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GASPAR DE RODAS.
(COLONIZADOR DE ANTIOQUIA).
I
Gaspar de Rodas era oriundo de la ciudad de Trujillo, en
Extremadura; su padre, don Florencio de Rodas, era Alcaide de una
fortaleza en la provincia de Algarve, en Portugal, llamada Lole; su
madre, de nación portuguesa, se llamaba doña Guiomar Coello, y era
natural de Lamego. Gaspar pasó á las Indias en 1540, siendo muy
jóven y llevando á sus expensas gente armada, lo que prueba que su
familia tenía alguna importancia. Después de algunos sucesos
desgraciados en el Perú y en el Reino de Quito, en 1541 tomó
servicio con Belalcázar, el cual, reconociendo en el joven
aventurero cualidades notables, le mandó á que cambiase el sitio de
Santafé de Antioquia. Hízolo Rodas á satisfacción general; pero
habiendo invadido en aquel tiempo dicho lugar las fuerzas del
Gobernador de Cartagena, éstas tomaron presos á un teniente de
Belalcázar llamado Madroñero y á nuestro Conquistador, y
poniéndoles collera y ensartándoles en una cadena les enviaron con
escolta á Cartagena, como si fueran unos bandidos.
Felizmente para Rodas, se encontró en la vía con su antiguo
amigo Jorge Robledo, quien le hizo poner en libertad y le llevó
consigo á Antioquia. Aquél no siguió con Robledo, sino que se quedó
en aquella ciudad, en donde tenia propiedades y repartimiento de
Indios. Una vez concluidas las desavenencias entre Belalcázar y
Robledo, que terminaron con la muerte de éste, Rodas recibió del
Gobernador de Popayán el nombramiento de Teniente general de un
enviado que mandaba á Antioquia para que prendiese y juzgase á los
que se habían alzado contra Madroñero y maltratado al mismo Rodas.
Pero este noble joven no sólo rehusó participar en aquella
venganza, sino que dió aviso secretamente á sus enemigos para que
se pusiesen en salvo, lo cual hicieron huyendo hacia Cartagena;
así, con un acto de generosidad pagó la injusticia sufrida de parte
de los cartageneros.
Corría el año de 1569 cuando, habiéndose sublevado los naturales
de Antioquia contra sus encomenderos, cometiendo muchos desmanes,
asesinando á los Españoles, saqueando y talando las casas y
sementeras, matando á los negros, mestizos é Indios mansos, la
situación de toda la provincia era por extremo alarmante. Súpolo el
Virey del Perú, don Alvaro de Mendoza, encargado entonces de
atender á la Gobernación de Popayán, de quien dependía Antioquia,
y habiendo averiguado cuál sería el hombre más adecuado para
castigar á las tribus alzadas, tuvo informes de las dotes militares
y de gobierno que tenia Gaspar de Rodas, vecino respetado, querido
y muy acaudalado de Santafé de Antioquia, y al momento comisionó á
nuestro Conquistador para que acudiese á castigar y calmar aquellas
revueltas que traían los ánimos tan desasosegados.
Hacía cerca de treinta anos que Gaspar de Rodas se había
radicado en Antioquia, y naturalmente yá no era un hombre joven;
pero aquella raza de conquistadores era robusta y fuerte, y nada la
arredraba: ni los años ni las penalidades que se sufrían en
aquellas campañas eran parte á desalentarles; así, pues, Rodas
aceptó el honroso cargo con gusto, y se empezó á preparar y convocó
á todos sus amigos para que le fuesen á ayudar en su empresa.
