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INDICE
Patente de Privilegio
Prólogo
Introducción
Cristóbal Colón
Alonso de Ojeda
Juan de la Cosa
Américo Vespucio
Diego de Nicuesa
Vasco Núñez de Balboa
Ambrosio de Alfínger
Jorge de Espira
Nicolás de Federmann
Rodrigo de Bastidas
Pedro de Heredia
Gonzalo Jiménez de Quesada
Sebastián de Belalcázar
Gonzalo Suárez Rondón
Martín Galiano
Pedro de Ursúa
Jorge Robledo
Francisco Cesar
Lázaro Fonte
Gaspar de Rodas
Antonio Díaz Cardoso
Pedro Cieza de León
San Luis Beltrán
Los Jesuitas Misioneros
El Apóstol de Cartagena. Pedro Claver
Los Baquianos
Aguayo, Gerónimo de
Aguilar, Alonso de
Aguirre, Domingo Vascongado
Aguirre, Martín de
Albarracín, Esteban de
Alcalá, Juan de
Almarcha, Sebastián de
Alcocer, Hernando de
Alemán, Juan Nicolás
Alonso, Juan
Aldana, Lorenzo de
Alderete, N.
Álvarez de Acuña, Francisco
Ampudia, Juan de
Añasco, Pedro de
Angulo, Cristóbal
Aranda, Francisco de
Aranda, Pedro de
Arellano, Alonso Ramírez de
Arévalo, Juan de
Arias, Francisco
Avendaño, Francisco
Avellaneda Temiño, Juan de
Ayala, Andrés de
Bermúdez, Antonio
Bernal, Crisóbal Ortíz
Bolegán, Pedro Fernández
Bravo de River, Pedro
Bravo, N.
Briceño, Pedro
Burgueño, Juan
Cabezón, García
Cabrera, Juan de
Calvete, García
Cáceres, N.
Camacho Zambrano, Bartolomé
Caro, Benito
Caro, Luís
Carrión, Pedro Rodríguez de
Casas, Fray Domingo de las
Castil-Blanco, N
Castellanos, Juan de
Castro, Antonio
Castro, Juan de
Celide Alvear, Jorge
Céspedes, Juan de
Céspedes, Francisco
Chinchilla, ó Chinesilla, Juan
Cifuentes, Gómez de
Colmenares, Pedro de
Collantes, Juan Muños de
Corral, Gómez del
Corredor, Pedro Ruiz
Cruz, Gómes de la
Cuéllar, Juan
Daza, Luís
Díaz, Francisco y Simón
Días Hidalgo, Juan
Domínguez Beltrán, Alonso
Escalante, Hernando de
Esquivel, Antón de
Espinosa, Diego de
Espinosa, Gaspar de
Fernández, Antonio
Fernández, Francisco
Fernández Gironda, Gonzalo
Fernández, Juan
Fernández, Marcos
Fernández Valenzuela, Pedro
Figueredo, Francisco de
Figueredo, Melchor Ramírez de
Flamenco, Antón
Franco, Diego
Frías, Juan de
Fuerte, Juan
Gallegos, Hernando
Gallegos, Luís
Gante ó Guante, Antón de
García, Gonzalo
García, Juan Machado
Girón, Francisco Hernández
Gascón, J. Alonso
Gascón, Juan
González, Bartolomé
Gómez Alonso, Hiel de la Tierra y Sequillo
Gómez, Francisco de Feria
Gómez, Hernán Castillejo
Gómez de Orozco, Pedro
Gómez Portillo, Juan
Gómez Fernández, N.
Gordo, Juan
Graso, Juan Bautista
Guemes, Juan de
Gutiérrez Aponte, Pedro
Gutiérrez Valenzuela, Juan
Haro, García Calvete de
Hernández Ballesteros, Francisco- Hernández, Pedro- Hernándes Ledezma, Alonso
Hernández de la Isla, Martín
Hernández de León, Bartolomé- Hernández de Madrigal, Diego
Herreño, Bartolomé
Herreño, Gerónimo Hernández
Higueras, N.
Hinojosa, Juan Ramírez
Holguín de Figueroa, Miguel
Huete, Diego de
Hyto, García del
Igarte, Martín
Insá, Gerónimo de
Junco, Juan del
Ladrón de Guevara, Domingo
Laínza, Geónimo de
Lanchero, Luís
Lebrija, Antonio de
Lescanez, ó Legaspés, Juan de
Limpias, Pedro de
López, Diego y Juan
López, Gil
López de Monteagudo, Pedro
Lorenzo, Juan
Lozano, Francisco
Lozano, Domingo
Luján, Antón de
Macías, Gonzalo
Madrid, Pedro y Madrid, Pedro Daza
Maldonado, Arias de
Maldonado, Baltasar
Maldonado, Dorado del H. Francisco
Manchado, Alonso
Manjarres, Luís
Mateos, Juan Marcos y Alonso
Martín Alonso
Martín Hiniesta, Diego
Martínez, Diego
Martínez, Francisco
Medrano, Francisco
Melo, Gerónimo de
Méndez, Bernabé
Méndez, Gaspar
Melgarejo, Juan Rodríguez Gil
Mestanza, Francisco de
Miranda, Cristóbal de
Molina, Pedro de
Montero, Hernando
Montañes, Juan
Montoya, Francisco de
Montalvo, Juan de
Monsalve, Francisco
Monroy, Cristóbal Arias de
Morales, Alonso de -Moratín, Baltasar de
Moreno, Alonso
Moyano, Miguel Seco
Muñoz, Miguel
Navarro, Hernando y Pablo
Novillero, N.
