INDICE




Patente de Privilegio
Prólogo
Introducción
Cristóbal Colón
Alonso de Ojeda
Juan de la Cosa
Américo Vespucio
Diego de Nicuesa
Vasco Núñez de Balboa
Ambrosio de Alfínger
Jorge de Espira
Nicolás de Federmann
Rodrigo de Bastidas
Pedro de Heredia
Gonzalo Jiménez de Quesada
Sebastián de Belalcázar
Gonzalo Suárez Rondón
Martín Galiano
Pedro de Ursúa
Jorge Robledo
Francisco Cesar
Lázaro Fonte
Gaspar de Rodas
Antonio Díaz Cardoso
Pedro Cieza de León
San Luis Beltrán
Los Jesuitas Misioneros
El Apóstol de Cartagena. Pedro Claver
Los Baquianos
Aguayo, Gerónimo de
Aguilar, Alonso de
Aguirre, Domingo Vascongado
Aguirre, Martín de
Albarracín, Esteban de
Alcalá, Juan de
Almarcha, Sebastián de
Alcocer, Hernando de
Alemán, Juan Nicolás
Alonso, Juan
Aldana, Lorenzo de
Alderete, N.
Álvarez de Acuña, Francisco
Ampudia, Juan de
Añasco, Pedro de
Angulo, Cristóbal
Aranda, Francisco de
Aranda, Pedro de
Arellano, Alonso Ramírez de
Arévalo, Juan de
Arias, Francisco
Avendaño, Francisco
Avellaneda Temiño, Juan de
Ayala, Andrés de
Bermúdez, Antonio
Bernal, Crisóbal Ortíz
Bolegán, Pedro Fernández
Bravo de River, Pedro
Bravo, N.
Briceño, Pedro
Burgueño, Juan
Cabezón, García
Cabrera, Juan de
Calvete, García
Cáceres, N.
Camacho Zambrano, Bartolomé
Caro, Benito
Caro, Luís
Carrión, Pedro Rodríguez de
Casas, Fray Domingo de las
Castil-Blanco, N
Castellanos, Juan de
Castro, Antonio
Castro, Juan de
Celide Alvear, Jorge
Céspedes, Juan de
Céspedes, Francisco
Chinchilla, ó Chinesilla, Juan
Cifuentes, Gómez de
Colmenares, Pedro de
Collantes, Juan Muños de
Corral, Gómez del
Corredor, Pedro Ruiz
Cruz, Gómes de la
Cuéllar, Juan
Daza, Luís
Díaz, Francisco y Simón
Días Hidalgo, Juan
Domínguez Beltrán, Alonso
Escalante, Hernando de
Esquivel, Antón de
Espinosa, Diego de
Espinosa, Gaspar de
Fernández, Antonio
Fernández, Francisco
Fernández Gironda, Gonzalo
Fernández, Juan
Fernández, Marcos
Fernández Valenzuela, Pedro
Figueredo, Francisco de
Figueredo, Melchor Ramírez de
Flamenco, Antón
Franco, Diego
Frías, Juan de
Fuerte, Juan
Gallegos, Hernando
Gallegos, Luís
Gante ó Guante, Antón de
García, Gonzalo
García, Juan Machado
Girón, Francisco Hernández
Gascón, J. Alonso
Gascón, Juan
González, Bartolomé
Gómez Alonso, Hiel de la Tierra y Sequillo
Gómez, Francisco de Feria
Gómez, Hernán Castillejo
Gómez de Orozco, Pedro
Gómez Portillo, Juan
Gómez Fernández, N.
Gordo, Juan
Graso, Juan Bautista
Guemes, Juan de
Gutiérrez Aponte, Pedro
Gutiérrez Valenzuela, Juan
Haro, García Calvete de
Hernández Ballesteros, Francisco- Hernández, Pedro- Hernándes Ledezma, Alonso
Hernández de la Isla, Martín
Hernández de León, Bartolomé- Hernández de Madrigal, Diego
Herreño, Bartolomé
Herreño, Gerónimo Hernández
Higueras, N.
Hinojosa, Juan Ramírez
Holguín de Figueroa, Miguel
Huete, Diego de
Hyto, García del
Igarte, Martín
Insá, Gerónimo de
Junco, Juan del
Ladrón de Guevara, Domingo
Laínza, Geónimo de
Lanchero, Luís
Lebrija, Antonio de
Lescanez, ó Legaspés, Juan de
Limpias, Pedro de
López, Diego y Juan
López, Gil
López de Monteagudo, Pedro
Lorenzo, Juan
Lozano, Francisco
Lozano, Domingo
Luján, Antón de
Macías, Gonzalo
Madrid, Pedro y Madrid, Pedro Daza
Maldonado, Arias de
Maldonado, Baltasar
Maldonado, Dorado del H. Francisco
Manchado, Alonso
Manjarres, Luís
Mateos, Juan Marcos y Alonso
Martín Alonso
Martín Hiniesta, Diego
Martínez, Diego
Martínez, Francisco
Medrano, Francisco
Melo, Gerónimo de
Méndez, Bernabé
Méndez, Gaspar
Melgarejo, Juan Rodríguez Gil
Mestanza, Francisco de
Miranda, Cristóbal de
Molina, Pedro de
Montero, Hernando
Montañes, Juan
Montoya, Francisco de
Montalvo, Juan de
Monsalve, Francisco
Monroy, Cristóbal Arias de
Morales, Alonso de -Moratín, Baltasar de
Moreno, Alonso
Moyano, Miguel Seco
Muñoz, Miguel
Navarro, Hernando y Pablo
Novillero, N.
Nieto, Cristóbal Gómez
Núñes Cabrera Pedro
Núñes Pedroza, Francisco
Olaya, Antonio Soriano de
Olaya Herrera, Alonso de
Oliva, Diego de- Olmedo, Jorge de
Olmos, Juan de
Oñate, Martín
Orejuela, Juan Ruiz de
Ortega, Juan de
Ortiz, Cristobal de- Ortiz, Diego de
Ortiz, Ortún
Orozco, Lope de
Orozco, Juan de
Otañez, Miguel de
Palencia, Nicolás de
Palma, Antón de la
Paredes Calderón, Diego de
Penagos, Juan de
Pérez, Antonio Fernán
Periáñes Portoés, ó Pedro Yáñez
Pineda, Juan de
Porras, Pedro de y Sebastián
Poveda, Alonso Ramírez de
Prado, Hernando del
Prado, Juan del- Puelles, Juan de- Pujol, Martín
Puerta, Juan de la
Qesada, Hernán Pérez de
Quincoces, Juan de la Llama
Quintero, Juan
Requejeda, Fray Vicente
Ramírez, Juan de Hinojosa
Rey, Mateo Sánchez
Rivera, Juan de
Roa, Cristóbal de- Rodríguez de León, Pedro- Rodríguez Antón Casalla- Rodríguez Francisco- Rodríguez del Olmo, Juan
Rodríguez, Juan Benavides de
Rodríguez Parra, Juan
Rojas, Hernando de
Romero, Diego
Ruiz, Antonio
Ruiz Herrezuelo, Pedro
Ruiz, Cristóbal- Ruiz, Pedro Córdoba
Ruiz, Pedro García
Salamanca, Juan y Pedro Rodríguez
Sanabria, Luís de
Sánchez, Bartolomé Suárez
Sánchez, Juan
Sánchez Castilblanco, Diego
Sánchez Paniagua, Diego- Sánchez Cogolludo, Mateo
Sánchez Velasco, Pedro- Sánchez, Martín Ropero
Sánchez, Miguel
Salinas, Hernando de
Salazar, Pedro de
Salguero, Francisco
San-Martín, Juan de
Santafé, Gaspar de
Sam-Miguel, Cristóbal de
Sedano, N.- Segura, Diego de- Silva, Francisco de
Suárez Montaño, Diego
Tafur, Juan
Tafur, Martín Yáñez
Tordehumos, Francisco de
Toro, Cristóbal de
Torres, Diego- Torres, Juan de- Torre, Lázaro de la
Torres Contreras, Juan
Troya, Nicolás de- Trujillo, Juan
Umbría, Salvador de- Valenzuela, Pedro Sánchez
Valdés, Melchor de
Valderas, Diego Rodríguez de
Vásquez, Pedro
Valdivia, Andrés de
Vásques de Loaysa, Pedro- Vega, Gonzalo de
Venegas Carrillo Manosalvas, Hernán
Verdejo, El Bachiller Juan
Viana, El Bachiller
Villalobos, N.
Villanueva, Juan de- Villaspasas, Lorenzo
Villaviciosa, Francisco- Yáñez, Rodrigo
Zamora Forero, Cristóbal- Zea, Pedro de
Zarco, Benito
Zegarra, N.- Zelada, Cristóbal
Zorro, Gonzalo García
Perros de la Conquista
Lista de Obras Consultadas

 

 

SAN LUIS BELTRÁN.

