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SAN LUIS BELTRÁN.
I
El siglo XVI fué el de los santos en Europa. Si en él
florecieron Lutero, Enrique VIII de Inglaterra, Calvino, Zwinglio,
&c.,en compensacion ¡ qué reunión la que encontramos de
hombres que por amor á Dios se constituyeron en protectores de la
Humanidad doliente !
Bastanos recordar que en ese mismo siglo existieron: SAN VICENTE
DE PAÚL, el fundador de tantos hospicios, hospitales y cofradías
piadosas, y de la institución de las
|Hermanas de la Caridad;
SAN JUAN DE DIOS, que se dedicó á crear hospitales para los pobres
de España; SAN FRANCISCO DE SALES, que no vivió sino para hacer el
bien, consolando y convirtiendo á la verdadera fe, no solamente á
los desheredados é infelices, sino también, con sabias lecciones, á
los reyes y á los grandes de la tierra; SAN CARLOS BORROMEO, el
fundador de muchos hospitales, hospicios y monasterios en que se
cuidaba del enfermo, se amparaba á la niñez y se educaba a la
Juventud; SAN FELIPE NERI, que se puso al frente de una orden
(llamada del Oratorio), la cual se ocupaba en socorrer á los pobres
y orar por los desgraciados; (1 ) SAN IGNACIO DE LOYOLA, el primitivo jefe de la
compañía de Jesús; SAN PEDRO ALCANTARA; SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA;
SAN PÍO V, el papa ejemplar, reformador de la corte romana; SAN
BENITO DE ETIOPÍA, cuya piel oscura encubría un corazón de oro; SAN
FRANCISCO CARACCIOLO; SAN JUÁN DE AVILA; los SANTOS JÓVENES
ESTANISLAO DE KOSTTKA y LUÍS GONZAGA; y otros tántos que no
nombraremos por no ser demasiado prolijos. El sexo femenino no se
quedó atrás en esta grande obra de beneficencia: en España brillaba
entonces SANTA TERESA DE JESÚS, perfecto modelo como santa y
reformadora de monasterios, escritora de primer orden, poetisa
sobresaliente, y á quien se ha declarado
|Doctora de la
iglesia. Francia estaba representada por SANTA JUANA DE CHANTAL, la
fundadora de la orden de la visitación para educar a la juventud
femenina, que en su tiempo estaba enteramente descuidada. En Italia
resplandecían SANTA ANGELA DE BRESCIA, que creó la orden Ursulina;
SANTA MARGARITA DE RAVENA, a la que, á pesar de ser ciega, logró
reunir una sociedad llamada el
|Buen Jesús para aliviar a los
pobres; SANTA CATALINA DE RICCI y de CARDONA; SANTA MAGDALENA DE
PAZZI; SANTA ESTEFANÍA DE QUIZANI, y otras muchas siervas de Dios,
cuyas vidas fueron ejemplares, demostrando que en todos los países
y en todas las posiciones sociales el sér humano puede hacer algún
bien á sus hermanos.
Las órdenes religiosas, instituidas para convertir al pecador,
eran tan numerosas, que mientras unos permanecían en Europa,
pesando en la balanza opuesta á la reforma que procuraba invadirlo
todo, otros pasaban á Africa ó á las Indias Orientales, como SAN
FRANCISCO JAVIER, y muchos salían de España para evangelizar á los
indígenas de América, que entonces llamaban las Indias
Occidentales.
Desde que se tuvo noticia en España de que el Nuevo Mundo estaba
poblado, lo primero en que pensaron los reyes fue en mandar
religiosos que convirtieran y cristianizaran esas poblaciones
ignorantes é idolatras. Los conquistadores laicos eran por lo
general duros y crueles con los indígenas; pero es preciso
discernir, y no hay que confundir á los buenos con los malos. Desde
la época de nuestra independencia hasta nuestros días, se ha vuelto
moda en cierta escuela política entre nosotros, anatemizar á los
conquistadores en masa, incorporando entre los militares y
colonizadores á los misioneros, tanto frailes como clérigos, que
vinieron, no á enriquecerse ni á especular, sino á convertir y
proteger á los indígenas. Como naturalmente se miraría con
desconfianza el testimonio de historiadores españoles
contemporáneos, para apoyar nuestra opinión no queremos citar,
antes de entrar en el fondo de la materia, sino á dos escritores
ingleses, de aquellos que, siempre que pueden avanzar algo contra
la Religión Católica, no pierden la ocasión de hacerlo.
El Cardenal Jiménez, dice Washington Irving, envió en 1516
á tres frailes Jerónimos, escogidos por su celo y talento, para que
trabajasen en remediar los abusos, instruir religiosamente á los
indígenas y protegerles á todo trance. El ejercicio de su misión en
Santo-Domingo causó grande impresión en el Nuevo Mundo, y por algún
tiempo fue tan benéfica, que los Jerónimos lograron refrenar la
mala conducta y la crueldad de los colonizadores. (2 ) Robertson, historiador
inglés y protestante energúmeno, dice también: Con mucha
injusticia algunos escritores han hecho el cargo á la intolerancia
de la Religión romana, de la destrucción de las razas americanas,
acusando á los eclesiásticos españoles el que hubiesen alentado á
sus compatriotas para que asesinaran á estos pueblos inocentes
porque eran idólatras y enemigos de Dios. Los primeros misioneros
de América, aunque poco letrados, eran hombres piadosos. Desde un
principio defendieron la causa de los aborígenes contra las
calumnias que los conquistadores propalaban contra ellos, diciendo
que eran seres incapaces de formar jamás parte de la vida social,
ni de comprender los principios de la religión; que pertenecían á
una raza imperfecta, señalada para la servidumbre.... Los
misioneros fueron ministros de paz para con los indígenas, y
procuraron siempre arrancar de manos de sus opresores la vara de
hierro con que les regían.
En 1524 se reunió el primer Sínodo en América, en la ciudad de
Méjico. Presidióle el bienaventurado Martín de Valencia,
franciscano que había llegado allí con doce misioneros más para
atender á la evangelización de aquel país.
Una vez que el Gobierno Español llevó á cabo la conquista do
América, viendo que la colonización marchaba viento en popa,
manifestó que su más ardiente deseo era conservar la vida de los
naturales de estas tierras. Promulgáronse entonces leyes muy
severas contra los opresores de los indígenas, por las cuales se
condenaba á graves penas á los que les maltrataban, y se daban
amplios poderes á los Religiosos para que les civilizaran,
instruyéndoles en religión y moral cristiana, pues entonces se
creía que se debía cuidar de la parte moral del hombre, aun con
preferencia á la material. Pensábase en aquellos siglos, llamados
de oscurantismo, que el espíritu debía de ser nutrido, con sanas
doctrinas, y que era peligrosa la libertad de creencia, que hoy se
considera indispensable para el adelantamiento de la civilización.
Sucedía, pues, que en muchos de los
|seis mil monasterios que
existían yá en la América Española, al cabo de cincuenta años de su
conquista (3 ) se enseñaba á
los novicios los idiomas de los Indios que había en sus comarcas,
con el objeto de que después pudiesen predicarles y enseñarles la
Religión cristiana. Durante la dominación de los Españoles, los
Americanos indígenas tenían muchos privilegios: los hijos de los
Caciques eran educados gratis en los colegios, y se procuraba
fundar escuelas de primeras letras para los aborígenes; tenían casi
todos ellos sus tierras propias, las cuales les era vedado vender.
