INDICE




Patente de Privilegio
Prólogo
Introducción
Cristóbal Colón
Alonso de Ojeda
Juan de la Cosa
Américo Vespucio
Diego de Nicuesa
Vasco Núñez de Balboa
Ambrosio de Alfínger
Jorge de Espira
Nicolás de Federmann
Rodrigo de Bastidas
Pedro de Heredia
Gonzalo Jiménez de Quesada
Sebastián de Belalcázar
Gonzalo Suárez Rondón
Martín Galiano
Pedro de Ursúa
Jorge Robledo
Francisco Cesar
Lázaro Fonte
Gaspar de Rodas
Antonio Díaz Cardoso
Pedro Cieza de León
San Luis Beltrán
Los Jesuitas Misioneros
El Apóstol de Cartagena. Pedro Claver
Los Baquianos
Aguayo, Gerónimo de
Aguilar, Alonso de
Aguirre, Domingo Vascongado
Aguirre, Martín de
Albarracín, Esteban de
Alcalá, Juan de
Almarcha, Sebastián de
Alcocer, Hernando de
Alemán, Juan Nicolás
Alonso, Juan
Aldana, Lorenzo de
Alderete, N.
Álvarez de Acuña, Francisco
Ampudia, Juan de
Añasco, Pedro de
Angulo, Cristóbal
Aranda, Francisco de
Aranda, Pedro de
Arellano, Alonso Ramírez de
Arévalo, Juan de
Arias, Francisco
Avendaño, Francisco
Avellaneda Temiño, Juan de
Ayala, Andrés de
Bermúdez, Antonio
Bernal, Crisóbal Ortíz
Bolegán, Pedro Fernández
Bravo de River, Pedro
Bravo, N.
Briceño, Pedro
Burgueño, Juan
Cabezón, García
Cabrera, Juan de
Calvete, García
Cáceres, N.
Camacho Zambrano, Bartolomé
Caro, Benito
Caro, Luís
Carrión, Pedro Rodríguez de
Casas, Fray Domingo de las
Castil-Blanco, N
Castellanos, Juan de
Castro, Antonio
Castro, Juan de
Celide Alvear, Jorge
Céspedes, Juan de
Céspedes, Francisco
Chinchilla, ó Chinesilla, Juan
Cifuentes, Gómez de
Colmenares, Pedro de
Collantes, Juan Muños de
Corral, Gómez del
Corredor, Pedro Ruiz
Cruz, Gómes de la
Cuéllar, Juan
Daza, Luís
Díaz, Francisco y Simón
Días Hidalgo, Juan
Domínguez Beltrán, Alonso
Escalante, Hernando de
Esquivel, Antón de
Espinosa, Diego de
Espinosa, Gaspar de
Fernández, Antonio
Fernández, Francisco
Fernández Gironda, Gonzalo
Fernández, Juan
Fernández, Marcos
Fernández Valenzuela, Pedro
Figueredo, Francisco de
Figueredo, Melchor Ramírez de
Flamenco, Antón
Franco, Diego
Frías, Juan de
Fuerte, Juan
Gallegos, Hernando
Gallegos, Luís
Gante ó Guante, Antón de
García, Gonzalo
García, Juan Machado
Girón, Francisco Hernández
Gascón, J. Alonso
Gascón, Juan
González, Bartolomé
Gómez Alonso, Hiel de la Tierra y Sequillo
Gómez, Francisco de Feria
Gómez, Hernán Castillejo
Gómez de Orozco, Pedro
Gómez Portillo, Juan
Gómez Fernández, N.
Gordo, Juan
Graso, Juan Bautista
Guemes, Juan de
Gutiérrez Aponte, Pedro
Gutiérrez Valenzuela, Juan
Haro, García Calvete de
Hernández Ballesteros, Francisco- Hernández, Pedro- Hernándes Ledezma, Alonso
Hernández de la Isla, Martín
Hernández de León, Bartolomé- Hernández de Madrigal, Diego
Herreño, Bartolomé
Herreño, Gerónimo Hernández
Higueras, N.
Hinojosa, Juan Ramírez
Holguín de Figueroa, Miguel
Huete, Diego de
Hyto, García del
Igarte, Martín
Insá, Gerónimo de
Junco, Juan del
Ladrón de Guevara, Domingo
Laínza, Geónimo de
Lanchero, Luís
Lebrija, Antonio de
Lescanez, ó Legaspés, Juan de
Limpias, Pedro de
López, Diego y Juan
López, Gil
López de Monteagudo, Pedro
Lorenzo, Juan
Lozano, Francisco
Lozano, Domingo
Luján, Antón de
Macías, Gonzalo
Madrid, Pedro y Madrid, Pedro Daza
Maldonado, Arias de
Maldonado, Baltasar
Maldonado, Dorado del H. Francisco
Manchado, Alonso
Manjarres, Luís
Mateos, Juan Marcos y Alonso
Martín Alonso
Martín Hiniesta, Diego
Martínez, Diego
Martínez, Francisco
Medrano, Francisco
Melo, Gerónimo de
Méndez, Bernabé
Méndez, Gaspar
Melgarejo, Juan Rodríguez Gil
Mestanza, Francisco de
Miranda, Cristóbal de
Molina, Pedro de
Montero, Hernando
Montañes, Juan
Montoya, Francisco de
Montalvo, Juan de
Monsalve, Francisco
Monroy, Cristóbal Arias de
Morales, Alonso de -Moratín, Baltasar de
Moreno, Alonso
Moyano, Miguel Seco
Muñoz, Miguel
Navarro, Hernando y Pablo
Novillero, N.
Nieto, Cristóbal Gómez
Núñes Cabrera Pedro
Núñes Pedroza, Francisco
Olaya, Antonio Soriano de
Olaya Herrera, Alonso de
Oliva, Diego de- Olmedo, Jorge de
Olmos, Juan de
Oñate, Martín
Orejuela, Juan Ruiz de
Ortega, Juan de
Ortiz, Cristobal de- Ortiz, Diego de
Ortiz, Ortún
Orozco, Lope de
Orozco, Juan de
Otañez, Miguel de
Palencia, Nicolás de
Palma, Antón de la
Paredes Calderón, Diego de
Penagos, Juan de
Pérez, Antonio Fernán
Periáñes Portoés, ó Pedro Yáñez
Pineda, Juan de
Porras, Pedro de y Sebastián
Poveda, Alonso Ramírez de
Prado, Hernando del
Prado, Juan del- Puelles, Juan de- Pujol, Martín
Puerta, Juan de la
Qesada, Hernán Pérez de
Quincoces, Juan de la Llama
Quintero, Juan
Requejeda, Fray Vicente
Ramírez, Juan de Hinojosa
Rey, Mateo Sánchez
Rivera, Juan de
Roa, Cristóbal de- Rodríguez de León, Pedro- Rodríguez Antón Casalla- Rodríguez Francisco- Rodríguez del Olmo, Juan
Rodríguez, Juan Benavides de
Rodríguez Parra, Juan
Rojas, Hernando de
Romero, Diego
Ruiz, Antonio
Ruiz Herrezuelo, Pedro
Ruiz, Cristóbal- Ruiz, Pedro Córdoba
Ruiz, Pedro García
Salamanca, Juan y Pedro Rodríguez
Sanabria, Luís de
Sánchez, Bartolomé Suárez
Sánchez, Juan
Sánchez Castilblanco, Diego
Sánchez Paniagua, Diego- Sánchez Cogolludo, Mateo
Sánchez Velasco, Pedro- Sánchez, Martín Ropero
Sánchez, Miguel
Salinas, Hernando de
Salazar, Pedro de
Salguero, Francisco
San-Martín, Juan de
Santafé, Gaspar de
Sam-Miguel, Cristóbal de
Sedano, N.- Segura, Diego de- Silva, Francisco de
Suárez Montaño, Diego
Tafur, Juan
Tafur, Martín Yáñez
Tordehumos, Francisco de
Toro, Cristóbal de
Torres, Diego- Torres, Juan de- Torre, Lázaro de la
Torres Contreras, Juan
Troya, Nicolás de- Trujillo, Juan
Umbría, Salvador de- Valenzuela, Pedro Sánchez
Valdés, Melchor de
Valderas, Diego Rodríguez de
Vásquez, Pedro
Valdivia, Andrés de
Vásques de Loaysa, Pedro- Vega, Gonzalo de
Venegas Carrillo Manosalvas, Hernán
Verdejo, El Bachiller Juan
Viana, El Bachiller
Villalobos, N.
Villanueva, Juan de- Villaspasas, Lorenzo
Villaviciosa, Francisco- Yáñez, Rodrigo
Zamora Forero, Cristóbal- Zea, Pedro de
Zarco, Benito
Zegarra, N.- Zelada, Cristóbal
Zorro, Gonzalo García
Perros de la Conquista
Lista de Obras Consultadas

