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EL APOSTOL DE CARTAGENA.
I
La provincia de Cataluña en España ha sido considerada por todos
los historiadores y eruditos como la parte de la Península en que
se ha conservado con más pureza la raza godao. Dicen, además, que
la palabra Cataluña es corrupción del
|Godo-Alano. Los
Catalanes se han manifestado siempre asaz orgullosos, de su origen,
y hacen lo posible por conservar sus privilegios como antigua
nación anexada á la corona de Castilla, y además, tienen una rica
literatura propia, Como se hallan vecinos inmediatos de Francia, de
la cual apenas les separa la cadena de los Pirineos, los Franceses,
que no han visto de los Catalanes sino las malas cualidades de los
aventureros que frecuentan sus mercados, dicen que el Catalán tiene
reunidos en sí todos los defectos, y, ninguna de las virtudes, de
los habitantes de las vecinas provincias españolas. Aseguran, pues,
que es soberbio como el Castellano, testarudo como el
Vizcáino, interesado como él mismo Judas. Pero casi siempre
los defectos no son sino las cualidades del alma, exageradas hasta
el exceso; y si los Catalanes mal educados son por cierto
soberbios, testarudos, porfiados é interesados, los de buena índole
convierten esos defectos en grandes virtudes, y se han mostrado con
frecuencia en la historia, en lugar de soberbios, llenos de
dignidad; en vez de testarudos, firmes; si porfiados en el mal,
también constantes en el bien, y si algunos se manifiestan
interesados, en otros tiempos fueron los navegantes más audaces y
los traficantes del más indomable valor. ...El primer misionero que
vino á América, según algunos cronistas é historiadores, fué un
benedictino catalán, llamado Bueil, que estuvo en las Antillas. En
pos de él fueron viniendo á convertir infieles gran numero de
frailes Dominicanos, Franciscanos, Mercedarios y Agustinos,
notándose siempre entre éstos muchos Catalanes. ...Pero no es
nuestro propósito hacer el elogio de los Catalanes, sino ocuparnos
en la vida de uno de ellos, que en nuestro país hizo todo el bien
posible como misionero.
Llamábase este santo varón Pedro Claver, y era oriundo del campo
de Urgel en Cataluña, en donde había nacido, unos dicen que en
1581, y otros que cuatro años después. De familia hidalga y de poca
fortuna, Pedro Claver estudió en el colegio de Jesuitas de
Barcelona; tomó las primeras órdenes en el noviciado de Tarragona;
se perfeccionó allí en la lengua latina y en la retórica; pasó á
Gerona, en donde estudió á fondo literatura y la lengua griega; á
los veinte años pasó á Mallorca, en donde debía continuar sus
estudios para aprender á enseñar, en el colegio que con ese objeto
tenían allí los Jesuitas. En Mallorca se ligó con estrecha amistad
á un excelente jesuita, el Padre Alonso Rodríguez (que después fué
beatificado), el que despertó en él gran deseo de pasar á las
Misiones de Indias. Al cabo de tres años volvió á Barcelona, en
donde se dedicó, por orden de sus superiores, al estudio de la
teología en sus ramos más difíciles. No fué sino al cabo de dos
años de arduos trabajos mentales, cuando al fin se le concedió
permiso da pasar á las Indias como misionero, que era su más
ardiente deseo. Según refieren sus biógrafos, el Padre Claver no
quiso despedirse de sus padres antes de dejar á España, pues temía
que la vista y el dolor que ellos le manifestaran por su separación
le quitaran el valor para emprender su viaje. En aquel tiempo un
viaje á las Indias era una empresa tan grave y tan peligrosa, que
era preciso prepararse con la misma solemnidad con que se arreglan
los negocios y la conciencia para pasar á mejor vida. ¡Cuánto más
grave no sería este paso en el joven novicio, cuando llevaba la
resolución de no volver jamás á su patria!
A pesar de lo mucho que había estudiado y trabajado en su
santificación, el neófito de jesuita no creyó que tenía aún
suficientes méritos para ordenarse, y se embarcó, sin haberse
consagrado sacerdote, en Abril de 16lo.
En Cartagena hizo muchos esfuerzos el Provincial de Lima para
llevársele al Perú, pero él prefirió quedarse, en el Nuevo Reino de
Granada. En Cartagena permaneció pocos días, partiendo
inmediatamente para Santafé: camino largo, (1 ), desacomodado en lo que se navega el
río, áspero en lo que se anda por tierra. ...Venía en busca de
trabajos, y fuéle consuelo dar á los primeros golpes en la mina.