 

I

 

El siglo XVI fué el de los santos en Europa. Si en él florecieron Lutero, Enrique VIII de Inglaterra, Calvino, Zwinglio, &c.,en compensacion ¡ qué reunión la que encontramos de hombres que por amor á Dios se constituyeron en protectores de la Humanidad doliente !

Bastanos recordar que en ese mismo siglo existieron: SAN VICENTE DE PAÚL, el fundador de tantos hospicios, hospitales y cofradías piadosas, y de la institución de las |Hermanas de la Caridad; SAN JUAN DE DIOS, que se dedicó á crear hospitales para los pobres de España; SAN FRANCISCO DE SALES, que no vivió sino para hacer el bien, consolando y convirtiendo á la verdadera fe, no solamente á los desheredados é infelices, sino también, con sabias lecciones, á los reyes y á los grandes de la tierra; SAN CARLOS BORROMEO, el fundador de muchos hospitales, hospicios y monasterios en que se cuidaba del enfermo, se amparaba á la niñez y se educaba a la Juventud; SAN FELIPE NERI, que se puso al frente de una orden (llamada del Oratorio), la cual se ocupaba en socorrer á los pobres y orar por los desgraciados; (1 ) SAN IGNACIO DE LOYOLA, el primitivo jefe de la compañía de Jesús; SAN PEDRO ALCANTARA; SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA; SAN PÍO V, el papa ejemplar, reformador de la corte romana; SAN BENITO DE ETIOPÍA, cuya piel oscura encubría un corazón de oro; SAN FRANCISCO CARACCIOLO; SAN JUÁN DE AVILA; los SANTOS JÓVENES ESTANISLAO DE KOSTTKA y LUÍS GONZAGA;  y otros tántos que no nombraremos por no ser demasiado prolijos. El sexo femenino no se quedó atrás en esta grande obra de beneficencia: en España brillaba entonces SANTA TERESA DE JESÚS, perfecto modelo como santa y reformadora de monasterios, escritora de primer orden, poetisa sobresaliente, y á quien se ha declarado |Doctora de la iglesia. Francia estaba representada por SANTA JUANA DE CHANTAL, la fundadora de la orden de la visitación para educar a la juventud femenina, que en su tiempo estaba enteramente descuidada. En Italia resplandecían SANTA ANGELA DE BRESCIA, que creó la orden Ursulina; SANTA MARGARITA DE RAVENA, a la que, á pesar de ser ciega, logró reunir una sociedad llamada el |Buen Jesús para aliviar a los pobres; SANTA CATALINA DE RICCI y de CARDONA; SANTA MAGDALENA DE PAZZI; SANTA ESTEFANÍA DE QUIZANI, y otras muchas siervas de Dios, cuyas vidas fueron ejemplares, demostrando que en todos los países y en todas las posiciones sociales el sér humano puede hacer algún bien á sus hermanos.

Las órdenes religiosas, instituidas para convertir al pecador, eran tan numerosas, que mientras unos permanecían en Europa, pesando en la balanza opuesta á la reforma que procuraba invadirlo todo, otros pasaban á Africa ó á las Indias Orientales, como SAN FRANCISCO JAVIER, y muchos salían de España para evangelizar á los indígenas de América, que entonces llamaban las Indias Occidentales.

Desde que se tuvo noticia en España de que el Nuevo Mundo estaba poblado, lo primero en que pensaron los reyes fue en mandar religiosos que convirtieran y cristianizaran esas poblaciones ignorantes é idolatras. Los conquistadores laicos eran por lo general duros y crueles con los indígenas; pero es preciso discernir, y no hay que confundir á los buenos con los malos. Desde la época de nuestra independencia hasta nuestros días, se ha vuelto moda en cierta escuela política entre nosotros, anatemizar á los conquistadores en masa, incorporando entre los militares y colonizadores á los misioneros, tanto frailes como clérigos, que vinieron, no á enriquecerse ni á especular, sino á convertir  y proteger á los indígenas. Como naturalmente se miraría con desconfianza el testimonio de historiadores españoles contemporáneos, para apoyar nuestra opinión no queremos citar, antes de entrar en el fondo de la materia, sino á dos escritores ingleses, de aquellos que, siempre que pueden avanzar algo contra la Religión Católica, no pierden la ocasión de hacerlo.

“El Cardenal Jiménez, dice Washington Irving, envió en 1516 á tres frailes Jerónimos, escogidos por su celo y talento, para que trabajasen en remediar los abusos, instruir religiosamente á los indígenas y protegerles á todo trance. El ejercicio de su misión en Santo-Domingo causó grande impresión en el Nuevo Mundo, y por algún tiempo fue tan benéfica, que los Jerónimos lograron refrenar la mala conducta y la crueldad de los colonizadores.” (2 ) Robertson, historiador inglés y protestante energúmeno, dice también: “ Con mucha injusticia algunos escritores han hecho el cargo á la intolerancia de la Religión romana, de la destrucción de las razas americanas, acusando á los eclesiásticos españoles el que hubiesen alentado á sus compatriotas para que asesinaran á estos pueblos inocentes porque eran idólatras y enemigos de Dios. Los primeros misioneros de América, aunque poco letrados, eran hombres piadosos. Desde un principio defendieron la causa de los aborígenes contra las calumnias que los conquistadores propalaban contra ellos, diciendo que eran seres incapaces de formar jamás parte de la vida social, ni de comprender los principios de la religión; que pertenecían á una raza imperfecta, señalada para la servidumbre.... Los misioneros fueron ministros de paz para con los indígenas, y procuraron siempre arrancar de manos de sus opresores la vara de hierro con que les regían.”

En 1524 se reunió el primer Sínodo en América, en la ciudad de Méjico. Presidióle el bienaventurado Martín de Valencia, franciscano que había llegado allí con doce misioneros más para atender á la evangelización de aquel país.

Una vez que el Gobierno Español llevó á cabo la conquista do América, viendo que la colonización marchaba viento en popa, manifestó que su más ardiente deseo era conservar la vida de los naturales de estas tierras. Promulgáronse entonces leyes muy severas contra los opresores de los indígenas, por las cuales se condenaba á graves penas á los que les maltrataban, y se daban amplios poderes á los Religiosos para que les civilizaran, instruyéndoles en religión y moral cristiana, pues entonces se creía que se debía cuidar de la parte moral del hombre, aun con preferencia á la material. Pensábase en aquellos siglos, llamados de oscurantismo, que el espíritu debía de ser nutrido, con sanas doctrinas, y que era peligrosa la libertad de creencia, que hoy se considera indispensable para el adelantamiento de la civilización. Sucedía, pues, que en muchos de los |seis mil monasterios que existían yá en la América Española, al cabo de cincuenta años de su conquista (3 ) se enseñaba á los novicios los idiomas de los Indios que había en sus comarcas, con el objeto de que después pudiesen predicarles y enseñarles la Religión cristiana. Durante la dominación de los Españoles, los Americanos indígenas tenían muchos privilegios: los hijos de los Caciques eran educados gratis en los colegios, y se procuraba fundar escuelas de primeras letras para los aborígenes; tenían casi todos ellos sus  tierras propias, las cuales les era vedado vender. Una de las pruebas de que no debían de haber sido muy mal tratados, está en que durante la guerra de la independencia, ellos despreciaban los ofrecimientos y promesas de |libertad que se les hacían, permaneciendo por lo general fieles á sus amos. Y ahora preguntaremos: ¿ Son acaso más felices hoy día que antes? ¿De que privilegios especiales gozan los antiguos dueños de América, fuera de los espirituales que la Iglesia les concede en la cuaresma? De ningunos absolutamente. Despojados de sus tierras, por cuanto por una ley nueva se les concede el permiso de vende, han quedado en la miseria, merced á los artificios de los que supieron aprovecharse de su ignorancia para esquilmarles. Es cierto que en las escuelas públicas se les enseña; pero como no aprenden allí á temer á Dios, ni esa moral sin religión les enseña á ser virtuosos, los desgraciados naturales marchan sin detenerse por el camino que conduce al crimen y á la perdición. Por lo menos, si antes eran tan desgraciados como ahora, se hacían mil esfuerzos para que no fuesen criminales. Además, hay muchas tribus errantes de indígenas que han vuelto á la barbarie, por falta de misioneros que les instruyan, y al presente están mucho menos civilizados que en tiempo de la Colonia. (4 )

Los primeros misioneros que llegaron a Tierra-Firme fueron veinte Religiosos que desembarcaron en Santa-Marta, en 1529, con García de Lerma. Los ministros de la Religión Católica qua hasta entonces habían venido á América no fueron sino los capellanes de las tropas conquistadoras, que no tenían el deber de catequizar á los naturales. Las costas del mar estaban pobladísimas: literalmente, los naturales hormigueaban por todas partes; era preciso tratar de civilizar á aquellas gentes, y los misioneros se dieron, á esta obra. Pero lo que los Religiosos hacían para hacerles el bien, los Conquistadores lo deshacían con sus crueldades. En tanto que los primeros daban buen ejemplo con su caridad y abnegación cristiana, los segundos, con espada, en mano, recorrían el país y talaban y despojaban á los indígenas, sin que les detuviera ningún obstáculo.

