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GONZALO JIMENEZ DE QUESADA.
(CONQUISTADOR DEL NUEVO REINO DE GRANADA).
I
Dicen algunos historiadores que Gonzalo Jiménez de Quesada nació
en Córdoba, y otros aseguran que en Granada, de 1496 á 1500. Su
padre, que se llamaba Luis Jiménez de Quesada, era de familia
originaria de Baeza, pero nacido en Córdoba, de donde, sin duda,
viene la equivocación de que Gonzalo nació en aquella ciudad,
cuando lo más probable es, como lo veremos adelante, que el lugar
de su nacimiento fuese Granada. Su madre, de la misma familia, se
llamaba Isabel de Rivera Quesada. Según Ocariz, nuestro
Conquistador era el mayor de tres hermanos y una hermana : Melchor,
que fué clérigo y permaneció en la patria ; Hernán Pérez, que vino
con Gonzalo é hizo un gran papel en la historia de la conquista;
Francisco, que había acompañado á Pizarro al Perú, y Andrea, casada
con un Coronel Oruña, que servía en los ejércitos de Carlos V en
Italia. Hija de esta fué María de Oruña, casada con un Capitán
Berrío, el cual heredó los bienes de Quesada, " y aún se
conserva, dice Acosta, (1 ) en Bogotá descendencia de sus
deudos." Después de la conquista de Granada, nevada á cabo
por los Reyes Católicos en 1492, se había establecido en aquella
ciudad un tribunal especial que se ocupaba en juzgar las causas de
los moros, y entre los jueces fué nombrado el Licenciado Luis
Jiménez de Quesada. Es, pues, natural que Gonzalo naciera en
Granada y no en Córdoba, tanto más cuanto el nombre de Santafé que
puso á la primera ciudad que fundó, y el de Nuevo Reino de Granada
al país entero, probaría también que lo hiciera para recordar a su
patria.
El primogénito del Juez de Granada siguió la carrera de su
padre: estudió derecho y hacia parte de la Cancillería real, cuando
fué nombrado Auditor y Justicia Mayor en la expedición que debía
pasar á Santa-Marta, bajo mando del nuevo Gobernador de aquélla
provincia, don Pedro Fernández de Lugo. Esta expedición llego a
Santa-Marta a mediados de Diciembre de 1535. Inmediatamente el
Gobernador se ocupó en mandar expediciones por diferentes puntos,
con el objeto de hacerse á riquezas y descubrir nuevas tierras. Don
Pedro Fernández traía á su hijo, joven petimetre y cortesano, en
calidad de su lugarteniente, el cual debía gobernar en su nombre en
caso de enfermedad ó de muerte del Gobernador. Pero sucedió que
este joven amaba más las riquezas que su honor y el de su padre, y
más sus comodidades que la estimación de los demás; y así cuando
tornaba á la ciudad, de vuelta de una expedición, en la cual había
recogido mucho oro, con el que el Gobernador contaba para atender á
las necesidades dela Gobernación, en lugar de entrar en Santa-Marta
se le ocurrió alzarse con todo aquel oro, y sin pérdida de tiempo
meterse en un barco que se apercibía para hacerse á la vela con
dirección á España.
El joven don Luis de Lugo era muy diestro en la Corte, y no
temió desacreditar su nombre, porque sabia que con el oro que
llevaba podía cohechar á los jueces. Don Pedro Fernández se indignó
sobre manera con, la conducta de su hijo, y escribió pidiendo al
Rey que juzgara al delincuente y le condenase á muerte. Pero con
razón no temía don Luís las consecuencias de su escandaloso robo:
tenía protectores tan eficaces, que poco después volvió
tranquilamente á la Corte; siguió gozando del fruto de su rapiña,
y, lo que es mas, como veremos después, obtuvo la gobernación de
las tierras descubiertas por otros. ¡ Tan cierto es que entonces,
como ahora, toda mancha se puede lavar entre cortesanos con
oro!
Después de un suceso tan desagradable, don Pedro Fernández,
afligido y avergonzado, procuró distraer á. la gente que tenía bajo
sus órdenes y quiso preparar con tal objeto una expedición que le
hiciese ganar no sólo oro, sino gloria, pues las noticias de la
conquista del Perú tenían agitados los ánimos de los soldados; no
querían ser menos gloriosos que los compañeros de Pizarro y
anhelaban, como ellos, por que sus nombres repercutiesen por el
orbe. Después de haber estudiado lo que se decía de las tierras que
demoraban al interior, resolvió don Pedro enviar una tropa
expedicionaria por las orillas arriba del río Magdalena,
En cuyas cabeceras era fama que se encontraba una rica y
poderosa nación. El llamado a encargarse de esta jornada hubiera
sido don Luis, si su conducta lo permitiera; pero estando éste
ausente y deshonrado, era preciso encomendarla á otra persona de
toda confianza.
Como entre los hombres de espada habían llegado a Santa-marta
con don Pedro Fernández, se encontraban varios cuyos méritos eran
iguales, y no se podía agraciar á uno sin ofender á otros, el
Gobernador dió una señal de que poseía en alto grado el dón del
conocimiento de los hombres, cuando se fijó, no en un hombre de
guerra, sino en uno de pluma" pero valiente, robusto,
popular en el ejército, de genio conciliador y que gozaba de toda
su estimación: éste era Gonzalo Jiménez de Quesada. Reunido el
consejo de Jefes, -entre los cuáles tenían un lugar elevado los
religiosos encargados de atender á los conquistadores con sus
consejos espirituales y de catequizar á los indígenas, - el
Gobernador les notificó que tenía previsto para Jefe de la
Expedición á su Justicia Mayor, hombre muy cabal y muy de su
confianza; (2 )
nombramiento que, sin duda, fué bien recibido por todos.
II
La expedición acaudillada por Gonzalo Jiménez de Quesada salió
de Santa-Marta el 6 de Abril de 1536.
Quesada rayaba en los cuarenta, años entonces: no era muy alto,
pero fuerte y ágil, audaz y, parco en la guerra, sufrido y paciente
en los trabajos, atento y comedido con sus soldados, pero rígido
por extremo cuando la disciplina lo demandaba así,: .si fue injusto
y cruel algunas veces no lo fue por temperamento sino acaso por que
lo creyó necesario, según las costumbres y las ideas de su tiempo.
Es muy difícil, por no decir imposible, juzgar de las acciones de
los hombres de un siglo tan lejano, cuando vivían en un medio que
nosotros comprendemos yá, como ellos no entenderían tampoco lo
bueno y lo malo de nuestra actual civilización. Si el idioma era el
mismo que hablamos hoy día, el giro del entendimiento no era igual,
y á medida que vamos abarcando nuevas Ideas y desarrollando nuevos
sistemas, perdemos la noción de lo que eran aquellos tiempos. Es
locura Pretender juzgarlos con el termómetro que sirve para medir
nuestra actual temperatura moral.
