INDICE




Patente de Privilegio
Prólogo
Introducción
Cristóbal Colón
Alonso de Ojeda
Juan de la Cosa
Américo Vespucio
Diego de Nicuesa
Vasco Núñez de Balboa
Ambrosio de Alfínger
Jorge de Espira
Nicolás de Federmann
Rodrigo de Bastidas
Pedro de Heredia
Gonzalo Jiménez de Quesada
Sebastián de Belalcázar
Gonzalo Suárez Rondón
Martín Galiano
Pedro de Ursúa
Jorge Robledo
Francisco Cesar
Lázaro Fonte
Gaspar de Rodas
Antonio Díaz Cardoso
Pedro Cieza de León
San Luis Beltrán
Los Jesuitas Misioneros
El Apóstol de Cartagena. Pedro Claver
Los Baquianos
Aguayo, Gerónimo de
Aguilar, Alonso de
Aguirre, Domingo Vascongado
Aguirre, Martín de
Albarracín, Esteban de
Alcalá, Juan de
Almarcha, Sebastián de
Alcocer, Hernando de
Alemán, Juan Nicolás
Alonso, Juan
Aldana, Lorenzo de
Alderete, N.
Álvarez de Acuña, Francisco
Ampudia, Juan de
Añasco, Pedro de
Angulo, Cristóbal
Aranda, Francisco de
Aranda, Pedro de
Arellano, Alonso Ramírez de
Arévalo, Juan de
Arias, Francisco
Avendaño, Francisco
Avellaneda Temiño, Juan de
Ayala, Andrés de
Bermúdez, Antonio
Bernal, Crisóbal Ortíz
Bolegán, Pedro Fernández
Bravo de River, Pedro
Bravo, N.
Briceño, Pedro
Burgueño, Juan
Cabezón, García
Cabrera, Juan de
Calvete, García
Cáceres, N.
Camacho Zambrano, Bartolomé
Caro, Benito
Caro, Luís
Carrión, Pedro Rodríguez de
Casas, Fray Domingo de las
Castil-Blanco, N
Castellanos, Juan de
Castro, Antonio
Castro, Juan de
Celide Alvear, Jorge
Céspedes, Juan de
Céspedes, Francisco
Chinchilla, ó Chinesilla, Juan
Cifuentes, Gómez de
Colmenares, Pedro de
Collantes, Juan Muños de
Corral, Gómez del
Corredor, Pedro Ruiz
Cruz, Gómes de la
Cuéllar, Juan
Daza, Luís
Díaz, Francisco y Simón
Días Hidalgo, Juan
Domínguez Beltrán, Alonso
Escalante, Hernando de
Esquivel, Antón de
Espinosa, Diego de
Espinosa, Gaspar de
Fernández, Antonio
Fernández, Francisco
Fernández Gironda, Gonzalo
Fernández, Juan
Fernández, Marcos
Fernández Valenzuela, Pedro
Figueredo, Francisco de
Figueredo, Melchor Ramírez de
Flamenco, Antón
Franco, Diego
Frías, Juan de
Fuerte, Juan
Gallegos, Hernando
Gallegos, Luís
Gante ó Guante, Antón de
García, Gonzalo
García, Juan Machado
Girón, Francisco Hernández
Gascón, J. Alonso
Gascón, Juan
González, Bartolomé
Gómez Alonso, Hiel de la Tierra y Sequillo
Gómez, Francisco de Feria
Gómez, Hernán Castillejo
Gómez de Orozco, Pedro
Gómez Portillo, Juan
Gómez Fernández, N.
Gordo, Juan
Graso, Juan Bautista
Guemes, Juan de
Gutiérrez Aponte, Pedro
Gutiérrez Valenzuela, Juan
Haro, García Calvete de
Hernández Ballesteros, Francisco- Hernández, Pedro- Hernándes Ledezma, Alonso
Hernández de la Isla, Martín
Hernández de León, Bartolomé- Hernández de Madrigal, Diego
Herreño, Bartolomé
Herreño, Gerónimo Hernández
Higueras, N.
Hinojosa, Juan Ramírez
Holguín de Figueroa, Miguel
Huete, Diego de
Hyto, García del
Igarte, Martín
Insá, Gerónimo de
Junco, Juan del
Ladrón de Guevara, Domingo
Laínza, Geónimo de
Lanchero, Luís
Lebrija, Antonio de
Lescanez, ó Legaspés, Juan de
Limpias, Pedro de
López, Diego y Juan