No es este el lugar de ocuparnos en la historia de la conquista y de los conquistadores de las Costas de Cartagena. Bástanos saber que, satisfechos los Españoles con las riquezas de aquel litoral, determinaron establecer definitivamente una ciudad inerte, y con un obispo que llegó á Cartagena en 1534 se empezó á evangelizar á los aborígenes con el mayor celo. Como el Obispo, fray Tomás Toro, y los Religiosos que llevó consigo, dice el padre Zamora (5 ), eran todos dominicanos, siendo de una misma orden, se aplicaron en la mejor armonía á convertir y bautizar á los ignorantes idólatras, y trabajaron al mismo tiempo para impedir que los encomenderos les tratasen como á esclavos. Pero era talla codicia que se había despertado en el corazón de los colonizadores, dice el mismo autor, " que ellos sólo deseaban nuevas entradas (conquistas) para destruir á los indios que estaban vivos, y sacar á los muertos de sus sepulturas.” En esa provincia, los sepulcros de los antiguos indígenas eran proverbiales por las ricas prendas de oro que encerraban. El Obispo hizo cuanto estuvo á su alcance para impedir que se vejara á los naturales de su obispado, y fueron tántos los disgustos que le proporcionaban los Españoles, que dícese que, afligido y profundamente desanimado, murió al fin de pesadumbre, en 1536.

Entre tanto se internaban los misioneros en las tierras semi-conquistadas, ocupándose en catequizar á los indígenas y estrellándose contra los gobernantes civiles, los encomenderos y los caballeros de aventuras, quienes procuraban no solamente apoderarse de cuanto oro poseían los aborígenes, sino que les arrebataban á ellos y á sus mujeres é hijos para venderles como esclavos en las Antillas.

No fue sino en 1538 cuando llegó á Cartagena otro Obispo, fray Gerónimo de Loaysa, el que traía consigo seis misioneros más, todos frailes dominicanos. Además, se le habían expedido muchas autorizaciones que le daban facultades amplias para amparar á los indios y defenderlos de los que se habían erigido en sus amos. El nuevo Obispo era enérgico y activo, y como había vivido en los campamentos, en calidad de Capellán de las tropas del Rey, estaba enseñado á tratar con gentes audaces, y sabia hacerse obedecer de frailes y legos, de militares y letrados. Así fue que, con las patentes de la Corte en la mano, suprimió abusos, enderezó entuertos, edificó iglesias en Cartagena y capillas en todos los pueblos semi-civilizados de su provincia, nombró curas misioneros en muchas aldeas indígenas, y fundó colegios y escuelas para enseñar á los hijos de los, Españoles y de los naturales. Desgraciadamente el Obispo Loaysa era persona demasiado importante para permanecer en Cartagena, y en 1542 fue promovido al arzobispado de Lima. Su sucesor fué un padre gerónimo,  fray Francisco de Benavides y Santa--María el cual no tenía, ni la influencia ni los talentos del anterior. Además, la época de su obispado  fue sumamente angustiosa, por ser aquella en que el pirata Roberto Baal asoló nuestras costas, continuando después sus depredaciones otros muchos Ingleses y Franceses que recorrieron y visitaron los puertos más ricos de Hispano-América, en donde encontraban muchas riquezas con qué contentar su codicia.

Los frailes dominicanos y franciscanos se establecieron en el Nuevo Reino de Granada, y fundaron conventos en Santafé, Tunja, Mariquita Tocaima y Vélez, &c.; pero aunque tenían la misión de convertir á lo indígenas infieles, se dedicaban particularmente á catequizar á los mansos |Muisca yá semi-civilizados, y descuidaban bastante la reducción de los Indios feroces y salvajes de las costas. Comprendiendo esta falta, el Provincial de los dominicanos, y viendo que no alcanzaban los Religiosos que existían en el Nuevo Reino de Granada para aquella ardua empresa, mandó un emisario á España para que pidiera algunos misioneros propios para el caso.

 

 II

 

Hacia la mitad del siglo XVI existía en el convento de Santo-Domingo de Valencia un Religioso llamado Luís Beltrán. Era natural de la misma ciudad, é  hijo de un honrado notario de su mismo nombre, y, según se decía, de la misma familia de San Vicente Ferrer, notabilísimo misionero y predicador famosísimo que en el siglo XV había convertido pueblos enteros con el maravilloso poder de su palabra.

"Nacido el 1º de Febrero de 1526 ( un año después que Santa Teresa), Luís Beltrán se propuso desde su primera infancia imitar a su pariente San Vicente Ferrer. Practicaba toda suerte de penitencias y austeridades, huía de las diversiones, oraba sin cesar, y llevaba una vida tan devota y rígida, que en este siglo hubiera sido sorprendente en  un niño, pero que en aquel tiempo, en que el fervor religioso en España era una pasión, aunque llamaba la atención no pasmaba ni parecía inverosímil. No pudiendo, sin embargo, entregarse en la casa de sus padres enteramente á Dios, quiso hacer, lo que trató de poner por obra Santa Teresa en su infancia: esto es, huir para irse á ocultar en algún  desierto, en donde ningún sér humano le turbase en sus meditaciones. Pero sus padres mandaron emisarios en ,su persecución que le reintegraron en la casa paterna. A los quince años pretendía vestir el hábito y entrar como novicio en un convento; pero no se lo permitieron mientras no hubo cumplido veintiún  años, en 1547, tiempo en que fue ordenado en el convento dominico de Valencia.

En 1551 fray Luís fué nombrado maestro de los novicios, lo cual, no obstante su juventud, era destino propio para persona que por su conducta, su ciencia, teológica y sus virtudes evangélicas, parecía llamada á servir de ejemplo á los demás. Aunque en su humildad  él creía que no podría ser nunca buen predicador, era tal su deseo de traer almas al amor de Jesucristo que se ejercitó en aquel arte con tánta diligencia y perseverancia, que á poco se le citaba en Valencia y en los alrededores como el orador sagrado más notable de su convento.

Una vez llegó al monasterio en que moraba San Luís Beltrán un Indio de las provincias del Nuevo Reino de Granada, y éste, que no solamente había sido convertido al cristianismo sino que vestía el hábito de Santo-Domingo, refirió largamente al futuro Santo las costumbres, las  crueldades y hábitos de idolatría de sus compatriotas. Además le decía que era  tan peligroso entrar en la tierra de los Caribes que rara persona volvía á salir, " porque se comían vivos á los predicadores," (6 ) Pero esto, en lugar de atemorizar á nuestro monje, le inspiraba el mayor deseo de pasar á esos Países donde, sirviendo á su religión podía sufrir el martirio por la fe de Jesucristo. El mismo celo manifestaba otro padre del convento, fray Luís Vero, haciendo uno y otro, y dentro de sí mismos, voto solemne de no desperdiciar ninguna ocasión en que se les presentasen medios de pasar á Indias.

No tardó mucho Nuestro Señor en poner á prueba aquella fe y deseo de servirle exponiendo la vida. Habiendo llegado á Valencia el emisario del Provincial del Nuevo Reino de Granada, que recorría la España en busca de religiosos suficientemente abnegados para servir de Misioneros entre las tribus indómitas de la provincia de Cartagena, al momento fray Luís Beltrán, fray Luís Vero y cuatro Religiosos más se apresuraron á ofrecerle sus servicios.