 

 

GONZALO SUÁREZ RONDÓN

(FUNDADOR DE TUNJA)

 

I

 

Corría el segundo tercio del siglo XIII cuando, estando un ejército castellano al mando de don Sancho el Bravo de Castilla (el cuarto de su nombre) entre la ciudad de Algeciras y la Villa. de Tarifa, guerreando contra los Africanos de Aben-Jusef, la vanguardia dc los cristianos vió venir sobre ellos en tropel un gran número de moros. Titubeaba la gente acerca de lo que debería hacer en aquel percance, si acometer á los infieles, que eran muchos y ellos pocos, ó volverse al cuerpo del ejército, que estaba atrás; comandado por el Rey, á pedir órdenes. Pero uno de los caballeros que iban adelante indignóse con la vacilación de los soldados, y exclamó con voz fuerte, afirmándose sobre los estribos y enristrando la lanza:

-¡ A ellos, señores, á ellos, de rondón!

Arremetió el caballero como un vendaval sobre el enemigo, y obligó á que le siguieran los demás cristianos con tal ímpetu, que á pocos embates vencieron á los Moros, les desbarataron y pusieron en completa derrota á los que escaparon con vida.

Apenas se tuvo noticia de aquel hecho de armas en el cuerpo del ejército, cuando muchos caballeros (sin duda envidiosos) fueron á quejarse al Rey, diciendo que aquel caballero con su imprudencia pudo haber comprometido todo el ejército real, y pidieron con descompuestas razones que se castigase semejante falta de disciplina.

Inmediatamente que hubo oído lo que le decían sus cortesanos, el Rey mandó que compareciera el imprudente caballero á su presencia. Presentóse como estaba: con la lanza rota en la refriega y ensangrentadas las armas y vestidos, y con humilde ademán pidió perdón á su soberano por su arrebatada conducta.

Pero el bravo Rey don Sancho fe levantó diciéndole:

--N o sólo os perdono, sino que esa acción valerosa bastaría, aunque no hubierais hecho otra, para armaros caballero.

--Caballero soy, contestó el otro con orgullo castellano, y también hijodalgo del linaje de los Sarmientos; además, vasallo vuestro he sido y lo seré hasta morir en el servicio de mi Rey y señor.

--Pero ¿ cuál es vuestro nombre? preguntó Sancho el Bravo.

--Garcí Péres de Burgos, hijo de Diego García Sarmiento.

--En adelante no os llamaréis Garcí Pérez, sino Rondón, repuso el hijo de don Alfonso el sabio, en memoria de la voz que disteis al arremeter á los moros, y además, os armaré Caballero de la Banda, (1 ) y en vuestro blasón pondréis esta letra:

|Vencer y nunca ser vencido

Estas mercedes del Rey fueron extendidas y legalizadas ante notario, y desde entonces aquel valiente caballero, que después hizo prodigiosas hazañas, fué tenido en grande estimación en la corte de Castilla. (2 )

 

II

 

Descendiente de aquel primer Rondón fué el conquistador y Poblador de Tunja, don Gonzalo Suárez Rondón. Nació en la ciudad de Málaga, en Andalucía, no sabemos en qué año, y era hijo de Rodrigo Suárez Rondón y de Isabel Jiménez Suárez, su esposa. Gonzalo tenía cuatro hermanos: Rodrigo, Sabariego, Ana y María, la cual casó después con Pedro Loaysa Vásquez.

Durante toda la Edad Media y el Renacimiento en Europa, y sobre todo en España, bastaba pertenecer á una familia medianamente hidalga, para que todos los varones de ella se dedicasen a la iglesia, o tomasen las armas como soldados: considerábase que toda otra profesión era impropia de un hombre bien nacido. Hasta los mismos religiosos que se consagraban á la Iglesia, tenían en España conocimientos militares; y seguramente por este motivo todos los conquistadores manifestaban tánta habilidad en el ejercicio de las armas, aunque en éste no se hubieran criado: el militarismo estaba en la sangre, y lo habían heredado de sus abuelos. Así, pues, no era de extrañar, que, cuando apenas le apuntaba el bozo á Gonzalo Suárez Rondón, yá se alistase en los ejércitos reales. Pasó con ellos á Alemania, y asistió en 1519 á la coronación de Carlos V en Aquisgrán, en donde por primera vez el Emperador se hizo llamar MAJESTAD, titulo desconocido hasta entonces en España, pues allí el Rey había sido siempre Alteza ó Gracia. Continuando en los ejércitos españoles, sirvió en las campañas contra los Franceses, y se halló en 1525 en el sitio de Pavía, en donde cayó prisionero Francisco I; estuvo en Alemania é Italia con .;ton Pedro de Guzmán, y permaneció cuatro años en Hungría con el hermano de Carlos V, don Fernando, el cual no sólo poseía todos los Estados de la Casa de Austria, sino que fué coronado rey de Hungría, de Bohemia y de los Romanos.