López, Gil
López de Monteagudo, Pedro
Lorenzo, Juan
Lozano, Francisco
Lozano, Domingo
Luján, Antón de
Macías, Gonzalo
Madrid, Pedro y Madrid, Pedro Daza
Maldonado, Arias de
Maldonado, Baltasar
Maldonado, Dorado del H. Francisco
Manchado, Alonso
Manjarres, Luís
Mateos, Juan Marcos y Alonso
Martín Alonso
Martín Hiniesta, Diego
Martínez, Diego
Martínez, Francisco
Medrano, Francisco
Melo, Gerónimo de
Méndez, Bernabé
Méndez, Gaspar
Melgarejo, Juan Rodríguez Gil
Mestanza, Francisco de
Miranda, Cristóbal de
Molina, Pedro de
Montero, Hernando
Montañes, Juan
Montoya, Francisco de
Montalvo, Juan de
Monsalve, Francisco
Monroy, Cristóbal Arias de
Morales, Alonso de -Moratín, Baltasar de
Moreno, Alonso
Moyano, Miguel Seco
Muñoz, Miguel
Navarro, Hernando y Pablo
Novillero, N.
Nieto, Cristóbal Gómez
Núñes Cabrera Pedro
Núñes Pedroza, Francisco
Olaya, Antonio Soriano de
Olaya Herrera, Alonso de
Oliva, Diego de- Olmedo, Jorge de
Olmos, Juan de
Oñate, Martín
Orejuela, Juan Ruiz de
Ortega, Juan de
Ortiz, Cristobal de- Ortiz, Diego de
Ortiz, Ortún
Orozco, Lope de
Orozco, Juan de
Otañez, Miguel de
Palencia, Nicolás de
Palma, Antón de la
Paredes Calderón, Diego de
Penagos, Juan de
Pérez, Antonio Fernán
Periáñes Portoés, ó Pedro Yáñez
Pineda, Juan de
Porras, Pedro de y Sebastián
Poveda, Alonso Ramírez de
Prado, Hernando del
Prado, Juan del- Puelles, Juan de- Pujol, Martín
Puerta, Juan de la
Qesada, Hernán Pérez de
Quincoces, Juan de la Llama
Quintero, Juan
Requejeda, Fray Vicente
Ramírez, Juan de Hinojosa
Rey, Mateo Sánchez
Rivera, Juan de
Roa, Cristóbal de- Rodríguez de León, Pedro- Rodríguez Antón Casalla- Rodríguez Francisco- Rodríguez del Olmo, Juan
Rodríguez, Juan Benavides de
Rodríguez Parra, Juan
Rojas, Hernando de
Romero, Diego
Ruiz, Antonio
Ruiz Herrezuelo, Pedro
Ruiz, Cristóbal- Ruiz, Pedro Córdoba
Ruiz, Pedro García
Salamanca, Juan y Pedro Rodríguez
Sanabria, Luís de
Sánchez, Bartolomé Suárez
Sánchez, Juan
Sánchez Castilblanco, Diego
Sánchez Paniagua, Diego- Sánchez Cogolludo, Mateo
Sánchez Velasco, Pedro- Sánchez, Martín Ropero
Sánchez, Miguel
Salinas, Hernando de
Salazar, Pedro de
Salguero, Francisco
San-Martín, Juan de
Santafé, Gaspar de
Sam-Miguel, Cristóbal de
Sedano, N.- Segura, Diego de- Silva, Francisco de
Suárez Montaño, Diego
Tafur, Juan
Tafur, Martín Yáñez
Tordehumos, Francisco de
Toro, Cristóbal de
Torres, Diego- Torres, Juan de- Torre, Lázaro de la
Torres Contreras, Juan
Troya, Nicolás de- Trujillo, Juan
Umbría, Salvador de- Valenzuela, Pedro Sánchez
Valdés, Melchor de
Valderas, Diego Rodríguez de
Vásquez, Pedro
Valdivia, Andrés de
Vásques de Loaysa, Pedro- Vega, Gonzalo de
Venegas Carrillo Manosalvas, Hernán
Verdejo, El Bachiller Juan
Viana, El Bachiller
Villalobos, N.
Villanueva, Juan de- Villaspasas, Lorenzo
Villaviciosa, Francisco- Yáñez, Rodrigo
Zamora Forero, Cristóbal- Zea, Pedro de
Zarco, Benito
Zegarra, N.- Zelada, Cristóbal
Zorro, Gonzalo García
Perros de la Conquista
Lista de Obras Consultadas

 

 

MARTIN GALIANO.

