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MARTIN GALIANO.
(FUNDADOR DE VÉLEZ)
I
Entre los conquistadores que subieron al Nuevo Reino de Granada
con Gonzalo Jiménez de Quesada, se distinguía particularmente un
gallardo oficial que había militado en Italia con don Antonio de
Leiva: llamábase Martín Galiano, y era hijo de familia italiana,
oriunda de Génova, establecida en Valencia, en donde él nació. (1 ) N o hemos podido
descubrir cuál era la posición social de Galiano, y seguramente, á
pesar de los abuelos que le invento Ocariz, su nacimiento debió de
ser humilde; acaso serviría en Italia como soldado raso, y nada
más, dado que en la expedición de Quesada era simplemente Alférez
de la compañía que comandaba el Capitán Lázaro Fonte.
No mencionan los cronistas el nombre de este oficial en ninguna
proeza particular de todas las campaña de Quesada, en el Imperio de
los Muiscas y de los Zaques; y sólo al hablar de una expedición que
hizo el Capitán San-Martín á los Llanos, hacen memoria de él por
primera vez.
Dicen los cronistas que iba San-Martín con sus compañeros
transitando trabajosamente por unas laderas resbalosas, en las
cumbres de las serranías que miran hacia los Llanos, cuando vieron
venir sobre ellos una tropa de indígenas armados con flechas y
macanas. Como estaba lloviendo, los Españoles habían desensillado
los caballos para que no se mojasen las monturas, y cada uno
llevaba del diestro el suyo, bajando dificultosamente por los
despeñaderos. Cuando se vieron acometidos por la turba de salvajes,
todos se detuvieron sin saber cómo defenderse en la estrechez de
las veredas, donde resbalaban como si caminasen sobre jabón y los
caballos apenas podían tenerse en pie. Pero Galiano no perdió la
cabeza, y obligando á su caballo á subir á un alto, montó en pelo y
empezó á dar gritos y blandir la lanza con ademanes desesperados,
con el objeto de espantar á los Indios; consiguió su objeto, pues
los salvajes, viendo aparecer de repente aquel monstruo
(creyeron que caballo, hombre y lanza eran una sola persona), se
asustaron tánto, que echaron á correr y fueron á ocultarse en los
adyacentes páramos, sin volver á molestar á los Españoles en su
tránsito.
No obstante el silencio que guardan los historiadores acerca de
los hechos de Galiano, debió de ser muy estimado por su caudillo,
porque cuando, en Mayo de 1539, sé embarcó Quesada en vía para
España, dejóle encomendada una obra importante: la de fundar una
población en la provincia de Chipatá, que sirviera de núcleo para
la conquista de aquellas comarcas y de lugar propio para atender á
las necesidades de los Españoles que entrasen en el Nuevo Reino por
esa vía. Además, le dejó orden de que pusiese el nombre de Vélez á
la nueva población, sin duda como recuerdo de Vélez-Rubio ó
Vélez-Blanco, en la diócesis de Almería ó más bien, de
Vélez-Málaga, hermosa ciudad de la costa del Mediterráneo, en cuyas
cercanías se dijo que tenía propiedades el padre del Conquistador.
(2 )
Galiano salió de Santafé á mediados de Junio de 1539, con
algunos infantes y caballería escogida, y seis días después llegó á
un pueblo indígena llamado Tinjacá, poblado por naturales
industriosos entregados á la fabricación de loza, de pacíficas
costumbres y fundado en país suave, ameno y de temperatura
deliciosa ( 19 gr. cent. ). Algunos de los compañeros de Galiano
propusieron fundar allí á Vélez, pero al caudillo pareció no estar
suficientemente lejos de Santafé, y continuaron la marcha hasta
otra población, también de pacíficos moradores, en clima agradable
y sano, llamada Suta, cerca de la laguna de Fúquene. Pasó, sin
embargo, de largo por allí Galiano, sin querer detenerse, como se
lo pedían sus compañeros, y no quiso parar mientras no llegó á un
sitio en las márgenes de un riachuelo llamado Uvaza, el cual
desagua en el Suárez ó Saravita. Parecióle aquel lugar el más
propio para el objeto que se había propuesto Quesada, por estar en
terrenos del Cacique de Chipatá, que era amigo de los Españoles, y
no tan distante de las serranías de Carare, camino que entonces se
creía ser el mejor para comunicarse con el Magdalena y la
Costa.