...Su alegría animaba á todos sus compañeros de viaje, su
oficiosidad les descansaba, y les edificaba su virtud. Cuando
salían á hacer noche en las playas, recogía los negros en las
canoas para que les predicase un sacerdote...." Se gozaba,
dicen sus otros biógrafos, en aliviará los esclavos, y con gran
paciencia y dulzura les enseñaba la doctrina y les daba lecciones
de moral cristiana.
Desde aquel viaje por el Magdalena, en donde los esclavos
bogaban día y noche como bestias de carga, el Padre Claver empezó á
compadecerse de los negros; raza infeliz á quien miraban los
Conquistadores con mayor desprecio que á los Indios. Estos últimos
tenían, no obstante su desgracia, poderosos, protectores; y desde
el Rey de España para abajo había mucha gente que se condoliese de
su suerte; pero los míseros negros eran considerados Como vil
mercancía que se compraba y se vendía según su calidad, y cuando yá
no les necesitaban, les abandonaban á su suerte, sin socorro, sin
abrigo y aun sin alimentos.
Desde que llegó el Padre Claver al convento de Jesuitas de
Santafé, pidió que le señalasen los oficios más humildes de la casa
para cumplirlos, en los cuales permaneció; sin que dejase de
estudiar asiduamente durante los tres años de probación, que
cumplió allí, y dos en el noviciado de Tunja, según los reglamentos
de los Jesuitas, antes de ordenarse definitivamente.
II
El 19 de Marzo de 1616 la Compañía de Jesús, en Cartagena,
solemnizaba la fiesta del Patronato de San J osé, y al mismo
tiempo, habiendo sido consagrado sacerdote, celebraba el Santo
Sacrificio de la misa por primera vez el venerable Pedro Claver,
que yá era afamado por su caridad cristiana y grandes virtudes.
Hé aquí lo que era en aquel tiempo la ciudad de Cartagena,
citando textualmente la descripción que hace de ella un biógrafo
contemporáneo del bien aventurado Pedro Claver.(2 )
" Sita la ciudad de Cartagena en altura de once á doce
grados, la predominan calores excesivos sobre á cuantas tierras se
habitan en las Indias. Cuatro meses, de Diciembre á Marzo, se
reforman algo con una brisa general y fresca, respiración á los
extranjeros hechos á más benigno cielo; miedo á los naturales, que
abiertos los poros les penetra y traba; y castigo de montes y
árboles vecinos á la costa que los seca. Ardiente todo el año, el
sol siempre es dañoso, pero en los otros ocho meses no hace en
aquella tierra oficio de sol, sino de fuego: á cielo abierto es
insufrible, aun á la tolerancia de los Españoles, vencedora de
todas inclemencias de climas peregrinos. Introducida la fuerza del
calor á las piezas más defendidas de las casas, las pone como
estufas en que perennemente suda la congoja. Relajándose los
cuerpos andan descaecidos; póstranse las ganas de comer, y
siéntense accidentes, que los no experimentados por nuevos en la
tierra se sospechan heridos de grave enfermedad. Son estos meses
abundantes de aguas, que encienden más el fuego no bastando á
templarle. De éste y de aquéllas resultan efectos al temor en los
nublados espantosos que arman; al peligro en las enfermedades
agudísimas que despiertan; á la penalidad en las molestísimas,
sabandijas que crían. Los nublados (tempestades) y más sobre noche
parece que amenazan el juicio con formidables truenos y llovedizos
rayos que hieren: y matan á muchos, y tienen feamente destrozadas
las palmas de cocos, hermoso adorno de la ciudad, porque la
gallardía misma con que suben á ganar más aire las pone al primer
encuentro de sus iras. Las enfermedades varias y malignas, y como
las causas extrínsecas de calor y humedad son tan destempladamente
activas, en poca disposición. intrínseca del sujeto Prenden con
fuerza y le traen á riesgo.
"Las sabandijas, aunque no sean de peligro, pero sin
encarecimiento se puede afirmar que son la pensión más penosa que
se carga á la paciencia. Enjambres de moscas y mosquitos, aquellas
importunas, estos de varios géneros, y crueles todos, menuda y
común plaga á que no es fácil cerrar los pasos, y hierve en todas
partes, á los aguijoncillos con que hieren apenas hay defensa,
porque son de sutileza de tan buen temple que no dobla en el reparo
del vestido y pasa por él hasta buscar la sangre, pagando lo que
chupa con lo que lastima y con las ronchas doloridas y envenenadas
que levanta.
