INDICE




Patente de Privilegio
Prólogo
Introducción
Cristóbal Colón
Alonso de Ojeda
Juan de la Cosa
Américo Vespucio
Diego de Nicuesa
Vasco Núñez de Balboa
Ambrosio de Alfínger
Jorge de Espira
Nicolás de Federmann
Rodrigo de Bastidas
Pedro de Heredia
Gonzalo Jiménez de Quesada
Sebastián de Belalcázar
Gonzalo Suárez Rondón
Martín Galiano
Pedro de Ursúa
Jorge Robledo
Francisco Cesar
Lázaro Fonte
Gaspar de Rodas
Antonio Díaz Cardoso
Pedro Cieza de León
San Luis Beltrán
Los Jesuitas Misioneros
El Apóstol de Cartagena. Pedro Claver
Los Baquianos
Aguayo, Gerónimo de
Aguilar, Alonso de
Aguirre, Domingo Vascongado
Aguirre, Martín de
Albarracín, Esteban de
Alcalá, Juan de
Almarcha, Sebastián de
Alcocer, Hernando de
Alemán, Juan Nicolás
Alonso, Juan
Aldana, Lorenzo de
Alderete, N.
Álvarez de Acuña, Francisco
Ampudia, Juan de
Añasco, Pedro de
Angulo, Cristóbal
Aranda, Francisco de
Aranda, Pedro de
Arellano, Alonso Ramírez de
Arévalo, Juan de
Arias, Francisco
Avendaño, Francisco
Avellaneda Temiño, Juan de
Ayala, Andrés de
Bermúdez, Antonio
Bernal, Crisóbal Ortíz
Bolegán, Pedro Fernández
Bravo de River, Pedro
Bravo, N.
Briceño, Pedro
Burgueño, Juan
Cabezón, García
Cabrera, Juan de
Calvete, García
Cáceres, N.
Camacho Zambrano, Bartolomé
Caro, Benito
Caro, Luís
Carrión, Pedro Rodríguez de
Casas, Fray Domingo de las
Castil-Blanco, N
Castellanos, Juan de
Castro, Antonio
Castro, Juan de
Celide Alvear, Jorge
Céspedes, Juan de
Céspedes, Francisco
Chinchilla, ó Chinesilla, Juan
Cifuentes, Gómez de
Colmenares, Pedro de
Collantes, Juan Muños de
Corral, Gómez del
Corredor, Pedro Ruiz
Cruz, Gómes de la
Cuéllar, Juan
Daza, Luís
Díaz, Francisco y Simón
Días Hidalgo, Juan
Domínguez Beltrán, Alonso
Escalante, Hernando de
Esquivel, Antón de
Espinosa, Diego de
Espinosa, Gaspar de
Fernández, Antonio
Fernández, Francisco
Fernández Gironda, Gonzalo
Fernández, Juan
Fernández, Marcos
Fernández Valenzuela, Pedro
Figueredo, Francisco de
Figueredo, Melchor Ramírez de
Flamenco, Antón
Franco, Diego
Frías, Juan de
Fuerte, Juan
Gallegos, Hernando
Gallegos, Luís
Gante ó Guante, Antón de
García, Gonzalo
García, Juan Machado
Girón, Francisco Hernández
Gascón, J. Alonso
Gascón, Juan
González, Bartolomé
Gómez Alonso, Hiel de la Tierra y Sequillo
Gómez, Francisco de Feria
Gómez, Hernán Castillejo
Gómez de Orozco, Pedro
Gómez Portillo, Juan
Gómez Fernández, N.
Gordo, Juan
Graso, Juan Bautista
Guemes, Juan de
Gutiérrez Aponte, Pedro
Gutiérrez Valenzuela, Juan
Haro, García Calvete de
Hernández Ballesteros, Francisco- Hernández, Pedro- Hernándes Ledezma, Alonso
Hernández de la Isla, Martín
Hernández de León, Bartolomé- Hernández de Madrigal, Diego
Herreño, Bartolomé
Herreño, Gerónimo Hernández
Higueras, N.
Hinojosa, Juan Ramírez
Holguín de Figueroa, Miguel
Huete, Diego de
Hyto, García del
Igarte, Martín
Insá, Gerónimo de
Junco, Juan del
Ladrón de Guevara, Domingo
Laínza, Geónimo de
Lanchero, Luís
Lebrija, Antonio de
Lescanez, ó Legaspés, Juan de
Limpias, Pedro de