Con el Emperador volvió Hondón á España (después de haber estado con él en la campaña contra Solimán I, que fué derrotado por los cristianos). Al regresar á España el Emperador, se preparó á ir contra el pirata Haradín Barbaroja, que se había apoderado de Túnez, despojando á Muley-Hacén, feudatario de los reyes de Castilla. Nuestro hidalgo malagués levantó una compañía de infantería por su cuenta, la que mandaba como Capitán en la expedición contra el pirata, y llevaba como caudillo al mismo Emperador. Los Españoles se apoderaron de las fortalezas en que se había guarecido el pirata, y aunque éste tenía noventa mil hombres bajo sus órdenes, Carlos V le venció, desalojó y obligó á de volver la ciudad de Túnez á Muley- Hacén.

Aquella fué la última campaña á que asistió Rondón en España. Al regresar a su patria en 1535, encontró que don Pedro Fernández de Lugo, nombrado Gobernador de Santa-Marta, aprestaba una armada para atravesar el Océano y enganchaba gente de armas que le acompañase en las conquistas de Tierra-Firme que se proponía llevar á cabo. Gonzalo Suárez Rondón empleó entonces cuantos ahorros había hecho durante diez y siete años de campañas por una gran parte de Europa y Africa, en preparar una compañía de á caballo, que levantó á su costa con el objeto de acompañar á don Pedro Fernández á Santa-Marta.

Aunque no lo dicen las crónicas del tiempo, se infiere que, á poco de haber llegado á Santa-Marta Gonzalo Suárez, casó con doña Mencia de Figueroa, hija de Alvaro de Figueroa, uno de los primeros colonizadores de aquella ciudad.

Este caballero había pasado á Indias á buscar fortuna, dejando á su mujer é hijos en Sevilla; pero una vez establecido en Santa-Marta, hizo venir á su familia al lugar de su residencia, con Luis de Manjarrés, que era pariente suyo, y pasó al Nuevo Mundo con García de Lerma en 1529.

Causó grande asombro á los que desembarcaron con don Pedro Fernández el aspecto miserable y ruin de la nueva ciudad; y como empezaban á desalentarse, á padecer hambres y sufrir una epidemia de disentería que mató á muchos soldados, el Adelantado Lugo resolvió enviar varias expediciones por la tierra adentro á someter tribus indígenas, hacerse de alimentos y buscar oro, el anhelo constante de los Españoles.

En aquellas empresas militares Gonzalo Suárez se hizo notar por su caballerosidad, audacia y experiencia en toda suerte de guerras; y aunque enseñado á pelear con gente civilizada y en países repletos de recursos y comodidades, en breve se hizo a las costumbres del Nuevo Mundo y á las |guazabaras indígenas. Por este motivo y por su importancia como antiguo militar de los ejércitos del Emperador, fué nombrado tercero en el mando de la expedición que, bajo las órdenes de Gonzalo Jiménez de Quesada, envió el Gobernador á descubrir por las márgenes del río grande de la Magdalena, saliendo de Santa-Marta como capitán de jinetes en Abril de 1536. Durante toda aquella penosísima jornada, Gonzalo Suárez, con la caballería, infundía tal terror á los indígenas, que bastaba que se presentase para ponerles en derrota.

Al pasar por el caudaloso río que los indígenas llamaban Saravita, el caballo que montaba Rondón fue arrastrado por la corriente y se ahogó, aunque el Capitán logró salvarse. Por este motivo los Españoles llamaron aquel río el de Suárez, nombre que conserva todavía. Distinguióse el Conquistador por su brío, fuerza moral y paciencia á toda prueba en las diferentes expediciones que emprendió bajo el Conquistador del Nuevo Reino de Granada.

Una vez partido Gonzalo Jiménez de Quesada para España,-habiendo quedado en su lugar Hernán Pérez,- éste se apresuró á mandar fundar dos ciudades en las provincias del Norte, como se lo dejó ordenado su hermano. Tocó á Suárez Rondón hacerse cargo de establecer una ciudad española en el cercado del Zaque de Tunja, y partió de Santafé á fines de Julio de 1539, y llegó á su destino, á la cabeza de una lucida tropa de caballería, en los primeros días de Agosto.

El lugar no había sido escogido por la amenidad del sitio, sino por ser el centro de las poblaciones más ricas y civilizadas que se encontraban en todas aquellas comarcas. Situada á una altura de 2,793 metros sobre el nivel del mar, con una temperatura muy fría (13 grados centígrados), careciendo de aguas corrientes, teniendo casi siempre un cielo nublado, azotada por vientos frecuentes y erigida sobre desiguales barrancos, Tunja, aunque muy poblada en tiempo de la conquista, no ha podido progresar como debiera, por la falta de comercio y de actividad entre sus habitantes.

Rondón hizo la fundación con las ceremonias que se usaban, tomando posesión del terreno en nombre del Rey de España, y trazó el área de la población, repartió los solares entre los Españoles que le acompañaban, nombró la iglesia que habían de erigir " Nuestra Señora de Guadalupe," puso horca y picota, y señaló el sitio en donde se debía levantar una fortaleza.

Esto se hacía el 6 de Agosto de 1539, al año completo de haberse fundado la ciudad de Santafé de Bogotá y dos años no completos después de la entrada de los Españoles en los Estados del Zaque.

 

III

 

Durante cuatro años consecutivos gobernó Gonzalo Suárez Rondón á Tunja y los territorios adyacentes. Hombre pacífico, á pesar de ser militar, era buen padre de familia, y labró para la suya una casa muy ostentosa al lado de la iglesia mayor; reservó para sí ricas encomiendas fuera de la ciudad, terrenos de labor y extensas dehesas, á donde hizo llevar desde Santa-Marta y Venezuela crías de ganados vacunos, lanares y de cerda ; que por ambas partes llegaron estos animales al Nuevo Reino de Granada. Con todos estos negocios, el malagués reunió una fortuna considerable, una de las más valiosas del Nuevo Reino.

Cuando hubo llegado á la costa Quesada y dado noticias de sus conquistas, ocurrió á Gerónimo Lebrón, entonces Gobernador de Santa-Marta, por haber muerto el anterior, subir á arrebatar de manos del Teniente General de Quesada el Gobierno del Nuevo Reino. Reunió prontamente una tropa, algunos artesanos, bastantes mercaderías de Castilla, semillas españolas y yeguas, útiles en una colonia que debería naturalmente carecer de todas las comodidades de los países civilizados. Además, en aquella expedición subieron á Santafé las primeras mujeres españolas que vinieron á la Sabana. Como no conociesen otro camino los guías que levaban, que eran algunos de los que habían venido en la expedición conquistadora, traían la vía del Opón, y las míseras mujeres españolas padecieron indecibles penalidades, muriendo algunas de ellas en el tránsito; y la mujer de un Henríquez, que quería establecerse en Tamalameque, fué robada por los indígenas, con quienes tuvo que vivir hasta su muerte. Después de muchos meses de transito, al fin Lebrón arribó á la ciudad de Vélez, en donde las autoridades (en ausencia de Galiano) no tuvieron inconveniente en reconocerle como su Gobernador.

