INDICE




Patente de Privilegio
Prólogo
Introducción
Cristóbal Colón
Alonso de Ojeda
Juan de la Cosa
Américo Vespucio
Diego de Nicuesa
Vasco Núñez de Balboa
Ambrosio de Alfínger
Jorge de Espira
Nicolás de Federmann
Rodrigo de Bastidas
Pedro de Heredia
Gonzalo Jiménez de Quesada
Sebastián de Belalcázar
Gonzalo Suárez Rondón
Martín Galiano
Pedro de Ursúa
Jorge Robledo
Francisco Cesar
Lázaro Fonte
Gaspar de Rodas
Antonio Díaz Cardoso
Pedro Cieza de León
San Luis Beltrán
Los Jesuitas Misioneros
El Apóstol de Cartagena. Pedro Claver
Los Baquianos
Aguayo, Gerónimo de
Aguilar, Alonso de
Aguirre, Domingo Vascongado
Aguirre, Martín de
Albarracín, Esteban de
Alcalá, Juan de
Almarcha, Sebastián de
Alcocer, Hernando de
Alemán, Juan Nicolás
Alonso, Juan
Aldana, Lorenzo de
Alderete, N.
Álvarez de Acuña, Francisco
Ampudia, Juan de
Añasco, Pedro de
Angulo, Cristóbal
Aranda, Francisco de
Aranda, Pedro de
Arellano, Alonso Ramírez de
Arévalo, Juan de
Arias, Francisco
Avendaño, Francisco
Avellaneda Temiño, Juan de
Ayala, Andrés de
Bermúdez, Antonio
Bernal, Crisóbal Ortíz
Bolegán, Pedro Fernández
Bravo de River, Pedro
Bravo, N.
Briceño, Pedro
Burgueño, Juan
Cabezón, García
Cabrera, Juan de
Calvete, García
Cáceres, N.
Camacho Zambrano, Bartolomé
Caro, Benito
Caro, Luís
Carrión, Pedro Rodríguez de
Casas, Fray Domingo de las
Castil-Blanco, N
Castellanos, Juan de
Castro, Antonio
Castro, Juan de
Celide Alvear, Jorge
Céspedes, Juan de
Céspedes, Francisco
Chinchilla, ó Chinesilla, Juan
Cifuentes, Gómez de
Colmenares, Pedro de
Collantes, Juan Muños de
Corral, Gómez del
Corredor, Pedro Ruiz
Cruz, Gómes de la
Cuéllar, Juan
Daza, Luís
Díaz, Francisco y Simón
Días Hidalgo, Juan
Domínguez Beltrán, Alonso
Escalante, Hernando de
Esquivel, Antón de
Espinosa, Diego de
Espinosa, Gaspar de
Fernández, Antonio
Fernández, Francisco
Fernández Gironda, Gonzalo
Fernández, Juan
Fernández, Marcos
Fernández Valenzuela, Pedro
Figueredo, Francisco de
Figueredo, Melchor Ramírez de
Flamenco, Antón
Franco, Diego
Frías, Juan de
Fuerte, Juan
Gallegos, Hernando
Gallegos, Luís
Gante ó Guante, Antón de
García, Gonzalo
García, Juan Machado
Girón, Francisco Hernández
Gascón, J. Alonso
Gascón, Juan
González, Bartolomé
Gómez Alonso, Hiel de la Tierra y Sequillo
Gómez, Francisco de Feria
Gómez, Hernán Castillejo
Gómez de Orozco, Pedro
Gómez Portillo, Juan
Gómez Fernández, N.
Gordo, Juan
Graso, Juan Bautista
Guemes, Juan de
Gutiérrez Aponte, Pedro
Gutiérrez Valenzuela, Juan
Haro, García Calvete de
Hernández Ballesteros, Francisco- Hernández, Pedro- Hernándes Ledezma, Alonso
Hernández de la Isla, Martín
Hernández de León, Bartolomé- Hernández de Madrigal, Diego
Herreño, Bartolomé
Herreño, Gerónimo Hernández
Higueras, N.
Hinojosa, Juan Ramírez
Holguín de Figueroa, Miguel
Huete, Diego de
Hyto, García del
Igarte, Martín
Insá, Gerónimo de
Junco, Juan del
Ladrón de Guevara, Domingo
Laínza, Geónimo de
Lanchero, Luís
Lebrija, Antonio de
Lescanez, ó Legaspés, Juan de
Limpias, Pedro de
López, Diego y Juan