Con Quesada iba un hermano suyo, Hernán Pérez, con el destino de
Alguacil Mayor, que se tenia por segundo puesto en el ejército, á
Imitación de lo que usaban los Reyes moriscos de Granada.
" Hernán Perez era, dice Piedrahita, (3 ) hombre de buena y robusta presencia,
agradable sobre encarecimiento á cuantos le trataban; templado en
las cosas prósperas y sufrido en las adversas; de costumbres
populares para gobernar hombres y de notable destreza en regir un
caballo ; pagábase de la lisonja, y aun comprábala, porque su
inclinación le arrastraba al aplauso: su liberalidad parecía más de
príncipe que de particular &c."
El ejército, comandado por Capitanes de primer orden, avezados á
la guerra (habían servido algunos de ellos en los ejércitos de
Carlos V), constaba de setecientos hombres y ochenta caballos que
emprendieron marcha por tierra, y doscientos soldados y marineros
que se embarcaron en lanchas por el río Magdalena. En tanto que la
flotilla de la expedición partía para ir á buscar las bocas del
mismo río y entrar por ellas para remontar la corriente, Quesada
con su tropa se internó, después de dar vuelta á la Ciénaga por
medio de las tierras y montañas que habitaban los indios Chimilas,
raza feroz é indomable que dió que hacer muchos anos a los colonos
de Santa-Marta.
Según la costumbre do aquellas expediciones, las tropas
conquistadoras llevaban en pos suya
|recuas de indios
cargueros que hacían las veces de acémilas, pero á quienes el
Adelantado Quesada trataba, según parece, con mucho menos crueldad
que otros Españoles. A pesar de esto los indios se fugaban en todas
las paradas, y había que ir a los vecinos caseríos en busca de
otros. Cuéntase (4 )
que, habiendo un día salido á enganchar cargueros en los
alrededores del campamento, los baquianos lograron apoderarse de
unos pocos que sorprendieron en sus casas, á quienes echaron la
carga de los que se habían fugado. A poco andar se presentó una
india desgreñada y afligida, y atravesando por enmedio del
ejército, sin manifestar temor, se fué á arrojar llorando en brazos
de un mocetón recién cautivado. Preguntó el Adelantado á los
intérpretes qué significaba aquello, y le contestaron que la india
llorosa era una madre que venía á constituirse prisionera para ir
en compañía de su hijo. Enternecido el caudillo, mandó que
desataran. al momento no sólo al indio recién apresado, sino á
todos los que habían cogído en el pueblo, en premio de la noble
acción de la buena madre. "Aseguraba el Licenciado (añade
Acosta) que en el curso de su larga vida, llena de vicisitudes,
jamás pudo olvidar la mirada expresiva de gratitud profunda que
aquella sencilla mujer le había dirigido al desaparecer con los
suyos en las selvas."
Siguiendo la jornada por aquellas tierras intransitables,
pasaron con dificultad un río llamado Ariguaní, en donde se ahogó
parte del equipaje, y atravesando una población indígena en la que
fueron bien recibidos (Chiriguaná), perdieron los guías en las
montañas, cerradas más lejos, y gastaron ocho días hasta las
lagunas de Tamalameque. En aquel lugar los indios guardaban aún
frescos los recuerdos de Alfinger, y salieron á defender la
población con denuedo; pero al fin se sometieron. Resolvió Quesada
descansar allí con su tropa, en tanto que mandaba al río Magdalena
á averiguar si la flotilla había llegado al ¡lugar dela cita.
Volvieron los mensajeros con la triste nueva de que la flotilla no
existía. La mayor parte de las embarcaciones habían naufragado en
las bocas del río, y los hombres que arribaron á tierra fueron
víctimas de las flechas de los indios ó de la voracidad de los
caimanes que abundan en aquellos parajes; los otros barcos,
impelidos por las olas y las brisas, fueron á parar á Cartagena, en
donde; encontrando gente del Perú, algunos se engancharon con ella
; como que algunos subieron después al Nuevo Reino por la vía que
tomó Belalcázar.
Sólo el famoso Luis de Manjarrés, con Cardoso, Ortún Velasco y
otros que permanecieron fieles á Quesada, se volvieron á
Santa-Marta, y alistando otra flotilla bajo el mando del Licenciado
Gallegos, al cabo de largos meses se reunieron á aquél en las
orillas del río Magdalena. Este río estaba pobladísimo en la parte
baja, y fué preciso librar con frecuencia reñidos combates á los
indígenas. que salían á detenerles el paso, á veces hasta en dos
mil canoas, (5 ) que
rodeaban las embarcaciones de los Españoles como una nube de
moscardones. Cuando se juntaron las dos expediciones, la de tierra
y la de mar, en Sompallón, eran tántos los trabajos que habían
sufrido por tierra y por agua, que muchos se reunieron para
suplicar al Adelantado que desistiese de la empresa; pero este, en
unión del Capellán, el Padre Domingo Las Casas (primo del famoso
Obispo de Chiapa) y de todos los Oficiales, que eran valientes á
toda prueba, logró al fin persuadir á los descontentos de qUe
devolverse antes de haber empezado siquiera la jornada sería
desacreditarse, y ganarse la fama de cobardes, nota impropia del
nombre español.
Emprendieron, pues, camino denodadamente, los unos por tierra y
los otros por agua. Los de tierra iban precedidos por un batallón
de
|macheteros, á órdenes del Capitán Gerónimo de Inzá,
rompiendo por medio de la montaña cerrada que jamás había pisadosér
humano, pues los indios andaban siempre por el río en canoas.
Aquellos bosques tropicales, enmarañados, en los cuales crecían
apiñados árboles, espinos y plantas trepadoras, en tanto que se
veían troncos derribados unos sobre otros y formando espesos muros,
estaban enteramente plagados de animales nocivos al hombre: arañas,
cien-piés, gusanos, alacranes, serpientes, sin contar con los
tigres, los jabalíes, los asquerosos mapuritos, y los murciélagos y
mosquitos que se cebaban en la sangre de muchos desgraciados.
Sucedía á veces que gastaban ocho días en abrir una senda que el
ejército transitaba en pocas horas;
" Los que caminaban por tierra (dice Zamora) iban
despedazados los cuerpos y los vestidos entre las espinas y
ramazones, picados de los tábanos, seguidos de innumerables
ejércitos de zancudos, jejenes y rodadores, cuyas lanzas, llenas de
quemazón y ponzoña, no tienen resistencia; guareciéndose debajo de
los árboles para defenderse de las tempestades con sus hojas,
comiendo de las frutas y raíces silvestres, de que enfermaron los
más, y muriendo muchos comidos de tigres y picados de culebras.
Pasaban á nado los ríos y esteros de las lagunas que desaguan en el
de la Magdalena. Los que lo navegaban eran atemorizados de feroces
y carniceros caimanes y seguidos de indios flecheros, que por
instantes les rodeaban con gran numero de canoas; y de noche,
asombrados con oscuras tempestades, rayos y truenos, tan espantosos
como son los que en todos tiempos experimentámoslos que hemos
navegado este famoso río."