Mientras que descansaba Su tropa y recuperaba fuerzas para proseguir su viaje, Lebrón mandó avisar á Tunja y á Santafé que se prepararan á recibirle como á su caudillo. Pero, si en Velez le acogieron sin dificultad, no fue lo mismo en Tunja ni en Santafé, en donde no aceptaban las pretensiones de Lebrón y deseaban un gobierno independiente del de Santa-Marta.

Apenas llegó la noticia á oídos de Hernán Pérez, que era hombre vivo y arrebatado, se disgustó muchísimo, e inmediatamente comisionó á dos caballeros de toda su confianza, para que se vieran con Lebrón y le explicasen la situación de aquellos países, que estaban resueltos á no aceptar la jurisdicción del Gobernador de Santa-Marta. Los comisionados encontraron á Lebrón todavía en Vélez, y le dieron con mucha cortesía la bienvenida al Nuevo Reino, en nombre del Teniente del Adelantado Jiménez de Quesada; asegurándole en seguida que Hernán Pérez estaba listo " á obedecer pecho por tierra " las órdenes de la Real Audiencia de Santo-Domingo, si en el título se expresaba que Lebrón tenía jurisdicción sobre el Nuevo Reino de Granada; pero que sino iba en ésta forma el despacho; no dejaría por ningún motivo el puesto de Teniente General de su hermano el Licenciado Quesada. Añadieron que, aunque Hernán Pérez viniera en abandonar su empleo, los demás oficiales del Reino no se lo permitirían sin una orden expresa del Rey, Contestó Lebrón, también con comedimiento y atención, que veía que Hernán Pérez partía de un error, y era pretender que se le hubiesen extendido órdenes expresas para gobernar lo descubierto y conquistado por Quesada, cuando todas aquellas tierras pertenecían á la Gobernación de la provincia de Santa-Marta, en cuyo nombre se habían allanado, y que él, como Gobernador de dicha provincia, tema el deber de reclamarlo suyo.

Antonio de Olalla, que fue el que primero dirigió la palabra á Lebrón, creyó prudentemente que era mejor callar y no entrar en una disputa tal vez indecorosa, antes de recibir órdenes de su caudillo. Pero su compañero, que era Juan de Avellaneda, conquistador de Venezuela y muy impetuoso y violento, exclamó, muy alterado:

--" Que vuesamerced venga con despachos más que suficientes y todo lo demás que representa, importa muy poco, si el título no expresa este Nuevo Reino; y así lo que le podía estar mejor es  no moverse de esta ciudad, ni dar paso adelante, porque tengo sabido de buena parte que cuantas diligencias intentare para conseguir el gobierno le han de ser de muy poco fruto."

--" Eso será,-replicó Lebrón,--si vos y otros de semejantes caprichos fueseis los consejeros de Hernán Pérez; id con Dios y válgaos el privilegio de mensajero, que ni yo tengo de apresurar el paso por lo que digo, ni suspenderlo por lo que decís, sino proceder de suerte que sin perjuicio del puesto tiente todos los medios templados antes de poner esta diferencia en  las armas.” (3 )

Apresuraron su partida los dos mensajeros, y llegaron en dos días á Santafé á dar cuenta de lo que decía Lebrón. Hernán Pérez, que deseaba guardar la paz, mandó otros dos caballeros al tratar con Lebrón, pero obtuvieron el mismo resultado que los primeros. Entonces el dicho Pérez mandó suplicar al Gobernador de Santa-Marta que se sirviera pasar á Tunja, en donde podría presentar sus despachos al Cabildo, el cual juzgaría, entre los dos, según lo que mejor conviniera al servicio del Rey.

Lebrón emprendió entonces marcha con dirección á Tunja, engrosadas las filas de su tropa con los vecinos de Vélez, los cuales habían resuelto sostenerle en sus pretensiones, yá que le habían reconocido como su legitimo gobernador. Por junto contaba con 200 infantes y 100 jinetes, todos bien pertrechados y municionados. Marchaba aquella gente ( que era un ejército para la época) en són de guerra, como si atravesase un país enemigo, aunque los desgraciados naturales estaban enteramente subyugados y sometidos, al parecer, y no daban señal alguna de vitalidad.

El mismo día que salió Lebrón de Vélez, salía Hernán Pérez de Santafé con igual número de fuerza, y ambos se dirigían a Tunja. Como á un cuarto de legua de aquella ciudad se avistaron las dos tropas, é hicieron alto, aguardando cada cual que el otro rompiera las hostilidades, ó propusiera arreglos.

Con Lebrón había subido de Santa-Marta, ó se le habían unido en Vélez, los jefes más experimentados en las conquistas de estas tierras; á Hernán Pérez acompañaban los capitanes de más valor que había en el nuevo reino. La situación era por extremo delicada, y el riesgo se aumentó cuando se vió que las vecinas faldas de cubrieron de indígenas, que salían de sus pueblos con el objeto ostensible de ver á los recién llegados ( los cuales eran los primeros españoles que veían después de los conquistadores de Quesada), pero sin duda con el secreto propósito de aprovecharse del combate de los invasores para atacarles y deshacerse de unos y  otros.

Hasta  entonces Gonzalo Suárez Rondón no había querido intervenir en las disputas de Lebrón y Hernán Pérez; pero cuando tuvo noticia de lo que sucedía, resolvió tomar cartas en un asunto en un asunto en el que peligraba la existencia de la incipiente colonia.

Montó, pues, inmediatamente a caballo, y saliendo de Tunja, fue primero a verse con Hernán Pérez de Quesada, á quien hizo comprender la necesidad que tenía de obrar con prudencia; y le obligó á darle su palabra de que no movería pie ni mano hasta que él no hubiese conferenciado con Lebrón. Pasó en seguida al compañero del gobernador de Santa-Marta, y después de los primeros cumplimientos y besamanos del caso, le dirigió la palabra con estas o semejantes expresiones:

--Presumo, señor, que tendréis noticia de mi persona, y por consiguiente comprenderéis el móvil que me anima en este caso, que no es mi conveniencia propia, sino del deseo de servir al Rey. No dudo que  no faltarán malos consejeros que, deseosos de medrar en una guerra civil, os querrán precipitar á declararla; pero os suplico que me escuchéis primero.