Apenas se tuvo noticia en Valencia del propósito del predicador favorito de la población, agolpóse la multitud al convento á suplicar á fray Luis que no abandonase su ciudad natal, en donde tánto le querían. Peto todo fué en vano: ni los ruegos de los valencianos, ni las súplicas de sus amigos y parientes pudieron hacerle vacilar en sus intenciones. El Prior, que no podía impedirle el viaje de otro modo, le notificó que si persistía en él no le daría ningún avío ni recursos para emprenderlo. Pero esto, menos que todo, podía detenerle; y así salió de Valencia sin un cuarto con qué sostenerse, y llegó á Sevilla extenuado de fatiga y de falta de alimento, y allí se reunió con los treinta Misioneros  más que estaban prevenidos para pasar á Cartagena.

Empezaba el año de 1562 cuando la expedición de Misioneros se hizo á la vela en los navíos de la flota que el Gobierno español enviaba varias veces al año á sus colonias, llevándoles cuanto podían necesitar de la madre patria. Durante la navegación, el Misionero Luís Beltrán edificaba con sus pláticas y enseñanzas á sus compañeros de viaje, y su celo y caridad eran tales, que proclamaron como verdadero milagro algunas curaciones que hizo. Apenas llegaron á Cartagena los misioneros, el Padre Vicario señalo á fray Luis Beltrán, con tres compañeros más, la evangelización de la tierra adentro de aquella provincia, y á fray Luís Vero le envío a Santa-Marta con otros Religiosos.

Desde aquel momento empezó San Luis Beltrán su misión, con la cual procuró, con sublime fe y abnegación, servir á la causa de la Humanidad, llamando al amparo del cristianismo á tántas almas descarriadas. Antes de establecerse definitivamente entre alguna de las numerosas tribus que pululaban en aquella provincia, San Luís, con sus compañeros, visitó sucesivamente las aldeas de Tubará, Paluato, Turbaco, Mahates y otras, con el objeto de hacer un reconocimiento general de las disposiciones de los indígenas.

Cada Misionero andaba separadamente, solo, ó acompañado por un intérprete ó sirviente, por enmedio de aquellos bosques poblados de enemigos de la raza blanca. Aparte de los indígenas, que era natural odiasen á los Españoles, los Religiosos sufrían horriblemente con el calor, la humedad y las enfermedades propias de aquellos climas mortíferos, la falta completa de recursos, los mosquitos, Jejenes,  garrapatas y arañas venenosas, que atacaban á los recién llegados, con una furia tál, que les causaban los mayores tormentos. Todos pues, procuraban precaverse de esas  plagas incómodas y peligrosas, menos San Luís, que aceptaba todo martirio como una prueba enviada por Dios para experimentar su  firmeza.

 Así, mientras que los demás misioneros caminaban por los bosques y breñas erizadas de espinas y púas, que á veces les herían, envueltos los pies en cueros y cortezas de árbol, él seguía su marcha siempre descalzo y sin cuidarse de los cañaverales llenos de vástagos que le punzaban; y por la noche, en lugar de evitar los zancudos, cubriéndose lo más posible el cuerpo, dejaba  que le picasen é hiriesen, sin manifestar su incomodidad ni quejarse nunca. Habiendo recibido del Altísimo el dón de las lenguas, á poco tiempo yá no necesito interprete, pues los indios le entendían perfectamente. Llevaba como sirviente á un joven de su patria, que le acompañaba cargando unas alforjas en que llevaba la Biblia, el Breviario y el recado de decir misa. Nunca permitía que su criado aceptase para ninguno de ellos alimentos para el camino, de un pueblo á otro, sino que siempre iban desprovistos y confiando sólo en Dios.

Una vez, estando San Luís y su sirviente lejos de todo poblado, en medio de un bosque, y no habiendo tomado ningún alimento en todo el día, el mozo, que se llamaba Jerónimo Cardillo, apretado por el hambre y la sed ( pues tampoco habían encontrado agua),  empezó á llorar y á quejarse amargamente del santo, porque no le había permitido llevar avío. Reprendiéndole su amo severamente por su falta de fe en la providencia,  y señalando al mismo tiempo un bosquecillo, le dijo:

--Ven conmigo, que allí encontrarás con qué alimentar el cuerpo y apagar la sed.

Efectivamente, á pocos pasos hallaron  un riachuelo claro y cristalino que bajaba de un vecino cerro, y en aquel punto lo sombreaba un hermosísimo árbol cargado de rojas y apetitosas frutas. El mozo declaró después que el árbol era un manzano, lo cual se tuvo á milagro que había verificado el santo, puesto que en aquellos climas esas frutas son desconocidas. Gerónimo comió y bebió todo a su gusto, y cuando estuvo satisfecho quiso llevar consigo en las alforjas algunas frutas para comer en el camino, pero su amo se lo prohibió severamente. “Semejante previsión, le dijo, es propia solamente de personas que no tienen confianza en Dios”.

Disgustado el Jerónimo con los trabajos que pasaba al lado del santo, determino dejar su compañía; pero éste le previno en su deseo.

“hermano, le dijo, al llegar al fin de su jornada; penoso estoy de no tener que darte; así, anda con Dios. Lo que más me duele es que siempre vivirán en la miseria y morirás en ella.”

Lo cual, dice el Padre Zamora, se verificó como lo había predicho el santo.

Al fin San Luís determinó quedarse en un solo lugar para atender primero á la conversación de una tribu antes de pasar á otra parte, y eligió como centro de sus operaciones la aldea de Tubará.

Cerca de tres años, dice el citado autor, permaneció San Luís en aquel pueblo, que pertenece hoy día al estado de Bolívar, al sur de Galapa, cerca de la costa del Atlántico y en la cumbre de un cerro. (7

Parece que en el idioma de los indios de aquellos parajes la palabra |tubará quiere decir |reunión, porque en dicho pueblo se juntaban las tribus para tratar de los intereses comunes. En prueba del mucho bien que hizo San Luis Beltrán á aquellas gentes, todavía conservan, con la mayor veneración, una ermita donde el Santo decía misa, predicaba y enseñaba la doctrina á los naturales.

A tres leguas de Tubará se encontraba otro misionero dominicano, en Zipacuá (aldea yá probablemente extinguida, porque no hallamos ese nombre en las obras modernas). San Luís, con el otro dominicano, convinieron en que se verían,  para confesarse mutuamente en una ermita que mandaron hacer á la mitad de  camino de un pueblo á otro. Un siglo después todavía existía esa capilla, reverenciada por los indígenas.

"La dulzura, la paciencia, la caridad y la abnegación del Santo atrajeron á la Cristiandad á gran número de paganos. Como todas sus palabras eran inspiradas por el amor, y jamás por la violencia no tardó mucho en encaminar por la vía de la civilización á aquellos indígenas, en tanto que con crueldades y violencias los encomenderos y empleados civiles les exasperaban, haciendo odioso el cristianismo  qué pretendían profesar. Los naturales idolatraban á su misión y le obedecían religiosamente; no así los colonos españoles, á quienes reprendía cuando obraban mal, y les afeaba sus perversas costumbres. Sumamente disgustados éstos con un Religioso que en casi todas las disputas daba la razón a los infelices indígenas contra sus opresores, empezaron á calumniarle y enviar malos informes contra él, con la esperanza de que le sacaran de allí; San Luís sufría todo con paciencia, diciendo mansamente:

“No todo se ha de llevar en esta vida por tela de justicia: algo se ha de padecer por amor de Dios.”

La manera de vengarse que tenia era redoblando sus esfuerzos para hacer el bien á aquellos que habían procurado perjudicarle y jamás se le oyó una palabra de resentimiento sino al contrario, oraciones por las personas que le calumniaban.

San Luís jamás sintió miedo de cosa  alguna terrestre, y desarmaba á sus enemigos con su  grande impavidez. Ni las serpientes, ni las fieras de los bosques le infundían pavor. Sucedía que cuando viajaba por enmedio de aquellas montañas, pobladas de tigres y leones, de serpientes venenosas y otros animales las personas que le acompañaban, al ver el peligro, exclamaban temblando:

--¿A dónde nos lleváis, Padre? ¿Por ventura queréis que nos despedacen y nos traguen los monstruos que encierra esta montaña?

--No hay que temer, contestaba él, sosegadamente en medio de los mayores peligros. Dios está con nosotros y no nos dañará.

Como el Santo no aceptaba más alimentos que los que absolutamente necesitaba en el momento de ir a comerlos, acontecía que en aquellas poblaciones, cuando se iban todos con sus mujeres y familias á las rocerías, él se quedaba solo en la aldea, y si olvidaban dejarle el alimento preparado, padecía hambre hasta que volvían por la noche á sus casa. Sin embargo, jamás se llegó a quejar del descuido de sus feligreses.