Una de las pruebas de que no debían de haber sido muy mal tratados,
está en que durante la guerra de la independencia, ellos
despreciaban los ofrecimientos y promesas de
|libertad que se
les hacían, permaneciendo por lo general fieles á sus amos. Y ahora
preguntaremos: ¿ Son acaso más felices hoy día que antes? ¿De que
privilegios especiales gozan los antiguos dueños de América, fuera
de los espirituales que la Iglesia les concede en la cuaresma? De
ningunos absolutamente. Despojados de sus tierras, por cuanto por
una ley nueva se les concede el permiso de vende, han quedado en la
miseria, merced á los artificios de los que supieron aprovecharse
de su ignorancia para esquilmarles. Es cierto que en las escuelas
públicas se les enseña; pero como no aprenden allí á temer á Dios,
ni esa moral sin religión les enseña á ser virtuosos, los
desgraciados naturales marchan sin detenerse por el camino que
conduce al crimen y á la perdición. Por lo menos, si antes eran tan
desgraciados como ahora, se hacían mil esfuerzos para que no fuesen
criminales. Además, hay muchas tribus errantes de indígenas que han
vuelto á la barbarie, por falta de misioneros que les instruyan, y
al presente están mucho menos civilizados que en tiempo de la
Colonia. (4 )
Los primeros misioneros que llegaron a Tierra-Firme fueron
veinte Religiosos que desembarcaron en Santa-Marta, en 1529, con
García de Lerma. Los ministros de la Religión Católica qua hasta
entonces habían venido á América no fueron sino los capellanes de
las tropas conquistadoras, que no tenían el deber de catequizar á
los naturales. Las costas del mar estaban pobladísimas:
literalmente, los naturales hormigueaban por todas partes; era
preciso tratar de civilizar á aquellas gentes, y los misioneros se
dieron, á esta obra. Pero lo que los Religiosos hacían para
hacerles el bien, los Conquistadores lo deshacían con sus
crueldades. En tanto que los primeros daban buen ejemplo con su
caridad y abnegación cristiana, los segundos, con espada, en mano,
recorrían el país y talaban y despojaban á los indígenas, sin que
les detuviera ningún obstáculo.
No es este el lugar de ocuparnos en la historia de la conquista
y de los conquistadores de las Costas de Cartagena. Bástanos saber
que, satisfechos los Españoles con las riquezas de aquel litoral,
determinaron establecer definitivamente una ciudad inerte, y con un
obispo que llegó á Cartagena en 1534 se empezó á evangelizar á los
aborígenes con el mayor celo. Como el Obispo, fray Tomás Toro, y
los Religiosos que llevó consigo, dice el padre Zamora (5 ), eran todos dominicanos, siendo de
una misma orden, se aplicaron en la mejor armonía á convertir y
bautizar á los ignorantes idólatras, y trabajaron al mismo tiempo
para impedir que los encomenderos les tratasen como á esclavos.
Pero era talla codicia que se había despertado en el corazón de los
colonizadores, dice el mismo autor, " que ellos sólo
deseaban nuevas entradas (conquistas) para destruir á los indios
que estaban vivos, y sacar á los muertos de sus sepulturas.
En esa provincia, los sepulcros de los antiguos indígenas eran
proverbiales por las ricas prendas de oro que encerraban. El Obispo
hizo cuanto estuvo á su alcance para impedir que se vejara á los
naturales de su obispado, y fueron tántos los disgustos que le
proporcionaban los Españoles, que dícese que, afligido y
profundamente desanimado, murió al fin de pesadumbre, en 1536.
Entre tanto se internaban los misioneros en las tierras
semi-conquistadas, ocupándose en catequizar á los indígenas y
estrellándose contra los gobernantes civiles, los encomenderos y
los caballeros de aventuras, quienes procuraban no solamente
apoderarse de cuanto oro poseían los aborígenes, sino que les
arrebataban á ellos y á sus mujeres é hijos para venderles como
esclavos en las Antillas.
No fue sino en 1538 cuando llegó á Cartagena otro Obispo, fray
Gerónimo de Loaysa, el que traía consigo seis misioneros más, todos
frailes dominicanos. Además, se le habían expedido muchas
autorizaciones que le daban facultades amplias para amparar á los
indios y defenderlos de los que se habían erigido en sus amos. El
nuevo Obispo era enérgico y activo, y como había vivido en los
campamentos, en calidad de Capellán de las tropas del Rey, estaba
enseñado á tratar con gentes audaces, y sabia hacerse obedecer de
frailes y legos, de militares y letrados. Así fue que, con las
patentes de la Corte en la mano, suprimió abusos, enderezó
entuertos, edificó iglesias en Cartagena y capillas en todos los
pueblos semi-civilizados de su provincia, nombró curas misioneros
en muchas aldeas indígenas, y fundó colegios y escuelas para
enseñar á los hijos de los, Españoles y de los naturales.
Desgraciadamente el Obispo Loaysa era persona demasiado importante
para permanecer en Cartagena, y en 1542 fue promovido al
arzobispado de Lima. Su sucesor fué un padre gerónimo, fray
Francisco de Benavides y Santa--María el cual no tenía, ni la
influencia ni los talentos del anterior. Además, la época de su
obispado fue sumamente angustiosa, por ser aquella en que el
pirata Roberto Baal asoló nuestras costas, continuando después sus
depredaciones otros muchos Ingleses y Franceses que recorrieron y
visitaron los puertos más ricos de Hispano-América, en donde
encontraban muchas riquezas con qué contentar su codicia.
Los frailes dominicanos y franciscanos se establecieron en el
Nuevo Reino de Granada, y fundaron conventos en Santafé, Tunja,
Mariquita Tocaima y Vélez, &c.; pero aunque tenían la
misión de convertir á lo indígenas infieles, se dedicaban
particularmente á catequizar á los mansos
|Muisca yá
semi-civilizados, y descuidaban bastante la reducción de los Indios
feroces y salvajes de las costas. Comprendiendo esta falta, el
Provincial de los dominicanos, y viendo que no alcanzaban los
Religiosos que existían en el Nuevo Reino de Granada para aquella
ardua empresa, mandó un emisario á España para que pidiera algunos
misioneros propios para el caso.
II
Hacia la mitad del siglo XVI existía en el convento de
Santo-Domingo de Valencia un Religioso llamado Luís Beltrán. Era
natural de la misma ciudad, é hijo de un honrado notario de su
mismo nombre, y, según se decía, de la misma familia de San Vicente
Ferrer, notabilísimo misionero y predicador famosísimo que en el
siglo XV había convertido pueblos enteros con el maravilloso poder
de su palabra.
"Nacido el 1º de Febrero de 1526 ( un año después que
Santa Teresa), Luís Beltrán se propuso desde su primera infancia
imitar a su pariente San Vicente Ferrer. Practicaba toda suerte de
penitencias y austeridades, huía de las diversiones, oraba sin
cesar, y llevaba una vida tan devota y rígida, que en este siglo
hubiera sido sorprendente en un niño, pero que en aquel tiempo, en
que el fervor religioso en España era una pasión, aunque llamaba la
atención no pasmaba ni parecía inverosímil. No pudiendo, sin
embargo, entregarse en la casa de sus padres enteramente á Dios,
quiso hacer, lo que trató de poner por obra Santa Teresa en su
infancia: esto es, huir para irse á ocultar en algún desierto, en
donde ningún sér humano le turbase en sus meditaciones. Pero sus
padres mandaron emisarios en ,su persecución que le reintegraron en
la casa paterna. A los quince años pretendía vestir el hábito y
entrar como novicio en un convento; pero no se lo permitieron
mientras no hubo cumplido veintiún años, en 1547, tiempo en que
fue ordenado en el convento dominico de Valencia.
