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JORGE ROBLEDO.
(CONQUISTADOR DE ANTIOQUIA).
I
¿Quién era Jorge Robledo, cual su posición social en España y de
dónde era su familia? Preguntas son éstas á que no podremos
contestar, ni nos ha sido posible averiguar los hechos con certeza,
no obstante el haber consultado cuidadosamente las crónicas que
refieren sus hazañas.
Cuando, en 1539, el conquistador del Perú, Francisco Pizarro,
envió á la recién descubierta provincia de Popayán al capitán
Lorenzo de Aldana para que diese alcance á Belalcázar y le tomase
cuenta de su conducta, los cronistas por primera vez mencionan,
entre los ayudantes de Aldana, á un joven llamado Jorge Robledo.
¿Por ventura éste había sido uno de los conquistadores del Perú,
con Pizarro, ó de Guatemala, con Alvarado, ó había llegado
recientemente á Indias? Tampoco lo sabemos, y sólo entendemos que
desde entonces Robledo tenía mucha influencia sobre sus compañeros
y era escuchado y acatado por Aldana.
Una vez que se tuvo noticia cierta de que Belalcázar se había
alzado con el mando, y partido para España á pedir la separación de
las tierras que había descubierto, de la Gobernación del Perú,
Aldana resolvió llevar adelante el descubrimiento y colonización de
aquellas magníficas comarcas que hoy día componen el Estado del
Cauca. Robledo, dice Acosta, aconsejo a Aldana que siguiese para
con los indígenas distinto método del que hasta entonces habían
empleado los Conquistadores, y les tratase con consideración y
dulzura; método que siempre surtió buenos efectos en donde quiera
que se practicó, pero que, como era más lento y difícil que el
ejercicio de la fuerza bruta, en breve fatigaba á tan impacientes
guerreros, y volvían á tratar a los aborígenes con crueldad.
La primera población que mandó fundar Aldana, por medio de
Robledo fué una en el valle Umbra, que debía llamarse Santa-Ana de
los Caballeros, la cual fué erigida el 25 de Julio de 1539, dicen
los cronistas; pero lo probable es que fuese el 26 de Julio, día de
Santa Ana. Actualmente se encuentra un triste villorrio en aquel en
aquel mismo lugar, llamado Anserma-viejo, cerca del río Risaralda,
en una explanada, con una temperatura media de 17 gr. cent. y en
terreno de minas de sal (1 ).
Robledo había llevado a la nueva colonia muchos víveres, armas y
equipajes, y algunos cerdos para formar cría, que compraron los
colonos al precio de mil seiscientos pesos cada uno! Una vez
fundado el pueblo, el joven conquistador hizo varias excursiones
por los vecinos campos, con el objeto de sujetar a los indígenas de
los contornos, á quienes trató en aquellas primeras campañas con
humanidad y benevolencia.
Notando los buenos resultados que había obtenido, merced á sus
propios esfuerzos, Robledo quiso formarse un nombre: se desarrollo
en él desde entonces una loca ambición de mando que le llevó á su
pérdida, y que no le extinguió sino con su vida. Hacía principios
de 1540 nuestro Conquistador resolvió acometer una empresa de
mayores proporciones: sacando de Santa Ana los hombres más robustos
y mejor dispuestos, atravesó el río Cauca, y, ayudado por algunas
tribus de Indios amigos, Carrapas y Picaras, se lanzo á hacer la
guerra á los feroces habitantes de un sitio llamado Pozo (hoy día
en territorio antioqueño). Aquellos naturales, antropófagos, eran
el terror de todos los vecinos: tenían casas grandes y cómodas, y
sobre los cerros más altos habían fabricado ciertas torres ó
atalayas de donde divisaban los contornos; y eran tan belicosos;
que jamás se separaban de sus flechas y macanas, de manera que las
llevaban consigo a sus labranzas, aunque estuviesen en paz con sus
vecinos. Atacados aquellos indígenas por los Españoles, se
defendieron con tánto denuedo y bizarría, que pusieron en apuros a
los contrarios; de manera que Robledo, por auxiliar á uno de los
suyos, fué herido gravemente. Hay realmente en la vida de los
hombres sitios funestos; y si Robledo no murió entonces, como lo
temieron los suyos, no muy tarde dejó de existir en aquel mismo
punto.