"Sobre todas estas incomodidades y molestias, de que es
fecunda Cartagena, está fundada en suelo esterilísimo de alimentos
y cosas necesarias á la vida humana: todo le entra de allende; y
con las quiebras que hace el comercio, pendiente de la
incertidumbre de tan largos y tempestuosos mares, suele faltarla
todo; de manera que se da á sentir la carestía á los más ricos,
inútil el oro y plata de sus cofres para alivio de su
necesidad.
"Con todo eso, la que parece había de ser inaccesible
al amor de la vida, tratable á la codicia es frecuentada de varias
naciones y como lonja, universal á donde se acude á contratar de
todas partes. Obligan á esto los ríos de oro y plata que desembocan
en aquel puerto, conducidos á él por cauces del contrato de todos
los manantiales de las Indias. Por él entra y sale el comercio de
México; del Perú, del Potosí, de Quito y de las islas adyacentes, y
generalmente de todas aquellas regiones
Desembarcaron en este puerto innumerables negros, no como
tratantes, sino como mercancías, en cuya compra y venta se negocia
con aventajado interés.
Esos son los que llevan todo el trabajo de las Indias, así en el
beneficio de las minas como en el cultivo de los campos. En el
sudor y muchas veces en la sangre de estos miserables se bañó lo
que enriquece al mundo, y lo que sustenta á todos en aquellas
partes. Van los mercaderes á comprarles á las costas de Guinea,
Angola y otras tierras, donde les venden los que les cautivan en
las guerras que hacen unos con otros, y les dan á precio de vino,
aceite y bastimentos de que se carece por allá. El que más cuesta
de primera compra, será valor de cuatro pesos, y en Cartagena se
vende por doscientos y más. El gastó en llevarles es poco y la
ganancia exorbitante. En el discurso de cada año son de diez á doce
mil los que se traen, y en el de 1633 se vieron catorce navíos
juntos en el puerto, sin otra mercadería que los negros, a 800 y
900 en cada uno." (3
)
Fácil es concebir cómo seria el trato que recibían esos
desgraciados negros cuando sus amos sólo pensaban en traficar con
ellos. Sus padecimientos eran casi increíbles. Llenos los navíos de
aquel cargamento compuesto de cuerpos humanos, desnudos; presa de
enfermedades horribles, con escasísimos alimentos, de tal suerte
que muchos morían de hambre, sin más aire que el infecto que
respiraban envenenado por el aliento de los demás, pasaban así
días, semanas y meses, y allí morían muchísimos y nacían algunos,
los dueños de los negros no sabían muchas veces cuántos esclavos
llevaban, y sólo se afanaban cuando la peste o la viruela entraban
en aquellas cuevas infectas, llevándose á un número de éstos; pero
no por eso les proporcionaban remedios, y solía suceder que los
cadáveres en putrefacción permanecían largas horas encadenados á
los vivos. ...Como dijimos arriba, no solamente morían en el fondo
de los navíos infinidad de negros, sino que muchos nacían, y lo que
es más extraño, se criaban en medio de los moribundos, respirando
el ambiente fétido de aquellos lugares, y alimentándose con la
leche que les daban sus madres muriéndose de hambre !
En lo que menos pensaban los negreros era en convertir á sus
esclavos, y si á veces les mandaban bautizar lo hacían por
ceremonia no más y para cumplir con las órdenes que daban los
Gobiernos europeos con respecto á ese particular. Los desgraciados
iban persuadidos de que los blancos les sacaban de Africa para
comérseles y teñir con su sangre las telas que fabricaban; y aun
hoy día los negros piensan que los esclavos no sirven para otra
cosa á los Europeos, pues ellos mismos son antropófagos y gustan
mucho de la carne humana.
III
Desde antes de la llegada á Cartagena del venerable Padre
Claver, vivía allí un santo varón, también jesuita, llamado el
Padre Alonso de Sandoval, el cual compadecido de los infortunios de
los negros que arribaban al puerto, se había constituido en su
protector; les buscaba en el fondo de los navíos, les amparaba y
llevaba remedios y alimentos, les atendía, instruía y bautizaba.