En 1551 fray Luís fué nombrado maestro de los novicios, lo cual,
no obstante su juventud, era destino propio para persona que por su
conducta, su ciencia, teológica y sus virtudes evangélicas, parecía
llamada á servir de ejemplo á los demás. Aunque en su humildad él
creía que no podría ser nunca buen predicador, era tal su deseo de
traer almas al amor de Jesucristo que se ejercitó en aquel arte con
tánta diligencia y perseverancia, que á poco se le citaba en
Valencia y en los alrededores como el orador sagrado más notable de
su convento.
Una vez llegó al monasterio en que moraba San Luís Beltrán un
Indio de las provincias del Nuevo Reino de Granada, y éste, que no
solamente había sido convertido al cristianismo sino que vestía el
hábito de Santo-Domingo, refirió largamente al futuro Santo las
costumbres, las crueldades y hábitos de idolatría de sus
compatriotas. Además le decía que era tan peligroso entrar en la
tierra de los Caribes que rara persona volvía á salir, "
porque se comían vivos á los predicadores," (6 ) Pero esto, en lugar de atemorizar á
nuestro monje, le inspiraba el mayor deseo de pasar á esos Países
donde, sirviendo á su religión podía sufrir el martirio por la fe
de Jesucristo. El mismo celo manifestaba otro padre del convento,
fray Luís Vero, haciendo uno y otro, y dentro de sí mismos, voto
solemne de no desperdiciar ninguna ocasión en que se les
presentasen medios de pasar á Indias.
No tardó mucho Nuestro Señor en poner á prueba aquella fe y
deseo de servirle exponiendo la vida. Habiendo llegado á Valencia
el emisario del Provincial del Nuevo Reino de Granada, que recorría
la España en busca de religiosos suficientemente abnegados para
servir de Misioneros entre las tribus indómitas de la provincia de
Cartagena, al momento fray Luís Beltrán, fray Luís Vero y cuatro
Religiosos más se apresuraron á ofrecerle sus servicios.
Apenas se tuvo noticia en Valencia del propósito del predicador
favorito de la población, agolpóse la multitud al convento á
suplicar á fray Luis que no abandonase su ciudad natal, en donde
tánto le querían. Peto todo fué en vano: ni los ruegos de los
valencianos, ni las súplicas de sus amigos y parientes pudieron
hacerle vacilar en sus intenciones. El Prior, que no podía
impedirle el viaje de otro modo, le notificó que si persistía en él
no le daría ningún avío ni recursos para emprenderlo. Pero esto,
menos que todo, podía detenerle; y así salió de Valencia sin un
cuarto con qué sostenerse, y llegó á Sevilla extenuado de fatiga y
de falta de alimento, y allí se reunió con los treinta Misioneros
más que estaban prevenidos para pasar á Cartagena.
Empezaba el año de 1562 cuando la expedición de Misioneros se
hizo á la vela en los navíos de la flota que el Gobierno español
enviaba varias veces al año á sus colonias, llevándoles cuanto
podían necesitar de la madre patria. Durante la navegación, el
Misionero Luís Beltrán edificaba con sus pláticas y enseñanzas á
sus compañeros de viaje, y su celo y caridad eran tales, que
proclamaron como verdadero milagro algunas curaciones que hizo.
Apenas llegaron á Cartagena los misioneros, el Padre Vicario señalo
á fray Luis Beltrán, con tres compañeros más, la evangelización de
la tierra adentro de aquella provincia, y á fray Luís Vero le envío
a Santa-Marta con otros Religiosos.
Desde aquel momento empezó San Luis Beltrán su misión, con la
cual procuró, con sublime fe y abnegación, servir á la causa de la
Humanidad, llamando al amparo del cristianismo á tántas almas
descarriadas. Antes de establecerse definitivamente entre alguna de
las numerosas tribus que pululaban en aquella provincia, San Luís,
con sus compañeros, visitó sucesivamente las aldeas de Tubará,
Paluato, Turbaco, Mahates y otras, con el objeto de hacer un
reconocimiento general de las disposiciones de los indígenas.
Cada Misionero andaba separadamente, solo, ó acompañado por un
intérprete ó sirviente, por enmedio de aquellos bosques poblados de
enemigos de la raza blanca. Aparte de los indígenas, que era
natural odiasen á los Españoles, los Religiosos sufrían
horriblemente con el calor, la humedad y las enfermedades propias
de aquellos climas mortíferos, la falta completa de recursos, los
mosquitos, Jejenes, garrapatas y arañas venenosas, que atacaban á
los recién llegados, con una furia tál, que les causaban los
mayores tormentos. Todos pues, procuraban precaverse de esas
plagas incómodas y peligrosas, menos San Luís, que aceptaba todo
martirio como una prueba enviada por Dios para experimentar su
firmeza.
Así, mientras que los demás misioneros caminaban por los
bosques y breñas erizadas de espinas y púas, que á veces les
herían, envueltos los pies en cueros y cortezas de árbol, él seguía
su marcha siempre descalzo y sin cuidarse de los cañaverales llenos
de vástagos que le punzaban; y por la noche, en lugar de evitar los
zancudos, cubriéndose lo más posible el cuerpo, dejaba que le
picasen é hiriesen, sin manifestar su incomodidad ni quejarse
nunca. Habiendo recibido del Altísimo el dón de las lenguas, á poco
tiempo yá no necesito interprete, pues los indios le entendían
perfectamente. Llevaba como sirviente á un joven de su patria, que
le acompañaba cargando unas alforjas en que llevaba la Biblia, el
Breviario y el recado de decir misa. Nunca permitía que su criado
aceptase para ninguno de ellos alimentos para el camino, de un
pueblo á otro, sino que siempre iban desprovistos y confiando sólo
en Dios.
Una vez, estando San Luís y su sirviente lejos de todo poblado,
en medio de un bosque, y no habiendo tomado ningún alimento en todo
el día, el mozo, que se llamaba Jerónimo Cardillo, apretado por el
hambre y la sed ( pues tampoco habían encontrado agua), empezó á
llorar y á quejarse amargamente del santo, porque no le había
permitido llevar avío. Reprendiéndole su amo severamente por su
falta de fe en la providencia, y señalando al mismo tiempo un
bosquecillo, le dijo:
--Ven conmigo, que allí encontrarás con qué alimentar el cuerpo
y apagar la sed.
Efectivamente, á pocos pasos hallaron un riachuelo claro y
cristalino que bajaba de un vecino cerro, y en aquel punto lo
sombreaba un hermosísimo árbol cargado de rojas y apetitosas
frutas. El mozo declaró después que el árbol era un manzano, lo
cual se tuvo á milagro que había verificado el santo, puesto que en
aquellos climas esas frutas son desconocidas. Gerónimo comió y
bebió todo a su gusto, y cuando estuvo satisfecho quiso llevar
consigo en las alforjas algunas frutas para comer en el camino,
pero su amo se lo prohibió severamente. Semejante previsión,
le dijo, es propia solamente de personas que no tienen confianza en
Dios.
Disgustado el Jerónimo con los trabajos que pasaba al lado del
santo, determino dejar su compañía; pero éste le previno en su
deseo.
hermano, le dijo, al llegar al fin de su jornada; penoso
estoy de no tener que darte; así, anda con Dios. Lo que más me
duele es que siempre vivirán en la miseria y morirás en
ella.
Lo cual, dice el Padre Zamora, se verificó como lo había
predicho el santo.
Al fin San Luís determinó quedarse en un solo lugar para atender
primero á la conversación de una tribu antes de pasar á otra parte,
y eligió como centro de sus operaciones la aldea de Tubará.
Cerca de tres años, dice el citado autor, permaneció San Luís en
aquel pueblo, que pertenece hoy día al estado de Bolívar, al sur de
Galapa, cerca de la costa del Atlántico y en la cumbre de un cerro.
(7 )
Parece que en el idioma de los indios de aquellos parajes la
palabra
|tubará quiere decir
|reunión, porque en dicho
pueblo se juntaban las tribus para tratar de los intereses comunes.
