedición latente de la tripulación ; las ofertas que les hacía el Descubridor; su profunda confianza, y el cobarde desaliento de sus compañeros ; aquellas escenas conmovedoras en que el Genovés ponía de manifiesto su fe en Dios, su genio y sus esperanzas, en contraposición al terror, á la ignorancia y pobreza, de ánimo de los otros: todo esto interesa vivamente. ¿ y quién no ha sentido un movimiento de entusiasmo cuando, al clarear el día 12 de Octubre de 1492, se ve á Colón de hinojos mirando las primeras tierras del Nuevo Mundo?

En el primer viaje Colón descubrió el archipiélago de las Lucayas y las islas de Santo Domingo y Cuba; en el segundo recorrió las costas de las islas de Guadalupe y Jamaica; en el tercero tocó por primera vez en Tierra-Firme, en ]as costas de Paria, y en el cuarto y último arribó a las riberas de lo que hoy día se llama Colombia.

Diez años después del portentoso descubrimiento del Nuevo Mundo, Colón, -triste, profundamente desengañado, fatigado y enfermo con tantas persecuciones como había sufrido, (2*) se daba á la vela en Cádiz, el 19 de Mayo de 1502, para emprender su cuarto viaje.

Habiendo tocado en Santo Domingo, sus enemigos no le permitieron guarecerse en  la rada de la Isabela para escapar de un furioso huracán que amenazaba perderle; huracán que despedazó la flota de su enemigo el cruel Gobernador Obando, é hizo naufragar á Bovadilla. Pero si los hombres no tuvieron piedad del noble anciano, Dios le tuvo compasión y le salvó. Colón se detuvo en Jamaica algunos días, y después prosiguió la ruta que se había trazado en busca de un paso libre hácia la India, cuyas costas creyó, hasta la hora de su muerte, haber descubierto.

Todo parecía conspirar contra su deseo: durante sesenta días le acometieron sin cesar espantosas tempestades; estaba tan enfermo que no podía levantarse de su lecho, el que había mandado llevar sobre cubierta para dirigir desde allí la nave. Al :fin, el 14 de Septiembre, avistó el golfo de Honduras y un cabo que se dirigía hácia el Sur, y que, costeándolo, le permitía aprovecharse de los vientos favorables, por lo cual lo llamó de "Gracias á Dios." Aquel punto forma la extremidad de Colombia por el Noroeste. Costeando siempre con dirección al Sur, y perseguido día y noche por huracanes, lluvias tropicales y estrepitosas tempestades, propias de aquellos parajes, la infeliz expedición continuó su viaje sin desalentarse. Varias veces creyeron que Colón estaba á punto de rendir el alma, y se detuvieron para saltar á tierra y proporcionarle algún alivio; pero entonces les atacaban los naturales, que salían á defender la tierra con grandes vocerias y estruendosos instrumentos músicos de guerra. El 5 de Octubre entró Colón en la hermosa ensenada que ha conservado el nombre del " Almirante," y allí encontraron las primeras muestras del oro del Continente. El nombre indígena de aquellas costas era Veraguas, nombre que ha quedado á los descendientes del Descubridor, con el título de duques. El 2 de Noviembre llegaron al puerto que, por su sin par hermosura, llamó Colón " Portobelo," nombre que con razón le ha quedado; -y si aquel puerto no fuera tan insalubre, sería tal vez el más frecuentado, por ser el más hermoso, seguro y cómodo de todo aquel litoral.

Renunciando al fin á descubrir la vía hácia la India que deseaba encontrar, Colón, algo restablecido en su salud, resolvió regresar á Veraguas á explorar las ricas tierras en donde le habían dicho que se criaba el oro; y efectivamente, decía después que había visto más oro en aquel lugar en dos días, que en la Española ; en cuatro años.