Después de un momento de pausa continuó:

-- El negocio que os á traído a este Reino no necesita fuego y hierro para arreglarlo y bueno es que uséis en primer lugar medios suaves, con los cuales acreditaréis de prudente.

Y como el otro no le contestara:

--Si tendéis la vista, añadió, por esas campiñas, las veréis cubiertas de enemigos simulados, entre quienes  vivimos con las armas en las manos y el riesgo á los  ojos. ¿ Qué pensáis que les arrastra de sus casas, sino la novedad de nuestra división, esperando de ella la libertad á que aspiran? Si vencéis, como aseguran los que os engañan, bien se ve que no será tan sin daño vuestro, que no perezca la mayor parte de vuestro ejército. La muchedumbre de aquellos bárbaros no esperaría entonces sino el remate de la batalla para triunfar a su salvo. ...Y decidme: si así sucediera, ¿quién podría refrenar la osadía de varias naciones reunidas? ¿ quién librar las ciudades del saqueo y del incendio, y reducir las provincias sujetas á nuestro rey y perdidas por nuestra culpa? Creedme, señor: unidos todos, todavía tenemos riesgo, de perecer: ¿qué sería si riñésemos?

Y como notase que al fin sus palabras hacían alguna impresión en el Gobernador, continuó diciendo:

-¿ Y sería posible que siguiéramos  aquí el afrentoso ejemplo que nos han dado en el Perú los Almagros y los Pizarros, entablando una lucha entre vasallos del mismo rey? Y por último, - y este es mi argumento más poderoso y que quizás no os han dicho antes,- y es que hemos mandado poderes al real consejo pidiendo encarecidamente que se divida este Nuevo Reino, de la provincia de Santa-Marta. Así pues, si os place ceder esta vez a las exigencias del Teniente de Quesada, obrareis con saludable prudencia, de manera que cuando presentéis vuestra queja á la corte, si la presentas, nada os servirá tanto en vuestro litigio y de mejor título para ser premiado por nuestro monarca, según vuestros méritos, que el haber evitado que se alborote la tierra. (4 )

Lebrón, ya más templado con las razones de Rondón, no encontró respuesta que darle en favor de sus pretensiones, y contestó que deseaba conferenciar á solas con Hernán Pérez en medio del campo. Este vino en ello sin dificultad; y señalado el sitio, se dirigieron á éste los dos caudillos á pie, desarmados y sin más distintivos que las espadas al cinto, arma que no &abandonaba la más un caballero de aquellos tiempos.

Después de haber hablado á solas, los dos Jefes resolvieron que fingirían someterse á la decisión de los Cabildos de Tunja y Santafé; pero la verdad era que Hernán Pérez se dió sus trazas de ofrecer á Lebrón un arreglo pecuniario, comprándole á precios fabulosos los negros esclavos que llevaba ( que fueron los primeros que vinieron al Nuevo Reino y causaban el mayor asombro á los Indios), las caballerías, las semillas y mercaderías españolas, lo cual le dijo que le produciría una cuantiosa suma, capital que le serviría para retirarse dela vida pública y vivir de sus rentas en donde quisiese. (5 ) y así lo hizo Lebrón: aceptó la sentencia adversa á sus pretensiones que dictaron los Cabildos, y á pocos días regresó á Santa-Marta, cargado de oro y esmeraldas, y de allí pasó á Santo-Domingo, en donde acabó su vida, " bien acrecentado de caudal, dice Piedrahita, y libre de los bajíos en que los gobernadores peligran con el mando y la codicia."

 

IV

 

Una vez arreglado aquel asunto con Lebrón, Hernán Pérez se ocupó activamente en preparar una expedición en buscdel Dorado, de que tánto hablaban los expedicionarios de Federmann y los de Belalcázar.

Pero con el Objeto de no dejar atrás ningún peligro de alzamiento de los naturales, resolvió mandar matar al último Zaque de Tunja y á varios capitanes y  caciques de los Indios, que se decía tomaban una conspiración para sublevarse. Aquímenzaque era joven, inteligente, y se había convertido sinceramente al cristianismo, según dicen los cronistas; pero su persona era grandemente respetada por sus súbditos, de manera que Hernán Pérez vivía temiendo que lograran al fin unirse bajo las órdenes del Zaque, y si atacaban todos juntos á los Españoles, sin duda acabarían fácilmente con éstos.

La historia no dice si Gonzalo Suárez Rondón favoreció ó aconsejó aquel crimen de lesa-humanidad; es posible que no fuera culpado, pues no se registra de él ninguna acción cruel, ni ,su nombre suena en la desapiadada hazaña de Hernán Pérez ; pero tampoco mencionan los cronistas el nombre de Rondón con el de los Capitanes Olalla y Venegas, que intercedieron por los míseros indígenas para que no les diesen muerte, y aunque sus suplicas fueron vanas, la historia les honra por los esfuerzos que hicieron.

Una vez quitado aquel riesgo, Hernán Pérez se puso en marcha por la vía de los llanos, y dejó como Gobernador interino á Gonzalo Suárez Rondón, á quien le tocaba, por ser justicia mayor del Nuevo Reino de Granada.

Subyugados por completo y profundamente afligidos con la muerte de sus caciques y caudillos, los indígenas parecían resueltos á guardar paz duradera; pero la rapacidad de uno de los encomenderos de Tunja les exaspero tánto, que todas las tribus de la provincia se sublevaron de repente, á poco de haber partido Hernán Pérez. ¿ Acaso la acusación que se le hizo al Zaque tendría un fondo de verdad, y sería cierto que tenía yá tramada la conjuración contra los españoles cuando le mataron? Algunos de sus propios súbditos le acusaban, pero generalmente se ha pensado que aquello no era sino un pretexto de Hernán Pérez para llevar á cabo su proyecto, y que sus acusaciones eran simuladas. '¿y qué sabemos si con aquella cruel acción los Españoles no hicieron sino defenderse? Es cierto que nos conmueven hondamente las desgracias de los dueños de la tierra; mas siempre, en todos los tiempos y en todas las épocas, los invasores y conquistadores han cometido actos sanguinarios, cuando es cosa averiguada que la vía de la clemencia es mucho más segura que la de la fuerza brutal. ¿Pero qué entendían de misericordia ni de paciencia aquellos fieros conquistadores? Ellos  se defendían como podían, y derramaban sangre, porque creían ser esa la única manera de hacerse temer y respetar.

Rondón sin embargo, era muy astuto, y creyó ganar más partido entrando en arreglos con los caciques más poderosos que atacándoles con las armas en la mano. Una  vez que notó que la sublevación era tan general que pocos pueblos habían permanecido fieles a los Españoles en toda la provincia de Tunja, envió primero uno de sus más valiente Jefes al Cacique de Ocabitá, el cual se presentó desarmado en el campamento indígena, y habló al Cacique con tánta dulzura y benevolencia, que éste se rindió con la condición de que no se trataría de vengar la muerte del encomendero que había sido asesinado (6 ) por los indios en castigo de su rapacidad, y que en adelante mandarían encomenderos, que se contentaran con tributos moderados y fuesen menos codiciosos. Con esto quedó pactada la paz, y tras del de Ocabitá se entregaron los demás sublevados de la provincia de Tunja, la cual se sometió desde entonces y para siempre al yugo español.