López, Gil
López de Monteagudo, Pedro
Lorenzo, Juan
Lozano, Francisco
Lozano, Domingo
Luján, Antón de
Macías, Gonzalo
Madrid, Pedro y Madrid, Pedro Daza
Maldonado, Arias de
Maldonado, Baltasar
Maldonado, Dorado del H. Francisco
Manchado, Alonso
Manjarres, Luís
Mateos, Juan Marcos y Alonso
Martín Alonso
Martín Hiniesta, Diego
Martínez, Diego
Martínez, Francisco
Medrano, Francisco
Melo, Gerónimo de
Méndez, Bernabé
Méndez, Gaspar
Melgarejo, Juan Rodríguez Gil
Mestanza, Francisco de
Miranda, Cristóbal de
Molina, Pedro de
Montero, Hernando
Montañes, Juan
Montoya, Francisco de
Montalvo, Juan de
Monsalve, Francisco
Monroy, Cristóbal Arias de
Morales, Alonso de -Moratín, Baltasar de
Moreno, Alonso
Moyano, Miguel Seco
Muñoz, Miguel
Navarro, Hernando y Pablo
Novillero, N.
Nieto, Cristóbal Gómez
Núñes Cabrera Pedro
Núñes Pedroza, Francisco
Olaya, Antonio Soriano de
Olaya Herrera, Alonso de
Oliva, Diego de- Olmedo, Jorge de
Olmos, Juan de
Oñate, Martín
Orejuela, Juan Ruiz de
Ortega, Juan de
Ortiz, Cristobal de- Ortiz, Diego de
Ortiz, Ortún
Orozco, Lope de
Orozco, Juan de
Otañez, Miguel de
Palencia, Nicolás de
Palma, Antón de la
Paredes Calderón, Diego de
Penagos, Juan de
Pérez, Antonio Fernán
Periáñes Portoés, ó Pedro Yáñez
Pineda, Juan de
Porras, Pedro de y Sebastián
Poveda, Alonso Ramírez de
Prado, Hernando del
Prado, Juan del- Puelles, Juan de- Pujol, Martín
Puerta, Juan de la
Qesada, Hernán Pérez de
Quincoces, Juan de la Llama
Quintero, Juan
Requejeda, Fray Vicente
Ramírez, Juan de Hinojosa
Rey, Mateo Sánchez
Rivera, Juan de
Roa, Cristóbal de- Rodríguez de León, Pedro- Rodríguez Antón Casalla- Rodríguez Francisco- Rodríguez del Olmo, Juan
Rodríguez, Juan Benavides de
Rodríguez Parra, Juan
Rojas, Hernando de
Romero, Diego
Ruiz, Antonio
Ruiz Herrezuelo, Pedro
Ruiz, Cristóbal- Ruiz, Pedro Córdoba
Ruiz, Pedro García
Salamanca, Juan y Pedro Rodríguez
Sanabria, Luís de
Sánchez, Bartolomé Suárez
Sánchez, Juan
Sánchez Castilblanco, Diego
Sánchez Paniagua, Diego- Sánchez Cogolludo, Mateo
Sánchez Velasco, Pedro- Sánchez, Martín Ropero
Sánchez, Miguel
Salinas, Hernando de
Salazar, Pedro de
Salguero, Francisco
San-Martín, Juan de
Santafé, Gaspar de
Sam-Miguel, Cristóbal de
Sedano, N.- Segura, Diego de- Silva, Francisco de
Suárez Montaño, Diego
Tafur, Juan
Tafur, Martín Yáñez
Tordehumos, Francisco de
Toro, Cristóbal de
Torres, Diego- Torres, Juan de- Torre, Lázaro de la
Torres Contreras, Juan
Troya, Nicolás de- Trujillo, Juan
Umbría, Salvador de- Valenzuela, Pedro Sánchez
Valdés, Melchor de
Valderas, Diego Rodríguez de
Vásquez, Pedro
Valdivia, Andrés de
Vásques de Loaysa, Pedro- Vega, Gonzalo de
Venegas Carrillo Manosalvas, Hernán
Verdejo, El Bachiller Juan
Viana, El Bachiller
Villalobos, N.
Villanueva, Juan de- Villaspasas, Lorenzo
Villaviciosa, Francisco- Yáñez, Rodrigo
Zamora Forero, Cristóbal- Zea, Pedro de
Zarco, Benito
Zegarra, N.- Zelada, Cristóbal
Zorro, Gonzalo García
Perros de la Conquista
Lista de Obras Consultadas

 

 

FRANCISCO CESAR.