Afligidos con enfermedades propias de aquellos climas, cubiertos
los cuerpos de llagas, cojos unos, ciegos otros, y desesperados, al
ver que el camino se alargaba indefinidamente y en lugar de mejorar
crecían los males, permitían algunos que pasasen adelante sus
compañeros, y ellos se dejaban morir debajo de algún árbol. Los
tigres se hablan vuelto tan atrevidos, que sacaban á los míseros
Españoles de entre sus hamacas. Entre otros sucedió esto, con un
soldado llamado Juan Serrano. En una noche tempestuosa le oyeron
pedir lastimosamente socorro, porque un tigre le arrebataba de su
hamaca; acudieron sus compañeros con espadas y lanzas á defenderle,
y el tigre, que yá se le llevaba, le soltó, sin haberle hecho mayor
mal:
" Pero de la manera que conejo
Que suelta de los dientes perro viejo." (6 )
El infeliz, que temblaba de espanto, suplicó que le subiesen la
hamaca más en alto. Pero acaso el tigre, yá cebado, estaba resuelto
á cenárselo, porqué cuando se levantaron los Españoles á la mañana
siguiente, encontraron vacía la hamaca de Serrano. En contorno
vieron los rastros del tigre, el cual, sin duda, aprovechándose del
fragor de los rayos y el estruendo de los aguaceros, había logrado
apoderase de su presa, sin que los demás oyesen los gritos de
angustia.
Como el campamento estaba aquella noche aciaga á orillas de un
río, lo bautizaron con el nombre del soldado, el que aún
conserva.
Los macheteros, encargados de abrir las sendas, romper el monte
y vadear los ríos, eran los que más sufrían, muriendo muchos de
ellos de picaduras de culebras, del golpe de los árboles que al
caer les cogían debajo de los dientes de los caimanes, ó ahogados
enlas corrientes al esguazar los ríos, como sucedió con un
valiente soldado llamado Juan Lorenzo.
Además de todas estas penalidades, acometíales á veces otra, que
les hacía sufrir horriblemente: el hambre, la falta completa de
alimentos sanos. Por dos veces los hambreados descubridores mataron
caballos para comérselos; pero Quesada supo atajar este mal con
tiempo, prohibiendo bajo pena de muerte que comiesen carne de
caballo, y Jurando que cualquiera que lo hiciese sería ajusticiado
en el momento. El caballo era la defensa más poderosa que llevaban
consigo los Españoles, después de las armas de fuego. Nada
espantaba tanto á los aborígenes como un caballo: pensaban que el
jinete y el animal formaban un solo cuerpo, y aquello les causaba
el terror más grande.
III
Después de caminar ocho meses consecutivos, apenas habían
adelantado poco más de ciento cincuenta leguas. Al fin llegaron á
un sitio llamado de la Tora, que los Españoles llamaron Barranca-
Bermeja, ( 7 ) en
donde encontraron un caserío y abundantes sementeras que
desampararon los indígenas á la llegada de aquellos. Pareció á
Quesada que aquel punto era de fácil defensa, frente á dos islas
que dividen el río en cuatro brazos, y que el sitio era propio para
hacer alto, rehacerse y dejar descansar su tropa.
Pero mientras que el grueso del ejército tomaba alientos,
Quesada, para no perder tiempo, mandó que se adelantasen algunas
embarcaciones de descubierta por el río arriba. Veinte días duraron
ausentes los expedicionarios, al cabo de los cuales regresaron sin
haber encontrado cosa notable: dijeron que el río se prolongaba
hácia el Sur por medió de tierras iguales á las que habían
recorrido, con una monotonía desesperante, pero que en ninguna
parte se veían señales de las ricas poblaciones que les habían
anunciado.
Semejante noticia descontentó grandemente al Ejército, que trató
de amotinarse, queriendo obligar al Adelantado á que renunciase á
continuar la jornada. Hiciéronle presentes sus quejas, diciendo que
el seguir por aquella vía no era yá valor y constancia, sino
imprudencia y locura; que en la Tora estaban, peor que en ninguna
parte, puesto que las enfermedades les habían diezmado á tal punto,
que los vivos renunciaban á enterrar á los muertos y los arrojaban
al río; cebando con esto los caimanes, por lo que todo el que se
acercaba á la orilla, fuese á bañarse ó á lavar su ropa, era
sacrificado por aquellos anfibios repugnantes y voraces. Añadían
que, sin duda, á medida que subieran el río la situación sería
peor, y al fin perecerían todos en la demanda, sin haber obtenido
cosa alguna en bien del Rey y de España.
Pero ninguna de estas razones hizo mella en la firme voluntad
del caudillo, el cual dijo que estaba resuelto á continuar en la
empresa aunque fuera á costa de su vida; que más valía morir que
presentarse, derrotado por la cobardía, otra vez en Santa- Marta; y
que si después de pasar tántos trabajos, otros más valientes que
ellos, siguiendo sus pasos, lograban descubrir las tierras feraces
y llenas de oro que él sabía que existían más adentro, no había
duda de que los mismos que deseaban volverse le maldecirían por
haberles hecho caso. Con la elocuencia hija, de la verdadera
convicción, y con la astucia y habilidad de un abogado que se había
enseñado á defender aun las peores cansas en los estrados, Quesada,
empleando prudentes palabras, sin manifestar cólera ó disgusto
siquiera, desbarató todos los argumentos que le presentaban los
descontentos, y después de oírles á todos, supo persuadirles á que
con buena voluntad prosiguiesen en la marcha. " De nada
estaba tan ajeno el General, dice Piedrahita, como de volver paso
atrás en lo Comenzado: era hombre de espera. Ninguno como él caminó
por los espacios del tiempo hásta el centro de la ocasión; sabía
cuánto más había obrado la constancia española, que la cólera
impetuosa de otras naciones."
Pero en lo que sí opinó con los suyos, fué en que era tiempo
perdido continuar por el lecho del Magdalena, y resolvió abandonar
sus márgenes y seguir por las del Opón. A poco trecho los
gastadores del ejército encontraron una canoa que los indígenas
abandonaron, asustados con la presencia extraña para ellos de los
invasores. En la canoa encontraron algunas
|moyas de sal
blanca y ciertas mantas de algodón finamente labradas, y más lejos
unos ranchos repletos de otras
|moyas, lo que probaba que era
un depósito en el que debían de irse á proveer los naturales
comarcanos. Semejantes señales de civilización llenaron de alegría
á los descubridores, los que, trasmontando la serranía, en breve
vieron de lejos humaredas; multitud de caseríos más ó menos
extensos y muchas alegres y limpias sementeras.
