INDICE




Patente de Privilegio
Prólogo
Introducción
Cristóbal Colón
Alonso de Ojeda
Juan de la Cosa
Américo Vespucio
Diego de Nicuesa
Vasco Núñez de Balboa
Ambrosio de Alfínger
Jorge de Espira
Nicolás de Federmann
Rodrigo de Bastidas
Pedro de Heredia
Gonzalo Jiménez de Quesada
Sebastián de Belalcázar
Gonzalo Suárez Rondón
Martín Galiano
Pedro de Ursúa
Jorge Robledo
Francisco Cesar
Lázaro Fonte
Gaspar de Rodas
Antonio Díaz Cardoso
Pedro Cieza de León
San Luis Beltrán
Los Jesuitas Misioneros
El Apóstol de Cartagena. Pedro Claver
Los Baquianos
Aguayo, Gerónimo de
Aguilar, Alonso de
Aguirre, Domingo Vascongado
Aguirre, Martín de
Albarracín, Esteban de
Alcalá, Juan de
Almarcha, Sebastián de
Alcocer, Hernando de
Alemán, Juan Nicolás
Alonso, Juan
Aldana, Lorenzo de
Alderete, N.
Álvarez de Acuña, Francisco
Ampudia, Juan de
Añasco, Pedro de
Angulo, Cristóbal
Aranda, Francisco de
Aranda, Pedro de
Arellano, Alonso Ramírez de
Arévalo, Juan de
Arias, Francisco
Avendaño, Francisco
Avellaneda Temiño, Juan de
Ayala, Andrés de
Bermúdez, Antonio
Bernal, Crisóbal Ortíz
Bolegán, Pedro Fernández
Bravo de River, Pedro
Bravo, N.
Briceño, Pedro
Burgueño, Juan
Cabezón, García
Cabrera, Juan de
Calvete, García
Cáceres, N.
Camacho Zambrano, Bartolomé
Caro, Benito
Caro, Luís
Carrión, Pedro Rodríguez de
Casas, Fray Domingo de las
Castil-Blanco, N
Castellanos, Juan de
Castro, Antonio
Castro, Juan de
Celide Alvear, Jorge
Céspedes, Juan de
Céspedes, Francisco
Chinchilla, ó Chinesilla, Juan
Cifuentes, Gómez de
Colmenares, Pedro de
Collantes, Juan Muños de
Corral, Gómez del
Corredor, Pedro Ruiz
Cruz, Gómes de la
Cuéllar, Juan
Daza, Luís
Díaz, Francisco y Simón
Días Hidalgo, Juan
Domínguez Beltrán, Alonso
Escalante, Hernando de
Esquivel, Antón de
Espinosa, Diego de
Espinosa, Gaspar de
Fernández, Antonio
Fernández, Francisco
Fernández Gironda, Gonzalo
Fernández, Juan
Fernández, Marcos
Fernández Valenzuela, Pedro
Figueredo, Francisco de
Figueredo, Melchor Ramírez de
Flamenco, Antón
Franco, Diego
Frías, Juan de
Fuerte, Juan
Gallegos, Hernando
Gallegos, Luís
Gante ó Guante, Antón de
García, Gonzalo
García, Juan Machado
Girón, Francisco Hernández
Gascón, J. Alonso
Gascón, Juan
González, Bartolomé
Gómez Alonso, Hiel de la Tierra y Sequillo
Gómez, Francisco de Feria
Gómez, Hernán Castillejo
Gómez de Orozco, Pedro
Gómez Portillo, Juan
Gómez Fernández, N.
Gordo, Juan
Graso, Juan Bautista
Guemes, Juan de
Gutiérrez Aponte, Pedro
Gutiérrez Valenzuela, Juan
Haro, García Calvete de
Hernández Ballesteros, Francisco- Hernández, Pedro- Hernándes Ledezma, Alonso
Hernández de la Isla, Martín
Hernández de León, Bartolomé- Hernández de Madrigal, Diego
Herreño, Bartolomé
Herreño, Gerónimo Hernández
Higueras, N.
Hinojosa, Juan Ramírez
Holguín de Figueroa, Miguel
Huete, Diego de
Hyto, García del
Igarte, Martín
Insá, Gerónimo de
Junco, Juan del
Ladrón de Guevara, Domingo
Laínza, Geónimo de
Lanchero, Luís
Lebrija, Antonio de
Lescanez, ó Legaspés, Juan de
Limpias, Pedro de
López, Diego y Juan
López, Gil
López de Monteagudo, Pedro
Lorenzo, Juan
Lozano, Francisco
Lozano, Domingo
Luján, Antón de
Macías, Gonzalo
Madrid, Pedro y Madrid, Pedro Daza
Maldonado, Arias de
Maldonado, Baltasar
Maldonado, Dorado del H. Francisco
Manchado, Alonso
Manjarres, Luís
Mateos, Juan Marcos y Alonso
Martín Alonso
Martín Hiniesta, Diego
Martínez, Diego
Martínez, Francisco
Medrano, Francisco
Melo, Gerónimo de
Méndez, Bernabé
Méndez, Gaspar
Melgarejo, Juan Rodríguez Gil
Mestanza, Francisco de
Miranda, Cristóbal de
Molina, Pedro de
Montero, Hernando
Montañes, Juan
Montoya, Francisco de
Montalvo, Juan de
Monsalve, Francisco
Monroy, Cristóbal Arias de
Morales, Alonso de -Moratín, Baltasar de
Moreno, Alonso
Moyano, Miguel Seco
Muñoz, Miguel
Navarro, Hernando y Pablo
Novillero, N.
Nieto, Cristóbal Gómez
Núñes Cabrera Pedro
Núñes Pedroza, Francisco
Olaya, Antonio Soriano de
Olaya Herrera, Alonso de
Oliva, Diego de- Olmedo, Jorge de
Olmos, Juan de
Oñate, Martín
Orejuela, Juan Ruiz de
Ortega, Juan de
Ortiz, Cristobal de- Ortiz, Diego de
Ortiz, Ortún
Orozco, Lope de
Orozco, Juan de
Otañez, Miguel de
Palencia, Nicolás de
Palma, Antón de la
Paredes Calderón, Diego de
Penagos, Juan de
Pérez, Antonio Fernán
Periáñes Portoés, ó Pedro Yáñez
Pineda, Juan de
Porras, Pedro de y Sebastián
Poveda, Alonso Ramírez de
Prado, Hernando del
Prado, Juan del- Puelles, Juan de- Pujol, Martín
Puerta, Juan de la
Qesada, Hernán Pérez de
Quincoces, Juan de la Llama
Quintero, Juan
Requejeda, Fray Vicente
Ramírez, Juan de Hinojosa
Rey, Mateo Sánchez
Rivera, Juan de
Roa, Cristóbal de- Rodríguez de León, Pedro- Rodríguez Antón Casalla- Rodríguez Francisco- Rodríguez del Olmo, Juan
Rodríguez, Juan Benavides de
Rodríguez Parra, Juan
Rojas, Hernando de
Romero, Diego
Ruiz, Antonio
Ruiz Herrezuelo, Pedro
Ruiz, Cristóbal- Ruiz, Pedro Córdoba
Ruiz, Pedro García
Salamanca, Juan y Pedro Rodríguez
Sanabria, Luís de
Sánchez, Bartolomé Suárez
Sánchez, Juan
Sánchez Castilblanco, Diego
Sánchez Paniagua, Diego- Sánchez Cogolludo, Mateo
Sánchez Velasco, Pedro- Sánchez, Martín Ropero
Sánchez, Miguel
Salinas, Hernando de
Salazar, Pedro de
Salguero, Francisco
San-Martín, Juan de
Santafé, Gaspar de
Sam-Miguel, Cristóbal de
Sedano, N.- Segura, Diego de- Silva, Francisco de
Suárez Montaño, Diego
Tafur, Juan
Tafur, Martín Yáñez
Tordehumos, Francisco de
Toro, Cristóbal de
Torres, Diego- Torres, Juan de- Torre, Lázaro de la
Torres Contreras, Juan
Troya, Nicolás de- Trujillo, Juan
Umbría, Salvador de- Valenzuela, Pedro Sánchez
Valdés, Melchor de
Valderas, Diego Rodríguez de
Vásquez, Pedro
Valdivia, Andrés de
Vásques de Loaysa, Pedro- Vega, Gonzalo de
Venegas Carrillo Manosalvas, Hernán
Verdejo, El Bachiller Juan
Viana, El Bachiller
Villalobos, N.
Villanueva, Juan de- Villaspasas, Lorenzo
Villaviciosa, Francisco- Yáñez, Rodrigo
Zamora Forero, Cristóbal- Zea, Pedro de
Zarco, Benito
Zegarra, N.- Zelada, Cristóbal
Zorro, Gonzalo García
Perros de la Conquista
Lista de Obras Consultadas

