INDICE




Patente de Privilegio
Prólogo
Introducción
Cristóbal Colón
Alonso de Ojeda
Juan de la Cosa
Américo Vespucio
Diego de Nicuesa
Vasco Núñez de Balboa
Ambrosio de Alfínger
Jorge de Espira
Nicolás de Federmann
Rodrigo de Bastidas
Pedro de Heredia
Gonzalo Jiménez de Quesada
Sebastián de Belalcázar
Gonzalo Suárez Rondón
Martín Galiano
Pedro de Ursúa
Jorge Robledo
Francisco Cesar
Lázaro Fonte
Gaspar de Rodas
Antonio Díaz Cardoso
Pedro Cieza de León
San Luis Beltrán
Los Jesuitas Misioneros
El Apóstol de Cartagena. Pedro Claver
Los Baquianos
Aguayo, Gerónimo de
Aguilar, Alonso de
Aguirre, Domingo Vascongado
Aguirre, Martín de
Albarracín, Esteban de
Alcalá, Juan de
Almarcha, Sebastián de
Alcocer, Hernando de
Alemán, Juan Nicolás
Alonso, Juan
Aldana, Lorenzo de
Alderete, N.
Álvarez de Acuña, Francisco
Ampudia, Juan de
Añasco, Pedro de
Angulo, Cristóbal
Aranda, Francisco de
Aranda, Pedro de
Arellano, Alonso Ramírez de
Arévalo, Juan de
Arias, Francisco
Avendaño, Francisco
Avellaneda Temiño, Juan de
Ayala, Andrés de
Bermúdez, Antonio
Bernal, Crisóbal Ortíz
Bolegán, Pedro Fernández
Bravo de River, Pedro
Bravo, N.
Briceño, Pedro
Burgueño, Juan
Cabezón, García
Cabrera, Juan de
Calvete, García
Cáceres, N.
Camacho Zambrano, Bartolomé
Caro, Benito
Caro, Luís
Carrión, Pedro Rodríguez de
Casas, Fray Domingo de las
Castil-Blanco, N
Castellanos, Juan de
Castro, Antonio
Castro, Juan de
Celide Alvear, Jorge
Céspedes, Juan de
Céspedes, Francisco
Chinchilla, ó Chinesilla, Juan
Cifuentes, Gómez de
Colmenares, Pedro de
Collantes, Juan Muños de
Corral, Gómez del
Corredor, Pedro Ruiz
Cruz, Gómes de la
Cuéllar, Juan
Daza, Luís
Díaz, Francisco y Simón
Días Hidalgo, Juan
Domínguez Beltrán, Alonso
Escalante, Hernando de
Esquivel, Antón de
Espinosa, Diego de
Espinosa, Gaspar de
Fernández, Antonio
Fernández, Francisco
Fernández Gironda, Gonzalo
Fernández, Juan
Fernández, Marcos
Fernández Valenzuela, Pedro
Figueredo, Francisco de
Figueredo, Melchor Ramírez de
Flamenco, Antón
Franco, Diego
Frías, Juan de
Fuerte, Juan
Gallegos, Hernando
Gallegos, Luís
Gante ó Guante, Antón de
García, Gonzalo
García, Juan Machado
Girón, Francisco Hernández
Gascón, J. Alonso
Gascón, Juan
González, Bartolomé
Gómez Alonso, Hiel de la Tierra y Sequillo
Gómez, Francisco de Feria
Gómez, Hernán Castillejo
Gómez de Orozco, Pedro
Gómez Portillo, Juan
Gómez Fernández, N.
Gordo, Juan
Graso, Juan Bautista
Guemes, Juan de
Gutiérrez Aponte, Pedro
Gutiérrez Valenzuela, Juan
Haro, García Calvete de
Hernández Ballesteros, Francisco- Hernández, Pedro- Hernándes Ledezma, Alonso
Hernández de la Isla, Martín
Hernández de León, Bartolomé- Hernández de Madrigal, Diego
Herreño, Bartolomé
Herreño, Gerónimo Hernández
Higueras, N.
Hinojosa, Juan Ramírez
Holguín de Figueroa, Miguel
Huete, Diego de
Hyto, García del
Igarte, Martín
Insá, Gerónimo de
Junco, Juan del
Ladrón de Guevara, Domingo
Laínza, Geónimo de
Lanchero, Luís
Lebrija, Antonio de
Lescanez, ó Legaspés, Juan de
Limpias, Pedro de
López, Diego y Juan
López, Gil
López de Monteagudo, Pedro
Lorenzo, Juan
Lozano, Francisco
Lozano, Domingo
Luján, Antón de
Macías, Gonzalo
Madrid, Pedro y Madrid, Pedro Daza
Maldonado, Arias de
Maldonado, Baltasar
Maldonado, Dorado del H. Francisco
Manchado, Alonso
Manjarres, Luís
Mateos, Juan Marcos y Alonso
Martín Alonso
Martín Hiniesta, Diego
Martínez, Diego
Martínez, Francisco
Medrano, Francisco
Melo, Gerónimo de
Méndez, Bernabé
Méndez, Gaspar
Melgarejo, Juan Rodríguez Gil
Mestanza, Francisco de
Miranda, Cristóbal de
Molina, Pedro de
Montero, Hernando
Montañes, Juan
Montoya, Francisco de
Montalvo, Juan de
Monsalve, Francisco
Monroy, Cristóbal Arias de
Morales, Alonso de -Moratín, Baltasar de
Moreno, Alonso
Moyano, Miguel Seco
Muñoz, Miguel
Navarro, Hernando y Pablo
Novillero, N.
Nieto, Cristóbal Gómez
Núñes Cabrera Pedro
Núñes Pedroza, Francisco
Olaya, Antonio Soriano de
Olaya Herrera, Alonso de
Oliva, Diego de- Olmedo, Jorge de
Olmos, Juan de
Oñate, Martín
Orejuela, Juan Ruiz de
Ortega, Juan de
Ortiz, Cristobal de- Ortiz, Diego de
Ortiz, Ortún
Orozco, Lope de
Orozco, Juan de
Otañez, Miguel de
Palencia, Nicolás de
Palma, Antón de la
Paredes Calderón, Diego de
Penagos, Juan de
Pérez, Antonio Fernán
Periáñes Portoés, ó Pedro Yáñez
Pineda, Juan de
Porras, Pedro de y Sebastián
Poveda, Alonso Ramírez de
Prado, Hernando del
Prado, Juan del- Puelles, Juan de- Pujol, Martín
Puerta, Juan de la
Qesada, Hernán Pérez de
Quincoces, Juan de la Llama
Quintero, Juan
Requejeda, Fray Vicente
Ramírez, Juan de Hinojosa
Rey, Mateo Sánchez
Rivera, Juan de
Roa, Cristóbal de- Rodríguez de León, Pedro- Rodríguez Antón Casalla- Rodríguez Francisco- Rodríguez del Olmo, Juan
Rodríguez, Juan Benavides de
Rodríguez Parra, Juan
Rojas, Hernando de
Romero, Diego
Ruiz, Antonio
Ruiz Herrezuelo, Pedro
Ruiz, Cristóbal- Ruiz, Pedro Córdoba
Ruiz, Pedro García
Salamanca, Juan y Pedro Rodríguez
Sanabria, Luís de
Sánchez, Bartolomé Suárez
Sánchez, Juan
Sánchez Castilblanco, Diego
Sánchez Paniagua, Diego- Sánchez Cogolludo, Mateo
Sánchez Velasco, Pedro- Sánchez, Martín Ropero
Sánchez, Miguel
Salinas, Hernando de
Salazar, Pedro de
Salguero, Francisco
San-Martín, Juan de
Santafé, Gaspar de
Sam-Miguel, Cristóbal de
Sedano, N.- Segura, Diego de- Silva, Francisco de
Suárez Montaño, Diego
Tafur, Juan
Tafur, Martín Yáñez
Tordehumos, Francisco de
Toro, Cristóbal de
Torres, Diego- Torres, Juan de- Torre, Lázaro de la
Torres Contreras, Juan
Troya, Nicolás de- Trujillo, Juan
Umbría, Salvador de- Valenzuela, Pedro Sánchez
Valdés, Melchor de
Valderas, Diego Rodríguez de
Vásquez, Pedro
Valdivia, Andrés de
Vásques de Loaysa, Pedro- Vega, Gonzalo de
Venegas Carrillo Manosalvas, Hernán
Verdejo, El Bachiller Juan
Viana, El Bachiller
Villalobos, N.
Villanueva, Juan de- Villaspasas, Lorenzo
Villaviciosa, Francisco- Yáñez, Rodrigo
Zamora Forero, Cristóbal- Zea, Pedro de
Zarco, Benito
Zegarra, N.- Zelada, Cristóbal
Zorro, Gonzalo García
Perros de la Conquista
Lista de Obras Consultadas