Volviéronse los de la descubierta a dar aviso á Quesada de lo
que habían visto, y éste, entonces siguió con el grueso del
Ejercito los pasos de los
|macheteros. A poco andar noto que
el río Opón ya no era navegable para las embarcaciones que llevaba;
además, iban
Inválidos é inútiles ciento sesenta soldados que no servían sino
de estorbo. Eligiendo, pues, doscientos hombres entre los más
aguerridos y sanos para que se quedasen con él, devolvió los
enfermos ó inútiles á Santa-Marta cargo del Licenciado Gallegos y
de cuarenta hombres mas para defenderles en la vía. ¡ Quién
hubiera dicho á aquellos desgraciados que pocos sobrevivirían á su
viaje! Atacados por los indios a las orillas del Magdalena, que
les echaron a pique las embarcaciones, lograron sólo escapar
Gallegos y unos pocos Españoles, los que al fin llegaron á dar
triste nueva a Santa-Marta, en donde encontraron ya muerto al
Gobernador don Pedro Fernández de lugo.
Entretanto, Quesada empezaba a escalar las Sierras más agrias de
todo el país, sierras que, después de tres siglos y medio, se
considera imposible trasmontar á pié y mucho menos á caballo, y que
permanecen yermas y despobladas como entonces: "Espantan
las hileras de cerros empinados, destrozados y de formas raras é
imponentes, que denotan una cordillera intransitable y con la
vegetación pegada á las paredes verticales de sus moles. A la
izquierda se suceden otras hileras de montes cubiertos de bosques
intactos, mientras que á lo lejos la serranía de Armas levanta su
alta cumbre, rodeada de laderas que se pierden confundidas con las
selvas del Magdalena. Unas pocas familias indígenas que han sabido
conservar su independencia, son los únicos moradores de estas
regiones, vasto recipiente en que todo fermenta bajo el influjo de
un sol de fuego." (8 )
Iban subiendo los conquistadores los cerros, llevando
trabajosamente los sesenta caballos que les habían quedado (apenas
hablan muerto veinte durante el tránsito), y armados con arcabuces
mohosos y dañados por las lluvias caminaban llenos de brío y sin
acordarse de los peligros que les rodeaban. Después de pasar por
penalidades indecibles, que sería "demasiado prolijo
referir aquí, al fin llegaron á la cumbre de una cordillera que
dominaba campos extensos, limpios de montaña y cultivados con
abundantes sementeras de maíz, papas,
|arracachas, legumbres
y árboles frutales, salpicados de risueños caseríos y en clima
benigno y deleitoso.
Al ver aquella tierra de promisión, enternecido Quesada con la
misericordia de Dios para con él, se arrojó de rodillas y dió
gracias á la Providencia que le había permitido alcanzar á ver un
país que parecía abundante, rico de comidas y poblado. Es cierto
que no le quedaban sino ciento sesenta de los doscientos hombres
que hablan empezado la jornada desde el Opón : uno de ellos,
llamado Juan Duarte, estaba loco y nunca recobró el sentido, y un
caballo se le había despeñado; pero los demás, aunque flacos, se
conservaban en buen estado, y de los hombres, fatigados y
dolientes, muchos recobraron sus bríos cuado vieron que al menos yá
no les amenazaba el hambre, la peor de las desgracias para ellos,
porque les quitaba las fuerzas y e animo.
Asombrados los habitantes de aquellos valles con la extraña
aparición de los Españoles, quisieron impedir que entrasen en sus
caseríos; pero en breve se espantaron tánto con el ruido de las
armas de fuego y el aspecto aterrador para ellos de la caballería,
que resolvieron someterse á los que consideraban seres
sobrenaturales, enviados por la Divinidad para que les sirviesen y
amparasen; así les dejaban tomar lo que querían, y cuando les velan
pasar se arrojaban al suelo como delante de sus dioses.
Quesada, que era hombre prudente y suspicaz, y que, de otra
parte, no era aficionado á cometer crueldades, había dado las
órdenes mas estrictas para que ningún Español quitase cosa alguna á
los naturales, mandando que se les tratase con cariño, les
ofreciesen dádivas y no recibiesen nada de ellos sin el permiso
expreso del General.
¿Qué sería de nosotros, decía á sus oficiales, si esta
gente se propusiese asaltarnos ¿A tánta distancia de los nuestros ¿
quién podría vengarnos siquiera? No quedaría ni la memoria de
nuestra existencia. Así, pues, preciso es, sobre todas las cosas,
tener contentos á los indígenas y usar de una prudencia tan grande,
que no se les ocurra ni por un momento que les podemos hacer
estorbo."
En el pueblo de Chipatá, que aún existe, se dijo la primera misa
en el país que el Conquistador llamó después Nuevo Reino de
Granada. La dijo el Capellán del Ejército fray Domingo de Las
Casas, á fines de Enero de 1537, diez meses escasos después de
haber salido de Santa-Marta. Siendo el clima de Chipatá (9 ) agradable y más sano que
ninguno de los que hasta entonces habían experimentado en todo el
país, resolvió Quesada permanecer allí el tiempo necesario para que
se repusiera la tropa é hiciesen vestidos con las mantas que les
llevaban los indios, pues los que habían sacado de Santa-Marta
estaban despedazados, y algunos de log expedicionarios andaban casi
desnudos. Entre tanto Quesada se ocupó activamente en tomar lenguas
y averiguar é informarse á espacio acerca de los pueblos que
quedaban en el interior del país y en donde se fabricaba la
sal.
Aunque Castellanos y Zamora no lo dicen, algunos cronistas
aseguran que Quesada renunció en aquel lugar el mando de la
Expedición, fingiendo hipócritamente necesitar que los que hasta
entonces había gobernado en nombre del gobernador de Santa-Marta le
eligiesen caudillo libremente. El objeto que tenía para esto era
poder probar después que no gobernaba yá por orden del Gobernador
de Santa-Marta, sino por la espontánea voluntad de sus soldados,
que le habían elegido su General. Este hecho, que no está probado
por fa historia, arrojaría una mancha sobre el carácter de Quesada;
pero
|se non é vero é ben trovato, y sería un rasgo
característico de un abogado de aquel tiempo en el nuevo Mundo, que
estaba invadido por letrados que pleiteaban sin cesar, y no con
armas legales, sino con litigios de maja ley.
IV
Descansados, vestidos y repuestos ampliamente en su salud, el
día 3 de Marzo Quesada dió la orden de marcha hacia la tierra de
los
|Chibchas ó Muiscas, como erróneamente les llamaron los
Españoles.