 

 

PEDRO DE URSUA.

 

( FUNDADOR DE PAMPLONA).

I

 

“No cuantos vinieron á América, dice don Pedro Fermín Cevallos (1 ), como tan erradamente se cree entre nosotros, andaban cruzando estos reinos vestidos de hierro, enristrando sus lanzas contra los Indios pacíficos é incendiando ó destrozando heredades. Vinieron jóvenes pertenecientes á familias nobles y de distinguida educación, llevados más del impulso aventurero dé Su siglo, y de tomar renombre por sus hazañas, que por encenagarse en la avaricia."

A esta clase de conquistadores pertenecía el que será objeto de las siguientes páginas, y cuya vida agitada y dramático fin le hacen uno de los más interesantes caballeros de Cuantos visitaron el Nuevo Mundo en solicitud de aventuras.

Eran tántas las solicitudes que enviaban á la corte de España los misioneros y hombres humanitarios, pidiendo leyes que protegieran á los indígenas de América, que Carlos Y promulgó un edicto que amparaba á éstos contra la rapacidad de los encomenderos  conquistadores de las tierras recién descubiertas. Pero sabiendo el Emperador que las nuevas leyes no serían aceptadas con gusto en las Colonias, envió comisionados regios especiales á todas ellas, encargados de hacerlas obedecer. Tocó á un letrado, Miguel Díez de Armendáriz, venir al Nuevo Reino de Granada yá las otras gobernaciones establecidas en lo que hoy día es Colombia. Este caballero llegó á Cartagena á fines de 1544, y, entre otros asuntos, traía la misión de residenciar al Gobernador Heredia; así fué que no pudo continuar su marcha inmediatamente á Santafé, en donde muchos conquistadores le instaban para que quitase el mando á Montalvo de Lugo, á quien el Adelantado don Luis de Lugo había dejado gobernando el Nuevo Reino.

Viendo la necesidad urgente que había de que fuese algún comisionado á Santafé, Armendáriz, á pedimento de Gonzalo Suárez Rondón, resolvió enviar en compañía de el conquistador, que era muy respetado por todos, á un sobrino suyo, navarro como él, bien educado, brioso y valiente, á quien había traído de España para que buscase aventuras y fama en el Nuevo Mundo. Llamábase Pedro de Ursúa este sobrino del visitador, y apenas había cumplido diez y ocho años. Aunque era casi un niño, tenía yá prendas muy estimables, y además de ser gallardo mozo, activo y perspicaz, era tan fino y agradable para todos, que se captaba la buena voluntad de cuantos le trataban; sin que por eso perdiera la gravedad del porte ni la seriedad de un capitán que hubiera nacido Con el dón del mando en alto grado. No anduvo, pues, errado Gonzalo Suárez Rondón, cuando pidió á Armendáriz que enviara á su sobrino á Santafé con los poderes suficientes para organizar el gobierno del Nuevo Reino, desorganizado por don Luís de Lugo.

Yá para entonces la navegación del Magdalena era más fácil que  al principio de la conquista. Habían desaparecido casi todos los indígenas belicosos que poblaban antes sus orillas : unos habían perecido en los combate con los Españoles, y otros ocultándose en las selvas, en el interior del país, donde permanecían aislados. Se habían fundado además sobre las márgenes de aquel hermoso no dos poblaciones españolas: la de Mompox, establecida en 1539 por don Alonso de Heredia, y la llamada Tamalameque, “que en la orilla derecha fundó el año de 1544 el Capitán Juan de Céspedes, por orden del Adelantado Lugo, en una barranca alta, algunas leguas arriba de la desembocadura del río Cesar, en el sitio que llamaban Sompallon, que después se trasladó frente á Mompox, y más tarde se restituyó á su primitiva fundación (2 )

Como Ursúa necesitaba pasar por Vélez y Tunja para hacerse reconocer por estas ciudades, y después continuar hasta Santafé á sorprender á Montalvo de Lugo, antes de que éste tuviera tiempo de ponerse en salvamento, no continuó su marcha por agua hasta Guataquí,-vía que empezaban á trajinar los conquistadores con preferencia a la dé Carare,- sino que tomo el camino de Magdalena a Vélez.,  y en pocos días traspuso la cordillera con sus compañeros y entró en aquella ciudad cuando menos le aguardaban. Sin detenerse allí, sino el tiempo indispensable para hacerse reconocer por el corregidor como legítimo enviado del visitador Armendáriz, continuó su marcha y entró en Tunja, donde hizo otro tanto, y siguió para Santafé apresuradamente.

AL llegar á la pequeña capital del Nuevo Reino Ursúa  la encontró de gala: sus habitantes celebraban la fiesta de la ascensión, y reunidos en la plaza paseaban con músicas y conversaban con corrillos, mirando á las pocas damas que entonces había, asomadas á las rejas y ataviadas con lo mejor que tenían para honrar esta festividad. Gran sensación causaría la cabalgata de Ursúa al atravesar la miserable ciudad, sin detenerse en ninguna parte, hasta no llegar á la plaza y desmontarse de las gradas del atrio de la iglesia mayor (3 ), en donde entró con toda su comitiva á dar gracias a Dios por su feliz viaje, uno de los más cortos y afortunados de cuantos hasta entonces se habían hecho de la Costa á la sabana de Bogotá.