(FUNDADOR DE VÉLEZ)

 

I

 

Entre los conquistadores que subieron al Nuevo Reino de Granada con Gonzalo Jiménez de Quesada, se distinguía particularmente un gallardo oficial que había militado en Italia con don Antonio de Leiva: llamábase Martín Galiano, y era hijo de familia italiana, oriunda de Génova, establecida en Valencia, en donde él nació. (1 ) N o hemos podido descubrir cuál era la posición social de Galiano, y seguramente, á pesar de los abuelos que le invento Ocariz, su nacimiento debió de ser humilde; acaso serviría en Italia como soldado raso, y nada más, dado que en la expedición de Quesada era simplemente Alférez de la compañía que comandaba el Capitán Lázaro Fonte.

No mencionan los cronistas el nombre de este oficial en ninguna proeza particular de todas las campaña de Quesada, en el Imperio de los Muiscas y de los Zaques; y sólo al hablar de una expedición que hizo el Capitán  San-Martín á los Llanos, hacen memoria de él por primera vez.

Dicen los cronistas que iba San-Martín con sus compañeros transitando trabajosamente por unas laderas resbalosas, en las cumbres de las serranías que miran hacia los Llanos, cuando vieron venir sobre ellos una tropa de indígenas armados con flechas y macanas. Como estaba lloviendo, los Españoles habían desensillado los caballos para que no se mojasen las monturas, y cada uno llevaba del diestro el suyo, bajando dificultosamente por los despeñaderos. Cuando se vieron acometidos por la turba de salvajes, todos se detuvieron sin saber cómo defenderse en la estrechez de las veredas, donde resbalaban como si caminasen sobre jabón y los caballos apenas podían tenerse en pie. Pero Galiano no perdió la cabeza, y obligando á su caballo á subir á un alto, montó en pelo y empezó á dar gritos y blandir la lanza con ademanes desesperados, con el objeto de espantar á los Indios; consiguió su objeto, pues los salvajes, viendo aparecer de repente aquel monstruo

(creyeron que caballo, hombre y lanza eran una sola persona), se asustaron tánto, que echaron á correr y fueron á ocultarse en los adyacentes páramos, sin volver á molestar á los Españoles en su tránsito.

No obstante el silencio que guardan los historiadores acerca de los hechos de Galiano, debió de ser muy estimado por su caudillo, porque cuando, en Mayo de 1539, sé embarcó Quesada en vía para España, dejóle encomendada una obra importante: la de fundar una población en la provincia de Chipatá, que sirviera de núcleo para la conquista de aquellas comarcas y de lugar propio para atender á las necesidades de los Españoles que entrasen en el Nuevo Reino por esa vía. Además, le dejó orden de que pusiese el nombre de Vélez á la nueva población, sin duda como recuerdo de Vélez-Rubio ó Vélez-Blanco, en la diócesis de Almería ó más bien, de Vélez-Málaga, hermosa ciudad de la costa del Mediterráneo, en cuyas cercanías se dijo que tenía propiedades el padre del Conquistador. (2 )

Galiano salió de Santafé á mediados de Junio de 1539, con algunos infantes y caballería escogida, y seis días después llegó á un pueblo indígena llamado Tinjacá, poblado por naturales industriosos entregados á la fabricación de loza, de pacíficas costumbres y fundado en país suave, ameno y de temperatura deliciosa ( 19 gr. cent. ). Algunos de los compañeros de Galiano propusieron fundar allí á Vélez, pero al caudillo pareció no estar suficientemente lejos de Santafé, y continuaron la marcha hasta otra población, también de pacíficos moradores, en clima agradable y sano, llamada Suta, cerca de la laguna de Fúquene. Pasó, sin embargo, de largo por allí Galiano, sin querer detenerse, como se lo pedían sus compañeros, y no quiso parar mientras no llegó á un sitio en las márgenes de un riachuelo llamado Uvaza, el cual desagua en el Suárez ó Saravita. Parecióle aquel lugar el más propio para el objeto que se había propuesto Quesada, por estar en terrenos del Cacique de Chipatá, que era amigo de los Españoles, y no tan distante de las serranías de Carare, camino que entonces se creía ser el mejor para comunicarse con el Magdalena y la Costa.