" El país de los Chibchas comprendía las planicies de
Bogotá y de Tunja, los valles de Fusagasuga, de Pacho, de Cáqueza y
de Tensa, todo el territorio de los cantones de Ubaté,
Chiquinquirá, Moniquirá y Leiva, y después por Santa-Rosa y
Sogamoso hasta lo más alto de la cordillera, desde donde se divisan
los llanos de Casanare. El punto más extremo al Norte vendría á ser
Cerinza, y al Sur Sumapaz. Mas como la dirección del eje más largo
de esta elipse no es exactamente en el sentido del meridiano, puede
calcularse su longitud en cerca de 45 leguas, y su anchura media de
12 á 15 leguas, con una superficie de poco más de 600 leguas
cuadradas, y con una población aproximada de dos mil habitantes por
cada legua cuadrada, tan considerable como la de cualquiera de los
países cultos de Europa. Esta población así acumulada, la mayor
parte en tierra fría, sin ganados que le procurasen alimentos
nutritivos, ó que la auxiliasen en las faenas de la agricultura,
necesitaba para vivir ser por extremo sobria y laboriosa; y con
efecto lo era, pues no sólo se mantenía en abundancia, sino que
conducía sus sobrantes á los mercados de los países circunvecinos,
en donde los cambiaba por oro, pescado y algunos frutos de las
tierras calientes. ¡ Singular configuración la de un suelo como el
de la Nueva Granada, que desde los tiempos primitivos está
indicando á sus habitantes que deben unirse con los vínculos más
estrechos para consultar la satisfacción de sus necesidades y vivir
felices; y aviso claro de que contra lo que está marcado por la
Naturaleza, encallarán siempre las tentativas de los legisladores
inexpertos que no consulten en sus obras ni las lecciones de la
historia, ni las leyes eternas que rigen á las sociedades desde su
cuna.
" Lindaban los Chibchas por el Occidente Con los Muzos,
Colimas y Panches, tribus guerreras y feroces con quienes vivían en
perpetua hostilidad. Por el Norte con los Laches, los Agataes y
Guaues, y por el Oriente con las tribus poco numerosas que
habitaban, hacia los Llanos, el declive de la cordillera
oriental.
" Tres Jefes principales dominaban con absoluto imperio
y eran obedecidos ciegamente en los pueblos Chibchas: el Zipa, que
tenía su asiento en Muequetá (hoy día Funza), lugar rodeado
entonces de lagunas y de brazos del río principal que riega la
hermosa llanura cuyo medio ocupaba la población; el Zaque, que
originariamente habitaba en Ramiriquí y que posteriormente se
trasladó á Tunja ; y últimamente, el Jefe de Iraca, que participaba
del carácter religioso, como sucesor designado por Nemquerequeteba,
civilizador de estas regiones, el cual llegó á ellas, según la
tradición universal por la vía de Oriente, del lado de Pasca, y
desapareció en Suamos, que hoy decimos Sogamoso ; de cuyo punto
hacia los Llanos habían construido los habitantes una ancha
calzada, de la cual se veían todavía, restos á fines del siglo
XVII.
" Los Usaques ó señores de los pueblos de Ebaque,
Guasca, Guatavita, Zipaquirá, Fusagasuga y Ebaté, habían dejado de
ser independientes no hacía muchos años. El Zipa les sujetó; aunque
conservándoles su jurisdicción y la sucesión en sus familias del
cacicazgo, á que él se reservaba nombrar sólo por falta de
herederos, en cuyo caso escogía casi siempre de entre los Güechas ó
Jefes militares de las tropas, que siempre mantenía en las
fronteras de los Panches, á fin de defender sus dominios de las
irrupciones, sorpresas y pillajes de estos vecinos inquietos y
belicosos, en cuyo territorio solía entrar para vengar estas
hostilidades
El Zaque de Hunsa tenia también algunos Jefes tributarios,
pero el Zipa ensanchaba cada día sus dominios á expensas de su
vecino del Norte, porque sus tropas estaban más aguerridas por, el
continuo lidiar con los infatigables Panches, tan difíciles de
sujetar a causa de la aspereza del terreno que habitaban, y de cuyo
conocimiento sabían aprovecharse perfectamente. Sin la llegada de
los Españoles, es probable que el Zipa de Bogotá se habría
apoderado de todo el territorio de los Chibchas, si hemos de Juzgar
por los progresos rápidos que sus conquistas habían hecho en los
últimos sesenta años (10)
A medida que adelantaban en su marcha, los conquistadores iban
encontrando con sorpresa que habían entrado en un país
semi-civilizado, que si no era tan adelantado como Méjico y el
Perú, sí era mucho más culto, que todas las tribus que habían
visto. en el resto de Tierra-Firme y en las Antillas. No es nuestro
propósito tratar de esta conquista, sino en lo que toca
personalmente á Quesada y á lo que pueda arrojar luz sobre su
carácter costumbres; de
otra manera, la biografía del conquistador tomaría proporciones
de un volumen de historia. Así, púes, nos permitirán los lectores
pasar de priesa por aquellos alegres y cultivados campos que
causaron tánta sorpresa á los Españoles, así como su presencia
espantó y llenó de curiosidad á los habitantes de ellos. El grado
de civilización de un país se mide por la más ó menos curiosidad
que despierta entre sus habitantes algún espectáculo nuevo y
desconocido. El aspecto de los europeos tan sólo causaba á los
indígenas salvajes disgusto ó cólera; pero los naturales mas
civilizados del interior se llenaron de loca curiosidad y salían á
recibir á los invasores con respeto; comprendían la distancia que
había entre ellos y los extranjeros, y deseaban saber quiénes eran
y de dónde venían. Es tan cierto que la extrema civilización se
toca con la barbarie, que de la misma manera que á los
|parisienses yá no causa sorpresa nada nuevo, así los
salvajes todavía no alcanzan á sorprenderse, porque no comprenden,
y unos y otros, se manifiestan impávidos en todas ocasiones.
Aun cuando Quesada, había reiterado la orden, con pena de muerte
si la infringían, de que ningún Español quitase y ni aun
|siquiera recibiese lo que los indígenas les daban, sin pedir
licencia á sus Jefes, faltó a esta orden un soldado llamado Juan
Gordo, quien quitó á unos indios las mantas que llevaban. Sabedor
Quesada de aquel hecho, mandó ajusticiar al culpado, en prueba de
que no era vana la amenaza, y que se cumplían las órdenes que él
promulgaba. Algunos cronistas é historiadores juzgan errada la
severidad del General pero no fué así en realidad, y la prueba es
que se ganó la estimación y confianza de los naturales. Su marcha
hasta Nemocón fué un verdadero paseo militar, y no sólo fué
recibido de paz por todo el tránsito, sino con señales de
admiración. " Venían por bandadas (dice el P. Simón) á
traerles abundancia de comidas y de cuanto tenían, como venados
vivos y muertos, palomas, conejos, curíes, mate, frijoles y toda
especie de raíces." Creyendo que los Españoles eran
antropófagos, les ofrecieron, para que les sacrificasen, primero un
indio viejo, y después algunos niños.
No fué sino después de haber pasado por la salina de Nemocón
cuando por primera vez se vieron atacados resueltamente por las
tropas del Zipa de Bogotá, que llevaba como bandera la momia de un
guerrero famoso entre sus antepasados. Pero los indígenas fueron
derrotados por los Españoles, así como fué tomada la fortaleza de
Cajicá (que llamaban Busongote), en donde fueron tan notables las
proezas de los oficiales de Quesada, que aquello acabó de subyugar
á los innumerables indígenas que poblaban la sabana de Bogotá.