En prueba del mucho bien que hizo San Luis Beltrán á aquellas
gentes, todavía conservan, con la mayor veneración, una ermita
donde el Santo decía misa, predicaba y enseñaba la doctrina á los
naturales.
A tres leguas de Tubará se encontraba otro misionero dominicano,
en Zipacuá (aldea yá probablemente extinguida, porque no hallamos
ese nombre en las obras modernas). San Luís, con el otro
dominicano, convinieron en que se verían, para confesarse
mutuamente en una ermita que mandaron hacer á la mitad de camino
de un pueblo á otro. Un siglo después todavía existía esa capilla,
reverenciada por los indígenas.
"La dulzura, la paciencia, la caridad y la abnegación
del Santo atrajeron á la Cristiandad á gran número de paganos. Como
todas sus palabras eran inspiradas por el amor, y jamás por la
violencia no tardó mucho en encaminar por la vía de la civilización
á aquellos indígenas, en tanto que con crueldades y violencias los
encomenderos y empleados civiles les exasperaban, haciendo odioso
el cristianismo qué pretendían profesar. Los naturales idolatraban
á su misión y le obedecían religiosamente; no así los colonos
españoles, á quienes reprendía cuando obraban mal, y les afeaba sus
perversas costumbres. Sumamente disgustados éstos con un Religioso
que en casi todas las disputas daba la razón a los infelices
indígenas contra sus opresores, empezaron á calumniarle y enviar
malos informes contra él, con la esperanza de que le sacaran de
allí; San Luís sufría todo con paciencia, diciendo mansamente:
No todo se ha de llevar en esta vida por tela de justicia:
algo se ha de padecer por amor de Dios.
La manera de vengarse que tenia era redoblando sus esfuerzos
para hacer el bien á aquellos que habían procurado perjudicarle y
jamás se le oyó una palabra de resentimiento sino al contrario,
oraciones por las personas que le calumniaban.
San Luís jamás sintió miedo de cosa alguna terrestre, y
desarmaba á sus enemigos con su grande impavidez. Ni las
serpientes, ni las fieras de los bosques le infundían pavor.
Sucedía que cuando viajaba por enmedio de aquellas montañas,
pobladas de tigres y leones, de serpientes venenosas y otros
animales las personas que le acompañaban, al ver el peligro,
exclamaban temblando:
--¿A dónde nos lleváis, Padre? ¿Por ventura queréis que nos
despedacen y nos traguen los monstruos que encierra esta
montaña?
--No hay que temer, contestaba él, sosegadamente en medio de los
mayores peligros. Dios está con nosotros y no nos dañará.
Como el Santo no aceptaba más alimentos que los que
absolutamente necesitaba en el momento de ir a comerlos, acontecía
que en aquellas poblaciones, cuando se iban todos con sus mujeres y
familias á las rocerías, él se quedaba solo en la aldea, y si
olvidaban dejarle el alimento preparado, padecía hambre hasta que
volvían por la noche á sus casa. Sin embargo, jamás se llegó a
quejar del descuido de sus feligreses.
Estando en Tubará San Luís, tuvo lugar un acontecimiento muy
extraordinario, que se ha considerado como un sensible milagro.
¡Que desgracia! Exclamó el santo un día con la mayor angustia.
Un amigo mío se está ahogando, después de un naufragio que ha
ocurrido en la costa.... Pero todavía le podemos salvar!
Añadió.
Llamó entonces á algunos indios, á quienes cargó con ropas y
comestibles, y se dirigió á la orilla del mar. ¡ Cuál no sería la
sorpresa de los que le acompañaban, cuando al tocar el litoral
vieron que llegaba asido de una tabla un hombre desnudo y casi
espirante de hambre y de sed! El santo le llamó por su nombre, pues
era valenciano y conocido suyo, y socorriéndole con la mayor
ternura, le vistió con las ropas que había llevado preparadas y le
dio de comer y de beber. El naufrago refirió que, habiendo
encallado el bajel en que iba embarcado, perdiéronse los que iban
adentro, se encontró solo y desamparado en alta mar: prendido de
una tabla había nadado dos noches y un día, hasta que viendo tierra
se había dirigido á ella, en donde pensaba que moriría en una playa
desierta, como era aquélla, sin recursos ni habitantes.
San Luís le proporcionó recursos para que pasara: á Cartagena en
donde el náufrago refirió la maravillosa preservación de su vida,
merced á la intuición divina de aquel misionero.
Los indios que presenciaban estas maravillas se convertía por
centenares y una vez se le presentaron 2,000 que bajaban del
interior de las tierras en busca del maravilloso misionero de quien
habían oído hablar. El santo les agasajó mucho y como ellos pedían
el bautismo, les instruyó brevemente en la verdad evangélica y por
último les bautizó. Manejose San Luís en aquella vez con tánta
unción y les habló con tánta ternura, que todos los salvajes se
precipitaron á sus pies, jurando que guardarían hasta la muerte:
una fe que tenía que ser buena, puesto que la enseñaba un sér tan
angelical como era aquel Misionero, tan diferente de los otros
blancos.
Como los indígenas tenían grandes motivos para odiar á los
Españoles, que les exasperaban Con sus malos tratamientos,
frecuentemente urdían conspiraciones contra los encomenderos; pero
San Luís siempre lograba aplacar á los indios y salvaba la vida de
sus compatriotas, aun exponiendo la propia.
Una vez que fueron reducidos á una vida más civilizada, y
habiendo sido bautizados todos los indígenas de Tubará y de sus
alrededores, los Prelados resolvieron aprovecharse de las
extraordinarias aptitudes del Santo para enviarle á otros pueblos
en donde los demás misioneros habían visto frustrados sus
esfuerzos. Cuando los naturales de Tubará tuvieron noticia de la
próxima partida de San Luís, se afligieron al principio
muchihísimo, y en seguida se atrevieron á amenazarle, si les
abandonaba sin preservarles de la crueldad de los encomenderos.
Necesitó el Misionero hacer uso de toda su paciencia y bondad para
razonar con aquellos salvajes, y no fué sino después de prometerles
visitarles con frecuencia, cuando le dejaron partir.
San Luís pasó entonces á servir de Cura en las aldeas de
Zipacuá, Peluato y otros pueblos, en donde permaneció poco tiempo
porque se le llamó á Cartagena. Habiendo cambiado la administración
del Convento dominicano, del que dependía San Luís Beltrán, y
teniendo noticia el nuevo Prior de las maravillosas conversiones
que había hecho nuestro misionero tuvo á bien llamarle á Cartagena,
en donde la sociedad española estaba tan desorganizada y
corrompida, que diariamente se cometían crímenes inauditos. La
ambición, la sed de oro y todas las pasiones más perversas se
habían entronizado en el corazón de los colonizadores, y se
deseaba que u predicador nuevo fuera á tratar de volver á Dios
aquella ciudad, cuyos habitantes no pensaban yá sino en hacerse
ticos á todo y contentar sin trabas sus malos instintos.
III
Día muy triste fué para nuestro Santo aquel en que se vió
obligado á abandonar á su desconsolado rebaño definitivamente para
volver á la vida de las ciudades con sus intrigas y disgustos.
Pero, por supuesto obedeció á las órdenes de su Prior, sin quejarse
y se preparó para pasar á Cartagena. Quiso separarse de aquellos
indígena,-á quienes él amaba Como el Padre Las Casas á los
suyos,-con una visita que hizo á todos los que él había convertido,
y en seguida se dirigió á Cartagena, en donde fué muy bien
recibido. El fruto que empezaba á cosechar con sus sermones,
volviendo al buen camino á los pecadores, lo acababa de madurar en
el confesionario, en donde con sus consejos, reprensiones y
súplicas, remedió muchas injusticias y "reprimió ( dice
fray Alonso de Zamora ) las usuras; moderó la codicia desaforada en
los tratos que se ofrecía cada día, según el trajín de las armadas
qué frecuentaban aquel puerto. ...Sus discursos eran de hombre que
tenía el espíritu apostólico. Sus palabras hacían temblar cuando
reprendía, y cuando rogaba ó persuadía eran tan suaves, que atraía
al amor de Dios todos los corazones."