Planteado allí el real, Galiano pasó á fundar la ciudad de Vélez
el 3 de Julio del mismo año, y con todas las ceremonias del caso
trazó la población futura y repartió solares entre los que le
acompañaban. Aquella fué la segunda ciudad española fundada en el
Nuevo Reino de Granada. Sin embargo, Vélez no subsistió en aquel
lugar: á poco notaron que el sitio tenía muchos inconvenientes, y
el 14 de Septiembre resolvieron pasar la población al otro lado del
río Suárez, donde ahora se halla. La ciudad demora en una meseta
inclinada, al pié de una peña de más de cuatrocientos metros de
altura, que se levanta casi abrupta sobre la población como un
altísimo muro escalonado. Goza de un clíma de 20 grados centígrados
por término medio, y produce inmensa variedad de frutas y granos
alimenticios; hoy día cuenta la ciudad con una población de cerca
de doce mil habitantes. En el mismo lugar que ocupa la iglesia
parroquial señaló Galiano el sitio del primer templo católico que
se levantó en aquella provincia, el cual dedicaron á la Santísima
Cruz.
Inmediatamente empezaron los Españoles a fabricar las
habitaciones necesarias ayudados por los indígenas comarcanos,
quienes á ellos se prestaron con gusto, edificando en primer lugar
la Iglesia y el hospital, y con los súbditos del Cacique de Saboyá
sembraron extensas plantaciones de papas, maíz y otras sementeras
en los alrededores de la naciente ciudad y en los cerros de las
cercanías.
Viendo que los naturales eran pacíficos y parecían estar
satisfechos y contentos con sus conquistadores, Galiano resolvió
dejar en Vélez la mayor parte de Los Españoles más trabajadores, y
, poniéndose á la cabeza de los más denodados de sus compañeros,
salir á visitar las vecinas comarcas, sin duda con la mira de
buscar oro, que era el constante anhelo de los invasores. Los
indígenas comarcanos le recibieron de buen grado, y por medio de
sus intérpretes les ,hizo saber que en adelante yá no eran libres,
sino súbditos del rey de España, de quien él era delegado y á quien
debían ofrendar las prendas de oro que tuviesen. Como el Español no
les hizo ningún mal, á pesar del terror que les infundía, de la
fiereza de su aspecto y del de los caballos, unido al estruendo de
las armas que llevaban, los naturales convinieron fácilmente en
declararse súbditos platónicos de un poder que no veían y cuyos
delegados parecían mansos y se contentaban con fruslerías que
aquellos poco apreciaban. Así, pues, en breve regresó Galiano á la
recién fundada ciudad con un corto botín, pero en toda paz y
sosiego.
Mientras que acababa de ordenar las encomiendas y repartir los
Indios que vivían más cerca, envió á un español llamado Juan Alonso
de la Torre a recorrer y someter las tierras de dos caciques
poderosos,-Cocomé y Agataes,-los cuales se habían mostrado
dispuestos á entablar amistad con los Españoles. Efectivamente, los
súbditos de Agataes y de Cocomé recibieron con mucho agasajo á los
Españoles y les socorrieron con cuanto tenían. Pero como La Torre
no encontrase las minas de oro que le habían dicho hallaría en
aquellas tierras, siguió su jornada en demanda de los lugares que
le señalaron como muy ricos, Mas á medida que se internaban por
aquellas serranías, el camino se hacía más y más difícil de
traginar, hasta el punto, dice Piedrahita, que al fin "
dieron en un paso de peña tajada que tenía prolijo y peligroso el
repecho, por el riesgo de caer en la profundidad del duro suelo, de
tal suerte que para emprenderlo los naturales se valían de escalas
de bejucos asidas á troncos de árboles que había en la cumbre, á la
manera que se ve en las jarcias de los navíos. A la mano derecha de
la peña nace en lo más elevado una fuente caudalosa, que desde su
origen y sin tocar en otra piedra se precipita por el aire hasta la
profundidad de la tierra más vecina, donde la reciben los troncos
desatada en rocíos." Por caminos semejantes y pasando
peligros y trabajos inauditos, los compañeros de La Torre
continuaron su marcha en busca del tan ansiado metal. Pero en vano
sufrieron aquellas penalidades hasta ir á dar con el río Carare; no
encontraban sino muy ligeros rastros de oro, y mucho menos las
ricas minas de que les habían hablado: en nada apreciaban estos
hombres las riquezas vegetales que encerraba aquella zona
"la que hoy día se encuentra casi en el mismo estado que
entonces; las selvas están aún más salvajes y solitarias, porque la
raza indígena ha desaparecido .y la blanca no prospera en
semejantes climas. (3
)
Disgustados con la carencia de lo que buscaban, La Torre y sus
compañeros empezaron á tratar mal á los Indíos, salteando las
inermes poblaciones para robarlas y llevándose cautivos á los
indígenas que encontraban más robustos y mejor formados. Así, al
regreso, en lugar de encontrar con los agazajos con que les
recibieron los Agataes y Cocomés, hallaron las poblaciones
desamparadas y sus moradores asilados en los altos riscos,
preparándose para atacar á los invasores, lo cual llevaron á cabo
con gran vocería y ruido de instrumentos bélicos. Arrojaban los
indígenas sobre los Españoles, desde lo alto de las peñas, gruesas
piedras y flechas, y éstos se defendían con gran denuedo de los
escuadrones de naturales que bajaban á acometerles de cerca, ya
haciendo uso de sus lanzas, ya cubriéndose con las rodelas.