(CONQUISTADOR DE ANTIOQUIA)

 

Entre los marinos que acompañaron á Sebastián Cabot ó Gabotto en su viaje de descubrimiento al Río de la Plata y al Uruguay, se contaba un joven portugués (don Marcos Jiménez de la Espada dice que era cordobés), llamado Francisco Cesar, que se distinguió particularmente en aquella expedición por su valor, caballerosidad y singular comportamiento (1 ). Regresando Cabot de aquel viaje, que había durado tres años, tocó en Santo-Domingo en donde se quedaron muchos de los expedicionarios. Pedro de Heredia, tratando de enganchar soldados para la conquistar á Cartagena, y algunos de los compañeros de Cabot tomaron servicio á órdenes de aquél: entre otros se encontró el joven portugués cuya vida vamos á delinear.

Las maneras cultas y aire marcial de Cesar llamaron la atención del hidalgo don Pedro de Heredia, y así fué que le nombró su Teniente general, manifestándole su mucho aprecio con señales de particular estimación. Con el honroso cargo de Teniente del Gobernador, Cesar concurrió en la fundación y conquista de toda la provincia de Cartagena, señalándose siempre como uno delos más valientes entre los valientes. Era tan popular entre los soldados, que éstos no se manifestaban contentos, sino cuando él iba en las expediciones; y llego á tal punto el amor que le tenían los colonos, que al cabo de algún tiempo el Gobernador y su hermano don Alonso empezaron á sentirse muy disgustados y hasta humillados con la popularidad de Cesar, bien merecida, y por lo mismo imperdonable en el sentir de sus Jefes.

Con el objeto de rebajar á Cesar á los ojos de los subalternos, le quitó Heredia el empleo que tenía de Teniente general, dándole un  cargo inferior, é hizo su segundo á su hermano Alonso. Toda la tropa se consideró agraviada con aquel inmerecido desaire, y estuvo á punto dé estallar un motín contra los Heredias. Súpolo la víctima de aquella injusticia, y voló á contener á sus amigos y les hizo entrar en razón, calmándoles con una prudencia,y moderación extrañas en uno de aquellos capitanes aventureros de su época. En cuanto á él, ni una queja elevó á su antiguo protector, ni pidió nada para sí, inclinando la cabeza ante la voluntad de su Jefe, y dando con ello un saludable ejemplo á sus subalternos. Sin duda le pesó á Heredia lo que había hecho, porque la injusticia duele más al que la comete, sí es persona de conciencia, que al que la sufre, pues mandó á Cesar en una importante expedición á los ricos sepulcros del Zenú ó Zenúfana, en calidad de Teniente general de don Alonso, aconsejando á éste que, para contentar á la tropa, diese a Cesar ocasión de lucirse y ganar fama.

Pero don Alonso siempre se manifestó poco afectuoso á Cesar,  y excusaba tenerle á su lado; así, en primera ocasión le mando como caudillo de una expedición secundaria á las orillas del mar, á conseguir alimentos para la tropa: Cesar no solo envió á don Alonso los mantenimientos que nesecitaba, sino que reunió una fuerte suma de oro que se proponía dividir entre sus compañeros, según la costumbre del tiempo, una vez que se hubiese sacado el quinto del Rey y la parte del Gobernador. Don Alonso le mando pedir el oro para emplearlo en ciertos gastos de la Expedición, y Cesar se negó á ello, fundándose en las leyes vigentes entonces acerca dela división que se debía hacer del botín; enfurecióse el hermano del Gobernador, y mandando llamar á César le hizo cargar de cadenas, y por sí y ante sí le condenó al último suplicio como rebelde y desobediente; pero no se encontró un soldado que quisiese ejecutar la sentencia. Entonces le mandó poner al preso collera de hierro, y en compañía de un amigo de éste le arrastró en pos de la tropa arriba y abajo, por montes y por valles, encadenado como el peor criminal y sufriendo indecibles tormentos. De aquella manera Cesar visitó por primera vez el país que, después habría de conquistar en parte, atravesando las serranías más agrias y escarpadas tal vez de la América del Sur, hasta ir á dar á las orillas del río Cauca. De allí se devolvieron sin haber obtenido otra cosa que la muerte de innumerables indígenas, que llevaban como esclavos, cargueros, y la pérdida de muchos Españoles que morían de hambre, de enfermedades y de fatiga, y llegaron á la provincia de Cartagena diezmados y miserables. A, su arribo a la capital, Heredia puso en libertad á Cesar; pero como no le diera ningún empleo y le tratara con desprecio, el Capitán resolvió alejarse de aquel lugar é ir á buscar fortuna en Panamá. De paso por el golfo de Urabá se detuvo allí y tomó servicio con Julián Gutiérrez, un Español que había enviado el Gobernador de Panamá á que restableciese La antigua población de Acla, abandonada años antes.