Nieto, Cristóbal Gómez
Núñes Cabrera Pedro
Núñes Pedroza, Francisco
Olaya, Antonio Soriano de
Olaya Herrera, Alonso de
Oliva, Diego de- Olmedo, Jorge de
Olmos, Juan de
Oñate, Martín
Orejuela, Juan Ruiz de
Ortega, Juan de
Ortiz, Cristobal de- Ortiz, Diego de
Ortiz, Ortún
Orozco, Lope de
Orozco, Juan de
Otañez, Miguel de
Palencia, Nicolás de
Palma, Antón de la
Paredes Calderón, Diego de
Penagos, Juan de
Pérez, Antonio Fernán
Periáñes Portoés, ó Pedro Yáñez
Pineda, Juan de
Porras, Pedro de y Sebastián
Poveda, Alonso Ramírez de
Prado, Hernando del
Prado, Juan del- Puelles, Juan de- Pujol, Martín
Puerta, Juan de la
Qesada, Hernán Pérez de
Quincoces, Juan de la Llama
Quintero, Juan
Requejeda, Fray Vicente
Ramírez, Juan de Hinojosa
Rey, Mateo Sánchez
Rivera, Juan de
Roa, Cristóbal de- Rodríguez de León, Pedro- Rodríguez Antón Casalla- Rodríguez Francisco- Rodríguez del Olmo, Juan
Rodríguez, Juan Benavides de
Rodríguez Parra, Juan
Rojas, Hernando de
Romero, Diego
Ruiz, Antonio
Ruiz Herrezuelo, Pedro
Ruiz, Cristóbal- Ruiz, Pedro Córdoba
Ruiz, Pedro García
Salamanca, Juan y Pedro Rodríguez
Sanabria, Luís de
Sánchez, Bartolomé Suárez
Sánchez, Juan
Sánchez Castilblanco, Diego
Sánchez Paniagua, Diego- Sánchez Cogolludo, Mateo
Sánchez Velasco, Pedro- Sánchez, Martín Ropero
Sánchez, Miguel
Salinas, Hernando de
Salazar, Pedro de
Salguero, Francisco
San-Martín, Juan de
Santafé, Gaspar de
Sam-Miguel, Cristóbal de
Sedano, N.- Segura, Diego de- Silva, Francisco de
Suárez Montaño, Diego
Tafur, Juan
Tafur, Martín Yáñez
Tordehumos, Francisco de
Toro, Cristóbal de
Torres, Diego- Torres, Juan de- Torre, Lázaro de la
Torres Contreras, Juan
Troya, Nicolás de- Trujillo, Juan
Umbría, Salvador de- Valenzuela, Pedro Sánchez
Valdés, Melchor de
Valderas, Diego Rodríguez de
Vásquez, Pedro
Valdivia, Andrés de
Vásques de Loaysa, Pedro- Vega, Gonzalo de
Venegas Carrillo Manosalvas, Hernán
Verdejo, El Bachiller Juan
Viana, El Bachiller
Villalobos, N.
Villanueva, Juan de- Villaspasas, Lorenzo
Villaviciosa, Francisco- Yáñez, Rodrigo
Zamora Forero, Cristóbal- Zea, Pedro de
Zarco, Benito
Zegarra, N.- Zelada, Cristóbal
Zorro, Gonzalo García
Perros de la Conquista
Lista de Obras Consultadas
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LOS JESUITAS MISIONEROS.
I
En el estudio anterior, hablando de los trabajos evangélicos de
San Luís Beltrán en las Misiones del Nuevo Reino de Granada, nos
referimos al bien que hicieron en este ramo de la caridad cristiana
los Religiosos de las órdenes Dominicana y de Franciscanos. Tócanos
ahora decir, aunque sea brevemente-pues la naturaleza de este
estudio no lo permite de otra manera,- cuáles fueron las
principales obras que ejecutaron en esta reglón de América los
miembros de la Compañía de Jesús. (
|
1
)
Nadie puede negar, y aun no se han atrevido á hacerlo los más
tenaces enemigos de los Jesuitas, que éstos han sido los misioneros
que en todas partes del mundo han practicado, mejor que las otras
órdenes religiosas, el arte de catequizar, convertir y civilizar á
las tribus salvajes, lo cual, particularmente en América, se ha
experimentado con toda certeza. Perteneciendo á una orden religiosa
nueva (
|
2
), llena de
celo y de vigor, instituída con el objeto de luchar sin tregua en
favor de la Religión Católica Romana, ninguno de sus miembros es
admitido en las órdenes más altas de la Compañía, sino cuando su
talento, su juicio y su completa abnegación le recomiendan de un
modo especial. Pero si la orden era nueva, en compensación su
actividad y su celo eran tales, que al principiar el siglo XVII los
Jesuitas se encontraban yá trabajando con fruto en numerosas
Misiones de América. En el Canadá, en la Florida, y desde Méjico
hasta el Paraguay, el vestido negro del Jesuita era bendecido por
los indígenas, de quienes aquéllos se habían constituído
defensores. (
|
3
) En
el Brasil habían logrado dominar á los antropófagos. Cuéntanse en
el siglo XVII más de trescientos mártires de la Compañía de Jesús.