Cuando el joven capitán salió de la iglesia, halló agolpados á las puertas de ésta á casi todos los caballeros principales de Santafé, menos el Gobernador, y entre éstos se hallaba en primera fila el capitán Luís Lanchero, jefe de los |Caquecios ó partidarios de Lugo, en competencia de los Quesadas, cuyo caudillo principal entonces era Suárez Rondón. Aquellos conquistadores disputaban en voz baja porque algunos ponían en duda que fuese cierto lo que les decían los criados de Ursúa ( que se habían quedado guardando los caballos á la puerta de la iglesia), y no querían creer que aquel joven imberbe gobernar el Nuevo Reino en su nombre. Ursúa saludó á todos con grave cortesía, y mirándoles de hito en hito, dijo:

--¿ Cual de vuesasmercedes es el Capitán Luís Lanchero, Alcalde de esta ciudad?

--Así me llamo, respondió Lanchero; y mándeme vuesamerced en lo que pueda servir.

Lo mismo dijo el otro Alcalde de la ciudad, que lo era el Capitán García Zorro. Ursúa miró á sus compañeros, que eran pocos, y á los santafereños que eran muchos y valientes, y creyó que lo mejor sería obrar con disimulo. Entabló, pues, con los circunstantes conversación sobre cosas indiferentes, y haciendo la descripción de su viaje quitó la vara á Lanchero, como por distracción, como si no cayese en la cuanta de los que hacía, y nadie pensó que aquello fuese con malicia. Dirigíase al mismo tiempo á los caballos para montar, y como llevase aún la vara del alcalde en la mano, éste se la pidió, pero Ursúa no se la quiso dar.

--Caballero! Exclamó el |caquecio, ya montado en cólera: ¿con que autoridad me quitas la vara?

-- Con la autoridad que veréis después, señor Lanchero, contestó el joven sosegadamente; y montado con los compañeros que llevaba, se encaminó hacia las casa del cabildo, que estaban al otro lado de la plaza.

Aquella extraña conducta de Ursúa provenía de que le habían informado que Lanchero era hombre apasionado y de carácter violento, que no entregaría el mando de la ciudad, á cargo entonces de Montalvo de Lugo, su amigo, sino difícilmente y promoviendo conflictos y asonadas que de ninguna manera convenían a Ursúa. Pero en esto, asegura piedrahita, se equivocaba el joven navarro, pues Lanchero era todo un caballero, y, como fiel súbdito del Rey, jamás hubiera puesto tropiezos en el camino del delegado. No obstante la mala voluntad que tenía á todos los |Quesadas, y particularmente á Suárez Rondón, que ejercía mucha influencia en los actos de Ursúa, no hay duda que Lanchero hubiera cumplido con sus deberes con toda puntualidad.

Mientras que el atrevimiento de Ursúa había llenado de asombro y de indignación á todos los conquistadores que quedaban en la plaza, él se presentaba al Cabildo con tánta gravedad y cortesía, con tánto trato de mundo y modales cortesanos, que todos se sorprendieron. Una vez reconocido como Gobernador, en nombre de su tío, el joven dirigió un corto discurso á los notables allí reunidos, asegurándoles con expresiones de cariño y respeto que todo su anhelo era volver la paz al Nuevo Reino, aplacar las disensiones entre dos bandos rivales y administrar justicia al gusto de todos. Añadió "que no ignoraba que para negocio tan grande como el de reconciliar voluntades entre hombres que aspiraban más á la venganza que á la razón, se necesitaba de persona de más edad y experiencia que las que él podía tener, pero que una buena intención suplía por muchos años, y la suya era de entrar en las materias con la sonda del mejor consejo en la mano, para no peligrar en los bajíos de las parcialidades, como se vería Siempre que sin doblez le aconsejase hasta que, ingeniado en las artes del gobierno, pudiese resolver por sí sólo lo que más fuese en servicio de Dios y beneficio del Reino.(4 )

Pero sucedió desgraciadamente con este discurso de instalación, lo que ha acontecido desde entonces hasta el día de hoy con todos los gobernantes: en él se manifestó Ursúa lleno de virtudes y desinterés y anheloso por el bien de la Colonia solamente; pero, como muchos discursos oficiales, todo fué palabrería que se llevó el viento.

 

II

 

La conducta de Ursúa para con Lancheros hombre respetado é influyente en la Colonia; había producido impresión de desagrado en unos y de temor en otros ; y, no como decía en su discurso, conciliaba voluntades, sino que se ganaba enemigos. Al salir del Cabildo, Ursúa fué á desmontarse en casa del Capitán Hernán Venegas de Carrillo Manosalva, conquistador de los de |Quesada, persona de representación en Santafé y que había fundado la villa de Tocaima, á fines del año de 1544. Este caballero le hospedó con mucha ostentación en su casa y le rodeó de todo el partido |qutesadista, el cual, sin duda, le aconsejó mal, pues en la misma noche el Visitador mandó arrestar y encarcelar á Montalvo de Lugo y al Capitán Lanchero, cosa muy impropia de quien había proclamado su deseo de administrar justicia al gusto de uno y otro bando. Una vez en prisiones el anterior Gobernador, Ursúa se fué á vivír á las casas que éste había ocupado, que eran las mejores de la ciudad, aunque cubiertas de paja, por ser todavía muy escasos el ladrillo y la teja.

Manifestábase cada día más descontento el partido |caquecio con los decretos arbitrarios del joven Gobernador, cuando una noche resultaron incendiadas las casas donde vivía; Ursúa, salvando su vida éste con díficultad, así como las de sus criados y paniaguados, pero perdiendo cuanto  poseía en su habitación. Los enemigos de Montalvo de Lugo y de Lanchero no despreciaron aquel hecho para llevar á Ursúa chismes y hablillas, asegurándole que el incendio había sido intencional y obra de los |Caquecios, y aun quizá indicado por el mismo Lanchero. No es de extrañar que un joven sin  experiencia y rodeado de malos consejeros, se manifestase muy indignado con la guerra que, le decían, azuzaba el partido de Lugo, y en el acto mandó apresar á varios parciales del anterior Gobernador. Pero en seguida, usando de su natural discreción y perspicacia, se negó á abrir causa contra los acusados, diciendo que él mismo no podía juzgar en ella, y resolvió dejar aquella averiguación para cuando su tío Armendáriz se encargase del gobierno. Esta conducta prueba que Ursúa tenía prudencia y buen natural, cuando obraba por su propia cuenta y sin los consejos de los que deseaban vengarse de sus enemigos á la sombra de tan inexperto joven.