Cuando el Adelantado contempló de lejos la magnífica extensión de
la llanura, toda ella cubierta de alegres sementeras y poblada con
muchos caseríos, en medio de los cuales se hacía dotar la
habitación de su respectivo Cacique ó Gobernador (por un mástil
pintado de encarnado), aunque todas las casas eran pajizas, su
forma cónica, la belleza que presta á la Sabana un cielo puro y
despejado, en el cual lucía un sol ardiente, el fresco delicioso de
la temperatura y el aspecto casi civilizado de aquellas poblaciones
le indujeron a bautizar el imperio de los Chibchas con el nombre de
Valle de los Alcázares. Empero la sabana de Bogotá no
conservó el nombre que le puso su Conquistador.
Atravesando una parte de la llanura, Quesada fue á acampar en la
capital del Zipa. Muequetá ó Funza, pasando por Chía, en donde
celebraron la Semana Santa. Los desmoralizados y humillados
indígenas no tenían ánimo para resistir á los ciento sesenta
hombres que les habían vencido por asalto física y moralmente, á
pesar de qué se contaban los habitantes de la llanura por
centenares de miles. (11) Quesada trató de entablar
negociaciones con el Zipa de Bogotá; pero éste no quiso dejarse ver
de los invasores, ni lograron que les diera jamás una respuesta
clara y categoría. Tan cierto es que el carácter de las razas se
Conserva al través de los siglos y de todas las vicisitudes
posibles, que hoy día no se puede obligar á un descendiente de los
chibchas á que diga claro
|sí ó nó!
Mientras que entretenía á los Españoles sin pronunciar una
palabra clara, el Zipa enviaba mensajeros en diferentes direcciones
para entenderse secretamente con los demás caciques que le estaban
sometidos; pero sin lograr que le ofrecieran coaligarse para atacar
á los Conquistadores. O eran todos muy cobardes, ó los invasores
habían manifestado una fuerza tan misteriosa, que aquellos les
creían enviados directamente por la Divinidad y no se atrevían á
hacerles la guerra.
Quesada no estaba mientras tanto quieto: mandaba frecuentemente
expediciones á Someter á los caciques de los alrededores, y á poco
se dirigió personalmente al Norte, en busca de un rico reino de que
tuvo noticia, en donde no solamente se encontraba mucho oro, sino
las minas de esmeraldas, cuyas muestras habían llenado de codicia á
los Conquistadores. En la vía se encontraron Con un indígena que
ofreció nevar la expedición comandada por el General en jefe hasta
las puertas de la ciudad en que reinaba el poderoso Zaque de Tunja
ó Hunsa. El 20 de Agosto de 1537 negaron á un punto de donde los
Conquistadores vieron por la vez primera aquel sitio, que queda
como á media legua de la ciudad, " y en el promedio el
valle margoso, árido y desgarrado, cual si acababa de ser lavado
por torrentes impetuosos que lo hubiesen roto en grietas,
llevándose la vegetación y el suelo cultivable. Hoy ( continúa
diciendo Ancízar), (12) arrimada á los cerros de Occidente,
alza Tunja las torres de sus numerosos templos y los ennegrecidos
tejados de sus casas. ...Tunnja es para el granadino un objeto de
respeto, monumento de la conquista y sus consecuencias, que es la
Edad Media de nuestro país y una especie de osario de las antiguas
ideas de Castilla, esculpidas y conmemoradas en las lápidas y
complicados blasones puestos sobre las portadas de las casas... El
aspecto material de la ciudad es silencioso y húmedo ; las calles
torcidas, mal empedradas y por lo general cubiertas con la :pequeña
yerba que anuncia falta de tráfico y movimiento.
Pero cuando Quesada y sus compañeros avistaron la capital de los
Zaques, el rancherio era pajizo, aunque quizás mas poblado que hoy
día, que no cuenta seis mil habitantes; y es de notar que, así
como se conservan los blasones y antiguas armas sobre las portadas
de los solares españoles, entonces usaban los indígenas colgar
sobre las puertas de sus habitaciones láminas de oro bruñido, que
brillaban heridas por los últimos rayos del sol poniente,
tocándose con el aire las unas a las otra, formaban la mejor
música que hasta entonces había sonado á oídos españoles."
(13)
V
Delante de semejante espectáculo no esperado ¡ cual no seria el
gozo de los conquistadores, que soñaron con tesoros más ricos que
los de Pizarro! Pero si los Españoles se sorprendieron, no menos
novedad fué para el Zaque la noticia de la llegada de los
extranjeros. Deseoso de tener tiempo de poner en salvo su persona y
sus haberes, el Rey mando a encontrar á los invasores una tropa de
ancianos respetables, los cuales debían detenerles antes de entrar
en la ciudad, suplicándoles en nombre del Soberano que aguardasen
fuera hasta el día siguiente para poderles recibir con mayor
respeto y consideración.
¿Pero quién detiene el huracán?. ¿quién para el torrente
desbordado ? Aunque Quesada hubiera querido hacerlo, -que sin duda
él estaba tan embriagado de alegría como los suyos,-no hubiera
podido detener á los Españoles en su marcha hacia la ciudad que
brillaba llena de oro. Sin contestar casi á los Delegados del
Zaque, ni detenerse en las calles á ver las riquezas que colgaban
sobre sus cabezas, los Españoles picaron sus caballos, y
atropellando á los espantados indígenas que habían salido á ver
aquellos seres sobre: humanos, llegaron hasta el palacio del Zaque;
allí Quesada (con Antón de Olalla y doce compañeros más) se
desmontó á las puertas dela real morada, y dejando sus caballos al
cuidado de unos pocos, penetraron con la velocidad del asalto hasta
el sitio en que estaba el Zaque: rodeado de sus cortesanos. Era
éste muy anciano, corpulento y de aspecto duro y feroz, pero tan
lleno de dignidad, que no se movió ni hizo la menor señal de
sorpresa. Tanto él como los que le rodeaban estaban vestidos con
mantas de algodón y adornados con medias lunas de oro en la frente
y en el pecho.
En prueba de amistad, Quesada quiso abrazar al Zaque; pero
aquella acción causó tal indignación entre los indios, considerando
que así se profanaba á su soberano, que levantaron una gritería
ensordecedora, y Quesada se creyó perdido con todos sus compañeros
si no obraba con audacia. Así, pues, hizo una señal á Antón de
Olalla, que era fuerte y valiente á toda prueba, quien,
comprendiendo los deseos de su General, se apoderó del anciano
Zaque, y levantándole en sus brazos atravesó con él hasta donde les
aguardaban sus compañeros, amenazando matar al cautivo si sus
súbditos trataban de atacarles. Menos sanguinario que Pizarro
cuando arrebató á Atáhualpa de enmedio de su ejercito, Quesada no
permitió que se hiciese ninguna muerte. Fué tal el espanto que
causo semejante acción á los diez mil tunjanos que el Zaque tenía
bajo su autoridad que nadíe se movió ni trato de de liberar al
mísero anciano ; cosa facilísima si no les tuviera hechizados un
arrojo como aquel, tan repentino como nunca visto antes por
ellos.
