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PEDRO DE URSUA.
( FUNDADOR DE PAMPLONA).
I
No cuantos vinieron á América, dice don Pedro Fermín
Cevallos (1 ), como tan
erradamente se cree entre nosotros, andaban cruzando estos reinos
vestidos de hierro, enristrando sus lanzas contra los Indios
pacíficos é incendiando ó destrozando heredades. Vinieron jóvenes
pertenecientes á familias nobles y de distinguida educación,
llevados más del impulso aventurero dé Su siglo, y de tomar
renombre por sus hazañas, que por encenagarse en la
avaricia."
A esta clase de conquistadores pertenecía el que será objeto de
las siguientes páginas, y cuya vida agitada y dramático fin le
hacen uno de los más interesantes caballeros de Cuantos visitaron
el Nuevo Mundo en solicitud de aventuras.
Eran tántas las solicitudes que enviaban á la corte de España
los misioneros y hombres humanitarios, pidiendo leyes que
protegieran á los indígenas de América, que Carlos Y promulgó un
edicto que amparaba á éstos contra la rapacidad de los
encomenderos conquistadores de las tierras recién descubiertas.
Pero sabiendo el Emperador que las nuevas leyes no serían aceptadas
con gusto en las Colonias, envió comisionados regios especiales á
todas ellas, encargados de hacerlas obedecer. Tocó á un letrado,
Miguel Díez de Armendáriz, venir al Nuevo Reino de Granada yá las
otras gobernaciones establecidas en lo que hoy día es Colombia.
Este caballero llegó á Cartagena á fines de 1544, y, entre otros
asuntos, traía la misión de residenciar al Gobernador Heredia; así
fué que no pudo continuar su marcha inmediatamente á Santafé, en
donde muchos conquistadores le instaban para que quitase el mando á
Montalvo de Lugo, á quien el Adelantado don Luis de Lugo había
dejado gobernando el Nuevo Reino.
Viendo la necesidad urgente que había de que fuese algún
comisionado á Santafé, Armendáriz, á pedimento de Gonzalo Suárez
Rondón, resolvió enviar en compañía de el conquistador, que era muy
respetado por todos, á un sobrino suyo, navarro como él, bien
educado, brioso y valiente, á quien había traído de España para que
buscase aventuras y fama en el Nuevo Mundo. Llamábase Pedro de
Ursúa este sobrino del visitador, y apenas había cumplido diez y
ocho años. Aunque era casi un niño, tenía yá prendas muy
estimables, y además de ser gallardo mozo, activo y perspicaz, era
tan fino y agradable para todos, que se captaba la buena voluntad
de cuantos le trataban; sin que por eso perdiera la gravedad del
porte ni la seriedad de un capitán que hubiera nacido Con el dón
del mando en alto grado. No anduvo, pues, errado Gonzalo Suárez
Rondón, cuando pidió á Armendáriz que enviara á su sobrino á
Santafé con los poderes suficientes para organizar el gobierno del
Nuevo Reino, desorganizado por don Luís de Lugo.
Yá para entonces la navegación del Magdalena era más fácil que
al principio de la conquista. Habían desaparecido casi todos los
indígenas belicosos que poblaban antes sus orillas : unos habían
perecido en los combate con los Españoles, y otros ocultándose en
las selvas, en el interior del país, donde permanecían aislados. Se
habían fundado además sobre las márgenes de aquel hermoso no dos
poblaciones españolas: la de Mompox, establecida en 1539 por don
Alonso de Heredia, y la llamada Tamalameque, que en la orilla
derecha fundó el año de 1544 el Capitán Juan de Céspedes, por orden
del Adelantado Lugo, en una barranca alta, algunas leguas arriba de
la desembocadura del río Cesar, en el sitio que llamaban Sompallon,
que después se trasladó frente á Mompox, y más tarde se restituyó á
su primitiva fundación (2
)
Como Ursúa necesitaba pasar por Vélez y Tunja para hacerse
reconocer por estas ciudades, y después continuar hasta Santafé á
sorprender á Montalvo de Lugo, antes de que éste tuviera tiempo de
ponerse en salvamento, no continuó su marcha por agua hasta
Guataquí,-vía que empezaban á trajinar los conquistadores con
preferencia a la dé Carare,- sino que tomo el camino de Magdalena a
Vélez., y en pocos días traspuso la cordillera con sus compañeros
y entró en aquella ciudad cuando menos le aguardaban. Sin detenerse
allí, sino el tiempo indispensable para hacerse reconocer por el
corregidor como legítimo enviado del visitador Armendáriz, continuó
su marcha y entró en Tunja, donde hizo otro tanto, y siguió para
Santafé apresuradamente.
AL llegar á la pequeña capital del Nuevo Reino Ursúa la
encontró de gala: sus habitantes celebraban la fiesta de la
ascensión, y reunidos en la plaza paseaban con músicas y
conversaban con corrillos, mirando á las pocas damas que entonces
había, asomadas á las rejas y ataviadas con lo mejor que tenían
para honrar esta festividad. Gran sensación causaría la cabalgata
de Ursúa al atravesar la miserable ciudad, sin detenerse en ninguna
parte, hasta no llegar á la plaza y desmontarse de las gradas del
atrio de la iglesia mayor (3
), en donde entró con toda su comitiva á dar gracias a Dios por su
feliz viaje, uno de los más cortos y afortunados de cuantos hasta
entonces se habían hecho de la Costa á la sabana de Bogotá.
Cuando el joven capitán salió de la iglesia, halló agolpados á
las puertas de ésta á casi todos los caballeros principales de
Santafé, menos el Gobernador, y entre éstos se hallaba en primera
fila el capitán Luís Lanchero, jefe de los
|Caquecios ó
partidarios de Lugo, en competencia de los Quesadas, cuyo caudillo
principal entonces era Suárez Rondón. Aquellos conquistadores
disputaban en voz baja porque algunos ponían en duda que fuese
cierto lo que les decían los criados de Ursúa ( que se habían
quedado guardando los caballos á la puerta de la iglesia), y no
querían creer que aquel joven imberbe gobernar el Nuevo Reino en su
nombre. Ursúa saludó á todos con grave cortesía, y mirándoles de
hito en hito, dijo:
--¿ Cual de vuesasmercedes es el Capitán Luís Lanchero, Alcalde
de esta ciudad?