López, Diego y Juan
López, Gil
López de Monteagudo, Pedro
Lorenzo, Juan
Lozano, Francisco
Lozano, Domingo
Luján, Antón de
Macías, Gonzalo
Madrid, Pedro y Madrid, Pedro Daza
Maldonado, Arias de
Maldonado, Baltasar
Maldonado, Dorado del H. Francisco
Manchado, Alonso
Manjarres, Luís
Mateos, Juan Marcos y Alonso
Martín Alonso
Martín Hiniesta, Diego
Martínez, Diego
Martínez, Francisco
Medrano, Francisco
Melo, Gerónimo de
Méndez, Bernabé
Méndez, Gaspar
Melgarejo, Juan Rodríguez Gil
Mestanza, Francisco de
Miranda, Cristóbal de
Molina, Pedro de
Montero, Hernando
Montañes, Juan
Montoya, Francisco de
Montalvo, Juan de
Monsalve, Francisco
Monroy, Cristóbal Arias de
Morales, Alonso de -Moratín, Baltasar de
Moreno, Alonso
Moyano, Miguel Seco
Muñoz, Miguel
Navarro, Hernando y Pablo
Novillero, N.
Nieto, Cristóbal Gómez
Núñes Cabrera Pedro
Núñes Pedroza, Francisco
Olaya, Antonio Soriano de
Olaya Herrera, Alonso de
Oliva, Diego de- Olmedo, Jorge de
Olmos, Juan de
Oñate, Martín
Orejuela, Juan Ruiz de
Ortega, Juan de
Ortiz, Cristobal de- Ortiz, Diego de
Ortiz, Ortún
Orozco, Lope de
Orozco, Juan de
Otañez, Miguel de
Palencia, Nicolás de
Palma, Antón de la
Paredes Calderón, Diego de
Penagos, Juan de
Pérez, Antonio Fernán
Periáñes Portoés, ó Pedro Yáñez
Pineda, Juan de
Porras, Pedro de y Sebastián
Poveda, Alonso Ramírez de
Prado, Hernando del
Prado, Juan del- Puelles, Juan de- Pujol, Martín
Puerta, Juan de la
Qesada, Hernán Pérez de
Quincoces, Juan de la Llama
Quintero, Juan
Requejeda, Fray Vicente
Ramírez, Juan de Hinojosa
Rey, Mateo Sánchez
Rivera, Juan de
Roa, Cristóbal de- Rodríguez de León, Pedro- Rodríguez Antón Casalla- Rodríguez Francisco- Rodríguez del Olmo, Juan
Rodríguez, Juan Benavides de
Rodríguez Parra, Juan
Rojas, Hernando de
Romero, Diego
Ruiz, Antonio
Ruiz Herrezuelo, Pedro
Ruiz, Cristóbal- Ruiz, Pedro Córdoba
Ruiz, Pedro García
Salamanca, Juan y Pedro Rodríguez
Sanabria, Luís de
Sánchez, Bartolomé Suárez
Sánchez, Juan
Sánchez Castilblanco, Diego
Sánchez Paniagua, Diego- Sánchez Cogolludo, Mateo
Sánchez Velasco, Pedro- Sánchez, Martín Ropero
Sánchez, Miguel
Salinas, Hernando de
Salazar, Pedro de
Salguero, Francisco
San-Martín, Juan de
Santafé, Gaspar de
Sam-Miguel, Cristóbal de
Sedano, N.- Segura, Diego de- Silva, Francisco de
Suárez Montaño, Diego
Tafur, Juan
Tafur, Martín Yáñez
Tordehumos, Francisco de
Toro, Cristóbal de
Torres, Diego- Torres, Juan de- Torre, Lázaro de la
Torres Contreras, Juan
Troya, Nicolás de- Trujillo, Juan
Umbría, Salvador de- Valenzuela, Pedro Sánchez
Valdés, Melchor de
Valderas, Diego Rodríguez de
Vásquez, Pedro
Valdivia, Andrés de
Vásques de Loaysa, Pedro- Vega, Gonzalo de
Venegas Carrillo Manosalvas, Hernán
Verdejo, El Bachiller Juan
Viana, El Bachiller
Villalobos, N.
Villanueva, Juan de- Villaspasas, Lorenzo
Villaviciosa, Francisco- Yáñez, Rodrigo
Zamora Forero, Cristóbal- Zea, Pedro de
Zarco, Benito
Zegarra, N.- Zelada, Cristóbal
Zorro, Gonzalo García
Perros de la Conquista
Lista de Obras Consultadas