Perseguido y molestado día y noche por los indígenas, al fin La
Torre llegó á Véléz, yendo muchos de sus compañeros lastimados y
heridos, pero sin haber muerto ninguno, ni perdido las pocas
joyuelas de oro que habían tomado á los dueños de la tierra.
II
Hasta entonces, si Galiano no se había manifestado
particularmente humano, tampoco había dado señales de ser cruel;
pero la noticia que llevó La Torre de la manera conque se habían
defendido y les habían hostilizado los Indios, antes amigos de los
Españoles; despertó en él gran cólera, la que disimuló entonces,
atendida la necesidad que había, de castigar la audacia de los
naturales, y puso de manifiesto un carácter cruel y vengativo que
antes no sé le conocía. Inmediatamente reunió á los hombres más
atrevidos de su tropa, y les manifestó que era preciso sofocar el
alzamiento de los indígenas antes que tomase cuerpo y se unieran
las tribus vecinas á los enemigos en contra de los Españoles; los
oficiales abundaron en sus mismas ideas, y al momento se acordó
ponerse en marcha en busca de los Agataes y Cocomés, llevando
consigo los perros cebados á matar Indios, que tenían en el real,
pero de los cuales aun no habían hecho uso.
Esta fué la primera ocasión que se practicó esta clase de guerra
contra los indígenas del Nuevo Reino; pues Quesada no trajo perros
de la Costa, y los mastines cazadores de Indios no vinieron sino
con los conquistadores Federmann y Belalcázar, de Venezuela y de
Quito. Dice Piedrahita que aquella crueldad de Galiano le hizo gran
daño entre sus compañeros de armas y mereció la desestimación de
sus conciudadanos, de manera que en el resto de su vida sufrió por
tal motivo muchos sin sabores y acusaciones de inhumanidad para con
los Indios.
Pusiéronse, pues en marcha en són de guerra, con el objeto de
atacar á los indígenas refugiados en las peñas y guarecidos en los
cerros. Acompañaba á Galiano, como su segundo, un joven de
nacimiento hidalgo, oriundo de Córdoba, llamado Juan Fernández de
Valenzuela. (4 ) A
éste dió el mando de la mitad de su tropa, y él tomó el de la otra,
y aguardando á que oscureciera se dividieron para atacar á un mismo
tiempo á dos pueblos diferentes, situados como á media legua el uno
del otro. Con la oscuridad de la noche, por sendas peligrosísimas y
con un valor y una audacia realmente dignos de mejor causa,
aquellos dos caudillos se arrojaron de improviso sobre los míseros
naturales, que no aguardaban que les atacasen á esas horas, y no
supieron defenderse sino rendirse. Sin embargo, ni Galiano ni su
segundo tuvieron misericordia con los vencidos, y cometieron la
barbaridad de hacer cortar las narices, las orejas y los dedos
pulgares á trescientos infelices indígenas, con el objeto, dijeron,
de que diesen aviso á todas las tribus de la manera con que los
Españoles castigaban á los que se atrevían á defenderse de la
invasión.