Cada uno de los que recibían el agua del bautismo era inscrito por
él, con su nombre y señales, en un libro que llevaba consigo y que
le servía después para reconocer á los que visitaba en las
haciendas y minas á donde iban á trabajar. Dícese que bautizó á más
de 30,000 esclavos durante los siete años que estuvo ejerciendo
este ministerio de caridad, pues no dejaba pasar ningún navío que
no fuese á visitar para consolar y tratar de proteger á esos
desgraciados. Al fin, anciano, débil y enfermo, de resultas de los
muchos trabajos que se había impuesto, tuvo que abandonar su misión
en manos de su discípulo el Padre Claver, y murió después de haber
estado tullido en una cama dos años.
El Padre Claver, que había hecho voto de ser el esclavo de los
negros, se llenó de júbilo al encontrar que yá estaba un tanto
adelantada su obra y que otro trabajaba para llevar á cabo su idea.
Declaróse, pues, humilde discípulo del Padre Sandoval, y durante un
año le acompañó de una .parte á otra, ciñéndose, en los principios,
tan sólo á imitarle; y nada más.
Una vez sólo el Padre Claver, se dedicó con alma, vida y corazón
á socorrer á los negros. Apenas surgía en el puerto algún navío
cargado de negros, cuando no faltaba quien lo avisase al buen
jesuita, noticia que él recibía como si se tratase de los seres á
quienes quería más en el mundo, Informábase de qué parte de Africa
procedía el navío, buscaba un intérprete, y, llevando medicamentos;
frutas, alimentos frescos, agua pura y tabaco, se encaminaba al
puerto. Sin que nadie le pudiese detener, aunque reinasen entre
aquellos desgraciados las epidemias más contagiosas, penetraba sin
miedo en la centina del navío. Allí, con manos piadosas y
caritativas hasta lo sublime, él mismo levantaba y limpiaba á los
enfermos, les daba de comer, cubría al desnudo con sus propios
vestidos, acariciaba á los niños, y sin cuidarse del olor
nauseabundo que se respiraba en aquellos lugares inmundos, les
abrazaba, les miraba con ternura y les decía palabras de cariño,
llamándoles sus hijos y pedazos de su corazón. Cuando era tiempo de
desembarcarles, él se hallaba en la playa con el objeto de dar el
brazo á los débiles; refrigerio á los necesitados, alzaba á los
niños, y, dice su biógrafo: " á todos daba algún socorro,
con un fervor de espíritu y con un amor tan entrañable, que ponía
devoción en cuantos le miraban."
Para poder socorrer á tántos infelices, el Padre Claver vivía
pidiendo limosna durante todo el año, y no excusaba andar
personalmente de estancia en estancia solicitando algo para sus
negros. Como para entender lo que querían y para ilustrarles en lo
que deseaba; se necesitaba siempre algun intérprete, y los amos no
prestaban de balde sus esclavos, veíase en la necesidad de pagar de
su bolsillo el jornal de los negros que le acompañaban. Así fué
que, apenas logró el dinero suficiente, lo dió á un traficante de
negros para que le comprase tres esclavos fuertes y robustos de
diferentes naciones que le ayudasen en sus faenas.
Ayudado por sus esclavos; y llevando siempre consigo un lienzo
toscamente pintado que representaba de un lado á los negros
perversos en el infierno, y del otro á los buenos gozando de la
bienaventuranza eterna, pasaba su vida catequizando á los esclavos,
administrándoles auxilios corporales y espirituales, y corrigiendo
á los negros cimarrones más salvajes é indomables. Protegía á los
que eran maltratados; curaba á los enfermos; á los desamparados les
infundía resignación, y á todos instruía, alegraba y enderezaba.
Esto no lo hacía ni por el deseo de que le aplaudieran, ni porque
con ello ganara cosa alguna terrestre y visible: todo era por amor
de Dios ¿Por ventura habrá otra cosa que no sea la Religión, que
inspire una abnegación semejante?