Empezaba el año de 1503 cuando Colón, contento con la riqueza de la tierra y el buen natural de los indígenas que habla encontrado por allí, resolvió fundar una colonia, como se lo tenia mandado la reina Isabel. Escogió para el caso las orillas del rio Belén, en donde ,se edificaron diez casas, que fueron las primeras que levantaron los españoles en el continente americano ; pero aquella tentativa fracasó, porque, habiéndose descontentado á los naturales, éstos se declararon enemigos, y tuvieron los descubridores que abandonar el proyecto y también la Tierra-Firme, la cual dejaron el 1o de Mayo del mismo año. Yendo en via para Santo Domingo, en embarcaciones destruidas por las tempestades y la carcoma, la expedición naufragó en las costas de Jamaica. Después de muchos impedimentos logro Colón mandar armar una pequeña embarcación en que envió algunos de los suyos á pedir auxilio á la Española; pero el Gobernador, que le odiaba, no quiso enviarle socorro, sino al cabo de un año, durante el cual, el Almirante había sufrido inauditos tormentos. Jamás se podrá describir un viaje más desastroso que aquel último de Colón; había sufrido en él temporales horrorosos, hambres, trombas de agua, sed, guerras con naturales por extremo salvajes, enfermedades constantes, motines, humillaciones, irrespetos á sus canas, y por último el naufragio y el abandono en una isla poblada de tribus enemigas, durante muchos meses de amarguísimas angustias.

Al fin, después de estar á punto de perderse en la mar varias veces, pudo Colón desembarcar en San Lúcar el 7 de Noviembre de 1504, al cabo de dos años y medio de constantes padecimientos. Al llegar á España le aguardaba una pena más, cual fué la muerte de su protectora la reina Isabel quien falleció el 26 del mismo mes de Noviembre. Año y medio después Colón la siguió á la tumba, pobre, perseguido, profundamente triste y abandonado, por los mismos que en un tiempo le habían adulado, pero lleno de fe en Dios y de esperanza en su misericordia infinita; dejando esta tierra de lágrimas para buscar su recompensa en el cielo, el 20 de Mayo de 1506, á los setenta y un años de edad.

Concluiremos estos pocos rasgos biográficos citando algo de lo que acerca de Colón dice un escrito norte-americano: (3*)

"¿ Cómo se debería definir la verdadera grandeza humana? ¿Cuál es la medida que debería servirnos para juzgar del mérito de un grande hombre ? Diremos sin vacilar que el hombre más grande es aquel á quien el mundo debe mayores beneficios. Comparados los hechos con los resultados, nos atreveríamos á asegurar que Cristóbal Colón es el primero entre los hombres realmente grandes, y su puesto tiene ,que estar a1 la cabeza de la lista de los hombres mas Ilustres de todos los tiempos. Comparado este héroe católico con los Alejandros, los Aníbales, los Césares y los Napoleones, ¿ á cuál de ellos debe el mundo tántos beneficios como á Colón ? Las ciencias, el comercio y la Religión le deben más gratitud; que Cualquier otro hombre; el Nuevo  Mundo le respeta como á su Descubridor; la Iglesia católica le reconoce como a Uno de sus hijos más santos, y la humanidad entera debe considerarse como deudora suya. No puede ser suficientemente elogiado el bellísimo carácter con que Dios le había dotado; sus hechos heroicos son innumerables; y así como sólo existe una América en el mundo, asimismo se encontró solamente un Colón entre los hijos de los hombres." 

 

 

(1*) Yá en los momentos de dar esta obra á 1a estampa, leemos en un periódico que un sacerdote de la ciudad de Calvi (en Córcega) reivindica para su país natal el nacimiento del gran Descubridor, y ha recogido una suscripción  para levantar una estatua en aquella ciudad, en honor de Colón.
(2*) Como la vida de Cristóbal Colón es tan conocida, particularmente en sus pormenores más dramáticos, no hemos querido extendernos, sino en la parte concerniente al descubrimiento especial de nuestras costas, que es lo que hemos tratado de narrar en esta biografía. Así pués, nada decimos de las persecuciones que sufrió de los envidiosos, que le acusaron de querer alzarse con el mando de las colonias establecidas por él en la Española ; no hablamos de la ingratitud del perverso Alcalde Mayor Francisco Roldán, que se insurreccionó contra Colón, y después logró que los Reyes Católicos, asediados por los malquerientes del Almirante, enviansen un comisionado á indagar la conducta de éste, de donde resultaron su prisión y el deshonor que este acto ha dejado sobre el nombre de sus perseguidores. Todos estos hechos de la vida de Colón andan escritos en las innumerables vidas que se han publicado de él, y el que desee imponerse de ello8 los encontrará fácilmente en todos los idiomas.
(3*) Lives of Catholic heroes and  heroines of America-by John Okane Murray-New-York, 1880.
 

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