Acudieron de todas las provincias los amigos del Capitán, y cada
día llegaba alguno á la ciudad, á la cabeza de los hombres de armas
que había podido reunir, seguido de los negros esclavos que poseía,
llevando caballerías, ganados y cerdos que sirviesen para fundar
poblaciones en diferentes partes de las tierras que sometiesen. Al
fin, después de vencer grandes dificultades y hacer abundante,
acopio de, armas y municiones, Rodas salió de Antioquia el 6 de
Enero de 1570, llevando cien hombres de infantería trescientos de
caballería, setecientos Indios de servició, y muchos negros
esclavos, cuatrocientas vacas, quinientos cerdos, algunas yeguas y
otros animales de cría. Al cabo de pocos días de Viaje mandó hacer
alto en un sitio llamado Tucuná, en donde fué bien recibido por los
naturales. De allí envió descubiertas en diferentes direcciones á
tomar lenguas é indagar la situación de ánimo de las tribus
circunvecinas.
Rodas deseaba pacificar la tierras sin efusión de sangre, y por
este motivo mandó ofrecer la paz y su amistad á los Caciques
alzados, á trueque de un acto de sumisión. Pero aquellos bárbaros
yá no se dejaban halagar con promesas de amistad, sino que,
habiéndose reunido los principales Caciques comarcanos, resolvieron
rechazar la oferta de paz, ;y sin manifestar miedo declarar la
guerra á los invasores, enviándoles un mensajero á anunciarla.
Efectivamente, una mañana se presentó en el campamento Español un
indígena de aspecto feroz, cubierto de arabescos, con las armas en
las manos, llevando en la frente una corona de oro rodeada de
penachos de plumas. Preguntó cuál era el caudillo español, y
presentándose delante de éste con aire fiero y arrogante, y
llamando un interprete, mandó que le dijese en su nombre estas o
semejantes palabras:
" Yo soy Yatengo, y vengo en nombre de mi tribu, y en
el de todas las demás que habitan estos territorios de Pequí, á
decirte que te mandamos que salgas de aquí, si no quieres que te
declaremos una guerra cruel y sanguinaria, sin misericordia ni
perdón...... pero si esta consideración no te detiene, Capitán
español, puedes avanzar al interior del país con tu gente y
ganados, que nuestra gente te abrirá anchos caminos para que pases.
Mas te prevenimos que vayáis armados con vuestras mejores armas,
porque si lográis entrar fácilmente en nuestra tierra, no saldréis
de la misma manera.
Gaspar de Rodas contestó que no olvidaría su prevención: que su
tropa estaba lista para continuar su marcha sin demora, y que,
aunque hubiera preferido la paz, él aceptaba la guerra sin temor
ninguno. Con esto despidió al mensajero para que fuese á avisar á
los suyos cuál había sido la impresión que habían hecho las
amenazas de los Caciques en los invasores. De allí para adelante,
en territorio de los Pequís, Rodas tuvo que sufrir mucho de las
hostilidades de aquellas tribus indómitas y valientes. Por todas
partes incendiaban los bosques y pajonales para impedir la marcha
de los rebaños que llevaban los Españoles, creyendo que con esto
entraría la confusión en el campo enemigo y podrían aprovecharse de
ella para caerles encima. En otras partes encontraban ardiendo los
caseríos y las sementeras, y los habitantes refugiados en las
cumbres de los cerros las peñas, de donde arrojaban dardos y
piedras sobre los Españoles, con acompañamiento de espantosa
gritería. Sin embargo, la constancia española al fin venció la mala
voluntad delos indígenas: éstos, en la prontitud que caracteriza á
todos los pueblos primitivos, se cansaron pronto, y unos se
rindieron de grado y otros por fuerza. Pero si se rindieron los
naturales á la necesidad, no por eso dejaron de procurar que los
invasores abandonasen sus territorios; y conociendo la codicia de
los Españoles, ponderaban las riquezas que se encontraban en las
tierras más lejanas y ofrecían llevarles á ellas.