Pero si los del bando de Lugo estaban disgustados no quedó un sólo conquistador de uno y otro partido que no se manifestase irritado cuando se promulgaron las leyes nuevas enviadas por Carlos V para proteger á los indígenas. Aquellos conquistadores se consideraban de hecho dueños del país que habían descubierto, no podían soportar, que les cohibiesen en su manera de tratar á los aborígenes y gobernar sus encomiendas. Y fue tal la cólera de los encomenderos y su indignación con quien las había promulgado, que no es extraño impusieran su voluntad a Ursúa, y que éste, viendo la imposibilidad en que estaba de estrellarse solo contra todos los Españoles del Nuevo Reino, se hiciese de la vista gorda y no tratase de hacer cumplir rigurosamente los decretos reales. Además, no solamente permitió, sino que fomentó la idea que tuvieron algunos de enviar á España un procurador general para que pidiese la reforma de las leyes que tánto les disgustaban. Así accedió entonces á que partiese el Capitán Venegas Carrillo para España, con las firmas de la mayor parte de los conquistadores al pie de la petición que llevó á nombre de ellos.

Fuera de la promulgación de las famosas leyes y las reyertas con los |Caquecios, los cronistas no mencionan ningún acto importante de Ursúa durante el año y medio largo que gobernó el Nuevo Reino, hasta el arribo á Santafé de Armendáriz, en Enero de 1547. Apenas hubo llegado el Visitador á Santafé, lo primero en que se ocupó fué en averiguar quiénes habían sido los culpados del incendio acaecido en casa de su sobrino, y acabó por condenar á la horca á un infeliz soldado que se había confesado reo, apremiado por los dolores del tormento, que no pudo soportar. No le valió declararse inocente al tiempo de ir á cumplir la sentencia, asegurando que sólo el temor del tormento le había obligado á confesar una mentira, y aun, acusar á otros que eran tan inocentes como él. A pesar de las lágrimas y súplicas del desgraciado, el Visitador no quiso perdonarle, y fue ahorcado. A poco lograron fugarse de Santafé, é irse para España á quejarse del Visitador Montalvo de Lugo, Lanchero y otros que habían sido injustamente encarcelados y perseguidos por Ursúa y Armendáriz, y éstos se encargaron de vengar la muerte del ahorcado; pues en esta vida toda injusticia se paga y todo crimen es castigado tarde ó temprano.

Mientras sucedían estas cosas en Santafé, los encomenderos de la provincia de Vélez, y particularmente uno de ellos, Gerónimo de Aguayo, (5 ) trataba tan mal á los indígenas, que el Cacique de Guane (hoy día Socorro), á quien Galiano había logrado someter poco antes, no pudo soportar por más tiempo la conducta de los Españoles, y se alzó á la cabeza de tres mil Indios. Estaban éstos tan exasperados, que resolvieron hacerse fuertes en sus montañas, é hicieron tan tenaz defensa de su territorio, que se llegó á temer sería imposible someterles. Cada tropa que se enviaba contra ellos volvía derrotada y amedrentada, y el Visitador recibía continuamente quejas de los colonos, que le pedían socorro contra el Cacique Chianchón. Había llegado á tal punto la audacia de los aborígenes, que bajaban á las poblaciones españolas, incendiaban las casas y asesinaban al que encontraban desarmado;  y más aún: no contentos con hacer la guerra á sus enemigos naturales, castigaban severamente á los indígenas que vivían aún sometidos á los Españoles, obligándoles á seguirles, ó matándoles sin misericordia si rehusaban abandonar á sus amos.

Armendáriz comprendió que era preciso atajar aquel incendio á tiempo; y como no tuviese á mano un caudillo experimentado y de toda su confianza, resolvió encomendar la campaña á su sobrino Ursúa. Este recibió el nombramiento con el mayor júbilo, pues no deseaba otra cosa que ganar fama y lucirse allí en donde otros más experimentados habían fracasado. Rara vez se ve que en la juventud se busque el dinero con ahínco; lo que en esta edad se anhela es gloria y el aplauso de los demás. Solamente después, cuando el hombre se ha desengañado de la vida y comprende que la gloria no es sino un nombre, y la fama pierde á sus ojos su prestigioso brillo, es cuando vuelve los ojos á las riquezas y funda su ambición en el lucro. Ursúa estaba entonces en su primera juventud, y lleno de ilusiones y alegría emprendió marcha, á mediados de 1547, á la cabeza de ochenta infantes y veinte soldados de caballería; llegó á Vélez sin demora; se informó allí de la situación de los enemigos, y no tardó en continuar su marcha en solicitud del Jefe indígena. Chianchón se había situado entre los cerros y riscos escarpados que defienden las márgenes del río Suárez ó Saravita, y su pueblo estaba, situado en una explanada inclinada, defendida perfectamente, al frente por el río y á la espalda por altos cerros inaccesibles y escarpados."

Ursúa sin embargo, no vaciló, y resolvió atacar al Cacique en su guarida misma. Chianchón le aguardó de pie firme y le presentó batalla;  pero, á Pesar de sus numerosas tropas, la superioridad de las fuerzas y armas españolas hizo tánta mella en los desnudos cuerpos de los naturales, que al cabo de una hora de reñido combate los indígenas se declararon en derrota y apelaron á la fuga, en la cual murieron centenares, despedazados por los perros que llevaban los Españoles: Chianchón había logrado escapar con una parte de su gente; pero, advertido Ursúa del camino que había tomado, le persiguió sin pérdida de tiempo. Varias veces el Español creyó apoderarse del caudillo indígena, y aunque le tuvo casi en sus manos, siempre se le escapaba. Al fin pudieron más la pericia y la constancia del europeo que la malicia del indígena, y este cayo en un lazo que le tendió Ursúa, y fué hecho prisionero. Según Piedrahita,-que cita las |Noticias Historiales de Quesada,- Ursúa fué poco misericordioso con los indígenas en aquella su primera campaña, é hizo grande é inútil carnicería entre los infelices vencidos, así como también decapitó á los principales Jefes de la rebelión, so pretexto de que este rigor escarmentaría á los demás. Una vez que dejó pacificada, ó más bien aterrada, la provincia, nuestro novel guerrero regresó á Santafé, en donde fué recibido con aplausos y encomios; y desde entonces, dicen los cronistas contemporáneos, se le consideró " como buen caudillo entre los mejores, " no obstante su poca edad, pues aun no había cumplido veintiún años.

 

III

 

Hacia la época en que Ursúa regresaba á Santafé, se había otra vez revivido la idea de buscar el fabuloso Dorado, país que se decía inmensamente rico, y en cuyo descubrimiento Hernán Pérez de Quesada había gastado años antes muchos caudales y gran numero de vidas. Armendáriz recogía datos y hacía indagaciones para descubrir el verdadero camino hacia ese país maravilloso, y Ursúa, contagiado de la idea de llevar á cabo un descubrimiento que traía inquietos y suspensos á muchos, suplicó á su tío que le diese el mando de la nueva expedición. Pero Armendáriz no quería arriesgar tan famosa empresa en manos muy inexpertas aun, y lo contestó que antes de tomar á su cargo tan importante campaña, era preciso hacerse más diestro en las armas y ejercitarse en otras conquistas menos dilatadas y trabajosas. Envióle, pues, como Jefe de una expedición que mandaba á las sierras del Norte, transitadas  antes por Alfínger, las cuales se decía que estaban pobladas por tribus de indígenas muy ricos y poco feroces.