Aunque muchos de éstos perecieron á manos de los salvajes, también,
según Crétineau-Joly y otros autores, más de sesenta misioneros
fueron víctimas del calvinista Santiago Sourié, quien, apresando
los navíos en que iban embarcados en alta mar, les dió una muerte
cruel y feroz.
Aunque los Jesuitas habían recorrido yá la mayor parte de las
colonias americanas y fundado Misiones en muchas partes, al Nuevo
Reino de Granada no llegaron oficialmente, sino cuando les trajo de
Méjico el ilustrísimo señor Lobo Guerrero, Arzobispo de Santafé.
Este Prelado fundó un colegio que llamó de San-Bartolomé, por ser
su nombre patronímico, y lo puso bajo la dirección de los Jesuitas,
al empezar el siglo XVII. Mientras se iba construyendo lentamente
el hermoso edificio de calicanto que hoy día conocemos, los
Jesuitas abrieron aulas de gramática, latín y filosofía, en un
lugar estrecho é incómodo, y muchos de los Padres se dedicaron á
estudiar á fondo los diferentes idiomas de los indígenas,
descollando entre todos el Padre José Dadey, de origen italiano,
que no solamente aprendió la lengua muisca, sino que compuso una
gramática que sirvió mucho á los misioneros. Pocos años después yá
había colegios de Jesuitas en Cartagena y Tunja. En esta última
ciudad se estableció el noviciado. Sorprendidos los indígenas de
los contornos de aquellas ciudades de la dulzura con que les
trataban los nuevos Religiosos, y agradecidos al notar que para
catequizarles procuraban aprender su lengua y para enseñarles la
doctrina cristiana hablaban en los dialectos indígenas, se
convertían por millares al Cristianismo, y escuchaban con religioso
fervor las pláticas de los Misioneros. Así, pues, si la ruda manera
de tratarles los encomenderos les alejaba y desviaba de la
civilización, la caridad y benignidad de los Jesuitas les alentaba
á abrazar la religión de Cristo y entrar en la vía de La cultura y
buenas costumbres. Así fué como en los alrededores de Santafé se
formaron los pueblos de Cajicá, Tenjo, Fontibón, &c., cuyos
habitantes se habían manifestado muy arraigados á sus costumbres é
idolatrías.
En 1620, yendo de paso para Antioquia algunos Jesuitas, llegaron
á la nueva población de Honda, y se detuvieron allí algunos días.
El naciente caserío dependía de Mariquita, y estaba yá tan poblado,
que un cura no bastaba para atender á las necesidades espirituales
de aquel lugar. Así éste, en unión del Gobernador de Mariquita,
suplicó á los Jesuitas que pidieran al Provincial de su orden
licencia para establecer allí un colegio, lo cual les fué concedido
con gusto. Los primeros Jesuitas que entraron allí fueron los
padres Ossat y Alitrán; éstos levantaron una iglesia de tapia y
teja en la población, y algo retirado el edificio para el colegio
de los Jesuitas, con su buen templo. En ambas Iglesias se celebraba
el Santo Sacrificio de la misa, y en ellas se enseñaba todos los
días la doctrina á los niños y á los indígenas. No se contentaron
los Jesuitas con catequizar á los hondanos, sino que recorrían los
caseríos de Indios de todos aquellos contornos, civilizando y
haciendo brillar la luz del Evangelio en todas partes. En pos de
los Jesuitas edificaron conventos é iglesias los Franciscanos y
Agustinos, y un templo y un hospital los Religiosos de San Juan de
Dios. Hoy día Honda ha retrogradado á tal punto, que los feligreses
no alcanzan á sostener sino un Cura muy pobremente, y apenas se
dice una misa por día en una población de cerca de 4,000 almas; sus
conventos están en el Suelo, las iglesias en ruinas y el colegio de
los Jesuitas se encuentra convertido en piedras ,y murallones
derruídos, perdido entre la maleza.
En Pamplona una señora fué la primera que albergó y protegió á
los Jesuitas, hasta que éstos, más conocidos y apreciados, lograron
cautivarse la buena voluntad de sus habitantes, que les ayudaron á
construír colegio é iglesia.
Los misioneros recorrían continuamente los contornos y
poblaciones indígenas de los lugares donde tenía asiento la orden.
Al cabo de algunos años de trabajos asiduos, viendo los superiores
que, más ó menos, todos los habitantes del Nuevo Reino estaban en
vía de cristianizarse, resolvieron entrar en las tierras de los
salvajes que aún carecían enteramente de civilización.