Planteado allí el real, Galiano pasó á fundar la ciudad de Vélez el 3 de Julio del mismo año, y con todas las ceremonias del caso trazó la población futura y repartió solares entre los que le acompañaban. Aquella fué la segunda ciudad española fundada en el Nuevo Reino de Granada. Sin embargo, Vélez no subsistió en aquel lugar: á poco notaron que el sitio tenía muchos inconvenientes, y el 14 de Septiembre resolvieron pasar la población al otro lado del río Suárez, donde ahora se halla. La ciudad demora en una meseta inclinada, al pié de una peña de más de cuatrocientos metros de altura, que se levanta casi abrupta sobre la población como un altísimo muro escalonado. Goza de un clíma de 20 grados centígrados por término medio, y produce inmensa variedad de frutas y granos alimenticios; hoy día cuenta la ciudad con una población de cerca de doce mil habitantes. En el mismo lugar que ocupa la iglesia parroquial señaló Galiano el sitio del primer templo católico que se levantó en aquella provincia, el cual dedicaron á la Santísima Cruz.

Inmediatamente empezaron los Españoles a fabricar las habitaciones necesarias ayudados por los indígenas comarcanos, quienes á ellos se prestaron con gusto, edificando en primer lugar la Iglesia y el hospital, y con los súbditos del Cacique de Saboyá sembraron extensas plantaciones de papas, maíz y otras sementeras en los alrededores de la naciente ciudad y en los cerros de las cercanías.

Viendo que los naturales eran pacíficos y parecían estar satisfechos y contentos con sus conquistadores, Galiano resolvió dejar en Vélez la mayor parte de Los Españoles más trabajadores, y , poniéndose á la cabeza de los más denodados de sus compañeros, salir á visitar las vecinas comarcas, sin duda con la mira de buscar oro, que era el constante anhelo de los invasores. Los indígenas comarcanos le recibieron de buen grado, y por medio de sus intérpretes les ,hizo saber que en adelante yá no eran libres, sino súbditos del rey de España, de quien él era delegado y á quien debían ofrendar las prendas de oro que tuviesen. Como el Español no les hizo ningún mal, á pesar del terror que les infundía, de la fiereza de su aspecto y del de los caballos, unido al estruendo de las armas que llevaban, los naturales convinieron fácilmente en declararse súbditos platónicos de un poder que no veían y cuyos delegados parecían mansos y se contentaban con fruslerías que aquellos poco apreciaban. Así, pues, en breve regresó Galiano á la recién fundada ciudad con un corto botín, pero en toda paz y sosiego.

Mientras que acababa de ordenar las encomiendas y repartir los Indios que vivían más cerca, envió á un español llamado Juan Alonso de la Torre a recorrer y someter las tierras de dos caciques poderosos,-Cocomé y Agataes,-los cuales se habían mostrado dispuestos á entablar amistad con los Españoles. Efectivamente, los súbditos de Agataes y de Cocomé recibieron con mucho agasajo á los Españoles y les socorrieron con cuanto tenían. Pero como La Torre no encontrase las minas de oro que le habían dicho hallaría en aquellas tierras, siguió su jornada en demanda de los lugares que le señalaron como muy ricos, Mas á medida que se internaban por aquellas serranías, el camino se hacía más y más difícil de traginar, hasta el punto, dice Piedrahita, que al fin " dieron en un paso de peña tajada que tenía prolijo y peligroso el repecho, por el riesgo de caer en la profundidad del duro suelo, de tal suerte que para emprenderlo los naturales se valían de escalas de bejucos asidas á troncos de árboles que había en la cumbre, á la manera que se ve en las jarcias de los navíos. A la mano derecha de la peña nace en lo más elevado una fuente caudalosa, que desde su origen y sin tocar en otra piedra se precipita por el aire hasta la profundidad de la tierra más vecina, donde la reciben los troncos desatada en rocíos." Por caminos semejantes y pasando peligros y trabajos inauditos, los compañeros de La Torre continuaron su marcha en busca del tan ansiado metal. Pero en vano sufrieron aquellas penalidades hasta ir á dar con el río Carare; no encontraban sino muy ligeros rastros de oro, y mucho menos las ricas minas de que les habían hablado: en nada apreciaban estos hombres las riquezas vegetales que encerraba aquella zona "la que hoy día se encuentra casi en el mismo estado que entonces; las selvas están aún más salvajes y solitarias, porque la raza indígena ha desaparecido .y la blanca no prospera en semejantes climas. (3 )