 

 

EL APOSTOL DE CARTAGENA.

 

I

 

La provincia de Cataluña en España ha sido considerada por todos los historiadores y eruditos como la parte de la Península en que se ha conservado con más pureza la raza godao. Dicen, además, que la palabra Cataluña es corrupción del |Godo-Alano. Los Catalanes se han manifestado siempre asaz orgullosos, de su origen, y hacen lo posible por conservar sus privilegios como antigua nación anexada á la corona de Castilla, y además, tienen una rica literatura propia, Como se hallan vecinos inmediatos de Francia, de la cual apenas les separa la cadena de los Pirineos, los Franceses, que no han visto de los Catalanes sino las malas cualidades de los aventureros que frecuentan sus mercados, dicen que el Catalán tiene reunidos en sí todos los defectos, y, ninguna de las virtudes, de los habitantes de las vecinas provincias españolas. Aseguran, pues, “que es soberbio como el Castellano, testarudo como el Vizcáino, interesado como él mismo Judas.” Pero casi siempre los defectos no son sino las cualidades del alma, exageradas hasta el exceso; y si los Catalanes mal educados son por cierto soberbios, testarudos, porfiados é interesados, los de buena índole convierten esos defectos en grandes virtudes, y se han mostrado con frecuencia en la historia, en lugar de soberbios, llenos de dignidad; en vez de testarudos, firmes; si porfiados en el mal, también constantes en el bien, y si algunos se manifiestan interesados, en otros tiempos fueron los navegantes más audaces y los traficantes del más indomable valor. ...El primer misionero que vino á América, según algunos cronistas é historiadores, fué un benedictino catalán, llamado Bueil, que estuvo en las Antillas. En pos de él fueron viniendo á convertir infieles gran numero de frailes Dominicanos, Franciscanos, Mercedarios y Agustinos, notándose siempre entre éstos muchos Catalanes. ...Pero no es nuestro propósito hacer el elogio de los Catalanes, sino ocuparnos en la vida de uno de ellos, que en nuestro país hizo todo el bien posible como misionero.