Ursúa comandaba aquella vez á ciento cuarenta voluntarios, todos soldados avezados á las guerras con los Indios y enseñados á pasar trabajos en los más mortíferos climas. Como su segundo ó Maestre de campo le acompañaba Ortún Velásquez de Velasco, persona juiciosa y adecuada para contener y aconsejar al impetuoso joven. Este se había captado la buena voluntad y el cariño de su tropa, y todos le obedecían con gusto. Así fué que aquella expedición se llevo á cabo con el mayor orden y con toda felicidad. Salieron de Tunja, pasaron el río Sogamoso y atravesaron tranquilamente las grandes poblaciones que demoraban entonces en esos territorios, sin tener que desenvainar la espada, pues los indígenas recibieron de paz á los Españoles y les acogieron con respeto y cariño. Sólo en un punto habían tratado de ofrecer alguna resistencia, y fué en los alrededores de un hermoso valle que los expedicionarios llamaron del Espíritu Santo ( por haber llegado á él la víspera de Pentecostés de aquel año de 1549); pero apenas se acercaron los míseros naturales á los Españoles para atacarles, cuando se llenaron de tal espanto, que huyeron despavoridos, volviéndose después á ofrecer su amistad y someterse humildemente. Resolvió entonces Ursúa fundar en aquel valle, de clima sano y fértil terreno, aunque frío y destemplado, (6 ) una población que llamó Pamplona, por ser el nombre de la capital del reino de Navarra. En seguida hizo llevar á aquel sitio á los habitantes de una villa que había fundado Suárez Rondón con el nombre de Málaga, y que no subsistió por entonces. "

Ursúa permaneció en la nueva población un año, labrando iglesia de mampostería y repartiendo solares y encomiendas entre sus compañeros. Los naturales eran pacíficos, á pesar de ser muy numerosos, y en los contornos había oro en abundancia, y se encontraban señales evidentes, según dicen los cronistas, de minas de plata, cobre, turquesas y amatistas. La colonia progresaba tranquilamente y sin ningún contratiempo; pero esta misma paz fastidió al Conquistador: parecióle que desperdiciaba su Juventud en empresas ajenas de su carácter, amante de aventuras; por lo que, dejando de Gobernador á Ortún Velásquez en Pamplona, regreso á Santafé á pedir que le diesen el mando de alguna expedición guerrera en que se pudieran cosechar laureles. Ofreciéronle el mando de una que se enviaba á someter á los indómitos Muzos, que hasta entonces guardaban su independencia, derrotando á cuantos se habían atrevido á invadir su territorio. Ursúa aceptó el mando de la tropa que se preparaba en Santafé, con la condición de que si lograba someter á los Muzos y fundar una población en aquel territorio, le darían en seguida la conquista del Dorado, " blanco, dice Piedrahita, á que tiraba Ursúa desde que los ecos de aquella fingida voz hirieron sus oídos." La fama de la buena ventura que hasta entonces había acompañado á Ursúa en todas sus empresas, y la general simpatía de que gozaba en todo el Nuevo Reino, hicieron que se reunieran en torno de sus pendones cuantos soldados aventureros se encontraban desocupados en Santafé. Así, fué fácil al joven navarro escoger ciento sesenta hombres de infantería y veinte caballeros experimentados, bien armados y pertrechados, los cuales, en unión de una tropa de perros, se pusieron en marcha, á mediados de 1551, en vía para la ciudad de Vélez, en donde hicieron escala. De allí pasaron á someter á los Indios de Saboyá, los cuales se rindieron sin dificultad, usándose para con ellos de astucia y de halagos. Continuando su marcha Ursúa se internó en el territorio de los Muzos, sin encontrar contra tiempos de consideración, pues en donde los naturales trataron de resistirle, él pudo vencerles, y sobre la marcha seguía adelante para aprovecharse de la victoria y no dejar tiempo á los enemigos para rehacerse ; asombrando con su audacia á los aborígenes, que se retiraban dejando desamparados sus pueblos y caseríos. Aquella conducta, que revelaba que Ursúa poseía el verdadero genio de la guerra, hizo cambiar de táctica á los Caciques los cuales resolvieron mandar ofrecer la paz al joven caudillo español, prometiendo volver á sus hogares si el invasor les daba garantías. Ursúa concedió cuanto le Pidieron los indígenas, y todos volvieron á sus casas tranquilamente y se sometieron al yugo europeo sin saber lo que hacían.

Para celebrar las paces, los desgraciados aborígenes se convocaron á una feria que debía efectuarse en las cercanías del sitio en que los Españoles habían sentado sus reales, y en donde los Caciques habían mandado hacer grandes sementeras para mantener á los invasores.

Estando allí reunidos, llegó á oídos de Ursúa, dicen los cronistas, la especie de que aquella feria no era sino una trama inventada por los Caciques para encerrar á los conquistadores Como en una red y, apenas les viesen descuidados, sacrificarles todos á su venganza. Como quiera que fuese aquello, lo cierto es que el Capitán olvidó su caballerosidad, y resolvió manchar sus glorias con una cruelísima traición. Mandó Comparecer á su presencia á los principales Caciques y fingió querer obsequiarles; pero después de haberlo preparado todo para que, á medida que entrasen en la barraca, fueran recibiendo la muerte de manos de los soldados españoles, lo que éstos hicieron sin misericordia ni remordimiento. Aquélla carnicería, tan alevosa y cruel cuanto impolítica, indispuso, como era natural, á todos los indígenas contra Ursúa, por lo que inmediatamente se retiraron á los cerros cercanos y se prepararon para caer sobre los Españoles con gran furia apenas hubiese oportunidad.

Entre tanto Ursúa quiso cumplir con lo que había ofrecido, y fundó una ciudad que llamó Tudela ( por llamarse así el lugar de su nacimiento), y sin aguardar otra cosa, regresó á Santafé á dar cuenta de su conquista y reclamar su premio. Apenas hubo vuelto la espalda, cuando los indígenas asaltaron la recién fundada población española, la cual fué destruida completamente, y los pocos habitantes que sobrevivieron la desampararon para siempre, perdiendo en unas pocas horas el fruto de tántas faenas y tánta sangre derramada. (7 )

 

IV

 