Julián Gutiérrez empezó por aliarse con los indígenas comarcanos, y se casó con una india convertida, bautizada Isabel, hermana del cacique más influyente. Con semejante sistema de colonización, enteramente nuevo para los indígenas, éstos le aceptaron con el mayor cariño, y la nueva colonia iba en progreso y prosperidad, evidentes en poco tiempo.

Sin duda el bienestar de la nueva colonia, tanto como la buena acogida que  tuvo allí Cesár, despertaron la envidia y mala voluntad de don Alonso de Heredia, quien, como hemos dicho, siempre había mirado mal al valiente portugués; quiso, pues, poner alguna cortapisa á la prosperidad de Acla, y con anuencia del Gobernador su hermano pasó á San-Sebastián (la antigua villa fundada y abandonada veinte años antes por los soldados de Ojeda) y la restableció prontamente. En breve las dos nuevas colonias españolas, divididas por las aguas del golfo, empezaron a hostilizarse cruelmente, acabando Gutiérrez por pasarse á fundar un fortín cerca de San-Sebastián, con el objeto de vigilar á los cartageneros.

No bien tuvo noticia el Gobernador de lo que sucedía, cuando se presentó en San-Sebastián para ayudar á su hermano en sus querellas con los panameños. Trasladóse al punto frente al fortín, á la cabeza de una tropa bien armada, é intimó á Gutiérrez que desocupase el territorio perteneciente á la Gobernación de Cartagena; aquéste rehusó obedecerle, y viniéronse los Españoles á las manos; pero como las fuerzas de Heredia eran superiores, fueron vencidos los panameños y Gutiérrez hecho prisionero. Cesar reunió las reliquias de la tropa de su amigo y fué á asilarse al monte, en unión dela india Isabel. Pero Heredia, que conocía el valor y la pericia militar de Cesar, temió que reuniese las tribus indígenas de los alrededores, que eran muy numerosas, y cayese sobre la nueva villa de San-Sebastián; por lo que, para propiciarle, mandóle ofrecer la paz sin condiciones, y dió garantías completas á cuantos Españoles quisiesen acogerse á sus banderas.

Cesar, que no deseaba entrar en lucha armada con su antiguo Gobernador, rindió las armas y se acogió al indulto, volviendo á San-Sebastián. La tropa cartagenera, que le idolatraba, apenas le vió no quiso yá separarse más de él, y todos suplicaron á Heredia que le nombrase como su caudillo en una expedición que se preparaba por entonces para volver al sur de la provincia. Don Pedro, que comprendió que la felicidad de una expedición se derivaba en gran parte de la buena voluntad de los soldados, accedió á lo que le pidieron, propuso á Cesar que tomase á su cargo la que se emprendía: este acepto, y al promediar el año de 1537 se puso en marcha, á la cabeza de cien hombres escogidos entre los más robustos y valientes de la Colonia, con dirección á la sierra de Abibe, detrás de la cual era fama que demoraban los tesoros de Dabaibe ó el Dorado.

 

II

 

“Desde las orillas del golfo del Darién hasta el pueblo del Cacique Abibe (dice Acosta ), por cuyo nombre se impuso á las montañas el que tienen todavía, hay un espacio de diez á doce leguas de palmas y altísimos árboles, que forman selva espesa, la cual cubre un terreno cenagoso, en que los ríos, detenidos por palizadas de enormes troncos abatidos por los vientos y los siglos, forman represas, é inundan y fecundan aquella ardiente región.” Después de Atravesar aquella peligrosísima zona los expedicionarios, acaudillados por Cesar, empezaron a escalar la cordillera y una vez coronada, bajaron hacia las márgenes del Cauca. En este trecho de camino murieron cuarenta Españoles, y muchos caballos perecieron, ahogados unos y despeñados otros. En el valle de Guaca o Cauca tuvo Cesar que librar una batalla campal al Cacique Nutibara, la cual estuvo a punto de perder; y sin duda la Expedición hubiera sucumbido toda, si no resolviera Cesar á abandonar la empresa y devolverse antes que se unieran las tribus comarcanas para atacarle, como tuvo denuncio de que se preparaban á hacerlo. Regresó, pues, precipitadamente á la provincia de Cartagena, con intención de volver después á acabar de descubrir aquella comarca, en la que encontraron mucho oro en pocos días.