Llamábase este santo varón Pedro Claver, y era oriundo del campo de Urgel en Cataluña, en donde había nacido, unos dicen que en 1581, y otros que cuatro años después. De familia hidalga y de poca fortuna, Pedro Claver estudió en el colegio de Jesuitas de Barcelona; tomó las primeras órdenes en el noviciado de Tarragona; se perfeccionó allí en la lengua latina y en la retórica; pasó á Gerona, en donde estudió á fondo literatura y la lengua griega; á los veinte años pasó á Mallorca, en donde debía continuar sus estudios para aprender á enseñar, en el colegio que con ese objeto tenían allí los Jesuitas. En Mallorca se ligó con estrecha amistad á un excelente jesuita, el Padre Alonso Rodríguez (que después fué beatificado), el que despertó en él gran deseo de pasar á las Misiones de Indias. Al cabo de tres años volvió á Barcelona, en donde se dedicó, por orden de sus superiores, al estudio de la teología en sus ramos más difíciles. No fué sino al cabo de dos años de arduos trabajos mentales, cuando al fin se le concedió permiso da pasar á las Indias como misionero, que era su más ardiente deseo. Según refieren sus biógrafos, el Padre Claver no quiso despedirse de sus padres antes de dejar á España, pues temía que la vista y el dolor que ellos le manifestaran por su separación le quitaran el valor para emprender su viaje. En aquel tiempo un viaje á las Indias era una empresa tan grave y tan peligrosa, que era preciso prepararse con la misma solemnidad con que se arreglan los negocios y la conciencia para pasar á mejor vida. ¡Cuánto más grave no sería este paso en el joven novicio, cuando llevaba la resolución de no volver jamás á su patria!

A pesar de lo mucho que había estudiado y trabajado en su santificación, el neófito de jesuita no creyó que tenía aún suficientes méritos para ordenarse, y se embarcó, sin haberse consagrado sacerdote, en Abril de 16lo.

En Cartagena hizo muchos esfuerzos el Provincial de Lima para llevársele al Perú, pero él prefirió quedarse, en el Nuevo Reino de Granada. En Cartagena permaneció pocos días, partiendo inmediatamente para Santafé: “camino largo, (1 ), desacomodado en lo que se navega el río, áspero en lo que se anda por tierra. ...Venía en busca de trabajos, y fuéle consuelo dar á los primeros golpes en la mina. ...Su alegría animaba á todos sus compañeros de viaje, su oficiosidad les descansaba, y les edificaba su virtud. Cuando salían á hacer noche en las playas, recogía los negros en las canoas para que les predicase un sacerdote...." Se gozaba, dicen sus otros biógrafos, en aliviará los esclavos, y con gran paciencia y dulzura les enseñaba la doctrina y les daba lecciones de moral cristiana.

Desde aquel viaje por el Magdalena, en donde los esclavos bogaban día y noche como bestias de carga, el Padre Claver empezó á compadecerse de los negros; raza infeliz á quien miraban los Conquistadores con mayor desprecio que á los Indios. Estos últimos tenían, no obstante su desgracia, poderosos, protectores; y desde el Rey de España para abajo había mucha gente que se condoliese de su suerte; pero los míseros negros eran considerados Como vil mercancía que se compraba y se vendía según su calidad, y cuando yá no les necesitaban, les abandonaban á su suerte, sin socorro, sin abrigo y aun sin alimentos.

Desde que llegó el Padre Claver al convento de Jesuitas de Santafé, pidió que le señalasen los oficios más humildes de la casa para cumplirlos, en los cuales permaneció; sin que dejase de estudiar asiduamente durante los tres años de probación, que cumplió allí, y dos en el noviciado de Tunja, según los reglamentos de los Jesuitas, antes de ordenarse definitivamente.

 

II

 

El 19 de Marzo de 1616 la Compañía de Jesús, en Cartagena, solemnizaba la fiesta del Patronato de San J osé, y al mismo tiempo, habiendo sido consagrado sacerdote, celebraba el Santo Sacrificio de la misa por primera vez el venerable Pedro Claver, que yá era afamado por su caridad cristiana y grandes virtudes.

Hé aquí lo que era en aquel tiempo la ciudad de Cartagena, citando textualmente la descripción que hace de ella un biógrafo contemporáneo del bien aventurado Pedro Claver.(2 )