Estando en Tubará San Luís, tuvo lugar un acontecimiento muy extraordinario, que se ha considerado como un sensible milagro.

¡Que desgracia! Exclamó el santo un día con la mayor angustia. Un amigo mío se está ahogando, después de un naufragio que ha ocurrido en la costa.... Pero todavía le podemos salvar! Añadió.”

Llamó entonces á algunos indios, á quienes cargó con ropas y comestibles, y se dirigió á la orilla del mar. ¡ Cuál no sería la sorpresa de los que le acompañaban, cuando al tocar el litoral vieron que llegaba asido de una tabla un hombre desnudo y casi espirante de hambre y de sed! El santo le llamó por su nombre, pues era valenciano y conocido suyo, y socorriéndole con la mayor ternura, le vistió con las ropas que había llevado preparadas y le dio de comer y de beber. El naufrago refirió que, habiendo encallado el bajel en que iba embarcado, perdiéronse los que iban adentro, se encontró solo y desamparado en alta mar: prendido de una tabla había nadado dos noches y un día, hasta que viendo tierra se había dirigido á ella, en donde pensaba que moriría en una playa desierta, como era aquélla, sin recursos ni habitantes.

San Luís le proporcionó recursos para que pasara: á Cartagena en donde el náufrago refirió la maravillosa preservación de su vida, merced á  la intuición divina de aquel misionero.

Los indios que presenciaban estas maravillas se convertía por centenares y una vez se le presentaron 2,000 que bajaban del interior de las tierras en busca del maravilloso misionero de quien habían oído hablar. El santo les agasajó mucho y como ellos pedían el bautismo, les instruyó brevemente en la verdad evangélica y por último les bautizó. Manejose San Luís en aquella vez con tánta unción y les habló con tánta ternura, que todos los salvajes se precipitaron á sus pies, jurando que guardarían hasta la muerte: una fe que tenía que ser buena, puesto que la enseñaba un sér tan angelical como era aquel Misionero, tan diferente de los otros blancos.

Como los indígenas tenían grandes motivos para odiar á los Españoles, que les exasperaban Con sus malos tratamientos, frecuentemente urdían conspiraciones contra los encomenderos; pero San Luís siempre lograba aplacar á los indios y salvaba la vida de sus compatriotas, aun exponiendo la propia.

Una vez que fueron reducidos á una vida más civilizada, y habiendo sido bautizados todos los indígenas de Tubará y de sus alrededores, los Prelados resolvieron aprovecharse de las extraordinarias aptitudes del Santo para enviarle á otros pueblos en donde los demás misioneros habían visto frustrados sus esfuerzos. Cuando los naturales de Tubará tuvieron noticia de la próxima partida de San Luís, se afligieron al principio muchihísimo, y en seguida se atrevieron á amenazarle, si les abandonaba sin preservarles de la crueldad de los encomenderos. Necesitó el Misionero hacer uso de toda su paciencia y bondad para razonar con aquellos salvajes, y no fué sino después de prometerles visitarles con frecuencia, cuando le dejaron partir.

San Luís pasó entonces á servir de Cura en las aldeas de Zipacuá, Peluato y otros pueblos, en donde permaneció poco tiempo porque se le llamó á Cartagena. Habiendo cambiado la administración del Convento dominicano, del que dependía San Luís Beltrán, y teniendo noticia el nuevo Prior de las maravillosas conversiones que había hecho nuestro misionero tuvo á bien llamarle á Cartagena, en donde la sociedad española estaba tan  desorganizada y corrompida, que diariamente se cometían crímenes inauditos. La ambición, la sed de oro y todas las pasiones más perversas se habían entronizado en el corazón de los colonizadores, y  se deseaba que u predicador nuevo fuera á tratar de volver á Dios aquella ciudad, cuyos habitantes no pensaban yá sino en hacerse ticos á todo y contentar sin trabas sus malos instintos.

 

III

 

Día muy triste fué para nuestro Santo aquel en que se vió obligado á abandonar á su desconsolado rebaño definitivamente para volver á la vida de las ciudades con sus intrigas y disgustos. Pero, por supuesto obedeció á las órdenes de su Prior, sin quejarse y se preparó para pasar á Cartagena. Quiso separarse de aquellos indígena,-á quienes él amaba Como el Padre Las Casas á los suyos,-con una visita que hizo á todos los que él había convertido, y en seguida se dirigió á Cartagena, en donde fué muy bien recibido. El fruto que empezaba á cosechar con sus sermones, volviendo al buen camino á los pecadores, lo acababa de madurar en el confesionario, en donde con sus consejos, reprensiones y súplicas, remedió muchas injusticias y "reprimió ( dice fray Alonso de Zamora ) las usuras; moderó la codicia desaforada en los tratos que se ofrecía cada día, según el trajín de las armadas qué frecuentaban aquel puerto. ...Sus discursos eran de hombre que tenía el espíritu apostólico. Sus palabras hacían temblar cuando reprendía, y cuando rogaba ó persuadía eran tan suaves, que atraía al amor de Dios todos los corazones."

Después de una permanencia de algunos meses en Cartagena, San Luís fué enviado á predicar la cuaresma á Nombre-de-Dios, el puerto entonces más frecuentado de Tierra-Firme, que ha desaparecido, Porque sus habitantes se trasladaron á otro lugar, llamado Portobelo, el que también fué casi abandonado con el tiempo, por motivo de su clima mortífero y por haberse trasladado el comercio á otros puntos más convenientes.

En Nombre-de-Dios San Luís procuró grandes beneficios á colonizadores, pues hizo volver á muchos á la senda del deber; otro tanto sucedió en el pueblo de Baraona, en donde tuvo ocasión de amonestar á varios encomenderos y mayordomos que trataban cruelmente á los Indios y les hizo arrepentirse de sus crueldades.

Así, pues, nuestro Santo era un ejemplo vivo de la religión de Jesucristo, y trabajó en la marcha de la verdadera civilización, es decir, la del bien moral y físico de los hombres, entre Españoles é indígenas, blancos, cobrizos y negros, con una abnegación digna de la IDEA que le dominaba.

Pero el Santo Misionero no estaba contento en las ciudades, diciendo que allí había otros muchos Religiosos que atendieran á las necesidades del alma de los Españoles, mientras que enmedio de los bosques aquellos desgraciados indígenas morían desamparados de todo recurso divino y  humano. Diéronle, pues, al  fin licencia para regresar á las tierras de los indígenas; pero para que  estuviese mejor le dieron un compañero, fraile de su convento, y quisieron proporcionarle un sirviente y una mula; mas se negó á aceptar ninguna comodidad, diciendo que él debía Vivir lo mismo que sus feligreses, que nada poseían. Además, añadía: “que él era un pobre frailecillo que no había de tener familia ni criados que le sirviesen como á los seculares."

Jamás permitió, dice el Padre Zamora, que le tuvieran mula en caballeriza, porque, caminando siempre á pie y descalzo por las espinas y lugares pedregosos, sufría con grandísima paciencia la fatiga del calor y dé los mosquitos. Daba ejemplo al fraile su compañero, no recibiendo jamás ofrendas de sus feligreses, sino apenas aquello estrictamente necesario para sostener la vida, y decía misa por la intención del que se la pedía, mandándole que distribuyese entre los pobres lo que podía valer.

Nunca se le vio desatender las necesidades y súplicas de los pobres naturales; y si le pedían alguna cosa que no estaba en su mano proporcionarles, les decía humildemente:

" Confiemos en Dios; invoquemos á sus Santos, oremos devotamente, pidiendo lo que habemos menester; y sin duda Él nos oirá."

El Misionero les daba entonces el ejemplo orando devotamente, y con frecuencia el cielo le concedía lo que pedía: lluvia en época  de sequedad; buen tiempo cuando la humedad era excesiva; salud en las estaciones de fiebres y cuando las poblaciones eran diezmadas por las pestes."

Defensor nato de los indígenas, nunca dejaba de amonestar, reprender y, si era preciso amenazar con los castigos eternos a sus tiranos. Cuando aquellos desgraciados eran obligados á trabajar hasta rendir la vida, mientras que sus amos se solazaban en las fiestas y diversiones, el Santo les interpelaba, mostrándoles los atavíos magníficos con que se vestían, deciales con el profeta jeremías:

--“ Vendrán los ángeles a torcer aquellos vestidos profanos, que destilarán la sangre de los que los tejieron para servir á la vanidad de los poderosos de la tierra. Veis aquí que yo hallé en los dobleces de sus vestidos la sangre de los inocentes!”