Disgustados con la carencia de lo que buscaban, La Torre y sus compañeros empezaron á tratar mal á los Indíos, salteando las inermes poblaciones para robarlas y llevándose cautivos á los indígenas que encontraban más robustos y mejor formados. Así, al regreso, en lugar de encontrar con los agazajos con que les recibieron los Agataes y Cocomés, hallaron las poblaciones desamparadas y sus moradores asilados en los altos riscos, preparándose para atacar á los invasores, lo cual llevaron á cabo con gran vocería y ruido de instrumentos bélicos. Arrojaban los indígenas sobre los Españoles, desde lo alto de las peñas, gruesas piedras y flechas, y éstos se defendían con gran denuedo de los escuadrones de naturales que bajaban á acometerles de cerca, ya haciendo uso de sus lanzas, ya cubriéndose con las rodelas. Perseguido y molestado día y noche por los indígenas, al fin La Torre llegó á Véléz, yendo muchos de sus compañeros lastimados y heridos, pero sin haber muerto ninguno, ni perdido las pocas joyuelas de oro que habían tomado á los dueños de la tierra.

 

II

 

Hasta entonces, si Galiano no se había manifestado particularmente humano, tampoco había dado señales de ser cruel; pero la noticia que llevó La Torre de la manera conque se habían defendido y les habían hostilizado los Indios, antes amigos de los Españoles; despertó en él gran cólera, la que disimuló entonces, atendida la necesidad que había, de castigar la audacia de los naturales, y puso de manifiesto un carácter cruel y vengativo que antes no sé le conocía. Inmediatamente reunió á los hombres más atrevidos de su tropa, y les manifestó que era preciso sofocar el alzamiento de los indígenas antes que tomase cuerpo y se unieran las tribus vecinas á los enemigos en contra de los Españoles; los oficiales abundaron en sus mismas ideas, y al momento se acordó ponerse en marcha en busca de los Agataes y Cocomés, llevando consigo los perros cebados á matar Indios, que tenían en el real, pero de los cuales aun no habían hecho uso.

Esta fué la primera ocasión que se practicó esta clase de guerra contra los indígenas del Nuevo Reino; pues Quesada no trajo perros de la Costa, y los mastines cazadores de Indios no vinieron sino con los conquistadores Federmann y Belalcázar, de Venezuela y de Quito. Dice Piedrahita que aquella crueldad de Galiano le hizo gran daño entre sus compañeros de armas y mereció la desestimación de sus conciudadanos, de manera que en el resto de su vida sufrió por tal motivo muchos sin sabores y acusaciones de inhumanidad para con los Indios.

Pusiéronse, pues en marcha en són de guerra, con el objeto de atacar á los indígenas refugiados en las peñas y guarecidos en los cerros. Acompañaba á Galiano, como su segundo, un joven de nacimiento hidalgo, oriundo de Córdoba, llamado Juan Fernández de Valenzuela. (4 ) A éste dió el mando de la mitad de su tropa, y él tomó el de la otra, y aguardando á que oscureciera se dividieron para atacar á un mismo tiempo á dos pueblos diferentes, situados como á media legua el uno del otro. Con la oscuridad de la noche, por sendas peligrosísimas y con un valor y una audacia realmente dignos de mejor causa, aquellos dos caudillos se arrojaron de improviso sobre los míseros naturales,  que no aguardaban que les atacasen á esas horas, y no supieron defenderse sino rendirse. Sin embargo, ni Galiano ni su segundo tuvieron misericordia con los vencidos, y cometieron la barbaridad de hacer cortar las narices, las orejas y los dedos pulgares á trescientos infelices indígenas, con el objeto, dijeron, de que diesen aviso á todas las tribus de la manera con que los Españoles castigaban á los que se atrevían á defenderse de la invasión.