" Sita la ciudad de Cartagena en altura de once á doce grados, la predominan calores excesivos sobre á cuantas tierras se habitan en las Indias. Cuatro meses, de Diciembre á Marzo, se reforman algo con una brisa general y fresca, respiración á los extranjeros hechos á más benigno cielo; miedo á los naturales, que abiertos los poros les penetra y traba; y castigo de montes y árboles vecinos á la costa que los seca. Ardiente todo el año, el sol siempre es dañoso, pero en los otros ocho meses no hace en aquella tierra oficio de sol, sino de fuego: á cielo abierto es insufrible, aun á la tolerancia de los Españoles, vencedora de todas inclemencias de climas peregrinos. Introducida la fuerza del calor á las piezas más defendidas de las casas, las pone como estufas en que perennemente suda la congoja. Relajándose los cuerpos andan descaecidos; póstranse las ganas de comer, y siéntense accidentes, que los no experimentados por nuevos en la tierra se sospechan heridos de grave enfermedad. Son estos meses abundantes de aguas, que encienden más el fuego no bastando á templarle. De éste y de aquéllas resultan efectos al temor en los nublados espantosos que arman; al peligro en las enfermedades agudísimas que despiertan; á la penalidad en las molestísimas, sabandijas que crían. Los nublados (tempestades) y más sobre noche parece que amenazan el juicio con formidables truenos y llovedizos rayos que hieren: y matan á muchos, y tienen feamente destrozadas las palmas de cocos, hermoso adorno de la ciudad, porque la gallardía misma con que suben á ganar más aire las pone al primer encuentro de sus iras. Las enfermedades varias y malignas, y como las causas extrínsecas de calor y humedad son tan destempladamente activas, en poca disposición. intrínseca del sujeto Prenden con fuerza y le traen á riesgo.

"Las sabandijas, aunque no sean de peligro, pero sin encarecimiento se puede afirmar que son la pensión más penosa que se carga á la paciencia. Enjambres de moscas y mosquitos, aquellas importunas, estos de varios géneros, y crueles todos, menuda y común plaga á que no es fácil cerrar los pasos, y hierve en todas partes, á los aguijoncillos con que hieren apenas hay defensa, porque son de sutileza de tan buen temple que no dobla en el reparo del vestido y pasa por él hasta buscar la sangre, pagando lo que chupa con lo que lastima y con las ronchas doloridas y envenenadas que levanta.

"Sobre todas estas incomodidades y molestias, de que es fecunda Cartagena, está fundada en suelo esterilísimo de alimentos y cosas necesarias á la vida humana: todo le entra de allende; y con las quiebras que hace el comercio, pendiente de la incertidumbre de tan largos y tempestuosos mares, suele faltarla todo; de manera que se da á sentir la carestía á los más ricos, inútil el oro y plata de sus cofres para alivio de su necesidad.

"Con todo eso, la que parece había de ser inaccesible al amor de la vida, tratable á la codicia es frecuentada de varias naciones y como lonja, universal á donde se acude á contratar de todas partes. Obligan á esto los ríos de oro y plata que desembocan en aquel puerto, conducidos á él por cauces del contrato de todos los manantiales de las Indias. Por él entra y sale el comercio de México; del Perú, del Potosí, de Quito y de las islas adyacentes, y generalmente de todas aquellas regiones

“Desembarcaron en este puerto innumerables negros, no como tratantes, sino como mercancías, en cuya compra y venta se negocia con aventajado interés.

Esos son los que llevan todo el trabajo de las Indias, así en el beneficio de las minas como en el cultivo de los campos. En el sudor y muchas veces en la sangre de estos miserables se bañó lo que enriquece al mundo, y lo que sustenta á todos en aquellas partes. Van los mercaderes á comprarles á las costas de Guinea, Angola y otras tierras, donde les venden los que les cautivan en las guerras que hacen unos con otros, y les dan á precio de vino, aceite y bastimentos de que se carece por allá. El que más cuesta de primera compra, será valor de cuatro pesos, y en Cartagena se vende por doscientos y más. El gastó en llevarles es poco y la ganancia exorbitante. En el discurso de cada año son de diez á doce mil los que se traen, y en el de 1633 se vieron catorce navíos juntos en el puerto, sin otra mercadería que los negros, a 800 y 900 en cada uno." (3 )

Fácil es concebir cómo seria el trato que recibían esos desgraciados negros cuando sus amos sólo pensaban en traficar con ellos. Sus padecimientos eran casi increíbles. Llenos los navíos de aquel cargamento compuesto de cuerpos humanos, desnudos; presa de enfermedades horribles, con escasísimos alimentos, de tal suerte que muchos morían de hambre, sin más aire que el infecto que respiraban envenenado por el aliento de los demás, pasaban así días, semanas y meses, y allí morían muchísimos y nacían algunos, los dueños de los negros no sabían muchas veces cuántos esclavos llevaban, y sólo se afanaban cuando la peste o la viruela entraban en aquellas cuevas infectas, llevándose á un número de éstos; pero no por eso les proporcionaban remedios, y solía suceder que los cadáveres en putrefacción permanecían largas horas encadenados á los vivos. ...Como dijimos arriba, no solamente morían en el fondo de los navíos infinidad de negros, sino que muchos nacían, y lo que es más extraño, se criaban en medio de los moribundos, respirando el ambiente fétido de aquellos lugares, y alimentándose con la leche que les daban sus madres muriéndose de hambre !

En lo que menos pensaban los negreros era en convertir á sus esclavos, y si á veces les mandaban bautizar lo hacían por ceremonia no más y para cumplir con las órdenes que daban los Gobiernos europeos con respecto á ese particular. Los desgraciados iban persuadidos de que los blancos les sacaban de Africa para comérseles y teñir con su sangre las telas que fabricaban; y aun hoy día los negros piensan que los esclavos no sirven para otra cosa á los Europeos, pues ellos mismos son antropófagos y gustan mucho de la carne humana.