Gobernaba Gonzalo Suárez, según parece, á contentamiento de muchos, aunque se manifestara enemigo de conquistas sanguinarias; y cuando trabajaba para que adelantase la colonia que se le había encomendado, tuvo noticia, al empezar el año de 1543, que subía al Nuevo Reino otro Gobernador, nombrado, expresamente por el Rey, y cuya autoridad era tan legítima que no se le podía negar obediencia. Venían con éste algunos conquistadores que habían bajado á la Costa por estar descontentos con el gobierno de Rondón, según refiere Piedrahita, aunque este historiador no dice el motivo. Seguramente el descontento consistiría en que les impidiera cometer injusticias con los indígenas de sus encomiendas; pues, como hemos dicho, Gonzalo Suárez no tiene sobre su nombre mancha ninguna de crueldad: era un verdadero caballero, y siempre manifestó en sus actos una patente nobleza de hidalgo.

El nuevo Gobernador era nada menos que el competidor de Quesada, el tipo más completo del ambicioso de mala ley, que no se paraba Jamás en medios para tratar de lucrar y contentar su desmedida pasión de oro é insaciable codicia. Don Luis Alonso de Lugo traía una lucida expedición de España, abundantes mercaderías y frutos europeos, caballerías, y ganado vacuno, todo lo  cual le produjo una fortuna, á pesar de haber perdido gran parte de ella en un viaje muy largo y penosísimo. Apenas tuvo noticia Rondón de que se acercaban compatriotas por medio de los cerros que demoran del otro lado del Opón, y que venían muertos de hambre y enfermedades,   después de un año de marcha por los lugares mas agrios y desapacibles de la serranía, cuando inmediatamente mandó baquianos á que les llevasen recursos y guías para que les señalasen los caminos. Por toda la vía, --dice Piedrahita,--hizo que levantasen chozas en que se hospedasen los viandantes, en donde encontraban mesas abastecidas con los mejores alimentos de la tierra : venados, conejos, tórtolas y perdices, grande abundancia de pan de maíz, de yucas y batatas para los soldados, y bizcochos de trigo para el Adelantado Lugo y “gente lustrosa" que, venía con él, a quienes, entre otras delicadezas, agrado mucho hallar jamones tan buenos como los de España, hechos en Tunja y Santafé.(7 )

Llego Lugo á Velez  con treinta caballos de los doscientos con que había emprendido marcha, y setenta y cinco soldados de los trescientos que tenía al empezar la jornada: ¡ tánto habían sufrido en el camino!

Rondón fué á recibirle personalmente con señales de consideración y cariño, en memoria de su padre, D. Pedro Fernández de Lugo, bajo cuyas ordenes habían militado juntos en la Gobernación de Santa-Marta. Entrególe además el mando del Nuevo Reino, y todos los Capitanes le hicieron pleito homenaje como al representante del Rey de España.

Pero no convenía á Lugo que aquellos conquistadores le considerasen amigo suyo, pues su intención era arrancarles cuanto habían ganado en los años que habían pasado en aquel Nuevo Reino; así fué que rechazó con semblante severo y altivo los amables ofrecimientos y atenciones de los que le salieron a recibir;  y como éstos le manifestaron su sorpresa y disgusto, él fingió llegar muy enojado con las noticias que habían recibido de su conducta y del manejo cruel que habían  tenido para con los indígenas.

Apenas se posesionó del mando el Adelantado, mandó levantar sumarios contra los Conquistadores, anuló los repartimientos de encomiendas que los Quesadas habían hecho, y declaró "que tomaba posesión de todas ellas mientras no se hiciesen nuevos repartos. Sabiendo que Gonzalo Suárez poseía grande influencia en el país y era el más rico de todos los Conquistadores, le mando prender y encadenar, y con él a todos sus amigos y parciales, contra quienes fulminó procesos y causas criminales.

Apremiado por sus compañeros para que procurase poner algún alivio a sus desgracias; yá que su orgullo no le permitía hacer esfuerzos para defenderse, Gonzalo Suárez al fin hizo saber á Lugo que si continuaba en sus tropelías, le podían costar caro, porque no faltarían amigos en España  que Pusiesen quejas de su conducta ante Carlos V, y que no creyesen que los conquistadores estaban tan desamparados de parientes, que algunos de ellos no tuviesen en la corte personas que fácilmente se hiciesen oír del Rey. Además, Rondón dispuso que Lugo tuviese conocimiento de una real cédula que Gonzalo Jiménez de Quesada había obtenido del Emperador, en la cual ordenaba que ninguno de los Gobernadores que pasen á Indias despojase á los Conquistadores de sus primeros repartimientos.

Semejantes amenazas enfurecieron á Lugo sobremanera, y aunque aquello le obligó á reportarse en sus actos contra algunos de los Conquistadores, arreció su enemistad hacia Rondón y resolvió perseguirle hasta dejarle en la miseria: mandó rematar todos sus bienes, y arbitrariamente puso en tormento á su cuñado Pedro de Loaysa; casado con doña María Suárez Rondón (8 ), á quien apretó tánto en el tormento, que al fin dijo y declaró cuanto les dañaba.

Entre los tesoros que poseía Rondón los cronistas mencionan una esmeralda tan grande como un  pomo de espada, de la cual se apoderó el Adelantado, y se aseguró que era la más bella de cuantas tenían los Indios. ¿ Qué fué de ella? ¿En dónde ha venido á parar? Quizás se hallará entre los tesoros del Rey de Sajonia en el museo de Dresden, en donde se señala una colección de hermosísimas esmeraldas regaladas por un rey de España á aquel monarca. Probablemente Lugo dispondría de las mejores joyas que arrancó á los Conquistadores, á su regreso á la Corte, y las más valiosas llegarían á manos del Emperador. Sería curioso conocer las vicisitudes de aquélla famosa esmeralda, desde que los indígenas la arrancaron de la tierra hasta el día de hoy.

Lugo mantuvo en prisiones al Conquistador de Tunja durante nueve meses, y aunque le había quitado cuanto poseía, le obligaba á pagar treinta pesos de oro diarios para obtener algunas comodidades! Al fin, cuando comprendió que Rondón yá no poseía nada propio, ni sus parientes y amigos tenían más que prestarle, resolvió abrirle las puertas de la cárcel y ponerle en libertad. Deseaba verle pobre y humillado y gozarse en su miseria, para vengarse de las amenazas que contra él había proferido. Lugo no era hombre sanguinario naturalmente, y atormentaba á los que poseían bienes, de fortuna sólo con el objeto de quitarles lo que tenían, en provecho propio.