Después de una permanencia de algunos meses en Cartagena, San
Luís fué enviado á predicar la cuaresma á Nombre-de-Dios, el puerto
entonces más frecuentado de Tierra-Firme, que ha desaparecido,
Porque sus habitantes se trasladaron á otro lugar, llamado
Portobelo, el que también fué casi abandonado con el tiempo, por
motivo de su clima mortífero y por haberse trasladado el comercio á
otros puntos más convenientes.
En Nombre-de-Dios San Luís procuró grandes beneficios á
colonizadores, pues hizo volver á muchos á la senda del deber; otro
tanto sucedió en el pueblo de Baraona, en donde tuvo ocasión de
amonestar á varios encomenderos y mayordomos que trataban
cruelmente á los Indios y les hizo arrepentirse de sus
crueldades.
Así, pues, nuestro Santo era un ejemplo vivo de la religión de
Jesucristo, y trabajó en la marcha de la verdadera civilización, es
decir, la del bien moral y físico de los hombres, entre Españoles é
indígenas, blancos, cobrizos y negros, con una abnegación digna de
la IDEA que le dominaba.
Pero el Santo Misionero no estaba contento en las ciudades,
diciendo que allí había otros muchos Religiosos que atendieran á
las necesidades del alma de los Españoles, mientras que enmedio de
los bosques aquellos desgraciados indígenas morían desamparados de
todo recurso divino y humano. Diéronle, pues, al fin licencia
para regresar á las tierras de los indígenas; pero para que
estuviese mejor le dieron un compañero, fraile de su convento, y
quisieron proporcionarle un sirviente y una mula; mas se negó á
aceptar ninguna comodidad, diciendo que él debía Vivir lo mismo que
sus feligreses, que nada poseían. Además, añadía: que él era
un pobre frailecillo que no había de tener familia ni criados que
le sirviesen como á los seculares."
Jamás permitió, dice el Padre Zamora, que le tuvieran mula en
caballeriza, porque, caminando siempre á pie y descalzo por las
espinas y lugares pedregosos, sufría con grandísima paciencia la
fatiga del calor y dé los mosquitos. Daba ejemplo al fraile su
compañero, no recibiendo jamás ofrendas de sus feligreses, sino
apenas aquello estrictamente necesario para sostener la vida, y
decía misa por la intención del que se la pedía, mandándole que
distribuyese entre los pobres lo que podía valer.
Nunca se le vio desatender las necesidades y súplicas de los
pobres naturales; y si le pedían alguna cosa que no estaba en su
mano proporcionarles, les decía humildemente:
" Confiemos en Dios; invoquemos á sus Santos, oremos
devotamente, pidiendo lo que habemos menester; y sin duda Él nos
oirá."
El Misionero les daba entonces el ejemplo orando devotamente, y
con frecuencia el cielo le concedía lo que pedía: lluvia en época
de sequedad; buen tiempo cuando la humedad era excesiva; salud en
las estaciones de fiebres y cuando las poblaciones eran diezmadas
por las pestes."
Defensor nato de los indígenas, nunca dejaba de amonestar,
reprender y, si era preciso amenazar con los castigos eternos a sus
tiranos. Cuando aquellos desgraciados eran obligados á trabajar
hasta rendir la vida, mientras que sus amos se solazaban en las
fiestas y diversiones, el Santo les interpelaba, mostrándoles los
atavíos magníficos con que se vestían, deciales con el profeta
jeremías:
-- Vendrán los ángeles a torcer aquellos vestidos
profanos, que destilarán la sangre de los que los tejieron para
servir á la vanidad de los poderosos de la tierra. Veis aquí que yo
hallé en los dobleces de sus vestidos la sangre de los
inocentes!
Pero tampoco pudo San luís continuar entre sus indios favoritos
aquella vez. Habiendo tenido noticia el obispo de Santa-Marta, en
donde yacían en su natural rudeza muchas tribus de indígenas,
algunas de las cuales eran hasta antropófagas. Aunque san Luís
amaba mucho á sus indios de Tubará, Zipacúa y Paluato, por haber
sido los primeros que convirtió á la fe católica, una vez que
deseaba padecer martirio, si era necesario, por la religión de
cristo, aceptó con gusto la propuesta de pasar á catequizar á los
Alcoholados, Tupes y Chimillas, que rehusaban someterse. (1*)
En santa-Marta tuvo la satisfacción de volver á encontrarse con
su antiguo compañero de convento, fray Luís vero, el cual también
fue gran convertidor de infieles y murió en olor de santidad.
Convinieron los dos Misioneros en los pueblos que deberían
catequizar, y tocaron á san Luís Beltrán toda la orilla del mar
Atlántico hasta la Goajira y las faldas de la Sierra Nevada, la
provincia de los feroces Chimilas y los Taironas, hasta la ciénaga
de Zapatosa. EL padre Luís vero había de salir á predicar por toda
la orilla del Magdalena y el Valle-Dupar, y llegar hasta el lago de
Maracaibo.
Inmediatamente San Luís se puso en marcha, y en sus viajes por
aquellas tierras de salvajes varias veces los indígenas quisieron
envenenarle, dándole bebedizos mortíferos Los Mohanes
principalmente, que vivían de la credulidad de los naturales
idolatras é ignorantes, le hacían cruda guerra, aconsejando á los
otros Indios que procurasen matarle. Pero el veneno parecía no
ejercer influencia sobre su cuerpo; así como el pecado no tenía
cabida en su alma. Sin embargo, una vez el veneno le hizo tanta
impresión, que estuvo á punto, de morir: se le cayó todo el pelo;
así como las uñas de los pies y de las manos; pero al fin salió, y
á poco pudo continuar en su misión, causando la mayor sorpresa á
los que le habían administrado el tóxico, pues no habían visto
ellos otro caso en que él que lo tomase Sanara. Estas maravillas
impresionaban mucho á los salvajes, tanto más cuanto veían que el
Misionero andaba siempre a pie, descalzo y sin otra arma que su
rosario y su aspecto bondadoso,-muy diferente, por cierto, de los
conquistadores que entraban en sus tierras con armas de fuego que
les aterraban, y asolaban sus campos y sus mieses bajo el casco
destructor de sus caballos. En tanto que los soldados Españoles, en
nombre de un rey terrestre se llevaban presos á sus hijos y
mujeres, arrebatándoles cuanto tenían, el Misionero, en nombre del
Rey del cielo, les llevaba palabras de paz y conciliación; no
aceptaba nada que no fuese la miserable pitanza con que sostenían
sus fuerzas; en lugar de quitarles lo que tenían, les defendía de
la codicia de los opresores, y ofrendaba su vida á trueque de que
se convirtieran ellos, ganando la bienaventuranza eterna. Natural
era, pues, que al fin, vencidas por su abnegación y afabilidad, las
tribus más salvajes le tratasen con respeto y le escuchasen con
atención.
Predicando él un día á una gran concurrencia de indígenas, que
en su mayor parte se le habían manifestado hostiles, se le acercó
alguien y le avisó que se estaban preparando muchos indios para
quitarle la vida á pedradas.
No temáis, hermano, contesto, que no tendrán fuerzas para
tirarme una piedra, ni ánimo para hacerme daño.