Aunque varias veces habían intentado los Españoles domar las
tribus indígenas que moraban en las faldas de las cordilleras que
van á morir en los Llanos, con dificultad habían logrado atraer á
unos pocos. Estas tribus pertenecían á una raza altiva, amante de
su independencia; y escarmentadas con los malos tratamientos de los
Españoles, nada odiaban tánto como á los blancos, quienes, ó se
llevaban á los Indios cautivos, ó les hacían trabajar para
aprovecharse de la riqueza que les proporcionaba su trabajo.
(
|
4
)
II
Cuando las tribus indígenas de Casanare maliciaban siquiera que
los blancos intentaban y querían catequizarles; se escondían en lo
más espeso de sus selvas, y ocultos entre las breñas vivían allí
largos años, sin salir á los sitios en que había riesgo de
encontrar á los Europeos. Por otra parte, la feracidad de esos
terrenos, regados por caudalosísimos ríos, y la innumerable riqueza
de sus frutos, la cantidad de animales, monteses y de peces que
habitaban los bosques y los ríos de los Llanos, eran táles, que los
indígenas vivían sin carecer de nada y no necesitaban para cosa
alguna á los Españoles. Posteriormente habían sacrificado á todos
los extranjeros que se atrevían á pisar sus dominios, y
atemorizados los blancos, ninguno quería penetrar hasta aquellos
sitios peligrosos.
Sin embargo, apenas se trató entró los Jesuitas el asunto de las
misiones á los Llanos, cuando muchos de ellos se ofrecieron á ir á
ofrendar su vida, si era preciso, á trueque de catequizar y
civilizar á los indígenas. Pusiéronse, pues, en marcha en 1628
cinco misioneros, llegando á mediados del año al pueblo de Pauto, y
en breve empezaron á llevar á efecto su misión, encargándose cada
uno de ellos de una tribu. Pero antes de entrar en campaña, cada
Jesuita se esforzó por aprender el idioma de la tribu que debía
tomar á su cargo. Esto les fué menos difícil de lo que parece;
pues, según el Padre Cassani, aquellas lenguas no eran sino
dialectos derivados y corrupciones de la lengua muisca que ellos yá
habían aprendido en la sabana de Bogotá. En poco tiempo los
Jesuitas yá tenían cada uno un centro de civilización en una
iglesia, que levantaban en todos los lugares donde los aborígenes
se habían manifestado más dóciles. Al lado de la iglesia se
fabricaba la casa del doctrinero, en donde ellos encontraban toda
clase de auxilios materiales y espirituales. Atraíales el Misionero
con dádivas abalorios brillantes, espejos, agujas, herramientas y
prendas de vestido para cubrir su desnudez. Si estaban enfermos les
proporcionaba remedios eficaces; en su convalecencia les llevaba
golosinas, y si morían, él mismo les enterraba. Muchas tribus y
fracciones de tribus se manifestaron rehacias é indómitas, y á
medida que los Misioneros avanzaban en busca de ellos, los
indígenas se alejaban, ocultándose en recónditos lugares.
Pero esa repugnancia misma era motivo para que los Misioneros
trabajasen en domarles, y jamás desmayaban en su empresa. Para
llevarla á cabo, hé aquí lo que hacían, según cuenta el
PadreGumilla:
|*
Buscaban
entre sus feligreses á dos mozos bien inteligentes, les enseñaban é
instruían en todo lo necesario, y cargándoles después con toda
clase de baratijas, -abalorios, &c.,- les mandaban como
embajadores á los Indios alzados y retirados en el fondo de los
bosques, que se deseaba atraer a las Reducciones de los Jesuitas.
Los mozos llevaban sin dificultad á los ranchos de los indígenas, y
distribuyendo, entre todos los obsequios, les decían que el
Misionero les mandaba aquello porque era su amigo y les quería
mucho. Los salvajes son curiosos siempre, y naturalmente hacían mil
preguntas á los Mensajeros acerca del Padre, y movidos por la
contestación de los otros, al fin manifestaban deseo de conocer á
aquel que así les regalaba. Cuando se creía que yá sería tiempo de
visitarles, el Jesuita emprendía marcha hacía los caseríos de los
indígenas, con un corto acompañamiento, compuesto de algunos de sus
feligreses. Antes de llegar mandaba adelante á algunos á
anunciárselo; pero aunque los aborígenes supiesen el día y la hora
en que aquello debiera suceder, la etiqueta de esas tribu mandaba
que no saliesen á recibir al huésped. Éste encontraba un rancho que
le habían preparado á la entrada del caserio, y allí entraba con su
comitiva, y colgando su hamaca debía acostarse en ella á descansar
hasta que el Cacique le fuera á visitar, bien pintado y aderezado
para el caso. Apenas le avistaba, desde lejos exclamaba el indio en
su lengua :
-¿yá viniste?
-Ya vine, contestaba el Misionero en La misma lengua; pero no
debía moverse de su puesto.