Cosa digna de que la cantase un poeta y la pintase un maestro
eran aquellas visitas que hacía el Padre Claver á la plaza de
mercado, llevando personalmente un cesto, con el objeto de recoger
la limosnas para auxiliar á sus negros: á una mujer pedía una
fruta, á otra una legumbre, un pez, un bizcocho, un pan, y con
semblante risueño atravesaba en seguida la ciudad y se dirigía los
lugares en donde tenían encerrados á los negros para venderles.A
los tres negros que había hecho llevar de Africa para que le
sirvieran de intérpretes, se le unieron Cuatro más de diferentes
naciones (hablando cada uno distinta lengua) que le regalaron con
el mismo objeto. De éstos era, por cierto, un verdadero esclavo
cuando enfermaban: les llevaba al punto á su propia celda y les
ponía en su cama, donde les cuidaba y atendía hasta que sanaban ó
morían. Aguantaba con santa paciencia cuanto á ellos se les
antojaba, y sufría sin quejarse sus malos genios y sus frecuentes
ingratitudes.
El Padre Claver era el cuidandero nato de todos los esclavos que
enfermaban en la ciudad: les visitaba llevándoles bocados sabroso y
golosinas, y todos los días recorría las chozas y las casas en, que
sabía que alguien le podía necesitar. Ni soles, ni lodos, ni
aguaceros (dice su biógrafo), ni inclemencia alguna, igualmente
molesta y peligrosa en aquella tierra, podían amedrentarle ó
detenerle; por todo se hacía paso su invencible espíritu al
beneficio de las almas.
No contento con lo que trabajaba de día, rogaba de noche al
portero que le llamase si le buscaban de parte de algún enfermo.
Abrigaba al desnudo con su propio manteo, sacaba á los negros
tullidos en sus brazos á que respirasen el aire, y sucedió que en
más de una ocasión tuvieron que lavarle el manteo siete veces en un
día, pues había servido de almohada, de asiento, de alfombra y de
abrigo á los enfermos más asquerosos.
La epidemia de viruela fué espantosa de 1633 a 1634, y entonces
fué por cierto maravillosa la caridad del Padre para con los negros
que dejaban desamparados en las casas, por temor del contagio, ó
que echaban fúera para que fuesen á morir lejos de ellas. No dormía
ni de día ni de noche, olvidaba alimentarse, y su existencia entera
estaba dedicada á cuidar, socorrer, aliviar y atender á los
infelices. Si ara, posible salvarles la vida, les mantenía á costa
de limosnas; hasta que se curaban; si morían, después de haberles
ayudado á bien morir él con sus manos les amortajaba, les costeaba
el entierro, celebraba misas por el descanso de sus almas y les
acompañaba hasta el sepulcro.
Además de estos cuidados físicos procuraba, en todo lo que
podía, moralizar á aquélla turba de salvajes, semi-idolatras
todavía y sin freno ninguno á sus pasiones; les reunía con
cualquier pretexto; amonestaba y reprendía, á los escandalosos, y,
con consejos y tiernísimas palabras lograba á veces corregirles.
Era tal el amor que le tenía á la gente del púeblo en Cartagena,
que cuando pasaba se le arrodillaban pidiéndole su bendición, y era
tanta la influencia que ejercía sobre ellos, que decían que el día
que él les hablaba o les miraba siquiera eran afortunados en todas
sus empresas, si eran lícitas, y se les echaban a perder, si no
eran buenas. Le llevaban los niños de mal carácter para que les
tcaSe, y con eso pensaban que cambiarían de genio, y si estaban
enfermos sanarían. Si los amos trataban mal á los esclavos, el buen
Jesuita se daba á la obra, y, ó se corregía el mal amo, ó él se
daba á sus trazas para que los mal tratados pasasen á otras manos.
Por darle gusto, muchos negros se apartaron del vicio, y los dueños
les veían convertirse en personas racionales, trabajadoras, sumisas
y cristianas. Visitaba asiduamente á los negros que se hallaban en
las cárceles, pasaba con ellos largas horas, y sucedía que al salir
dejaba á aquella gente, antes desesperada y energúmena, resignada
con su suerte y deseosa de enmendarse.
Los domingos de cuaresma salía con una campanilla por toda la
ciudad, escogiendo la hora en que sabía que los esclavos no tenían
ocupaciones apremiantes. Al oír la campanilla Iban saliendo de sus
casas los negros, formaban procesión en pos de su Protector, y
cantando las oraciones que él les habla enseñado, llegaban á la
plaza de la Yerba, en donde les enseñaba la doctrina con una
amabilidad, un cariño, una bondad tan angelical, que se ganaba
todos los corazones.