Pero tampoco pudo San luís continuar entre sus indios favoritos aquella vez. Habiendo tenido noticia el obispo de Santa-Marta, en donde yacían en su natural rudeza muchas tribus de indígenas, algunas de las cuales eran hasta antropófagas. Aunque san Luís amaba mucho á sus indios de Tubará, Zipacúa y Paluato, por haber sido los primeros que convirtió á la fe católica, una vez que deseaba padecer martirio, si era necesario, por la religión de cristo, aceptó con gusto la propuesta de  pasar á catequizar á los Alcoholados, Tupes y Chimillas, que rehusaban someterse. (1*)

En santa-Marta tuvo la satisfacción de volver á encontrarse con su antiguo compañero de convento, fray Luís vero, el cual también fue gran convertidor de infieles y murió en olor de santidad. Convinieron los dos Misioneros en los pueblos que deberían catequizar, y tocaron á san Luís Beltrán toda la orilla del mar Atlántico hasta la Goajira y las faldas de la Sierra Nevada, la provincia de los feroces Chimilas y los Taironas, hasta la ciénaga de Zapatosa. EL padre Luís vero había de salir á predicar por toda la orilla del Magdalena y el Valle-Dupar, y llegar hasta el lago de Maracaibo.

Inmediatamente San Luís se  puso en marcha, y en sus viajes por aquellas tierras de salvajes varias veces los indígenas quisieron envenenarle, dándole bebedizos mortíferos Los Mohanes principalmente, que vivían de la credulidad de los naturales idolatras é ignorantes, le hacían cruda guerra, aconsejando á los otros Indios que procurasen matarle.  Pero el veneno parecía no ejercer influencia sobre su cuerpo; así como el pecado no tenía cabida en su alma. Sin embargo, una vez el veneno le hizo tanta impresión, que estuvo á punto, de morir: se le cayó todo el pelo; así como las uñas de los pies y de las manos; pero al fin salió, y á poco pudo continuar en su misión, causando la mayor sorpresa á los que le habían administrado el tóxico, pues no habían visto ellos otro caso en que él que lo tomase Sanara. Estas maravillas impresionaban mucho á los salvajes, tanto más cuanto veían que el Misionero andaba siempre a pie, descalzo y sin otra arma que su rosario y su aspecto bondadoso,-muy diferente, por cierto, de los conquistadores que entraban en sus tierras con armas de fuego que les aterraban, y asolaban sus campos y sus mieses bajo el casco destructor de sus caballos. En tanto que los soldados Españoles, en nombre de un rey terrestre se llevaban presos á sus hijos y mujeres, arrebatándoles cuanto tenían, el Misionero, en nombre del Rey del cielo, les llevaba  palabras de paz y conciliación; no aceptaba nada que no fuese  la miserable pitanza con que sostenían sus fuerzas; en lugar de quitarles lo que tenían, les defendía de la codicia de los opresores, y ofrendaba su vida á trueque de que se convirtieran ellos, ganando la bienaventuranza eterna. Natural era, pues, que al fin, vencidas por su abnegación y afabilidad, las tribus más salvajes le tratasen con respeto y le escuchasen con atención.

Predicando él un día á una gran concurrencia de indígenas, que en su mayor parte se le habían manifestado hostiles, se le acercó alguien y le avisó que se estaban preparando muchos indios para quitarle la vida á pedradas.

“No temáis, hermano, contesto, que no tendrán fuerzas para tirarme una piedra, ni ánimo para hacerme daño.”

Y sin manifestar desconfianza continuó predicando, hasta que los mismo que más le odiaban fueron tirando las piedras al suelo, y acercándose acabaron por pedirle perdón por sus malas intenciones y suplicarle que les instruyesen para poder recibir el bautismo.

Apoco fue tal la fama de sus predicaciones, que no solamente yá no le recibían mal en los pueblos indígenas, como sucedía al principio. Sino que salían á darle la bienvenida y le acogían como á un enviado de la divinidad.

“estando en el cabo de San-Vicente ( dice Zamora), entre el cabo de la Vela y Santa-Marta, y habiendo en torno suyo un numeroso pueblo de gentiles, empezó a predicar en su hermosa plaza con voz sonora y grande espíritu. Vino á oírle uno de los más principales señores del lugar, con una vestidura colorada, tan larga, que traía las faldas arrastrando por el suelo. Tenía zarcillos de oro y perlas en las orejas, según costumbre de los nobles de su nación. Acabo el sermón San Luís, y el indio le pidió que declarase que era lo que predicaba de la cruz, porque deseaba verla. El Santo se abrazo entorno a uno de los árboles que había en el contorno de la plaza, y apartándose del tronco, dejó en él impresa la señal de la cruz. Maravillada aquella multitud, levantaron todos hasta el cielo las voces, magnificando el raro prodigio, y adorando la cruz se volvieron á sus casa. El cacique fue á la de San Luís y, puesto de rodillas, le tomó la mano, y besándosela repetidas veces, lo llevó á la suya, con su compañero Gerónimo Fernández, y en ella les tuvo nueve días. En este tiempo el Santo instruyó en la fe al cacique, á toda su familia y á una multitud de gentiles, que recibieron el bautismo de su mano. La cruz quedó por muchos años estampada en el árbol como señal de victoria.”

En estas y otras obras, San Luís pasó tres años por aquellos parajes incultos, padeciendo lo que no es decible, tanto el clima y sus plagas, cuanto de la rudeza de sus habitantes. Al cabo de aquel tiempo el obispo le nombró Cura de la villa de Tenerife, que estaba edificada en el mismo sitio en que se halla hoy día, en la banda derecha del río Magdalena, cerca de una ciénaga. En aquella época la población "era más importante  de lo que es en el día, y además de los Indios que la poblaban se habían establecido allí algunos Españoles. Según el  Itinerario descriptivo del Magdalena,  por el General J. Acosta, Tenerife fué fundada por Francisco Henríquez en 1546. Está situada sobre una barranca de diez á quince varas de altura sobre el nivel del río.

Durante algunos meses fray Luís Vero fue compañero de fray Beltrán  en aquel lugar, y entré los dos convirtieron y bautizaron á un gran número de indígenas que moraban  á orillas del Magdalena y enmedio  de las ciénagas de Zampañón y Zapatosa.

Gobernaba entonces el Nuevo Reino de Granada, el benemérito presidente Venero de Leiva, que tántos bienes hizo á este país. Él, sabiendo que fray Luís Beltrán era el dominicano más importante que había en toda la providencia, indicó á los frailes de esa regla que había en Santafé, que le nombrasen prior de su convento, para que le diesen honra y para que con sus predicaciones santificara esta ciudad. Los dominicanos aceptaron con gusto el consejo del Presidente, y en Noviembre de 1568 le nombraron prior. Pero como se sabía que él había dicho que no aceptaría ninguna dignidad en las Indias, en donde sólo quería vivir para atender a las misiones entre los Indios salvajes, el Vicario general le mandó una orden para que no pudiese eximirse del cargo.

Cuando recibió la patente en que le notificaban su nombramiento, el Misionero se llenó de angustia.

“Yo no vine á las, Indias á ser Prior! exclamó, porque estimo más la conversión de un Indio que cuantos honores tiene la Iglesia de Dios; pero es  fuerza obedecer.

Hacía algún tiempo que San Luís estaba deseando volver á España, y había pedido que le llamasen otra vez á Valencia. Él había pasado á América con el único objeto de tratar de contribuir á hacer el bien; pero, descorazonado con el mal manejo de los encomenderos de Tenerife, que trataban indignamente á los indígenas y desesperanzado de poderlo remediar,

pensó que más le valía volver á la oscuridad de su celda á acabar sus días entré los suyos. Mas es de creer que, habiendo vivido en un convento de Cartagena, le arredraba la idea de ser el centro de los pequeños secretos y ambiciones de los Españoles de la Colonia, en

donde, viéndose desterrados á este rincón del mundo, su espíritu se había gastado en pequeñeces é intriguillas miserables que iban a parar a los conventos, cuyos frailes tenían que estar al corriente de todo.