Aunque los Españoles alcanzaron la victoria, era tal la rabia
que tenían al ver herido a su Capitán, que soltaron sobre los
vencidos y prisioneros inermes los perros que llevaban, los cuales
devoraron una parte, mientras que los aliados Carrapas y Picaras se
comían crudos á sus infelices compatriotas. Después de la victoria
volvieron al campamento español con doscientas cargas de carne
humana que les sobraron ( no sin haberse hartado), con el objeto de
remitir este botín á sus tierras; en prueba de haber vencido á sus
enemigos. Una vez repuesto de su herida, lo primero en que se ocupó
Robledo fué en despedir a los indígenas aliados (sin duda
horrorizado con sus bárbaras acciones), y en seguida continuó su
marcha, en dirección al Norte, recorriendo ricos terrenos en que
abundaban las comidas, el oro y los habitantes. Estos eran casi
todos valientes, y se defendían á veces con extraordinario denuedo;
todos se presentaban en los combates adornados con plumas y chapas
de oro que relucían al sol, lo cual enardecía la pasión del lucro
de los Conquistadores, que creían haber encontrado allí el
|Dorado de sus locos ensueños. A pesar del brío con que estos
indígenas defendían sus territorios, Robledo, usando algunas veces
de halagos, y otras aprovechándose del terror que infundían á los
naturales la vista de los Caballos y la ferocidad de los perros de
presa, al fin logró someterles. Les domó y espantó á tal punto, que
ellos mismos le fueron á buscar á su campamento para pedirle la
paz, llevándole valiosos obsequios de oro y cestillas de palma
trenzada; y aquellos pobres ignorantes no sólo obsequiaban al
caudillo español y á sus soldados, sino que trataban de
congraciarse los caballos, llevándoles joyuelas de oro, con las
cuales creían que se alimentaban estos brutos.
Viendo que los indígenas mostraban buena voluntad, Robledo se
detuvo en la provincia de Arma, por parecerle la mejor dispuesta, y
mandó un destacamento por la orilla del río Cauca para que siguiese
su curso hasta su desembocadura. Pero no bien se hubo dividido la
tropa, cuando los indígenas cayeron sobre unos y otros, y tuvieron
que juntarse otra vez los Españoles para poder resistir. Estaba
Robledo tan furioso con el mal comportamiento de los indígenas, que
resolvió, una vez que les hubo vencido, castigarles de una manera
cruel: hizo cortar las manos, las orejas y las naricea á los
prisioneros, y en seguida les mandó que fuesen á mostrarse á sus
Caciques para que éstos supiesen cómo se vengaban los
Conquistadores.
Viendo la dificultad que había para continuar camino por enmedio
de un país erizado de montañas casi intransitables y poblado de
bárbaros antropófagos, Robledo resolvió volverse hacia el Sur, y
entrando en una provincia llamada
|Quimbaya, se encontró con
tribus menos feroces y que no eran antropófagas. Allí se detuvo
para que descansase su tropa, mientras enviaba adelante á uno de
sus oficiales, Suer de Naba, á fin de que eligiese un sitio propio
para fundar una población española. El Oficial encontró un sitio
ameno á orillas del río Otún y no lejos del Quindío, y allí fundó
una villa, á fines de 1540, que llamó
|Cartago, por haber
sido poblada por los cartageneros que habían quedado rezagados de
la expedición de Vadillo. Poco después la población se trasladó al
sitio que ocupa hoy día, en un llano pintoresco, dominado por
risueñas serranías, en terreno fértil, con una temperatura de 24
gr. cent. y regado por el bello río
|La Vieja.
II
Entrado yá el año de 1541, y estando Robledo ocupado en la
erección de la nueva villa de Cartago, tuvo noticia del arribo á
Cali de don Pascual de Andagoya, quien pretendía tener dominio
sobre todos aquellos territorios desde el río San-Juan. Robledo no
vaciló en reconocer al nuevo Gobernador, creyendo que sería más
fácil para él sacudir el yugo de un letrado como Andagoya, que no
el de un soldado como Belalcázar, cuyo regreso de España se
aguardaba por momentos. Además, para agradar al recién venido le
llevó una gran suma de oro como obsequio, con lo cual vió
confirmadas todas sus disposiciones, pues Andagoya le mandó tan
sólo que quitase el nombre de Santa Ana á la primera población
fundada, y le pusiese el de San-Juan.