Y sin manifestar desconfianza continuó predicando, hasta que los
mismo que más le odiaban fueron tirando las piedras al suelo, y
acercándose acabaron por pedirle perdón por sus malas intenciones y
suplicarle que les instruyesen para poder recibir el bautismo.
Apoco fue tal la fama de sus predicaciones, que no solamente yá
no le recibían mal en los pueblos indígenas, como sucedía al
principio. Sino que salían á darle la bienvenida y le acogían como
á un enviado de la divinidad.
estando en el cabo de San-Vicente ( dice Zamora), entre el
cabo de la Vela y Santa-Marta, y habiendo en torno suyo un numeroso
pueblo de gentiles, empezó a predicar en su hermosa plaza con voz
sonora y grande espíritu. Vino á oírle uno de los más principales
señores del lugar, con una vestidura colorada, tan larga, que traía
las faldas arrastrando por el suelo. Tenía zarcillos de oro y
perlas en las orejas, según costumbre de los nobles de su nación.
Acabo el sermón San Luís, y el indio le pidió que declarase que era
lo que predicaba de la cruz, porque deseaba verla. El Santo se
abrazo entorno a uno de los árboles que había en el contorno de la
plaza, y apartándose del tronco, dejó en él impresa la señal de la
cruz. Maravillada aquella multitud, levantaron todos hasta el cielo
las voces, magnificando el raro prodigio, y adorando la cruz se
volvieron á sus casa. El cacique fue á la de San Luís y, puesto de
rodillas, le tomó la mano, y besándosela repetidas veces, lo llevó
á la suya, con su compañero Gerónimo Fernández, y en ella les tuvo
nueve días. En este tiempo el Santo instruyó en la fe al cacique, á
toda su familia y á una multitud de gentiles, que recibieron el
bautismo de su mano. La cruz quedó por muchos años estampada en el
árbol como señal de victoria.
En estas y otras obras, San Luís pasó tres años por aquellos
parajes incultos, padeciendo lo que no es decible, tanto el clima y
sus plagas, cuanto de la rudeza de sus habitantes. Al cabo de aquel
tiempo el obispo le nombró Cura de la villa de Tenerife, que estaba
edificada en el mismo sitio en que se halla hoy día, en la banda
derecha del río Magdalena, cerca de una ciénaga. En aquella época
la población "era más importante de lo que es en el día,
y además de los Indios que la poblaban se habían establecido allí
algunos Españoles. Según el Itinerario descriptivo del Magdalena,
por el General J. Acosta, Tenerife fué fundada por Francisco
Henríquez en 1546. Está situada sobre una barranca de diez á quince
varas de altura sobre el nivel del río.
Durante algunos meses fray Luís Vero fue compañero de fray
Beltrán en aquel lugar, y entré los dos convirtieron y bautizaron
á un gran número de indígenas que moraban á orillas del Magdalena
y enmedio de las ciénagas de Zampañón y Zapatosa.
Gobernaba entonces el Nuevo Reino de Granada, el benemérito
presidente Venero de Leiva, que tántos bienes hizo á este país. Él,
sabiendo que fray Luís Beltrán era el dominicano más importante que
había en toda la providencia, indicó á los frailes de esa regla que
había en Santafé, que le nombrasen prior de su convento, para que
le diesen honra y para que con sus predicaciones santificara esta
ciudad. Los dominicanos aceptaron con gusto el consejo del
Presidente, y en Noviembre de 1568 le nombraron prior. Pero como se
sabía que él había dicho que no aceptaría ninguna dignidad en las
Indias, en donde sólo quería vivir para atender a las misiones
entre los Indios salvajes, el Vicario general le mandó una orden
para que no pudiese eximirse del cargo.
Cuando recibió la patente en que le notificaban su nombramiento,
el Misionero se llenó de angustia.
Yo no vine á las, Indias á ser Prior! exclamó, porque
estimo más la conversión de un Indio que cuantos honores tiene la
Iglesia de Dios; pero es fuerza obedecer.
Hacía algún tiempo que San Luís estaba deseando volver á España,
y había pedido que le llamasen otra vez á Valencia. Él había pasado
á América con el único objeto de tratar de contribuir á hacer el
bien; pero, descorazonado con el mal manejo de los encomenderos de
Tenerife, que trataban indignamente á los indígenas y
desesperanzado de poderlo remediar,
pensó que más le valía volver á la oscuridad de su celda á
acabar sus días entré los suyos. Mas es de creer que, habiendo
vivido en un convento de Cartagena, le arredraba la idea de ser el
centro de los pequeños secretos y ambiciones de los Españoles de la
Colonia, en
donde, viéndose desterrados á este rincón del mundo, su espíritu
se había gastado en pequeñeces é intriguillas miserables que iban a
parar a los conventos, cuyos frailes tenían que estar al corriente
de todo.
¡ Y tenia razón Figurémonos por un momento lo que sería Santafé
de Bogotá en 1569... Un poblado de casa pajizas en su mayor parte
con tal cual edificio de cal y canto y teja. El convento de los
Dominicanos, fundado en 1550, en la plaza que llamaban de Mercado
(bautizada después con el nombre de San Francisco, y al presente
con el de Santander), en la parte oriental de la dicha plaza, --en
donde aún hoy día la casa conserva dos pisos sobre el suelo,--
había sido trasladado á la calle Real, y yá para entonces era de
teja y tenía una iglesia regular. El convento de los Franciscanos,
que primero estuvo por el lado de las Nieves, y fué en seguida
trasladado al otro extremo de la ciudad, al sitio que fué después
de San-Agustín, había sido definitivamente fundado en el lugar en
que ahora se encuentra su iglesia. Además, había de teja el
Humilladero ( destruido en 1871), en donde los Dominicanos
catequizaban á los Indios desde el tiempo en que llegaron al Nuevo
Reino, y también la Veracruz ya estaba edificada hacía siete años.
La Catedral ó iglesia parroquial que hasta entonces había sido de
paja, estaba construyéndose de teja por segunda vez,- pues la
primera se desplomó la víspera de su inauguración. Los habitantes
indígenas habían disminuido mucho con motivo de la peste de La
viruela, que se llevó por primera vez á millares de naturales en
1566, (8 ) asolando la ciudad
y sus contornos. La parte Española de la población, que era
reducida, vivía siempre en intriguillas y etiquetas, aparentando
que estaban en una corte. Vestianse los hombres con mucha
ostentación, y las mujeres llevaban cada una sobre sí prendas de
oro mal labrado, infinidad de esmeraldas de Muzo y perlas que
hacían traer de Panamá, y las encomenderas se daban aires de
princesas habiendo sido muchas de ellas en su propia tierra
porqueras y gente ruin. No es de ahora ¡ Dios sea loado! Que las
personas de baja esfera quieren fingir lo que no son: este achaque
lo ha padecido la humanidad desde sus principios.
Todavía en aquella época vivían muchos de los conquistadores:
uno de ellos, Cristóbal Ortiz Bernal, entonces alcalde ordinario de
Santafé, labró una ermita en la parte norte de la ciudad, que
dedicó á Nuestra-Señora de las Niéves, y trajo para ella una imagen
de advocación. Pero no fue sino hasta 1585 cuando la declaró
parroquia el Ilustrísimo señor Zapata, pues la capilla, en donde no
se decía misa sino rara vez, estaba fuera de la ciudad. (9 )
Vivía aún en todo su auge otro conquistador famoso como hombre
de valor heroico, cuyas proezas fueron las de un Rolando. Llamabase
Alonso de Olaya Herrera, y con otro compañero suyo, Hernando de
Alcocer, estableció el camino de Honda á la sabana de Bogotá.