 

III

 

Desde antes de la llegada á Cartagena del venerable Padre Claver, vivía allí un santo varón, también jesuita, llamado el Padre Alonso de Sandoval, el cual compadecido de los infortunios de los negros que arribaban al puerto, se había constituido en su protector; les buscaba en el fondo de los navíos, les amparaba y llevaba remedios y alimentos, les atendía, instruía y bautizaba. Cada uno de los que recibían el agua del bautismo era inscrito por él, con su nombre y señales, en un libro que llevaba consigo y que le servía después para reconocer á los que visitaba en las haciendas y minas á donde iban á trabajar. Dícese que bautizó á más de 30,000 esclavos durante los siete años que estuvo ejerciendo este ministerio de caridad, pues no dejaba pasar ningún navío que no fuese á visitar para consolar y tratar de proteger á esos desgraciados. Al fin, anciano, débil y enfermo, de resultas de los muchos trabajos que se había impuesto, tuvo que abandonar su misión en manos de su discípulo el Padre Claver, y murió después de haber estado tullido en una cama dos años.

El Padre Claver, que había hecho voto de ser el esclavo de los negros, se llenó de júbilo al encontrar que yá estaba un tanto adelantada su obra y que otro trabajaba para llevar á cabo su idea. Declaróse, pues, humilde discípulo del Padre Sandoval, y durante un año le acompañó de una .parte á otra, ciñéndose, en los principios, tan sólo á imitarle; y nada más.

Una vez sólo el Padre Claver, se dedicó con alma, vida y corazón á socorrer á los negros. Apenas surgía en el puerto algún navío cargado de negros, cuando no faltaba quien lo avisase al buen jesuita, noticia que él recibía como si se tratase de los seres á quienes quería más en el mundo, Informábase de qué parte de Africa procedía el navío, buscaba un intérprete, y, llevando medicamentos; frutas, alimentos frescos, agua pura y tabaco, se encaminaba al puerto. Sin que nadie le pudiese detener, aunque reinasen entre aquellos desgraciados las epidemias más contagiosas, penetraba sin miedo en la centina del navío. Allí, con manos piadosas y caritativas hasta lo sublime, él mismo levantaba y limpiaba á los enfermos, les daba de comer, cubría al desnudo con sus propios vestidos, acariciaba á los niños, y sin cuidarse del olor nauseabundo que se respiraba en aquellos lugares inmundos, les abrazaba, les miraba con ternura y les decía palabras de cariño, llamándoles sus hijos y pedazos de su corazón. Cuando era tiempo de desembarcarles, él se hallaba en la playa con el objeto de dar el brazo á los débiles; refrigerio á los necesitados, alzaba á los niños, y, dice su biógrafo: " á todos daba algún socorro, con un fervor de espíritu y con un amor tan entrañable, que ponía devoción en cuantos le miraban."

Para poder socorrer á tántos infelices, el Padre Claver vivía pidiendo limosna durante todo el año, y no excusaba andar personalmente de estancia en estancia solicitando algo para sus negros. Como para entender lo que querían y para ilustrarles en lo que deseaba; se necesitaba siempre algun intérprete, y los amos no prestaban de balde sus esclavos, veíase en la necesidad de pagar de su bolsillo el jornal de los negros que le acompañaban. Así fué que, apenas logró el dinero suficiente, lo dió á un traficante de negros para que le comprase tres esclavos fuertes y robustos de diferentes naciones que le ayudasen en sus faenas.

Ayudado por sus esclavos; y llevando siempre consigo un lienzo toscamente pintado que representaba de un lado á los negros perversos en el infierno, y del otro á los buenos gozando de la bienaventuranza eterna, pasaba su vida catequizando á los esclavos, administrándoles auxilios corporales y espirituales, y corrigiendo á los negros cimarrones más salvajes é indomables. Protegía á los que eran maltratados; curaba á los enfermos; á los desamparados les infundía resignación, y á todos instruía, alegraba y enderezaba. Esto no lo hacía ni por el deseo de que le aplaudieran, ni porque con ello ganara cosa alguna terrestre y visible: todo era por amor de Dios ¿Por ventura habrá otra cosa que no sea la Religión, que inspire una abnegación semejante?

Cosa digna de que la cantase un poeta y la pintase un maestro eran aquellas visitas que hacía el Padre Claver á la plaza de mercado, llevando personalmente un cesto, con el objeto de recoger la limosnas para auxiliar á sus negros: á una mujer pedía una fruta, á otra una legumbre, un pez, un bizcocho, un pan, y con semblante risueño atravesaba en seguida la ciudad y se dirigía los lugares en donde tenían encerrados á los negros para venderles.A los tres negros que había hecho llevar de Africa para que le sirvieran de intérpretes, se le unieron Cuatro más de diferentes naciones (hablando cada uno distinta lengua) que le regalaron con el mismo objeto. De éstos era, por cierto, un verdadero esclavo cuando enfermaban: les llevaba al punto á su propia celda y les ponía en su cama, donde les cuidaba y atendía hasta que sanaban ó morían. Aguantaba con santa paciencia cuanto á ellos se les antojaba, y sufría sin quejarse sus malos genios y sus frecuentes ingratitudes.

El Padre Claver era el cuidandero nato de todos los esclavos que enfermaban en la ciudad: les visitaba llevándoles bocados sabroso y golosinas, y todos los días recorría las chozas y las casas en, que sabía que alguien le podía necesitar. “Ni soles, ni lodos, ni aguaceros (dice su biógrafo), ni inclemencia alguna, igualmente molesta y peligrosa en aquella tierra, podían amedrentarle ó detenerle; por todo se hacía paso su invencible espíritu al beneficio de las almas.”