 

V

 

Entre  tanto Hernán Vélez de Quesada había regresado del desdichado viaje  que hizo en busca del ilusorio Dorado, y habiendo salido hasta la provincia de los Pastos y encontrándose con un hermano menor, Francisco (9 ), volvió con éste al Nuevo Reino al promediar el año de 1543. Apenas tuvo noticia Lugo del arribo de los Quesadas, cuando les mandó encarcelar y seguir causa criminal, como había hecho con los otros Conquistadores. Pero éstos, menos sufridos que Rondón, movieron todas sus influencias y levantaron declaraciones secretas contra Lugo, las cuales lograron mandar á España subrepticiamente con algunos Oficiales reales, á quienes Lugo había tratado de atropellar para arrancarles los |quintos del rey que ellos custodiaban.

El Adelantado tuvo, sin embargo, noticia de aquel hecho, y como no se atreviera á vengarse públicamente en los Quesadas, que eran muy respetados y queridos en la Colonia, permitió que sus parciales dieran muerte dentro de la cárcel á un desgraciado escribano que se había prestado á dar testimonio contra él, aunque aseguró no haber dado orden alguna de que le matasen. En seguida resolvió abandonar su gobernación y pasar á la Corte, con el objeto de llegar inmediatamente después de los que llevaban las declaraciones contra él. Tenia seguridad de poder cohechar, con los inmensos caudales que llevaba consigo, á cuantos jueces trataran de juzgarle, y con el fruto de sus robos escandalosos hacerse de amigos é influencias en la Corte, de manera que no permitiesen llegar el eco de las quejas de los colonos á oídos del Emperador.

Pero antes de partir desterró del Nuevo Reino á los Quesadas y les obligó á que saliesen de él inmediatamente, y además, para no dejar ningún enemigo influyente atrás, aprehendió de nuevo á Rondón, y aherrojado, le hizo meter en un bergantín en el Magdalena y bajar en su compañía hasta Santa-Marta. Según Piedrahita, Lugo tenía esperanzas de que el conquistador de Tunja perdería la vida en aquel penosísimo viaje, por climas malsanos y careciendo hasta de las menores comodidades; pero no lo logró, si esa fué su intención, pues éste llegó á Santa-Marta sin novedad alguna, yá entrado el año de 1545. En aquel puerto Lugo compró un buen navío para embarcar sus tesoros, y aun no satisfecho con sus riquezas fué costeando por las orillas del mar, llevando consigo á su prisionero, en solicitud de las pesquerías de perlas, y apoderándose de cuantas halló á mano durante el tránsito.

Pero la suerte no le fué siempre igualmente propicia. Habiendo llegado al Cabo-de-la-Vela, en donde había un pequeño caserío en aquel tiempo, supieron los vecinos del lugar que llevaba preso á Rondón, á quien conocían y estimaban mucho, y resolvieron hacerle soltar la presa. Arremetieron, pues, una madrugada a Lugo, armados con lo que pudieron hallar á mano, y pidieron al Adelantado que soltare al preso. Como aquel se negase á ello, los amigos de Rondón quitaron el timón y las velas al buque é hicieron saltar á tierra á la tripulación. Asustado Lugo con aquello y temiendo perder sus tesoros, no solamente Puso en libertad al Fundador de Tunja, sino que devolvió, como se lo exigieron, las perlas pertenecientes á las arcas reales que  había salteado, en cambio del timón y demás arreos que le habían quitado, y embarcándose apresuradamente con sus marineros, se hizo á la vela con dirección á la isla Española, en donde pensaba hacer escala antes de seguir para Europa. (10)

En el Cabo-de-la-Vela Rondón encontró al Obispo de Santa-Marta, Fray Martín de Calatayud ( que aguardaba allí una embarcación para ir á su Diócesis), el cual acogió con mucho cariño, le llevó á su posada y le proporcionó recursos, que yá no tenía ninguno el antes poderoso conquistador  de Tunja. Cuenta el cronista Castellanos (aunque ningún otro historiador refiere el lance) que estando en el Cabo-de-la-Vela nuestro conquistador; aguardando una embarcación para pasar á Cartagena á pedir justicia al Visitador Armendáriz que acababa de llegar a aquel puerto, los vecinos se le acercaron llenos de pavor á decirle que se aproximaban á aquel punto las embarcaciones de un pirata francés que el año anterior había cometido mil crueldades en" esas costas. Como aquel miserable caserío no tenía armas con qué defenderse, ni fortaleza en donde guarecerse, empezaban los vecinos á poner pies en polvorosa, cuando Rondón les detuvo, diciéndoles que él se daría sus trazas para impedir que los piratas les hiciesen mal alguno. Aseguróles que no tocarían el tan pobre caserío, sino para hacerse de agua y recoger las perlas que pudieran,  y que de seguro los principales buques continuarían su marcha, enviando al Cabo-de-la-Vela apenas algún barco de menor tamaño pobremente tripulado. El desalentar á éste, dijo, no sería muy difícil empresa; así, pues, juntó prontamente los pocos Españoles que había en el lugar, que apenas alcanzaban á sesenta; á veinte de éstos hizo montar á caballo y les desplegó sobre la playa, los de adelante bien armados, y los otros llevando en las manos algunas adargas viejas que de lejos parecían sanas. Reunió, además, á los Indios y á los negros de la granjería, que llegaban hasta trescientos cincuenta, á los cuales puso en actitud de batalla con arcos y flechas unos, y otros armados con varas largas que podían parecer lanzas, y aguardó á que se acercase la carabela, que los piratas habían destacado de la flotilla.

Sucedió como lo había pensado nuestro Conquistador. No bien hubieron notado los piratas que iban en la embarcación los aprestos bélicos de los habitantes del Cabo-de-la-Vela, cuando se detuvieron al entrar en el puerto, y después de consultarse entre sí izaron bandera blanca. Rondón contestó de la misma manera, y ocultando detrás de las casas á los que no estaban bien armados se adelantó con los demás á recibir á los piratas, á quienes sin duda hablaría en su lengua, pues debió de haberla aprendido en los largos años que militó en los ejércitos del Emperador, visitando gran parte de Europa. Después de una corta conferencia con el caudino de los Franceses, permitió que saltasen á tierra algunos de los piratas (cambiando rehenes), con el objeto de que negociasen con los pobladores del lugar las mercaderías extranjeras que llevaban, por las perlas y alimentos que necesitaban, y al cabo de algunas horas de permanencia en tierra, sin hacer daño alguno, los piratas se volvieron á embarcar y fueron á incorporarse en la flotilla que hacía rumbo hacia las otras colonias españolas, en donde cometieron toda suerte de maldades y robos.