--Así me llamo, respondió Lanchero; y mándeme vuesamerced en lo
que pueda servir.
Lo mismo dijo el otro Alcalde de la ciudad, que lo era el
Capitán García Zorro. Ursúa miró á sus compañeros, que eran pocos,
y á los santafereños que eran muchos y valientes, y creyó que lo
mejor sería obrar con disimulo. Entabló, pues, con los
circunstantes conversación sobre cosas indiferentes, y haciendo la
descripción de su viaje quitó la vara á Lanchero, como por
distracción, como si no cayese en la cuanta de los que hacía, y
nadie pensó que aquello fuese con malicia. Dirigíase al mismo
tiempo á los caballos para montar, y como llevase aún la vara del
alcalde en la mano, éste se la pidió, pero Ursúa no se la quiso
dar.
--Caballero! Exclamó el
|caquecio, ya montado en cólera:
¿con que autoridad me quitas la vara?
-- Con la autoridad que veréis después, señor Lanchero, contestó
el joven sosegadamente; y montado con los compañeros que llevaba,
se encaminó hacia las casa del cabildo, que estaban al otro lado de
la plaza.
Aquella extraña conducta de Ursúa provenía de que le habían
informado que Lanchero era hombre apasionado y de carácter
violento, que no entregaría el mando de la ciudad, á cargo entonces
de Montalvo de Lugo, su amigo, sino difícilmente y promoviendo
conflictos y asonadas que de ninguna manera convenían a Ursúa. Pero
en esto, asegura piedrahita, se equivocaba el joven navarro, pues
Lanchero era todo un caballero, y, como fiel súbdito del Rey, jamás
hubiera puesto tropiezos en el camino del delegado. No obstante la
mala voluntad que tenía á todos los
|Quesadas, y
particularmente á Suárez Rondón, que ejercía mucha influencia en
los actos de Ursúa, no hay duda que Lanchero hubiera cumplido con
sus deberes con toda puntualidad.
Mientras que el atrevimiento de Ursúa había llenado de asombro y
de indignación á todos los conquistadores que quedaban en la plaza,
él se presentaba al Cabildo con tánta gravedad y cortesía, con
tánto trato de mundo y modales cortesanos, que todos se
sorprendieron. Una vez reconocido como Gobernador, en nombre de su
tío, el joven dirigió un corto discurso á los notables allí
reunidos, asegurándoles con expresiones de cariño y respeto que
todo su anhelo era volver la paz al Nuevo Reino, aplacar las
disensiones entre dos bandos rivales y administrar justicia al
gusto de todos. Añadió "que no ignoraba que para negocio
tan grande como el de reconciliar voluntades entre hombres que
aspiraban más á la venganza que á la razón, se necesitaba de
persona de más edad y experiencia que las que él podía tener, pero
que una buena intención suplía por muchos años, y la suya era de
entrar en las materias con la sonda del mejor consejo en la mano,
para no peligrar en los bajíos de las parcialidades, como se vería
Siempre que sin doblez le aconsejase hasta que, ingeniado en las
artes del gobierno, pudiese resolver por sí sólo lo que más fuese
en servicio de Dios y beneficio del Reino.(4 )
Pero sucedió desgraciadamente con este discurso de instalación,
lo que ha acontecido desde entonces hasta el día de hoy con todos
los gobernantes: en él se manifestó Ursúa lleno de virtudes y
desinterés y anheloso por el bien de la Colonia solamente; pero,
como muchos discursos oficiales, todo fué palabrería que se llevó
el viento.
II
La conducta de Ursúa para con Lancheros hombre respetado é
influyente en la Colonia; había producido impresión de desagrado en
unos y de temor en otros ; y, no como decía en su discurso,
conciliaba voluntades, sino que se ganaba enemigos. Al salir del
Cabildo, Ursúa fué á desmontarse en casa del Capitán Hernán Venegas
de Carrillo Manosalva, conquistador de los de
|Quesada,
persona de representación en Santafé y que había fundado la villa
de Tocaima, á fines del año de 1544. Este caballero le hospedó con
mucha ostentación en su casa y le rodeó de todo el partido
|qutesadista, el cual, sin duda, le aconsejó mal, pues en la
misma noche el Visitador mandó arrestar y encarcelar á Montalvo de
Lugo y al Capitán Lanchero, cosa muy impropia de quien había
proclamado su deseo de administrar justicia al gusto de uno y otro
bando. Una vez en prisiones el anterior Gobernador, Ursúa se fué á
vivír á las casas que éste había ocupado, que eran las mejores de
la ciudad, aunque cubiertas de paja, por ser todavía muy escasos el
ladrillo y la teja.
Manifestábase cada día más descontento el partido
|caquecio con los decretos arbitrarios del joven Gobernador,
cuando una noche resultaron incendiadas las casas donde vivía;
Ursúa, salvando su vida éste con díficultad, así como las de sus
criados y paniaguados, pero perdiendo cuanto poseía en su
habitación. Los enemigos de Montalvo de Lugo y de Lanchero no
despreciaron aquel hecho para llevar á Ursúa chismes y hablillas,
asegurándole que el incendio había sido intencional y obra de los
|Caquecios, y aun quizá indicado por el mismo Lanchero. No es
de extrañar que un joven sin experiencia y rodeado de malos
consejeros, se manifestase muy indignado con la guerra que, le
decían, azuzaba el partido de Lugo, y en el acto mandó apresar á
varios parciales del anterior Gobernador. Pero en seguida, usando
de su natural discreción y perspicacia, se negó á abrir causa
contra los acusados, diciendo que él mismo no podía juzgar en ella,
y resolvió dejar aquella averiguación para cuando su tío Armendáriz
se encargase del gobierno. Esta conducta prueba que Ursúa tenía
prudencia y buen natural, cuando obraba por su propia cuenta y sin
los consejos de los que deseaban vengarse de sus enemigos á la
sombra de tan inexperto joven.