 

 

JORGE DE ESPIRA.

 

I

 

Después de haber narrado, aunque brevemente la vida y aventuras del alemán Ambrosio Alfinger, se siente descanso al hablar de otros descubridores, también de raza germánica, pero cuyos caracteres no eran sanguinarios como el del primero.

Sabedores los habitantes de Coro de la muerte de Alfinger, despertóse al momento entre algunos Alemanes la ambición de ser nombrados Gobernadores en su lugar. Entre éstos el que más sobresalía por su audacia y carácter emprendedor era un joven, llamado Nicolás de Federmann,(1*) el cual ya había hecho sus primeras armas en las Antillas y otras conquistas de Tierra-Firme. Tanto Federmann como varios de sus émulos trataron de embarcarse inmediatamente en vía para Europa, por ir á empeñarse con la Compañía de los Welzares ó Belzares para que les diesen, los destinos que ambicionaban.

Federmann llegó primero que los demás, y como era conocido por los comerciantes flamencos, dieron oídos á su petición, é iban á nombrarle Gobernador de Venezuela, cuando llegaron de Coro sus émulos y malquerientes; y aunque éstos no podían pretender aquel destino, se ocuparon de desacreditar al pretendiente, y de tal manera informaron mal á la Compañía, que ésta cambió de propósito y llegó definitivamente el nombramiento á Federmann, poniendo en su lugar á otro flamenco llamado Jorge de Spira ó Espira. Sin embargo, para no dejarle enteramente desairado, le hicieron Teniente general del Gobernador, y le dieron otros privilegios que, al parecer, le dejaron satisfecho, porque no se supo que Federmann hubiese reclamado. Jorge de Espira era hombre de alguna consideración en su patria, y su posición era suficientemente elevada para que federmann le acatase, y  guardara miramientos y respetos.

Partieron juntos para España, en donde debía hacerse una leva de gente que pensaban llevar á Venezuela para atender á nuevas conquistas, siendo condición expresa del Gobierno español que todos los soldados que llevaran á Indias fuesen súbditos españoles. Para mediados de 1533 Espira y Federmann, que habían obrado en completa armonía, tenian reunidos cuatrocientos hombres de armas, bastantes caballos y perros y bagajes y pertrechos en abundancia. Embarcáronse en el río Guadalquivir é hicieron rumbo para las islas Canarias ; pero desde que salieron les asaltaron en alta mar tempestades pavorosas, y estuvieron á punto de naufragar varias veces. Una vez que llegaron á las Canarias, el tiempo se serenó, y en el resto del viaje llevaron vientos bonancibles hasta arribar á Coro en Febrero de 1534. La primera diligencia de Espira fué ponerse en marcha inmediatamente en busca de nuevas y ricas tierras donde se hallara e1 oro en abundancia, único móvil de cuantas expediciones emprendían los descubridores en aquel siglo. Hablábase mucho en la colonia de un país muy rico que demoraba al sur del lago de Maracaibo y más allá de las serranías de Carora. Pero como no hubiese en Coro los recursos suficientes é indispensables para emprender con provecho un viaje largo, para no perder tiempo Espira se puso en marcha con la gente que pudo reunir (trescientos hombres de infantería y cerca de ciento de caballería), dejando en Coro á su Teniente general, quien debía partir inmediatamente para Santo- Domingo á conseguir allí lo que se necesitaba, y alcanzar después al Gobernador en el camino de las serranías de Carora.

Espira marchaba lentamente, y de esta manera atravesó su gente las ásperas laderas de la serranía y se detuvo en el valle de Barquisimeto ; enseguida se dirigieron á la provincia de Baraure ó Araure, librando continuas batallas a los indígenas que pretendían atajarles el paso, los cuales, unidos á la  estación lluviosa que les acometió, les atormentaban sin cesar. Marchaban, pués, sin detenerse, procurando evitar las inundaciones y conquistando la tierra con el filo de su espada. Al fin, viendo Espira que era imposible continuar el viaje durante la estación lluviosa, se detuvo en las márgenes del río Aricagua, en donde aguardó tres meses la llegada de su Teniente; pero como éste no llegase, levantó el campamento, yá entrado el verano, y siguió su camino, buscando los estribos de la cordillera, siempre perseguido por los naturales y atormentado por la aspereza de las serranías. De esta manera pasó por el sitio en que después se fundó la ciudad de Barinas y en donde hoy día se encuentra la aldea de Piedras (en territorio venezolano). De allí volvieron al Sur y se internaron por los Llanos, esguazaron los ríos Apure, Sarare y Casanare, y al fin hicieron alto en las orillas del Upía, pues yá entraba nuevamente la estación lluviosa. El sitio que había escogido Espira para librarse de las inundaciones era el mismo que servía de guarida á los tigres de los contornos, los cuales les atacaban á toda hora; y ni la luz del día arredraba á aquellas hambrientas fieras, que se sacaban á los Españoles de las hamacas y diezmaban á los indios de servicio.