Regresó Robledo á Cartago, resuelto á apartarse de la
Gobernación de Popayán en primera ocasión, y mientras tanto se
ocupó en llevar á cabo varias correrías por el Sur de lo que hoy
día es Estado de Antioquia, y por el alto Tolima. Así se pasaron
muchos meses, hasta que al fin de 1541 llegó Belalcázar á Cali y le
mandó orden para que fuese á tener una entrevista con él. Pero bien
se guardó Robledo de obedecerle: escribió al Gobernador,
reconociéndole como su legitimo jefe, y ofreció ir después á darle
cuenta de sus obras; pero en lugar de acudir al llamamiento,
escogió cien hombres de los mejores de su tropa, y llevando las
vituallas y los pertrechos que pudo conseguir, emprendió marcha con
dirección al Norte, á hacer nuevos descubrimientos por: su cuenta.
Esta conducta más, que sospechosa de Robledo, alarmó un tanto á
Belalcázar; pero como no podía por entonces ir tras de él á pedirle
cuentas, nada dijo, y guardo su rencor para después.
Continuaba, mientras tanto, el Conquistador de Antioquia su
camino, y esguazando el Cauca por la provincia de Arma, siguió con
más ó menos fortuna hasta la provincia de Zenúfana en donde con
tratos amistosos con los naturales consiguió muchas preseas,
joyuelas y vasijas de oro macizo, con que le obsequiaron, y también
algodón en rama, de que necesitaba con urgencia para fabricar
armaduras acolchadas que defendiesen los hombres, los caballos y
los perros, de las flechas enemigas. Sin embargo, no en todas
partes tuvieron la fortuna de hallar indígenas bien dispuestos, y
frecuentemente se vieron obligados a conquistar las tierras por
donde pasaban, haciendo uso de la fuerza. Al fin, el 4 de Agosto de
1541, Robledo avistó un hermoso y fértil valle, que los naturales
llamaban de Aburrá y los Conquistadores bautizaron con el nombre de
San-Bartolomé, y que después llamaron de Medellín (2 ). La vista de aquellos fieros invasores
con sus caballos y sus perros de presa espantó tánto á los Indios
que habitaban el valle, que unos huyeron despavoridos, y otros,
embargados por el terror, se ahorcaban, colgándose de los árboles,
con sus propias mantas y fajas. Ocurrió á Robledo hacer alto en
aquel punto, y mientras descansaba su tropa envió descubiertas por
diferentes partes á recorrer el país de los contornos. Pero como no
se hallara nada digno de atención por aquellos lados, Robledo
abandonó el valle, y repasando la cordillera fué á buscar de nuevo
las márgenes del río Cauca.
Después de haber tenido varios encuentros muy reñidos con los
Indios, en los cuales perecieron algunos Españoles, Robledo torció
camino y empezó á escalar un territorio sumamente agrio y
escarpado, poblado de tribus tan salvajes como el país en que
vivían. Habiendo llegado al valle de Hebégico, que hoy día se llama
Frontino, resolvió fundar una población con el nombre de
Santafé-de-Antioquia (3 ), en
memoria, dicen los cronistas, de la antigua Antioquía, que fué el
punto de partida de la Cristiandad. Los habitantes de aquellas
serranías eran por extremo belicosos; pero Robledo, ya por medio
del rigor de las almas y la ferocidad de los perros, ya empleando
la suavidad y los obsequios, al fin logró pacificar y rendir las
tribus que se habían manifestado hostiles, y solemnizó la paz
obtenida con una fiesta religiosa á la cual concurrieron los
Caciques sometidos.
El triunfo de nuestro Conquistador era, pues, completo; y si
desde muy temprano en su carrera se había manifestado lleno de
ambición y deseoso de no someterse á sus superiores, ¡cuánto más no
se aumentaría su sed de mando cuando se vió tan lejos de todo
gobierno civilizado y como perdido en el fondo de un país en donde
su voluntad era ley! Repugnábale mucho la idea de tener que rendir
cuenta de su conducta á un Jefe á quien él no concedía méritos
mayores que los propios. Así, impelido por su ambición, resolvió no
volver á Popayán y partir para España con el objeto de pedir al
Emperador la Gobernación de las provincias conquistadas por él. No
había para Robledo otro camino que el que habían tomado las
expediciones de Cesar y Vadillo, y resolvió seguir aquella vía.