Pero aquella inaudita crueldad no fué parte á domar á los
naturales, sino que, al contrario, les exaltó el deseo de vengarse,
descargando su ira sobre un soldado llamado Juan de Cuéllar, á
quien hubieron á las manos: llevándosele á su campamento, le
martirizaron hasta matarle, y después arrastraron su cadáver con
ignominia por las cumbres de los cerros, á la vista de los
Españoles. La muerte de Cuéllar causó más muertes y martirios de
indígenas, en represalias, y la guerra se fué envenenando día por
día, sin que por eso se doblegasen los indígenas; al contrario,
semejante conducta produjo odio, rencor y venganza, á tal punto,
que Galiano se empezó á ver en apuros. Turbada la paz de toda la
provincia, no había quien trabajase en las sementeras ni ayudase á
labrar las habitaciones, y corrían yá los Españoles el riesgo de
morir de hambre, ó de tener que abandonar ignominiosamente la
incipiente ciudad, cuando ocurrió á Galino la idea de mudar de
táctica, y pasando de la crueldad á la misericordia, soltar á las
mujeres que tenía cautivas, sin exigir rescate, y por medio de
ellas mandar ofrecer la paz y el perdón, á trueque de recuperarla
amistad de las tribus encolerizadas. Aquella conducta cambió el
aspecto de todo el país, y los caciques vecinos se acercaron á
Galiano sin dificultad y le ofrecieron guardar la paz en
adelante.
III
Entre los soldados del Conquistador de Vélez se hallaban algunos
que ocho años antes habían visitado las provincias que denominaban
del Guane, en unión de Alfínger, y ponderaban la riqueza de aquel
país. Esto animó á Galiano á penetrar por aquel lado, lo cual llevó
á cabo saliendo de Vélez al principiar el mes de Enero de 1540.
"El suelo de la pobladísima provincia de Guane, dice
Acosta. (5 ) es un
plano inclinado al Poniente desde la cresta de la cordillera
oriental de los Andes, regado de ríos caudalosos que forman valles
y quiebras de una maravillosa feracidad, porque todo es de
formación caliza, que sólo en donde faltan las aguas deja de
producir los más suculentos frutos, granos y raíces. Todos estos
ríos desaguan en el Suárez, que forma al pié de la cordillera de
Gachas la cual divide este valle del Magdalena, un torrentoso
canal, á cuya margen izquierda la tierra, aunque igualmente fértil,
es estrecha y de corta extensión. El Suárez entra en el Sogamoso á
la extremidad de la provincia, y juntos se abren paso por la
serranía occidental para precipitarse en el
Magdalena."
A pocas jornadas de Vélez, Galiano se encontró en las tierras
del Cacique Guane. Nada más bello, fértil ni sano que aquel país.
Gozaban sus habitantes de climas propios para toda suerte de
sementeras, y andaban vestidos con lienzos primorosamente
fabricados; sus mujeres eran más blancas, más pulcras y mejor
formadas que todas las indias que hasta entonces se habían visto en
el Nuevo Reino de Granada, y además, resultaron ser tan
inteligentes, que á vuelta de pocos días aprendían el castellano de
manera de poder hablarlo con bastante claridad.
Las primeras tribus que hallaron los Españoles eran mansas y
dispuestas á guardar la paz y aun á desprenderse sin dificultad de
las chagualas de oro con que se adornaban; pero á medida que se
penetraba en el interior del país, los naturales aparecían más
hoscos é intratables, y por último se manifestaron tan belicosos,
que Galiano, que parece se había propuesto no hacer la guerra, sino
en caso muy necesario, tuvo que declararla decididamente. Después
de varios combates más ó menos sangrientos, en los cuales los
cincuenta compañeros del Conquistador estuvieron á punto de ser
derrotados, los indígenas fueron al fin deshechos y sometidos.
Según Piedrahita, la tierra estaba tan poblada, que en el corto
espacio de la provincia de Guane se contaban hasta 30,000 casas,
habitadas cada una por cuatro ó cinco personas.