Rodas continuaba avanzando y descubriendo países nuevos, pero
sin detenerse en ninguna parte. Al cabo de muchos meses de marcha,
su tropa, fatigada con una campaña tan larga, le manifestó, que su
ánimo al emprenderla no había sido hacer descubrimientos estériles,
sino colonizar para fundar nuevas poblaciones y utilizar los
rebaños que llevaban consigo con tántos trabajos. Obligado por los
suyos, al fin Rodas se detuvo en el valle llamado Ituango, y el 10
de Septiembre de 1571 fundó allí una población que llamó San-Juan
de Rodas; población que no subsistió. Después de haber sido
trasladada á. diferentes puntos, fué por ultimo abandonada
definitivamente por los Españoles, tanto porque su clima era
insalubre, como porque los Indios circunvecinos eran cruelmente
belicosos. Cumplido aquel deber, Rodas regresó á Antioquia un año
después de haber salido de la población. Allí encontró que el
Virey, excitado por los enemigos del Conquistador, había revocado
los poderes dados á éste para salir á descubrir y poblar, y
nombrado á otro para que se hiciese cargo del gobierno.
II
Durante los siguientes años, Rodas permaneció, sin duda, en
Antioquia, ocupado en administrar sus haciendas, hasta 1576, año en
que la Audiencia de Santafé le mandó el nombramiento de Gobernador
de la Provincia, en reemplazo de Andrés de Valdivia,-que había
muerto á manos de los Indios,- con la condición de que castigase
severamente á los rebeldes asesinos, y se fundase una población
española en el sitio más conveniente para que sirviese de núcleo de
civilización en aquellos territorios, poblados por naturales
siempre deseosos de rebelarse. Rodas se puso en marcha apenas pudo
reunir setenta hombres bien armados, y, sin arredrarse, se dirigió
á la provincia del fiero Cacique Guarcama, el matador de Valdivia,
en un país densamente poblado, dicen los cronistas, y cuyos
habitantes eran tan denodados cuanto numerosos.
A medida que se internaba en el país, después de haber pasado el
río Cauca, notó que los naturales habían abandonado los llanos y
los valles y refugiándose en las altas cumbres de los cerros,
aguardando un diluvio que sus hechiceros les habían anunciado en
aquellos días, el cual, aseguraban, ahogaría á todos los Españoles,
salvándose los indígenas que se guareciesen en las peñas más altas
de la serranía. Al cabo de seis días de estar retirados en lo alto
de los montes, los naturales, viendo que no se cumplía el
pronóstico, volvieron á bajar á sus caseríos, y no sólo encontraron
que no se hablan ahogado los Españoles, sino que tranquilamente
poseían los bienes de aquéllos.
Al fin Rodas llegó al. valle de San-Andrés, el sitio donde había
perecido Valdivia, y al momento empezó á hacer diligencias para
apresar á los caudillos de la insurrección, lo cual llevó á cabo
usando de perfidias que mancharon su carácter. Cuando tuvo á los
Caciques en su poder, les hizo bautizar, antes de ahorcar á unos, y
mutilar á otros, haciéndoles cortar las orejas, las, manos y los
dedos de los piés. (1 ) Una vez pacificado, ó más bien humillado el
país, Rodas se ocupó en fundar un pueblo que sirviera de núcleo
para proseguir en la conquista y sumisión de aquellas tribus. Llamó
la nueva ciudad como una de Extremadura en España: Cáceres,
estableciéndola en una loma limpia y bien situada, en el mismo
lugar en que los indígenas habían matado á Valdivia (2 ).
Después de repartir las tierras y los Indios comarcanos entre
los treinta soldados que más se habían señalado en la campaña,
Rodas regresó á Antioquia. Al cabo de poco tuvo noticia de que, á
pedimento de algunos oficiales, la Audiencia de Santafé había
alterado sus disposiciones relativas á la nueva colonia, y entonces
resolvió pasar al Nuevo Reino, llevando consigo documentos
fidedignos con los cuales le sería fácil defenderse del cargo de
injusticia que se le hacía. En Santafé no solamente fueron
confirmadas de nuevo sus disposiciones, sino que el Gobierno le
nombró para que fuese á sujetar á los Gualíes, que se habían alzado
y cometido algunos desmanes. Rodas salió de la ciudad de Santafé
inmediatamente, á la cabeza de ciento diez hombres armados, y en
menos de tres meses sujetó á los Indios alzados y tranquilizó á los
colonos de Mariquita (Marquetá), que vivían en continuos
alarmas.