Como no podía dejar desamparada la nueva población, dejó en
Antioquia toda su tropa, y con sólo doce hombres emprendió marcha
el 2 de Enero de 1542. Atravesando los valles de Nor y Guaca, y al
acaso la sierra de Abibe, á través de montes cerrados y cercado de
toda suerte de peligros, al fin salió al Atrato, bajó hasta el
golfo de Urabá y desembarcó en la ciudad de San-Sebastián,
nuevamente fundada por Heredia. Pero la alegría que experimentó al
encontrarse al fin en país de cristianos, se convirtió en
indignación cuando el Gobernador de Cartagena, que se hallaba en
aquel punto, le hizo apresar, se apoderó del oro que llevaba y le
sumió en una prisión con el pretexto de que le había hallado con
gente armada transitando por tierras de su Gobernación. Al fin
Robledo obtuvo de Heredia que le permitiese embarcarse para España,
en donde, dijo él, el Rey le juzgaría y castigaría si le hallaba
culpado.
Sabedor Belalcázar de la manera con que Robledo había abandonado
la nueva población fundada en Antioquia, le declaró alzado y
desertor, é hizo levantar sumarios contra él, con el objeto de
inhabilitarle si lograba que le diese el Rey algún cargo honroso en
la Gobernación. Una vez en España; Robledo presentó sus títulos al
Gobierno, pidiendo le diesen el mando de los territorios
descubiertos por él; mas á pesar de la influencia que tenía en la
Corte la familia de su esposa, doña María de Carvajal, de la noble
casa de Jodar, nuestro Conquistador encontró grandes dificultades
para obtener lo que deseaba: apenas le dieron el insignificante
título de Mariscal, y le notificaron que Díez de Armendáriz llevaba
autorización para estudiar los fundamentos que tuviese, para sus
pretensiones, y le aseguraron que si el visitador los encontraba
justos, se le concedería lo que solicitaba.
Tres años permaneció Robledo en España, al fui de los cuales se
embarcó en la Armada Real con el Visitador Armendáriz y con su
esposa, doña María de Carvajal, que se hacía llamar Mariscala, y
llevaba consigo un gran séquito de parientes, criados y
paniaguados. Durante el viaje, Robledo supo granjearse la buena
voluntad de Armendáriz, de manera que á su llegada á Cartagena
obtuvo el nombramiento de Gobernador de las tierras descubiertas
por él, desde Cartago hasta la nueva población fundada en el valle
de Hebégico. Según parece, y se dijo después, Armendáriz no hizo
aquel nombramiento con todos los requisitos del caso, y así no
tenía la validez que se requería; sin duda esto lo hizo con su
segunda intención, y con el objeto de quedar bien con los enemigos
de Robledo, si éstos llegaban á predominar algún día en la corte
española.
III
Dejando á doña María en San-Sebastián de Buena-Vista, rodeada de
gran boato y ofreciendo avisarla cuándo había de ponerse en marcha
para ir á reunirse con él, Robledo emprendió camino por el Atrato,
siguiendo la vía que antes había tomado, en demanda de la villa de
Cartago, la cual pensaba erigir en capital de sus territorios. Pero
aunque yá aquel camino había sido un tanto transitado por las
expediciones de Heredia y las enviadas por Belalcázar para tomar
posesión de aquellas tierras, no era en realidad un camino, sino
una mala senda abierta por enmedio de espesísimos bosques y
escarpadísimos cerros que hoy día se consideran enteramente
intransitables. Robledo marchaba, sin embargo, con los pocos
soldados y sirvientes que llevaba consigo, lleno de esperanzas y
acariciando un risueño porvenir. Yendo un día por en medio de una
montaña, de repente se encontró con una partida de Españoles que
iban escoltando unos prisioneros compatriotas, aherrojados con
colleras de hierro, como si fuesen criminales de la peor especie.
Robledo se detuvo á preguntar qué significa aquello: contestáronle
que eran reos de una conjuración que se había descubierto en
Cartago, contra el Gobernador, y les llevaban á Cartagena para que
fuesen Juzgados como conspiradores. Entre los presos iba un antiguo
amigo de Robledo, Gaspar de Rodas, el cual fué puesto en libertad
por instancias del Mariscal, y continuó con él hasta Antioquia. En
la nueva villa Robledo se hizo reconocer sin dificultad como
Gobernador de aquellas tierras, y como no quería perder tiempo, se
traslado inmediatamente después á la villa de Arma, en donde
tambIén presento sus despachos.