 

II

 

En Upía, Espira tuvo noticia por primera vez de la existencia del Imperio Muiscá; pero como creyece que todo lo que le aseguraban los naturales era con el objeto de desviarle de su camino, no quiso dar oídos á lo que le decían, y se propuso seguir siempre hacia el Sur, á través de los Llanos, en busca de un país que le habían pintado riquísimo y que no existía. Minada entre tanto la Expedición por las hostilidades de los Indios y de las fieras; diezmada por las enfermedades en lugares que al presente se consideran tan malsanos, que ni las personas, que los atraviesan con todas las comodidades que ofrece la civilización actual escapan á veces con vida; perseguida por los mosquitos que les producían llagas; todos muertos, de hambre ... " ni con todo esto aquellos hombres de hierro se desanimaban, ni estaban dispuestos á abandonar la empresa! Al contrario, parecía como que las mismas penalidades e indecibles sufrimientos les infundiesen mayor ánimo y más energía y valor!

El 15 de Agosto de 1536 Espira llegó á un sitio que bautizó con el nombre de Nuestra Señora de la Asunción, en donde, habiendo encontrado bastantes recursos y alimentos abundantes, resolvió hacer alto y descansar, é hizo después una excursión por las orillas del río Ariare. Allí encontraban hermosos paisajes, sembrados risueño, naturales bien dispuestos para con los invasores, quienes, en lugar de atacarles y hacerles la guerra, manifestáronles admiración profunda y hasta adoración, contemplándoles noche y día tanto, que aun de noche hacían hogueras para no perder de vista á aquellos brillantes forasteros que consideraban enviados del cielo.

Sucedió eutonces que en una clara noche de luna despertó el campamento de Espira al son de los gritos más desgarradores de los indígenas, los más lastimosos clamores y los alaridos más espantables: era que ocurría en aquellos momentos un eclipse de luna y los naturales, para castigarla, le arrojaban piedras, palos, tizones encendidos y cuanto hallaban á la mano.

Continuó Espira entre tanto su camino; pero habiendo entrado en el territorio de los Guayapes y los Choques, éstos salieron á atajarle el paso; estos salvajes eran antropófagos, y tan feroces, que peleaban con las canillas de sus enemigos á manera de armas. Después de los combates los Choques se arrojaban sobre los muertos, devoraban la carne, y en  seguida afilaban las canillas de sus contrarios, y en largas astas las usaban en calidad de lanzas, empatándolas. El arrojo de los Choques infundió por primera vez algún desaliento á los descubridores, que yá carecían de pólvora, por lo que, arrojando sus arcabuces, peleaban tan sólo al arma blanca. Esta circunstancia, unida á la debilidad y flaqueza á que les habían reducido los trabajos y las enfermedades, hacía que los Españoles no se considerasen yá invencibles, y hubo veces en que estuvieron á punto de ser derrotados por los aborígenes.

Ante tales peligros, Espira se vió obligado a abandonar la empresa, cuando, si hubiese caminado algunos días más hacia las sierras, á él hubiera tocado la gloria de descubrir el Imperio Muisca. Además de la situación en que se hallaba su tropa, Espira estaba muy alarmado con la tardanza de su Teniente general, y deseaba volver á Venezuela y para indagar la conducta de Federmann. El regreso a Coro fue prontamente puesto en ejecución, desandando todo el terreno que habían descubierto y que forma hoy la parte mas oriental de las Repúblicas de Colombia y Venezuela.

Yá en las cercanías del río Apure, Espira tuvo noticias y vió el rastro reciente de Españoles, comprendiendo que éstos debían de ser las tropas de Federmann. Inmediatamente mandó que les dieran alcance para conferenciar con su Teniente. Pero el astuto Federmann, que sólo deseaba obrar por su cuenta, advirtió también qué se acercaba Espira, y sin aguardar á los mensajeros de su caudillo se arrojó con toda su tropa hacia los Llanos, con lo cual los otros perdieron su huella. Después de tres, cuatro ó cinco años de ausencia (pues los cronistas no están acordes acerca de la duración de aquella jornada), Espira arribó de nuevo á Coro, en dónde se volvió á encargar, dicen unos, de la Gobernación de Venezuela; otros aseguran que desde entonces hasta la hora de su muerte (1540) no se ocupó sino en sus asuntos particulares.

Aunque, según parece, este alemán carecía de las brillantes cualidades de un conquistador, y en realidad su viaje, puramente de descubrimiento, fué estéril para el bien de la civilización, también es preciso confesar que tampoco tuvo defectos notables, y que á él se le debe el descubrimiento de los Llanos que hoy se llaman de Casanare y de San Martín en Colombia.

 

 

(1*) Aunque los Antiguos cronistas y modernos historiadores llaman á este descubridor, unos |Fredeman, |Fedremann, otros |Frideman ó |Federmann, hemos pensado que era natural escribir su nombre según la ortografía alemana y como lo llaman los autores franceses y alemanes.
 

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