Pero si los del bando de Lugo estaban disgustados no quedó un
sólo conquistador de uno y otro partido que no se manifestase
irritado cuando se promulgaron las leyes nuevas enviadas por Carlos
V para proteger á los indígenas. Aquellos conquistadores se
consideraban de hecho dueños del país que habían descubierto, no
podían soportar, que les cohibiesen en su manera de tratar á los
aborígenes y gobernar sus encomiendas. Y fue tal la cólera de los
encomenderos y su indignación con quien las había promulgado, que
no es extraño impusieran su voluntad a Ursúa, y que éste, viendo la
imposibilidad en que estaba de estrellarse solo contra todos los
Españoles del Nuevo Reino, se hiciese de la vista gorda y no
tratase de hacer cumplir rigurosamente los decretos reales. Además,
no solamente permitió, sino que fomentó la idea que tuvieron
algunos de enviar á España un procurador general para que pidiese
la reforma de las leyes que tánto les disgustaban. Así accedió
entonces á que partiese el Capitán Venegas Carrillo para España,
con las firmas de la mayor parte de los conquistadores al pie de la
petición que llevó á nombre de ellos.
Fuera de la promulgación de las famosas leyes y las reyertas con
los
|Caquecios, los cronistas no mencionan ningún acto
importante de Ursúa durante el año y medio largo que gobernó el
Nuevo Reino, hasta el arribo á Santafé de Armendáriz, en Enero de
1547. Apenas hubo llegado el Visitador á Santafé, lo primero en que
se ocupó fué en averiguar quiénes habían sido los culpados del
incendio acaecido en casa de su sobrino, y acabó por condenar á la
horca á un infeliz soldado que se había confesado reo, apremiado
por los dolores del tormento, que no pudo soportar. No le valió
declararse inocente al tiempo de ir á cumplir la sentencia,
asegurando que sólo el temor del tormento le había obligado á
confesar una mentira, y aun, acusar á otros que eran tan inocentes
como él. A pesar de las lágrimas y súplicas del desgraciado, el
Visitador no quiso perdonarle, y fue ahorcado. A poco lograron
fugarse de Santafé, é irse para España á quejarse del Visitador
Montalvo de Lugo, Lanchero y otros que habían sido injustamente
encarcelados y perseguidos por Ursúa y Armendáriz, y éstos se
encargaron de vengar la muerte del ahorcado; pues en esta vida toda
injusticia se paga y todo crimen es castigado tarde ó temprano.
Mientras sucedían estas cosas en Santafé, los encomenderos de la
provincia de Vélez, y particularmente uno de ellos, Gerónimo de
Aguayo, (5 ) trataba tan mal
á los indígenas, que el Cacique de Guane (hoy día Socorro), á quien
Galiano había logrado someter poco antes, no pudo soportar por más
tiempo la conducta de los Españoles, y se alzó á la cabeza de tres
mil Indios. Estaban éstos tan exasperados, que resolvieron hacerse
fuertes en sus montañas, é hicieron tan tenaz defensa de su
territorio, que se llegó á temer sería imposible someterles. Cada
tropa que se enviaba contra ellos volvía derrotada y amedrentada, y
el Visitador recibía continuamente quejas de los colonos, que le
pedían socorro contra el Cacique Chianchón. Había llegado á tal
punto la audacia de los aborígenes, que bajaban á las poblaciones
españolas, incendiaban las casas y asesinaban al que encontraban
desarmado; y más aún: no contentos con hacer la guerra á sus
enemigos naturales, castigaban severamente á los indígenas que
vivían aún sometidos á los Españoles, obligándoles á seguirles, ó
matándoles sin misericordia si rehusaban abandonar á sus amos.
Armendáriz comprendió que era preciso atajar aquel incendio á
tiempo; y como no tuviese á mano un caudillo experimentado y de
toda su confianza, resolvió encomendar la campaña á su sobrino
Ursúa. Este recibió el nombramiento con el mayor júbilo, pues no
deseaba otra cosa que ganar fama y lucirse allí en donde otros más
experimentados habían fracasado. Rara vez se ve que en la juventud
se busque el dinero con ahínco; lo que en esta edad se anhela es
gloria y el aplauso de los demás. Solamente después, cuando el
hombre se ha desengañado de la vida y comprende que la gloria no es
sino un nombre, y la fama pierde á sus ojos su prestigioso brillo,
es cuando vuelve los ojos á las riquezas y funda su ambición en el
lucro. Ursúa estaba entonces en su primera juventud, y lleno de
ilusiones y alegría emprendió marcha, á mediados de 1547, á la
cabeza de ochenta infantes y veinte soldados de caballería; llegó á
Vélez sin demora; se informó allí de la situación de los enemigos,
y no tardó en continuar su marcha en solicitud del Jefe indígena.
Chianchón se había situado entre los cerros y riscos escarpados que
defienden las márgenes del río Suárez ó Saravita, y su pueblo
estaba, situado en una explanada inclinada, defendida
perfectamente, al frente por el río y á la espalda por altos cerros
inaccesibles y escarpados."
Ursúa sin embargo, no vaciló, y resolvió atacar al Cacique en su
guarida misma. Chianchón le aguardó de pie firme y le presentó
batalla; pero, á Pesar de sus numerosas tropas, la superioridad de
las fuerzas y armas españolas hizo tánta mella en los desnudos
cuerpos de los naturales, que al cabo de una hora de reñido combate
los indígenas se declararon en derrota y apelaron á la fuga, en la
cual murieron centenares, despedazados por los perros que llevaban
los Españoles: Chianchón había logrado escapar con una parte de su
gente; pero, advertido Ursúa del camino que había tomado, le
persiguió sin pérdida de tiempo. Varias veces el Español creyó
apoderarse del caudillo indígena, y aunque le tuvo casi en sus
manos, siempre se le escapaba. Al fin pudieron más la pericia y la
constancia del europeo que la malicia del indígena, y este cayo en
un lazo que le tendió Ursúa, y fué hecho prisionero. Según
Piedrahita,-que cita las
|Noticias Historiales de Quesada,-
Ursúa fué poco misericordioso con los indígenas en aquella su
primera campaña, é hizo grande é inútil carnicería entre los
infelices vencidos, así como también decapitó á los principales
Jefes de la rebelión, so pretexto de que este rigor escarmentaría á
los demás. Una vez que dejó pacificada, ó más bien aterrada, la
provincia, nuestro novel guerrero regresó á Santafé, en donde fué
recibido con aplausos y encomios; y desde entonces, dicen los
cronistas contemporáneos, se le consideró " como buen
caudillo entre los mejores, " no obstante su poca edad,
pues aun no había cumplido veintiún años.