No contento con lo que trabajaba de día, rogaba de noche al portero que le llamase si le buscaban de parte de algún enfermo. Abrigaba al desnudo con su propio manteo, sacaba á los negros tullidos en sus brazos á que respirasen el aire, y sucedió que en más de una ocasión tuvieron que lavarle el manteo siete veces en un día, pues había servido de almohada, de asiento, de alfombra y de abrigo á los enfermos más asquerosos.

La epidemia de viruela fué espantosa de 1633 a 1634, y entonces fué por cierto maravillosa la caridad del Padre para con los negros que dejaban desamparados en las casas, por temor del contagio, ó que echaban fúera para que fuesen á morir lejos de ellas. No dormía ni de día ni de noche, olvidaba alimentarse, y su existencia entera estaba dedicada á cuidar, socorrer, aliviar y atender á los infelices. Si ara, posible salvarles la vida, les mantenía á costa de limosnas; hasta que se curaban; si morían, después de haberles ayudado á bien morir él con sus manos les amortajaba, les costeaba el entierro, celebraba misas por el descanso de sus almas y les acompañaba hasta el sepulcro.

Además de estos cuidados físicos procuraba, en todo lo que podía, moralizar á aquélla turba de salvajes, semi-idolatras todavía y sin freno ninguno á sus pasiones; les reunía con cualquier pretexto; amonestaba y reprendía, á los escandalosos, y, con consejos y tiernísimas palabras lograba á veces corregirles. Era tal el amor que le tenía á la gente del púeblo en Cartagena, que cuando pasaba se le arrodillaban pidiéndole su bendición, y era tanta la influencia que ejercía sobre ellos, que decían que el día que él les hablaba o les miraba siquiera eran afortunados en todas sus empresas, si eran lícitas, y se les echaban a perder, si no eran buenas. Le llevaban los niños de  mal carácter para que les tcaSe, y con eso pensaban que cambiarían de genio, y si estaban enfermos sanarían. Si los amos trataban mal á los esclavos, el buen Jesuita se daba á la obra, y, ó se corregía el mal amo, ó él se daba á sus trazas para que los mal tratados pasasen á otras manos. Por darle gusto, muchos negros se apartaron del vicio, y los dueños les veían convertirse en personas racionales, trabajadoras, sumisas y cristianas. Visitaba asiduamente á los negros que se hallaban en las cárceles, pasaba con ellos largas horas, y sucedía que al salir dejaba á aquella gente, antes desesperada y energúmena, resignada con su suerte y deseosa de enmendarse.

Los domingos de cuaresma salía con una campanilla por toda la ciudad, escogiendo la hora en que sabía que los esclavos no tenían ocupaciones apremiantes. Al oír la campanilla Iban saliendo de sus casas los negros, formaban procesión en pos de su Protector, y cantando las oraciones que él les habla enseñado, llegaban á la plaza de la Yerba, en donde les enseñaba la doctrina con una amabilidad, un cariño, una bondad tan angelical, que se ganaba todos los corazones.

¿Qué espectáculo tan tierno y curioso no sería aquél! el venerable Claver, vestido de negro, delgado, nervioso, lleno de unción y de entusiasmo, cuyos grandes ojos se llenaban de lágrimas fácilmente con la vista de los infortunios de los desdichados negros, con la cabeza inclinada, la frente alta y arrugada, la tez no muy blanca, la voz sonora y flexible, y en resumen, el aspecto agradable, aunque no bello. (4 ) En torno suyo veíase una turba de negros semi-salvajes, cuya tez hacía contraste con sus dientes de marfil, vestidos unos de inmundos harapos, otros con decencia; algunas negras con sus hijos en los brazos, otras bien peinadas y acicaladas; unos sentados en el suelo, otros arrodillados a sus pies, y los demás de pié frente al Misionero; todos atentos á su palabra, la que si no comprendían, nunca dejaban de acatarla como emanada directamente de la Divinidad. A los niños tomaba en sus brazos acariciándoles y llenando de orgullo á las madres; con su mano les enseñaba á santiguarse; á los más, grandecitos hacía preguntas acerca de lo que antes les había enseñado; á los jóvenes decía :

-Cuidado, no pongas demasiada confianza en la Juventud: con frecuencia los granos de yerba se secan y las flores no siempre tienen frutas.

A los ancianos repetía:

-Mira que la casa yá está vencida y pronto se arruinará; procura arrepentirte con tiempo.

Después de tales enseñazas, que amenizaba con ejemplos á la altura de aquellas pobres inteligencias, les conducía á la iglesia de los Jesuitas, en donde rezaban todos el acto de contrición, y en seguida se sentaba a escuchar las confesiones de aquellos infelices. Si estaban enfermos los negros, les hacía llevar en silla al confesonario, y él personalmente les sostenía en la barandilla de la comunión. Enseguida él mismo servía un desayuno que hacía preparar para los débiles.

Varias veces al año salía en misión a las estancias y haciendas de la provincia, recorriendo todas las chozas, oyendo las quejas, remediando los padecimientos é intercediendo por los esclavos. Jamás aceptaba en aquellas ocasiones albergue en la casa de los hacendados ni mayordomos, sino que, después de pasar el día catequizando y visitando á los negros, se recogía en el rancho del esclavo más desgraciado, durmiendo en el suelo, envuelto en su manteo.