El Cacique entraba entonces en e
|tambo, seguido de los
principales señores de su corte, y se sentaba en el suelo frente al
Misionero; después entraban sus mujeres y las de los otros Jefes,
las que también iban formando rueda en torno de la hamaca y
sentándose en cuclillas, sin hablar una sola palabra. Cada una de
esas mujeres llevaba para regalo del huésped una
|totuma de
chicha y un plato con algún alimento, lo cual iba poniendo en
frente del Padre hasta que se llenaba el rancho de platos y
totumas. El huésped se enderezaba entonces y comía del plato que le
había llevado la Cacica, y después fingía tomar un sorbo de chicha
de todas las demás totumas ofrendadas. Esta ceremonia era
indispensable, porque si no tomaba un sorbo de cada una de las
totumas, las mujeres se resentían y sus maridos consideraban esto
como un desaire. Una vez concluída la comida, los Indios de la
comitiva del Misionero entraban en el tambo y sacaban fuera los
comestibles, regalándose con ellos á su sabor. Aquel era el memento
en que el Cacique arengaba á su huésped, contándole la historia y
las aventuras de sus antepasados. Al fin de cada párrafo el Cacique
exclamaba con tono lastimoso:
|Es verdad, sobrino, es verdad!
Y por último, concluía su discurso haciendo muchos cumplimientos al
Misionero, cuya venida comparaba á la lluvia sobre una sementera
después de un largo verano, ó la de un pájaro de dulce canto y
vistoso plumaje. El Misionero debía contestar en el mismo tono y
estilo, acabando por decirle que, en prueba del cariño que tenía á
la tribu, había llevado algunos regalos para obsequiarla. En
seguida distribuía lo que les había llevado, teniendo cuidado de
que ninguno quedase descontento; y visitando luégo las casas de los
enfermos y de los ancianos que no podían salir, llevaba á cada uno
alguna cosa. El Misionero no hablaba de bautismo, aunque sí les
enseñaba, cada vez que podía, algo de la doctrina, y recompensaba
con regalitos á los que se portaban bien. Hubo vez que un Misionero
permaneciese hasta un año con los salvajes, aguardando á que ellos
le propusiesen acompañarle á la Reducción. Al fin anunciaba el
Jesuita su partida, y rara vez los indígenas, echando de menos al
Padre que les consolaba, cuidaba y regalaba, dejaban de ir á poco
tiempo á la Reducción á pedir ellos mismos el bautismo, para poder
gozar de los bienes de la civilización.
De esta manera los Jesuitas convirtieron, sin sangre y sin
disgustos, á gran número de indígenas de los Llanos, del Tolima,
del Cauca y de Antioquia. Una cuarta parte de la República, dice un
escritor nacional, fué reducida, conquistada y civilizada por los
Jesuitas.
III
Pero las noticias mismas de los adelantamientos tan notables que
hacían los Jesuitas en las reducciones, y las conquistas pacíficas
que llevaban á cabo, les suscitaron enemigos, tanto entre el clero
secular como entre las otras órdenes religiosas, que habían perdido
por completo su influencia en todas partes en que se hallaban
colegios de la compañía de Jesús. Los encomenderos, á quienes ellos
impedían resueltamente que salteasen y maltratasen á los indígenas,
formaron una cábala contra ellos, de tal suerte bien urdida, que el
Arzobispo les mandó retirarse de las Misiones de los Llanos y
volver á las ciudades y poblados. Preciso fuéles obedecer y
abandonar aquellos sitios, testigos de sus sufrimientos, pero
también testigos de los triunfos del Cristianismo.
Aquel rechazo no les hizo desmayar en su misión", y
atareándose á trabajar en los colegios y escuelas que fundaron en
las ciudades, continuaron en su obra de civilización con la Cruz en
la mano.
Entre tanto, las Misiones se habían ido deteriorando, y las
otras órdenes religiosas y los curas que nombró la autoridad
eclesiástica, careciendo de la disciplina y del celo apostólico de
los hijos de San Ignacio, no supieron conservarlas, ni mucho menos
alimentarlas. Por otra parte, los gobernantes civiles se hicieron
tan odiosos para con los salvajes, que algunos perecieron
asesinados por éstos. Así transcurrieron treinta años, al cabo de
las cuales el nuevo Arzobispo de Santafé convino con el Gobierno
seglar en que era preciso volver á mandar á los Jesuitas á los
Llanos, pues si no lo hacían, todo aquel territorio volvería á caer
en la barbarie.
Los Jesuitas obedecieron gustosísimos las órdene de sus
superiores, y á principios del año de 1659 emprendieron de nuevo,
viaje á sus antiguas posesiones. Los indígenas les recibieron con
júbilo, pues bien recordaban los ancianos que durante los tiempos
en que les catequizaban eran muy felices. Como yá los Jesuitas
antiguos no existían, los nuevos tuvieron que volver á aprender la
lengua de los
|Airicos, Jararas, Achaguas, Sálivas y demás
tribus que deseaban conquistar.