III
Hacia la época en que Ursúa regresaba á Santafé, se había otra
vez revivido la idea de buscar el fabuloso Dorado, país que se
decía inmensamente rico, y en cuyo descubrimiento Hernán Pérez de
Quesada había gastado años antes muchos caudales y gran numero de
vidas. Armendáriz recogía datos y hacía indagaciones para descubrir
el verdadero camino hacia ese país maravilloso, y Ursúa, contagiado
de la idea de llevar á cabo un descubrimiento que traía inquietos y
suspensos á muchos, suplicó á su tío que le diese el mando de la
nueva expedición. Pero Armendáriz no quería arriesgar tan famosa
empresa en manos muy inexpertas aun, y lo contestó que antes de
tomar á su cargo tan importante campaña, era preciso hacerse más
diestro en las armas y ejercitarse en otras conquistas menos
dilatadas y trabajosas. Envióle, pues, como Jefe de una expedición
que mandaba á las sierras del Norte, transitadas antes por
Alfínger, las cuales se decía que estaban pobladas por tribus de
indígenas muy ricos y poco feroces.
Ursúa comandaba aquella vez á ciento cuarenta voluntarios, todos
soldados avezados á las guerras con los Indios y enseñados á pasar
trabajos en los más mortíferos climas. Como su segundo ó Maestre de
campo le acompañaba Ortún Velásquez de Velasco, persona juiciosa y
adecuada para contener y aconsejar al impetuoso joven. Este se
había captado la buena voluntad y el cariño de su tropa, y todos le
obedecían con gusto. Así fué que aquella expedición se llevo á cabo
con el mayor orden y con toda felicidad. Salieron de Tunja, pasaron
el río Sogamoso y atravesaron tranquilamente las grandes
poblaciones que demoraban entonces en esos territorios, sin tener
que desenvainar la espada, pues los indígenas recibieron de paz á
los Españoles y les acogieron con respeto y cariño. Sólo en un
punto habían tratado de ofrecer alguna resistencia, y fué en los
alrededores de un hermoso valle que los expedicionarios llamaron
del Espíritu Santo ( por haber llegado á él la víspera de
Pentecostés de aquel año de 1549); pero apenas se acercaron los
míseros naturales á los Españoles para atacarles, cuando se
llenaron de tal espanto, que huyeron despavoridos, volviéndose
después á ofrecer su amistad y someterse humildemente. Resolvió
entonces Ursúa fundar en aquel valle, de clima sano y fértil
terreno, aunque frío y destemplado, (6 ) una población que llamó Pamplona, por ser el
nombre de la capital del reino de Navarra. En seguida hizo llevar á
aquel sitio á los habitantes de una villa que había fundado Suárez
Rondón con el nombre de Málaga, y que no subsistió por entonces.
"
Ursúa permaneció en la nueva población un año, labrando iglesia
de mampostería y repartiendo solares y encomiendas entre sus
compañeros. Los naturales eran pacíficos, á pesar de ser muy
numerosos, y en los contornos había oro en abundancia, y se
encontraban señales evidentes, según dicen los cronistas, de minas
de plata, cobre, turquesas y amatistas. La colonia progresaba
tranquilamente y sin ningún contratiempo; pero esta misma paz
fastidió al Conquistador: parecióle que desperdiciaba su Juventud
en empresas ajenas de su carácter, amante de aventuras; por lo que,
dejando de Gobernador á Ortún Velásquez en Pamplona, regreso á
Santafé á pedir que le diesen el mando de alguna expedición
guerrera en que se pudieran cosechar laureles. Ofreciéronle el
mando de una que se enviaba á someter á los indómitos Muzos, que
hasta entonces guardaban su independencia, derrotando á cuantos se
habían atrevido á invadir su territorio. Ursúa aceptó el mando de
la tropa que se preparaba en Santafé, con la condición de que si
lograba someter á los Muzos y fundar una población en aquel
territorio, le darían en seguida la conquista del Dorado,
" blanco, dice Piedrahita, á que tiraba Ursúa desde que
los ecos de aquella fingida voz hirieron sus oídos." La
fama de la buena ventura que hasta entonces había acompañado á
Ursúa en todas sus empresas, y la general simpatía de que gozaba en
todo el Nuevo Reino, hicieron que se reunieran en torno de sus
pendones cuantos soldados aventureros se encontraban desocupados en
Santafé. Así, fué fácil al joven navarro escoger ciento sesenta
hombres de infantería y veinte caballeros experimentados, bien
armados y pertrechados, los cuales, en unión de una tropa de
perros, se pusieron en marcha, á mediados de 1551, en vía para la
ciudad de Vélez, en donde hicieron escala. De allí pasaron á
someter á los Indios de Saboyá, los cuales se rindieron sin
dificultad, usándose para con ellos de astucia y de halagos.
Continuando su marcha Ursúa se internó en el territorio de los
Muzos, sin encontrar contra tiempos de consideración, pues en donde
los naturales trataron de resistirle, él pudo vencerles, y sobre la
marcha seguía adelante para aprovecharse de la victoria y no dejar
tiempo á los enemigos para rehacerse ; asombrando con su audacia á
los aborígenes, que se retiraban dejando desamparados sus pueblos y
caseríos. Aquella conducta, que revelaba que Ursúa poseía el
verdadero genio de la guerra, hizo cambiar de táctica á los
Caciques los cuales resolvieron mandar ofrecer la paz al joven
caudillo español, prometiendo volver á sus hogares si el invasor
les daba garantías. Ursúa concedió cuanto le Pidieron los
indígenas, y todos volvieron á sus casas tranquilamente y se
sometieron al yugo europeo sin saber lo que hacían.