Pero aquella inaudita crueldad no fué parte á domar á los naturales, sino que, al contrario, les exaltó el deseo de vengarse, descargando su ira sobre un soldado llamado Juan de Cuéllar, á quien hubieron á las manos: llevándosele á su campamento, le martirizaron hasta matarle, y después arrastraron su cadáver con ignominia por las cumbres de los cerros, á la vista de los Españoles. La muerte de Cuéllar causó más muertes y martirios de indígenas, en represalias, y la guerra se fué envenenando día por día, sin que por eso se doblegasen los indígenas; al contrario, semejante conducta produjo odio, rencor y venganza, á tal punto, que Galiano se empezó á ver en apuros. Turbada la paz de toda la provincia, no había quien trabajase en las sementeras ni ayudase á labrar las habitaciones, y corrían yá los Españoles el riesgo de morir de hambre, ó de tener que abandonar ignominiosamente la incipiente ciudad, cuando ocurrió á Galino la idea de mudar de táctica, y pasando de la crueldad á la misericordia, soltar á las mujeres que tenía cautivas, sin exigir rescate, y por medio de ellas mandar ofrecer la paz y el perdón, á trueque de recuperarla amistad de las tribus encolerizadas. Aquella conducta cambió el aspecto de todo el país, y los caciques vecinos se acercaron á Galiano sin dificultad y le ofrecieron guardar la paz en adelante.

 

III

 

Entre los soldados del Conquistador de Vélez se hallaban algunos que ocho años antes habían visitado las provincias que denominaban del Guane, en unión de Alfínger, y ponderaban la riqueza de aquel país. Esto animó á Galiano á penetrar por aquel lado, lo cual llevó á cabo saliendo de Vélez al principiar el mes de Enero de 1540. "El suelo de la pobladísima provincia de Guane, dice Acosta. (5 ) es un plano inclinado al Poniente desde la cresta de la cordillera oriental de los Andes, regado de ríos caudalosos que forman valles y quiebras de una maravillosa feracidad, porque todo es de formación caliza, que sólo en donde faltan las aguas deja de producir los más suculentos frutos, granos y raíces. Todos estos ríos desaguan en el Suárez, que forma al pié de la cordillera de Gachas la cual divide este valle del Magdalena, un torrentoso canal, á cuya margen izquierda la tierra, aunque igualmente fértil, es estrecha y de corta extensión. El Suárez entra en el Sogamoso á la extremidad de la provincia, y juntos se abren paso por la serranía occidental para precipitarse en el Magdalena."

A pocas jornadas de Vélez, Galiano se encontró en las tierras del Cacique Guane. Nada más bello, fértil ni sano que aquel país. Gozaban sus habitantes de climas propios para toda suerte de sementeras, y andaban vestidos con lienzos primorosamente fabricados; sus mujeres eran más blancas, más pulcras y mejor formadas que todas las indias que hasta entonces se habían visto en el Nuevo Reino de Granada, y además, resultaron ser tan inteligentes, que á vuelta de pocos días aprendían el castellano de manera de poder hablarlo con bastante claridad.

Las primeras tribus que hallaron los Españoles eran mansas y dispuestas á guardar la paz y aun á desprenderse sin dificultad de las chagualas de oro con que se adornaban; pero á medida que se penetraba en el interior del país, los naturales aparecían más hoscos é intratables, y por último se manifestaron tan belicosos, que Galiano, que parece se había propuesto no hacer la guerra, sino en caso muy necesario, tuvo que declararla decididamente. Después de varios combates más ó menos sangrientos, en los cuales los cincuenta compañeros del Conquistador estuvieron á punto de ser derrotados, los indígenas fueron al fin deshechos y sometidos. Según Piedrahita, la tierra estaba tan poblada, que en el corto espacio de la provincia de Guane se contaban hasta 30,000 casas, habitadas cada una por cuatro ó cinco personas.