Hicieronlo á su costa, y además pusieron recuas de mulas en el
camino fragoso y carreteras y caballos en el llano, servicio de
bracas para la navegación del Magdalena, y bodegas para guardar las
mercancías. Las gentes de aquellos tiempos llevaban a cabo cuanto
emprendían: nada les arredraba, ni se presentaba empresa arriesgada
que no acometieran, sin recursos, sin instrumentos y muchas veces
hasta sin ciencia. Pertenecían á Olaya de Herrera los solares
contiguos á la catedral, en la parte que estaban después los
portales del correo, que hoy día pertenecen a un caballero del
mismo apellido. Su casa había sido la primera de tapias que se vió
en Santafé: éstas eran Elvira Gutiérrez, casada con Juan Montalvo,
y la primera que amasó pan en Santafé, Isabel Romero, Catalina de
Quintanilla y Leonor Gómez.
Pero volvamos á nuestro Santo Misionero, al que hemos abandonado
demasiado tiempo, durante su penoso viaje por las salvajes riveras
del Magdalena, tanto más penoso para él cuanto lo hacía con
disgusto y contra su voluntad. Detuvose algunos días en la villa de
Mompós, y luego siguió su jornada río arriba. Con deseos de
llegar pronto á esta ciudad de Santafé ( dice Zamora), y bogando
contra sus caudalosos raudales, al montar una punta se volcó la
canoa, y cayeron al agua los bogadores y cuantas personas venían
dentro. El Santo pidió á su Divina Majestad que les favoreciera en
aquel peligro. Oyole, y sin perder la canoa ni peligrar ninguno,
salieron todos á la ribera. Prosiguieron el viaje contra la
resistencia de las aguas, que aunque forcejeaban los bogadores, era
muy poco lo que navegaban. Llegaron al sitio en que se estrecha
entre grandes peñascos el río y forma aquella peligrosa canal que
llaman la Angostura. Vencieronla con gran fatiga y llegaron á
descansar al puerto de San-Bartolomé.
San-Bartolomé era una pequeña villa que hoy en día llaman Nare,
y el pueblo de San Bartolomé está mucho más abajo en el río.
Estando allí el Santo, vió llegar á todo remo una pequeña canoa, y
dentro de ella estaba un grande amigo de San Luís, que iba á toda
priesa á alcanzarle para evitarle el viaje, pues había llegado de
España una orden terminante para que volviese en el acto á
valencia. En donde su convento le reclamaba. Leyó nuestro Misionero
el oficio, y apelando á ordenes superiores, escribió inmediatamente
su renuncia al priorato en el convento de Santafé. Era tánta la
repugnancia que sentía el Santo de llevar á cabo el viaje que había
empezado, que sin dilatarse un momento se embarcó en la canoa de su
amigo, y tres días después estaba de regreso en Tenerife. Allí se
hospedo en casa de un Español que le era muy adicto y cuya esposa
acababa de dar a luz un niño, á quien el Santo bautizó. A poco de
aquel acto, tuvo que salir fuera de la casa á una confesión, pero
recomendó á las mujeres que cuidaban de la señora enferma que no la
dejaran sola. Estas se descuidaron, y mientras tanto se entró en la
alcoba una gran culebra que asustó tánto á la pobre mujer, que
salió corriendo al patio. Viéronla las sirvientas y la llevaron á
su cama, pero yá era tarde; un vientecillo fresco (dice
Zamora ) del los que tal vez se levantan sobre las aguas del río
corría á ese tiempo, el qué penetrándola quedó herida de
muerte. La infeliz, que se sentía perdida, mandó llamar al
Santo que apenas tubo tiempo de auxiliarla antes de verla morir á
las pocas horas. San Luís se aguardó á asistir al entierro, y en
seguida partió para Cartagena, en donde la Flota Real le aguarda
para hacerse á la vela.
Al tiempo de partir para España San Luís, según los cálculos de
los cronistas, había bautizado en nueve años, con su propia mano, á
más de 8,000 indígenas. Pero el Misionero Santo regresaba
descorazonado, porque comprendía que la Crueldad delos encomenderos
y mayordomos acabaría de destruir por entero aquellas numerosísimas
tribus de indígenas. Unos deberían morir trabajando para sus
conquistadores hasta espirar de fatiga; Otros, á quienes sacarían
de su tierra, morirían como esclavos en país extraño, y la mayor
parte serían víctimas de la viruela y de otras enfermedades
importadas de Europa. Las tribus qué se han conservado en la
Goájira hasta la presente época, es porque han permanecido
retiradas en el fondo de sus bosques, lejos de toda población
blanca y apartadas de la civilización.
Recibieron con júbilo á San Luís en el convento de Valencia, y
fué nombrado Prior sucesivamente en dos monasterios de su orden.
Durante su gobierno introdujo de nuevo lá austeridad primitiva y la
rigidez y ordenanzas dé los tiempos de Santo-Domingo.
Consultado por Santa Teresa en sus dificultades, el Santo la
contestó animándola en sus empresas de reforma, y prediciéndola que
llevaría á cabo brillantemente lo que emprendiera en nombre de
Dios. Durante los doce años que vivió después San Luís en España,
citan de el numerosas y milagrosísimas conversiones entre los
pecadores. Se dedicó particularmente á la instrucción de los
novicios, procurando, en primer lugar, formar Misioneros para que
siguiesen su ejemplo entre los salvajes de las Indias. Gustaba de
dar consejos á los jóvenes que se querían dedicar al servicio de
Dios. " Las palabras, decía, sin las obras, no tocan ni
convierten corazones. Es preciso que el espíritu de la oración las
anime : si no, apenas serán un ruido, y nada más. Cuando un
predicador no siente nada, el auditorio permanecerá insensible,
aunque su elocuencia y su saber sean sobresalientes. Los que
mendigan y desean aplausos disgustan por su afectación y vanidad;
pero en compensación, jamás se resisten los oyentes al lenguaje del
corazón. ...No hay predicador. meritorio, sino cuando sabe conmover
al auditorio, inspirar odio al pecado y curar los escándalos de una
población, reformando el vicio. Si acaso Dios permite que
alcancemos todo esto, es preciso no hincharse con sus méritos,
porque yá se sabe que apenas somos instrumentos en las manos de
Dios, y debemos considerarnos solamente como humildes é inútiles
siervos."
Sus cristianísimas virtudes y su paciencia á toda prueba, eran
proverbiales en España, y aunque sufrió muchas dolencias durante
los últimos años de su vida, mientras más padecía más alababa á
Dios y admiraba su misericordia. En 1580, predicando en la catedral
de Valencia durante la cuaresma, de repente tuvo que interrumpir su
sermón: cayó privado dentro del pulpito, y después de una larga
enfermedad, murió el 9 de Octubre del mismo año. El Arzobispo de
Valencia tuvo á grande honor el servirle con sus propias manos y
hasta el último día de su vida, pues nadie dudaba que era un Santo
que pronto canonizaran.
El Papa Paulo V le beatificó en 1671, y Clemente X le canonizó
en 1696.
Cuando llegó la noticia á Cartagena de la beatificación de San
Luís Beltrán, el regocijo fué general, y los Dominicanos le
levantaron un altar, pidiendo permiso para que el día de su Santo
se celebrase en el convento una fiesta solemne. Allí mismo
señalaban una losa que había estado en su celda, salpicada con la
sangre de sus disciplinas; en Santa-Marta tenían en gran veneración
la piedra del altar sobre el cual celebraba el Santo Sacrificio
cuando estuvo allí; en Tenerife poseían los Ornamentos con que se
revestía para decir y misa. (10 )
Habiendo el Procurador general de los Dominicanos del Nuevo
Reino de Granada representado á Su Santidad Alejandro VIII, que por
los continuos milagros y frutos que hizo en la predicación en
Santa- Marta, Cartagena, &c., convirtiendo á innumerables
gentiles, suplicaba á Su Santidad que declarase al Santo Luís
Beltrán PATRÓN PRINCIPAL DEL NUEVO REINO DE GRANADA, la gracia le
fué concedida. Además, mandó el Papa que se le rezara con Rito
doble y Lecciones de su propia vida, y con fiesta de precepto en
todos los reinos y señoríos , sujetos á la corona de España.