Aunque se dijo que el oro que habían hallado era poco, los
Españoles se vieron obligados á herrar los caballos con aquel
metal, temiendo que se les inutilizasen en los caminos y sendas
pedregosas que recorrían sin cesar, pues no se atrevían á detenerse
en ninguna parte para no dar tiempo á los naturales á que se
congregasen á atacarles. Al cabo de cuatro meses de expedición,
Galiano regresó á Vélez, á mediados de Mayo. En aquella campaña no
se manifestó cruel ni vengativo; y, fuese porque la prudencia le
obligara á usar de mansedumbre y misericordia con los vencidos, ó
porque en realidad su temperamento verdadero no era como lo había
parecido en sus anteriores expediciones, lo cierto es que entonces
tuvo más duraderos triunfos, haciendo uso más bien de buenas
palabras y afables maneras, que de las amenazas y tormentos de
antaño. Desgraciadamente, mientras se ausentó de Vélez, los
encomenderos se habían portado muy mal con los míseros indígenas,
particularmente un J. Alonso Gascón (6 ), de quien se habían vengado cruelmente los
naturales, apoderándose de él y de seis Españoles más, en una
celada que les pusieron, á todos los cuales sacrificaron en aras de
su venganza.
Semejante suceso espantó sobre manera á los nuevos colonos, los
cuales, pensando que se les irían encima todos los Indios
comarcanos, mandaron pedir socorro á Santafé. Así, cuando regresó
Galiano á Vélez encontró allí un destacamento que había mandado
como auxilio el Gobernador del Nuevo Reino, que lo era entonces
Hernán Pérez de Quesada.
Los Españoles se reunieron para salir á castigar la muerte de
Gascón, persiguiendo á los indígenas hasta en los más altos riscos;
donde trataban de guarecerse, y desalojándoles de las cuevas y
cavernas en que se ocultaban. Sometidos al fin todos, Galiano
volvió á Vélez y se ocupó en acabar de repartir la tierra entre sus
compañeros. En 1542 acompañó hasta Santafé á don Luis de Lugo, y
éste le envió con un Teniente suyo á que hiciese nuevos repartos en
la provincia de Vélez, mejorando á sus parciales y amigos más
adictos. N o dicen las crónicas en qué bando se afilio Galiano en
aquel tiempo, pero se infiere que estaba con los
|Caquecios ó
adictos á Lugo, puesto que obedecía sin observación las ordenes de
este.
Más tarde el Visitador Migue Díez de Armendáriz envió al
fundador de Vélez á Cartagena y á Antioquia para que arreglase las
desavenencias que existían entre don Pedro de Heredia y Sebastián
de Belalcázar; desavenencias que Galiano supo arreglar con la
suficiente prudencia y perspicacia, de manera que todo quedó á
contentamiento de los dos rivales. Después de aquel suceso, no
volvemos á tropezar con el nombre de Galiano en las crónicas de la
época, y apenas se infiere que permaneció tranquilamente viviendo
en Vélez, ya gobernando la ciudad como Alcalde, ya rigiéndola como
Corregidor. Se había casado con la viuda de un Ortún Royo, llamada
Isabel Juana de Meteller; pero no dejó hijos legítimos, sino una
jóven llamada Martina, nacida fuera del matrimonio. De España
habían venido á buscar fortuna á su lado una hermana y una sobrina
suya, así como un hermano, Pedro Galiano, cuyo nombre se halla
entre los de los soldados de varias expediciones arriesgadas,
emprendidas después de la conquista.
Así como no conocemos sus primeros años, también ignoramos
cuándo y cómo ocurrió la muerte del Fundador de Vélez. Algunos
cronistas dan á entender que murió en su encomienda, yá muy
anciano, y otros dicen que pereció en el naufragio acaecido en las
costas de España, en 1554, en compañía del fundador de Cartagena,
don Pedro de Heredia, y de otros Españoles notables. Tampoco hemos
podido encontrar ninguna descripción de la persona de Galiano ni de
su carácter y costumbres, sino apenas lo que se desprende de los
hechos que de él conocemos; pero éstos no nos dan clara Idea de lo
que fue, pues le vemos a las veces cruel hasta la barbarie, y
otras, pacífico y misericordioso. En resumen, pensamos que este
conquistador no fué particularmente notable por sus hechos. Sus
hazañas, sus cualidades, su fuerza, su inhumana crueldad unas
veces, y su templanza y discreción otras, no sobresalen ni exceden
á las de muchos otros conquistadores sus contemporáneos, cuyo
nombre apenas nos ha llegado al través de los siglos.