Para celebrar las paces, los desgraciados aborígenes se
convocaron á una feria que debía efectuarse en las cercanías del
sitio en que los Españoles habían sentado sus reales, y en donde
los Caciques habían mandado hacer grandes sementeras para mantener
á los invasores.
Estando allí reunidos, llegó á oídos de Ursúa, dicen los
cronistas, la especie de que aquella feria no era sino una trama
inventada por los Caciques para encerrar á los conquistadores Como
en una red y, apenas les viesen descuidados, sacrificarles todos á
su venganza. Como quiera que fuese aquello, lo cierto es que el
Capitán olvidó su caballerosidad, y resolvió manchar sus glorias
con una cruelísima traición. Mandó Comparecer á su presencia á los
principales Caciques y fingió querer obsequiarles; pero después de
haberlo preparado todo para que, á medida que entrasen en la
barraca, fueran recibiendo la muerte de manos de los soldados
españoles, lo que éstos hicieron sin misericordia ni remordimiento.
Aquélla carnicería, tan alevosa y cruel cuanto impolítica,
indispuso, como era natural, á todos los indígenas contra Ursúa,
por lo que inmediatamente se retiraron á los cerros cercanos y se
prepararon para caer sobre los Españoles con gran furia apenas
hubiese oportunidad.
Entre tanto Ursúa quiso cumplir con lo que había ofrecido, y
fundó una ciudad que llamó Tudela ( por llamarse así el lugar de su
nacimiento), y sin aguardar otra cosa, regresó á Santafé á dar
cuenta de su conquista y reclamar su premio. Apenas hubo vuelto la
espalda, cuando los indígenas asaltaron la recién fundada población
española, la cual fué destruida completamente, y los pocos
habitantes que sobrevivieron la desampararon para siempre,
perdiendo en unas pocas horas el fruto de tántas faenas y tánta
sangre derramada. (7 )
IV
Cuando Ursúa regresó á Santafé, encontró que para él la fortuna
había cambiado, que su tío el Visitador Armendáriz había sido
residenciado por el Licenciado Zurita, y que no solamente había
perdido el poder, sino vístose obligado á partir para la Española á
solicitar justicia. Esta circunstancia, unida al mal éxito de su
última empresa, le quitó la esperanza de conseguir el mando de la
expedición al Dorado; y no tuvo inconveniente en aceptar el empleo
de Justicia Mayor de Santa-Marta, que le ofrecieron para que
combatiese á los Indios Bondas y Taironas, que se sublevaban con
frecuencia y alarmaban á los pobladores de la provincia. Llegó
Ursúa á Santa-Marta. á mediados de 1552, y apenas se hizo cargo del
gobierno de la ciudad (el Gobernador estaba ausente), cuando empezó
á preparar lo necesario para atender á la guerra con los indígenas.
Deseaba que aquellos aprestos se hiciesen secretamente para coger
desprevenidos á los naturales; pero nada de lo que hacían los
Españoles era secreto para los enemigos, puesto que los Indios
domésticos enviaban á los alzados, noticias de cuanto hacían sus
amos; de suerte que cuando Ursúa emprendió marcha, yá los Taironas
le aguardaban. Aunque el Conquistador llevaba apenas una escasa
tropa de poco más de sesenta hombres de á pié y á caballo, era tal
el temor que sentían los aborígenes, que éstos no se atrevieron á
atacarles, sino que les dejaron penetrar en el país, aguardando una
oportunidad para destrozarles impunemente. Mientras tanto, se
fingieron amigos y enviaban á Ursúa obsequios y ofrecimientos de
amistad. Bien conocían que aquellos climas malsanos eran mortíferos
para los extranjeros: a poco éstos empezaron á enfermar de fiebres,
inclusive Ursúa, que fué acometido por unas cuartanas que le
agotaban las fuerzas y amenazaban arrebatarle la vida. Aquella era
la oportunidad que aguardaban los indígenas, los cuales resolvieron
unirse para caer sobre el campamento español. Aguardaban la llegada
del cacique principal de aquellas tierras para atacar á los
invasores, cuando se le ocurrió á Ursúa devolverse apresuradamente
á Santa-Marta, antes de que todos los suyos acabaran de
enfermar.
Sorprendiéronse los Indios con este cambio en los movimientos de
Ursúa; pero resolvió el Cacique Posigueica atacar en el camino al
Español, situándose en un lugar llamado
|Pasos-de-Origuo, que
se ha convertido en
|Pasos-de-Rodrigo, sea por corrupción del
vocablo, dice Piedrahita, ó por llevar el nombre del primer
descubridor de Santa-Marta, Rodrigo Bastidas. Aquel paraje era, por
cierto, muy adecuado para dar un asalto : allí el camino orilla un
hondísimo precipicio por un lado, en cuya profundidad corre un
riachuelo por medio de escabrosas peñas, y por el otro lo ciñe, una
alta peña abrupta que no permite desviarse en lo mínimo. Situáronse
los indígenas sobre la peña con la intención de atacar con flechas
y piedra á la tropa de Ursúa cuando pasara por el desfiladero; pero
sucedió que el Capitán llegó á las inmediaciones del punto en que
le aguardaba el enemigo oculto, yá casi al cerrar la noche, y como
le atacase la fiebre al mismo tiempo, resolvió pernoctar en una
colina cercana del desfiladero.
Con motivo dc la enfermedad del Jefe y por estar al parecer en
paz con las tribus cercanas, los Españoles olvidaron poner
centinelas en torno del campamento, y armando sus tiendas y
colgando sus hamacas se entregaron al sueño sin cuidado. Felizmente
para ellos, los Indios no les atacaron en toda la noche, pues
hubieran podido degollarles impunemente, y sólo á los primeros
albores del día fué cuando pensaron en ir contra el campamento
español. Ursúa, sin embargo, desvelado por la fiebre, oyó el primer
rumor de los Indios que se acercaban, y cuando se arrojaron al
campamento prorumpiendo en gritos de guerra, sin los cuales los
indígenas no entraban jamás en batalla, el caudillo español,
calzando una bota apenas y á medio vestirse, yá se había tirado
fuera de su hamaca, tomado un arcabuz y ceñido su espada.