¿Qué espectáculo tan tierno y curioso no sería aquél! el
venerable Claver, vestido de negro, delgado, nervioso, lleno de
unción y de entusiasmo, cuyos grandes ojos se llenaban de lágrimas
fácilmente con la vista de los infortunios de los desdichados
negros, con la cabeza inclinada, la frente alta y arrugada, la tez
no muy blanca, la voz sonora y flexible, y en resumen, el aspecto
agradable, aunque no bello. (4
) En torno suyo veíase una turba de negros semi-salvajes, cuya tez
hacía contraste con sus dientes de marfil, vestidos unos de
inmundos harapos, otros con decencia; algunas negras con sus hijos
en los brazos, otras bien peinadas y acicaladas; unos sentados en
el suelo, otros arrodillados a sus pies, y los demás de pié frente
al Misionero; todos atentos á su palabra, la que si no comprendían,
nunca dejaban de acatarla como emanada directamente de la
Divinidad. A los niños tomaba en sus brazos acariciándoles y
llenando de orgullo á las madres; con su mano les enseñaba á
santiguarse; á los más, grandecitos hacía preguntas acerca de lo
que antes les había enseñado; á los jóvenes decía :
-Cuidado, no pongas demasiada confianza en la Juventud: con
frecuencia los granos de yerba se secan y las flores no siempre
tienen frutas.
A los ancianos repetía:
-Mira que la casa yá está vencida y pronto se arruinará; procura
arrepentirte con tiempo.
Después de tales enseñazas, que amenizaba con ejemplos á la
altura de aquellas pobres inteligencias, les conducía á la iglesia
de los Jesuitas, en donde rezaban todos el acto de contrición, y en
seguida se sentaba a escuchar las confesiones de aquellos
infelices. Si estaban enfermos los negros, les hacía llevar en
silla al confesonario, y él personalmente les sostenía en la
barandilla de la comunión. Enseguida él mismo servía un desayuno
que hacía preparar para los débiles.
Varias veces al año salía en misión a las estancias y haciendas
de la provincia, recorriendo todas las chozas, oyendo las quejas,
remediando los padecimientos é intercediendo por los esclavos.
Jamás aceptaba en aquellas ocasiones albergue en la casa de los
hacendados ni mayordomos, sino que, después de pasar el día
catequizando y visitando á los negros, se recogía en el rancho del
esclavo más desgraciado, durmiendo en el suelo, envuelto en su
manteo.
Como los negros son tan amantes de los bailes, acompañando sus
danzas con las músicas más ruidosas, el Padre Claver no los
prohibía absolutamente, y decía que bien necesitaban esos infelices
algún solaz de después de tánto trabajar; pero ¡pobres de ellos si
se propasaban y sus bailes eran contrarios á la decencia! Siempre
tenía quién le fuera a avisar, y al punto llegaba, y con santa
indignación despresaba á los delincuentes y rompía o confiscaba los
atambores y panderetas, las flautas y las vihuelas. El buen jesuita
era la policía de Cartagena. Bastaba que se dijera:
Viene el Padre Claver! para que al punto cambiaren
de maneras y de conversación; y merced al poder de su dulzura y
amor, convertía a los rehacios y corrompidos, con asombrosa
prontitud.
Había entonces en Cartagena dos hospitales: Uno de los
religiosos de San Juan de Dios, que llamaban de San-Sebastián, y
otro para los lazarillos y leprosos, dedicado á San-Lázaro. En
ambos hospitales pasaba el padre horas enteras consolando y
atendiendo á los enfermos física y moralmente; pero el lugar que
más le gustaba, después de haber cumplido con la misión que se
había impuesto cerca de los negros, era el hospital de los
leprosos. Su caridad con ellos no tenía límites, y ni una madre era
más tierna al lado de su hijo doliente, él se propuso reedificarla,
sin más auxilio que las limosnas que recogió para el efecto. Él
mismo presidió á los trabajos de los albañiles y arquitectos, y
hasta les ayudaba en lo que podía, llevándoles la comida,
pasándoles agua para que se refrigerasen y alegrándoles con su
conversación instructiva y bondadosa, hasta que tuvo la
satisfacción de verla concluída.
Además de estos deberes impuestos por sí mismo, varias veces
tuvo empleos engorrosos y difíciles en el colegio de los Jesuitas,
que podían haberle quitado el tiempo que tenía dedicado á socorrer
á los esclavos. Pero no fué así: su actividad y su celo suplían a
todo y nunca dejaba de hacer sus obras de caridad, ni tampoco
abandonaba un momento sus deberes en la casa de su orden.