Al año siguiente de dicha concesión se celebró en Santafé (dice
Zamora ) una fiesta ostentosa, habiéndose levantado un magnífico
altar en la iglesia de Santo-Domingo, y sobre el altar pusieron una
estatua del Santo, la cual fué llevada en hombros del Presidente
dela Audiencia y de los oidores, y acompañada pOr las efigies de
San Pedro, Santa Isabel de Hungría y Santa Rosa de Lima. Un
numerosísimo concurso de lo más lucido de la sociedad santafereña
asistió á esta fiesta, la cual celebraban los Dominicanos cada año.
(11 )
Pero no se crea que, porque faltasen algunos trabajadores en la
viña del señor, el espíritu evangélico decayera por entonces entre
los Dominicanos y Franciscanos. En 1573 los hijos de Santo-Domingo
llevaron la luz del Cristianismo á la provincia del Chocó,
erigiendo como centro de sus operaciones la ciudad de Toro. Pero
los Misioneros tuvieron tánto que sufrir de las depredaciones de
los Indios
|Chocoes, que se vieron obligados á trasladar su
convento á Pasto, dejando en su lugar á los Religiosos
Franciscanos, que se hicieron cargo de la misión.
Por aquella época el segundo Arzobispo de Santafé de Bogotá,
señor Zapata, publicó unas
|constituciones muy caritativas
paRa favorecer á los indígenas, procurado poner todos los medios
para civilizarles y cristianizarles. Mandaba en ellas que á todo
trance les tratasen bien y que llevaran con paciencia sus defectos;
y además, para tenerles contentos, yá que les habían quitado sus
fiestas nacionales, por ser sacrílegas é impropias de cristianos,
se sustituyesen con regocijos lícitos, juegos inocentes y
diversiones honestas. Ordenó que en cada pueblo de indígenas se
construyese un
|bohío ó choza para que en él se recogiesen
los enfermos desvalidos, y que allí se les administrasen
medicamentos y alimentos gratis. El Cura debía también enseñar á
leer, escribir y contar á veinte niños, hijos de los antiguos Jefes
de cada pueblo, los que habían de vivir en la casa cural para que
aprendiesen la vida civilizada y pudiesen después enseñar la
cultura á las gentes de su raza. Por supuesto, est;a enseñanza
domestica seria completada con el aprendizaje de la doctrina
cristiana, la que todo cura tenía la obligación de enseñar á
jóvenes y viejos, niños y adultos. Como los indígenas no habían
aprendido el castellano, había prohibición de ordenar de sacerdote
en Santafé á ninguno que no hubiese antes aprendido la lengua
muisca, la cual se enseñaba por principios en el Seminario del
Nuevo Reino de Granada.
El dominicano fray Alonso Ronquillo fué el primer Misionero que
entró en el centro de los Llanos de Casanare. Con su amor á los
desgraciados indígenas, su elocuencia evangélica y la suavidad de
sus maneras, sin usar otra fuerza que la de su gran caridad
cristiana, logró él solo convertir á treinta familias de indígenas
salvajes que moraban en la última falda de la cordillera que se va
convirtiendo en llanura hacia Casanare. Obtuvo en seguida permiso
para edificar una iglesia en aquel punto, que llamó Medina, y en
torno de la cual se fueron agrupando los nuevos cristianos.
Consagrado el Padre Ronquillo al cuidado de su voluntaria grey,
convirtió en poco tiempo tribus de Indios Chios, Mambitos y
Surunguas, bautizando, según dicen los cronistas de su tiempo, á
más de dos mil aborígenes.
San Juan de los Llanos fué civilizado en parte por otra orden
religiosa, la de los Franciscanos menores, los que fundaron varias
aldeas cristianas, catequizaron á gran número de ignorantes
indígenas, se internaron en las montañas y despoblados en busca de
las Ovejas infelices que vivían en la oscuridad del salvajismo, é
hicieron entrar en la vida de la civilización a miles de
aborígenes. Desgraciadamente, con el abandono de las misiones
reglamentadas, muchos de los indígenas de aquellas partes han
vuelto de nuevo á su natural estado de rusticidad y paganismo, y
hoy día gimen en las tinieblas de la ignorancia como antes de la
Conquista.
Sin embargo, últimamente algunas tribus de aquéllas han deseado
volver á la vida civilizada, y piden que les envíen un Misionero
que las instruya. Pero nuestro clero se halla en tal estado de
insuficiencia, que sus miembros no alcanzan siquiera para cuidar de
las poblaciones civilizadas, y hace falta enorme entre nosotros
alguna orden religiosa que se consagre á asistir las Misiones entre
las tribus de indígenas que se hallan lejos de la luz del
Evangelio. No hay duda que los Gobiernos de los Estados
comprenderían el gran bien que se haría al país con la reducción de
los salvajes, si ayudasen en lo posible á los Religiosos que
emprendieran tan santa misión. (12 )
|
(1 )
|
El Hospital de l a Santísima Trinidad en Roma, dió albergue
durante el Jubileo de 1600, en tres días no más, á 444.000
peregrinos y á 25,000 mujeres. Allí se ha visto frecuentemente á
los Soberanos Pontífices lavando los pies de los pobres. Muchos
piadosos cristianos asisten, confortan y sirven en aquel lugar á
los enfermos y peregrinos, llegando á contarse hasta 600 personas
en un día que visitan el hospital, siendo de todas las clases, de
la sociedad, desde ricos Cardenales y damas de la corte hasta otros
pobres que van á cuidar de los que han quedado enfermos.-
|Véase HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA, por Rohrbacher y
Chantrel, 5
|a edición, 1869.
|
|
(2 )
|
VIDA Y VIAJES DE CRISTÓBAL COLÓN Y SUS COMPAÑEROS.Página
756.
|
|
(3 )
|
Contábanse 6,000 monasterios y 600 obispados cincuenta años
después de la conquista.
|Véase la obra antes citada de
Rochbacher.
|
|
(4 )
|
El Obispo de Santa-Marta ha pedido al Congreso los medios para
educar á algunos indígenas de la Goajira en los colegios del
Estado, y autorización para fundar cátedra en que los seminaristas
puedan aprender los idiomas de los indígenas. No sabemos si su
petición ha sido atendida.
|
|
(5 )
|
HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL NUEVO REINO DE GRANADA.
|
|
(6 )
|
Véase HISTOIRE DE LEGLISE CATHOLIQUE, antes
citada.T.XII.-- HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL NUEVO
REINO DE GRANADA, de Zamora.
|
|
(7 )
|
DICCIONARIO GEOGRÁFICO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE COLOMBIA, por
Esguerra.
|
|
(8 )
|
Este azote volvió con gran furia en 1587 y en 1596.
|
|
(9 )
|
Véase NOBILIARIO DE OCARIZ.
|
|
(10 )
|
No sabemos si aún los conservan.
|
|
(11)
|
Según se nos ha dicho, la efigie del Santo ha des- aparecido de
la iglesia de Santo--Domingo de esta ciudad.
|
|
(12)
|
Después de escrito lo anterior, hemos visto con gusto que, bajo
la protección del señor Obispo de Santa-Marta, algunos Misioneros
han entrado en la Goagira, en donde no hay duda que llevarán á cabo
la conversión de muchos Indios:
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|
(1*)
|
Véanse las historias de Piedrahita, Zamora, fray Pedro Simón,
&c.
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