Tambaleando, pero sin arredrarse con los alaridos ensordecedores de
los salvajes y el sonido estridente de sus destempla- das músicas,
llamó á los suyos, y viéndoles en su rededor, cubierto el campo de
enemigos ( eran tres mil ) y Coronado el cerro de guerreros
indígenas, pensó que su única salvación estaba del otro lado del
desfiladero, donde podrían disputar el paso á los Indios y ponerse
en comunicación con la ciudad de Santa-Marta, que está apenas á
siete leguas de aquel punto, por tierra limpia y camino abierto.
Dió, pues, prontamente sus órdenes, mientras que los salvajes se
cebaban en unos pocos que yá habían muerto, y arremetiendo por en
medio de las tropas enemigas, seguido de los suyos, que hacían una
espantosa carnicería entre los desnudos indígenas, se puso á poco
en el centro del desfiladero, y allí defendió el paso como un león,
Por cada enemigo muerto se levantaban diez, pero no por eso
desmayaban aquellos héroes. Mientras se defendían de los unos,
trataban de escudarse de las flechas y las piedras que les tiraban
los que coronaban la peña, y así fueron retirándose poco á poco,
caminando para atrás, por hacer frente á los Indios, hasta que
llegaron al otro lado del mal paso, después de dos horas de lucha
en aquella desesperada batalla. Al llegar al otro lado se contaron:
no había muerto ninguno en el tránsito, aunque todos estaban
heridos y algunos mortalmente. Semejante heroísmo en un puñado de
hombres asombró tánto á los salvajes, que no les persiguieron más,
y les permitieron continuar el viaje basta Santa-Marta con
tranquilidad.
Al regresar á la ciudad, murieron muchos de los heridos con
flechas envenenadas, y Ursúa mismo estuvo entre la vida y la muerte
durante largos días. Acababa de reponerse al fin, cuando á
principios de 1553 desembarcó en Santa-Marta su tío don Miguel Díez
de Armendáriz, en vía para Santafé, por orden del Gobierno Español,
para que el Visitador Montaño le juzgase en el mismo lugar en que
había faltado, según las leyes españolas. Inmediatamente Ursúa
renunció su destino en Santa-Marta para acompañar á Armendáriz
hasta Santafé, y fué su fiel compañero en sus prisiones y
desgracias hasta volver con él á la Costa. En Cartagena le vió
embarcarse para España, mientras que él pasó al puerto de
Nombre-de-Dios y de allí se trasladó á Panamá, al promediar el año
de 155ó, en solicitud de empleo y aventuras.
Acababa de llegar al Istmo el Marqués del Cañete, nombrado Virey
del Perú, y como conociera á Ursúa, se prendó de su juvenil audacia
y aire marcial, ofreciéndole un buen destino en su Gobernación si
quería acompañarle á Lima. Pero antes de su partida, don Antonio de
Mendoza aconsejó al Gobernador de Panamá que pusiese á Ursúa á la
cabeza de una tropa que se armaba para ir á debelar una sublevación
de negros cimarrones que se habían hecho fuertes en los Palenques,
á orillas del río Sardinas. Con motivo de los muchos negros que
habían llevado á las Colonias españolas para reemplazar á los
indígenas en las faenas campestres, algunos de los que fueron al
Istmo, mal tratados, por sus amos, se habían fugado á los montes,
en donde, reunidos, proclamaron rey á uno de ellos, llamado Rayano,
por ser el más audaz é inteligente de todos. Su cuartel general
estaba situado á orillas del Atlántico, en un lugar resguardado, no
lejos de la ciudad de Nombre-de-Dios. Una vez hecho cargo del
ejército de negros, que contaba yá más de seiscientos hombres,
Rayano le organizó con el objeto de asaltar á los pasajeros que
atravesaban el Istmo con ricos cargamentos, de ida y vuelta al
Perú. Cometieron tántas muertes y desafueros aquellos negros
cimarrones, sin Dios ni ley, que la situación era cada día más
angustiosa para el Gobernador de Panamá, pues tenía que mandar un
ejército con cada cargamento que le encomendaban, y aun así se
solían sufrir graves perjuicios. Varias veces había despachado
tropas en persecución de los negros alzados, pero siempre salían
perdiendo la vida y la fama, y sin cesar se engrosaban las filas de
los victoriosos, con vergüenza de los Españoles.
Sonrió al valiente Ursúa aquella difícil empresa y ofreciendo
pasar al Perú apenas acabase la campaña, se despidió del Marqués
del Cañete y se puso á la cabeza de la tropa qué se le había
señalado. Sabedor el negro Bayano de que se enviaba en su
persecución á un valiente como Ursúa, cuya fama había llegado á sus
oídos, resolvió burlarse dc el no presentándole batalla, temeroso
de perderla, sino internarse por los bosques hasta las cabeceras
del río Chepo, en donde se ocultó. (8 ) Ursúa, con doscientos hombres de caballería é
infantería bien armados y pertrechados, emprendió marcha por
aquellos lugares nunca hollados por hombres civilizados, y empezó
una cacería en toda forma, desalojando á Bayano de todas sus
guaridas, venciéndole en donde llegaba á presentarle resistencia, y
persiguiéndole palmo á palmo, dc cerro en cerro y de bosque en
bosque, por todas aquellas comarcas. La campana fué larga y
trabajosa, pues duró más de dos años, y los Españoles sufrieron
muchísimo durante los meses dc lluvia, en que se veían casi
inundados por las crecientes de los ríos y precipitados por cerros
y laderas peligrosas. Además, los negros eran dueños de armas
europeas que manejaban muy bien, y muchos conocían á fondo las
costumbres de los amos que les habían criado; por lo cual costa
guerra era mucho más difícil que si los enemigos hubieran sido los
indígenas, casi siempre vencidos.