Como los negros son tan amantes de los bailes, acompañando sus danzas con las músicas más ruidosas, el Padre Claver no los prohibía absolutamente, y decía que bien necesitaban esos infelices algún solaz de después de tánto trabajar; pero ¡pobres de ellos si se propasaban y sus bailes eran contrarios á la decencia! Siempre tenía quién le fuera a avisar, y al punto llegaba, y con santa indignación despresaba á los delincuentes y rompía o confiscaba los atambores y panderetas, las flautas y las vihuelas. El buen jesuita era la policía de Cartagena. Bastaba que se dijera:

“Viene el Padre Claver!” para que al punto cambiaren de maneras y de conversación; y merced al poder de su dulzura y amor, convertía a los rehacios y corrompidos, con asombrosa prontitud.

Había entonces en Cartagena dos hospitales: Uno de los religiosos de San Juan de Dios, que llamaban de San-Sebastián, y otro para los lazarillos y leprosos, dedicado á San-Lázaro. En ambos hospitales pasaba el padre horas enteras consolando y atendiendo á los enfermos física y moralmente; pero el lugar que más le gustaba, después de haber cumplido con la misión que se había impuesto cerca de los negros, era el hospital de los leprosos. Su caridad con ellos no tenía límites, y ni una madre era más tierna al lado de su hijo doliente, él se propuso reedificarla, sin más auxilio que las limosnas que recogió para el efecto. Él mismo presidió á los trabajos de los albañiles y arquitectos, y hasta les ayudaba en lo que podía, llevándoles la comida, pasándoles agua para que se refrigerasen y alegrándoles con su conversación instructiva y bondadosa, hasta que tuvo la satisfacción de verla concluída.

Además de estos deberes impuestos por sí mismo, varias veces tuvo empleos engorrosos y difíciles en el colegio de los Jesuitas, que podían haberle quitado el tiempo que tenía dedicado á socorrer á los esclavos. Pero no fué así: su actividad y su celo suplían a todo y nunca dejaba de hacer sus obras de caridad, ni tampoco abandonaba un momento sus deberes en la casa de su orden.

No obstante su humildad, tuvo que aceptar y cumplir la orden que le dieron sus superiores de hacer profesión de los cuatro votos, que es el grado más honroso de la compañía de Jesús; grado que presupone no solamente una aquilatada virtud, sino mucha ciencia. En el momento de hacer estos últimos votos juró que en adelante sería “Pedro Claver, siervo siempre de los negros” |Petrus Claver Æthiopium semper servus; en lo cual fundaba toda su vida y esperanza.

No solamente era el hombre más caritativo, como hemos visto, sino también sumamente instruido, convirtiendo a varios protestantes, y aún á mahometanos, por medio de su grande erudición y merceda á citas de obras teológicas de autores aceptados por ellos como insignes controversistas de su propio creso. Desterrados de España muchos moros, se refugiaban, siempre que podían, en las Antillas, y traficaban con Cartagena los más acomodados, mientras que los pobres, cuando llegaban á caer en manos del Gobierno español, eran vendidos como esclavos en castigo de no haber obedecido á las órdenes de salir de los dominios de España. El Padre Claver ponía el mayor interés en convertir en convertir al cristianismo á aquellos desgraciados, y usaba siempre de tánta dulzura, y nunca de fuerza ni rigor, que se cuenta que por el espacio de veintidós años duró tratando de persuadir á un mahometano empedernido, hasta que consiguió su objeto. Con otro luchó treinta años, y al fin le convirtió, no sin que el Moro le hubiere dejado de insultar cada vez que se hallaba con él, en tanto que el Santo trataba de hacerle todos los servicios que podía, asistiéndole cuando enfermaba, vistiéndole y socorriéndole. Vencido al fin por la paciencia y bondad del Padre Claver, un día el Moro le mandó llamar pidiéndole instrucción y bautismo.

Innumerables fueron las conversiones que hizo de pecadores viciosos, de personas desesperadas a quienes consoló, los matrinionios que desbaratados, volvió á unir, las muertes que impidió, las injusticias quere paró. En resumen, su vida esta repleta de obras tan verdaderamente cristianas, en el sentido mas lato de la palabra, que si quisiéramos mencionar aunque fuéra una parte de ellas, nos serla preciso escribir un volumen entero.

Cartagena, la ciudad más importante tal vez de todas las colonias, por su activo comercio, la riqueza de sus habitantes y la multitud de extranjeros que concurrían a ella sin cesar, era también una ciudad muy corrompida y escandalosa; pero los cuarenta años que vivió allí el Padre Claver, según los autores contemporáneos, fueron una verdadera bendición para ella, porque procuraba siempre corregir sus vicios. Respetado, querido, considerado por todos, el Padre Claver era conocido en todas las Américas.  Los generales de las armadas ( dice el Padre Fleurián), los comandantes de las flotas y todas las personas más distinguidas iban á visitarle apenas llegaban á Cartagena, y nada emprendían sin suplicarle que les ayudase con sus oraciones, pidiéndole que rogase por ellos al emprender marcha. ...Los eclesiásticos y sacerdotes le consultaban en los casos de conciencia más trabajosos, y escuchaban sus decisiones como si fuesen oráculos."