Los historiadores no se cansan de exagerar las riquezas que
encontraron los españoles en Tunja, en oro, esmeraldas, plata,
fardos de finísimas mantas y otras curiosidades, que valían, según
el computo que se hizo después, como medio millón de pesos. Empero
no lograron apoderarse de todas las riquezas del Zaque, pues se
dijo que los cortesanos habían logrado salvar una parte de ellas
(liadas en petacas de cuero de venado), que tiraron por encima del
cercado de la mansión real y después recogieron y ocultaron en los
vecinos cerros. El General mandó que tratasen al cautivo real con
las mayores consideraciones, pero quiso exigirle un subido rescate
á trueque de su libertad. El anciano se negó á que se cumpliese lo
que pedía su cautivador, contestando:
" Lo prohibo! mi cuerpo está en vuestro poder, y hareis
con él vuestro gusto; pero nadie manda en mi
voluntad."
Esta noble respuesta impresionó al Conquistador, y al cabo de
pocos días mandó que pusiesen en libertad al Zaque, sin exigirle
nada en compensación. Pero lo que había sufrido el mísero anciano
era demasiado para resistirlo; desmayaron sus fuerzas con las
pesadumbres, y á poco tiempo murió lleno de aflicción y
amargura.
Continuaron nuestros conquistadores visitando las comarcas
circunvecinas en busca de oro, pero tuvieron la pena y el desengaño
de ver arder en tina noche el rico templo de Sugamuxi, ahora
Sogamoso, (14)
que era el sitio más sagrado que tenían los Chibchas. Unos
cronistas aseguran que el templo fué reducido á cenizas por el
Pontífice, que lo cuidaba, con el objeto de evitar que aquel
santuario, donde guardaban los archivos y los tesoros más
apreciados que poseían de sus antepasados, cayese en manos de los
extranjeros, otros dicen que el fuego nació de resultas de la
codicia de dos soldados de Quesada, los cuales se apresuraron á
penetrar en el templo con hachas encendidas y le pusieron
inadvertidamente fuego. Estos dijeron haber visto vagar por en
medio de aquel templo (lleno de momias cubiertas de planchas de
oro), á un sacerdote de barba blanca y de un aspecto que no parecía
indígena. A lo cual es preciso añadir que, según las tradiciones de
los Chibchas, el Bochica o civilizador de estas regiones era un
hombre diferente de los demás. ¿ Serían acaso los sacerdotes
encargados de cuidar el templo, descendientes de otra raza ?, Aquel
incendio fue una gran desgracia para la historia. Etnográfica de
la América del Sur, pues acaso se conservaba en los archivos
chibchas el secreto de ese sér misterioso que paso predicando,
según todas las tradiciones, desde Méjico hasta el Perú y que los
antiguos cronistas creyeron sería un apóstol de Jesucristo.
Después de derrotar á los Caciques de Duitama y Tundama, -en una
de cuyas refregas Quesada corrió el riesgo de perder la vida,-
volvió á Suesca, que entonces era una ciudad poblada, llamada
|cola de guacamayo en lengua indígena, sin duda por los
variados colores que ostentaba el valle cuando estaba sembrado de
distintas sementeras. Quesada fue después muy adicto á aquel valle,
de temperamento frío (15° centígrados), pero muy sano, y mandó
labrar en él una casa de campo. Allí el General dejó á su hermano
Hernán gobernando el país conquistado, y él emprendió marcha hacia
el Río-Grande ( como llamaban los naturales el Magdalena), en donde
le decían se criaba con abundancia el oro que tánto se codiciaba.
Pero su viaje por Pasca y Fusagasugá fué tan desastroso, muriendo
en él cinco Españoles (que valían por cinco mil en aquellas
circunstancias), que resolvió regresar á las altas mesetas , con el
oro que pudieron obtener, antes de atravesar el río, y hacer el
repartimiento de todo lo recogido hasta entonces de botín.
Empezaba el año de 1538, y no es raro que los conquistadores,
que habían sufrido penalidades indecibles durante cerca de dos
años, desearan saber qué habían ganado en toda la expedición.
Tocaron al real erario, por el derecho de quintos, cuarenta mil
pesos de oro fino, quinientas sesenta y dos esmeraldas y algún oro
de baja ley; quinientos veinte pesos á cada soldado de á pié, el
doble á los de á caballo, el cuádruplo á los oficiales, siete
porciones al General en Jefe, &c. Además, se dieron algunos
premios á los que más se habían distinguido, y entre todos se hizo
una contribución para fundar una capellanía de misas para pedir por
las almas de los que habían muerto en la campaña; suma que se
entregó al Padre Las Casas. Pero no hay duda que, tanto Quesada
como sus compañeros, obtendrían mucho más oro del que aparece
oficialmente; pues tal suma no parece que pudiera constituir una
fortuna como la que todos ostentaron tener después, ni Quesada
pudiera con tan modesto capital hacer los fuertes gastos que hizo,
derrochando grandes caudales, durante los doce años de su posterior
permanencia en Europa.
Se habían pasado los meses y completándose un año después de la
llegada al Imperio Chibcha, y aún no habían podido saber los
Españoles si el Zipa era su amigo ó su enemigo. Oculto él y
desconfiado siempre, y sin certeza de su paradero en ningún tiempo,
los Españoles no podían estar tranquilos hasta no hacer algún
convenio, por fuerza ó voluntariamente. La conquista no podía
considerarse como tál hasta no saberse con certeza cuáles eran las
intenciones del Zipa. De continuo los conquistadores se veían
atacados solapadamente por los indígenas, cuando iban en corto
número por la Sabana y en sitios en que no podía obrar la
caballería. Se decía que aquéstos eran emisarios del Zipa, y
resultó ser cierto cuando pudieron apresar á varios de los
agresores, uno de los cuales, puesto en tormento, confesó ser
enviado por Thisquesusa, ¿En dónde se oculta el Zipa?
le preguntaron. Dijo que cerca de Facatativá, en donde se ocultaba
porque uno de sus Xeques le había predicho que moriría á manos de
los extranjeros. El Indio ofreció llevar á Quesada al campamento de
Thisquesusa, y el General se puso en marcha con una corta tropa de
soldados. Pero como llegaron al campamento del mísero Zipa yá tarde
de la noche, y los indios trataron de ponerse á la defensiva, sin
que Thisquesusa pudiera huir á tiempo, á pesar de las órdenes de
Quesada para que no le mataran un soldado español, llamado Alonso
Domínguez Beltrán, que le vió pasar, le mató, sin conocerle, con el
pasador de una ballesta. Los indígenas lograron escapar, llevándose
el cadáver de su Soberano, y no fué sino días después cuando se
supo lo que había sucedido.
Empero los indígenas trataban de seguir molestando á los
Españoles acampados en su antigua capital, por lo cual Quesada
trasladó el campamento á Bosa, en donde podía defenderse mejor.