Un año después de su nueva entrada, yá los Jesuitas tenían
fundados varios pueblos ó doctrinas (hoy día de nuevo arruinados),
con sus iglesias, sus escuelas de artes y oficios, de agricultura y
de enseñanza práctica de la vida civilizada. Pero esto no era por
cierto obra fácil: el clima malsano, las epidemias que reinaban
allí, los insectos, los animales ponzoñosos, las fieras de aquellos
bosques, la índole indómita de los aborígenes, y la guerra que les
hacían los encomenderos, que pretendían llevarse como esclavos á
los indígenas, todo eso causaba á los Misioneros mil molestias,
peligros y desvelos. Pero la actividad de aquellos hombres, el
valor moral y físico que desplegaron, y sobre todo el gran
conocimiento del corazón humano que distingue á la orden de San
Ignacio, fueron más fuertes que sus enemigos, y al cabo vencían
todas las dificultades que se les presentaban. Además de los vicios
naturales en el salvaje, lo que más trabajo costaba á los Jesuitas
era desarraigar en ellos el amor inveterado al hurto y al engaño.
Viendo que ni con buenas palabras ni recompensas lograban corregir
esos defectos, y que la dulzura y la indulgencia no surtían buen
efecto, tentaron, al cabo de siete años de paciencia, castigar á
los delincuentes más obstinados.
En el pueblo en que se llevó á cabo el castigo, dice el Padre
Cassani, "no fué menester más para que se acordasen de sus
abuelos y de su nacimiento, y en una noche desampararon la Doctrina
tan por entero, que sólo amanecieron en ella el Padre Jesuita y la
familia del Cacique." Fué preciso cambiar al Doctrinero
para que volviesen al pueblo los indígenas, y el que fué enviado
allí tuvo que desplegar una santa paciencia para lograr que no
solamente regresasen, sino que estuviesen contentos. Varias veces
los indígenas alzados atacaban las Reducciones, las saqueaban, y
después de incendiarlas se llevaban cautivos a cuantos habitantes
encontraban.
De los Llanos de Casanare, los Jesuitas trataron de ponerse en
comunicación con Guayana, aunque todo el trecho que media, entre
aquellos lugares estaba poblado de indios feroces, caribes, y
antropófagos. Pero por falta de recursos y de la debida protección
del Gobierno español, esa empresa gigantesca no se pudo llevar á
cabo. (
|
5
)
Entre aquellas tribus las mujeres eran tan desgraciadas, y las
maltrataban tánto sus maridos, que las madres, al dar á luz niñas,
deseando evitarlas la desgracia de vivir, en ocasiones las mataban.
En sus bodas, dice el Padre Cassani, las parientas de la novia
celebraban los desposorios con lágrimas y gemidos, y en lugar de
felicitarla, cada mujer, al acercarse, la decía:
-Ay! ay! desdichada! que erais libre y sois, esclava!
Los Misioneros trabajaron mucho en aliviar la suerte de las
pobres Indias, y ellas, más que los hombres agradecidas, les
atendían y escuchaban, les respetaban y obedecían. Merced á los
avisos que ellas frecuentemente daban de lo que se tramaba entre
los indígenas contra los Jesuitas, éstos lograron salvarse y huir
para conservarla vida.
¿Cuáles no serían los sufrimientos de aquellos hombres,-muchos
de ellos hijos de hidalga cuna, recién llegados de Europa, y
enseñados á las comodidades de la vida civilizada,-en medio de
estúpidos y feroces Salvajes, en desiertos horribles, rodeados de
toda especie de fieras, comidos por los tábanos y los mosquitos,
que á veces les formaban llagas en todo el cuerpo? ...Así vivían
aquellos nobles operarios, de la civilización y del Cristianismo,
consumiendo allí los mejores años de su vida; y después de diez,
veinte y hasta cuarenta años de semejante existencia, sin recursos,
sin compañeros de su raza; enmedio de tribus indómitas y rehacias á
las buenas costumbres, morían al fin, unas veces ahogados en los
ríos, otras víctimas de las epidemias y de las fiebres, cuando no
era a manos de los salvajes mismos por quienes sacrificaban su
vida! Cuando los indígenas enfermaban de disentería ó de viruela
(epidemias importadas del Antiguo Mundo, que cundieron con una
presteza asombrosa por toda la América hasta el fondo de los
bosques), los Misioneros se constituían al mismo tiempo en médicos
del alma y del cuerpo y enfermeros; ellos mismos confeccionaban las
bebidas como podían, y asistían sin descanso á los indígenas, á
veces basta morir ellos mismos, contagiados. (
|6
)
Cuatro Reducciones tenían establecidas los Jesuitas en las
orillas del Orinoco, y después de cristianizadas aquellas
poblaciones de indígenas, y adelantadas en la civilización, sucedió
que en 1684 se presentó simultáneamente en ellas una turba de
Caribes que se arrojaron sobre aquellos pueblos gobernados por
cuatro Jesuitas; los indígenas, que se aterraban sólo con el nombre
de los Caribes; se ocultaron temblando en los bosques; los
Misioneros permanecieron firmes en su puesto, tratando de impedir
la profanación de la iglesia pero aquellos antropófagos (
|7
) asesinaron á los Padres
Fiol, Beck y Teobast, y revistiéndose con los Ornamentos
sacerdotales se gozaron en devorar los cadáveres palpitantes de los
Misioneros, y después de quemar la población se dirigieron sobre la
otra Misión para ejecutar los mismos actos. (
|
8
) Sin embargo, el jesuita de la
última tuvo tiempo de salvarse con un parte de sus feligreses,
huyendo, con inauditos trabajos, por lugares incultos, por enmedio
de montañas vírgenes, de caudalosos ríos, hacía las Misiones de
Casanare, sin más rumbo que la corriente de las aguas y sin otra
esperanza que la de encontrarse lejos de los Caribes. Al fin,
después de un viaje de ciento cinco días, llegó el Padre Vergara
con sus veinticuatro compañeros á las Misiones de Casanare, en
donde los indígenas fueron incorporados.