En tanto que Cesar sufría trabajos y penalidades en su viaje de exploración, los Heredias no pasaban en verdad un tiempo muy dichoso; pues cuando nuestros expedicionarios llegaron á las inmediaciones de Cartagena, tuvieron noticia de que el Gobernador y su hermano estaban presos, por orden de un Visitador que había enviado el Gobierno español á juzgarles y residenciarles. El noble Capitán Cesar se llenó de compasión al oír semejante noticia y olvidando sus antiguas desavenencias con los Heredias no se acordó de las injusticias que había sufrido de su parte, sino que voló á la prisión en que estaban, obtuvo una entrevista secreta con el Gobernador, y le llevó ocultamente la parte de botín que le correspondía. En seguida fué á empeñarse con el Visitador para que soltase con confianza á don Alonso y remitiese en primera ocasión á don Pedro á que le juzgasen en España, en donde tenía amigos, y ofreció su bolsa, sus recursos y su influencia para que los Heredias no careciesen de nada. Ciertamente que esta conducta de Cesar fué la de un cristiano y de un hombre estimable y generoso; pero no estaba en desacuerdo con la que casi siempre observaron los Conquistadores entre sí, pues raro fué el varón de aquellos tiempos que se aprovechara de la desgracia de su enemigo para tomar venganza (2 ).

Una vez arreglado el asunto de los Heredias, el Visitador Vadillo se ocupó en averiguar con Cesar lo concerniente á la riqueza del país que acababa de visitar, y oyó con suma alegría las noticias que le dieron. Satisfecho con estos informes, Vadillo, que padecía más que nadie de una sed insaciable de oro, resolvió ir personalmente á recorrer las tierras descubiertas por Cesar. Reunió prontamente cuantos soldados robustos halló y en la Gobernación, y acopiando víveres y armamento de toda clase, y nombrando por su Teniente general á Cesar, púsose en marcha, al principiar el año de 1538, á la cabeza de más de 500 hombres con caballería y 350 infantes; de suerte que fué ésta una de las expediciones descubridoras más numerosas que se formaron en esta sección, de América en la época de la conquista (3 ).

Además del deseo de acopiar oro, Vadillo tenía otro motivo para alejarse de Cartagena: tenia conciencia de haberse excedido en los malos tratamientos dados á los Heredias, y le convenía estar ausente de la Gobernación cuando llegase á ella un comisionado que iría de España para indagar su conducta. Alejábase, pues, Vadillo apresuradamente de la provincia, y tomando la misma vía seguida por Cesar pocos meses antes empezó á internarse en la espesura de los bosques. Pero la tropa era tan numerosa que, no obstante los muchos recursos que llevaba, á poco andar empezaron á faltar los alimentos más necesarios, y los indígenas la hostilizaban sin tregua, causándola grandes daños, asesinando á cuantos se separaban algunos pasos del cuerpo del ejercito, e infundiendo a los Españoles gran terror con sus instintos feroces y propensión á comerse los unos á  los otros a la menor provocación.