Aunque se dijo que el oro que habían hallado era poco, los Españoles se vieron obligados á herrar los caballos con aquel metal, temiendo que se les inutilizasen en los caminos y sendas pedregosas que recorrían sin cesar, pues no se atrevían á detenerse en ninguna parte para no dar tiempo á los naturales á que se congregasen á atacarles. Al cabo de cuatro meses de expedición, Galiano regresó á Vélez, á mediados de Mayo. En aquella campaña no se manifestó cruel ni vengativo; y, fuese porque la prudencia le obligara á usar de mansedumbre y misericordia con los vencidos, ó porque en realidad su temperamento verdadero no era como lo había parecido en sus anteriores expediciones, lo cierto es que entonces tuvo más duraderos triunfos, haciendo uso más bien de buenas palabras y afables maneras, que de las amenazas y tormentos de antaño. Desgraciadamente, mientras se ausentó de Vélez, los encomenderos se habían portado muy mal con los míseros indígenas, particularmente un J. Alonso Gascón (6 ), de quien se habían vengado cruelmente los naturales, apoderándose de él y de seis Españoles más, en una celada que les pusieron, á todos los cuales sacrificaron en aras de su venganza.

Semejante suceso espantó sobre manera á los nuevos colonos, los cuales, pensando que se les irían encima todos los Indios comarcanos, mandaron pedir socorro á Santafé. Así, cuando regresó Galiano á Vélez encontró allí un destacamento que había mandado como auxilio el Gobernador del Nuevo Reino, que lo era entonces Hernán Pérez de Quesada.

Los Españoles se reunieron para salir á castigar la muerte de Gascón, persiguiendo á los indígenas hasta en los más altos riscos; donde trataban de guarecerse, y desalojándoles de las cuevas y cavernas en que se ocultaban. Sometidos al fin todos, Galiano volvió á Vélez y se ocupó en acabar de repartir la tierra entre sus compañeros. En 1542 acompañó hasta Santafé á don Luis de Lugo, y éste le envió con un Teniente suyo á que hiciese nuevos repartos en la provincia de Vélez, mejorando á sus parciales y amigos más adictos. N o dicen las crónicas en qué bando se afilio Galiano en aquel tiempo, pero se infiere que estaba con los |Caquecios ó adictos á Lugo, puesto que obedecía sin observación las ordenes de este.

Más tarde el Visitador Migue Díez de Armendáriz envió al fundador de Vélez á Cartagena y á Antioquia para que arreglase las desavenencias que existían entre don Pedro de Heredia y Sebastián de Belalcázar; desavenencias que Galiano supo arreglar con la suficiente prudencia y perspicacia, de manera que todo quedó á contentamiento de los dos rivales. Después de aquel suceso, no volvemos á tropezar con el nombre de Galiano en las crónicas de la época, y apenas se infiere que permaneció tranquilamente viviendo en Vélez, ya gobernando la ciudad como Alcalde, ya rigiéndola como Corregidor. Se había casado con la viuda de un Ortún Royo, llamada Isabel Juana de Meteller; pero no dejó hijos legítimos, sino una jóven llamada Martina, nacida fuera del matrimonio. De España habían venido á buscar fortuna á su lado una hermana y una sobrina suya, así como un hermano, Pedro Galiano, cuyo nombre se halla entre los de los soldados de varias expediciones arriesgadas, emprendidas después de la conquista.

Así como no conocemos sus primeros años, también ignoramos cuándo y cómo ocurrió la muerte del Fundador de Vélez. Algunos cronistas dan á entender que murió en su encomienda, yá muy anciano, y otros dicen que pereció en el naufragio acaecido en las costas de España, en 1554, en compañía del fundador de Cartagena, don Pedro de Heredia, y de otros Españoles notables. Tampoco hemos podido encontrar ninguna descripción de la persona de Galiano ni de su carácter y costumbres, sino apenas lo que se desprende de los hechos que de él conocemos; pero éstos no nos dan clara Idea de lo que fue, pues le vemos a las veces cruel hasta la barbarie, y otras, pacífico y misericordioso. En resumen, pensamos que este conquistador no fué particularmente notable por sus hechos. Sus hazañas, sus cualidades, su fuerza, su inhumana crueldad unas veces, y su templanza y discreción otras, no sobresalen ni exceden á las de muchos otros conquistadores sus contemporáneos, cuyo nombre apenas nos ha llegado al través de los siglos.