De esta manera Suárez Rondón salvó de la ruina y quizás dé la muerte á aquella población que le había amparado y acogido en su desgracia, de lo cual quedaron sumamente agradecidos sus pobladores y pasmados de su astucia y conocimiento del mundo.

Pocos días después de aquel acontecimiento aportó al Cabo-de-la-Vela, á tomar agua la nave |Capitana que enviaba en vía para Cartagena, la Audiencia  de Santo Domingo con los desterrados por el Adelantado Lugo, entre los cuales iban los dos hermanos de Quesada, á quienes se les había alzado la injusta sentencia.

Holgóse mucho Gonzalo Suárez cuando se encontró con sus dos amigos Hernán Pérez y Francisco Quesada, los cuales ofrecieron llevarle á él y al Obispo á Cartagena y á Santa-Marta en la embarcación en que iban. Pero sucedió, para su desgracia, que cuando quisieron hacerse á la vela, los vientos eran contrarios, y fué preciso aguardar en el puerto á que cambiasen.

Estando una tarde todos los pasajeros reunidos sobre cubierta en la |Capitana, jugando alegremente á los naipes, empezó á nublarse el tiempo, oscurecióse el horizonte, y la mar se hinchaba y suspiraba como si adivinase que se preparaba una tormenta. Los jugadores veían ya imperfectamente los naipes, y tenían que agacharse para distinguirlos, cuando de repente sin previo anuncio, rasgó el aire un terrible rayo que dejó ofuscada y aturdida á toda la tripulación con el estruendo. ... Cuando los sanos volvieron en sí, hallaron muertos á los dos hermanos Quesadas, rota una pierna á Rondón y herido en un brazo al Obispo; además, muerto un General Archuleta y dos marineros de la tripulación.

Yá se puede imaginar cuál no sería la consternación de los circunstantes con tan espantable suceso. Desembarcaron á los muertos con grandes demostraciones de dolor, dice Piedrahita, y les dieron honrosa sepultura en aquel triste caserío, y en seguida, yá con buen viento,  continuó su viaje la |Capitana, llegando pocos días después á Cartagena (no sin haber dejado al Obispo en Santa-Marta ), en donde Rondón se presentó á Armendáriz á pedir justicia, súplicándole revelara las sentencias fulminadas por él Adelantado Lugo y que se le devolvieran sus bienes injustamente embargados.

Armendáriz envió inmediatamente á Santafé á un joven sobrino suyo, Pedro de Ursúa, el cual se ocupó activamente en reparar el mal hecho por Lugo ; y Suárez Rondón no solamente recuperó todos sus bienes en el Nuevo Reino, sino que, habiendo puesto pleito á. Lugo en España, logró que éste le devolviese algo de los muchos tesoros que le había tomado violentamente.

Sin duda nuestro Conquistador vivió desde entonces hasta su muerte, acaecida largos años después, entregado á los goces de su hogar y á la administración de las cuantiosas haciendas que tenía en Tunja, pues no volvemos á tropezar con su nombre en las crónicas contemporáneas sino una vez, que fué cuando se temió que el tirano Aguirre invadiese el Nuevo Reino. Entonces se dijo que había levantado una fuerza en Tunja, á cuya cabeza iba á  ponerse para atajar la marcha de  Aguirre, cuando se supo que éste habla sido muerto en el Tocuyo en 1561.

Gonzalo Suárez Rondón murió en Septiembre de 1579, en el mismo año que su caudillo Jiménez de Quesada. En su testamento del 14 de dicho mes, declaró que dejaba cuatro banderas y estandartes muy ricos que había traído de España, y otros pendones y estandartes, para que los pusiesen en la capilla que edificó en la iglesia parroquial de Tunja para su sepulcro, con rica capellanía de misas para el bien de su alma. Los estandartes debían sacarse en memoria suya todos los años, en la procesión del Corpus y reponerse cuando se acabaran... Aquellos hombres heroicos tenían tan firme creencia en lo porvenir, que mandaban desde su tumba y al través de los siglos que se diera culto á la divinidad en su nombre, y si ellos morían querían que su supiese que su FE vivía en sus herederos!

Rondón dejó de su matrimonio dos hijos: Miguel y Nicolás, y dos hijas: Marta  é Isabel. Miguel duró muchos años casado y no dejó sucesión; el segundo tuvo dos hijos varones que murieron solteros; una de sus hijas fue monja en la concepción de Tunja, y la otra casó con un Cristóbal Núñez de la Cerda. Así, pues, según el nobiliario de Ocaríz, Rondón no dejó hijos legítimos de su nombre en el Nuevo Reino de Granada, ni hay quien realmente lleve sangre suya en sus venas.

Este conquistador es uno de los pocos cuyo nombre jamás fue manchado con sangre inocente, y su memoria debe guardarse como la del tipo del caballero digno de los más honrosos recuerdos.

 

 

(1 ) Otra sería la orden de caballería que le concedió don Sancho, porque, aunque pese á la tradición. los caballeros de la Banda no fueron instituidos sino en 1330 por don Alfonso XI de Castilla.
(2 ) " Diéronle privilegios para sí, sus hijos, nietos, biznietos y sus herederos que de él viniesen y á sus amos y amas ( que son ayos y nutrices ó madres de pecho), mayordomos, caseros, vaqueros, porquerizos, boyeros, criados y otros sus paniaguados, librándoles de todos pechos (tributos) y á las heredades que tenía, para que ellos no corten ni carguen leña contra su voluntad," &c--NOBILIARIO de Ocariz--Arbol tercero.
(3 ) Piedrahita--Parte I.--Libr. VIII,--Cap.VI.—Pág. 334.
(4 ) Véase Piedrahita-Parte l.a-Lib. VIll-Cap. VI
(5 ) Rodríguez Fresle --CONQUISTA y DESCUBRIMIENTO DEL NUEVO REINO.
(6 ) Mateo Sánchez Cogolludo.
(7 ) Yá para entonces se habían propagado y abundaban los cerdos que había introducido Belalcázar en el Nuevo Reino, en 1539.
(8 ) Cariz la llama |María y Piedrahita |Catalina. Pedro Vásquez de Loaysa fué conquistador de los de Belalcázar, soldado de Arias Maldonado. Era natural de Málaga, y no se sabe si cuando vino al Nuevo Reino yá era casado con la hermana de Rondón, ó si se enlazó con ella cuando el conquistador de Tunja trajo al Nuevo Reino á su familia.
(9 ) Francisco Quesada, hermano de Gonzalo y de Hernán Pérez de Quesada, había pasado al Perú con Almagro; pero, sin duda, poco había ganado en aquellas conquistas cuando se unió á la desastrosa expedición de su hermano y regresó con éste al Nuevo Reino de Granada.
(10) Piedrahita.—Pág. 421.

 

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