Estando en aquel lugar se le presentó el sucesor de Thisquesusa,
llamado Sagipa ó Sacresasigua (por no haber aceptado el zipazgo el
heredero más cercano, que era el cacique de Chía), Iba el nuevo
Zipa á pedir auxilio á los Españoles contra los indios Panches, sus
enemigos naturales, que eran, además, feroces caníbales. Aceptó
gozoso el Jefe español aquella coyuntura para atacar á los Panches,
ayudado por los Chibchas, lo cual llevó á cabo, y después de
vencerles pidió como recompensa los tesoros del Zipa Thisquesusa.
Sagipa aseguró que no los tenía en su poder; que Thisquesusa los
habla distribuido entre sus vasallos á la llegada de los Españoles.
Naturalmente no le creyeron, y Quesada, solevantado por sus
codiciosos compañeros, le hizo apresar y dar tormentos atroces para
que confesara. .
Los aborígenes de América siempre han sido débiles para soportar
fatigas y dolores excesivos, y el desgraciado Zipa murió en el
tormento que le dieron. Tal vez los Españoles no intentaron
causarle la muerte, pero no supieron graduar el tormento á la
debilidad de las fuerzas del paciente, y éste pagó con la vida la
crueldad de sus perseguidores.
Quesada, dice el Padre Zamora., asegura en sus Noticias
historiales que el Zipa " perdió la vida con calenturas
extraordinarias." "A esta tragedia,-añade
Zamora,-se hallaba presente lo mejor de este Nuevo Reino; y
espantados como moscas se quedaron los indios, con un pasmo, una
tristeza tan grande, que hasta la muerte no se les quitó el luto ni
el sentimiento á los que se hallaron presentes, y aquellos á
quienes les llegaron las noticias estuvieron siempre asombrados con
el susto. Esta mancha su inhumanidad ni podrá lavarse jamás:
la reputación de Quesada sufrió mucho con la muerte del Zipa, y le
impidió ganarse las recompensas que su conquista podía hacerle
merecer.
Para hacer olvidar su desacertada acción, al General reunió á
todos los Jefes á los indios comarcanos, y tratando de
manifestárseles, afable les aseguró que no tenían nada que temer de
el; que siempre les trataría como á hombres independientes y no
como á vasallos. Mas lo cierto es que, tan humillados quedaron los
Chibchas, que no volvieron á nombrar Zipa propio, y desde entonces
fueron sometidos á las leyes españolas, procurando dejar contentos
á sus amos; pero no por amor sino por miedo, pues hasta hoy día el
indígena es malqueriente nato de la raza blanca, y siempre que
puede hacer un mal á sus amos, ocultamente, se lo hace ; jamás á
cara descubierta. Dícese que este carácter del indio Chibcha
proviene de su Sometimiento y vasallaje á los Españoles; pero lo
más probable es que tal sea su índole; y si eran falsos y alevosos
con sus propios compatriotas antes de la Conquista, ¿ por qué ha de
ser culpa de sus civilizadores que el mal carácter de la raza
persista á través de los siglos.?
|
(1 )
|
COMPENDIO HISTÓRICO DEL DESCUBRIMIENTO Y COLONIZACIÓN DE NUEVA
GRANADA.
|
|
(2 )
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El título expedido, según lo trae Fray Pedro Simón, decía así
:
.Don Pedro Fernández de Lugo, Adelantado de las islas
Canarias y Gobernador perpetuo de la ciudad de Santa- Marta y su
provincia por Su Majestad.
Por las presentes nombro por mi Teniente general al
Licenciado Jiménez, de la gente, así de á pié como de á caballo,
que está aprestada para salir al descubrimiento de los nacimientos
del río Grande de la Magdalena al cual dicho Licenciado doy todo
poder cumplido, según que yo he yo tengo de Su Majestad, y le mando
que no vaya ni paseen cosa alguna de los capítulos susodichos, sino
que en todo y por todo se cumplan por la forma y manera susodicha,
so pena de la vida y perdimiento de todos sus bienes para la cámara
y fisco de Su Majestad ; y mando á todos los Capitanes, caballeros
y á toda la otra gente de guerra que fuere á la dicha entrada, que
le obedezcan y acaten como á mi Teniente general de mi armada, so
la dicha pena al que lo contrario hiciere. El cual dicho poder vos
doy con toda sus incidencias y dependencias. Fecho en Snta.-Marta,
á primero de Abril de mil quinientos treinta y siete años-EL
ADELANTADO.
La fecha está errada, pues es cosa averiguada que la expedición
salió de Santa-Marta un año antes, en 1536. (N. A)
|
|
(3 )
|
HISTORIA GENERAL DEL NUEVO REINO DE GRANADA.---Parte I---Lib.
X---Cap. VI.
|
|
(4 )
|
Acosta-.DESCUBRIMIENTO Pag. 173.
|
|
(5 )
|
Acosta DESCUBRIMIENTO.-- &c Pág. 174.
|
|
(6 )
|
Castellanos---Parte II---Elegía IV.
|
|
(7 )
|
Dos islas paralelas que forma el río, y hoy día están
despobladas.
|
|
(8 )
|
GEOGRAFÍA FÍSICA y POLÍTICA DEL ESTADO DE SANTANDER, por Felipe
Pérez.
|
|
(9 )
|
20 grados centígrados.
|
|
(10)
|
Acosta-COMPENDIO HISTÓRICO, varias veces citado.-Capítulo
XI--Pág. 187.
|
|
(11)
|
¡ Cosa rara! Pizarro sometió á los Incas con ciento sesenta y
un hombres también!
|
|
(12)
|
PEREGRINACIÓN DE ALPHA POR LAS PROVINCIAS DEL NORTE DE LA NUEVA
GRANADA.
|
|
(13)
|
Zamora--HISTORIA DEL NUEVO REINO-Página 97
|
|
(14)
|
Sogamoso está situada en una planicie muy fértil, con 16º
centígrados de calor. Se halla en el centro de un cantón de 124
leguas cuadradas, y sustenta más de cincuenta y cuatro mil
habitantes agricultores y manufactureros. "Aún quedan
indios puros en Sogamoso, pero es inútil preguntarles nada relativo
á la conquista: la esclavitud les degradó hasta el punto de perder
la memoria de sí mismos. Nadie supo indicarme con seguridad el
lugar qué ocupó el templo afamado. Por conjeturas creen algunos que
sea un solar grande', notable por dos eminencias que hace la tierra
en los extremos, del cual han solido sacar joyuelas y figuritas de
oro. El solar es propiedad de una familia de indios á título de
resguardo, y cuando lo visité (1851) se hallaba sembrado de cebada,
cuyas espigas ofuscaban el miserable rancho en que se albergan los
últimos Iracas envilecidos, ignorando que reposan quizás sobre las
cenizas de sus sacerdotes, de sus legisladores y de sus antiguos
dioses. "
Manuel Ancízar-Véase PEREGRINACIÓN DE ALPHA- Página 285.
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