Una vez cumplidas estas órdenes, Rodas regresó á Antioquia, en
donde se necesitaba urgentemente su presencia; pues los indígenas,
aprovechándose del gobierno débil y descuidado de los que mandaban
en nombre del Gobernador, tenían preparada una vasta conspiración
que estaba á punto de estallar. Rodas impidió, en unas partes por
medio de la fuerza y en otras apelando á la prudencia y la
misericordia, que se pronunciasen los conjurados; y en seguida
preparó una expedición conquistadora que recorriese los territorios
más poblados y después de sujetar á los indígenas, fundase una
ciudad española que fuera el centro de la civilización de aquellas
provincias. Acaudillando él mismo la expedición, sin acordarse de
los Indios que contaba, que serían más de sesenta, Rodas resolvió
empezar su correría por el lado del valle de Aburrá (hoy día
Medellín ), y quiso allegar la buena voluntad de los indígenas,
usando de medidas suaves y humanitarias. Prohibió con severas penas
que quitasen por la fuerza sus haberes á los naturales, y que jamás
recibiesen de ellos cosa alguna, sin ofrecerles en cambio algunos
da los efectos de Castilla que más apreciasen. Deseaba el
Gobernador que los Indios se acostumbrasen á traficar con oro, y de
esta manera inducirles á que voluntariamente trabajasen en buscarlo
para los Españoles, sin que á éstos costase gran cosa conseguirlo.
(3 )
Habiendo encontrado un sitio ameno en las orillas del río Porce,
Rodas fundó allí, en 1581, una ciudad española que llamó Zaragoza
de las Palmas, sitio poblado con más de dos mil indígenas expertos
en el arte de lavar el oro corrido que abundaba en aquella tierra.
Pero si el país era bello y rico, también era tan extremadamente
insalubre, que al llegar allí todo extranjero á pocos días
enfermaba de muerte, y sólo unos pocos se salvaban. Al presente
Zaragoza está situada sobre el río Nechí, sitio más propio para el
comercio, por ser aquel río navegable hasta el Cauca; pero su clima
no es menos deletéreo, que el de la antigua fundación de Rodas.
Así, poco ha adelantado, y hoy día apenas cuenta poco más de des
mil seiscientos habitantes. Se halla á 205 metros sobre el nivel
del mar, con una temperatura de 27 gr. cent.
Concluída esta fundación, Rodas regresó á Antioquia, en donde
volvió á tomar las riendas del gobierno, las que tuvo en sus manos
aún por largos años; muriendo al fin,-no sabemos fijamente en qué
fecha,-muy anciano y respetado por todos los colonos y habitantes
de su patria adoptiva.
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(1 )
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Aquellas mutilaciones que hoy día nos horrorizan, no solamente
las usaban los Españoles con los indígenas, como creen algunos,
sino que eran la manera con que se acostumbraba entonces castigar á
los criminales en Francia, Italia, Inglaterra, Alemania y demás
naciones europeas.
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(2 )
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La ciudad de Cáceres, de Antioquia, ha sido fundada tres veces
en diferentes partes. A presente se encuentra en la margen oriental
del río Cauca, á 200 metros sobre el nivel del mar, con una
temperatura de 26 gr. cent., y tiene poco más ó menos mil
habitantes.
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(3 )
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"Esta política surtió el mejor efecto, y en breve, en
los juegos de suerte á que eran tan aficionados los Españoles
corrían en el campamento hasta veinte mil pesos de oro, pues los
Indios daban setenta pesos por una hacha, seis por una aguja, y
todo en esta proporción; pero de lo que se mostraban más ansiosos
era de la sal: por una libra daban treinta pesos de
oro."
Acosta-COMPENDIO HISTÓRICO &c.-Pag. 362.
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