En Arma había gran número de amigos y protegidos de Belalcázar,
y el Cabildo se negó a admitir á Robledo como su Jefe, alegando que
no se tema aún noticia oficial de que el Emperador hubiese dado
facultades al Visitador Armendáriz para quitar y poner nuevos
Gobernadores. El Mariscal declaro que si no le recibían de buen
grado él les obligaría á reconocerle por la fuerza, y entrando a
mano armada en la población, quebró la vara del Alcalde, puso
presos á los miembros del Cabildo, y, después de dejar fuerza
armada en la plaza, siguió caminando con dirección a Cartago. Entre
tanto que sucedían estas cosas, Belalcázar, que había recibido
noticias de lo que pasaba, se apercibió y puso en armas con la
intención de salir á atajar a Robledo en su marcha antes de que
cundiese el desfecto entre los suyos.
En Cartago y en Anserma Robledo obtuvo la misma respuesta que en
Arma, y también se apoderó á mano armada de estas poblaciones; y
como tuviera necesidad urgente de recursos pecuniarios, a despecho
de los Regidores rompió las arcas reales y sacó los tesoros
pertenecientes al quinto del Rey; cosa que produjo inmenso
escándalo y le hizo perder gran parte de su popularidad en todo el
país: tal era el respeto con que se miraba todo cuanto pertenecía
al Soberano. Durante todo aquel tiempo se cruzaron sendas misivas
Belalcázar y Robledo, requiriéndose uno á otro para dejar el mando.
Al fin, viendo el Adelantado que el otro rehusaba abandonar los
territorios de que se había apoderado, resolvió poner término á
una posición tan tirante, y se puso en marcha á la cabeza de
ciento cincuenta hombres bien armados y escogidos entre los
veteranos de su tropa. Súpolo Robledo y armó a setenta hombres, los
cuales, mal armados y pertrechados, y más inclinados á desobedecer
que á sostener el orden, no presentaban por cierto un aspecto muy
respetable.
Con esta malhadada tropa se puso á aguardar á Belalcázar,
situándose en un punto estratégico, en una loma llamada del Pozo,
sitio que le había sido fatal años antes; de allí envió mensajeros
al Gobernador de Popayán, proponiéndole transacciones y que
dividiesen amigablemente aquellos territorios tan extensos, en los
que había lugar para dos Gobernadores; y para que se asegurase la
paz, ofrecía dos parientas que su mujer traía consigo para esposas
de los dos hijos de Belalcázar. Según parece, Belalcázar no rehusó
resueltamente aquellas proposiciones; y con el objeto de adormecer
al Mariscal y que confiara en que no le atacaría, le dejó alguna
esperanza de que al fin entraría en tratados con el. Efectivamente,
Robledo no se retiro a la villa de Antioquia, como se lo
aconsejaban muchos, en donde tenía amigos y hubiera podido hacerse
fuerte, sino que, enviando otros mensajeros al Adelantado,
permaneció descuidado en la loma del Pozo. Belalcazar aprisionó á
los últimos enviados de su émulo, y marchó prontamente hacia el
campamento enemigo antes de que éste pudiese ponerse á la
defensiva.
Era el primer día de octubre de 1546 cuando, al promediar la
noche, estando Robledo dormido, despertó repentinamente con el
clamor de uno de los suyos, el cual, entrando en su tienda, le
gritó con acento de terror: "Levántese, señor Mariscal!
que yá el Adelantado está sobre nosotros!(4 )" Púsose en pié Robledo apresuradamente,
requirió sus armas, y calzado con una sola bota salió corriendo á
reunirse á los suyos; pero yá era tarde, y viéndose rodeado de la
gente de Belalcázar tuvo que entregar su espada y rendirse á
discreción.