Pero en lo que otros se habían desalentado, Ursúa permaneció
constante, y su tenacidad fué al fin recompensada, porque,
fatigados los negros con una guerra tán cruda, ofrecieron rendirse,
entregar á Bayano ( si ofrecía el Gobernador enviarle á juzgar á
España ), y que, aunque volviesen los esclavos á poder de sus amos,
á lo menos los que hubieran nacido en libertad continuarían en ella
en el pueblo de los Palenques, en donde se habían establecido
algunas familias de negros libres. Además, se comprometían
solemnemente á no albergar en aquel pueblo negros alzados. Los
Españoles aceptaron con gusto aquel contrato, y, lo que es más
raro, lo cumplieron en todas sus partes; enviaron al negro Rayano á
España ( en donde no hemos podido descubrir qué hicieron con él), y
dejaron en libertad á los negros de los Palenques, junto con los
hijos de los esclavos que habían nacido durante su alzamiento. (9 )
V
Concluida la campaña y pacificado el Istmo, Ursúa resolvió, yá
entrado el año de 1558, pasar al Perú con el objeto de ofrecer sus
servicios al Virey. Desgraciadamente llegó á Lima en el momento en
que el Marqués del Cañete se encontraba en un predicamento bien
difícil: rodeaban é invadían la capital del Perú gran número de
aventureros y soldados desbandados, de mala ley, restos turbulentos
de las tropas de amotinados, como Gonzalo Pizarro, Girón, Hoyón y
otros rebeldes de menor valía. Aquellos hombres traían desasosegado
todo el país, y se sentía la necesi- dad imperiosa de ocupar
aquella gente en alguna expedición lejana y peligrosa, que sacaba
del Perú un foco de latente insurrección. Al mismo tiempo el Virey
había tenido noticias de que por el lado del río llamado Orellana,
Marañón ó Amazonas se encontraba el famoso Dorado, cuyas riquezas
falaces habían deslumbrado á tántos, y que á su vez ofuscaron el
claro entendimiento del marqués. Encontraba, pues, el Virey que
tenía en su mano una tropa propia para acometer una empresa como
laque proyectaba, y al mismo tiempo no hallaba un caudillo
suficientemente afamado, que fuese capaz de imponer y gobernar á
aquellos soldados turbulentos y desobedientes. La llegada de Pedro
de Ursúa, cuyo nombre era conocido en el Perú, y cuyas hazañas se
referían con aplauso en todas las Colonias españolas, puso término
á las vacilaciones del Virey, y avivó el entusiasmo del Capitán, el
cual, como hemos visto, hacía muchos años que soñaba con el
descubrimiento del Dorado. Así, pues, no bien le hubo propuesto el
Marqués del Cañete el mando de la Expedición, cuando la aceptó con
jubilo, y al momento se ocupó en prepararla.
La empresa era difícil y debía durar mucho tiempo: tal vez
transcurrirían años antes que los expedicionarios pudiesen volver á
país civilizado; por la que Ursúa quiso prepararla con gran pompa y
boato. Empleó un año entero en arreglarla y echarlos fundamentos de
una población en las cabeceras del Huallaga y el Sapo ( población
que llamó Saposa), con el objeto de que le sirviese de astillero
para fabricar los bergantines que necesitaba para su gente, y
además fue reuniendo allí vituallas y pertrechos. Al fin, en
Septiembre de 1560, Ursúa consideró enteramente concluídos los
preparativos de viaje, y reuniendo cuanto creía necesitar en
aquellas inmensas soledades del Nuevo Mundo, se puso en marcha
aguas abajo, sin prever la suerte que le tocaría.
La Expedición se componía de cuatro cientos fieros soldados,
escogidos entre los más valientes y experimentados de cuantos se
habían presentado, aunque Ursúa olvidó averiguar cuál había sido la
conducta moral de cada uno, fijándose tan solo en las hazañas y
aventuras con que se habían distinguido en las comarcas salvajes de
Tierra-Firme. Además, llevaba gran número de indios de servicio y
algunas mujeres españolas; que entonces hasta las mujeres olvidaban
la debilidad de su sexo para correr riesgos y aventuras. Esta gente
iba perfectamente armada y pertrechada, y llevaba toda clase de
comodidades y alimentos en abundancia. Entre el séquito que
acompañaba especialmente á Ursúa, iba una dama muy hermosa, llamada
doña Inés de Atienza, la cual había captado con sus gracias no sola
mente al Capitán de la tropa, sino también á algunos de los
oficiales, los cuales, dicen Pedro Simón y Castellanos, miraban mal
á Ursúa por ser el favorecido de la dama. Sea por este motivo ó por
otro, yá, desde antes de ponerse en marcha la Expedición, Ursúa
había tenido que sufocar un principio de motín que se había
declarado en el campamento, y castigar severamente á los
delincuentes; pero tuvo la debilidad de llevarles consigo, en lugar
de expulsarles de la armada, como podía y debía haberlo hecho.
Desgraciadamente el hidalgo Ursúa no podía sufrir la compañía
familiar de los toscos soldados que llevaba consigo; manteníase
alejado de ellos lo más posible, frecuentaba tan sólo la sociedad
de los oficiales más cultos, y esquivaba el roce Con la gente soez
y de baja esfera. Además, castigaba con gran rigor el menor desliz,
y no permitía ningún desorden entre su gente. Esto, unido á que
durante los tres primeros meses de navegación no habían encontrado
entre los indígenas de las márgenes del Amazonas ningún oro que
pudiese contentar la codicia de la gente, sembró el descontento en
los corazones de aquellos malos hombres, siendo el peor de ellos un
soldado llamado Lope de Aguirre, uno de los más perversos que
registra la historia del mundo.
Era Aguirre natural de Oñate en Güipúzcoa (España), y había
pasado á Indias muy al principio de la conquista; sirvió y fué
prohombre en todos los levantamientos e insurrecciones que habían
ocurrido en el Perú, y sólo buscaba la peor causa para enrolarse en
ella; no podía Soportar autoridad legítima, ora fuese civil,
militar ó religiosa, y siempre se le encontraba azuzando crímenes y
cometiendo desafueros (10). Los cronistas Pedro Simón y Castellanos
refieren hasta en sus pormenores cómo Lope de Aguirre tramó la
conspiración para suprimir la autoridad y la persona de Pedro de
Ursúa; pero aquellas relaciones serían demasiado extensas para
reproducirlas aquí, y sólo diremos que, según se colige de ellas,
se unieron las pasiones de unos y otros para ayudar en la trama que
puso fin á los días del infeliz Conquistador de Pamplona.