¡ Y tenia razón  Figurémonos por un momento lo que sería Santafé de Bogotá en 1569... Un poblado de casa pajizas en su mayor parte con tal cual edificio de cal y canto y teja. El convento de los Dominicanos, fundado en 1550, en la plaza que llamaban de Mercado (bautizada después con el nombre de San Francisco,  y al presente con el  de Santander), en la parte oriental de la dicha plaza, --en donde aún hoy día la casa conserva dos pisos sobre el suelo,-- había sido trasladado á la calle Real, y yá para entonces era de teja y tenía una iglesia regular. El convento de los Franciscanos, que primero estuvo por el lado de las Nieves, y fué en seguida trasladado al otro extremo de la ciudad, al sitio que fué después de San-Agustín, había sido definitivamente fundado en el lugar en que ahora se encuentra su iglesia. Además, había de teja el Humilladero ( destruido en 1871), en donde los Dominicanos catequizaban á los Indios desde el tiempo en que llegaron  al Nuevo Reino, y también la Veracruz ya estaba edificada hacía siete años. La Catedral ó iglesia parroquial que hasta entonces había sido de paja, estaba construyéndose de teja por segunda vez,- pues la primera se desplomó la víspera de su inauguración. Los habitantes indígenas habían disminuido mucho con motivo de la peste de La viruela, que se llevó por primera vez á millares de naturales en 1566, (8 ) asolando la ciudad y sus contornos. La parte Española de la población, que era reducida, vivía siempre en intriguillas y etiquetas, aparentando que estaban en una corte. Vestianse los hombres con mucha ostentación, y las mujeres llevaban cada una sobre sí prendas de oro mal labrado, infinidad de esmeraldas de Muzo y perlas que hacían traer de Panamá, y las  encomenderas se daban aires de princesas habiendo sido muchas de ellas en su propia tierra porqueras y gente ruin. No es de ahora ¡ Dios sea loado! Que las personas de baja esfera quieren fingir lo que no son: este achaque lo ha padecido la humanidad desde sus principios.

Todavía en aquella  época vivían muchos de los conquistadores: uno de ellos, Cristóbal Ortiz Bernal, entonces alcalde ordinario de Santafé, labró una ermita en la parte norte de la ciudad, que dedicó á Nuestra-Señora de las Niéves, y trajo para ella una imagen de advocación. Pero no fue sino hasta 1585 cuando la declaró parroquia el Ilustrísimo señor Zapata, pues la capilla, en donde no se decía misa sino rara vez, estaba fuera de la ciudad. (9 )

Vivía aún en todo su auge otro conquistador famoso como hombre de valor heroico, cuyas proezas fueron las de un Rolando. Llamabase Alonso de Olaya Herrera, y con otro compañero suyo, Hernando de Alcocer, estableció el camino de Honda á la sabana de Bogotá. Hicieronlo á su costa, y además pusieron recuas de mulas en el camino fragoso y carreteras y caballos en el llano, servicio de bracas para la navegación del Magdalena, y bodegas para guardar las mercancías. Las gentes de aquellos tiempos llevaban a cabo cuanto emprendían: nada les arredraba, ni se presentaba empresa arriesgada que no acometieran, sin recursos, sin instrumentos y muchas veces hasta sin ciencia. Pertenecían á Olaya de Herrera los solares contiguos á la catedral, en la parte que estaban después los portales del correo, que hoy día pertenecen a un caballero del mismo apellido. Su casa había sido la primera de tapias que se vió en  Santafé: éstas eran Elvira Gutiérrez, casada con Juan Montalvo, y la primera que amasó pan en Santafé, Isabel Romero, Catalina de Quintanilla y Leonor Gómez.

Pero volvamos á nuestro Santo Misionero, al que hemos abandonado demasiado tiempo, durante su penoso viaje por las salvajes riveras del Magdalena, tanto más penoso para él cuanto lo hacía con disgusto y contra su voluntad. Detuvose algunos días en la villa de Mompós, y luego siguió su jornada río arriba. “ Con deseos de llegar pronto á esta ciudad de Santafé ( dice Zamora), y bogando contra sus caudalosos raudales, al montar una punta se volcó la canoa, y cayeron al agua los bogadores y cuantas personas venían dentro. El Santo pidió á su Divina Majestad que les favoreciera en aquel peligro. Oyole, y sin perder la canoa ni peligrar ninguno, salieron todos á la ribera. Prosiguieron el viaje contra la resistencia de las aguas, que aunque forcejeaban los bogadores, era muy poco lo que navegaban. Llegaron al sitio en  que se estrecha entre grandes peñascos el río y forma aquella peligrosa canal que llaman la Angostura. Vencieronla con gran fatiga y llegaron á descansar al puerto de San-Bartolomé.”

San-Bartolomé era una pequeña villa que hoy en día llaman Nare, y el pueblo de San Bartolomé está mucho más abajo en el río. Estando allí el Santo, vió llegar á todo remo una pequeña canoa, y dentro de ella estaba un grande amigo de San Luís, que iba  á toda priesa á alcanzarle para evitarle el viaje, pues había llegado de España una orden terminante para que volviese en el acto á valencia. En donde su convento le reclamaba. Leyó nuestro Misionero el oficio, y apelando á ordenes superiores, escribió inmediatamente su renuncia al priorato en el convento de Santafé. Era tánta la repugnancia que sentía el Santo de llevar á cabo el viaje que había empezado, que sin dilatarse un momento se embarcó en la canoa de su amigo, y tres días después estaba de regreso en Tenerife. Allí se hospedo en casa de un Español que le era muy adicto y cuya esposa acababa de dar a luz un niño, á quien el Santo bautizó. A poco de aquel acto, tuvo que salir fuera de la casa á una confesión, pero recomendó á las mujeres que cuidaban de la señora enferma que no la dejaran sola. Estas se descuidaron, y mientras tanto se entró en la alcoba una gran culebra que asustó tánto á la pobre mujer, que salió corriendo al patio. Viéronla las sirvientas y la llevaron á su cama, pero yá era tarde; “un vientecillo fresco (dice Zamora ) del los que tal vez se levantan sobre las aguas del río corría á ese tiempo, el qué penetrándola quedó herida de muerte.” La infeliz, que se sentía perdida,  mandó llamar al  Santo que apenas tubo tiempo de auxiliarla antes de verla morir á las pocas horas. San Luís se aguardó á asistir al entierro, y en seguida partió para Cartagena, en donde la Flota Real le aguarda  para hacerse á la vela.

Al tiempo de partir para España San Luís, según los cálculos de los cronistas, había bautizado en nueve años, con su propia mano, á más de 8,000 indígenas. Pero el Misionero Santo regresaba descorazonado, porque comprendía que la Crueldad delos encomenderos y mayordomos acabaría de destruir por entero aquellas numerosísimas tribus de indígenas. Unos deberían morir trabajando para sus conquistadores hasta espirar de fatiga; Otros, á quienes sacarían de su  tierra, morirían como esclavos en país extraño, y la mayor parte serían víctimas de la viruela y de otras enfermedades importadas de Europa. Las tribus qué se han conservado en la Goájira hasta la presente época, es porque han permanecido retiradas en el fondo  de sus bosques, lejos de toda población  blanca y apartadas de la civilización.

Recibieron con júbilo á San Luís en el convento de Valencia, y fué nombrado Prior sucesivamente  en dos monasterios de su orden. Durante su gobierno introdujo de nuevo lá austeridad primitiva y la rigidez y ordenanzas dé los tiempos de Santo-Domingo.

Consultado por Santa Teresa en sus dificultades, el Santo la contestó animándola en sus empresas de reforma, y prediciéndola que llevaría á cabo brillantemente lo que emprendiera en nombre de Dios. Durante los doce años que vivió después San Luís en España, citan de el numerosas y milagrosísimas conversiones entre los pecadores. Se dedicó particularmente á la instrucción de los novicios, procurando, en primer lugar, formar Misioneros para que siguiesen su ejemplo entre los salvajes de las Indias. Gustaba de dar consejos á los jóvenes que se querían dedicar al servicio de Dios. " Las palabras, decía, sin las obras, no tocan ni convierten corazones. Es preciso que el espíritu de la oración las anime : si no, apenas serán un ruido, y nada más. Cuando un predicador no siente nada, el auditorio permanecerá insensible, aunque su elocuencia y su saber sean sobresalientes. Los que mendigan y desean aplausos disgustan por su afectación y vanidad; pero en compensación, jamás se resisten los oyentes al lenguaje del corazón. ...No hay predicador. meritorio, sino cuando sabe conmover al auditorio, inspirar odio al pecado y curar los escándalos de una población, reformando el vicio. Si acaso Dios permite que alcancemos todo esto, es preciso no hincharse con sus méritos, porque yá se sabe que apenas somos instrumentos en las manos de Dios, y debemos considerarnos solamente como humildes é inútiles siervos."