Cuando Ursúa regresó á Santafé,  encontró que para él la fortuna había cambiado, que su tío el Visitador Armendáriz había sido residenciado por el Licenciado Zurita, y que no solamente había perdido el poder, sino vístose obligado á partir para la Española á solicitar justicia. Esta circunstancia, unida al mal éxito de su última empresa, le quitó la esperanza de conseguir el mando de la expedición al Dorado; y no tuvo inconveniente en aceptar el empleo de Justicia Mayor de Santa-Marta, que le ofrecieron para que combatiese á los Indios Bondas y Taironas, que se sublevaban con frecuencia y alarmaban á los pobladores de la provincia. Llegó Ursúa á Santa-Marta. á mediados de 1552, y apenas se hizo cargo del gobierno de la ciudad (el Gobernador estaba ausente), cuando empezó á preparar lo necesario para atender á la guerra con los indígenas. Deseaba que aquellos aprestos se hiciesen secretamente para coger desprevenidos á los naturales; pero nada de lo que hacían los Españoles era secreto para  los enemigos, puesto que los Indios domésticos enviaban á los alzados, noticias de cuanto hacían sus amos; de suerte que cuando Ursúa emprendió marcha, yá los Taironas le aguardaban. Aunque el Conquistador llevaba apenas una escasa tropa de poco más de sesenta hombres de á pié y á caballo, era tal el temor que sentían los aborígenes, que éstos no se atrevieron á atacarles, sino que les dejaron penetrar en el país, aguardando una oportunidad para destrozarles impunemente. Mientras tanto, se fingieron amigos y enviaban á Ursúa obsequios y ofrecimientos de amistad. Bien conocían que aquellos climas malsanos eran mortíferos para los extranjeros: a poco éstos empezaron á enfermar de fiebres, inclusive Ursúa, que fué acometido por unas cuartanas que le agotaban las fuerzas y amenazaban arrebatarle la vida. Aquella era la oportunidad que aguardaban los indígenas, los cuales resolvieron unirse para caer sobre el campamento español. Aguardaban la llegada del cacique principal de aquellas tierras para atacar á los invasores, cuando se le ocurrió á Ursúa devolverse apresuradamente á Santa-Marta, antes de que todos los suyos acabaran de enfermar.

Sorprendiéronse los Indios con este cambio en los movimientos de Ursúa; pero resolvió el Cacique Posigueica atacar en el camino al Español, situándose en un lugar llamado |Pasos-de-Origuo, que se ha convertido en |Pasos-de-Rodrigo, sea por corrupción del vocablo, dice Piedrahita, ó por llevar el nombre del primer descubridor de Santa-Marta, Rodrigo Bastidas. Aquel paraje era, por cierto, muy adecuado para dar un asalto : allí el camino orilla un hondísimo precipicio por un lado, en cuya profundidad corre un riachuelo por medio de escabrosas peñas, y por el otro lo ciñe, una alta peña abrupta que no permite desviarse en lo mínimo. Situáronse los indígenas sobre la peña con la intención de atacar con flechas y piedra á la tropa de Ursúa cuando pasara por el desfiladero; pero sucedió que el Capitán llegó á las inmediaciones del punto en que le aguardaba el enemigo oculto, yá casi al cerrar la noche, y como le atacase la fiebre al mismo tiempo, resolvió pernoctar en una colina cercana del desfiladero.

Con motivo dc la enfermedad del Jefe y por estar al parecer en paz con las tribus cercanas, los Españoles olvidaron poner centinelas en torno del campamento, y armando sus tiendas y colgando sus hamacas se entregaron al sueño sin cuidado. Felizmente para ellos, los Indios no les atacaron en toda la noche, pues hubieran podido degollarles impunemente, y sólo á los primeros albores del día fué cuando pensaron en ir contra el campamento español. Ursúa, sin embargo, desvelado por la fiebre, oyó el primer rumor de los Indios que se acercaban, y cuando se arrojaron al campamento prorumpiendo en gritos de guerra, sin los cuales los indígenas no entraban jamás en batalla, el caudillo español, calzando una bota apenas y á medio vestirse, yá se había tirado fuera de su hamaca, tomado un arcabuz y ceñido su espada. Tambaleando, pero sin arredrarse con los alaridos ensordecedores de los salvajes y el sonido estridente de sus destempla- das músicas, llamó á los suyos, y viéndoles en su rededor, cubierto el campo de enemigos ( eran tres mil ) y Coronado el cerro de guerreros indígenas, pensó que su única salvación estaba del otro lado del desfiladero, donde podrían disputar el paso á los Indios y ponerse en comunicación con la ciudad de Santa-Marta, que está apenas á siete leguas de aquel punto, por tierra limpia y camino abierto. Dió, pues, prontamente sus órdenes, mientras que los salvajes se cebaban en unos pocos que yá habían muerto, y arremetiendo por en medio de las tropas enemigas, seguido de los suyos, que hacían una espantosa carnicería entre los desnudos indígenas, se puso á poco en el centro del desfiladero, y allí defendió el paso como un león, Por cada enemigo muerto se levantaban diez, pero no por eso desmayaban aquellos héroes. Mientras se defendían de los unos, trataban de escudarse de las flechas y las piedras que les tiraban los que coronaban la peña, y así fueron retirándose poco á poco, caminando para atrás, por hacer frente á los Indios, hasta que llegaron al otro lado del mal paso, después de dos horas de lucha en aquella desesperada batalla. Al llegar al otro lado se contaron: no había muerto ninguno en el tránsito, aunque todos estaban heridos y algunos mortalmente. Semejante heroísmo en un puñado de hombres asombró tánto á los salvajes, que no les persiguieron más, y les permitieron continuar el viaje basta Santa-Marta con tranquilidad.

Al regresar á la ciudad, murieron muchos de los heridos con flechas envenenadas, y Ursúa mismo estuvo entre la vida y la muerte durante largos días. Acababa de reponerse al fin, cuando á principios de 1553 desembarcó en Santa-Marta su tío don Miguel Díez de Armendáriz, en vía para Santafé, por orden del Gobierno Español, para que el Visitador Montaño le juzgase en el mismo lugar en que había faltado, según las leyes españolas. Inmediatamente Ursúa renunció su destino en Santa-Marta para acompañar á Armendáriz hasta Santafé, y fué su fiel compañero en sus prisiones y desgracias hasta volver con él á la Costa. En Cartagena le vió embarcarse para España, mientras que él pasó al puerto de Nombre-de-Dios y de allí se trasladó á Panamá, al promediar el año de 155ó, en solicitud de empleo y aventuras.

Acababa de llegar al Istmo el Marqués del Cañete, nombrado Virey del Perú, y como conociera á Ursúa, se prendó de su juvenil audacia y aire marcial, ofreciéndole un buen destino en su Gobernación si quería acompañarle á Lima. Pero antes de su partida, don Antonio de Mendoza aconsejó al Gobernador de Panamá que pusiese á Ursúa á la cabeza de una tropa que se armaba para ir á debelar una sublevación de negros cimarrones que se habían hecho fuertes en los Palenques, á orillas del río Sardinas. Con motivo de los muchos negros que habían llevado á las Colonias españolas para reemplazar á los indígenas en las faenas campestres, algunos de los que fueron al Istmo, mal tratados, por sus amos, se habían fugado á los montes, en donde, reunidos, proclamaron rey á uno de ellos, llamado Rayano, por ser el más audaz é inteligente de todos. Su cuartel general estaba situado á orillas del Atlántico, en un lugar resguardado, no lejos de la ciudad de Nombre-de-Dios. Una vez hecho cargo del ejército de negros, que contaba yá más de seiscientos hombres, Rayano le organizó con el objeto de asaltar á los pasajeros que atravesaban el Istmo con ricos cargamentos, de ida y vuelta al Perú. Cometieron tántas muertes y desafueros aquellos negros cimarrones, sin Dios ni ley, que la situación era cada día más angustiosa para el Gobernador de Panamá, pues tenía que mandar un ejército con cada cargamento que le encomendaban, y aun así se solían sufrir graves perjuicios. Varias veces había despachado tropas en persecución de los negros alzados, pero siempre salían perdiendo la vida y la fama, y sin cesar se engrosaban las filas de los victoriosos, con vergüenza de los Españoles.