No obstante su humildad, tuvo que aceptar y cumplir la orden que
le dieron sus superiores de hacer profesión de los cuatro votos,
que es el grado más honroso de la compañía de Jesús; grado que
presupone no solamente una aquilatada virtud, sino mucha ciencia.
En el momento de hacer estos últimos votos juró que en adelante
sería Pedro Claver, siervo siempre de los negros
|Petrus Claver Æthiopium semper servus; en lo cual fundaba
toda su vida y esperanza.
No solamente era el hombre más caritativo, como hemos visto,
sino también sumamente instruido, convirtiendo a varios
protestantes, y aún á mahometanos, por medio de su grande erudición
y merceda á citas de obras teológicas de autores aceptados por
ellos como insignes controversistas de su propio creso. Desterrados
de España muchos moros, se refugiaban, siempre que podían, en las
Antillas, y traficaban con Cartagena los más acomodados, mientras
que los pobres, cuando llegaban á caer en manos del Gobierno
español, eran vendidos como esclavos en castigo de no haber
obedecido á las órdenes de salir de los dominios de España. El
Padre Claver ponía el mayor interés en convertir en convertir al
cristianismo á aquellos desgraciados, y usaba siempre de tánta
dulzura, y nunca de fuerza ni rigor, que se cuenta que por el
espacio de veintidós años duró tratando de persuadir á un
mahometano empedernido, hasta que consiguió su objeto. Con otro
luchó treinta años, y al fin le convirtió, no sin que el Moro le
hubiere dejado de insultar cada vez que se hallaba con él, en tanto
que el Santo trataba de hacerle todos los servicios que podía,
asistiéndole cuando enfermaba, vistiéndole y socorriéndole. Vencido
al fin por la paciencia y bondad del Padre Claver, un día el Moro
le mandó llamar pidiéndole instrucción y bautismo.
Innumerables fueron las conversiones que hizo de pecadores
viciosos, de personas desesperadas a quienes consoló, los
matrinionios que desbaratados, volvió á unir, las muertes que
impidió, las injusticias quere paró. En resumen, su vida esta
repleta de obras tan verdaderamente cristianas, en el sentido mas
lato de la palabra, que si quisiéramos mencionar aunque fuéra una
parte de ellas, nos serla preciso escribir un volumen entero.
Cartagena, la ciudad más importante tal vez de todas las
colonias, por su activo comercio, la riqueza de sus habitantes y la
multitud de extranjeros que concurrían a ella sin cesar, era
también una ciudad muy corrompida y escandalosa; pero los cuarenta
años que vivió allí el Padre Claver, según los autores
contemporáneos, fueron una verdadera bendición para ella, porque
procuraba siempre corregir sus vicios. Respetado, querido,
considerado por todos, el Padre Claver era conocido en todas las
Américas. Los generales de las armadas ( dice el Padre Fleurián),
los comandantes de las flotas y todas las personas más distinguidas
iban á visitarle apenas llegaban á Cartagena, y nada emprendían sin
suplicarle que les ayudase con sus oraciones, pidiéndole que rogase
por ellos al emprender marcha. ...Los eclesiásticos y sacerdotes le
consultaban en los casos de conciencia más trabajosos, y escuchaban
sus decisiones como si fuesen oráculos."
No solamente los negros, sino hasta las personas del mas alto
rango, imploraban su bendición cuando le encontraban en las calles
y plazas públicas. Los niños le seguían en la calle, deseosos de
obtener aunque fuese una mirada, cantando una canción que concluía
con estas palabras:
Por un Claver, Dios conserva á
Cartagena.
Al fin, en 1650 la peste visitó todo aquél litoral, y atacó a
los habitantes de Cartagena con una furia singular. El Padre Claver
no vivía, no respiraba, sino que sin cesar visitaba los enfermos,
recoma los pueblos cercanos, visitaba los caseríos, " como
ni comía ni dormía, al fin enfermo también y le atacó la epidemia.
Afligióse muchísimo, no porque temiese morir, sino porque decía que
estando enfermo no podría volver a servir en un tiempo en que tánto
se necesitaba atender á los afligidos. Aunque estuvo en toda
extremidad, no murió por entonces, pero tampoco llego a curarse
jamás, pues no pudo volverse á poner en pie ni á hacer uso de sus
manos. Sin embargo, se hacía llevar a la iglesia, y allí se ocupaba
en amonestar, aconsejar y confesar a cuantos se presentaban; y aun
pudo bautizar á una multitud de negros casi feroces que llegaron á
Cartagena, después de haberles instruido cuidadosamente.