Sus cristianísimas virtudes y su paciencia á toda prueba, eran proverbiales en España, y aunque sufrió muchas dolencias durante los últimos años de su vida, mientras más padecía más alababa á Dios y admiraba su misericordia. En 1580, predicando en la catedral de Valencia durante la cuaresma, de repente tuvo que interrumpir su sermón: cayó privado dentro del pulpito, y después de una larga enfermedad, murió el 9 de Octubre del mismo año. El Arzobispo de Valencia tuvo á grande honor el servirle con sus propias manos y hasta el último día de su vida, pues nadie dudaba que era un Santo que pronto canonizaran.

El Papa Paulo V le beatificó en 1671, y Clemente X le canonizó en 1696.

Cuando llegó la noticia á Cartagena de la beatificación de San Luís Beltrán, el regocijo fué general, y los Dominicanos le levantaron un altar, pidiendo permiso para que el día de su Santo se celebrase en el convento una fiesta solemne. Allí mismo señalaban una losa que había estado en su celda, salpicada con la sangre de sus disciplinas; en Santa-Marta tenían en gran veneración la piedra del altar sobre el cual celebraba el Santo Sacrificio cuando estuvo allí; en Tenerife poseían los Ornamentos con que se revestía para decir y misa. (10 )

Habiendo el Procurador general de los Dominicanos del Nuevo Reino de Granada representado á Su Santidad Alejandro VIII, que por “los continuos milagros y frutos que hizo en la predicación en Santa- Marta, Cartagena, &c., convirtiendo á innumerables gentiles, suplicaba á Su Santidad que declarase al Santo Luís Beltrán PATRÓN PRINCIPAL DEL NUEVO REINO DE GRANADA, la gracia le fué concedida. Además, mandó el Papa que se le rezara con Rito doble y Lecciones de su propia vida, y con fiesta de precepto en todos los reinos y señoríos , sujetos á la corona de España.

Al año siguiente de dicha concesión se celebró en Santafé (dice Zamora ) una fiesta ostentosa, habiéndose levantado un magnífico altar en la iglesia de Santo-Domingo, y sobre el altar pusieron una estatua del Santo, la cual fué llevada en hombros del Presidente dela Audiencia y de los oidores, y acompañada pOr las efigies de San Pedro, Santa Isabel de Hungría y Santa Rosa de Lima. Un numerosísimo concurso de lo más lucido de la sociedad santafereña asistió á esta fiesta, la cual celebraban los Dominicanos cada año. (11 )

Pero no se crea que, porque faltasen algunos trabajadores en la viña del señor, el espíritu evangélico decayera por entonces entre los Dominicanos y Franciscanos. En 1573 los hijos de Santo-Domingo llevaron la luz del Cristianismo á la provincia del Chocó, erigiendo como centro de sus operaciones la ciudad de Toro. Pero los Misioneros tuvieron tánto que sufrir de las depredaciones de los Indios |Chocoes, que se vieron obligados á trasladar su convento á Pasto, dejando en su lugar á los Religiosos Franciscanos, que se hicieron cargo de la misión.

Por aquella época el segundo Arzobispo de Santafé de Bogotá, señor Zapata, publicó unas |constituciones muy caritativas paRa favorecer á los indígenas, procurado poner todos los medios para civilizarles y cristianizarles. Mandaba en ellas que á todo trance les tratasen bien y que llevaran con paciencia sus defectos; y además, para tenerles contentos, yá que les habían quitado sus fiestas nacionales, por ser sacrílegas é impropias de cristianos, se sustituyesen con regocijos lícitos, juegos inocentes y diversiones honestas. Ordenó que en cada pueblo de indígenas se construyese un |bohío ó choza para que en él se recogiesen los enfermos desvalidos, y que allí se les administrasen medicamentos y alimentos gratis. El Cura debía también enseñar á leer, escribir y contar á veinte niños, hijos de los antiguos Jefes de cada pueblo, los que habían de vivir en la casa cural para que aprendiesen la vida civilizada y pudiesen después enseñar la cultura á las gentes de su raza. Por supuesto, est;a enseñanza domestica seria completada con el aprendizaje de la doctrina cristiana, la que todo cura tenía la obligación de enseñar á jóvenes y viejos, niños y adultos. Como los indígenas no habían aprendido el castellano, había prohibición de ordenar de sacerdote en Santafé á ninguno que no hubiese antes aprendido la lengua muisca, la cual se enseñaba por principios en el Seminario del Nuevo Reino de Granada.

El dominicano fray Alonso Ronquillo fué el primer Misionero que entró en el centro de los Llanos de Casanare. Con su amor á los desgraciados indígenas, su elocuencia evangélica y la suavidad de sus maneras, sin usar otra fuerza que la de su gran caridad cristiana, logró él solo convertir á treinta familias de indígenas salvajes que moraban en la última falda de la cordillera que se va convirtiendo en llanura hacia Casanare. Obtuvo en seguida permiso para edificar una iglesia en aquel punto, que llamó Medina, y en torno de la cual se fueron agrupando los nuevos cristianos. Consagrado el Padre Ronquillo al cuidado de su voluntaria grey, convirtió en poco tiempo tribus de Indios Chios, Mambitos y Surunguas, bautizando, según dicen los cronistas de su tiempo, á más de dos mil aborígenes.

San Juan de los Llanos fué civilizado en parte por otra orden religiosa, la de los Franciscanos menores, los que fundaron varias aldeas cristianas, catequizaron á gran número de ignorantes indígenas, se internaron en las montañas y despoblados en busca de las Ovejas infelices que vivían en la oscuridad del salvajismo, é hicieron entrar en la vida de la civilización a miles de aborígenes. Desgraciadamente, con el abandono de las misiones reglamentadas, muchos de los indígenas de aquellas partes han vuelto de nuevo á su natural estado de rusticidad y paganismo, y hoy día gimen en las tinieblas de la ignorancia como antes de la Conquista.

Sin embargo, últimamente algunas tribus de aquéllas han deseado volver á la vida civilizada, y piden que les envíen un Misionero que las instruya. Pero nuestro clero se halla en tal estado de insuficiencia, que sus miembros no alcanzan siquiera para cuidar de las poblaciones civilizadas, y hace falta enorme entre nosotros alguna orden religiosa que se consagre á asistir las Misiones entre las tribus de indígenas que se hallan lejos de la luz del Evangelio. No hay duda que los Gobiernos de los Estados comprenderían el gran bien que se haría al país con la reducción de los salvajes, si ayudasen en lo posible á los Religiosos que emprendieran tan santa misión. (12 )

 

 

(1 ) El Hospital de l a Santísima Trinidad en Roma, dió albergue durante el Jubileo de 1600, en tres días no más, á 444.000 peregrinos y á 25,000 mujeres. Allí se ha visto frecuentemente á los Soberanos Pontífices lavando los pies de los pobres. Muchos piadosos cristianos asisten, confortan y  sirven en aquel lugar á los enfermos y peregrinos, llegando á contarse hasta 600 personas en un día que visitan el hospital, siendo de todas las clases, de la sociedad, desde ricos Cardenales y damas de la corte hasta otros pobres que van á cuidar de los que han quedado enfermos.- |Véase HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA, por Rohrbacher y Chantrel, 5 |a edición, 1869.
(2 ) VIDA Y VIAJES DE CRISTÓBAL COLÓN Y SUS COMPAÑEROS.—Página 756.
(3 ) Contábanse 6,000 monasterios y 600 obispados cincuenta años después de la conquista. |Véase la obra antes citada de Rochbacher.
(4 ) El Obispo de Santa-Marta ha pedido al Congreso los medios para educar á algunos indígenas de la Goajira en los colegios del Estado, y autorización para fundar cátedra en que los seminaristas puedan aprender los idiomas de los indígenas. No sabemos si su petición ha sido atendida.
(5 ) HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL NUEVO REINO DE GRANADA.
(6 ) Véase “HISTOIRE DE L’EGLISE CATHOLIQUE,” antes citada.—T.XII.--   “HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL NUEVO REINO DE GRANADA,” de Zamora.
(7 ) DICCIONARIO GEOGRÁFICO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE COLOMBIA, por Esguerra.
(8 ) Este azote volvió con gran furia en 1587 y en 1596.
(9 ) Véase NOBILIARIO DE OCARIZ.
(10 ) No sabemos si aún los conservan.
(11) Según se nos ha dicho, la efigie del Santo ha des- aparecido de la iglesia de Santo--Domingo de esta ciudad.
(12) Después de escrito lo anterior, hemos visto con gusto que, bajo la protección del señor Obispo de Santa-Marta, algunos Misioneros han entrado en la Goagira, en donde no hay duda que llevarán á cabo la conversión de muchos Indios:

 

(1*) Véanse las historias de Piedrahita, Zamora, fray Pedro Simón, &c.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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