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(1 )
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Dice Ocariz, con su salerosa candidez, que aquella familia era
del linaje del Emperador Galeno, ó de uno de los primeros
Gobernadores de Venecia que llevaba aquel nombre; y podía también
haber dicho que era descendiente del famoso Galeno, médico griego.
El apellido indica por sí sólo procedencia gálica, ó de Galia ó
Gaglia.
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(2 )
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Se equivoca, pues, el señor Groot (HISTORIA ECLESIÁSTICA DE
NUEVA GRANADA) cuando afirma que Galiano puso el nombre de Vélez á
la ciudad que fundó, por ser oriundo de aquel lugar de España.
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(3 )
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No há muchos años que describía de esta manera las selvas del
Carare uno de nuestros más pulcros y elegantes escritores:
"Las selvas del Carare no ceden en riquezas de todo género
á las de la hoya del Minero, y las sobrepujan en majestad. Desde
que se entra en el laberinto de colinas que ciñen los tortuosos
pliegues del río Guayabito, se viaja por medio del alto bosque que
á la derecha é izquierda limita la fangosa línea del camino,
siempre bajo la sombra, siempre húmedo y denso el ambiente, en
términos que, disparado un tiro de escopeta, permanece quieto el
humo de la pólvora largo rato, sin ascender ni disiparse. El
caucho, el almendrón y el ceibo, colosos de vegetación, yerguen sus
copas por encima de los demás árboles, cobijándolos con sus
gigantescas ramas, mientras el tronco redondo y recto, cuya
circunferencia ocupa un grande espacio, sostiene y alimenta
profusión de árboles menores, enredaderas semejantes á gruesos
cables, y tribus enteras de parasitas sembradas en todas las axilas
de las ramas. Cuando uno de estos colosos cae desarraigado por el
huracán ó minado por la vejez, abre en el bosque una ancha calle,
tronchando y sepultando bajo sus ruinas cuanto alcanza, y entonces
el oscuro tronco forma una eminencia prolongada que se cubre de
arbustos é interrumpe la llanura con la apariencia de una larga
colina; tal es la grandeza de estas ruinas Vegetales, imponentes
aunque postradas. Enumerar las miríadas de animales que pueblan la
selva, sería imposible. Encima es un interminable ruido de aves,
que ora sacuden las ramas al volar pesadamente, como las pavas y
paujíes, ora alegran el oído y la vista, como los jilgueros, las
diminutas
|quinchas (colibrí) ó el sol-y-luna, pájaro de
silencioso vuelo, brillante cual mariposa, que lleva en las alas la
figura del sol y de la luna creciente, de donde le viene el nombre.
Al rededor remueven el ramaje multitud de cuadrúpedos, y los
inquietos
|zambos corren saltando de árbol en árbol á atisbar
con curiosidad al transeunte, las hembras con los hijuelos cargados
á la espalda, y todos juntos en familia chillando y arrojando ramas
secas; mientras más á lo lejos los araguatos, sentados gravemente
en torno del más viejo, entonan una especie de canto en que el
viejo gruñe primero y los demás le contestan en coro. Bajo los piés
y por entre la yerba y hojarascas se deslizan culebras de mil
matices, haciéndose notar la cazadora por su corpulencia y timidez,
y la lomo-machete, de índole fiera, cuerpo vigoroso, coronada de
una cresta y armada de una sierra que eriza sobre el lomo al
avistar al hombre, lo que afortunadamente sucede raras veces; en
ocasiones saltan de repente lagartos enormes, parecidos á las
iguanas, y huyen revolviendo la basura del suelo: en otras nada se
ve, pero se oye un sordo roznar en la espesura; y el ruido de un
andar lento al través de la maleza; de continuo y por todas partes
la animación de la Naturaleza en el esplendor de su abandono; y á
raros intervalos, á orillas del camino y escondida, se encuentra la
choza miserable de algún vecino de Guayabito, pálido y enfermizo, ó
cubierta la cutis con las feas manchas del carate. El hombre está
de más en medio de aquellas selvas, y sucumbe sin energía, como
abrumado por el mundo físico.
Ancízar,-PEREGRINACIÓN DE ALPHA.-Pág. 100.
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(4 )
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Véase lo relativo á este Conquistador en la 3
|a parte
de esta obra.
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(5 )
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DESCUBRIMIENTO y COLONIZACIÓN, &c. &c.
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(6 )
|
Véase el nombre de este conquistador en la tercera parte de la
obra.
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