Viendo, sin embargo, que su salud empeoraba, quiso despedirse de
los enfermos del hospital de San- Lázaro, á donde fué llevado,
atado á un caballo y cabestreado por un negro. Despidióse con
lágrimas de sus favoritos los leprosos, y volviendo á la casa de la
Compañía, no pudo volver á salir de ella. Como sucede siempre en
este mundo, la Humanidad es inconstante y la popularidad se acaba,
si no es útil yá. Una vez enteramente tullido el Padre Claver, y
condenado a no salir nunca de su celda, los Cartageneros le
olvidaron, sus mismos correligionarios no se acordaban de él, y
entregado en manos de algunos negros brutales que le trataban mal,
ni siquiera le llevaban los alimentos necesarios, ni aseaban el
aposento nunca, ni obedecían al Santo, sino cuando lo tenían a
bien. Así, rodeado de inmundicias, de mosquitos, de calor y de
abandono, paso los últimos cuatro años de su vida, sin quejarse
jamás ni hablar de sus sufrimientos: al contrario, los bendecía,
porque así podía ejercitar su paciencia inagotable. Sin embargo,
dos mujeres, las señoras de Urbina, personas de categoría en
Cartagena, le socorrían y mandaban llevar lo que necesitaba.
Algunas veces lograba que le llevasen á la iglesia á cumplir con
sus deberes religiosos, lo cual yá le costaba trabajo. Un día, al
pasar por la sacristía, dijo al sacristán:
"Voy á morir. ¿Quiere usted algo para la otra vida
?"
Y así sucedió. A la mañana siguiente le hallaron sin habla y
agonizante. Apenas se tuvo noticia de este acontecimiento en
Cartagena, cuando en todos los corazones revivió el entusiasmo que
habían tenido por él. Agolpóse la gente á la casa de los Jesuitas;
clamaban las mujeres, lloraban los niños, suspiraban los hombres, y
por todas partes no se oían sino estas palabras angustiosas:
" Que se muere el Santo!....que se muere !
"
Una multitud de gente penetro entonces, sin que pudieran
impedirlo los Jesuitas, hasta la pobre celda del moribundo: de
rodillas delante de él gritaban todos, pidiéndole que no les
abandonase, pues perdían en él su protector y su padre. Al cabo de
una largo pero no dolorosa agonía, murió el martes 8 de Septiembre
de 1654, día de la Natividad de Nuestra Señora, á los 73 años de
edad, después de haber permanecido en la Compañía de Jesús 54 años
y en Cartagena 41, haciendo el bien sin cesar. Cuando espiró,
Cartagena entera vistió luto, y los negros principalmente se
consideraron huérfanos y desamparados. Las exequias y los honores
que le hicieron fueron espléndidos; pero se dice que nunca se han
vertido tántas lágrimas en Cartagena como el día que exhibieron el
cadáver en la iglesia de los Jesuitas. Los negros, con aquella
vehemencia é impresionabilidad que les distingue, estuvieron á
punto de hacer pedazos la mortaja y el cajón para conservar
reliquias, y fué preciso usar de la fuerza para poderlo apartar de
la multitud acongojada y sepultarlo.
Por decreto del Santo Padre Benedicto XIV, fué beatificado el
Venerable Padre Pedro Claver, y declarado Apóstol de las Indias
Occidentales, en 1747, como San Francisco Javier lo fué de las
Indias Orientales.
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(1 )
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APOSTÓLICA Y PENITENTE VIDA DEL VENERABLE PADRE CLAVER DE LA
COMPAÑÍA DE JESÚS, sacada de informaciones jurídicas, &c.,
por el Padre Josef Fernández.
|Zaragoza-1666.
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(2 )
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APOSTÓLICA Y PENITENTE VIDA, &c., citada antes.
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(3 )
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En 1787, dice un autor inglés, M. Cooper, que, según los
cálculos más moderados, 10.000,000 de negros habían sido llevados
por los Europeos á América. En 1860 un viajero, Du Chaillu, vió
vender en un puerto africano á varios negros y negras en cambio de
licor y armas de fuego.
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(4 )
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"Viè du Venerable Père Pierre Claver," par le
P. B. G. Fleurián, 2º v., p. 225.
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