Pero ni aun este triste drama desanimó á los Misioneros, los
cuales volvieron nuevamente á tratar de civilizar las regiones del
Orinoco. El Gobierno se negó á proporcionarles recursos, y los que
entraron otra vez en las tierras de los Sálivas estaban en tal
escasez, que se mantenían con gusanos, ratones, hormigas y
lagartijas. Los Caribes, al saber que habían intentado de nuevo los
Jesuitas fundar Misiones, sin más amparo que su fe, sacrificaron
otro misionero que andaba por aquellos desiertos con un capitán
Español y dos tiernos niños. A todos cuatro les asesinaron
cruelmente, pagando esos inocentes con su sangre la que los
Españoles habían derramado en la Conquista y después de ella.
Otro de estos sublimes soldado de Cristo, el Padre Cavarete, se
internó por esas montañas, solo, en busca de almas que convertir al
cristianismo. Le citan los historiadores de aquellas Misiones,
Cassani y Gumilla. Este último dice, hablando de él: "
Entró en Airico, 200 leguas de nuestras Misiones, á emplear su celo
entre aquellas gentes; pero cuando reconoció la dureza y terquedad
de ella, junto con incesantes riesgos de morir á sus manos, no tuvo
forma de retirarse, por falta de guía para tal camino, por lo cual
insistió
|nueve años en su empresa, bautizando sólo á los
párvulos y a los adultos en artículo de muerte. Pasado este tiempo
tuvo oportunidad de volver á sus antiguas Misiones; pero yá para
entonces no le había quedado otra ropa que una manta raída y
destrozada de las que usaban los Indios del Nuevo Reino Con este
vestido, que apenas alcanzaba á cubrir su desnudez, después de
grandes jornadas, fatigas y continuas hambres, por que sólo de
frutas y raíces se mantenía, dió vista a una cabaña del territorio
de Santiago de las Atalayas. Luégo que los dueños vieron aquellos
bultos, y con arco y flechas al Indio que guiaba al Padre, creyeron
que eran espías de los bárbaros Guahibos, que solían robar y quemar
las casas distantes de las ciudades. Salieron al punto con las
escopetas, y les hubieran muerto de no haber gritado el Padre,
-Mire que somos cristianos!
No podemos cansarnos de admirar á aquellos hombres tan santos, y
cuyos nombres son dignos de que se conserven en la memoria de
nuestros hijos Estos misioneros son verdaderos héroes, cuyo ejemplo
seria provechosísimo entre nosotros, en donde olvidamos todo lo
bueno y sólo sabemos alabar lo que brilla, y es ruidoso: las armas,
las charreteras, las victorias y el fragor de las batallas; y rara
vez nos acordamos de los que han ofrendado su vida por el amor de
Dios y el bien de la Humanidad.
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(1 )
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Aunque no citaremos los nombres particularmente, cada vez que
se ofrezca, de los autores que hemos consultado, hé aquí la lista
de los principales que nos han servido de basé:
|Cantú,
Historia Universal ;"
|Groot, Historia
Eclesiástica;"
|Vergara, "Historia de la
Literatura;"
|Gumilla, "El Orinoco
Ilustrado;"
|Cassani, "Historia de la
Provincia de la Compañía de J esús;" Chronologie
Historique de lAmérique;" .
|D'Orbigny,
"Voyage dans lAmérique Méridionale; "
|Crétineau-Joly, "Historia de la Compañía de
Jesús;"' el Padre
|J. Fernández,
"Apostólica vida del venerable Padre Pedro Claver;
"
|Longano degli Oddi, Vita del Venerabil
servo de Dio P. Pietro Claver: "
|Fleuriau,
" La vie du vénerable Père P. Claver;"
|J.J.
Borda, "Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva
Granada.
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(2 )
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San Ignacio fué nombrado General de la Compañía de Jesús el 22
de Abril de 1541, pero yá la orden había sido aprobada por el Papa
Paulo III, en 1540.