Cesar, más que ningún otro, dió señales de gran denuedo y espíritu sereno en todas ocasiones; con lo cual salvó el ejército de las celadas que le tendían las tribus aborígenes. A pesar del brío indómito de los habitantes de las sierras antioqueñas, algunos Caciques visitaron como amigos el campamento Español, llevando presentes de oro á los invasores; con lo que creían librarse de los malos tratamientos de Vadillo y sus compañeros; pero la vista de aquel metal era contraproducentem, pues en vez de acallar su codicia despertaba en ellos mayor deseo de buscarlo de cualquier manera y á toda costa. Al fin los conquistadores llegaron á las orillas del río Cauca, término conocido hasta entonces de las anteriores expediciones; pero no obstante la situación angustiosa dela tropa, disminuida por el hambre y las fatigas, por las enfermedades y una guerra casi continua, Vadillo siguió su camino hasta llegar á una provincia que llamaban de Iraca, en donde se detuvieron halagados por la abundancia de las provisiones que encontraron, del oro que arrancaron  á los naturales y de las fuentes de sal que descubrieron en los terrenos adyacentes. Mas el clima era tan nocivo, que se vieron casi todos acometidos de fiebres que les llevaban á la muerte sin que pudiesen combatirlas. Vadillo dió entonces orden de que se siguiese la marcha por la orilla izquierda del río Cauca hasta Corí, en donde volvieron á detenerse para tratar de aliviar á los enfermos que llevaban. Muchos días llevaba, Francisco Cesar de estar minado por la enfermedad que había causado la muerte á tántos de sus compañeros; pero, temeroso de desalentar la tropa, no quería quejarse, hasta que, llegando á Corí, no pudo resistir más: la enfermedad le rindió, y á poco espiró en medio de sus afligidos compañeros, que se sintieron completamente desalentados al perderle. Cesar era en realidad el verdadero Jefe de la Expedición, y solo él era capaz de infundir ánimo y confianza á los soldados, dándoles siempre acertados consejos y usando en toda ocasión gran tacto y prudencia para manejar la tropa, la cual le obedecía sin replicar y le amaba con idolatría.

A Francisco Cesar debe Antioquia su conquista por su litoral fluvial del Norte, así como por el Sur se la debe á Robledo. Estos dos jóvenes y simpáticos conquistadores fueron, sin embargo, muy desgraciados, y la adversidad, que cortó sus días antes de tiempo, impidió que llegasen á adquirir una fama tan notable como sus meritos y cualidades militares prometían.

Cesar,-que fué llorado por sus compañeros y lamentado por los indígenas, pues no se refiere de él un sólo hecho sanguinario, pero ni siquiera inhumano,-fué tristemente sepultado en Corí. Mas, cuando Vadillo quiso que siguiera camino la tropa, ésta manifestó el mayor disgusto y desaliento; y si al fin logró el Visitador que continuara su marcha, siempre iba con desagrado y con inclinaciones á amotinarse, hasta llegar al Valle del Cauca, en donde se encontraron con las colonias recién fundadas por Belalcázar y Aldana. En Cali se desbandó por entero la Expedición, y mientras unos tomaban servicio bajo Lorenzo de Aldana, Vadillo pasó con otros á Popayán y de allí al Perú, en donde se embarco para Panamá. En el Istmo le encadenaron y llevaron preso á Cartagena, y de allí pasó á España, donde le pusieron pleito, el cual duró tántos años, que al fin murió en Sevilla, sin que hubiesen sentenciado su causa.

 

 

(1 ) Cabot visitó las regiones del Río de la Plata; y leemos en el " |Compendio de Historia de América," de D. Diego Barros Arana, " que uno de sus subalternos se internó en el río Uruguay y remontó sus corrientes hasta el río de San-Salvador; y Cabot mismo, explorando las riberas del Sur del Plata, penetró en el Paraná, en cuyas márgenes fundó un fuerte con el nombre de |Sancti Spiritus. Desde allí prosiguió sus reconocimientos hacia el Norte, navegó el río Paraguay, y después de una refriega con los salvajes de Bermejo, dió la vuelta á la fortaleza." Según Pedro Simón, el |subalterno que menciona aquí el moderno historiador era nuestro Francisco Cesar.
(2 ) Véase la conducta del Gobernador de Jamaica con Ojeda, la de Nicuesa con el mismo, la del Gobernador de Cuba con Bastidas, la de Lanchero con su perseguidor Armendáriz, y la de otros muchos que sería largo enumerar.
(3 ) "Llevaban copiosos pertrechos, así para atender á las necesidades de la guerra, del camino y del laboreo de minas, como para cumplir en toda regla con los preceptos religiosos, pues llevaron ornamentos y vasos sagrados, y hasta moldes de hierro para hostias. En atención á las dificultades del terreno y falta de recursos del país por donde había de transitar la numerosa hueste, cada soldado de á caballo llevava tres: el uno de montura, otro para el hato y otro del diestro con las armas y para pelear cuando llegara el caso; al servicio del jinete y cuidado de las bestias iban un mozo y un negro, ó dos negros, y una india ó negra para moler el maíz, pan de aquella; tierra; de los peones, una buena parte iban con machetes para abrir el bosque y limpiar la maleza, y cada par de ellos se socorría con un caballo que cargaba la comida y el calzado de entrambos." Véase-Prólogo escrito por don Marcos Jiménez de la Espada á las obras de Cieza de León.

 

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