Sonrió al valiente Ursúa aquella difícil empresa y ofreciendo pasar al Perú apenas acabase la campaña, se despidió del Marqués del Cañete y se puso á la cabeza de la tropa qué se le había señalado. Sabedor el negro Bayano de que se enviaba en su persecución á un valiente como Ursúa, cuya fama había llegado á sus oídos, resolvió burlarse dc el no presentándole batalla, temeroso de perderla, sino internarse por los bosques hasta las cabeceras del río Chepo, en donde se ocultó. (8 ) Ursúa, con doscientos hombres de caballería é infantería bien armados y pertrechados, emprendió marcha por aquellos lugares nunca hollados por hombres civilizados, y empezó una cacería en toda forma, desalojando á Bayano de todas sus guaridas, venciéndole en donde llegaba á presentarle resistencia, y persiguiéndole palmo á palmo, dc cerro en cerro y de bosque en bosque, por todas aquellas comarcas. La campana fué larga y trabajosa, pues duró más de dos años, y los Españoles sufrieron muchísimo durante los meses dc lluvia, en que se veían casi inundados por las crecientes de los ríos y precipitados por cerros y laderas peligrosas. Además, los negros eran dueños de armas europeas que manejaban muy bien, y muchos conocían á fondo las costumbres de los amos que les habían criado; por lo cual costa guerra era mucho más difícil que si los enemigos hubieran sido los indígenas, casi siempre vencidos.

Pero en lo que otros se habían desalentado, Ursúa permaneció constante, y su tenacidad fué al fin recompensada, porque, fatigados los negros con una guerra tán cruda, ofrecieron rendirse, entregar á Bayano ( si ofrecía el Gobernador enviarle á juzgar á España ), y que, aunque volviesen los esclavos á poder de sus amos, á lo menos los que hubieran nacido en libertad continuarían en ella en el pueblo de los Palenques, en donde se habían establecido algunas familias de negros libres. Además, se comprometían solemnemente á no albergar en aquel pueblo negros alzados. Los Españoles aceptaron con gusto aquel contrato, y, lo que es más raro, lo cumplieron en todas sus partes; enviaron al negro Rayano á España ( en donde no hemos podido descubrir qué hicieron con él), y dejaron en libertad á los negros de los Palenques, junto con los hijos de los esclavos que habían nacido durante su alzamiento. (9 )

 

V

 

Concluida la campaña y pacificado el Istmo, Ursúa resolvió, yá entrado el año de 1558, pasar al Perú con el objeto de ofrecer sus servicios al Virey. Desgraciadamente llegó á Lima en el momento en que el Marqués del Cañete se encontraba en un predicamento bien difícil: rodeaban é invadían la capital del Perú gran número de aventureros y soldados desbandados, de mala ley, restos turbulentos de las tropas de amotinados, como Gonzalo Pizarro, Girón, Hoyón y otros rebeldes de menor valía. Aquellos hombres traían desasosegado todo el país, y se sentía la necesi- dad imperiosa de ocupar aquella gente en alguna expedición lejana y peligrosa, que sacaba del Perú un foco de latente insurrección. Al mismo tiempo el Virey había tenido noticias de que por el lado del río llamado Orellana, Marañón ó Amazonas se encontraba el famoso Dorado, cuyas riquezas falaces habían deslumbrado á tántos, y que á su vez ofuscaron el claro entendimiento del marqués. Encontraba, pues, el Virey que tenía en su mano una tropa propia para acometer una empresa como laque proyectaba, y al mismo tiempo no hallaba un caudillo suficientemente afamado, que fuese capaz de imponer y gobernar á aquellos soldados turbulentos y desobedientes. La llegada de Pedro de Ursúa, cuyo nombre era conocido en el Perú, y cuyas hazañas se referían con aplauso en todas las Colonias españolas, puso término á las vacilaciones del Virey, y avivó el entusiasmo del Capitán, el cual, como hemos visto, hacía muchos años que soñaba con el descubrimiento del Dorado. Así, pues, no bien le hubo propuesto el Marqués del Cañete el mando de la Expedición, cuando la aceptó con jubilo, y al momento se ocupó en prepararla.

La empresa era difícil y debía durar mucho tiempo: tal vez transcurrirían años antes que los expedicionarios pudiesen volver á país civilizado; por la que Ursúa quiso prepararla con gran pompa y boato. Empleó un año entero en arreglarla y echarlos fundamentos de una población en las cabeceras del Huallaga y el Sapo ( población que llamó Saposa), con el objeto de que le sirviese de astillero para fabricar los bergantines que necesitaba para su gente, y además fue reuniendo allí vituallas y pertrechos. Al fin, en Septiembre de 1560, Ursúa consideró enteramente concluídos los preparativos de viaje, y reuniendo cuanto creía necesitar en aquellas inmensas soledades del Nuevo Mundo, se puso en marcha aguas abajo, sin prever la suerte que le tocaría.

La Expedición se componía de cuatro cientos fieros soldados, escogidos entre los más valientes y experimentados de cuantos se habían presentado, aunque Ursúa olvidó averiguar cuál había sido la conducta moral de cada uno, fijándose tan solo en las hazañas y aventuras con que se habían distinguido en las comarcas salvajes de Tierra-Firme. Además, llevaba gran número de indios de servicio y algunas mujeres españolas; que entonces hasta las mujeres olvidaban la debilidad de su sexo para correr riesgos y aventuras. Esta gente iba perfectamente armada y pertrechada, y llevaba toda clase de comodidades y alimentos en abundancia. Entre el séquito que acompañaba especialmente á Ursúa, iba una dama muy hermosa, llamada doña Inés de Atienza, la cual había captado con sus gracias no sola mente al Capitán de la tropa, sino también á algunos de los oficiales, los cuales, dicen Pedro Simón y Castellanos, miraban mal á Ursúa por ser el favorecido de la dama. Sea por este motivo ó por otro, yá, desde antes de ponerse en marcha la Expedición, Ursúa había tenido que sufocar un principio de motín que se había declarado en el campamento, y castigar severamente á los delincuentes; pero tuvo la debilidad de llevarles consigo, en lugar de expulsarles de la armada, como podía y debía haberlo hecho.