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(3 )
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Las Misiones del Paraguay que fundaron los Jesuitas son
realmente maravillosas. Desde el principio de la llegada de los
Europeos á, aquellas regiones, habían procurado reducir á las
innumerables tribus indígenas que las habitaban. Un franciscano
había logrado convertir á gran número de
|Guaraníes; pero los
demás, feroces é indomables indígenas, estaban resistidos á aceptar
una civilización que el Gobierno español no acertaba á presentar,
sino bajo un aspecto repugnante para los salvajes; y así la
propagación del Cristianismo entre los Paraguayos andaba muy
lentamente. En 1583 algunos Jesuitas emprendieron aquellas
Misiones, y no se había terminado el siglo cuando yá la Compañía de
Jesús tenía establecida, en un inmenso litoral, una República
cristiana más artística, civilizada y afortunada que todas las
demás colonias de América. El Padre Charlevoix dice, hablando de
ella: Fundada en el centro de la barbarie más feroz, ha
presentado un ejemplo más perfecto que el ideado por Platón, el
canciller Bacón y el ilustre autor de Telémaco, y cuyos jefes la
cimentaron con su propia sangre y grandes fatigas Los
Jesuitas abolieron las encomiendas, y no solamente convirtieron á
aquellas tribus feroces, sino que sus Misiones han sido citadas
como el modelo más perfecto en su género, desde Voltaire mismo
hasta muchos modernos enemigos del Cristianismo. Don Pedro Fajardo,
Obispo de Buenos-Aires, escribía al Rey de España (dice
Crétineau-Joly) : No creo que en esos establecimientos se
cometa un solo pecado mortal por año. Aunque tal vez en
aquellas palabras haya exageración, diremos que M. D'Orbigny, que
visitó las Misiones en 1831, se sorprendió al ver el adelantamiento
y la civilización que habían reinado en esos lugares en tiempo de
los Jesuitas. Los ancianos, dice, recordaban con dolor la
expulsión de los Misioneros. ¡Ellos, exclamaban, nos hicieron
cristianos; ellos nos hicieron conocer á Dios. y con ellos fuimos
felices! El mismo Viajero añade más lejos ( Viaje á la
América meridional, tomo II, página 618): "A la vista de
cada nueva Misión, me sorprendía verdaderamente pensando cómo
habían sido fabricados esos monumentos por hombres casi salvajes,
bajo la dirección de los Jesuitas. No me cansaba de admirar los
progresos increíbles que esta orden había obtenido en tan poco
tiempo. Sobre todo en San-Rafael, los talleres y los objetos que se
trabajan, tanto en muebles como en obras de herrería y de tejidos,
son de tal suerte perfectos, como no los había visto en las
ciudades más civilizadas de Bolivia. ¡Y todo eso había sido
enseñado por los Jesuitas! " Además, en la época de las
Misiones no se veía nunca un hombre ebrio, y no se conocían ni los
crímenes ni los vicios en aquel gobierno. Desgraciadamente los
Jesuitas se volvieron comerciantes para ayudar á los gastos de la
Misión, y los émulos en ese ramo empezaron á manifestar al Gobierno
español que una obra tan estupenda como la que llevaban á cabo, era
un mal para la supremacía del Rey. Esta consideración y la mella
que hacían las ideas anticatólicas que cundieron en el siglo XVIII
en toda Europa, influyeron en Carlos III para que desterrase de
todos los territorios españoles á los Jesuitas. Por supuesto que
las Misiones del Paraguay, así como las de todo el mundo, se
vinieron abajo, y creyendo obrar en nombre del progreso, la
civilización dió un paso atrás. De 300,000 indígenas civilizados
que dejaron los Jesuitas en el Paraguay, en 1821 apenas quedaban 3,
000 en las Reducciones, y éstos seguían á toda priesa por la vía de
la corrupción y de los vicios que habían causado la pérdida de los
demás.
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(4 )
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En 1606 había penetrado hasta sus bosques, á orillas del Meta,
el capitán Alonso Jiménez. Salieron á recibirle 4,000 Achagas con
la mayor afabilidad, Les hizo fundar iglesia y les prometió
tratarles bien; pero un día dió á sus soldados orden de prenderles
en la misma iglesia, y con sogas y colleras les sacó de sus tierras
para venderles á los hacendados. La mayor parte de los cautivos
murieron de susto y de rabia; los demás se internaron en sus
bosques, llevando el recuerdo indeleble de aquella ferocidad.
Quedó tan horrorizada esta nación, dice el padre Rivero, con
la invasión pasada, que yá no se fiaba, como antes, de los que
miraba desde ese tiempo, no como si fueran hombres, sino como á
monstruos del abismo, nacidos para su mal y destrucción del mundo,
cuya noticia y hostilidades habían volado y extendido hasta lo más
remoto." (LOS JESUITAS EN LA NUEVA GRANADA, por J. J.
Borda.)
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(5 )
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Véase
|Cassani, HISTORIA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN EL
NUEVO REINO DE GRANADA-Capítulo XX.
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(6 )
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Dice M. Alcides d 'Orbigny que en el Paraguay, una vez que
fueron desterrados los Jesuitas de las Misiones, los Indios morían
por centenares, porque nadie se tomaba la pena de cuidarles cuando
enfermaban.
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(7 )
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Humboldt refiere que cuando visitó el Orinoco, yá los Caribes
habían olvidado su gusto por la carne humana.
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(8 )
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De los tres mártires, Beck, Fiol y Teobast, era el segundo
Español, y los otros, Flamenco el uno y Alemán el otro. Según el
Padre
|Cassani todos tres eran hombres de buena familia, y el
último erudito teólogo y profesor de literatura, muy útil en las
cátedras del colegio de Santafé Todos habían pedido con instancia
que les enviasen á las Misiones, pues deseaban padecer por la fe de
Cristo
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Orinoco ilustrado.
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