No solamente los negros, sino hasta las personas del mas alto rango, imploraban su bendición cuando le encontraban en las calles y plazas públicas. Los niños le seguían en la calle, deseosos de obtener aunque fuese una mirada, cantando una canción que concluía con estas palabras:

Por un Claver, Dios conserva á Cartagena.

Al fin, en 1650 la peste visitó todo aquél litoral, y atacó a los habitantes de Cartagena con una furia singular. El Padre Claver no vivía, no respiraba, sino que sin cesar visitaba los enfermos, recoma los pueblos cercanos, visitaba los caseríos, " como ni comía ni dormía, al fin enfermo también y le atacó la epidemia. Afligióse muchísimo, no porque temiese morir, sino porque decía que estando enfermo no podría volver a servir en un tiempo en que tánto se necesitaba atender á los afligidos. Aunque estuvo en toda extremidad, no murió por entonces, pero tampoco llego a curarse jamás, pues no pudo volverse á poner en pie ni á hacer uso de sus manos. Sin embargo, se hacía llevar a la iglesia, y allí se ocupaba en amonestar, aconsejar y confesar a cuantos se presentaban; y aun pudo bautizar á una multitud de negros casi feroces que llegaron á Cartagena, después de haberles instruido cuidadosamente.

Viendo, sin embargo, que su salud empeoraba, quiso despedirse de los enfermos del hospital de San- Lázaro, á donde fué llevado, atado á un caballo y cabestreado por un negro. Despidióse con lágrimas de sus favoritos los leprosos, y volviendo á la casa de la Compañía, no pudo volver á salir de ella. Como sucede siempre en este mundo, la Humanidad es inconstante y la popularidad se acaba, si no es útil yá. Una vez enteramente tullido el Padre Claver, y condenado a no salir nunca de su celda, los Cartageneros le olvidaron, sus mismos correligionarios no se acordaban de él, y entregado en manos de algunos negros brutales que le trataban mal, ni siquiera le llevaban los alimentos necesarios, ni aseaban el aposento nunca, ni obedecían al Santo, sino cuando lo tenían a bien. Así, rodeado de inmundicias, de mosquitos, de calor y de abandono, paso los últimos cuatro años de su vida, sin quejarse jamás ni hablar de sus sufrimientos: al contrario, los bendecía, porque así podía ejercitar su paciencia inagotable. Sin embargo, dos mujeres, las señoras de Urbina, personas de categoría en Cartagena, le socorrían y mandaban llevar lo que necesitaba. Algunas veces lograba que le llevasen á la iglesia á cumplir con sus deberes religiosos, lo cual yá le costaba trabajo. Un día, al pasar por la sacristía, dijo al sacristán:

"Voy á morir. ¿Quiere usted algo para la otra vida ?"

Y así sucedió. A la mañana siguiente le hallaron sin habla y agonizante. Apenas se tuvo noticia de este acontecimiento en Cartagena, cuando en todos los corazones revivió el entusiasmo que habían tenido por él. Agolpóse la gente á la casa de los Jesuitas; clamaban las mujeres, lloraban los niños, suspiraban los hombres, y por todas partes no se oían sino estas palabras angustiosas:

" Que se muere el Santo!....que se muere ! "

Una multitud de gente penetro entonces, sin que pudieran impedirlo los Jesuitas, hasta la pobre celda del moribundo: de rodillas delante de él gritaban todos, pidiéndole que no les abandonase, pues perdían en él su protector y su padre. Al cabo de una largo pero no dolorosa agonía, murió el martes 8 de Septiembre de 1654, día de la Natividad de Nuestra Señora, á los 73 años de edad, después de haber permanecido en la Compañía de Jesús 54 años y en Cartagena 41, haciendo el bien sin cesar. Cuando espiró, Cartagena entera vistió luto, y los negros principalmente se consideraron huérfanos y desamparados. Las exequias y los honores que le hicieron fueron espléndidos; pero se dice que nunca se han vertido tántas lágrimas en Cartagena como el día que exhibieron el cadáver en la iglesia de los Jesuitas. Los negros, con aquella vehemencia é impresionabilidad que les distingue, estuvieron á punto de hacer pedazos la mortaja y el cajón para conservar reliquias, y fué preciso usar de la fuerza para poderlo apartar de la multitud acongojada y sepultarlo.

Por decreto del Santo Padre Benedicto XIV, fué beatificado el Venerable Padre Pedro Claver, y declarado Apóstol de las Indias Occidentales, en 1747, como San Francisco Javier lo fué de las Indias Orientales.

 

 

(1 ) APOSTÓLICA Y PENITENTE VIDA DEL VENERABLE PADRE CLAVER DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS, sacada de informaciones jurídicas, &c., por el Padre Josef Fernández. |Zaragoza-1666.
(2 ) APOSTÓLICA Y PENITENTE VIDA, &c., citada antes.
(3 ) En 1787, dice un autor inglés, M. Cooper, que, según los cálculos más moderados, 10.000,000 de negros habían sido llevados por los Europeos á América. En 1860 un viajero, Du Chaillu, vió vender en un puerto africano á varios negros y negras en cambio de licor y armas de fuego.
(4 ) "Viè du Venerable Père Pierre Claver," par le P. B. G. Fleurián, 2º v., p. 225.
 

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