Desgraciadamente el hidalgo Ursúa no podía sufrir la compañía familiar de los toscos soldados que llevaba consigo; manteníase alejado de ellos lo más posible, frecuentaba tan sólo la sociedad de los oficiales más cultos, y esquivaba el roce Con la gente soez y de baja esfera. Además, castigaba con gran rigor el menor desliz, y no permitía ningún desorden entre su gente. Esto, unido á que durante los tres primeros meses de navegación no habían encontrado entre los indígenas de las márgenes del Amazonas ningún oro que pudiese contentar la codicia de la gente, sembró el descontento en los corazones de aquellos malos hombres, siendo el peor de ellos un soldado llamado Lope de Aguirre, uno de los más perversos que registra la historia del mundo.

Era Aguirre natural de Oñate en Güipúzcoa (España), y había pasado á Indias muy al principio de la conquista; sirvió y fué prohombre en todos los levantamientos e insurrecciones que habían ocurrido en el Perú, y sólo buscaba la peor causa para enrolarse en ella; no podía Soportar autoridad legítima, ora fuese civil, militar ó religiosa, y siempre se le encontraba azuzando crímenes y cometiendo desafueros (10). Los cronistas Pedro Simón y Castellanos refieren hasta en sus pormenores cómo Lope de Aguirre tramó la conspiración para suprimir la autoridad y la persona de Pedro de Ursúa; pero aquellas relaciones serían demasiado extensas para reproducirlas aquí, y sólo diremos que, según se colige de ellas, se unieron las pasiones de unos y otros para ayudar en la trama que puso fin á los días del infeliz Conquistador de Pamplona.

Aguirre había logrado ganar la buena voluntad de todos los oficiales, ofreciendo á cada cual lo que deseaba y ambicionaba, y á un joven hidalgo, llamado Fernando de Guzmán, le ofreció el título de Rey, con la condición de que se casara con una hija que el mismo Aguirre llevaba consigo. Tan dementes estaban todos aquellos hombres, que sobre semejantes bases tan ridículas é imposibles de llevar á cabo, se lanzaron á asesinar al desgraciado Ursúa, quien fué muerto á puñaladas el 10 de Enero de 1561, en un pueblo de Indios llamado Machífaro, en donde habían acampado para celebrar las fiestas de Navidad y Año-Nuevo.

Pedro de Ursúa había cumplido apenas treinta y cinco años: era de mediana estatura, bien formado, elegante, aunque muy delgado; de rostro blanco y pálido; usaba la barba entera, que era bien poblada y de color bermejo; la expresión de su fisonomía era alegre y animada; era bondadoso, culto, bien hablado, enemigo de rencillas y de disgustos; y aunque galante y amigo de las damas, no gustaba de los placeres ruidosos, Nunca tuvo temor de nada ni de nadie, de manera que, aunque varias veces le avisaron que se conspiraba contra él, no quiso creerlo, asegurando que ninguno de sus soldados podía tener queja de él, ni jamás había dado motivo para que le odiasen. Sí en la conquista de los Muzos se manifestó cruel con los naturales del país, y si á su primera llegada á Santafé fué imprudente y arrestado con aquellos Españoles que consideraba enemigos suyos, es preciso recordar que, empezando él á hacerse notable desde muy tierna edad, debía de ser fácil aconsejarle mal; y tal vez más culpa tuvieron los que le rodearon entonces, que él mismo. Lo cierto es que, en sus subsiguientes campañas, los cronistas no mencionan ningún otro acto de injusticia, pero ni siquiera de imprudencia en su conducta. No hay duda que, á no ser por la malhadada expedición al Amazonas, Ursúa hubiera sido uno delos Capitanes más sobresalientes de América; pues tenía méritos para conquistar los más altos honores entre los grandes hombres de su tiempo. Ursúa, dice Ocariz, dejó en Santafé descendencia ilegítima, que se conservaba hasta el fin del siglo antepasado en las familias santafereñas que llevaban los, apellidos de Zamora, Madero, Menacho y Barbosa.

A poco, de asesinado Ursúa, Lope de Aguirre hizo matar al ambicioso joven Fernando de Guzmán, y después dió muerte á doña Inés de Atienza (que se había vuelto loca ), y mató con su mano ó por su orden á cuantos le disgustaban, tiñendo la corriente del Amazonas con la sangre de sus compañeros, sin motivo ni disculpa alguna. Al fin, habiendo seguido aguas abajo hasta llegar al Atlántico, la diezmada y triste Expedición arribo á la isla de Margarita, la que Aguirre tomó por asalto; allí degolló al Gobernador y á otros, é hizo matar á varios religiosos y algunas mujeres. Luego pasó á Tierra-Firme, con la loca intención de atravesar á Venezuela y  el Nuevo Reino de Granada para regresar por tierra al Perú. En Burburata saqueó é incendió la población, y continuó hasta Valencia, en donde hizo innumerables barbaridades, y en seguida entró en Barquisimeto, ciudad que encontró abandonada por sus aterrados moradores. No pudiendo ejercer su sed de sangre en extraños, se convirtió Aguirre en el verdugo de sus propios compañeros. Entonces, como muchos de éstos fuesen tan crueles y feroces como su Jefe, perdieron al fin la paciencia, le traicionaron y le dieron muerte, acogiéndose luego á un indulto que había promulgado el Gobernador de Venezuela; y después de matar á su caudillo rindieron las armas á las autoridades. Pero antes de morir aquel extraño y sanguinario soldado, que ha vivido en las páginas de la historia con el nombre de el tirano Aguirre, apuñaleó con en propia mano á la hija que llevaba consigo, diciendo que no quería fuese vituperada, ni que pudiesen llamarla nunca |hija de un traidor.

 

 

(1 ) HISTORIA DEL ECUADOR.--Tomo 1º ., Pág.517
(2 ) Acosta--DESCUBRIMIENTO y COLONIZACIÓN—Pág. 103
(3 ) No había otra entonces sino la capital del  Humilladero, consagrada el 6 de Agosto del año anterior, l544
(4 ) Véase á Piedrahita.
(5 ) Véase en la tercera parte de esta obra el nombre de este conquistador
(6 ) 17 grados centígrados, por término medio.
(7 ) "En esta retirada murió mucha gente española á manos del enemigo, y á un Religioso que cayó en las de los Indios se lo comieron luego ( eran antropófagos); de que resultó que no comiesen más carne humana, como nota Herrera ,en su |Década Octava, por temor del achaque de que se contagiaron los agresores; consiguiendo este sacerdote, con su cuerpo muerto, desterrar de esta nación un vicio, que con gran dificultad lo consiguiera vivo." Piedrahita-CONQUISTA DEL NUEVO REINO.
(8 ) Su nombre se conserva en el río Bayano, el antiguo Chepo.
(9 ) Aún subsiste el pueblo de los Palenques, formado exclusivamente por una colonia africana. Aunque desde 1743 tienen iglesia y cura, y sus habitantes parecen deseosos de civilizarse, el clima es tan mortífero, que no han podido progresar. Hoy día cuenta menos de setecientos habitantes, y está asentado en un sitio agreste, á orillas del río Sardinas.
(10) En 1535, por primera vez figura el nombre de Lope de Aguirre ( joven de 24 años entonces) en un alzamiento en el golfo de Urabá, contra don Pedro de Heredia.
 

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