Aguirre había logrado ganar la buena voluntad de todos los
oficiales, ofreciendo á cada cual lo que deseaba y ambicionaba, y á
un joven hidalgo, llamado Fernando de Guzmán, le ofreció el título
de Rey, con la condición de que se casara con una hija que el mismo
Aguirre llevaba consigo. Tan dementes estaban todos aquellos
hombres, que sobre semejantes bases tan ridículas é imposibles de
llevar á cabo, se lanzaron á asesinar al desgraciado Ursúa, quien
fué muerto á puñaladas el 10 de Enero de 1561, en un pueblo de
Indios llamado Machífaro, en donde habían acampado para celebrar
las fiestas de Navidad y Año-Nuevo.
Pedro de Ursúa había cumplido apenas treinta y cinco años: era
de mediana estatura, bien formado, elegante, aunque muy delgado; de
rostro blanco y pálido; usaba la barba entera, que era bien poblada
y de color bermejo; la expresión de su fisonomía era alegre y
animada; era bondadoso, culto, bien hablado, enemigo de rencillas y
de disgustos; y aunque galante y amigo de las damas, no gustaba de
los placeres ruidosos, Nunca tuvo temor de nada ni de nadie, de
manera que, aunque varias veces le avisaron que se conspiraba
contra él, no quiso creerlo, asegurando que ninguno de sus soldados
podía tener queja de él, ni jamás había dado motivo para que le
odiasen. Sí en la conquista de los Muzos se manifestó cruel con los
naturales del país, y si á su primera llegada á Santafé fué
imprudente y arrestado con aquellos Españoles que consideraba
enemigos suyos, es preciso recordar que, empezando él á hacerse
notable desde muy tierna edad, debía de ser fácil aconsejarle mal;
y tal vez más culpa tuvieron los que le rodearon entonces, que él
mismo. Lo cierto es que, en sus subsiguientes campañas, los
cronistas no mencionan ningún otro acto de injusticia, pero ni
siquiera de imprudencia en su conducta. No hay duda que, á no ser
por la malhadada expedición al Amazonas, Ursúa hubiera sido uno
delos Capitanes más sobresalientes de América; pues tenía méritos
para conquistar los más altos honores entre los grandes hombres de
su tiempo. Ursúa, dice Ocariz, dejó en Santafé descendencia
ilegítima, que se conservaba hasta el fin del siglo antepasado en
las familias santafereñas que llevaban los, apellidos de Zamora,
Madero, Menacho y Barbosa.
A poco, de asesinado Ursúa, Lope de Aguirre hizo matar al
ambicioso joven Fernando de Guzmán, y después dió muerte á doña
Inés de Atienza (que se había vuelto loca ), y mató con su mano ó
por su orden á cuantos le disgustaban, tiñendo la corriente del
Amazonas con la sangre de sus compañeros, sin motivo ni disculpa
alguna. Al fin, habiendo seguido aguas abajo hasta llegar al
Atlántico, la diezmada y triste Expedición arribo á la isla de
Margarita, la que Aguirre tomó por asalto; allí degolló al
Gobernador y á otros, é hizo matar á varios religiosos y algunas
mujeres. Luego pasó á Tierra-Firme, con la loca intención de
atravesar á Venezuela y el Nuevo Reino de Granada para regresar
por tierra al Perú. En Burburata saqueó é incendió la población, y
continuó hasta Valencia, en donde hizo innumerables barbaridades, y
en seguida entró en Barquisimeto, ciudad que encontró abandonada
por sus aterrados moradores. No pudiendo ejercer su sed de sangre
en extraños, se convirtió Aguirre en el verdugo de sus propios
compañeros. Entonces, como muchos de éstos fuesen tan crueles y
feroces como su Jefe, perdieron al fin la paciencia, le
traicionaron y le dieron muerte, acogiéndose luego á un indulto que
había promulgado el Gobernador de Venezuela; y después de matar á
su caudillo rindieron las armas á las autoridades. Pero antes de
morir aquel extraño y sanguinario soldado, que ha vivido en las
páginas de la historia con el nombre de el tirano Aguirre, apuñaleó
con en propia mano á la hija que llevaba consigo, diciendo que no
quería fuese vituperada, ni que pudiesen llamarla nunca
|hija de
un traidor.
|
(1 )
|
HISTORIA DEL ECUADOR.--Tomo 1º ., Pág.517
|
|
(2 )
|
Acosta--DESCUBRIMIENTO y COLONIZACIÓNPág. 103
|
|
(3 )
|
No había otra entonces sino la capital del Humilladero,
consagrada el 6 de Agosto del año anterior, l544
|
|
(5 )
|
Véase en la tercera parte de esta obra el nombre de este
conquistador
|
|
(6 )
|
17 grados centígrados, por término medio.
|
|
(7 )
|
"En esta retirada murió mucha gente española á manos
del enemigo, y á un Religioso que cayó en las de los Indios se lo
comieron luego ( eran antropófagos); de que resultó que no comiesen
más carne humana, como nota Herrera ,en su
|Década Octava,
por temor del achaque de que se contagiaron los agresores;
consiguiendo este sacerdote, con su cuerpo muerto, desterrar de
esta nación un vicio, que con gran dificultad lo consiguiera
vivo." Piedrahita-CONQUISTA DEL NUEVO REINO.
|
|
(8 )
|
Su nombre se conserva en el río Bayano, el antiguo Chepo.
|
|
(9 )
|
Aún subsiste el pueblo de los Palenques, formado exclusivamente
por una colonia africana. Aunque desde 1743 tienen iglesia y cura,
y sus habitantes parecen deseosos de civilizarse, el clima es tan
mortífero, que no han podido progresar. Hoy día cuenta menos de
setecientos habitantes, y está asentado en un sitio agreste, á
orillas del río Sardinas.
|
|
(10)
|
En 1535, por primera vez figura el nombre de Lope de Aguirre (
joven de 24 años entonces) en un alzamiento en el golfo de Urabá,
contra don Pedro de Heredia.
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