Dicen algunos historiadores que Belalcázar no tenía intención de
hacer ningún mal á Robledo; pero que, habiendo encontrado entre un
baúl del Mariscal unas cartas escritas por él para ser remitidas á
Armendáriz en las cuales llamaba traidor al Adelantado, éste, en un
rapto de cólera indomable, le hizo sentenciar á muerte. Otros dicen
que la especie de las cartas fué una farsa inventada por los amigos
de Belalcázar para disculparle, y que quien tuvo parte en aquella
tan injusta sentencia fué Hernández Girón, hombre perverso y de
sanguinarios instintos, quien hizo creer al Adelantado que Robledo
tenía mucho partido entre los colonos y grande influencia en la
Corte; por lo que, si no se deshacia de él a tiempo, en breve se
vería suplantado y perdería irremediablemente el fruto de tántos
años de trabajos y luchas.
Notificaron al Mariscal la terrible sentencia, y sin demora se
preparo para la muerte, haciendo testamento y confesándose
devotamente. Sacado al fin al campo libre, en unión de tres
oficiales superiores de su tropa Robledo fué ajusticiado
públicamente el 5 de Octubre, declarándosele " alborotador
del Reino, usurpador y opresor de la Real justicia."
Aunque él reclamó que debía morir decapitado como caballero,
Belalcázar le hizo dar garrote como para mayor ignominia.
Sepultaron los cuerpos de los cuatro ajusticiados, dice Acosta, en
una casa que quemaron antes de abandonar aquel lugar, á fin de
borrar toda huella de las sepulturas; pero nada valió, pues los
Indios de las inmediaciones las descubrieron, y desenterraron los
cuerpos para comérselos con aquel apetito voraz y desenfrenado de
carne humana que caracterizaba á estas tribus, casi salvajes. Así
el cráneo del mariscal Robledo probablemente adornaría por mucho
tiempo alguno de esos palenques de guadua, situados en los lugares
testigos de sus primeras hazañas.
No nos ha llegado ninguna descripción personal del desdichado
Robledo, ni hemos podido averiguar cual fué el lugar de su
nacimiento, ni la edad que tenía cuando murió. Como dijimos antes,
el Mariscal fué casado con doña María Carvajal, noble dama
española. Ésta, habiendo regresado á Cartagena, supo allí la
desastrosa muerte de su esposo, y entonces hizo viaje á Santafé á
pedir justicia y tomar venganza del matador de Robledo. La
Audiencia escucho sus lamentos con lástima y nombró al oidor don
Francisco Briceño para que se trasladase á la Gobernación de
Popayán á indagar el hecho y residenciar á Belalcázar.
Mientras tanto se habían pasado más de tres años; doña María de
Carvajal se había casado con el Tesorero don Pedro Briceño, y á
poco de muerto Belalcázar de pesadumbre en Cartagena, aquélla,
viuda segunda vez (5 ), había
dado su mano de esposa, en terceras nupcias, al Oidor don Francisco
Briceño, sin duda como una tardía recompensa para el que había
sentenciado á muerte al matador de su primer marido; á lo menos
esto dicen los cronistas contemporáneos, en aquel tiempo las
mujeres españolas eran tan escasas, que se veían asediadas por los
pretendientes á su mano, y solían casarse hasta cuatro veces
sucesivamente tanto más cuando los hombres perecían con facilidad
en las contiendas con los indígenas y por otras calamidades, y
pocas eran las que permanecían viudas y no volvían á contraer
matrimonio.
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(1 )
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Parece que en idioma indígena
|anser significa
|sal.
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(2 )
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En el valle de Aburrá mandó el Gobierno español, en 1674, que
se fundase una villa, la que tomó el nombre de Medellín, por ser el
Conde de este título Presidente del Consejo de Indias en aquel año.
Esta ciudad es la capital del Estado de Antioquia, y ha progresado
mucho últimamente; cuenta yá hoy día más de 30,000 habitantes de
población Goza de un clima de 20 gr. cent., por término medio.
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(3 )
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Aquella población no duró mucho tiempo en el lugar en que la
fundó Robledo, porque á poco un capitán de Belalcázar, Juan de
Cabrera, la trasladó al lugar que ocupa ahora, en temperatura
cálida, á 27 gr. cent. Cuenta hoy día más de diez mil habitantes y
progresa notablemente.
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(4 )
|
Piedrahita,-CONQUISTA DEL NUEVO REINO-l.
|a Parte-Lib.
XI.
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(5 )
|
Don Pedro Briceño murió en los Pasos de Rodrigo, en un combate
con los Indios Taironas.
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