 

 

(1 ) Dice Ocariz, con su salerosa candidez, que aquella familia era del linaje del Emperador Galeno, ó de uno de los primeros Gobernadores de Venecia que llevaba aquel nombre; y podía también haber dicho que era descendiente del famoso Galeno, médico griego. El apellido indica por sí sólo procedencia gálica, ó de Galia ó Gaglia.
(2 ) Se equivoca, pues, el señor Groot (HISTORIA ECLESIÁSTICA DE NUEVA GRANADA) cuando afirma que Galiano puso el nombre de Vélez á la ciudad que fundó, por ser oriundo de aquel lugar de España.
(3 ) No há muchos años que describía de esta manera las selvas del Carare uno de nuestros más pulcros y elegantes escritores: "Las selvas del Carare no ceden en riquezas de todo género á las de la hoya del Minero, y las sobrepujan en majestad. Desde que se entra en el laberinto de colinas que ciñen los tortuosos pliegues del río Guayabito, se viaja por medio del alto bosque que á la derecha é izquierda limita la fangosa línea del camino, siempre bajo la sombra, siempre húmedo y denso el ambiente, en términos que, disparado un tiro de escopeta, permanece quieto el humo de la pólvora largo rato, sin ascender ni disiparse. El caucho, el almendrón y el ceibo, colosos de vegetación, yerguen sus copas por encima de los demás árboles, cobijándolos con sus gigantescas ramas, mientras el tronco redondo y recto, cuya circunferencia ocupa un grande espacio, sostiene y alimenta profusión de árboles menores, enredaderas semejantes á gruesos cables, y tribus enteras de parasitas sembradas en todas las axilas de las ramas. Cuando uno de estos colosos cae desarraigado por el huracán ó minado por la vejez, abre en el bosque una ancha calle, tronchando y sepultando bajo sus ruinas cuanto alcanza, y entonces el oscuro tronco forma una eminencia prolongada que se cubre de arbustos é interrumpe la llanura con la apariencia de una larga colina; tal es la grandeza de estas ruinas Vegetales, imponentes aunque postradas. Enumerar las miríadas de animales que pueblan la selva, sería imposible. Encima es un interminable ruido de aves, que ora sacuden las ramas al volar pesadamente, como las pavas y paujíes, ora alegran el oído y la vista, como los jilgueros, las diminutas |quinchas (colibrí) ó el sol-y-luna, pájaro de silencioso vuelo, brillante cual mariposa, que lleva en las alas la figura del sol y de la luna creciente, de donde le viene el nombre. Al rededor remueven el ramaje multitud de cuadrúpedos, y los inquietos |zambos corren saltando de árbol en árbol á atisbar con curiosidad al transeunte, las hembras con los hijuelos cargados á la espalda, y todos juntos en familia chillando y arrojando ramas secas; mientras más á lo lejos los araguatos, sentados gravemente en torno del más viejo, entonan una especie de canto en que el viejo gruñe primero y los demás le contestan en coro. Bajo los piés y por entre la yerba y hojarascas se deslizan culebras de mil matices, haciéndose notar la cazadora por su corpulencia y timidez, y la lomo-machete, de índole fiera, cuerpo vigoroso, coronada de una cresta y armada de una sierra que eriza sobre el lomo al avistar al hombre, lo que afortunadamente sucede raras veces; en ocasiones saltan de repente lagartos enormes, parecidos á las iguanas, y huyen revolviendo la basura del suelo: en otras nada se ve, pero se oye un sordo roznar en la espesura; y el ruido de un andar lento al través de la maleza; de continuo y por todas partes la animación de la Naturaleza en el esplendor de su abandono; y á raros intervalos, á orillas del camino y escondida, se encuentra la choza miserable de algún vecino de Guayabito, pálido y enfermizo, ó cubierta la cutis con las feas manchas del carate. El hombre está de más en medio de aquellas selvas, y sucumbe sin energía, como abrumado por el mundo físico. Ancízar,-PEREGRINACIÓN DE ALPHA.-Pág. 100.
(4 ) Véase lo relativo á este Conquistador en la 3 |a parte de esta obra.
(5 ) DESCUBRIMIENTO y COLONIZACIÓN, &c. &c.
(6 ) Véase el nombre de este conquistador en la tercera parte de la obra.

 

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